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10.- "¿Te apetecería quedarte conmigo?"

 

Aunque le pesaba admitirlo y jamás se enunciaría a favor en voz alta, la verdad es que Katsuki encontró la presencia de Shouto mucho más agradable de lo que siquiera llegó a considerar alguna vez en la vida. Cierto que no eran amigos, y con toda probabilidad transcurrirían mil años antes de que eso ocurriera, pero la rivalidad que sentía por él, matizada con camaradería, se le asemejaba bastante.

Katsuki casi había olvidado la charla que tuviera con Shouto en aquella fiesta de cumpleaños, sobre todo la proposición de éste en hacerle cupo en su clase de principiantes y él mismo obtener a cambio horas de su terapia, pero quiso la suerte que encontrara la tarjeta con su información de contacto en el fondo de su cesta de ropa sucia un día que hizo la limpieza a fondo, y por orgullo más que otra cosa, lo contactó para informarle de los horarios que dispondría para los próximos tres meses.

En esta ocasión, Katsuki había decidido mantener la mayoría de sus clases en el mismo horario, pero mover sus entrenamientos privados para que así sus horas de descanso coincidieran mejor con las de Izuku. El resultado no había sido perfecto, pero al menos podían almorzar juntos una mayoría de los días en lugar de nunca como antes. Izuku por supuesto que lo notó, e incluso si Katsuki prefería morderse la lengua antes que confesar su participación activa en aquellos cambios, le demostró su agradecimiento haciendo que ese tiempo libre del que ahora disponían contara para algo.

Claro que con las ventajas también venían las desventajas, porque así como Katsuki había celebrado pasar de nivel y ahora estaba en la clase de yoga intermedio, también tuvo una pseudocrisis cuando tuvo que mover a Shouto del nivel principiante al intermedio y luego avanzado con los circuitos de crossfit que tenía preparados para los alumnos de ese nivel le resultaron demasiado fáciles.

Debajo de su apariencia anodina, Shouto tenía músculos, fuerza y destreza equiparables a las de Katsuki, y aunque perdió en una competición que éste le hizo pasar contra él para ganarse su puesto en la clase de avanzados, a éste no le quedó de otra más que admitir que Shouto se desperdiciaría en cualquier clase que no fuera la avanzada y le dio la autorización de hacer el cambio.

Por su cuenta, Shouto no se regodeó al haber alcanzado el último nivel de crossfit en apenas tres sesiones, sino que le pidió a Katsuki tips para mejorar sus tiempos y consejos para aumentar su resistencia.

A cambio Shouto se mostró bastante paciente cuando Katsuki asistió a terapias con él. Shouto estaba especializado en terapias de frío y calor que eran perfectas para combatir con el cansancio extremo en atletas de alto rendimiento, y aunque Katsuki no participaba en competiciones desde hacía un par de años, el uso constante de su cuerpo durante las clases y los entrenamientos lo tenían en una etapa de desgaste.

—Es un milagro que no estés agotado debido al ritmo de vida que llevas —comentó Shouto, que luego de hacer entrar a Katsuki por cinco minutos en una bañera con agua helada, ahora masajeaba sus pantorrillas con aceite caliente—. Aunque claro, el yoga también hace lo suyo.

—¿Y tú qué sabes de eso? —Gruñó Katsuki, tendido sobre su estómago y laxo ante el toque preciso de Shouto.

—No creerás que eres el único que asiste a clases de yoga, ¿o sí?

—No recuerdo haberte visto por ahí.

—Ya. Es que yo estoy en nivel avanzado —dijo Shouto sin vanagloriarse, pero presionando un nudo cerca de la rodilla de Katsuki que provocó en éste una reacción brusca de levantar la pierna y casi patearlo.

—¿Y Mirio no está contigo? —Ironizó Katsuki, pues no le sorprendería. Creía recordar que Ochako había tomado una ruta similar que todos ellos al tomar clases con Izuku, aunque ella estaba en nivel medio de pilates en lugar de yoga.

—Mirio no tiene tiempo, está entrenándose para el verano igual que el resto del equipo olímpico —dijo Shouto sin captar la burla—, aunque creo que lo dejó apenas terminar el primer curso de yoga. Podrías preguntarle a Izuku.

—Paso —resopló Katsuki, y no sólo porque el tema de conversación sería impensable, sino porque Shouto cambió de pierna y al instante encontró el punto de tensión en su músculo—. ¡Ah, joder!

—Intenta respirar —aconsejó Shouto—. Estas primeras sesiones serán las más dolorosas, pero me lo agradecerás.

—Lo dudo...

Pero dicha fuera la verdad, luego de dos semanas de pasar por el tratamiento que Shouto proveía, Katsuki se sentía como nuevo. Desde al menos seis meses atrás que Katsuki se lamentaba de lo que su abuela habría definido como ‘nervios encogidos’ y que era tensión en los tendones por exceso de uso, pero Shouto se las había arreglado para distenderlos, y con una maestría que sólo podía ser prueba de un arduo estudio y práctica, casi dejado en las mejores condiciones de las que alguna vez había disfrutado.

Con agrado descubrió Katsuki que la terapia de Shouto en verdad disminuía el cansancio diario, y que su tiempo de recuperación era menor incluso al que obtenía sólo con descanso, por lo que no hesitó en compartir su recién descubrimiento con Izuku.

—Duele como los mil demonios, pero me siento mejor que nunca —dijo Katsuki durante uno de sus almuerzos que ahora compartía con Izuku, y éste lo escuchó atento y con una media sonrisa en labios.

—Me alegra que pienses igual.

—Sí, porque-.... Espera. —Katsuki frunció el ceño—. ¿Cómo que ‘igual’?

—No eres el único que va a terapia con Shouto —dijo Izuku, levantando con sus palillos un puñado de fideos de su tazón y sorbiéndolos ruidosamente.

—Así que llevas terapia con dos de tus exes y entrenas a un tercero —enumeró Katsuki, poniendo en claro información que ya tenía pero que nunca como antes le había calado de pronto.

—¿Te molesta? —Lo retó Izuku, y por una vez pudo Katsuki ser honesto.

Liberando los músculos de la cara y el cuello, Katsuki siguió el consejo de Shouto de por una vez soltar su mandíbula y no rechinar los dientes hasta casi triturarse los molares. El cambio tenía que ser consciente para llevarse a cabo, pero le estaba ayudando con las jaquecas que de vez en cuando tenía y que desde que hacía un esfuerzo por no apretar la quijada apenas si habían estado presentes.

—No diré que estoy del todo contento, pero... Al menos con Ochako y Shouto lo entiendo.

—¿Así que Shouto, uh?

—No podía seguir llamándolo Todoroki por siempre.

—Ya, pero escuché de él que preferías llamarlo ‘idiota bicolor’.

—Tsk, lo haré sufrir en el circuito de cuerdas por irse de lengua...

—Dudo que puedas hacerlo. Si hay alguien en Plus Ultra que pueda estar a tu altura, ese es Shouto.

Ya fuera porque Izuku lo dijo en un tono de total convicción que no admitía oposición o porque el mismo Katsuki ya se había percatado que Shouto era una fuerte competición cuando se trataba de ellos dos en la pista de crossfit, no se lo refutó. En cambio tomó nota de entrenarse todavía más, y demostrar al final que él seguía siendo el mejor.

No sólo en los entrenamientos, sino también para Izuku.

 

Julio en Tokyo resultó ser mucho más caluroso de lo que Katsuki recordaba.

Para mal que el verano en Sapporo apenas podía contarse como tal, porque las temperaturas eran templadas y generalmente no ascendían más allá de los 25ºC en los días más calurosos del año. Katsuki podía incluso recordar algunas madrugadas de julio en Sapporo que le habían puesto la carne de gallina, y de paso hecho lamentar su elección de ciudad porque lo suyo era el verano y el calor, pero se lo iba a reconsiderar ahora que Tokyo estaba alcanzando niveles de récord en cuanto al sofoco y la humedad que se sufría en el ambiente.

Katsuki ya había olvidado lo mucho que podía asemejarse Tokyo a una jungla, aunque bien podría decirse que una artificial jungla de concreto en donde el pavimento quemaba incluso a través de los zapatos.

Conforme la temperatura subía día a día a partir de mediados de junio y con ello el inicio oficial del verano, Katsuki aprendió a lidiar con el calor de la mejor manera que conocía: Instalando una unidad de aire acondicionado en su piso, manteniéndose hidratado con bebidas frescas, y vistiendo ropa ligera en colores claros. El calor no iba a poder con él, incluso si para ello tenía que cargar con una botella de agua y rellenarla en cada ocasión posible.

Por fortuna las instalaciones de Plus Ultra contaban con clima regulado, y sus únicos momentos de verdadero suplicio eran los trayectos que hacía de su piso al trabajo y viceversa, plus el ocasional viaje a la tienda de conveniencia y las tardes alternadas en que él e Izuku tenían por preferencia salir a correr en un parque cercano, pero la suerte de Katsuki llegó a su fin una noche que volvieron empapados de sudor y descubrieron el interior del departamento como un horno y al aire acondicionado sin funcionar.

—Oh, tiene que ser una jodida broma de mal gusto —resopló Katsuki, presionando con excesiva fuerza los botones del control remoto y dirigiéndolos al aparato, que ni siquiera daba señales de estar conectado a la electricidad—. ¡No me jodas!

—¿Todavía tienes los papeles de la garantía? —Preguntó Izuku, no en mejor estado de él, con la camiseta pegada al cuerpo y estirándose el cuello para soplar aire sobre su pecho.

—Debe de estar en ese cajón —señaló Katsuki la mesita de noche.

Porque el espacio en su piso era poco, Katsuki se había contentado con comprar una unidad grande en lugar de dos pequeñas, y ahora lamentaba como nunca su elección porque estaba jodido.

Simple y llanamente estaba jodido.

Si el aire acondicionado no encendía, no creía poder pasar la noche en su piso. El aire caliente que se había acumulado a lo largo de un día soleado y sofocado hacía que estar adentro de esas cuatro paredes costara respirar, y Katsuki abrió varias ventanas para buscar cualquier brisa de aire que aliviara su malestar, pero sin mucho éxito.

—Llama al servicio al cliente —le entregó Izuku la póliza de garantía—. Yo iré por algo de beber para los dos.

Haciendo un esfuerzo por controlar su temperamento explosivo, Katsuki marcó el número y se mantuvo en línea por la siguiente media hora mientras operadora tras operadora lo conectaban a otra extensión y trataban de solucionar su problema.

Paciente esperó Izuku con él, sirviendo té helado para los dos y sugiriendo que se acercaran a la ventana para tener al menos un poco de aire fresco a su disposición.

Al final el resultado terminó por ser lo que Katsuki se temía: El sistema eléctrico de varias manzanas a la redonda (la suya incluida, por desgracia) había sufrido una sobrecarga de servicio, y al cortar y volver a poner el servicio en marcha, algo todavía por especificar le había ocurrido a su unidad de aire acondicionado. Enviarían un técnico, y ya que la garantía tenía menos de treinta días se la harían válida en su totalidad, cambiando el aparato por uno nuevo sin coste alguno. Lo cual en perspectiva sonaba de lo mejor porque no colocaba culpa alguna sobre Katsuki, pero venía con una desventaja...

—¡¿Cómo que de tres a cinco días hábiles?! —Rezongó Katsuki sin poder morderse más la lengua.

Era miércoles, lo que implicaba que mínimo debía esperar hasta el lunes siguiente antes de que todo volviera a la normalidad.

—No puede esperar que pase de tres a cinco días hábiles en este calor —gruñó Katsuki—. Ni siquiera tengo un ventilador.

Izuku le tocó el brazo, y aunque su toque lo irritaba por proveerle más calor humano del que se sentía capaz de tolerar en esa onda calurosa de julio, Katsuki se forzó a cerrar los ojos, contar hasta tres, y disculparse con la pobre operadora que ni culpa tenía de los desperfectos ocurridos. Ella era sólo una voz en alguna parte de Tokyo a la que seguro no se le pagaba lo suficiente para tolerar aquel tipo de trato, y Katsuki se disculpó lo mejor que pudo por su exabrupto.

—Lo siento. Estoy sumamente frustrado, pero sé que hace lo que puede... Sí, de nuevo me disculpo... Oh, no será necesario... Claro. —Con su mano libre, Katsuki tocó a Izuku y movió los labios en un insonoro ‘gracias’ mientras recitaba sus datos de contacto y la información de su casero para que abriera el piso cuando los técnicos vinieran a hacer el cambio en horas de oficina. Katsuki también dio su número, y tras una última disculpa, finalizó la llamada.

—Hey... —Se pegó Izuku más a él y le acarició el rostro.

—Lo lamento —murmuró Katsuki, eludiendo su mirada—. No quería que me vieras así. Es sólo que... Esto apesta.

—Seh...

—Hace un calor de los mil demonios —resopló Katsuki—, así que tendré que dormir un par de noches en un hotel. Entenderé si prefieres no hacerme compañía mientras todo esto se normaliza.

Mirándolo directo a los ojos, Izuku se mordió el labio inferior un par de segundos mientras los engranajes de su cabeza trabajaban a toda su capacidad. Katsuki sólo había visto ese gesto (que en su opinión era de lo más seductor sin que su dueño lo planeara de esa manera) cuando su cerebro trabajaba elaborando planes y no quería delatarse en sus acostumbradas murmuraciones.

Katsuki ya casi se había hecho a la idea de tener que empacar ropa para una semana y resignarse a la incomodidad de vivir en un sitio tan impersonal como un hotel, pero Izuku le ofreció la solución más simple y a la vez más sorpresiva de su repertorio.

—Bueno... —Dijo con inseguridad, dos manchones rojos apareciendo en sus mejillas—. Si no te importa compartir el lado derecho de mi cama y los pelos de gato negro por doquier... ¿Te apetecería quedarte conmigo?

Con los ojos desorbitados por la repentina oferta, Katsuki se quedó sin palabras.

 

Katsuki se había hecho de varias teorías que explicaran por qué Izuku todavía no lo había llevado a su departamento en los dos meses y medio que tenían de conocerse.

La opción de que estuviera demasiado lejos como para hacer viable el viaje había sido la primera en descartarse. Izuku daba muestras de conocer la zona a la perfección, siempre sabedor de los mejores cafés, restaurantes, supermercados y tiendas diversas de la zona, así como de promociones y ofertas, que delataban que aquel era su distrito. Así que lo siguiente había sido suponer que se sentía avergonzado, pero... No era una mala zona. No se acercaba a los sitios de lujo que podían encontrarse en otros distritos, pero no en balde la renta era elevada y los beneficios amplios, así que tampoco podía ser eso. Lo siguiente que pensó Katsuki es que Izuku no lo quería ahí. Tan simple como eso, y sin embargo, Izuku jamás le daba la impresión de cansarse de su compañía y no ponía reparos en estar en su piso siempre que le era posible.

El tema había sido uno que durante sus conversaciones pocas veces salió a colación. Izuku hablaba muy poco de su hogar, y las pocas veces que lo hacía era de pasada como “volveré a mi piso por una muda de ropa” y “tengo que marcharme, seguro que Kuro debe estar maullando de hambre”, sin entrar en detalles. Las pocas fotografías que Izuku le había mostrado a Katsuki de su gato revelaban poco del entorno en el que el animal vivía. Trazas de un sillón, un cojín, la ventana con cortinas (no persianas) donde le gustaba sentarse a tomar el sol y en donde se podían apreciar un par de macetas.

Era tan poco que casi podía decirse que era nada.

Todo eso cruzó la mente de Katsuki cuando luego de aceptar la propuesta de Izuku se dedicó a empacar una maleta con sus objetos personales.

—¿Estás seguro que...? —Katsuki no consiguió terminar la oración. De frente a sus cajones y con la maleta abierta a su lado, no tenía claro si debía empacar para una noche, tres o cinco.

—En verdad que el cuarto está sofocado —exhaló Izuku, que sentado a la orilla de la cama esperaba a que Katsuki terminara de empacar.

—Uhm... —Katsuki escogió ir a lo seguro. Ropa para dos días, por si acaso la oferta de Izuku era momentánea, un desliz del momento por la imprevisibilidad de las circunstancias. Al fin y al cabo, siempre podía volver a su piso por más mudas de ropa y hacer la colada.

Con su maleta lista y un sentimiento de incomodidad que no hacía más que crecer bajo su piel, Katsuki declaró estar listo e Izuku dijo las dos palabras mágicas.

—En marcha.

 

Afuera se había hecho de noche, y el calor del día había disminuido a los límites tolerables ahora que soplaba una leve brisa y sus cuerpos volvían a la normalidad después del ejercicio.

Katsuki cargaba sobre su espalda el maletín de deporte donde llevaba sus pertenencias, y en el pecho su corazón constreñido con nervios porque Izuku se estaba mostrando callado, muy distinto de su habitual yo parlanchín que a veces hasta a él podía recordarle el zumbido constante de un panal de abejas.

Luego de tres calles recorridas, que no eran muy distintas de la ruta que seguían para ir a Plus Ultra en las mañanas en que Izuku se quedaba a dormir en su piso, Katsuki se frenó de golpe, y con las manos en los bolsillos reveló los pensamientos que discurrían por su mente.

—Si la oferta de quedarme en tu piso esta noche es por compromiso... Te libero de ella. Lo que sea. Pero habla, Izuku, porque no creo poder soportar más este silencio.

Katsuki habría preferido no tener que ser tan abrupto con sus palabras, pero así era él. Brusco, con los bordes afilados y caustico; Izuku así lo conocía, y no sería justo para ninguno fingir lo que no era para hacer de ese momento uno más sencillo.

Deteniéndose a un par de pasos de distancia, Izuku exhaló y cuadró los hombros antes de darse media vuelta y encararlo.

—Estoy nervioso —dijo sin bajar el rostro o desviar la mirada—. Creí estar haciendo un buen trabajo para disimularlo, pero... Veo que no.

—¿Eso era disimular? Porque eres terrible. Jamás te dediques a la actuación —gruñó Katsuki, todavía con los pies afianzados en la acera y en espera de una respuesta—. ¿Y bien? Todavía no es tarde para reservar una habitación de hotel y olvidar todo esto.

Izuku reaccionó reduciendo la distancia que los separaba y plantando su mano con la palma abierta justo en el centro de Katsuki, en su esternón.

—No.

—¿No?

—Quiero que vengas. Es sólo que... —Izuku suspiró, y sus facciones se suavizaron—. Supongo que debo darte una explicación al respecto.

«Hemos llegado a un entendimiento», pensó Katsuki, pues creía lo mismo, pero ni en un millón de años habría forzado a Izuku a decírselo si éste primero no lo proponía.

—Pero no aquí —prosiguió Izuku—. No es una charla que quiera tener en la calle.

—Al mal paso darle prisa —dijo Katsuki, el tomar la mano de Izuku con la suya y entrelazar sus dedos.

En Tokyo, la visión de dos hombres juntos de manera romántica no era todavía de lo más común. Quizá habría partes del mundo en que las relaciones del mismo sexo no levantarían murmuraciones o cejas alzadas, pero esa no era su ciudad por muy cosmopolita que pudiera considerarse la urbe de Tokyo. Y sin embargo, Katsuki no se cortó de hacerlo. Intuía que Izuku necesitaba de su roce casi tanto como él del suyo, y así lo comprobó cuando éste le dio un apretón y reemprendieron la marcha.

Igual en silencio, pero esta vez era mutuo y acordado.

 

Sus pasos hicieron un desvío al de su rutina matutina cuando se dirigían a Plus Ultra. Katsuki tomó nota de la calle en la que Izuku los hizo girar, y en lo cerca que se encontraba de la estación del tren. No era la primera vez que sus pisadas lo llevaban ahí, porque en el pasado Izuku le había contado de un puesto de takoyaki que vendía la mejor variedad con picante de la zona, y juntos habían pasado por ahí una de tantas noches a cenar.

Costaba creer que Katsuki no hubiera adivinado antes la razón por la cual Izuku parecía conocer la zona mejor que la palma de su mano, pero él mismo decidió centrar su atención en otros asuntos de mayor relevancia en esos momentos, como lo era la mano sudorosa de Izuku entre la suya y el tic nervioso con el que se mordía el labio inferior para no caer en el mal hábito de hablar para sí en voz baja.

Katsuki procuró aliviar la atmósfera con un comentario ligero. —Los árboles de ese parque seguro que dan buena sombra, ¿no?

Como si saliera de un trance, Izuku guió la mirada en la dirección que Katsuki señalaba, y la tensión en sus hombros pareció reducir.

—Puedes apostar que sí. —Una pausa—. ¿Crees que alguna vez podríamos hacer un picnic por ahí? Desde aquí no se ve, pero hay un estanque y... Siempre he querido ir.

—Claro —accedió Katsuki con facilidad, dándole un apretón en la mano. Cualquier ocasión que fuera una primera vez para Izuku y que la compartiera con él era siempre motivo de orgullo para él.

En la quietud de la noche y disfrutando como nunca de la compañía de Izuku, a Katsuki no le habría importado continuar caminando hasta el amanecer, pero en realidad sólo caminaron un par de calles más antes de que Izuku redujera la velocidad y terminara de frenar no frente a un bloque de apartamentos como éste habría esperado, sino una casa.

—¿Es aquí?

—Aquí vivo —confirmó Izuku, señalando la placa donde podía leerse Shuzenji, pero abajo había un cartoncillo donde estaba escrito Midoriya.

—Pensé que...

—Lo sé —masculló Izuku por lo bajo—, y te debo una explicación. Hablemos adentro, ¿sí?

—Ok.

La casa de Shuzenji (sea quien sea la persona o familia que viviera ahí) era al estilo tradicional japonés, con muros de piedra y una entrada principal que conducía a la residencia, pero tenía dos caminos de piedra claramente diferenciados entre sí, pues uno de ellos, el secundario, conducía a una vivienda apartada de la casa central y que bien podía contarse como un departamento.

Izuku mismo así lo confirmó. —Ahí es donde yo vivo —dijo al dirigirse a la construcción, que comprendía una vivienda de madera con dos pisos—. Es pequeña, pero cómoda.

Katsuki la evaluó con la mirada. Sí, era pequeña, pero similar a cualquier apartamento que pudiera encontrarse en la zona. Y ya que estaban en eso, sí, contaba como un bloque de pisos, incluso si sólo era uno y habitaba en él un único inquilino. Bueno, un residente y su gato.

—Ah, ese tiene que ser Kuro —murmuró Katsuki al ver el gato negro que desde la ventana del segundo piso los miraba de lo más indolente.

Por su pelaje negro y haberse ocultado ya el sol, seguro que habría de ser casi imposible de reconocerlo tras el cristal y en las sombras, pero sus ojos claros relucían fantasmagóricamente a través del cristal.

—Sí, ese es Kuro —confirmó Izuku al sacar sus llaves y abrir las puertas.

Como si la llegada de su amo fuera el único motivo válido para abandonar su sitio de pereza, Kuro había bajado con prisa por las escaleras y en esos momentos se restregaba contra las piernas de Izuku hasta que éste se agachó y le acarició debajo de la barbilla.

—Ya estoy en casa, Kuro —saludó Izuku al gato, y como si el animal pudiera comprender el lenguaje humano, ronroneó en respuesta—. Traje compañía, ¿sabes? Es Katsuki, mi... —Pero su siguiente palabra quedó oculta tras un maullido agudo.

Si se había referido a él como amigo, colega, amante o novio, Katsuki no lo sabría jamás debido a la impertinencia del gato, pero no le importó. Kuro desafió las expectativas de Izuku por no ser un animal sociable al refregarse también contra las piernas de Katsuki y aceptar que éste le pasara la mano por detrás de las orejas y luego por el cuerpo, arqueando la espalda con gusto por las caricias.

—No suele ser así con los desconocidos —dijo Izuku al entrar a la casita y encender las luces.

Katsuki se preguntó a quién más había conocido a Kuro de las personas importantes que habían entrado y salido recientemente en la vida de Izuku, y si valdría la pena vanagloriarse de ese logro, pero entonces la iluminación reveló el interior de la casita y su atención se centró en el entorno que por fin le era permitido conocer.

No había mucho, aunque tampoco es que el espacio lo permitiera. El genkan era apenas un espacio existente, y lo único que adornaba el recibidor era una mesa y un platito de cerámica donde Izuku dejó sus llaves.

—Pasa —le indicó con timidez, y fuera de su costumbre colocó Katsuki los zapatos en orden antes de pasar.

Realmente no había mucho para admirar. La planta baja consistía en una cocina a la izquierda, una salita a la derecha, y era todo. En medio estaban las escaleras y lo que él suponía un baño.

—Es pequeño, pero cómodo. Acogedor —dijo Izuku como si quisiera disculparse, y Katsuki no se le permitió.

—Es agradable.

—Uhm, gracias. ¿Quieres subir y conocer el resto?

Katsuki accedió con un asentimiento; sentía la garganta demasiado seca para su gusto, pero no quería arruinar el momento pidiendo un vaso con agua.

Las escaleras eran empinadas y planeadas para alguien de baja estatura, como comprobó Katsuki al subir y en los últimos peldaños golpearse la cabeza con el techo del segundo piso.

—Cuidado —le dijo Izuku, que pasó sin problemas gracias a los centímetros que les separaban—. A Shouto le pasó lo mismo.

—¿Shouto estuvo aquí? ¿Cuándo?

—Erm, cuando me ayudó con la mudanza.

—Ah. —Katsuki exhaló—. ¿Y Mirio? ¿Mirio ha subido estas escaleras?

—No.

—Vale.

El piso superior tenía el tamaño ligeramente mayor al de una recámara promedio. En una esquina tenía Izuku un escritorio, y repisas por doquier con algunas figuras de acción, que vistas más de cerca eran de All Might en sus tiempos de mayor popularidad como celebridad menor. Izuku era su fan antes que su discípulo, eso estaba claro, a juzgar por el póster que tenía colgado en la puerta y que estaba autografiado con una dedicatoria personalizada que incluía su nombre.

—Espero no te moleste dormir en futón —dijo Izuku, tirando de la puerta corrediza del clóset—. Subir una cama con esas escaleras era una locura, y en realidad dormir sobre el tatami es reconfortante.

—En lo absoluto.

Abstraído en absorber todo lo que le rodeaba, Katsuki se acercó a un mueble con cajones que reconocía de las fotografías de Izuku y en donde Kuro solía recostarse a tomar el sol. En verdad daba a la ventana, y seguro que de día daría la impresión de estar en un lugar elevado.

Qué idiota había sido asumiendo que Izuku vivía en un piso, cuando en realidad éste nunca había compartido información al respecto.

—Tengo balcón —dijo Izuku de pronto, recorriendo las cortinas para mostrar ventanas de piso a techo—. No es que sea la gran vista, pero...

Katsuki aceptó su invitación, y aunque el espacio era mínimo y estaba abarrotado de plantas en macetas, se descubrió pensando que era genial estar ahí esa noche con Izuku, la brisa del verano colándose entre sus dedos y trayendo consigo el ruido de Tokyo, la ciudad que nunca se apagaba.

—¿Me contarás cómo terminaste aquí? —Preguntó Katsuki luego de unos minutos, consciente que era una historia importante y a la que ahora tenía derecho siendo que el propio Izuku lo había traído con él a casa.

—Sí.

—Ok.

Pero mientras tanto, disfrutarían de la noche y el viento.

 

Izuku se disculpó por no tener gran cosa en la cocina (“lo admito, me he vuelto dependiente de tu comida y salir contigo a cenar”) así que pidieron sushi a domicilio, y mientras esperaban al repartidor, tomaron turnos para bañarse.

Katsuki fue el primero, y al salir descubrió que Izuku había encendido el aire acondicionado y dispuesto en su salita el televisor y un cojín para que él se sentara frente a la mesa baja.

—No me tardaré.

—Izuku. —Katsuki tiró de su brazo, e impulsándose de rodillas alcanzó su boca en un beso—. No te tardes.

Con las orejas rojas, Izuku así lo prometió y lo cumplió.

Katsuki no buscó ningún programa en la televisión, sino que puso un canal cualquiera y se dedicó a acariciar a Kuro, que curioso de su nuevo visitante, se sentó en su regazo y se conformó con ronronear de gusto.

—Si se lo permites, va a llenar tu ropa de pelos negros —dijo Izuku una vez que salió de la ducha y con una toalla sobre los hombres se secó el cabello.

Los dos vestían ropa de casa, y no era muy diferente a la intimidad que se vivía en el piso de Katsuki cuando Izuku se quedaba a pasar la noche, pero ambos sabían que lo era, y que tenían que charlar al respecto.

Sentándose frente a Katsuki en la mesita baja, Izuku cruzó las piernas y suspiró. —¿Prefieres hacer preguntas ahora o después de que te cuente mi historia?

—Después. —Ah, la sequedad de garganta había vuelto, y Katsuki podría haberla ignorado, pero Izuku lo notó y se puso en pie para preparar un té—. No será necesario.

—Insisto. La comida todavía falta en llegar, y a mí también me vendría bien un té.

Tras poner la tetera eléctrica a funcionar y dejar las dos tazas listas en la encimera, Izuku volvió a sentarse y empezó su relato.

—Antes que nada debes de saber que Shuzenji es una tía lejana de All Might y fue la cirujana que trató mi brazo cuando ocurrió el accidente. Es una mujer ya mayor que todavía insiste en trabajar en el hospital, y hoy está de turno, así que quizá la conozcas en la mañana.

—Ya veo.

—Yo... Cuando terminé con Mirio necesitaba de un sitio dónde vivir, y Shuzenji fue tan amable de ofrecerme su casa de huéspedes. La renta es ridícula, y a cambio me pide ayuda con un par de labores de mantenimiento que no me importa hacer.

—¿Y qué no podías buscar un sitio más...? —Grande. Propio. Apartado. Los adjetivos se sucedieron uno tras otro, porque Katsuki seguía sin entender cómo Izuku prefería ese tipo de acuerdo sin importar que la renta llegara a ser casi simbólica.

—No quería estar solo —murmuró Izuku, examinándose las manos puestas sobre la mesa—. Antes de venir aquí, vivía con Mirio, y antes de eso con Shouto. También viví con Ochako. Y en cada ocasión fue tan difícil decir adiós, empacar mis pertenencias en cajas y... Tal vez realmente nunca aprendí a vivir por mi cuenta, porque aceptaba encantado después de cada rompimiento empezar una relación nueva y mudarnos juntos, formar un nuevo hogar...

«Justo como hiciste conmigo», pensó Katsuki al rememorar la facilidad con la que Izuku se había hecho un espacio en su vida; en su piso y corazón por igual. Sólo recorriendo un patrón con el que ya era más que familiar porque resultaba que era la cuarta vez (o quizá más) que lo llevaba a cabo.

Izuku pareció adivinar la clase de pensamientos que discurrían por la mente de Katsuki, porque se apresuró a corregirlo, pero casi saltó cuando la tetera comenzó a pitar anunciando que el agua estaba lista.

—Yo me encargo —se ofreció Katsuki; lo que fuera para poner distancia entre ambos.

Mientras servía el agua y observaba cómo se teñía del color del té verde, Katsuki inhaló profundo para recuperar la entereza, y después se giró con las tazas para depositarlas sobre la mesa antes de volver a asumir su posición de antes.

—No pienso disculparme o sentirme avergonzado por mi pasado —dijo Izuku cuando por fin consiguió levantar la cabeza y enfrentar a Katsuki mirándolo directo a los ojos—. Viví con Ochako, con Shouto y con Mirio, y en cada ocasión fui yo el que le puso fin a la relación, así que me vi forzado a empacar y marcharme. Perdí tres hogares, pensando que tal vez el siguiente sería el definitivo, y todo porque no alcanzaba a entender que me bastaba a mí mismo.

—¿Y ahora lo tienes claro?

—Creo que sí.

—Sé de buena fe que después de romper con Mirio te seguiste acostando con él. Volviendo y terminando como críos indecisos.

—Sí —confirmó Izuku—, pero eso se terminó hace meses.

—¿Antes de que volvieras a Japón en abril?

Con un rictus de dolor, Izuku desvió la mirada. —¿Quieres saber si estando contigo volví a acostarme con Mirio?

A eso se reducía. Para Katsuki era una respuesta afirmativa, incluso si prometía consigo un dolor exquisito.

Izuku apoyó el mentón en su mano y torció la cabeza. —La noche antes de volver a Japón lo hicimos, y me prometí que sería la última. Que pondría mi distancia y que se había terminado de una vez por todos. Que aprendería a estar solo. —Una risa amarga—. Como puedes ver, sólo conseguí lo primero...

—No puedo quejarme por tu falta de fuerza de voluntad porque-...

Pero entonces el timbre sonó, y la segunda interrupción de su charla arribó en la forma del repartidor de sushi a domicilio que traía su comida.

—Terminemos de hablar cuando vuelva —dijo Katsuki, que ignorando las protestas de Izuku, salió a pagar él con su dinero.

También a respirar aire, y a planear bien las preguntas que iba a hacer.

 

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Notas finales:
Deben de saber que yo vivo en una de las regiones más calientes del mundo. En verano es normal tener 45ºC en un día tranquilo, y superar los 50ºC cuando no. Creo que el récord fue de 58ºC hace un par de veranos, así que pueden imaginarse que mientras escribía este capítulo me dolía el alma por Katsuki. Pero funcionó a su favor, ¿no? Y ahora sí Izuku se abrirá más con él.
Graxie por leer~!
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Recopilatorio Gratis "9 sonatas literarias!
Vamos a celebrar el Día del Trabajador con un nuevo libro homoerótico escrito por varias grandes autoras, algunas de las cuales las conocéis porque han publicado algunos de sus trabajos en slasheaven.

Son relatos cortos en los que hay de todo, misterio, romance, aventura… y todos y cada uno de ellos relacionado con una canción.

El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

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9 sonatas literarias


9 sonatas literarias




--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 37 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 49 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios