¡Ayúdanos a mantener SlasHeaven con tus donaciones!

Si te gustan los originales, regístrate aquí para recibir alertas de actualización



¡Recomienda la historia a un amigo!
- Tamaño de texto +
Notas del capítulo:


¡Hola, hola!
Es jueves... y aquí esta el capítulo. Personalmente, me gusta mucho xD espero que a vosotras también. Eso sí ¡leed las notas del final, por fa!

Capítulo 8

 

Mansión X, 30 de Diciembre de 1977

 

La transfusión de sangre había hecho maravillas con Erick.

El niño, que se había puesto enfermo tras su rabieta, ni siquiera había pasado por la fase de la tos seca. Sus defensas habían experimentado una subida desproporcionada y su sistema inmune había arrasado con la infección sin necesidad de fiebre. Además, el niño parecía haber recobrado cierta vitalidad y seguía jugando a ratos, cosa que no había sido capaz de hacer hasta que Charles había despertado.

No obstante, seguía llevándose el pulgar a la boca y preocupando a su padre por ello. Charles le había asegurado a Erick que el niño había dejado de hacer aquello hacía más de un año y un retroceso en el desarrollo nunca era bueno, sobre todo si se producía tras un incidente traumático. Ninguno de los dos quería hacerse realmente cargo, pero temían profundamente lo que fuera que el Doctor Sutura hubiera hecho con el niño.

El pequeño Erick mostraba también algunos rasgos de baja autoestima muy preocupantes. Charles sentía que se le rompía el corazón al ver a su hijo dudar antes de pedirle algo, pero Erick sabía lo que era sufrir pensando que no se era lo suficiente y temía que algo de él hubiera llegado al niño, que se llenara de odio como él mismo lo había estado hasta conocer a Charles. Por ello, se había encargado aquellos cinco días de servir de apoyo y ayuda al pequeño hasta que recuperara las fuerzas para confiar en sí mismo.

— ¿Quieres que salgamos un rato al jardín, Erick? —le preguntó, acercándose a él, que jugaba con piezas de lego en la alfombra frente a la chimenea de Charles.

Aunque las obras estaban haciéndose a una velocidad ridículamente alta, las habitaciones todavía no habían recuperado la calefacción y la mansión seguía fría. Pero cada vez con menos corrientes de aire, ahora que las grietas y las paredes que faltaban estaban volviendo a su lugar.

— Hay mucha nieve… —le respondió el niño, mirando con anhelo por los ventanales.

— Sí, la hay. Ha nevado toda la mañana —le confirmó con paciencia— ¿quieres que hagamos un muñeco de nieve?

Como aquello era lo que el pequeño había intentado sugerir, Erick pudo ver su cara de aprobación y alegría.

— ¿Papá va a venir?

— Tal vez más tarde… ahora está durmiendo, está muy cansado.

— Con todo lo que durmió… —se quejó su hijo, poniéndose en pie y yendo a su habitación— ¡podría no tener sueño nunca más! Y ahora tiene todo el tiempo, antes no y hacía más cosas.

— Y lo tendrá unos días más, Erick, no debes ser caprichoso —le amonestó suavemente, mientras lo seguía para asegurarse de que cogiera el abrigo de plumas y los guantes impermeables—. ¿Ha venido Hank a hablar contigo?—. El niño, que había ocultado la mirada ante el regaño, se dejó poner los guantes y el abrigo y asintió con la cabeza—. ¿Y qué vas a hacer con él?

Reticente, el niño tardó en contestar, con la voz muy baja.

— Voy a seguir aprendiendo lo que antes me enseñaba papá… escribo y leo música y cosas.

Erick tomó al niño de la mano y juntos se dirigieron a la parte baja de la mansión.

— ¿Estás aprendiendo música? —le preguntó en las escaleras.

— Me gusta la música.

Atravesaron juntos los andamios que había en el despacho de Charles y salieron al frío del jardín.

Tal y como Tormenta había pronosticado, había empezado a nevar de pronto y no había parado más que algunas horas durante días. Por suerte, para entonces las obras ya habían comenzado y todo el armatoste para las reparaciones estaba listo y asegurado. Ahora, los campos verdes entorno a la mansión y los árboles de los bosques estaban cubiertos por una gruesa capa de nieve que se renovaba y crecía cada noche.

La terraza trasera, desde la que se veía la gran antena parabólica de Cerebro, estaba un poco congelada y cubierta de nieve sucia por los pies de los obreros. Magneto apretó con un poco de fuerza la mano del niño y juntos la atravesaron. La capa de Erick, que había tenido que enviar a la tintorería por las manchas de leche, ondeaba tras ellos y se agitaba.

— Papá dice que podré ir a clases de música en la ciudad el año que viene.

— ¿Y eso te gustaría? ¿Ir a clase con otros niños?

El pequeño Erick se encogió de hombros y se soltó para bajar los últimos peldaños solo. Se agachó entre la nieve blanda, que cedió bajo su peso, y metió las manos enguantadas en el ella para tocarla.

— No sé… nunca he ido.

Erick se agachó a su lado y le ayudó a amontonar la nieve. Juntos empezaron a formar una bola grande de nieve. Cuando fue lo suficientemente grande, Magneto la hizo girar para que aumentara de tamaño y Erick gritó sorprendido, después, echó a correr tras ella, jugando a tocarla y a alejarse. Cuando tuvo un tamaño decente, hicieron las otras partes y las colocaron sobre ella.

— Ven, Erick, vamos a buscar ramas y piedras para hacerle los ojos y los brazos.

Arrebolado por el ejercicio y el frío, el niño le mostró una sonrisa grande de dientes pequeños y asintió mientras corría hacia él y se agarraba a su mano.

— Erick —le dijo el niño mientras se adentraban entre los árboles—, me gusta mucho que estés aquí. Nunca había hecho muñecos de nieve y es muy divertido.

Un calor tibio recorrió al adulto desde el estómago hasta la nuca y le correspondió a la sonrisa.

— Entonces es una suerte que no tenga intención de irme ¿verdad?

Asintiendo, el niño le dijo:

— Deberías vivir siempre aquí.

Como Erick era un hombre inteligente, evitó confesarle al niño que lo haría siempre que Charles lo permitiera. Si en algún momento el chico ponía inconvenientes a que él estuviera allí, Erick tendría que llevarse a su hijo e irse. No iba a pelear por la casa, pero sí por el niño.

En realidad, lo más probable era que tratase de secuestrar también a Charles o de atraerlo con Erick, porque jamás volvería a permitir que ninguno de los dos se alejara de él.

— ¡Oh! ¡Mira! —chilló el niño, distrayéndolo de sus pensamiento— ¡Mira, mira! ¡Es una ardilla! —Erick siguió el dedo extendido del niño y pudo entrever a la ardilla encaramada a lo alto de un árbol—. ¡Está comiendo una avellana!

— Eso es una nuez… —le corrigió con tranquilidad, aupándolo para que el niño se sintiera más cerca de ella, aunque estaban varios metros por debajo. La acción sorprendió al pequeño, porque volvió a chillar cuando se lo colocó sobre los hombros.

— ¡Estoy muy alto, Erick!

Riendo, Magneto lo acomodó mejor.

— ¿Verdad que sí?

— ¡Jamás nunca había estado tan alto! ¡Casi puedo tocarla!

Por supuesto, aquello no era cierto, por Erick permitió que el niño así lo creyera, mientras se estiraba por llegar más arriba y hacia el frente, donde la ardilla comía. Cuando el animal agitó la cabeza y dejó caer la nuez, desapareció trepando todavía más arriba hasta hacerse invisible.

— ¡No me bajes! —le pidió el niño, cuando él levantó las manos—. No me bajes ¡puedo coger las ramas que necesitamos desde aquí!

Aunque las perneras de los pantalones del niño estaban mojadas y sus botas à prés ski posiblemente ensuciarían otra vez su capa, Erick permitió que el niño siguiera sobre sus hombros, entusiasmándose por los ruidos y animales del bosquecito y gritándole ocasionales órdenes.

Una hora después había reunido lo suficiente para dotar de un poco de vida al muñeco de nieve y se despidieron de él para entrar en la mansión a entibiarse en la cocina, donde sí había vuelto la calefacción, y a merendar un poco.

Erick sintió que había pasado uno de los mejores días de su vida.

 

***

 

Costa este de Estados Unidos, lugar indeterminado, 30 de Diciembre de 1977

 

Conocer al Doctor Sutura había sido de las cosas más afortunadas que le habían ocurrido a Sapo. El hombre era amable, centrado y diligente. Magneto había sido su señor durante años. Sapo habría hecho de todo por él e incluso ahora sentía un vínculo afectivo hacia él, pero donde el Doctor Sutura era amable, Magneto había sido un megalómano, en lugar de centrado, se había mostrado como un Dios encumbrado con un plan casi inalcanzable lleno de piezas, y donde el Doctor era diligente, Magneto había… se había ido y los había dejado a todos atrás.

Y había sido él quien había tenido que explicárselo a Dientes de Sable.

Pero el Doctor Sutura parecía más cercano y era agradable y de trato fácil. Nunca gritaba y nunca le humillaba. Era un buen hombre.

— Ya verás, Mortimer, será un ataque rápido y limpio. Después hablaremos con Magneto e intentaremos que entre en razón. No creo que se haya vendido a ellos por nada, después de haber luchado tanto…

— ¿Volverá a ser el jefe de la Hermandad de los Mutantes? —le preguntó, insatisfecho.

— Bueno, eso será algo que juzgareis entre todos. Tú, Dientes de Sable, Phatazia, Rat Bite y Huracán debéis tener voz en las decisiones, somos una Hermandad, no una dictadura.

Conforme, Sapo asintió y salió de la sala, tenían mucho que organizar para tomar la Mansión de Charles Xavier, con todos aquellos mutantes y la tecnología más poderosa que el dinero podía comprar…

 

Mansión X, 31 de Diciembre de 1977

 

Havok estaba encerrado en la cocina con Hank.

Aquella mañana los chicos habían discutido acaloradamente y, de nuevo, Havok había terminado siendo el elegido para cocinar el gran banquete de la noche. Y era grande, porque además de ellos nueve, Coloso volvería y recibirían la visita de otros mutantes: un tal Arcángel, socio en la bolsa de Charles y exalumno, Júbilo, una exalumna que Felina y Tormentan “morían muchísimo por ver”, y Ave de Trueno, un colaborador “o algo así” de Charles.

Erick, en aquellos momentos de incertidumbre en su relación con el Profesor, se sentía alerta por los dos nuevos hombres que iban a visitarlos. Había estado mucho tiempo lejos de Charles. Demasiado.

— ¡Bolt! ¡Bolt, dame eso!

Bolt entró corriendo en la restaurada biblioteca y pasó al lado de Erick tratando de fingir ciertos modales, aunque se arrojó hacia la otra puerta y pasó a grandes zancadas al despacho de Charles.

— ¡Bolt, jolines! —gritó Felina al atravesar la biblioteca sin ni siquiera ver a Erick.

Un murmullo al otro lado de la habitación, un par de quejas y Charles ya había conseguido que Bolt le devolviera el maquillaje a Felina. Un momento después, el Profesor era quien cruzaba la puerta.

— Espero que no te interrumpieran… —le dijo, con una tenue sonrisa de disculpa. Seguía muy delgado y pálido, pero se había negado a permanecer todo el día en la cama.

— Es imposible que sus gritos y carreras no interrumpan cualquier cosa —dijo, negando con la cabeza—. No sé cómo soportas a un grupo de quinceañeros revoltosos y hormonales.

— Ummm… supongo que porque me divierten más que los cálculos de probabilidad genética.

Erick se rio un poco sabiendo que era una mentira, porque Charles era un genio y disfrutaba investigando. A su vez, el Profesor acercó la silla de ruedas a él y leyó sobre su hombro:

Compendio: Inteligencia y Afectividad; La equilibración de las estructuras cognitivas; Formación del símbolo en el niño: imitación, juego y…

—… Y sueño —terminó Erick por él, donde no llegaba a leer.

— ¿Estás leyendo un libro de educación infantil?

Casi había acusación en la voz de Charles. Erick decidió no entrarle al trapo y se encogió de hombros, sin poder evitar sentirse un poco incómodo.

— Piaget es genetista… —dijo a modo de disculpa.

Charles se quedó en silencio, observándolo fijamente con sus ojos imposiblemente azules y sus labios estúpidamente rojos. Casi a cámara lenta, levantó una mano y la colocó en el hombro de Erick.

— No sabía que… tuvieras un gran deseo por ser padre. Siempre supuse que tu visión del mundo…

— Aunque en mis planes nunca estuvo tener un hijo no podría dejar de amar uno que fuera tuyo y mío, Charles.

Fue directo. Desgarrado e inesperado.

Charles se quedó sin palabras y Erick también, porque no esperaba haber sido capaz de decir algo semejante.

Se observaron fijamente a los ojos, sin parpadear. Magneto temió un momento que su mente estuviera siendo leída, pero los párpados de Charles estaban muy abiertos y había demasiada sorpresa en su rostro.

— Erick… —murmuró, casi un millón de años después, con la voz ronca.

— Me fui, y sabes por qué. Nunca tuvo nada que ver contigo, ni siquiera conmigo. Fue por los demás, por todos… por lo que hay que hacer. Es una estupidez que pienses que fue por ti. Y tú no eres un estúpido, Charles.

El chico continuó mirándolo y al final apartó su mano del hombro de Erick y la colocó en los brazos de la silla. Seguro de que iba a apartarse de él, Erick no fue capaz de prever el ligero empujón que Charles se dio hacia arriba y el choque bruco de labios que le siguió. El libro cayó al suelo con un golpe sordo.

Instintivamente sus manos se colocaron en la cintura estrecha y adelgazada del Profesor, agarrándola con fuerza por encima del jersey de lana gruesa. Charles no pesaba nada y Erick se encontró a sí mismo tirando de él hasta colocárselo a ahorcajadas en el sofá.

Tan imprevisible.

Se besaron con deseo y hasta un poco de inexperiencia, como si fueran torpes novatos y no amantes reencontrados. Charles dudó antes de buscar permiso para colar su lengua ansiosa en la boca de Erick y jugar con ella, y las manos de Erick temblaban y eran incapaces de cambiar de lugar.

El beso duró lo indecible, pues fue un breve segundo de roces o una hora con sus sesenta minutos. Fue Charles quien terminó alejándose reticentemente del beso cuando sus poderes se inestabilizaron en el calor de los roces. No iba a leerle la mente a Erick mientras se besaban, nunca lo había hecho y no quería cruzar esa línea. No tanto por Erick, que tal vez ni se enterase, si no por sí mismo y su propia moral.

Se dio cuenta, mientras sonreía un poco y torcía la cara para esquivar los mordiscos de Erick, que no quería alejarse de sus labios, de la posición en la que estaba. Sintiéndose frío de golpe, tuvo que decir una de las cosas más vergonzosas que jamás había murmurado:

— Erick… n-no puedo estar así. No… yo no puedo saber si se me están… durmiendo las piernas. No sé si es cómodo o están forzadas o…

Erick tardó un momento en entender lo que estaba diciendo. Charles estaba sobre él, precioso y erguido sobre sus piernas en una promesa de lujuria que… pero sus piernas estaban dobladas por las rodillas. Charles no podía sentir si todo estaba bien. Por supuesto.

Con el cuidado de un amante, Erick aupó ligeramente a Charle y el chico se colocó en la silla. Magneto tuvo el impulso de arrodillarse frente a él y masajearle las piernas para prevenir cualquier problema, pero sabía que, de poder, si hiciera eso Charles le daría una patada. Como no podía, seguramente se llevaría un puñetazo en plena cara.

— Lo siento, no pensé…

— No importa —le cortó.

— Ni siquiera me había dado cuenta de que te había…

— No voy a hablar de esto, Erick. Nunca.

Erick estrechó los ojos.

— Pues podrías hacerlo conmigo, a fin de cuentas soy quien te encadenó a esa…

— Acabamos de besarnos como si fuera el fin del mundo, me has dicho que amarás por siempre a Erick y has jurado que no me dejaste ¿no podrías guardarte esa autodestrucción para ti al menos un momento?

— Autodestrucción es no afrontar lo que te ocurre y negarte a hablar de ello como si fueras un niño.

Charles le lanzó una gran sonrisa fingida, llena de autodesprecio.

— Créeme, los niños no se preocupan por lo mismo que yo.

Incrédulo ante sus palabras, Erick lo miró fijamente.

— ¿Eso es… una proposición indecorosa, Charle? —se burló con una ceja alzada.

— Nunca va a haber proposiciones indecorosas. No puede haberlas.

— ¿Puedo besarte? —le espetó.

Charles lo miró sin entenderlo del todo.

— ¿Qué?

— Que si puedo besarte o si la parálisis también te lo impide.

Los ojos azules de Charles se llenaron de desprecio y dolor e hizo retroceder a su silla para huir de Magneto.

— Eres un cabrón, Erick, a veces intento creer que no pero…

Erick simplemente se levantó y lo alcanzó. Volvió a auparlo, pero esta vez al completo y lo colocó con cierta suavidad sobre el sofá de cuero blanco junto a la ventana. Se cernió sobre él e, igual que un adolescente, coló una rodilla entre las piernas de Charles y los dedos entre sus cabellos negros. Volvió a besarlo.

— Tampoco necesito mucho más que besos, Charles… —le murmuró un rato después, sobre sus labios—. Tal vez alguna semana de vacaciones lejos de todos los adolescentes ruidosos de la escuela… Muy, muy poco más si se trata de ti…

Y chocó de nuevo ambos labios.

 

Mansión X, 31 de Diciembre de 1977

 

Erick lo decía mucho, y además era su padre, pero de verdad creía que el pequeño Erick era el niño más bonito del mundo. Verlo jugar frente a los ventanales de la habitación de Charles, con los rayos pálidos de la luz del invierno en sus cabellos rubios y sus labios rojos exclamando “oh” y “ah” cuando el Pegaso descendía y bajaba, era una escena que le calentaba el corazón.

El niño estaba de espaldas a la puerta, así que no lo había visto, pero Charles, que se estaba acostando para dormir una siesta en la cama, le hizo un ligero gesto y le pidió que se acercara.

Erick lo hizo inmediatamente, suponiendo que el Profesor necesitaba ayuda para facilitar su acomodo, pero en cuanto llegó junto a él, Charles tiró de su jersey y lo incitó a acostarse junto a él con palabras mudas.

— Charles…

— Duerme con nosotros —le dijo él, tentador—. Es sólo una siesta y tú no tienes nada que hacer…

Erick dudó un momento, hasta que recordó que en apenas tres horas llegarían los invitados de Charles a cenar y que alguno podía haber tenido un affaire con el atractivo hombre. Entonces asintió y pasó por encima del cuerpo de Charle para tumbarse en la cama.

— Erick, ven a dormir —llamó su padre.

El niño torció un momento la cabeza para mirarlo y después negó, girándose hasta darles la espalda para seguir jugando.

— ¿Erick? —volvió a llamar el profesor.

Incapaz de contestar que no, el niño decidió ignorarlo.

— Erick, estás cansado, ven a dormir un rato, por favor.

La voz tensa pero temblorosa de Charles fue como un resorte para Erick, que se levantó de la cama y dio cuatro largas zancadas hasta llegar junto al niño. Lo levantó con facilidad y el pequeño soltó una exclamación.

— ¡No! ¡Pegaso! —murmuró en queja, extendiendo los brazos hacia el suelo, donde había quedado el peluche.

Erick se agachó y lo tomó, pero no se lo dio.

— Tu padre estaba diciéndote algo —amonestó con suavidad, buscando la mirada del niño, que no se había recostado contra él como solía—, no le has contestado ni le has hecho caso.

El pequeño Erick giró la cabeza y ocultó el rostro cuanto pudo.

— Erick…

Tardó mucho tiempo, casi más del que Magneto era capaz de esperar, pero al final el niño habló, mirando al suelo desde los brazos del alto hombre.

— Pegaso está buscando a Bastian… N-no lo ha encontr-trado aún…

El leve tartamudeo hizo vacilar a Erick, que quería mantenerse firme, pero se limitó a subir un poco su mano derecha y enredar los dedos en los mechones rubios.

— Ya tienes puesto el pijama, Erick, sabías que era hora de dormir ¿Pegaso y tú no tendríais que haber dejado la búsqueda para después?

El niño se encogió de hombros.

— Además, si no se lo explicas a tu padre ¿no crees que se enfadará?

— Pero Pegaso y yo…

— Tienes que contestar y hacer caso, Erick.

Como no dijo nada más, el niño se vio obligado a asentir y finalmente volvió la vista a Erick, un poco inseguro. El hombre le sonrió, estrechando los ojos y enseñándole los dientes, y lo atrajo hacia sí, le pasó a Pegaso y el niño abrazó el peluche con cariño. Con un chillido feliz, enterró la cabeza en la crin azul.

Erick mesó su cabello antes de girarse y volver a la cama. Desde ella, Charles buscaba su mirada, con los ojos azules muy abiertos y una expresión que no supo leer. Le pasó al niño en cuanto extendió los brazos y el pequeño Erick apartó a su muñeco para abrazarse a su cuello.

— ¡Papi! —chilló feliz, buscando su perdón.

— Ven aquí, cielo… dormiremos un rato y buscaréis a Bastian antes de la hora de cenar. Es una gran fiesta y tienes que estar descansado.

— ¿Por qué tenemos que dormir todo el tiempo? —le preguntó sin soltarlo y sentado en su regazo—. Yo quiero jugar siempre en la nieve con Erick y que tú vengas también, papi…

Erick y Charles cruzaron otra mirada por encima de la cabeza del niño. Erick se sentó en la cama, pero mantuvo una pequeña distancia. Aunque estaba convencido de que su lugar estaba allí, con el pequeño Erick y con Charles, trataba de darle al Profesor la potestad de decidir cuándo iba a hacer partícipe de ello al niño.

— Ahora los dos estamos convalecientes, Erick, tenemos que descansar para no volver a ponernos enfermos.

Mimoso, el niño se escurrió y se tumbó en el centro de la cama, muy pegado a Charles y abrazado otra vez a Pegaso.

— ¿Y si para entonces se ha acabado la nieve?

Charles frunció el ceño y Erick decidió intervenir, viendo la ocasión de asegurarse un lugar a largo plazo en la Mansión. Aunque Charles parecía dispuesto a dárselo…

— Será primavera y aprenderás a montar en bici.

El niño torció la cabeza y miró a Erick. Se llevó el dedo a la boca.

— ¿Erick, cielo, no quieres aprender a montar en bici? —le preguntó Charles, inquieto, tumbándose trabajosamente junto a él. El niño no respondió, pero apartó la mirada de Erick para centrar sus ojos en los de su padre—. Es muy divertido, pero si no quieres, no pasa nada… a veces Papá Noël se equivoca, por mucho que Felina diga que no.

Eso pareció turbar al niño, porque se removió inquieto dentro de su pijama y se encogió un poco más sobre sí mismo. Empezó a chupar ansiosamente el dedo, pero fue capaz de volver la mirada a Charles. Tenía las pupilas un poco dilatadas y, aunque estaban secos, su padre pudo ver que estaba próximo al llanto.

Estaba asustado y pedía ayuda.

— Erick… ¿quieres que use mis poderes para que me puedas decir todo? Sólo tendrás que pensar un poco en ello y yo…

Acobardado, el niño negó fuertemente con la cabeza y buscó acurrucarse contra el costado de Charles. El Profesor lo acogió con fuerza, clavando las yemas de los dedos en la pequeña espalda.

Fuera de lugar, Magneto los observó sentado al borde de la cama. Erick no lloraba, ni se movía, pero respiraba muy profundamente, tratando de evitar el llanto. Charles buscó la mirada del otro adulto y Erick entendió; asintió, y Charles deslizó suavemente la mano hasta el pelo mal cortado del niño. Al poco, éste dormía plácidamente.

— Dentro de poco te lo enseñará. Después sólo quedará acompañarlo hasta que se recupere —le dijo con firmeza.

— Podría entrar ahora a mirar… —sugirió.

Erick negó con la cabeza.

— Te agotarás y pasarás otra semana durmiendo. Has envejecido diez años ahora mismo y es uno de tus trucos más sencillos… rebuscar hasta encontrar un recuerdo tormentoso…

Charles suspiró y cerró los ojos, dejándose lánguido sobre el colchó.

— Además, podría equivocarme. Erick está muy asustado, será difícil saber qué de todo lo que ocurrió causa su miedo… los niños son un poco complicados, le dan importancia a cosas que nosotros apenas notamos y hacen un mundo de actos sociales que a los adultos nos parecen normales…

— Cuando dices su nombre me cuesta mucho entender que no hablas de mi… —le dijo Erick, con una sonrisa que Charles no podía ver con los ojos cerrados, dispuesto a apartar alguna preocupación de su cabeza—. Duerme un poco, tienes que hacer de anfitrión de mil invitados…

Erick se estiró en la cama y por encima del niño, y besó castamente los labios de Charles antes de ponerse de pie.

— Pensaba que ibas a quedarte…

Erick titubeó un momento.

— No quiero… interferir.

— Se siente seguro contigo.

Para Erick era increíble la confianza que Charles tenía sobre el niño. Salvo aquél terror que le daba pensar que algún día se revelaría y él, impedido en la silla, no pudiera hacer nada, Charles siempre parecía saber lo que el pequeño Erick quería y qué era bueno para él. En cambio, Magneto se sentía perdido y dudoso. Y desgraciadamente sabía que Charles no recurría a sus poderes para tener tal seguridad. Le bastaba con ser el padre.

— También contigo —trató de asegurarle.

— Si puede tener dos padres, debería poder disfrutar de ellos.

Con la respiración tomada por aquellas palabras, Erick no pudo decir nada más. Apartó las mantas y, ayudado por Charles, metió al niño bajo ellas. Después, todavía en pantalones vaqueros y jersey, se coló él mismo y tuvo el valor de apegarse totalmente a la espalda pequeña. Pasó un brazo sobre el cuerpo del pequeño y dejó que su mano descansara en el pecho de Charles.

Por un momento pensó que se había extralimitado, porque la respiración del hombre se detuvo, pero una mano trémula buscó sus dedos y engarzó algunos antes de descansar junto a ella.

No supo muy bien cuando, pero Erick terminó durmiendo la siesta también y, por primera en muchos años, desde antes de tener que vivir en una destartalada mansión y antes incluso de erigir una fortaleza en mitad del frío océano, Erick Lehnsherr no pasó frío.

 

Mansión X, 31 de Diciembre de 1977

 

Erick sentó al niño y le colocó la sabana por los hombros; con sus grandes ojos azules seguía cada uno de sus movimientos y el adulto se encontró sonriéndole mientras conectaba la maquinilla.

— Después de esto no podrás olvidarte nunca el gorro cuando salgamos o Charles me matará.

Con una sonrisa de compromiso, el niño se removió inquieto frente al espejo.

Ambos Ericks se habían levantado a media tarde y habían charlado un rato todavía en la cama. Charles, que seguía agotado, había permanecido plácidamente dormido hasta que las risas acalladas del niño se convirtieron en carcajadas y con un murmullo el Profesor preguntó si ya era hora de levantarse. Erick cogió al niño en brazos y dejaron durmiendo al joven.

Había sido mientras salía con el niño en brazos que había vuelto a colar los dedos entre los mechones desiguales y decidido que era momento de arreglar aquél desastre.

Cuando encendió la maquinilla, Erick la miró con sospecha, pero se quedó muy callado y recto.

— No te preocupes —le dijo por encima del ruido—, acabaremos en un momento.

Pasó el aparato desde la frente del niño hacia él, que estaba a sus espaldas, y los largos mechones rubios cayeron. Satisfecho,  vio que los círculos de pelo cortado tenían una longitud igual o mayor al largo del pelo que estaba dejando, porque fueron indistinguibles.

Efectivamente, tardó apenas diez minutos en arreglarle aquél estropicio, aunque creía ver algo extraño a los lados, como cuando el césped se corta cada vez en una dirección. De todas maneras, era mejor que los trasquilones.

— Ya está, Erick —sonrió a través del espejo frente a ellos— ¿qué te parece?

El niño entrecerró los ojos y estiró un poco el cuello hacia adelante. Aunque la trasfusión de sangre parecía haber arreglado la vista de Erick, tal vez sí que necesitaba ayuda para ver a lo lejos.

— Ven, que te quito esto y te acerco…

Le quitó la sábana con cuidado para que el pelo no cayese dentro del pijama del niño y lo aupó hasta la encimera del baño. Erick no dejaba de tocarse el pelo, sacudiéndolo de un lado a otro y tocándose la frente.

— ¡Pica! —le aseguró, mirándolo muy fijamente a los ojos.

— Porque está recién cortado. Mañana estará suave.

El niño asintió, distraído, mirándose ahora en el espejo.

— No parezco yo.

— Pues te aseguro que eres tú.

— Tengo frío en el cuello.

— Te pondrás un jersey de cuello alto.

El pequeño Erick se quedó callado un momento y miró al adulto con duda. Lentamente le preguntó:

— ¿Cómo los tuyos?

Con una gran sonrisa, Erick asintió.

— Creo que he visto alguno entre tus cosas…

Las siguientes dos horas, Erick fue duchado y abrigado. Al niño le pareció “sensacional” la rapidez con la que se le secó el pelo y Erick disfrutó secretamente de verlo corretear con los pantalones de pana y el jersey de cuello alto azul, porque con el pelo así de corto se parecía todavía más a él.

Por su parte, el adulto dejó abierta la puerta que comunicaba la habitación del niño con la de Charles y regresó a la gran cama tibia, donde el profesor seguía durmiendo con un plácido sonrojo en las mejillas blancas. Se acomodó a su lado y saboreó la sensación del cuerpo cálido contra él y de las hebras de pelo oscuro contra su nariz cuando buscó refugio en la curva de su cuello. Dormitó un rato así, con la mano otra vez sobre el pecho de Charles, y más tarde se levantó para buscar un libro y hacerle silenciosa compañía, con el ruido de los pasos y los murmullos de Erick jugando en la otra habitación.

Era la segunda vez que lo pensaba en aquellos nueve días, pero seguramente había sido la tarde más feliz de la vida de Erick.

____________

 

Piaget: genetista y educador y un montón de cosas como la gente de finales del siglo XIX, ya sabéis. Los libros que salen arriba son suyos de verdad y, aunque pueden ser difíciles de entender, son una lectura bastante interesante.

· Bastian Baltasar Bux: el solitario protagonista de la Historia Interminable y, aquí, amigo-juguete del pequeño Erick.

Notas finales:


Bueno, chicas, aunque tengo la intención de seguir actualizando los jueves los capítulos que queden, voy a empezar un voluntariado y es posible que mis horarios de escritura se resientan. Tal vez algunas sabréis que además de esta historia estoy publicando otra Vínculo del fandom de Vampire Knight y no quiero poner una sobre la otra.
¿Quiere decir esto que el fic se queda aquí? NOOOO es justo para deciros lo contrario: si un jueves no veis actualización, no lo deis por abandonado. Y ni siquiera es seguro que me vaya a retrasar xD es sólo para prevenir.

Y dicho esto... ¿qué os ha parecido el capítulo? ¿Qué, qué? Sé que muchas teníais ganas de leer más sobre Charles y Erick y la verdad es que no tenía para nada planeada la escena del salón. Surgió así. Ni siquiera iban a acercarse tanto tan pronto ¡lo han precipitado todo ellos! Han cobrado vida y... han terminado besuqueándose en un sofá xD En fin, ya me diréis, sabéis que me encanta leer vuestras opiniones ^^ ver lo que más os ha gustado, lo que os ha sorprendido, lo que creéis que va a pasar... ¡y los agradezco mucho!
¡Muchos besos! Y de verdad espero que nos podamos leer el jueves que viene ^^
Debes INICIAR SESIÓN (login) o (registro) para poner un comentario.
Noticias
Recopilatorio Gratis "9 sonatas literarias!
Vamos a celebrar el Día del Trabajador con un nuevo libro homoerótico escrito por varias grandes autoras, algunas de las cuales las conocéis porque han publicado algunos de sus trabajos en slasheaven.

Son relatos cortos en los que hay de todo, misterio, romance, aventura… y todos y cada uno de ellos relacionado con una canción.

El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

9 sonatas literarias


9 sonatas literarias


9 sonatas literarias




--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 37 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 49 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios