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Notas del capítulo:


Hola, chicas!
Es jueves y toca actualización ^^ así que... aquí está. En el capítulo anterior nadie me mando ningún mensaje u.u y eso que hubo más visitas que en el 5... Espero que este os motive algo más para que me deis vuestra opinión.

Capítulo 7

 

Mansión X, 25 de Diciembre de 1977

 

El pequeño Erick seguía con el dedo gordo en la boca aunque ya estaba sentado en la cama. Miraba a Charles y a Erick como las vacas miran al tren, con ojos de sueño y sin prestarles real atención. Charles le hablaba con tranquilidad desde el baño y Erick sacaba cosas de la cómoda.

Bostezó. Los ojos se le llenaron de lágrimas de sueño y se abrazó a Pegaso, poniendo su cabeza sobre sus crines suaves y cerrando los ojos.

— Vamos, Erick, no te duermas que nos esperan todos abajo.

Magneto lo levantó en brazos, pero no hizo mucho esfuerzo en despertarlo, de hecho, le permitió recostarse sobre su pecho fuerte y dejar a Pegaso colgar precariamente cogido por una pata.

Lo dejó sentado en la encimera del baño y le ayudó a quitarse el pantalón. Erick sintió cierta tristeza cuando apartaron a Pegaso de él y lo pusieron a salvo del agua en una estantería alta, pero hacía suficiente frío como para que no llegase a protestar.

— ¿Le ayudas tú? —oyó que preguntaba su padre. El otro hombre volvió a cargarlo y metió en la ducha, bajo el chorro caliente.

El agua lo despertó del todo y los miró un poco enfurruñado mientras empezaba a ducharse. El Erick adulto se remangó el jersey azul que llevaba puesto y se sentó en la banqueta que él usaba para llegar al lavabo al lavarse los dientes.

— Tú también te llamas Erick —dijo, de pronto, dándose cuenta otra vez de lo increíble que era aquello.

El hombre estaba ayudándole a frotarse bien con la esponja en las rodillas y levantó el rostro para mirarlo. Tenía los ojos azules o verdes o un color que no era marrón pero tampoco eran como los de Charles, los suyos o los de Hank.

— Quiere decir “siempre poderoso” —le dijo con tranquilidad.

Tras él, su padre, que seguía en el baño, estrechó los ojos y dijo:

— También “príncipe único”.

Posiblemente aquello significaba más de lo que Erick era capaz de entender, porque el Erick adulto bajó la mirada y continuó ayudándolo con la ducha.

— Y “gobernante eterno” y “príncipe poderoso” y un sinfín de cosas más… —murmuró.

Su padre no pareció muy contento con aquello, pero suspiró y volvió a quedar en silencio.

— ¿Y por qué te llamas como yo? —volvió a preguntar, cuando el hombre le dio la vuelta y le lavó la espalda. Podría haber alargado las manos y cogido el submarino que tenía entre los botes de champú para jugar, pero le pareció que estaba lejos y que no tenía ganas.

— Supongo que porque tu padre quería acordarse de mi cada vez que te llamase.

Erick se rió por la broma y se giró para salpicar un poco al hombre, que le lanzó una sonrisa de medio lado y volvió a girarlo rápidamente para frotarle la planta de los pies, haciéndole cosquillas y consiguiendo que riera a carcajadas.

— Los chicos ya están poniendo la mesa. Apuraos, por favor.

La voz de su padre sonó fría y cortante, y Erick se calló de pronto. Giró la cabeza por encima del hombro para mirarlo y, efectivamente, lo encontró sentado en su silla con el ceño fruncido. El Erick adulto se calló también tras él y volvió a girarlo al frente para terminar de ayudarlo en la ducha y para lavarle el pelo.

Aunque el hombre le dijo alguna cosa más y le pellizcó amorosamente la mejilla, Erick se mantuvo el resto de la ducha en total silencio mirándose los pies y metiéndose el dedo en la boca a la menor oportunidad. Volvía a tener ganas de dormir.

 

***

 

Bolt se había acercado para activar el ascensor interno de la habitación de Charles, que seguía sin corriente eléctrica, y ahora lo tres, Charles, Erick y el niño, bajaban en él en silencio. Erick había alcanzado a cambiarse el jersey mojado mientras Charles vestía a su hijo con unos pantalones de pana clara y un jersey de pico, de lana muy gruesa y color rojo, por encima de una camisa blanca de botones. Cuando volvió a encontrarse con ellos, el niño le había parecido una persona diminuta y preciosa. El estómago se le había calentado y había sentido unas ganas inmensas de abrazarlo y enterrar la nariz en su pelo a trasquilones con olor a frambuesa.

Para un hombre tan visceral como Erick, las fuertes pasiones eran su manera habitual de enfrentar el mundo, pero no recordaba haberse sentido nunca tan enternecido y acaparador con ningún niño, con nadie.

El ascensor llegó a la planta baja y Charles, con el niño sentado en sus piernas y apoyado sobre su pecho, salió primero, con Erick detrás. Durante un segundo, Erick pensó en empujar la silla, en ayudarle a llegar a la cocina, pero Charles posiblemente se hubiera sentido ofendido.

— Alex ha hecho pavo y pastel de calabaza —comentó Charles, que, en opinión de Erick, debería de sentirse avergonzado después de su comportamiento en el baño, cortando la risa del niño de aquél modo.

Había sido él quien le había puesto nombre al niño. Había sido él quien había buscado tenerlo siempre presente. Había sido él quien, con aquél nombre, le daba a Erick todas las esperanzas que había rumiado en mitad del océano.

En lugar de entrar en la cocina, continuaron el pasillo y llegaron al comedor. Erick no lo había visto todavía tras las reformas, pero era el mismo lugar que recordaba de diez años atrás: luminoso, señorial, de maderas nobles, y cálido como sólo puede ser un lugar que ha albergado a la misma familia generación tras generación. La chimenea rugía bien alimentada frente a la mesa y los chicos habían sacado un mantel blanco bordado en rojo y verde.

— Sois unos sentimentales —les dijo, con media sonrisa.

Las chicas parecieron desconcertadas, mientras le miraban con una sonrisa trémula desde el otro lado de la estancia, donde terminaban de colocar las copas de cristal, pero Hank y Alex y le sonrieron de vuelta, recordando su humor divertido y duro.

— ¡Paso, señores, que quemamos!

Tras ellos, Chris y Scott llegaban de la cocina con el pavo y dos boles inmensos de puré de patatas y de guisantes con mantequilla.

— Papá ¿hoy hay una fiesta?

La pregunta le llegó a Erick cubierta por el ruido de los chicos mientras todo seguía colocándose en su lugar, pero se giró inmediatamente y vio el brillo consternado en los ojos de Charles, que acariciaba con cariño el pelo del niño.

— Sí, Erick, hoy es Navidad. Como hemos estado muy ocupados y esta mañana has estado un poco enfermo todavía no has podido ir a por ello, pero esta noche Papá Noël estuvo aquí y te ha dejado un regalo ¿sabes?

El niño se quedó en silencio, mirando fijamente a su padre, hasta que empezó a hablar muy despacio.

— Papá Noël sólo le regala cosas a los niños que son bueno.

— Y tú eres el mejor niño del mundo, Erick.

A Erick le sorprendió que la voz de Charles no se quebrara, porque estaba seguro de que la suya lo haría si tuviera que hablar en aquél momento. De todas maneras, sus palabras no parecieron surtir demasiado efecto porque el niño apartó la vista, nervioso, sin saber donde posarla, y volvió a llevarle el dedo a la boca. Finalmente, se recostó sobre su padre otra vez.

Poco tiempo después, alguien trajo la silla que aupaba a Erick para que llegase a la mesa desde una silla de adulto y todos fueron sentándose, mientras Havok, con el ceño fruncido, hacía las veces de maestro chef y trinchaba y servía el pavo, que estaba excelentemente relleno de almendras y carne del propio animal.

Esta vez, Erick no había protestado cuando había sido sentado en su lugar, pero había mirado con tal anhelo a su alrededor, que Hank, que se había sentado a su lado, le había pasado la mano por el pelo y le había dado un cariñoso en la mejilla antes de empezar a contarle que él había cortado las manzanas que rodeaban al pavo y que por eso cada una era totalmente distinta a la otra y tenían escalones y torceduras.

Charles había sido colocado en el lugar presidencial y el pequeño Erick en el lateral derecho. En el izquierdo había estado a punto de colocarse Scott, pero un hábil movimiento de la adolescente Tormenta, había tirado de él hasta que la silla quedó libre y Erick fue invitado a sentarse. Junto a él terminó colocándose cíclope y tras él Felina, seguida por Bolt. Del otro lado, después del niño y de Hank, Alex tomó su lugar frente al pavo, y Tormenta lo hizo a continuación.

La cena fue bastante divertida, como lo habían sido las anteriores. Había comida para detener un tren al menos, porque tras el puré de patatas y los guisantes, Felina y Scott trajeron de la cocina bolitas de patata con salsa agria y una fuente de verduras al horno. Cuando parecía que todo estaba terminando, Havok, con su cuello todavía vendado, y Bolt recogieron parte de la mesa y trajeron galletas de jengibre y la tarta de calabaza que había llenado de olor dulce toda la mansión.

— ¡Y tú no querías cocina, Alex! —se rió Tormenta, al verlo llegar.

— No es cuestión de querer o no —se defendió— es porque os estáis malacostumbrando. Si un día me voy…

— ¡Ahhhh! ¿Lo habéis oído? —le interrumpió Felina, poniéndose incluso en pie— Ha abandonado el “cuando me vaya” por el “si un día…”.

Scott, tras sus gafas, levantó las cejas y se rió junto con las chicas, Bolt y el propio profesor. Erick se limitó a sonreír, negando con la cabeza. Sólo Hank y Alex no participaron en el chiste, y el pequeño Erick, que apenas había comido y seguía jugueteando con una bolita de patata en su plato.

Por debajo de la mesa, Erick estiró la pierna y le golpeó los pies, que colgaban muy lejos del suelo. El niño se sobresaltó y miró a su alrededor. El movimiento llamó la atención de Charles, pero Erick no le prestó atención y le guiñó un ojo al niño cuando se miraron. El niño debió encontrarlo divertido, porque agachó un poco el rostro pero continuó mirándolo y le sonrió.

— ¿Tienes sueño, Erick? —le preguntó.

Como era habitual, el niño se encogió de hombros y no respondió, pero tampoco apartó la mirada.

— Quiero una galleta de persona —le dijo, un momento después, mirando furtivamente a Charles. De hecho, fue su padre quien le contestó.

— Entonces debemos pedirle a Hank que te las acerque ¿verdad? —le dijo con dulzura.

Seguramente Bestia había oído todo aquello, pero esperó pacientemente a que el niño se atreviera a llamarle y a pedirle la bandeja con galletas.

Rato después, cuando el ponche y la sangría de la tarde empezaron a afectarle de verdad, Erick se encontró recostado en su silla escuchando a lo lejos a los chicos reír y hablar y llamar a Charles cada vez que debatían cualquier tontería.

— ¡Soy un profesor respetable, no el juez de la competición más absurda que se os ocurra! —les decía entre risas mientras Bolt y Felina eran cronometrados tratando de comer ocho galletas de jengibre y un trozo de tarta antes que el otro.

Viendo que el niño parpadeaba con sueño, Erick se puso discretamente en pie y rodeó la silla de Charles para llegar junto a él.

— Pero mira que son tontos todos estos ¿verdad? —le dijo a modo de confidencia, levantándolo en brazos y sentándose en su silla.

Hank se había levantado tiempo atrás y reía de pié junto a las chicas. De hecho, ya sólo Scott y Charles estaban en sus lugares, los demás habían arrastrado sus sillas o compartían asiento mientras charloteaban.

— No son tontos —le corrigió el niño—, papá les enseña a ser muy listos.

— Ah… es que tu padre es un hombre muy inteligente.

— Sí, pero no sabe volver a ponerle los ojos a Pegaso. Siempre tiene que arreglárselos Scott. Felina sabe, pero quiere ponerle unos muy feos que tienen pelo.

Con una sonrisa en los labios, Erick reacomodó al niño contra él, que buscó el hueco de su brazo y de su hombro para apoyar la oreja y acurrucarse.

— Tú también eres muy listo, Erick —le dijo, con el único ánimo de reconfortarlo—. No todos sabrían lo mal que le quedarían a Pegaso unos ojos con pestañas.

El niño no le contestó, pero al menos no volvió a sentirse incómodo y no se llevó la mano a la boca, contentándose con agarrar en un puño el jersey de Erick.

— ¿Se está quedando dormido? —preguntó Charles, un rato después.

Erick no estaba seguro de si había escuchado su conversación anterior con él niño, pero sintió que no le importaba.

— Está casi dormido, sí.

— En ese caso… Scott —llamó— ¿puedes traer el regalo que Papá Noël le trajo ayer por la noche a Erick?

Con una sonrisa, el chico se levantó y salió presto del salón, dejando que una bocanada del aire frío del resto de la casa se colara por el cálido ambiente. Tormenta se puso en pie y comenzó a recoger con ayuda de Bolt y los intentos, reales pero ineficaces, de Bestia. Al final, cuando las copas de cristal casi se le cayeron de las manos, un molesto Alex se puso en pie y se las arrebató, pidiéndole de mala manera que se quedara sentado.

— Jo, Erick, que suerte —le dijo Felina, poniéndose de rodilla en la silla que hasta entonces había utilizado Magneto—, a mi Papá Noël ya no me trae nada… hay una barrera a los dieciséis años y… ¡puff! se olvida de ti.

— La primera Navidad que pasé en la Mansión X —le dijo Tormenta, entrando de nuevo en el comedor para llevarse los últimos platos—, Papá Noël me regaló la casa de muñecas que hay en la sala de juegos… fue un regalo precioso.

La chica miraba arrebolada hacia Charles y Erick notó una punzada de orgullo en el pecho al ver el cariño que los chicos profesaban al hombre. Después pensó que, si no hubiera sido tan fanático, tan vehemente y, para qué negarlo, tan megalómano, él disfrutaría del mismo cariño y habría vivido las mismas experiencias. Con el fogonazo de decisión que ya había experimentado antes, abrazó con fuerza al niño contra su pecho y se juró que iba a permanecer allí hasta hacer algo al menos la mitad de bueno que lo que había hecho Charles hasta entonces. Y que se quedaría por siempre cerca del pequeño Erick, en calidad de lo que Charles decidiera que fuera para él.

— A mi me regaló mi primer Dobok —le dijo Felina, con una sonrisa llena de hoyuelos hacia el Profesor.

En ese momento, cuando Bolt también entraba y Tormenta no se había ido, llegó Scott con una caja enorme envuelta en papel dorado y con un gran lazo rojo.

— Papá Noël debió quedarse desconcertado al no encontrar el árbol de Navidad ¡el año que viene pondremos uno inmenso! —se rió Felina.

Erick notó que el niño se echaba hacia delante en sus brazos y soltaba su jersey, aunque seguía apoyado contra su pecho. Miraba con curiosidad la caja enorme mientras Scott se acercaba a ellos y el profesor salía de la mesa para colocarse frente a ambos.

— Vamos, Erick, es todo tuyo.

Ansioso, el niño se llevó el pulgar a la boca y chupó rápidamente. Charles le miraba con una sonrisa, pero Erick lo conocía bien y veía la tensión y la pena en cada ángulo de su rostro demasiado delgado.

— Seguro que es un regalo estupendo, Erick —animó él, susurrándole al oído. El niño se giró un poco y lo miró con aprehensión. Erick asintió con la cabeza y le dijo:— Si no lo abres nunca sabrás que hay dentro y Papá Noël creerá que no quieres ningún regalo suyo.

El niño dudo un poco, pero al final se echó hacia adelante y Erick lo ayudó a bajar de su regazo. Para lo hábil que había demostrado ser, se movió con un poco de torpeza y se agarró con una mano a las piernas inertes de Charles. Con el pantalón oscuro agarrado, empezó a tirar del lazo para abrir la caja.

En poco tiempo, todavía muy cerca de Charles, trataba de rasgar el papel con ambas manos y miraba sospechosamente cada tira de celo. Alex entró entonces al comedor y se rió desde la puerta.

Un momento después, estaba junto al niño destrozando también parte del papel y ayudándole a abrir la caja marrón, sin dibujos, había estado ocultando.

— ¡Pero vaya, vaya! ¿Qué es esto? —le dijo, cuando entre ambos abrieron la parte superior, que Erick no llegaba a ver desde su pequeña altura— ¡Parece que alguien ha sido el mejor niño del mundo!

Tormenta, Bolt y Felina se acercaron también y aplaudieron ante lo que fuera que había dentro. Fue Scott quien, finalmente, metió las manos en la caja y, tirando trocitos de poliestileno, sacó de la caja una reluciente bicicleta azul.

El pequeño Erick soltó un grito y se calló de culo, mirándola con la boca abierta mientras Scott todavía la levantaba.

De pronto, hubo tal algarabía entorno a la bici que Erick dejó de ver al niño y decidió tomar cierta distancia. Se dio cuenta entonces de que Charles parecía haber decidido lo mismo y que los dos permanecían junto a la mesa mientras los demás gritaban y hacían girar las ruedas de la bici un par de metro más allá. El niño seguía con la boca abierta y apenas se atrevía a tocar los pedales.

— Es un regalo estupendo —le dijo en voz baja, de pie, con la pierna apoyada en la mesa de madera lustrada—. Va a ser muy feliz usándola en los jardines.

Charles no lo miró, seguía con la vista fija en su hijo, pero le dijo con cierta tristeza:

— Siempre he temido que un día se diera cuenta de que había vivido anclado a una silla de ruedas.

Erick bufó.

— También te angustia que un día te pierda el respeto, cuando te has ganado el de toda esa panda de mocosos.

Charles se encogió de hombros.

— Va a necesitar a alguien que le enseñe a montarla. No tiene ruedines.

Erick se quedó en silencio, dejándose disfrutar de la sonrisa que se iba extendiendo en sus labios, saboreando aquél momento.

— Yo tengo mucho tiempo libre.

En silencio, los dos observaron al niño girarse hacia ellos y correr a tirarse sobre Charles para contarles, rápido y a media lengua, que Papá Noël creía que se merecía la mejor bicicleta del mundo.

 

***

 

Algún punto de Malasia, 26 de Diciembre de 1977

 

Las gotas gordas de lluvia chocaban contra las hojas casi con pesadez, manteniéndolas en un continuo vibrar. Sapo miró con desidia por la ventana. Él se sentía a gusto y cómodo entre la humedad, los insectos y el calor templado, pero sabía que ni Dientes de Sable ni Rat Bite ni Huracán aguantarían demasiado en las selvas si se adentraban con aquél tiempo hasta el lago donde el avión se había estrellado.

Todavía no había unido todas las piezas. Sabía que Magneto, antes de desaparecer, había estado obsesionado con aquél secuestro fallido. El mensaje interceptado parecía guardar una relación directa con ellos: “Ocho de la noche aterrizaje. Interceptación. Embajador de Cuba en Japón y seis genetistas a bordo. Peligro

Seis genetistas. Una dictadura. Japón.

Sin duda en aquello había algo más de lo que Sapo podía ver. Magneto debía haber visto en aquello algo que él no, era un hombre muy inteligente y culto, Sapo lo sabía, por eso haría todo lo posible por encontrarlo.

Magneto tenía una idea, un sueño que lo había sacado del miedo y de la soledad. Fuera lo que fuera lo que hubiera ocurrido, Sapo iba a seguir con sus planes, a lograr su sueño.

— Señor, tiene una llamada.

La voz gangosa y con un acento casi inentendible del gerente de aquella posada en mitad de la nada le habló desde la puerta. Con sospecha, Sapo estrechó los ojos y siguió al hombre fuera de la habitación en aquella palloza.

En la mesa que había de recepción, cogió el gran teléfono blanco y se giró en busca de un poco de intimidad.

— ¿Sí?

— Buenas tardes, señor Toynbee.

— ¿Quién es? —preguntó receloso.

— Usted todavía no me conoce, pero hace tiempo que yo sí sé de usted… estuvimos a punto de cruzarnos tras el terrible incidente en el Orfanato Clearmoth, pero circunstancias ajenas a mi me impidieron llegar a usted.

Un escalofrío recorrió a Sapo pese a los veinte grados de densa humedad que lo rodeaban. Miró dubitativo a su alrededor sólo para encontrarse solo en el rellano. Susurrando con los dientes apretados, preguntó:

— ¿Quién eres? ¿Qué sabes de eso?

— Ahhh… querido amigo, soy alguien como tú, pero distinto. Mis habilidades no están en mi físico, están en mi mente. Y con ella estuve a punto de encontrarte cuando necesitaste ayuda.

— ¿Qué quieres? —cortó, nervioso.

Hubo un breve silencio al otro lado de la línea, antes de que el hombre volviera a hablar con aquél acento marcado de Nueva Jersey.

— Sé lo que quieres hacer. Tengo las respuestas que buscas, Mortimer, y tú… tú tienes el grupo que yo necesito.

— ¿El grupo?

— Más gente como nosotros… gente que sabe lo que debe hacerse y quienes son nuestros enemigos.

Sapo sacó la lengua y atrapó un insecto gigante, una libélula, que acababa de posarse en el marco de la ventana aprovechando un receso de la lluvia. La masticó, saboreando la sangre viscosa y verde, la vida que se extinguía en ella, y se relamió.

— ¿Para qué? ¿Por qué?

El hombre al otro lado se rió suavemente.

— Porque tenemos los mismos deseos y porque, ahora, quiero venganza.

Sapo volvió a relamerse, sacándose de entre los dientes el trozo traslucido del ala del animal. Observó a través de ella y la olfateó.

— ¿Venganza para qué? —le preguntó al final, sintiéndose ya seguro en aquella conversación.

— Venganza de quien me ha condenado —le dijo ásperamente la voz—, quien ha hecho que no pueda llegar ahora hasta ti, me ha… encadenado. Por eso necesito a tus hombres.

— ¿Me estás llamando desde una prisión, amigo? —le preguntó, escéptico y un poco divertido.

— No ese tipo de cárcel.

Sapo esperó en silencio a que el hombre continuara hablando.

— Estoy en un hospital.

La lluvia volvió a caer en tromba y Sapo extendió una mano azul, que se mojó bajo las gotas.

— Mortimer, tú puedes sacarme de aquí y yo te ayudaré a encontrar a quien buscas. Sé donde está Magneto.

Ya en aquél momento, Sapo había decidido ayudar a aquél desconocido. Ningún mutante que entendiera su visión del mundo debía quedar fuera de la Hermandad, Magneto era un poco selectivo a veces, pero Sapo confiaba en la grandeza de los poderes de aquél desconocido. A fin de cuentas, había sabido que estaba allí, quién era y lo que se proponía.

— ¿Magneto? ¿Cómo sabe dónde está? ¿Quién eres?

— Magneto está con la causa de mis problemas. Lo sé porque los vigilo.

— ¿Con la causa de…? ¿De quién estás hablando? ¿Quién eres?

— Hablo del mayor problema que enfrenta nuestra causa, personas como nosotros que no saben quién es el enemigo y que lo confunden con nosotros, con nuestro ideal.

Estrechando los ojos, Sapo se envaró. Había sospechado que Magneto podría seguir los chicos del Profesor Charles Xavier, pero un mal presentimiento lo envolvió al saber que aquél hombre había sufrido algún tipo de lesión por culpa de ellos. Tal vez Magneto se encontrara en problemas.

— ¿Quién eres? —preguntó al final.

— Quien te ha dado respuestas —le dijo la voz al otro lado de la línea—. Fui llamado por mis padres Mathew George Clearmoth, pero soy el Doctor Sutura.

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· Dobok: es el uniforme de las artes marciales koreanas, Felina hace Tae Kwon Do.

· Dientes de Sable: sale en las películas también, en la primera ataca a Lobezno y tal.

· Rat Bite y Huracán: inventados con mucho amor xD

 

Notas finales:


¿Qué tal? ¿Qué os ha parecido? En realidad... el regalo casi compromete a Erick a quedarse ¿verdad?
¡¡Muchos besos!!

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Noticias
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Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



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Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios