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Notas del capítulo:


¡¡Hola!!
Hoy es jueves y... ¡toca capítulo de Regreso al único lugar feliz! Y... no quiero deciros nada, peeeero... xD mejor no os lo digo.
¡Ya lo leereis y me diréis!

Capítulo 6

 

Mansión X, 25 de Diciembre de 1977

 

— Temía que llegara el día de hoy tanto como es posible temer… —le dijo Charles, casi a media mañana en su habitación, mirando por la ventana con melancolía—. Erick se ha dado cuenta de que no tengo más poder sobre él que el que él quiera darme…

Erick, que lo observaba apoyado en la chimenea, frunció el ceño.

— No me malinterpretes. Erick ya ha pasado por una fase similar, hará cosa de medio año, pero ahora lo sabe. Yo no puedo correr y perseguirlo, no puedo asustarlo ni imponerle ningún tipo de sanción que realmente pueda vigilar que cumpla. Esto llegaría eventualmente, es un chico muy listo, pero esperaba que para entonces yo hubiera podido construir lo suficiente en él como para que confiara en mí. Y acaba de ser secuestrado en mi propia casa por el médico que yo busqué y traje —negó con la cabeza, agachando la vista hacia su pantalón, cambiado por el que había sido mojado—. No puedo imponerme… he fracasado con él como lo hice con Raven y ahora sólo me queda rezar porque llegue el día en el que él mismo sea capaz de dirigirse con tino. Mientras tanto sólo queda sufrir.

Casi impresionado, Erick permaneció un tiempo en silencio.

— No es el primer niño que se enfada por la comida —le dijo, casi enfadado.

Charles se giró con la silla y lo enfrentó, recortado por la luz blanca y muerta del sol de invierno.

— Pero Erick sabe que puede hacer prácticamente cualquier cosa conmigo. Yo estoy… estoy lisiado, unido a esta silla y, aunque hay una infinidad de cosas que puedo hacer, hay otras que jamás volverán a estar a mi alcance. No podré imponerme a él.

Erick frunció más profundamente el ceño e inclinó levemente la cabeza, estrechando los ojos.

— ¿Quieres decir que no se te ocurre otro modo de hacer que tu hijo te obedezca que con la fuerza física?

— ¡Erick! —le amonestó, enfadado—. No puedo hacer que cumpla los castigos tampoco, no si él no quiere. No tengo modo de hacerlo.

— Eres su padre, puede ser díscolo pero un trato firme…

— ¡Ya no vale! —le cortó— ¿No lo entiendes? No me respeta, no me ve como una figura de autoridad, por mucho que insista o que ordene no me hará caso y no habrá ninguna consecuencia, yo no podré hacer que las haya.

Erick volvió a quedarse en silencio. Charles parecía más triste que desesperado, sólo había en él un recuerdo amargo de la furia malsana que lo había encendido en el avión, años antes, con rumbo a París, un brillo en sus ojos claros. El resto era tristeza y derrota y recuerdos de Raven, que siempre cubrían a Charles de una sofisticada desolación de poeta desdichado.

— Erick crecerá libre y solo… —se lamentó, echando la cabeza hacia atrás.

Probablemente habían sido sus ojos abiertos y claros llenos de desesperación, o el recuerdo del baño del avión a París, o la nuez expuesta con ese movimiento cansado, en realidad no importaba, porque antes de poder darse cuenta, el decidido Erick ya había cruzado la habitación y enredado sus dedos con fuerza en los cabellos oscuros y ondulados. Manteniéndolos en su sitio, con el cuello expuesto y los ojos abiertos hacia el techo, se cernió sobre él y le miró fijamente, rozando sus labios rojos al morder cada palabra.

— Entonces es una suerte que Erick tenga otro padre que pueda correr tras él si se levanta de la silla en la que su padre lo ha castigado…

Dos golpes dudosos en la puerta rompieron el encantamiento que los estaba arrastrando a un beso confuso e inevitable. De un golpe, Charles movió la silla de nuevo hacia la ventana y Erick se sentó recto en un sillón cercano.

— Pasa, Hank —pidió con voz decidida el telépata.

La puerta se abrió y el chico la cerró inmediatamente detrás de sí.

— Charles… —murmuró, acercándose a él—. No te preocupes pero…

— ¿En su habitación? —le interrumpió, blanco por momentos.

Hank asintió y Charles giró la silla directamente hacia la puerta que conducía a la habitación del niño sin decir ni una palabra.

Con una mirada expectante, Erick levantó las cejas al tiempo que Charles salía.

— ¿Y para los que no podemos saber en qué piensas?

El chico se removió, desgarbado e incómodo.

— Felina encontró a Erick, estaba escondido detrás de un sillón en las ruinas del despacho de Charles. Creo que se ha resfriado… nada grave, pero tendrá fiebre…

— ¿Y no necesitará una transfusión, verdad?

El chico se sonrojó. Erick se dio cuenta de que parte de su acné juvenil había desaparecido, pero sus ojos seguían siendo azules y tímidos, aunque su espalda estaba ensanchándose lentamente.

— No es seguro que tú puedas…

— Ya —le cortó. Erick era un hombre inteligente, no necesitaba explicaciones ni escusas para entender que su entrada en la vida del niño y su regreso en la de Charles había sido a causa de una fuerza mayor, jamás por libre voluntad.

Se levantó del sillón y se dirigió a la habitación del pequeño Erick también, tratando de comportarse con total calma. Era un simple resfriado.

El niño estaba tumbado en su cama, con uno de sus pijamas enteros, de color amarillo, y tenía las manos fuera, alejadas del calor de las mantas y el edredón de plumas. Charles estaba junto a él, con la mano izquierda en la sien, sondeando los recuerdos que, primero, no había tenido fuerzas para ver y, después, no había querido afrontar. Erick los observó un momento bajo el dintel de la puerta, contemplando la similitud de sus labios, la blancura de sus pieles y extrema delgadez de ambos. El niño había recuperado apenas un poco de peso aquellos cuatro días, pero seguramente no superaba todavía los trece kilos, y Charles estaba tan delgado que los pómulos se le habían vuelto angulosos y las mejillas se habían hundido, destacando ante el afeitado pulcro que volvía a lucir.

Erick sintió una bola espesa de calor colocándose en su estómago, impulsándolo a hacer algo que no podía controlar pero que no sabía qué era.

Tras de sí, oyó a Hank girarse y salir del pequeño pasillo que unía ambas habitaciones y que pasaba ante las puertas del cuarto de baño de Charles y de su vestidor.

Paciente y calmo como era, torció la cabeza de un lado a otro crujiéndose el cuello y se adentró en la habitación, que estaba fría sin chimenea que la calentara en aquella mansión sin calefacción.

— Le he pedido a Hank que contrate a los albañiles necesarios para arreglar todo esto antes de Año Nuevo; Erick no puede vivir en una casa así.

El Erick adulto se encogió un poco de hombros y terminó de acercarse, quedando quieto a los pies de la cama.

— Erick será feliz aunque le des una casa de cartón para vivir. Te quiere muchísimo.

Charles apartó la vista con una mueca similar al asco y cerró los ojos.

— Tenemos que cortarle el pelo —dijo, todavía sin abrirlos—, cada vez que se da cuenta de cómo está recuerda lo sucedido.

Erick asintió totalmente de acuerdo. Detestaba cada mechón largo y cada calva en la cabeza del niño. Jamás habría permitido que nadie rapara a un niño delante de él otra vez, pero ver aquél destrozo intencionado en el cabello rubio de Erick era tan desolador como el sonido de las maquinillas rapando las cabezas de los niños y de las mujeres en Auswitch.

— Hank cree… —empezó a decir Charles, pero dudó un segundo antes de negar con la cabeza y abrir finalmente los ojos, mirando fijamente al niño sonrojado y sudoroso—… cree que Erick necesita otra transfusión ya. Faltan quince días para la que teníamos prevista pero… está débil y el… Doctor Sutura le extrajo sangre varias veces…

Dejó la conversación en el aire, pero hacía muchos años que Erick no necesitaba mucho más para entender a Charles.

— Creo que debería…

— Lo sé —le cortó con firmeza Charles, alargando una mano huesuda hacia la frente del niño y apartándole unos mechones sudorosos—. Y no quiero. Yo no quería que te enteraras de todo esto, no quería saber qué hacías o dónde estabas ni en lo que pensabas. Yo quería… a Erick sólo para mí —le confesó con una voz fría y dura que causó verdadera incertidumbre en Erick por primera vez desde que había llegado a la mansión—. Pero yo no puedo darle sangre ahora… hace semanas que no como del modo debido, no tengo hierro en sangre y mis leucocitos están dispersos…

— ¿Cuándo cree Hank que debemos hacerlo?

Erick se negó a preguntar cuándo creía el propio Charles, el genio, que debían hacerlo.

— Ahora. Está viniendo.

— ¿Voy a tener que correr a mi habitación para ponerme el casco, viejo amigo? —preguntó, sarcástico.

Sin entrar al juego y con la mirada cansada, Charles levantó la vista y por fin se miraron a los ojos después del beso no dado.

— No. Pero podrías correr a por una toalla mojada para bajarle la fiebre un poco a Erick.

Sin ganas de decir nada más, Erick se dirigió al baño y procedió a buscar una toalla de mano y a empaparla de agua.

 

***

 

Mansión X, 25 de Diciembre de 1977

 

El pequeño Erick seguía durmiendo. Ni Charles ni Hank parecían preocupados por la fiebre que no bajaba, pero Erick veía la tensión en ambos mientras terminaban de colocar los goteros y preparaban los cables de transfusión. Alex estaba también allí, con los brazos cruzados y un poco apartado de ellos.

— Primero le extraeremos un poco de sangre a él —le dijo Hank, mientras le señalaba el sillón junto a la cama para que se sentara— y después empezaremos a transferirle la tuya. Será cerca de un litro y medio, notarás cierta debilidad y mareo cuando terminemos.

Erick sólo asintió, no demasiado interesado. Le habría preocupado que fueran a sacarle sangre a un niño enfermo, pero si los leucocitos de Erick estaban naciendo muertos, limpiar un poco y evitar una hemocromatosis o una policitemia vera era la solución más astuta. Se sentó recto en el sillón y se recogió la manga del jersey de cuello alto negro que llevaba hasta dejar expuesto el interior del codo y relajó los músculos para que la aguja entrase sin problema y absorbiera correctamente la sangre.

Charles seguía junto al niño, al otro lado de la cama, y le agarraba la mano que Hank no iba a pincharle. Lo había despertado del sopor de la fiebre para explicarle lo que iba a pasar y que no se asustara, pero Erick sólo lo había mirado con ojos llorosos y le había prometido que siempre sería bueno. Todavía estaba despierto y apretaba la mano de su padre, pero temblaba y sólo se quejaba porque tenía calor y frío.

— Bueno, Erick, ya sabes cómo va esto… —le dijo Bestia amablemente al niño, que asintió y volvió a mirar a su padre.

Con el buen pulso que da la experiencia, Hank pinchó al niño por debajo de la goma y preparó la vía para la transfusión. Erick no hizo ningún gesto, pero le murmuró algo a Charles que sólo él entendió y le hizo asentir con la cabeza.

Entonces Bestia se acercó a él y le colocó la goma. Miró un par de veces su brazo, pero Erick presionó el puño un par de veces y la vena se marcó con facilidad. El chico le colocó su parte de la vía y se aseguró de que quedara ajustada. Erick apenas notó el pinchazo y la sensación de calor alrededor de la aguja antes de que Bestia regresara con el niño y contemplara el sangrado. Momentos después, cuando a Erick le empezaba a parecer que el niño estaba palideciendo demasiado, detuvo el aparato y activó el mecanismo de las bolsas de transfusión. La sangre de Erick pintó de rojo y después de morado los tubos y llenó el gotero, que comenzó a pasarle la sangre al niño. Fue entonces cuando Erick se dio cuenta de que aquello iba a ser muy lento.

— Alrededor de una hora y media —le dijo Charles, ganándose una mirada oscura por meterse en sus pensamientos. El chico no pareció demasiado avergonzado por ello, posiblemente había sido un pensamiento demasiado marcado y se había colado en la turbulenta calma de Charles —. No te preocupes, Hank, Erick estará bien, tú y Alex podéis bajar a preparar la cena de Navidad.

Erick, el adulto, se preguntó brevemente si quien estaría bien sería él o sería el niño, y, también, cómo el manco de Bestia iba a ayudar con un brazo en cabestrillo en la cocina. Le restó importancia y los observó salir en silencio y sin mirarse. Él se echó ligeramente hacia atrás y apoyó la espalda en el sillón con indulgencia.

— Papá… —llamó el niño, sorprendiendo a Erick por encontrarse todavía despierto— no quería tirarte los cereales —lloriqueó suavemente, frotándose contra la mano de Charles, que acariciaba sus cabellos—. De verdad. Ahora voy a ser bueno siempre…

Charles no le dijo nada, pero le masajeó el pelo con cariño.

— Papá —volvió a repetir, llorando ahora fuerte dentro de la fiebre que volvía a subir y le estaba poniendo los ojos brillantes—, papi… Papi, yo no quería.

— Ya lo sé, Erick, eres un niño muy bueno —le tranquilizó—, y el niño al que más podría querer jamás.

Posiblemente Erick no le escuchaba realmente, porque sólo lloró con más fuerza, manteniéndose tristemente quieto y consolándose con la caricia de Charles y con su mirada atribulada y llena de afecto. Desde el sillón donde estaba observándoles, Erick entendió que el niño estaba demasiado cerca del otro borde de la cama como para que Charles pudiera inclinarse y darle un beso sin la fuerza de sus piernas. Le pareció descorazonador.

— Papá…

El llanto del niño persistía y llamaba a Charlas todavía despierto. Frustrado, finalmente el chico se llevó la mano a la sien y cerró los ojos, acariciando todavía con la otra los mechones y el cuero cabelludo del niño.

Erick no supo de qué estaban hablando, pero pasó demasiado tiempo como para que Charles simplemente estuviera vagando otra vez por la mente de su hijo. Se preguntó si no estaría en la suya propia, tratando de averiguar sus más oscuros secretos. Negó con la cabeza y abrió y cerró el puño un par de veces, forzando a la sangre a circular.

— Te quiero muchísimo, Erick, siempre lo haré.

Las palabras, con su nombre y sin ir dirigidas a él, le pararon el corazón el tiempo de dos latidos. La caída tras oírlas casi lo mareó, pero Erick mantuvo una total indiferencia y fingió no haberlas escuchado, no haber soñado que habían sido para él.

— Duerme un poco Erick, voy a estar aquí cuando despiertes.

Más calmado pero sudoroso de fiebre, el niño se giró un poco en la cama y Erick temió que fuera a hacerse daño con la vía, pero parecía acostumbrado y fue cuidadoso. De pronto, Erick se dio cuenta de que lo estaba mirando fijamente, con sus ojos grandes y azules, parecidos a los de Charles pero rodeados de pestañas tupidas y rubias, como los suyos.

— Quiero a Pegaso —le dijo, con la súplica en la voz.

Erick estuvo a punto de levantarse y volver a la habitación de Charles para cogerlo, pero el tirón suave en su propia vía lo detuvo.

— Erick… ahora no puedo…

— Yo voy a por él, Erick— le cortó Charles.

Nuevamente, no supo si se refería a él o al niño, pero en esa ocasión le pareció maravilloso que no importara a cuál de los dos le había hablado. La silla de ruedas se movió con presteza y buen tino hacia la otra habitación y Erick observó el delgado perfil de Charles al dirigirla. Ambos, el niño y él, estaban excesivamente delgados.

En la cama, el pequeño se echó más estirado sobre la almohada, pateando las mantas y tirándolas hacia un lado. Estaba arrebolado de calor pero al menos el pijama entero le cubría los pies.

— Quiero mucho a Pegaso —le dijo, mirándolo dentro de la fiebre, con la lengua suelta—, es el mejor amigo del mundo y puede volar pero no puede nadar… rescatamos un soldado y también a Bastian cuando se pierde. Papá nunca fue soldado, pero Bolt fue soldado y Havok iba a serlo. Todo el mundo es cosas…

— No te preocupes —dijo la voz de Charles desde la puerta. Había vuelto con el peluche—, Erick es muy charlatán cuando tiene fiebre. Sé que no ha hablado mucho estos días, pero ha estado asustado y tímido. Toma, cielo —le murmuró, colocándose otra vez junto a él, acariciándole el rostro y colocando el peluche junto a él—, coge a Pegaso y ten cuidado con la vía.

El niño frunció el ceño en gesto de desagradado y apenas hizo por abrazar al muñeco.

— Papi, tengo sed.

Charles asintió y tomó el vaso con agua que Hank había dejado junto con una jarra en la mesita de noche. Con cuidado, intentó ayudar al niño a incorporarse, pero seguía demasiado lejos en mitad de la cama y se dejaba caer desplomado sobre el otro costado.

Atendiendo a su vía, Erick se puso en pie, notando sorprendido la debilidad por la sangre extraída. Se acercó a la cama y se sentó en ella para ayudar al niño a incorporarse.

Aunque estaba sonrojado y sudoroso, Erick no había esperado que estuviera tan caliente.

— Son los medicamentos, cielo, hacen que tengas sed, pero ahora te vas a dormir y vas a levantarte mucho mejor —le dijo Charles, apoyando el vasos en sus labios tremendamente rojos, iguales a los suyos—. Siempre estás mejor después de las transfusiones ¿verdad?

El comentario hecho al aire, tratando de arrastrarlo al sueño con un tono de voz suave, importunó de algún modo al niño, que se tensó en los brazos de Erick.

— Papá, yo te quiero mucho —volvió a decirle a Charles, con la voz tomada por un nuevo ataque de llanto—, de verdad… de verdad…

Preocupado, Erick lo recostó con cuidado en la cama otra vez, pero el niño buscaba enroscarse en posición fetal hacia el otro lado y la vía se tensaba y no le dejaba.

— Erick, no tires así, te vas a hacer daño —le previno, pasando los brazos a su alrededor y obligándolo a colocarse más cerca de los goteros. El abrazo, que sólo buscaba cambiarlo de sitio, se convirtió en un ancla para el niño, que se giró y abrazó a Pegaso dándole la espalda a Charles y enroscándose en torno a la pierna de Erick. Tratando de que el niño se tranquilizara, Erick se quedó pacientemente en la misma postura, acariciando las ondulaciones rubias y dispares del pelo del niño.

No supo cuánto tiempo pasó cuando la voz de Charles sonó en su cabeza.

Se ha quedado dormido por fin, ve a sentarse al sillón antes de que caigas al suelo, Erick.

Comprobó que, efectivamente, el niño dormía y lo tumbó mejor en la cama. Comprobó también, con una preocupación y una habilidad que desconocía en sí mismo, que no tenía dificultades para respirar y que posiblemente no llegara ni a acatarrarse de verdad después de todos los medicamentos y remedios de Hank y de Charles.

Después del tiempo sentado y del gotero sacándole sangre, el suelo sí que llegó a tambalearse cuando se puso de pie. Fingiendo que nada ocurría, dio los dos pasos que lo separaban del sillón con firmeza y se sentó en él, pero se dejó caer con suavidad contra el respaldo, sintiendo la cabeza más ligera.

Cree que estoy enfadado con él y que por eso tú le estás haciendo la transfusión.

La explicación de Charles le pilló un poco por sorpresa, tal vez por la pérdida de sangre, tal vez porque no esperaba que Charles siguiera involucrándolo con el niño. Buscó su mirada, para tratar de adivinar sus intenciones, pero estaba mirando fijamente el rostro arrebolado del pequeño Erick y colocándole a Pegaso contra el pecho. El niño no agarraba el muñeco porque tenía mucho calor.

Tiene mucho miedo… —continuó diciéndole— no puedo llegar a todas sus memorias porque son confusas y ni él mismo las entiende bien, pero tiene miedo de que yo ya no le quiera por haber estado esas semanas con el Doctor Sutura.

Desconfiado como era, Erick frunció terriblemente el ceño y el peso de una posibilidad horrible cayó sobre sus hombros como dos kilos de plomo.

Le cortaron el pelo a trasquilones porque estuvo llorando cuando lo llevaban en avión a Europa. Pero no he llegado a ver el recuerdo en el que le dicen que yo lo…

— Charles —le interrumpió, incapaz de sosegarse ante el autoengaño en el que siempre vivía el otro chico—, sabes que las cosas malas y la gente terrible existen.

Charles no volvió a decir nada ni levantó la vista del niño dormido. Con una tremenda sensación de inquietud pero sin el accésit de rabia, que ya llegaría, Erick respetó su silencio y se acomodó un poco mejor en el sillón, esperando que la transfusión siguiera su curso. En algún momento el mareo se intensificó y terminó recargando la cabeza en la oreja del sillón. No supo exactamente qué ocurrió después.

 

***

 

Atlántico Norte, 25 de Diciembre de 1977

 

Hacía casi una semana que Magneto se había ido siguiendo a aquellos tres chavales y Sapo tenía la seria sensación de que no iba a volver. Lo había observado en sus acciones en los últimos tiempos, algo había ido cambiando en el hombre a lo largo de los meses; había pasado del carisma y la decisión a la meditación y a la calma. Si no hubiera registrado en aquella semana cada papel de su sala de trabajo, Sapo podría haber pensado que estaba tramando algo, pero no. Magneto había pasado todo aquél tiempo cavilando en algo que no tenía nada que ver con la Hermandad de los Mutantes ni sus designios de libertad.

— Dientes de Sable —llamó—, dile a los demás que se preparen. Nos vamos todos a seguir con los mandatos de Magneto. Hay que recoger todo y guardar el material. Que Dama Negra se quede aquí… por si pasara algo. Los demás nos vamos a Malasia.

El mutante, casi un Neanderthal, gruño un poco disconforme pero asintió. Sapo había tenido que utilizar la máquina de descargas con él para que le obedeciera ahora que el macho alfa se había ido; nada que no hubiera hecho las otras veces que Magneto había marchado de misión.

Sacó la lengua y atrapó rápidamente un pequeño esturión, una sardina, que llevaba dando vueltas alejada de su banco un buen rato ya, paseándose indolente bajo las aguas del puente colgante sobre el que estaba recortado. Apenas la saboreó, feliz sólo de sentirla morir y retorcerse en su boca, cubierta de agua fría pero caliente por su sangre latiente.

Malasia era la única pista que tenían de Magneto además de aquellos niños desconocidos. Los planos de la zona y los diseños del avión seguían en la mesa de trabajo del hombre cuando Sapo retomó el mando y no eran nuevos para él, habían estado investigando sobre ello. Con la vaga sensación de que aquello no era así y que los terminaría llevando a la perdición, Sapo había decidido apostar por buscar a Magneto siguiendo aquella pista. Tal vez los chicos lo habían sacado de su fortaleza, pero seguía existiendo la posibilidad de que, después, él hubiera continuado con su cruzada en pro de los mutantes.

Sapo esperaba que sí, porque para ellos Magneto era la única esperanza.

 

***

 

Mansión X, 25 de Diciembre de 1977

 

Erick volvió en sí cuando notó a alguien tomándolo del brazo.

— No te levantes, viejo amigo —le dijo la voz calmada de Charles—. Voy a quitarte la vía. Deberías poner los pies por encima del reposabrazos, te quitará el dolor de cabeza.

Un poco confundido, Erick observó cómo las manos adelgazadas del chico le sacaban la vía con la agilidad y le colocaba un algodón empapado en alcohol.

— Presiónalo para que no te salga moratón.

Instintivamente, Erick lo hizo y después dirigió la vista a la cama del niño, mientras Charles guardaba los tubos y descolgaba los goteros.

En su cama, el pequeño Erick seguía durmiendo ya sin la intranquilidad de la fiebre sobre él, abrazando a su peluche y con el dedo gordo de la mano derecha en la boca. Posiblemente Charles le había lavado un poco el pelo para quitarle el sudor frío, porque parecía caer con menos peso sobre sus mejillas.

A su lado, Charles le ofreció una botella de cristal de coca-cola tras guardar diligentemente todo en la mesa metálica con instrumental médico que Hank había subido horas antes. Erick la aceptó y bebió de ella, sintiendo poco a poco como las fuerzas volvían a él y el mareo, similar a una borrachera desconcertante, se alejaba de su cabeza.

— Parece bastante recuperado —le dijo, apoyando la cabeza en la mano y observando a Charles entre sus pestañas largas y rubias.

El chico asintió con semblante serio.

— Ni Hank ni yo habíamos imaginado que una transfusión tuya pudiera ser tan buena para él —le dijo con solemnidad—. Debes disculparnos, pero mientras dormías sacamos un poco más de sangre de Erick y alargamos la transfusión.

Sin importarle, se encogió de hombros.

— Vale más que un poco de sangre.

Charles asintió, satisfecho con sus palabras.

— La fiebre remitió hace casi una hora y, por el ritmo que lleva, Hank y yo creemos que podría haberse “recuperado” ya de cualquier catarro que hubiera cogido en las ruinas del despacho.

Escéptico, Erick levantó una ceja.

— No ocurrirá siempre. Es la novedad de tu ADN en su organismo. El mío era… el recuerdo de una parte. Con el tuyo, su cuerpo ha recordado algo que casi había olvidado…

— ¿Quieres decir… —preguntó despacio, tratando de no sonar acusador— que si esto no llega a pasar, Erick podría haber dejado de crear su ADN completo?

Charles negó con la cabeza.

— No, no… no funciona así. El ADN es propio, su cuerpo estaba asimilando la parte que había heredado de mí e inventando la otra en base a los restos que iban quedando. Habría sobrevivido con el mío hasta que sus células terminaran su diferente maduración y entonces se habría establecido.

— Casi sin recordar nada de mi huella en sus células e, intuyo, después de una infancia enfermiza.

Ahora sí, Charles pareció molesto y Erick no se preocupó.

— Ha tenido una infancia perfectamente feliz —le espetó con cierta advertencia en la voz— y se parece lo suficiente a ti como para que sus hipotéticos hijos sigan heredando algo de los Lehnsherr.

Erick frunció el ceño pero prefirió darle un trago largo a la Coca-cola antes de entrar en una discusión cuyo final ya conocía: Charles nunca le habría dicho nada del niño si hubiera podido evitarlo.

— Alex tendrá lista la cena en poco más de una hora, si la fiebre no le ha subido —dijo refiriéndose al niño— lo despertaremos para que baje… con un poco de suerte lo convenceremos de ponerse ropa de verdad y dejar el pijama.

Charles sonreía un poco mientras miraba al pequeño Erick, con su pijama amarillo.

— Sólo hay que sacarle la ropa y ponerla a su lado… has hecho un buen trabajo con él, es obediente.

Erick no quería ser especialmente amistoso en aquél momento, pero tampoco ganaba nada atribulando a Charles quien, además, parecía avergonzado de su estallido de inseguridad horas atrás. Volvieron a caer en un silencio tenso, de palabras que querían salir al aire, hasta que Charles dejó de mirar esquivamente al suelo.

— Me preocupa un poco que haya vuelto a chuparse el dedo. Hace más de un año que no lo hacía.

Subiendo las piernas al reposabrazos, como antes había sido aconsejado, Erick cerró los ojos y dijo:

— Tú mismo lo has dicho: está asustado. Es normal que quiera hacer algunas cosas que le den seguridad… le recordará a un tiempo mejor y ha decidido volver a hacerlo.

— ¿En un intento de recuperar el pasado? —continuó Charles—. No quiero eso para mi hijo. No quiero que viva con miedo y si realmente le… le ocurrió algo malo…

Erick negó con la cabeza, encajado en el pequeño sillón.

— No te alteres más de lo necesario, Charles, sea lo que sea ya ha pasado y están todos muertos. Ahora cuidaremos de Erick y nunca más volverá a sentirse asustado y solo.

Charles apretó los labios y al final asintió con la cabeza.

— No voy a echarte ahora, Erick. Le has dado tu sangre y él… se siente bien contigo… creo que… él piensa que tú puedes hacer cosas que yo no… por eso te pidió a ti que… te pidió que trajeras a Pegaso con él…

Las palabras le habían costado la misma vida. Charles era un hombre inteligente que no se dejaba arrastrar por las pasiones fuertes como Erick; las sentía, pero no podían con él, sin embargo aquellas palabras habían estado a punto de costarle el alma. Los celos habían salido a relucir entre las sílabas aunque había luchado por no mostrarlos, por no sentirlos, y la frustración y el enfado hacia sí mismo se habían colado junto a ellos sin posibilidad de hacer nada.

Pese a la obvia reticencia de Charles, Erick sonrió con los ojos todavía cerrados y la cabeza dándole vueltas, sólo que era posible que ya no le bailara por la pérdida de sangre, si no por algo mucho mejor… por la ilusión.

_______________________________________________

xD os voy a contar una curiosidad. A mí me sacan sangre muy a menudo -al menos cada tres meses- porque tengo anemia ferropénica crónica, vamos que me falta hierro y ha llegado un punto en el que mi cuerpo ya no sabe asimilar toda la cantidad de hierro que necesita. Como tengo un tratamiento, al menos cada tres meses tengo que comprobar los niveles de ferritina y hierro en sangre para saber si tengo que detenerlo durante un solo mes o dos -una vez, estuve libre cuatro meses (L)-, así que podéis imaginaros mi sapiencia en el tema de los análisis y transfusiones de sangre. Os voy a dar algunos consejos xD

· He puesto que Erick relaja es brazo porque es lo fundamental para que la bomba extractora -y si es a mano ya ni os cuento- funcione bien, rápido y el moratón posterior sea leve. Cuanto más muerto esté el brazo, mejor circulará la sangre y mejor podrán absorber. Una vez en urgencias vi a un señor que estaba tan nervioso por la analítica que tensaba los músculos al punto de que la bomba no podía extraerle la sangre, la había “congelado”.

· Durante la extracción sí que conviene abrir y cerrar suavemente la mano.

· Si no se os encuentra bien la vena, el truco de abrir y cerrar el puño sirve, pero hay que hacerlo con mucha, mucha fuerza, la idea es tensar los tendones de todo el brazo. Ahora bien, los golpecitos en la zona funcionan mejor todavía y si de verdad hay problemas para encontrárosla, lo mejor es que hagáis ambas cosas antes de entrar.

· Si vais porque estáis cansados, en cuanto lleguéis a la enfermera que os va a sacar sangre, decidle que os mareáis mucho, os tumbarán y así evitareis desmayaros. No os levantéis hasta estar seguros de que estáis totalmente bien y estad un rato sentados antes de poneros en pie. Si vais por cansancio es relativamente normal que ocurra y perderéis el conocimiento antes de llegar al suelo, así que si nadie os agarra caeréis como el plomo en el agua y no pondréis las manos (una vez, vi a una chica destrozarse la cara así, y os lo digo enserio, tuvieron que reconstruirle la nariz y el pómulo derecho).

· Si estáis muy asustados u os marea la sangre, pedid también que os tumben, porque os puede ocurrir exactamente lo mismo, aunque normalmente suele haber más tiempo de lucidez.

· Si la enfermera que os toca es de las que meten la aguja y, por no pinchar otra vez, la remueven para buscar la vena… llorad, gritad, pedidle que os pinche otra vez… lo que sea, pero es muchísimo mejor que te pinchen diez veces a que remuevan. Además de crear un moratón increíble os pueden hacer muchísimo daño sin querer, es mala suerte, pero os pueden desgarrar una vena -a mi me ocurrió por un motivo totalmente distinto y os aseguro que es un dolor atroz y tarda muchísimo en curar… pero muchísimo… el moratón que sale… bua, es que ni os lo imagináis-.

· Y, finalmente, acordaos de que lo mejor que se puede hacer después de que te hagan unos análisis a las ocho de la mañana (con sus 12 horas de ayuno anteriores) es ir con la cara pálida y el algodón en el pinchazo a comer churros con chocolate a algún lugar cercano xD

 

Notas finales:


¿Os esperabais el acercamiento? jujuju por los comentarios intuyo que no xD pero ¡siempre hay chispa entre ellos, pase lo que pase! Así que...
En fin, espero que lo hayáis disfrutados, y que me dejéis vuestra opinión ^^
¡¡Muchos besos!!

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Noticias
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El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 37 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 49 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios