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Notas del capítulo:

¡Hola chicas! Muchas, muchas, gracias por los comentarios. Este capítulo se lo debéis a ellos, que lo sepáis.
Espero que os guste ^^
¡Oh! por cierto... ¿sabéis que el avión del que habla el fic, secuestrado en los años 70 de la compañía MalasiaAirlines -seep, la del desaparecido en el pacífico y la del derribado en Ucrania- es cierto? Y también los pasajeros de los que se comenta, salvo los ocho genetistas... por lo menos que se sepa... jajaja

Capítulo 3

 

Mansión X, 22 de Diciembre de 1977

 

Bestia había tenido a bien darle una habitación para que durmiera el resto de la noche. La otra mutante de la casa, Felina, había llegado momentos después y había reclamado la ayuda de Hank con el niño. Erick ni siquiera se había planteado pedir verlo.

Las palabras habían sido escupidas sobre él sin explicaciones científicas de ningún tipo. Todo lo que necesitaba saber era que Charles tenía otro tipo de mutación además de la que le otorgaba la telequinesis… o era ésta la que le daba tal capacidad. No importaba.

Con la mente confundida y el cansancio de la ira y el miedo en el cuerpo, Erick se dejó guiar lejos de Charles, que no se había movido más, y se encerró en un cuarto en desuso en el ala de los chicos.

Había un poco de polvo por encima de los muebles, pero suponía que los chicos no habían estado limpiando aquél horrible mes. No permitió que ningún pensamiento referente a y si hubiera renunciado al casco… porque eso podría destruirle o llevarle a añorar una realidad que nunca había pasado. Por lo que Bestia había contado, aquello había sido tan sorprendente para él como para Charles, y era lógico. En el futuro que ya no pasaría él y Charles no había compartido un vuelo privado a París…

Aunque lo intentó, no fue capaz de retirar de sus pensamientos los ojos azules que volvieron a aparecer frente a él.

Erick podía negárselo, pero aquello había sido el principio del fin. Encerrados en aquél baño, juntos, con Charles sonrojado contra la pared o recostado sobre el diminuto lavamanos… con sus ojos fijos en los suyos, el ángulo bajo sus pestañas, sus labios rojos… Había sido el fin de Magneto.

Después de tantos días compartidos persiguiendo a Shaw, cuando Erick creía que había, por fin, conseguido hacerse inmune al espíritu de Charles, a sus poderes secretos de persuasión, a su esperanza… había caído como un tonto en aquél baño.

Se lo negó a sí mismo, intentó con desesperación aferrarse a la ira que quedaba en él. Pero terminó tratando de matar a Mística, muerto de miedo porque aquél futuro llegara como Charles le había vaticinado frente a la mesa de ajedrez… temía tanto enfrentarse a ello, ver a Charles enfrentarse a la destrucción de todo lo que había amado… Y después de tratar de matarla había repetido el mismo error que en su futuro incierto: la había abocado a terminar con Bolívar Trisk al precio que fuera.

Y entendió, en el metro de París, bajo el Arco del Triunfo, que la única solución para salvar a Mística, y a todos con ello, era erigirse como el peor de los villanos, sólo capaz de ser reducido por personas como él. Les daba un lugar en el mundo a los mutantes: la defensa de los humanos frente a otros mutantes malvados.

Cierto era, sin duda, que la ira se había vuelto a apoderar de él tras su discurso. Frente a las cámaras, pensó en la cantidad de mutantes que lo estarían observando, escuchando y bebiendo sus palabras, a cuántos corazones habría llegado con un mensaje de esperanza y liberación, de lucha y de fuerza… Si Mística no lo hubiera detenido, habría cumplido todas sus amenazas y los habría enterrado en una guerra perdida de antemano.

Y después Charles había roto su promesa y se había metido en su cabeza, había usado sus poderes por él. Y Erick, enceguecido, se había sentido traicionado en lo más profundo, poniendo nuevamente su amor propio por encima de la salud de Charles. Y al igual que tras dejarlo en la playa, la culpa lo había carcomido cada día desde entonces, sólo que a diferencia de la vez anterior, ahora Erick no tenía un fuerte ideal al que aferrarse, pues sospechaba de sus propios argumentos.

Con esos pensamientos lúgubres fue como Erick se quedó dormido, todavía a medio desvestir y bajo todas las mantas de la cama tratando de protegerse del frío del invierno que se colaba por cualquier rendija en aquella casa medio derruida.

 

Mansión X, 22 de Diciembre de 1977

 

Erick se despertó en algún momento incierto de la mañana muerto de frío pero bastante descansado. Hacía muchos meses que no era capaz de despertarse con cierta sensación de calma y era hilarante que lo consiguiera después de las revelaciones del día de ayer y de la madrugada.

Parpadeó y se puso en pie. Se sentía sudoroso por la noche fría y tomó una ducha en el baño común más cercano. La Mansión había cambiado aquellos años, Erick no la había visitado desde antes de que Charles perdiera la movilidad en las piernas y no sabía cuántos cambios eran posteriores a su último encuentro, pero podía decir que ahora parecía realmente un colegio interno.

Estaba a punto de volver a colocarse el casco, más por costumbre que por un pensamiento racional, cuando fue consciente de una leve, muy, muy leve, presión en la sien izquierda. Se dijo que podría ser cualquier cosa, que ayer había pasado por mucho estrés… pero fue incapaz de terminar de ponerse el casco, lo dejó sobre la mesita de noche junto a la cama y de un tirón cogió su capa y salió de la habitación medio envuelto en ella directo a los dormitorios de Charles.

La puerta estaba abierta cuando él la atravesó, decidido a despertar al Profesor, pero quedó petrificado bajo el dintel al mirar hacia la cama.

Había un médico junto a Charles inyectando nuevas sustancias en sus vías, pero esta vez Erick no le prestó atención, ni siquiera sintió el impulso de alejar a aquél ser inferior de la cama. Sus ojos y sus sentidos estaban demasiado atentos a lo que ocurría al otro lado, de espaldas a él. Bestia estaba sentado en el mismo sillón que él había usado la noche anterior, cerca de Charles pero, en pie, a medio metro de las rodillas del mutante y con una mano agarrada a las sábanas sobre la cama, había un niño pequeño, rubio como el sol y vestido con un pijama de cuerpo entero.

El mundo se cayó alrededor de Erick.

Pensó que había jadeado, porque repentinamente los tres, el médico, Bestia y el niño, se giraron hacia él, pero después se dio cuenta de que se había desplomado contra la jamba de la puerta y el ruido los había alertado.

Con un movimiento rápido, el niño se giró y lo miró con los ojos desorbitados antes de dar dos saltos y esconderse agachado tras el sillón de Bestia. Sus ojos eran azules, cristalinos, como los de Charles, pero la forma alargada y las cejas rectas eran suyas.

— ¡Erick! —exclamó Hank, poniéndose en pie. Pero no consiguió levantarse del todo, pues el niño se había aferrado a su pantalón con una mano y el chico volvió a sentarse.

Algo debió pasar tras el sillón, pues Bestia se giró hacia allí y pareció acariciar el cabello del niño.

— No, Erick, no es a ti. Él también se llama Erick —Magneto levantó las cejas, comprendiendo, y se atrevió a dar dos pasos en dirección a ellos—. Es… es un amigo de tu padre, Erick, de hace mucho, mucho tiempo… Ha venido a ayudarnos con todo.

Erick arrugó el ceño, desconfiado por aquellas palabras, pero se reprendió a sí mismo; en realidad, sí que había venido a ayudar y era una tontería negar que no estuviera dispuesto a ayudar en todo, en cualquier cosa.

— ¿No está un poco delgado? —se oyó espetar a sí mismo, demasiado sobrepasado para saber cómo comportarse, nervioso y asustado.

A Hank no parecieron gustarle ni el tono ni la pregunta y se giró otra vez hacia él, manteniéndose sentado en el sillón protectoramente frente al niño.

— Recuperará el peso en unos días, cuando deje de estar tan asustado.

Las palabras de Hank fueron claras, pero Erick pudo ver la duda y el miedo tras ellas.

— ¿Ha desayunado?

— Todavía no… —empezó a decir Bestia, pero Erick lo ignoró y se acercó a ellos.

El niño se cayó de culo al sorprenderse, pero Erick fue rápido y lo levantó con un movimiento coordinado. Lo cargó sobre un brazo y se dio la vuelta hacia Hank, que se había puesto en pie.

— Quédate a cerciorarte de que estos humanos no hacen nada contraproducente —le ordenó—. Yo me llevo a… Erick a desayunar algo a bajo y a ponerle algo de abrigo. Hace demasiado frío en esta casa para que el niño lleve sólo un pijama.

Sin esperar respuesta y con el niño totalmente quieto y silencioso en brazos, Erick salió de la habitación y bajó las escaleras hacia la cocina.

No había nadie, pero sí una pequeña pila de platos sucios que recordaban el desastre que se estaba viviendo allí. La cocina no había sufrido daño alguno, pero había en la Mansión una atmosfera de miedo y desamparo que llegaba incluso a aquél acogedor lugar.

De repente, Erick fue consciente de que cargaba a un niño y de que estaba a punto de hacerle el desayuno. Como hombre planificado y meticuloso que era, prefirió dejar a un lado aquellas apreciaciones y se centró en las acciones inmediatas. Había, pegado a la pared, un trono infantil para la mesa, pero Erick sospechaba que era demasiado pequeño para el niño, así que decidió ser práctico y cuidadoso y lo sentó en la encimera.

Cuando lo dejó ahí, no pudo evitar volver a inspeccionarlo rápidamente.

Tenía el pelo rubio, como él mismo, más claro tal vez, pero estaba mal cortado, con mechones largos y partes casi rapadas. Tenía unas ojeras profundas y notorias, de color morado, y se le notaba el hueso del esternón donde el pijama se cerraba en el cuello. Tenía una nariz preciosa y recta, pequeña y adorable y los labios rojos como los de Charles, brillando sobre aquella piel sonrosada de niño, aunque estaban agrietados y cubiertos de heridas.

El niño no se movía, pero lo miraba con algo cercano al horror tras sus ojos claros. Erick sintió que un ácido se escurría en su interior y le abrasaba por dentro. Respiró hondo y se quitó la capa. El frío le mordió, pero él ya no sentía ni padecía. La tiró sobre el cuerpo del niño y la subió en torno a su cello expuesto por el pijama.

— Bueno… —dijo, con una duda impropia de él—, ¿qué quieres desayunar?

El joven Erick se encogió de hombros, pero una manita pequeña salió para agarrar con fuerza la capa, colocándosela a sí mismo.

Erick lo observó un momento, comprendiendo que no confiara en él y alegrándose por ello. No era un tonto, pensó con aprobación.

— Veremos primero que hay por aquí ¿de acuerdo?

El niño asintió en silencio y Erick se dirigió a la despensa. Había una hogaza de pan de centeno en perfecto estado, tal vez del día anterior, mantequillas, mermeladas, chocolate y dos cajas de cereales. Llevó un poco de todo de vuelta a la cocina y se cercioró con un vistazo rápido de que el niño todavía estuviera sano y salvo sobre la encimera. Ahora no le parecía tan apropiado haberlo subido allí.

Dentro de la nevera encontró también leche, zumo de naranja, manzanas y fiambre de pavo. Dudó un poco al tomar la leche y se giró hacia el niño.

— ¿Esta es la leche que puedes tomar?

El niño entrecerró los ojos y se inclinó un poco hacia adelante, como si le costara ver a aquella distancia. Después, asintió otra vez y agarró con más fuerza la capa contra su pecho.

— ¿Hay algo que quieras en particular? —le preguntó descuidadamente Erick, dejando las últimas cosas sobre la isla de la cocina, mientras pensaba en la cantidad de cada cosa que debería darle al niño.

— Quiero a mi papá.

La voz del niño había sonado clara y ahogada por el miedo, pero no rota. Erick se giró inmediatamente hacia él y volvió a observarlo. Seguía pareciendo asustado, pero un poco más confiado y Magneto pensó que posiblemente lo había tranquilizado al demostrar que conocía bien la Mansión.

— Charles se recuperará pronto —intentó tranquilizarlo.

El niño se encogió de hombros.

— Yo lo quiero.

Erick sintió que no estaba entendiendo algo de aquello, pero antes de darse cuenta ya había alargado una mano y acariciaba los cabellos desiguales del niño. El pequeño volvió a tensarse, pero no se apartó del toque. Erick se sintió violento y una oleada de sentimientos posesivos lo recorrió por dentro. Apretó suavemente el agarre sobre el pelo rubio y se acercó un último paso a él, lo suficiente para apretarlo contra la parte baja de su pecho e inclinarse para enterrar la nariz en su pelo.

— Se lo dirás cuando despierte —sentenció.

Bajo él, el niño volvió a asentir.

Erick lo soltó un momento después y se giró para atender al desayuno. En silencio, y tal vez observado por su hijo, Erick tostó pan y buscó tazas y tazones, cortó las manzanas en gajos y volvió a aupar al niño, dejándolo ahora sobre la isla de la cocina, junto al desayuno.

Con cierta duda, el pequeño Erick alargó la mano, que había tenido escondida, hacia una de las cajas de cereales y la examinó con atención. Había un juego infantil en la parte de atrás y Erick volvió a tener la sensación de que al niño le costaba ver los dibujos desde lejos.

— ¿Quieres esos? Estos son de miel —le dijo, enseñándole la caja que estaba vaciando sobre su propio tazón.

— Me gustan estos…

Erick asintió y se los sirvió. El niño no mostró grandes dificultades para comer, incluso aunque estaba sentado casi frente a Erick sin una mesa en la que apoyarse.

Terminando sus cereales, Erick se preparó dos tostadas de pan de centeno con mantequilla y mermelada de limón mientras esperaba a que el niño terminara. Fue cuando el pequeño trató de apurar la leche del final del bol que ésta se le derramó por la barbilla infantil y cayó sobre la capa.

El pánico subió a los ojos del niño tan rápido que cualquier enfado en Erick se deshizo antes de tomar forma.

— No te preocupes —le dijo, tomando el tazón y ofreciéndole una maltrecha servilleta de papel que había dejado bajo la tabla de cortar el pan— ¿de qué quieres las tostadas? —le preguntó con una paciencia que desconocía.

Asustado, el pequeño Erick miró hacia ambos lados, casi buscando una huída y musitó algo imposible de entender, pero alargó la mano y señaló el chocolate de untar.

Con un escalofrío, Erick tomó el tarro y untó la rebanada partida en dos. Ya nunca pensaba en ello, pero aquél dedo pequeño y delgado señalando el chocolate… él había sido mayor que el niño cuando, hambriento, Shaw le había ofrecido una tableta que había rechazado…

Negó con la cabeza y volvió a prestar atención a lo que estaba haciendo. Le pasó las tostadas al niño y le sirvió un vaso de zumo. El niño lo tomó y tardó un rato en volver a ponerse a comer. Sin querer presionarlo, Erick dio cuenta al pavo y a la mantequilla de cacahuete. Estaba hambriento después de casi un día entero sin comer y no sabía cuántas fuerzas necesitaría reponer para enfrentarse a lo que fuera que empezara a ocurrir después.

Se dio cuenta de que Erick apenas había mordisqueado la rebana con chocolate.

— Si no te gusta puedo hacerte otra de otra cosa —le sugirió.

Había algo privado en hablar y tratar con el niño que le permitía sentirse a gusto siendo comprensivo y suave. O tan suave como él podía ser.

El niño volvió a murmurar algo, pero Erick no lo entendió.

— ¿Prefieres mantequilla de cacahuete?

Erick le ofreció la tostada que todavía no había empezado, augurando que el niño podía haberse confundido entre un tarro y otro al señalarlo si, como creía, necesitaba gafas. Pero el joven Erick negó con la cabeza y agachó la mirada hasta que la barbilla le tocó el pecho.

— No quiero nada más… —volvió a murmurar, apenas un poco más alto.

— No es posible que sólo comas ese tazón de cereales, Erick —le dijo con calma—. Ahora no tienes hambre porque no has estado comiendo bien y tu cuerpo piensa que ya no debe desear más, pero no es sano. Comerás una de las tostadas y seis trozos de manzana —sentenció.

El niño, todavía con la cabeza agachada, asintió y volvió a levantar el pan hacia su boca.

Erick regresó a su desayuno y dio cuenta de su última tostada. Después separó las manzanas cortadas y reservó los gajos del pequeño. Estaba comiendo a una velocidad tremendamente lenta, con bocados diminutos seguidos de una masticación larga y lenta, pero no se estaba quejando y con eso Erick se daba por satisfecho. En realidad, no estaba muy seguro de cuanto debía comer, pero un puñado de cereales y un poco de leche le parecían irrisorios para un niño que tenía que engordar al menos cuatro o cinco kilos de inmediato.

Para cuando terminó la tostada, Erick ya estaba total y profundamente enamorado de aquél niño escuálido de ojos claros. Lo había observado durante la media hora larga que había tardado en comer, distrayéndose sólo para recoger y fregar. Estaba roto y desamparado y asustado y se sentía solo, y Erick sabía que era la única persona en el mundo capaz de arreglarlo; y eso lo había llenado de una extraña tranquilidad y una fe ciega que no había sentido salvo hablando con Charles años atrás.

Sí, jamás iba a volver a quitarle la vista de encima.

— Ven, Erick —le dijo, poniéndose en pie y tomándolo nuevamente sobre su brazo izquierdo—. Comerás la manzana en la habitación de Charles mientras Bestia baja a desayunar…

A Erick se le habían quedado las manos y los pies fríos de esperar en aquella casa invernal y, tal vez por eso, el cuerpo menudo y cálido del niño pareció encajar tan bien contra su pecho, con la cabeza escondida bajo su oreja. Erick se removió en sus brazos, sin atreverse a agarrarse de su jersey de cuello alto, y frotó sus pies guardados dentro del pijama de una pieza. Con cuidado de no tirar los gajos de manzana del bol, Magneto pasó el brazo derecho alrededor de su cintura y lo apretó suavemente contra él mientras subía las escaleras.

En lo alto, una figura se detuvo y los observó. Erick apenas levantó la cabeza y reconoció al chico de modales robóticos que lo había detenido en la entrada, el de las gafas con un cristal corrido.

— Buenos días… —les saludó. Bajó dos escalones y Erick, que seguía subiendo, tuvo que detenerse ante él o rodearlo— ¿Qué haces ya levantado, Erick? ¿Has desayunado?

Pese al interés que seguramente guardaban aquellas frases, el niño se sintió invadido de algún modo y asintió en silencio mientras trataba de apartar la vista y se pegaba más al pecho que lo sujetaba.

Erick levantó suavemente una ceja e ignoró al chico, rodeándolo y continuando la ascensión por la escalera hasta llegar al segundo piso. Estaba seguro de haber sido seguido por la mirada oculta del muchacho.

La puerta de la habitación de Charles estaba cerrada esta vez y Erick dudó una milésima de segundo antes de entrar sin llamar.

— Papá… —oyó que murmuraba Erick en sus brazos.

Bestia seguía sentado en el sillón y había estado revisando informes médicos cuando la puerta se abrió. Se giró hacia ellos con el rostro contraído de enfado, pero su expresión se suavizó hasta la incredulidad mientras pasaba de la cara impertérrita de Magneto a los ojos somnolientos de Erick.

— Erick —llamó al niño— ¿quieres dormir un poco? Habéis estado mucho tiempo abajo…

— El que hemos necesitado —le espetó el adulto, sintiéndose de algún modo juzgado.

— Erick tiene que dormir, está recuperándose todavía.

Con el ceño fruncido, Magneto asintió y se acercó a la cama. Dejó a Erick sentado junto a Charles y él atrajo el antiguo taburete del escritorio, que tenía las patas de metal.

— Está bien, terminará la fruta, se lavará los dientes y dormirá una siesta larga.

Sin esperar a que ninguno de los dos, porque no tenían que hacerlo, le diera su consentimiento, Erick le tendió al niño el bol con la manzana en gajos y esperó a que lo tomara.

En las facciones del niño se dibujó cierta angustia, pero Erick se dijo que debía ser firme en aquello. Y pareció dar resultado, porque pese a los ojos entrecerrados en una mueca de asco y sueño, el pequeño Erick empezó a dar cuenta de la manzana.

— Puedes bajar a comer algo, yo me quedaré con Charles —le dijo a Bestia, un momento después—. Tienes que poner algo de carne entre ese papel de arroz que tienes por piel y tus huesos.

Hank apartó la mirada y musitó:

— Cuando revise este informe, necesito… entender algunas cosas.

— Ummm…

Erick no le hizo mucho caso, observando de nueva cuenta al niño. Comía sin mirar y parecía de verdad cansado, además, había una mueca perenne de asco en su boca y Erick temió que fuera a vomitar por haber sido obligado a comer. Suspirando, alargó la mano y le quitó el bol cuando el niño iba a coger el cuarto gajo.

— Con esto está bien para hoy, Erick, no hace falta que comas más si no quieres.

El niño lo miró con cierta desconfianza un momento, pero después asintió con la cabeza.

— Si vas a quedarte un rato aquí, llevaré a Erick a lavarse los dientes —informó a Bestia, volviendo a levantar al niño en brazos— ¿dónde está su habitación?

— Puedes ir por ahí —le señaló el muchacho, indicándole que pasara al vestidor—. Tiene salida al pasillo, pero también por los dormitorios del Profesor.

Con un breve asentimiento, Erick se giró y atravesó la sala sin mirar a Charles. Las cosas se hacían una a una.

Tras el inmenso baño del Profesor se encontraba su vestidor y, antes, más allá, el pequeño pasillo continuaba y se habría dejando al lado derecho una espléndida galería que daba al jardín. Ahora, el pasillo terminaba junto a la puerta del vestidor y daba paso a la habitación del pequeño Erick. Abrió y pasó al interior.

Las ventanas de la galería seguían recorriendo de arriba a abajo y de derecha a izquierda la pared de la derecha y la luz blanca del sol de diciembre iluminaba toda la estancia con un toque irreal, de tiempo detenido. Era una habitación preciosa.

Había una cama grande y alta llena de cojines y con un edredón mullido entre una mesita de noche y una estantería llena de libros infantiles. Había un sillón junto a ella también y una alfombra grande de color crema con cientos de animales. En una esquina, había preparado un escritorio con estantes llenos de pinturas y libros de colorear y, junto a él, una puerta que seguramente llevaba al baño. Se arriesgó y entró en ella. Efectivamente, tras ella había un baño de obra de colores claros. Había una banqueta bajo el lavamanos y peces de plástico con ventosa pegados por todas partes.

Erick pensó que Charles se había esforzado cuanto había podido por darle una infancia feliz.

Dejó al niño en la repisa del lavamanos y le dio el cepillo de dientes con la pasta. Seguramente él ya sabía hacer la gran mayoría de las cosas que Erick había hecho, pero sentía el impulso constante de no separarse de él y de mimarlo un poco… probablemente, cuando le cortaran el pelo y dejaran de verse los trasquilones, Erick se sentiría capaz de dejarlo solo un momento. Esperando tranquilo, recargado en la pared, su vista vagó a lo largo del baño hasta caer en la bañera y en la ducha. Frunció las cejas y preguntó:

— Erick ¿quién te ha ayudado a bañarte estos días?

El niño, con el cepillo en la boca, se encogió de hombros, pero por primera vez a Erick le pareció que no estaba asustado por las posibles respuestas.

— ¿Te has duchado desde que estás en casa?

Con algo parecido al orgullo, el niño negó con la cabeza y Erick tuvo que apartar la vista para que no lo viera sonreír, un poco confundido.

— Entonces creo que ya va siendo hora… —sentenció y se acercó a ayudarlo a aclararse la pasta de dientes.

— No quiero ducharme —le dijo el niño, hablando otra vez—. Quiero dormir.

— Dormirás después de ducharte, con un pijama nuevo.

Con un suspiro resignado que a Erick volvió a hacerle gracia, el niño asintió y se dejó ayudar para bajar de la repisa. Entonces, el niño dejó caer la capa al suelo y salió de ella; empezó a tirar de la cremallera que recorría de arriba abajo su pijama y, antes de que Erick pudiera darse cuenta, se había desnudado en mitad del baño y esperaba quieto a que él hiciera algo.

Parpadeando, Erick pensó que seguramente el niño sí necesitaba ayuda para darse un baño. Era mucho más fácil hacerle tostadas.

Sacó el taburete de debajo del lavamanos, que seguramente era para que el niño alcanzara las cosas, pero él lo llevó junto a la ducha de obra. Iba a empaparse. Abrió los grifos y reguló el agua.

— Ven aquí, Erick, no te quedes al frío.

El niño apareció frente a él como una exhalación y ya estaba tiritando. Con el ceño fruncido, Erick lo empapó bien con el agua caliente y cerró la ducha para coger el champú y enjabonarle el pelo desigual. Seguramente era tosco y no lo estaba haciendo muy bien, además el niño había vuelta a abrazarse y tenía frío, pero al menos estaba siendo rápido y eficiente.

Lo aclaró con abundante agua, dejando que volviera a calentarse bajo los chorros y cogió la esponja, calándose la manga. Con un suspiro, la impregnó de gel de baño con olor a moras dulces y volvió a apagar la ducha para frotar al niño.

Por un momento, mientras le levantaba un brazo y frotaba con cariño, las imágenes de otros niños desnudos, también excesivamente delgados y dentro de unas duchas lo golpearon con fuerza. Con un gesto brusco y poco meditado tiró de Erick hacia sí mismo y lo abrazó, empapado como estaba.

— Todo va a estar bien a partir de ahora, Erick —le aseguró.

El niño no dijo nada y se dejó abrazar, estrujar, contra él un momento. Erick supo que no le creía.

Cuando volvió a reunir el garbo necesario, soltó al niño y terminó de ducharlo, lo envolvió en un albornoz mullido y le pasó una toalla por el pelo. Estaba a punto de volver a cargarlo en brazos para que no pisara la cerámica del suelo cuando, temeroso, el niño murmuró algo y señaló.

Entendiendo, Erick hizo deslizar la banqueta hasta dejarla frente al inodoro y cargó al niño hasta allí. Sintiéndose superado en ese punto y suponiendo que un niño de cuatro años podría apañárselas más o menos sólo con aquello, se dio la vuelta y esperó. El sonido de la cisterna fue lo único que consiguió que volviera a girarse, para encontrarse con que el pequeño Erick había dejado caer su albornoz y la toalla al suelo y ahora se apresuraba a cogerlo todo. Volvió a ayudar al niño a vestirse y le lavó las manos. Con un suspiro, Erick lo cargó al fin fuera del baño.

Se preguntó si había sido una buena idea insistir en la ducha, porque mientras lo ayudaba a ponerse la ropa interior de algodón y después otro pijama completo de franela, el niño se estaba quedando dormido y no dejaba de bostezar y frotarse los ojos y la oreja derecha, pero seguía teniendo el pelo húmedo.

Tomando una decisión, tiró de la espesa manta que había doblada en el sillón del cuarto y lo envolvió con ella antes de cargarlo otra vez. Él estaba empapado después de haberlo abrazado en la ducha y rezó porque la manta no cogiera su humedad mientras lo cargaba hasta la habitación de Charles.

Al volver a ella, vio que Bestia seguía en el mismo lugar, pero estaba dormitando. El sonido de la puerta al cerrarse lo despertó y el chico se espabiló en un momento.

— Erick ¿te has duchado? —preguntó, poniéndose en pie con incredulidad y acercándose a ellos.

El niño negó con la cabeza y se acomodó mejor contra Erick, queriendo dormir.

— Le he ayudado. Ahora tiene el pelo húmedo y he pensado que era mejor que durmiera aquí… en el resto de la Mansión hace un frío de mil demonios.

Bestia bajó un poco la mirada y asintió.

— Scott reventó algunas tuberías de la caldera sin querer… eso fue lo que tiró la Torre Norte. Todavía no hemos… bueno, empezado con la reconstrucción.

Erick frunció el ceño.

— Es pleno invierno, hay que hacer las obras ya.

— No es tan sencillo, Magneto… —le dijo el chico, restregándose un ojo cansado—. Necesitamos que el Profesor quite los recuerdos “incorrectos” de los obreros o tendremos a la CÍA aquí en un par de horas preguntando por qué tenemos a Cerebro en plena actividad cuando es un proyecto secreto suyo que fue, teóricamente, destruido hace casi diez años.

Erick lo entendió, pero mantuvo el ceño fruncido, a la espera de otra idea para arreglar aquello.

— Baja a comer algo, Hank —le dijo, finalmente—. Y luego vete a dormir. De todas maneras, me gustaría quedarme un momento a solas con Charles.

— ¿Quieres que me lleve a Erick? —le preguntó, extrañamente solícito.

— No, no… voy a… acostarlo por aquí —le dijo, percatándose de que el niño se había quedado finalmente dormido y se había agarrado a su jersey mojado.

Bestia asintió, pero no se movió del sitio y la paciencia que Erick había utilizado con el niño posiblemente había drenado cada gota que tuviera dentro.

— ¿Se puede saber qué…?

— ¿Te has encontrado con Alex abajo?

Las preguntas se pisaron la una a la otra, pero Erick entendió perfectamente la de Hank. Levantó una ceja.

— ¿Sigue metiéndose contigo? —le preguntó, entre la incredulidad y el sarcasmo.

Bestia apartó la vista, pero debía de ser una información realmente importante para él, porque siguió quieto esperando la respuesta.

— No, nos hemos cruzado sólo con… ¿Scott? —probó.

Hank asintió y suspiró.

— Vale, está bien, gracias… Si necesitas algo, Erick, o el Profesor… —negó con la cabeza—, puedes dar un grito y vendremos más o menos todos… La línea interna tampoco funciona.

Casi arrastrando los pies, Hank salió finalmente de la habitación y los dejó de nuevo solos. Sin quererlo, sus ojos buscaron al final la cama y observó a Charles dormido entre los almohadones. Parecía tan tranquilo que casi daba gusto verlo, tumbado allí bajo el sol del invierno. Pero estaba demasiado delgado y era imposible olvidarse de las máquinas a su alrededor. Sólo estaba conectado a un par de bolsas de suero y medicamentos, por lo menos que Erick pudiera ver, pero había un respirador, unas planchas y un aparato inmenso, que estaba bastante seguro de que era una máquina de diálisis, junto a él. Además de la silla de ruedas a los pies de la cama.

Con un sabor amargo en la boca, Erick levantó la mano y acarició el pelo húmedo del niño. Estaba todavía demasiado mojado para meterlo en la cama con Charles, así que lo llevó hasta el sofá frente a la chimenea y trató de dejarlo allí. En principio pareció funcionar, pero cuando estaba alejándose ya, el pequeño Erick se despertó de un salto y miró confundido a su alrededor.

— Túmbate a dormir, Erick —le indicó, pasándole una mano por el pelo—. Yo voy a estar aquí, junto a la cama de Charles.

Más dormido que despierto, Erick volvió a mirar a su alrededor y se aseguró de estar en la habitación de su padre antes de asentir con la cabeza y encogerse en el centro del sofá. Magneto volvió a cubrirlo con la manta y se apartó finalmente, dejando que el calor de las llamas llegase directamente al niño.

Decidido, se acercó a la cama de Charles.

Había dejado de sentir la presión en la sien casi a la vez que había entrado en la habitación por la mañana, pero sabía que había sido una sensación demasiado leve como para poder sentirla mientras se preocupaba en otras cosas. Así que se sentó en la cama de Charles y dudó un momento antes de cogerlo de la mano, esperando ser absorbido por la fuerza mental del chico.

Pero eso no ocurrió.

Tomó la mano de Charles entre las suyas y sintió el calor de ella frente al frío de su mano mojada. Desde tal proximidad, pudo ver el pecho consumido subir y bajar acompasadamente, las pestañas vibrar en los ojos dormidos y el suavísimo sonrojo que acudía a las mejillas de Charles cuando dormía; un pálido reflejo de lo que él recordaba.

— Vale, Charles, viejo amigo, como quieras…

Le soltó la mano y se dejó caer en el sillón de Hank. Si Charles no quería reaccionar ante él, era problema suyo, pero que no se anduviese paseando por la mente de la gente mientras tanto. Él se había quitado el casco para ayudarle a comunicarse con ellos o lo que fuera que quisiera hacer, no sólo para dejar que el frío le congelase las orejas.

Con un suspiro enfurruñado, Erick se cruzó de brazos y se recostó en el sillón. Se quitó las botas y subió los pies a la cama.

Esperó.

 

Notas finales:


¿Qué os ha parecido? ¿Qué os parece el pequeño Erick? ¡¡Ya me diréis!!
¡¡Muchos besos!! ¡Espero que nos leamos pronto!
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Recopilatorio Gratis "9 sonatas literarias!
Vamos a celebrar el Día del Trabajador con un nuevo libro homoerótico escrito por varias grandes autoras, algunas de las cuales las conocéis porque han publicado algunos de sus trabajos en slasheaven.

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El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 37 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 49 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios