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Notas del capítulo:

¡Hola chicas! Segundo capítulo del fic ^^ ¡espero que os guste!

Capítulo 2

 

Atlántico Norte, 21 de Diciembre de 1977

 

Aquellos ojos azules lo perseguían. Lo acosaban fuera a donde fuera, estaban en su mente, tras sus párpados. Estaban en su piel, pegados a él, inolvidables e imborrables. Con un suspiro, Erick sacudió la cabeza y se centró en los planos y recortes frente a él.

El cuatro de diciembre, un avión malasio había sido secuestrado y estrellado, sin reivindicación, sin motivos… Erick sabía que había algo más en aquél suceso. Lo intuía con la práctica que da la experiencia, lo veía difuminado sobre las líneas que trazaban los planos del avión, pero todavía no sabía lo que era. Piratería aérea, de moda en África y en América… un secuestro que salió mal, un secuestro a 1200 km de altura que salió mal… Había algo más. Ningún cuerpo reconocible, un copiloto sin identificar… dos ministros y un embajador.

Y estaba, por supuesto, el mensaje que la nueva Hermandad Mutante había interceptado. Descodificado, aquellas seis hojas de letras y números, se resumían en:

Ocho de la noche aterrizaje. Interceptación. Embajador de Cuba en Japón y seis genetistas a bordo. Peligro.

Aquellos “seis genetistas” habían atraído a Erick al mensaje desde que cayó en sus manos a mitad de octubre. Le había quitado el sueño y roído el interior. El embajador de Cuba en Japón también era un increíble aliciente: cualquier cubano que tuviera relación con los mejores amigos de Estados Unidos era sospechoso de cualquier cosa hasta que se demostrase lo contrario. Para bien o para mal.

Suspirando, miró al techo gris de la nave y unos ojos azules volvieron a aparecer delante de él, acompañados de un sonrojo fuerte en las mejillas y unas pestañas largas y caídas. Si el teléfono interno no hubiera empezado a sonar con desesperación, Erick habría empezado a recordar los gemidos acallados por un nudillo mordido.

Frunciendo el ceño por dejarse llevar así, descolgó el teléfono de la pared.

— ¡Señor, Magneto! —dijo la voz de Sapo apresurada y nerviosa— ¡Han venido a buscarle!

Marcando todavía más el ceño fruncido en sus cejas rubias, Erick colgó con fuerza el aparato y se recolocó el casco. No estaba seguro de a quién se había referido, podrían ser las fuerzas especiales de la CIA, que todavía lo buscaban por haber desplazado el estadio de Béisbol JFK, o los chicos de Xavier, arrepentido por haberlo dejado marchar impunemente.

Aunque Erick nunca se había sentido ni libre ni sin castigo. Ay, Charles… si él supiera lo que había conseguido con aquello…

Salió de la nave y recorrió la pasarela sobre el océano hasta la caseta principal, donde Sapo estaba haciendo guardia. El viento fuerte y frío del corazón del mal agitaba su túnica e inundaba sus fosas nasales de olor a sal. Era casi medio día y su sombra se extendía a lo largo de la superficie metálica y de las barandillas hasta dibujarse sobre las olas oscuras. Erick estaba tranquilo, fuera quien fuera, parecía que sólo tenía intención de hablar… o de tratar de convencerlo de dejarse detener antes de comenzar la batalla.

Daba igual.

Abrió la puerta con un ligero impulso magnético, sin pensar, y atravesó el dintel ya con una ceja alzada. Efectivamente, había acertado, eran los chicos de Charles… pero eran muy pocos chicos X.

Bestia tenía la cabeza vendada y un brazo en cabestrillo, estaba muy delgado y lo miraba con una expresión llena de resentimiento y de angustia. Junto a él había una adolescente negra con el cabello lacio y totalmente cano que parecía haber estado llorando poco tiempo atrás. Finalmente, un joven alto y robusto los acompañaba y miraba a Magneto con el ceño fruncido y los brazos cruzados, como si él tuviera la culpa de todos los males del mundo.

Y a Erick no le cabía la menor duda de que a los chicos de Charles así les parecía.

— Qué visita más encantadora —saludó—. Bestia, estás hecho un trapo, mi estimado, ¿venís en busca de protección?

Había supuesto que sus palabras bravuconas no iban a gustar a los jóvenes, pero no se había imaginado que Hank iba a transformarse en un segundo y a abalanzarse sobre él. Con mayores reflejos que Erick, el chico grandullón lo cogió de los hombros y, mostrando una fuerza inmensa incluso para alguien de su tamaño, consiguió detener al maltrecho Bestia.

— Supongo que usted es Magneto —le dijo entonces la muchacha. Para haber estado llorando tenía la voz muy tranquila y Erick pudo ver, cuando movió las manos hacia él, que una venda larga le rodeaba el brazo derecho desde la muñeca hasta el interior de lo que las mangas holgadas le dejaron ver—. Lleva su… casco —continuó, casi con desprecio—, supongo que por eso el Profesor no pudo encontrarlo.

Erick alzó una ceja, pero Hank volvía a tener casi su aspecto original y jadeó al decir:

— Eso suponíamos, Tormenta, Erick teme al Profesor y probablemente hasta se ducha con él.

— Vaya, Hank, no te recordaba tan combativo… veo que los años han hecho algo más que sacarte de la adolescencia.

Ignorando su provocación, la chica, casi niña, continuó hablando con calma.

— El Profesor no lo encontró a tiempo, pero nosotros lo hemos hecho ahora y necesitamos que nos escuche.

— ¿A… tiempo? —preguntó, cubriendo de escepticismo su preocupación.

— Charles está en coma. Y necesitamos que vengas a la Mansión para que te hagas cargo de… una cosa muy importante.

Con lentitud, Erick giró la cabeza desde los ojos de la chica hasta los vidriosos y azules de Hank. Un escalofrío le recorrió la espalda y lo dejó sin expresión alguna. Bajó los parpados lentamente y mientras volvía a abrirlos, mostrando al mundo la más fría de las iras, murmuró:

— ¿Qué cacharro has inventado y cuánto tiempo tarda en llegar a Nueva York?

Fuera cual fuera la respuesta, para Erick sería demasiado.

 

Westchester, 22 de Diciembre de 1977

 

Acababan de dar las doce de la noche cuando el Jet-X empezó a descender sobre la pista de baloncesto. De no haber sentido tal angustia y opresión en el pecho, Erick se habría maravillado de la capacidad de aquél aparato para aterrizar en vertical, sin utilizar la fricción como desacelerador.

Fuera, en el campo verde, el viento aullaba y el frío mordía.

Bajó impertérrito, detrás de la chica, Tormenta, y pudo observar la antigua Mansión Xavier. El primer vistazo rápido, empañado por la ansiedad, apenas le reveló la verdad que le mostró el segundo: la Mansión parecía herida de muerte. Uno de los torreones estaba destruido y las ventanas de toda el ala norte habían reventado y estaban siendo tapadas simplemente por tablas de madera. El jardín también había sido dañado, y la larga terraza trasera tenía un socavón junto al despacho de Charles.

— ¿Pero qué…? —empezó a preguntar, sin saber cómo terminar la frase.

Bestia había ayudado al otro chico, que respondía al nombre de Coloso, a pilotar el avión, y Tormenta le había mirado de arriba abajo dos veces con auténtico enfado antes de sacar un libro de Historia del siglo XIII e ignorarlo las angustiosas cinco horas que llevó el viaje.

— ¡Coloso! ¡Hank! ¡Por fin!

Un muchacho rubio emergió de entre las sombras del jardín y repentinamente las farolas de la cancha de baloncesto se encendieron, mostrándoles con facilidad el camino de graba hacia la Mansión. Erick apenas le prestó atención, trazando una línea recta sobre el césped o la tierra.

— ¿Él es…? ¡Es muy alto, es verdad!

Con una mueca en los labios, Erick pasó junto al chico que los esperaba y continuó su camino.

— ¿Cómo están el Profesor y… cómo está todo, Bolt? —preguntó Tormenta, tras Erick.

— Pues… como lo dejasteis más o menos pero… ummm… Felina cree que igual necesitamos ayuda de fuera para…

Las orejas de Erick se tensaron y su espalda volvió al punto recto que había perdido al abalanzarse con pasos largos hacia la casa. Se detuvo abruptamente y se giró. Chris, que fue el receptor de su mirada clara y afilada, abrió la boca sorprendido.

— ¿Me estáis diciendo que Charles ha entrado en coma y no lo habéis puesto bajo supervisión médica? —la frialdad de sus palabras claras debió perturbar a los jóvenes, porque los cuatro se estremecieron casi a la vez y se encogieron un poco. Giró la vista hacia Hank, sintiendo que un odio ciego centelleaba en sus ojos— ¿Has estado jugando al médico, Bestia?

— ¡No! ¿Pero qué dice? ¡El Profesor no está en coma!

— ¡Bolt!

— ¡¡Chris!!

— Me cago en…

Las voces en grito fueron demasiado lentas para evitar que el chico rubio revelase aquello. Erick volvió de nuevo la vista hacia él, que miraba con culpabilidad a sus compañeros y rehuía su propia mirada.

En otras circunstancias, Magneto habría arrancado la farola que alumbraba el camino y los habría empalado a todos con ella, pero el alivio que le recorrió el cuerpo dejó sin fuerzas sus manos y rodillas, dejando tras de sí un suave hormigueo cálido. Ignorándolos, se dio la vuelta y enfiló derecho a la Mansión Xavier. Aunque el Profesor no estuviera en coma, algo muy malo había pasado allí.

Los cuatro mutantes que estaba dejando atrás tenían cierta edad como para poder defenderse en algo, y aunque desconocía los poderes de Tormenta y Coloso, pues intuía la relación de Bolt con la electricidad, podía adivinarlos más o menos. No parecían unos inútiles. Y habían dicho que Charles había tratado de llamarlo…

Fuera como fuera, Erick había estado buscando una escusa para poder tomar una decisión los últimos dos años y medio.

— ¡Eh, señor Magneto! —llamó tras él la voz de Bolt—. Venga por aquí, el despacho del Profesor está inservible, hay que entrar por el ala este desde el jardín.

Con un bufido, Erick corrigió su dirección y se adentró bajo los robles que rodeaban la explanada de hierba frente a la terraza. Levitó el muro de piedra y se subió sobre la barandilla en la que un día se había recostado para observar la gran antena que hacía útil a Cerebro. Saltó sobre el suelo de piedra clara y continuó derecho para adentrarse en la Mansión, sin preocuparse por los chicos.

Las puertas cedieron a su paso y él iba demasiado decidido como para percatarse de que alguien esperaba junto a ellas hasta que el brazo de un hombre joven se interpuso en su camino.

— ¿A dónde cree que va usted solo? —le espetó el chico. Era un hombre moreno con unas ridículas gafas de un solo cristal.

— Quítate de en medio…

— ¡Scott! Déjalo, Bolt lo ha enfurecido y…

Las explicaciones de Tormenta quedaron tras él en cuanto el tal Scott bajó el brazo, porque Erick continuó su camino dentro de la Mansión.

— Está arriba —le dijo el chico—. En su habitación.

— Ya lo suponía —masculló en respuesta, siguiendo hacia adelante.

— Hay que entrar desde el primer piso —le explicó—. No funciona el ascensor.

Erick bufó y retrocedió un par de pasos para subir por las escaleras. Aquél viaje se le estaba haciendo eterno. Si en el avión no hubiera estado tan… tan asustado… podría haber interrogado a aquella chica hasta que hubiera confesado. Pero pensar en Charles dentro de un avión… dentro de uno de sus aviones privados… aquello le había carcomido el alma las cinco eternas horas de viaje mientras los ojos increíblemente azules del Profesor lo atosigaban con más fuerza que nunca.

Ya estaba viendo al fin la puerta de caoba cuando ésta se abrió y dejó salir a Havok con una bandeja llena de cajas de medicamentos y un plato.

— ¿Erick? —musitó al verlo. El chico estaba también un poco mayor, igual que Hank, y llevaba una venda alrededor del cuello. Erick volvió a preguntarse qué había pasado allí—. No tenía confianza ninguna en que Hank fuera capaz de traerte…

— Y no estás muy contento porque lo haya logrados ¿eh? —le molestó con soberbia.

— No, en absoluto —negó Alex con tranquilidad—. Lo único que hubiera sido preferible es que te hubieras plantado aquí hace semanas. Pero esto también está bien… siempre será mejor que nada.

Sin más, el chico siguió su camino y pasó junto a él. Su charla había sido suficiente para que el herido Hank también llegase frente la puerta y se precipitara a entrar, incluso antes que Erick.

— ¡Profesor! —oyó que exclamaba al entrar— Oh… vaya, había entendido que…

A Erick le dio igual lo que Bestia hubiera o no entendido sobre lo que fuera. Había entrado en la amplia habitación y su vista había caído inmediatamente sobre la gran cama bajo las ventanas, frente a la chimenea encendida.

Erick no había llegado a ver jamás a Charles en la silla de ruedas. Lo había visto débil e incapaz, por supuesto, lo había tenido en sus brazos, estremecido y lánguido, pero nunca con el peso de la guadaña del “para siempre” sobre los rasgos vívidos y los labios rojos. Verlo en aquella cama, envuelto en cables y con tres -tres- médicos en bata blanca murmurando junto a él le extrajo todo el alivio que había sentido al saber que no estaba en coma.

Y tal vez no estuviera en coma, pero parecía totalmente inconsciente y Bestia no había susurrado al entrar… no estaba dormido tampoco.

Repentinamente paralizado, Erick dudó y deseó gritarles a todos que se fueran para poder acercarse él a Charles, tranquilo y en privado, y tal vez, pero sólo tal vez, meter los dedos entre sus cabellos oscuros y acariciarlos con secreta devoción. En su lugar, se quedó quito y observó con horror cómo uno de los médicos colocaba una jeringuilla en la vía de Charles y le introducía el líquido sin conseguir ni siquiera una mueca de disconformidad por parte del paciente. Como si no lo hubiera notado.

Erick se precipitó hacia adelante.

— ¿Pero qué…?

La jeringuilla, ya sin líquido, salió volando y se estrelló contra la repisa de la chimenea, rompiéndose en mil pedazos la parte de cristal.

— ¡Erick! —le gritó Bestia, interponiéndose entre él y Charles— ¡Son médicos! ¿Se puede saber qué haces?

Magneto le miró fijamente a los ojos que centelleaban con un halo animal.

— Habéis dicho que no tenía médicos…

— ¡El Profesor sí! ¡Los mejores que hemos podido traer!

Curiosos, los dos hombres y la mujer los observaban desde el otro lado de la cama de Charles. No parecían asustados, y Erick supuso que sabían perfectamente lo que ellos eran. Tomó aire por la nariz y cerró un momento los ojos. Al abrirlo se dirigió a ellos.

— ¿Han terminado? —preguntó, casi por cortesía; los tres asintieron con la cabeza— Pues entonces váyanse a dormir, a comer o a hacer lo que sea que les dé la gana de hacer.

Sin decir nada, abandonaron la habitación ligeramente ofendidos, pero Erick supuso que le tenían suficiente miedo como para no protestar.

— Quiero explicaciones y las quiero ya, Hank, estoy hablando muy enserio.

El chico asintió lentamente con la cabeza y le animó a sentarse en un sofá junto a la chimenea para que huyeran del frío que, pese a todo, se colaba por las grietas de las ventanas y por debajo de la puerta.

Erick no le hizo caso y tomó asiento en un cómodo sillón de lectura que alguien había arrastrado relativamente cerca de Charles, tal vez para velarlo.

Hasta que no supiera qué había pasado exactamente, Erick no quería volver a mirar al desvalido Charles, pero tampoco quería alejarse de él, aquél que ejercía sobre sí mismo un magnetismo pesado y persistente, imposible de eludir.

— El Profesor no está en coma, está dormido —le dijo el chico mientras arrastraba otro sillón cerca de él y se recolocaba el cabestrillo.

— Dormido —repitió Erick, con las yemas de los dedos en contacto y la barbilla ligeramente apoyada en sus dedos índices.

— Dormido… pero atrapado en el sueño.

— Al grano, Hank —le urgió cuando el chico volvió a quedarse en silencio, ya acomodado frente a él.

— Esto no es fácil ¿sabes? Hay muchas… —negó con la cabeza, exasperado—. No importa. Hace unos años Charles… llegó al cuidado de Charles un niño muy pequeño. Yo hice algunos estudios en él y, como suponíamos ya que sus dos padres eran mutantes y al menos uno de ellos con dominancia genética, resultó ser un mutante en potencia. No he podido averiguar todavía su poder y él es demasiado pequeño para haberlo desarrollado, pero…

En la cama, Charles hizo un ligero movimiento y atrajo inmediatamente la atención de los dos hombres, pero sólo fue seguido de un gemido suave e incoherente. Hank se levantó presto y retiró las mantas con cuidado, mostrando un Charles delgado, casi esquelético, enfundado en un pijama de franela de rallas azules.

— Le molesta esta postura —le dijo. Dudó un momento y se mordió los labios— ¿Puedes ayudarme un poco…? El brazo…

Erick se levantó como si el sillón tuviera un resorte y lo hubiera empujado. No quería mirar a Erik, pero lo estaba haciendo. Su pelo oscuro y enmarañado, sus largas pestañas reposando en sus mejillas, sus cejas relajadas… sus labios rojos pero resecos ahora. Temblando por una mezcla de emoción y reverencia, pasó con delicadeza un brazo tras su nuca y con otro envolvió su cintura. Los dedos se le enredaron en el cabello y pensó que jamás iba a ser capaz de soltarlo.

— Colócalo sobre el costado izquierdo, donde no tiene la vía —le indicó Hank, que movía las piernas inertes del Profesor—. Sí, así, que no necesite hacer fuerza con las rodillas…

Erick sintió de pronto que se le revolvía el estómago y sintió la necesidad imperiosa de soltarlo y no volver a tocarlo. Lo dejó sobre la cama en cuanto fue capaz de sostenerse por mera mecánica y se alejó de él, volviendo a ocupar su lugar y esperando que Bestia lo tapara.

Tal vez su reacción no había sido desproporcionada, porque el chico no dijo nada y volvió a sentarse.

— Un tiempo después de que… el niño llegase a nosotros, se puso enfermo. Te aseguro que no tenía ninguna relación con su mutación, pero Charles se puso nervioso y… buscamos a alguien…

Hank dudó, buscando la palabra o la expresión adecuada.

— Un mutante que supiera sobre medicina mutante. Uno de nosotros para curarnos entre nosotros —le ofreció él, casi leyendo lo que el muchacho quería decir.

— Exactamente —afirmó, mirando nervioso a un lado antes de regresar la vista sobre él—. Charles lo encontró con Cerebro. Era un hombre… brillante, con un don extraordinario: manipulación molecular.

Erick levantó una ceja, absolutamente interesado por aquello. Hank, en cambio, parecía embargado por la tristeza.

— Sabíamos que había estado conviviendo con otros mutantes, porque Charles lo encontró rodeado de ellos, pero cuando fuimos a buscarlo a la desembocadura del Nilo estaba solo. Nos contó que había tenido problemas con sus antiguos compañeros, que estaban implicados en algún tipo de guerra civil… Nos pidió asilo.

— ¿Por qué Charles no pudo ver sus intenciones? ¿Sigue tomando ese estúpido veneno?

Hank arrugó el ceño, pero preguntó:

— ¿Cómo sabes que…?

— Bestia, por favor, eres listo. Has empezado la historia por ahí. El médico os traicionó, me imagino que él causó todo esto… quiero saber si Charles sigue negando lo que es y quiero saber porqué ese hombre trató de destruiros.

Había pasado por tal angustia el día anterior que Erick podría haber jurado que nunca más sentiría nada, ni siquiera ira, pero en el fondo sabía que sólo estaba almacenándola en el hueco oscuro de su pecho, quemándose por dentro con ella mientras esperaba el momento oportuno para tomar medidas.

— Su poder no era la manipulación molecular. El Doctor Sutura era un telépata, menos poderoso que el Profesor, pero… No conocemos la historia completa, pero algo en su poder era distinto al de Charles y consiguió robar el poder de la manipulación molecular a otro mutante.

Las cejas de Erik se elevaron todavía más y, sin quererlo, una mirada preocupada se le escapó hacia Charles.

— No, no, el Profesor todavía tiene su poder. Y el Doctor Sutura ha sido destruido, matarlo es lo que le ha costado la salud… —indicó.

— ¿Qué es lo que quería? ¿Los poderes de Havok? Es un chico fuerte…

Los ojos de Bestia relumbraron un momento reflejando las llamas de la chimenea, con un brillo fiero y enfadado que llegó a arrugarle la expresión un segundo, antes de fruncir el ceño y mirarlo profundamente.

— Su interés al principio… no lo sabemos. Pero se quedó cuando conoció a… cuando conoció al niño. Quería su poder, fuera cual fuera, porque había llamado su atención. Intentó arrebatárselo dos veces —le dijo, casi mascando las palabras—. Dos veces… y entonces pareció entender que, o todavía no podía, o algo se lo impedía… Al día siguiente, efectivamente, trató de quedarse con los de Alex. Tormenta, Coloso y Bolt estaban fuera, en la ciudad, Felina y yo somos demasiado llamativos para interesarle a un hombre como él. El Profesor se habría dado cuenta en cuanto se acercara con malas intenciones a él, y Scott… sus poderes están descontrolados, supongo que no quiso arriesgarse o le teme más que a Alex.

Bestia volvió a recolocarse el brazo sobre el cabestrillo y Erick se dio cuenta de que tenía mal atada la cinta en el hombro. Esperó pacientemente a que se terminara de arreglar y prosiguiera. Entendía una petición de tiempo cuando la veía.

— No sé exactamente qué paso, ni sé qué hacía para apropiarse de los poderes, pero de algún modo, el otro mutante terminaba muy herido y… muriendo —negó con la cabeza—. Havok estaba saliendo del gimnasio cuando el Doctor dio con él. No sé qué le hizo reaccionar o darse cuenta, pero de alguna manera terminó atacando con sus rayos gamma al Doctor Sutura y subió a la planta baja. Estaba… empapado en sangre —murmuró—, por todas partes… había intentado abrirle la garganta o algo así… —levantó la vista y volvió a concentrarse en Magneto—. Scott y yo nos precipitamos tras él, pero trató de rompernos la mente con sus verdaderos poderes. Eso alertó a Charles, por supuesto, y de algún modo el Doctor terminó dejándonos atrás y subiendo en su busca. O eso creímos. Cuando estábamos entrando en el despacho del Profesor, ocurrió la primera explosión y la mitad del ala norte terminó…

Hank hizo y gesto señalando el destrozo, Erick recordó la torre destruida y se preguntó qué otro poder había robado aquél ser para conseguir aquello.

— Aparecieron cinco mutantes en el jardín. Eran los antiguos compañeros del Doctor y él les había permitido pasar entre las defensas de la Mansión.

Erick asintió.

— ¿Charles, tú y el tal Scott contra seis mutantes? ¿Y ninguna baja? Parece que el Método Xavier es imparable…

Bestia se encogió de hombros.

— También estaba Felina con nosotros y se nos unió en cuanto terminó de atender a Havok. Teníamos mucho que perder, Erick, no podíamos dejar que ganaran. Charles estaba… sólo le he visto una vez casi tan enfadado —Hank dejó deslizarse a media sonrisa por sus labios—, cuando discutió contigo en el avión hacia París.

La sensación de angustia que siempre le traía recordar aquél viaje le atenazó el corazón y le hizo levantar un poco la barbilla en señal de defensa. Hank lo miró un segundo entero, tal vez preguntándose por qué no se había unido a su pequeña jocosidad.

— El caso es que entramos en batalla… puedes imaginarte cómo fue la cosa por cómo ha quedado el ala norte… Luchar contra el Doctor Sutura era difícil, cada vez que heríamos de gravedad a alguno de sus esbirros, utilizaba sus poderes y “suturaba” las heridas, fuera cual fuera la profundidad de ellas, órgano por órgano…

— Ni golpes ni desgarros…

Hank asintió.

— Ni Felina ni yo éramos capaces de causar verdadero daño y Scott no controla su poder… en realidad, parte del destrozo fue obra suya —se encogió de hombros—. El Profesor decidió centrarse en el Doctor Sutura y utilizar todo su poder para doblegar su mente.

— Es difícil entre dos telépatas.

— Sí, pero el Profesor era más fuerte. El Doctor Sutura estaba casi vencido, tirado entre los cristales del despacho cuando, junto a él, apareció otro mutante con… el niño en brazos.

Erik estiró la boca en una mueca incierta. Aquello parecía augurar un final muy malo.

— Charles puso toda su atención en el nuevo mutante y quiso obligarle a dejarlo, pero… él y el Doctor desaparecieron en el aire.

Hank se quedó un momento callado y después prosiguió.

— Esto ocurrió hace casi un mes. Desde entonces hemos buscado y buscado, pero nada parecía dar resultado. Cerebro no era capaz de encontrarlos y, cuando el Profesor forzaba la máquina hasta lograrlo, ellos se transportaban a unas coordenadas distintas. Pensábamos que nunca lo recuperaríamos… Y el Profesor se desesperó y comenzó a llamarte.

Erick estrechó los ojos.

— ¿Para que le ayudara a rescatar a un niño de su escuela?

Hank torció la vista y se mordió el labio con incertidumbre.

— Suponíamos que algo así te interesaría…

Fugazmente, Erik pensó que cualquier excusa para ver a Charles después de los sucesos en Washington hubiera sido buena para él.

— Ya sabes… —continuó Hank— es un mutante destruyendo la vida de otros mutantes…

— Sí… no es mi ideal de comportamiento.

— Si fuera humanos lo que…

— Pero eran mutantes —interrumpió a Bestia antes de que se enzarzaran en una conversación ética sin final—. Puede que os hubiera ayudado, sí… Pero eso no explica porqué Charles está así.

— Dormido.

— Dormido —aceptó Erick.

— Charles… cuando vimos que era imposible contactarse y el Profesor lo asumió… tuvo una especie de… idea. Se encerró con Cerebro durante días, forzándolo a seguir al Doctor Sutura hasta poder colarse en la mente de alguno de sus esbirros. Y lo consiguió. El Doctor había sido invitado a una exposición de genética en Tokio…

La luz se hizo en los ojos de Erick. Se llevó con calma una mano a la mejilla y asintió lentamente. Hank se detuvo, sin entender su reacción.

— Ya veo… —susurró— ¿Charles secuestró el avión Malasio?

Hank asintió y se inclinó un poco más hacia él, cubriendo el hueco grande que había entre los dos sillones.

— Charles haría lo que fuera por ese niño. No fue capaz de dirigir a ninguno de los mutantes, pero entró en sus mentes y descifró sus planes. Entonces dirigió sus poderes hacia un delincuente de la peor calaña, un ladrón asesino que abusaba de su sobrina pequeña y lo coló en el avión como copiloto. Pensaba entrar en la mente de alguna azafata y separar a… al niño de los mutantes cuando el avión llegase a tierra, enviarlo a él en otro vuelo a cualquier parte y dejarlos a ellos en tierra…

— Pero ellos descubrieron el plan —entendió Erik. Hank asintió.

— Informaron a la Interpol de un teórico intento de secuestro y se aseguraron de no separarse de él en todo el vuelo. Al enterarse, el Profesor volvió a intentar entrar en la mente de alguno de ellos, pero se pusieron nerviosos y decidieron apoderarse del avión y reconducir su ruta…

— Y el avión se estrelló —sentenció dejándose caer sobre el respaldo del sillón, con la espalda muy recta y las yemas todavía en contacto. Cerró los ojos.

— Mataron a los pilotos y no fueron capaces de hacerse con el control…

Mantuvieron un segundo el silencio, hasta que Erick lo rompió.

— ¿Y Charles? —volvió a preguntar, sin necesidad de decir nada más.

— ¿No vas a preguntar tan siquiera por el niño? —le reprochó Hank con repentino odio.

Erik frunció el entrecejo y volvió a separar la espalda del sofá.

— No hubo supervivientes, no hace falta que te deleites contándome que no fuisteis capaces ni de encontrar su cadáver entre todos los muertos.

— No murió —le dijo, con un brillo extraño en los ojos—. Charles lo salvó.

— ¿Cómo…?

— Usó todo su poder, cada gramo… doblegó a Cerebro y la mente del mutante con habilidad de teletransporte y los hizo aparecer aquí. En mitad de la terraza.

Impresionado, Erick levantó las cejas y una nueva mirada, esta vez rozando el orgullo, se le escapó hacia Charles.

— El mutante murió en cuanto tocaron el suelo: el Profesor le había derretido el cerebro… La terraza y la mitad de su despacho explotaron también…

— Y Charles no despierta desde entonces —terminó Erick, con una mano en la barbilla.

— No. Coloso y Scott derribaron las puertas de Cerebro, pero el Profesor ya estaba inconsciente en su silla. No ha despertado desde entonces.

Acongojado y nuevamente rodeado por la angustia, Erick guardó silencio y se atrevió a clavar la vista en Charles, que dormía dándoles la espalda. Podía notar la extrema delgadez que las preocupaciones, el desgaste y la inconsciencia habían causado en él.

— Havok dijo…

Erick lo había murmurado casi para sí, pero ante el envaramiento tenso de Bestia al oír aquello decidió continuar:

— Dijo que habría sido mejor que llegara antes, pero que ahora seguía siendo necesario… —meditó— ¿Por qué me habéis ido a buscar cuando el niño ya estaba con vosotros y todos esos mutantes han muerto? No voy a ser yo quien os castigue por haber terminado con algunos humanos…

Había girado el rostro lentamente otra vez hacia Hank y, por primera vez, se dio cuenta de que el chico parecía preocupado y compungido, pero sobretodo nervioso.

— Nunca habríamos ido a por ti si esa no hubiera sido la voluntad final de Charles. Jamás nos hubiéramos acercado si hubiera habido otra posibilidad—le aseguró con tal vehemencia que Erick se sintió agredido—. Pero Charles no mejora.

— ¿Por qué Charles querría…?

— Escúchame atentamente, Erik —le interrumpió Bestia, con el brillo animal nuevamente en sus ojos—, escúchame y asimílalo tan pronto como puedas porque como le hagas sufrir llegará el día en que te arrepentirás profundamente. El niño que llegó a Charles y que hemos estado buscando se llama Erick Francis Xavier y es hijo tuyo.

Desde el piso de abajo, les llegó el llanto de un niño.

_________________________________

· Sapo: es el esbirro principal de Magneto, por si no os acordáis. Su nombre es Mortimer Toynbee,

· Havok: por si alguien no conoce mucho el mundillo, es Alex.

· Coloso: sale también en la última peli (la de Días del Futuro Pasado), es el chico que se convierte en acero. Se hace grande, fuerte, no necesita ñam ñam… vamos, se blinda. O transforma alguna de las partes de su cuerpo. Es ruso y se llama Peter Rasputín.

 

Notas finales:

¡Nos leemos pronto! Ya me diréis qué os ha parecido ^^

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Noticias
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Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



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--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios