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Con mucho cariño para todos vosotros y con algunas notitas al final.

 

 

Capítulo 12

 

Mansión X, 1 de Enero de 1978

 

— ¡Alex, Alex!

Aturdido, Havok abrió los ojos mientras trataba de incorporarse. La adrenalina corría libremente por su cuerpo y lo impulsaba a moverse, a saltar y a luchar, aunque no sabía contra qué.

— ¡Alex! No te muevas, estás sangrando. Tranquilo. No. No te duermas otra vez.

— ¿Qué…?

Había mucho humo a su alrededor y dolor por todas partes. El cuello le escocía con un dolor constante, agudo y desagradable, pero también le dolía la mano derecha y sentía entumecidas las piernas. Tardó un momento en notar que Hank tenía las manos en su cuello, aunque con el calor era incapaz de sentir la sangre caliente que se deslizaba desde su herida otra vez abierta hacia su pecho.

Hacía mucho calor y había tanto humo porque… porque estaban en mitad de un incendio.

Tardó un parpadeo en recordar.

En recordar la primera explosión, que lo había arrojado contra la vitrina del salón. En la lucha contra un mutante enorme de aspecto salvaje mientras, a través de las llamas, veía a Ororo, Felina y Júbilo. Había tenido que salir corriendo por la biblioteca, se había encontrado con otro grupo de mutantes y Hank había aparecido de pronto.

Habían noqueado, tal vez matado, a una mutante con atributos similares a los de Felina y a un chico cubierto de púas. A quien seguro que había matado había sido a Callisto. Habían tenido algunos encontronazos con ella antes de que entrase a formar parte del grupo de Erik y sus ansias de destrucción fueran “enfocadas” hacia cosas concretas; Alex no sabía cómo sentirse al respecto, pero había odiado durante años a sus pérfidos tentáculos y su capacidad de curación…

Sin embargo, la llegada de una mutante con capacidad para controlar los circuitos eléctricos había inclinado la balanza a favor de los intrusos de nuevo. El dispositivo que Hank había construido, falló, y Havok destruyó parte del mobiliario antes de poder controlarlo. Tenía ya casi pleno control sobre sus rayos gamma, pero parecía que los poderes de la mutante también lo hacían ligeramente inestable.

Aunque problemas tenía Hank… porque estaba llorando.

— ¿Por qué estamos en la cocina? —le preguntó con voz rasposa y sin entender por qué lloraba. Era la pérdida de sangre, claro, Alex no era consciente de su propia situación. Hank, en cambio, notaba cómo a cada pulsación, la herida del cuello derramaba sangre.

— Shhh… no hables, Alex, por favor.

— No hablaré… si tú dejas… de llorar. Se te están poniendo… rojos.

En lugar de calmarlo, sus palabras provocaron un sollozo. Hank escondió un poco la cara en el jersey destrozado para quitarse las lágrimas. Sólo logró emborronar más el hollín que tenía sobre las mejillas. Entonces, Alex se dio cuenta:

— Hank… no te puedes transformar —tosió.

El chico sólo negó con la cabeza, incapaz de decir nada.

 

Mansión X, 1 de Enero de 1978

 

Erik dejó atrás la puerta magullada que daba al sótano y continuó por el pasillo. No había llamas allí, pero sí mucho humo y calor. Posiblemente alguna sala estuviera ardiendo y las ventanas no hubieran explotado aún, porque tampoco había corriente. Era como adentrarse en el infierno en pleno invierno.

El golpe lo tomó por sorpresa. Una fuerza sobre humana y sin cuerpo lo estampó contra la pared del pasillo. Sin saber qué había ocurrido e incapaz de pensar, se removió con cuidado y trató de incorporarse. Un nuevo golpe lo empujó, tal vez con menos fuerza, pero a su lado se estampó uno de los aparadores y el techo crujió amenazante.

Desesperado, expulsó lo más lejos de sí cualquier porción de metal deseando que aquello parase. Y paró, al menos lo suficiente para que pudiera girarse y buscar a su oponente entre el humo, la vista nublada y el sabor de la sangre en la boca.

Al fondo del pasillo, por donde había llegado, una mutante lo observaba. Incapaz de levantarse, envió una lámpara caída contra ella.

La lámpara estuvo a punto de darle de lleno, pero una honda salió de ella y la empujó lejos. Erik entendió que era quien había hecho reventar las ventanas y la calefacción, quien había provocado todo aquél caos.

— ¡Sutura está muerto! —le gritó mientras se ponía en pie.

La mutante lo miró fijamente y Erik supo que no le creía.

— Lo atravesé con tres barras de metal y haré lo mismo contigo. Ya no tenéis nada por lo que luchar. ¡Vuelve a tu casa!

— ¡Claro que sí! ¡La supremacía mutante…!

Erik sintió ganas de reír. Y era horrible, porque había dejado de sentir el brazo derecho y estaba seguro de tener la nariz rota.

— ¿Pero tú sabes quién soy, hermana? —le preguntó interrumpiéndola sin miedo.

Ella se acercó lentamente por el pasillo, Erik ni siquiera retrocedió. Podía sentir una tubería de cobre justo sobre su cabeza. El calor la había deformado y se había roto. Uno de los extremos se había derretido sobre sí mismo hasta formar una maravillosa punta.

— Tu… —murmuró al entenderlo— ¡tú nos has traicionado!

Aquello era cierto, pero…

— ¡Vosotros me habéis traicionado a mí! ¡¿Qué creéis que hago?! Después de tantos años… ¿no deberíais creer que sólo…?

Estaba convencido de que iba a persuadir a aquella jovencita, pero Ave de Trueno salió disparado por una puerta del pasillo y se deslizó hasta quedar boca arriba entre ellos.

El pequeño Rat Bite apareció tras él y se le tiró encima, ignorando a los demás. Erik conocía a aquél niño mutante… un indeseable. Seguía teniendo el aspecto de un niño de doce años con atributos de roedor, pero tenía al menos cuarenta y tanta maldad como cupiera en sus venas. Sin embargo, Magneto no podía entender cómo había empujado al hombre desde tan lejos.

Ave de Trueno forcejeó con él y no tuvo ningún problema en darse la vuelta y estamparlo una y otra vez con el suelo. Erik no estaba seguro de qué poderes le otorgaba su mutación, pero la fuerza sobre-humana estaba clara viendo aquellos músculos.

Músculos que Charles había toca…

Con un gesto de mano, volvió a lanzar la lámpara caída, esta vez contra el niño roedor, para apartar pensamientos tan impropios. Le dio de lleno y cayó inconsciente, pero Ave de Trueno siguió golpeándolos, tres veces más, al menos… Erik intuyó que lo había matado con el segundo.

Volvió su atención a la mutante de los campos de fuerza. La chica miraba la escena pegada a la pared. Parecía asustada pero no temerosa.

— ¿Dónde está? —gruñó Ave de Trueno a nadie en concreto. Parecía que el humo no le afectaba, hablaba con la voz perfecta y apenas tenía problemas para respirar, aunque parecía haber matado a Rite-Bite con sus propias manos— La mutante de la capa ¿dónde está?

Erik levantó una ceja y decidió que era momento de irse.

— En dirección contraria —le dijo, buscando que se fuera. De haber sido otro, habría buscado la manera de decirle dónde se estaban escondiendo los demás sin desvelarlo ante la chica, pero no parecía indefenso y… y Erik lo odiaba.

Con un grito apache, Ave de Trueno se levantó del suelo y corrió por donde había venido. Erik se encogió de hombros hacia la chica.

— ¿Por qué no te vas de este infierno y vuelves en unos meses? —le sugirió— ¡Aquí podrás desarrollar tus poderes!

— ¡Eres un traidor!

— ¡¿Traidor a qué?! ¿A mi propia causa? ¡No podemos matarnos entre nosotros!

La chica no pareció muy convencida, pero era joven y había confiado en el Doctor Sutura por su carisma. Nada la ataba allí. Y mucho menos si Magneto, ese Magneto, parecía de acuerdo con lo que allí estaba pasando.

Sola en el pasillo, se dio la vuelta y desapareció entre el humo.

Erik se giró de nuevo, esperando que ya no quedasen más mutantes en la mansión. Sentía la cabeza embotada y el brazo le dolía cruelmente. Estaba casi seguro de que lo tenía roto. Además, el humo era cada vez más espero y tenía que andar agachado, tratando de cubrirse la cara del calor terrible que había al fondo mientras tosía sin fuerza.

Llegó a trompicones a la cocina, cada vez más cerca del calor, y tardó un momento en ver, a través del humo, a Hank llorando sobre Alex.

Sintió que el corazón se le caía al suelo y, poniéndose en lo peor, gritó con acritud:

— ¡Hay que salir de aquí, Hank! ¡Déjalo si no puedes cargar con él, no le importará ser una tumba vacía!

Hank levantó la vista hacia él e, incluso entre la ceniza y el humo negro, Erik pudo ver sus brillantes ojos azules.

— ¡Está vivo! —rugió como si su piel fuera azul.

Espoleado por sus palabras, Erik corrió hacia ellos y se tiró sobre las baldosas para comprobarlo. Efectivamente, Alex estaba vivo. Tenía los ojos cerrados, pero las pupilar no dejaban de moverse. La respiración era superficial y había sangre y sangre y sangre por su camisa hecha girones y en las manos y brazos de Hank.

El chico apretaba con dedos expertos algo en el interior del corte del cuello de Alex. Erik entendió que se trataba de la arteria.

— Hank…

— ¡No! —le cortó el chico. Desde más cerca se podían ver todas las venas enrojecidas de sus ojos— ¡No va a pasarle nada! ¡Necesito…! Necesito que cicatrice…

— Hank, no puedes…

— ¡Sólo es un desgarro! ¡Un maldito desgarro! ¡No está seccionada! ¡NO!

— Hay mucha sangre… —Con delicadeza pese a la situación, Erik le puso una mano en el hombro a Hank y buscó que sus ojos se encontrasen—. Hank, hay mucha sangre para…

— ¡Llevamos así diecisiete minutos! Si fuera una sección, sí… ¡Sólo necesito las agujas de sutura y poder ver!

Y aunque era estúpido, tenía el brazo roto y Charles estaba inconsciente fuera, oculto tras un arbusto junto a un niño muy asustado, Erik se incorporó.

— ¿Dónde están?

— En el Laboratorio, pero no puedo abrir la puerta.

Erik asintió.

— ¿No tienes arriba?

Los ojos de Hank se empañaron de nuevo y tuvo que gritar para ser oído sobre las llamas porque su voz era demasiado aguda.

— ¡H-hay demasiado fuego! No se pueden subir las escaleras.

— Llévalo fuera. Se puede salir por el estudio de Charles. Voy a intentar llegar al laboratorio.

Erik terminó de ponerse en pie y salió de la cocina sin mirar atrás y tratando de no preguntarse lo estúpido que estaba siendo. Afortunadamente, no se giró; Hank había vuelto a llorar desconsoladamente al pensar en que, en su forma humana, apenas podía cargar con Alex y ya no le quedaban fuerzas para rezar porque el chico sobreviviera. Si Erik lo hubiera visto, su amargo entendimiento de la vida le hubiera hecho abandonar su misión y regresar junto a Charles como si no pudiera hacerse nada.

El pasillo era un oasis de aire a comparación de la cocina, pero aun así debía andar agachado y sujetándose el brazo contra el pecho. Giró hasta llegar a la placa de madera desgarrada y se concentró para sentir el metal.

Podía notar que algunas partes se habían fundido, pero supuso que el problema era alguna rotura del mecanismo. Sin tiempo y sin conocer los engranajes, cerró los ojos y se concentró en hacer ceder el metal hacia los lados. Había partes de goma que hacían presión, pero era el hombre que había levantado un submarino de las profundidades del mar y el que había hecho levitar un estadio. Podía con una simple puerta, incluso con el brazo roto, el cansancio, el miedo y la preocupación.

Un crujido lastimero anunció que la puerta cedía, de hecho, cuando la resistencia terminó, la gran losa de metal salió disparada hacia el final del pasillo, rompiendo sin consideración la pared ya dañada.

Sin temor, Erik se arrojó al oscuro agujero que había aparecido e invirtió las cargas magnéticas para flotar suavemente hasta las profundidades del refugio de los X-Men.

Hizo ceder la segunda puerta sin demasiado problema y gruñó cuando el pasillo se reveló ante él. El siempre inmaculado y limpio lugar estaba enegrecido. No había tanto humo como arriba, pero sin duda las explosiones habían alcanzado el subsuelo. Seguramente todo había sido obra de Arco Voltaico, Magneto no conocía a otro mutante capaz de hacer ese tipo de desastres.

El laboratorio de Hank no estaba lejos. Erik corrió temiendo que alguna corriente de aire que se formase por el hueco del ascensor pudiera aumentar las llamas en cualquier sitio de la Mansión. No creía que la vida de Alex dependiera de la rapidez, llegados a aquél punto, si no de la suerte.

— Gracias a Dios… —murmuró al hacer ceder los mecanismos intactos de la puerta del laboratorio y encontrarlo todo pulcro, limpio y colocado.

No tardó más de unos segundos en hallar la maleta de Hank con material quirúrgico, pero por si acaso, atrajo tras él los cajones de la camilla de operaciones, donde debía haber todo lo que pudiera desear para “reparar” a Alex.

Sin ser muy consciente de cómo lo había logrado, Erik se encontró a sí mismo corriendo por la terraza de la casa unos momentos después.

 

Hotel The Plaza, Nueva York, 16 de Enero de 1978

 

Erik no había prestado nunca demasiada atención al lujo: no había tenido tiempo para ello. Charles, por otro lado, se había criado no sólo entre lo mejor, si no aprendiendo a apreciarlo.

En cuanto Hank había dicho que Alex se encontraba estable, todos habían corrido a los coches que Cíclope y Júbilo habían traído. Habían tumbado a Alex en la parte trasera del Land Rover. Erik le había arrancado los asientos traseros sin miramientos y Hank se había sentado junto al chico inconsciente antes de que nadie pudiera decir nada. En el todoterreno iban también Warren, que seguía sangrando por el ala mal colocada, Cíclope, Bolt y Júbilo, conducía Ave de Trueno. Erik, que había cogido en brazos a Charles como si fuera el bien más preciado del mundo -y lo era-, condujo el Cádillac. El viaje fue terrible. Charles iba en el asiento del copiloto totalmente tumbado y el pequeño Erik y Ororo se abrazaban en silencio detrás de Erik. Habían dejado el cuerpo sin vida de Felina atrás.

 

Erik no estaba muy seguro de a dónde se dirigían, pero Warren y Hank habían intercambiado una mirada que le dio plena confianza hasta que el todoterreno se dirigió a Nueva York y terminó deteniéndose a la puerta del Hotel Plaza. Entonces pensó que habían perdido la cabeza, pero Erik a veces no era consciente de cuántas cosas podían lograr el dinero y el buen nombre.

El aparcacoches dudó un momento, pero en cuanto Warren se asomó para hablar con él, su semblante cambió y fueron invitados a utilizar el garaje y los ascensores del servicio. Les repartieron habitaciones consecutivas en el último piso y se disculparon con Warren, que se ocultaba con una destrozada gabardina el ala, por no tener un piso completo a su disposición. No mencionaron la asistencia de médicos, pero el gerente les dejó saber que cualquier cosa que pudieran necesitar estaría a su servicio.

Y así había terminado Erik viviendo medio mes en una de las habitaciones más lujosas del ya lujoso Hotel Plaza…

 

Sin embargo, como había ocurrido toda su vida, Erik no la había estado disfrutando. Dormía noche tras noche en la más cómoda de las camas, pero el cuerpo a su lado no se despertaba llegada la mañana. Charles seguía inconsciente y adelgazaba cada día que pasaba. Los mismos médicos que lo habían atendido meses atrás habían vuelto a conectarlo a los sueros… no recordaban haberlo atendido anteriormente, cortesía del propio Charles, así que repetían sus diagnósticos y no daban más esperanza que la propia espera.

A diferencia de la vez anterior, el pequeño Erik no se había retraído. Pululaba de habitación en habitación -sobre todo ahora que tenían el piso entero para ellos-, jugando con Júbilo y con Coloso, que había llegado a la destruida Mansión y había dado entierro a Felina. También fisgoneaba en la habitación de Alex, aunque Hank le había prohibido volver a subirse a la cama. Alex se había recuperado. O, al menos, no había muerto. Estaba consciente y recuperando fuerzas, pero tardaría un tiempo en recuperar la elasticidad en la vena yugular y Hank había sido muy duro al decir que un desgarro más lo llevaría irremediablemente a ahogarse con su propia sangre.

Warren también se estaba recuperando bien, Erik había sonreído sinceramente cuando el hombre había regresado una noche, oculto en las sombras, y había explicado compungido que un veterinario había sido el encargado de colocarle y vendarle los huesos del ala. El propio Erik tenía escayolado un brazo, pero mejoraba a buen ritmo y podía coger a su hijo sin problemas o acariciar el rostro dormido de Charles.

 

La puerta de la habitación se abrió y el pequeño Erik se coló por ella.

— John dice que ya es hora de cenar.

Dieciséis días después y Erik seguía detestando a Ave de Trueno.

— ¿A sí? ¿Qué hora es? —le preguntó al niño señalando el reloj sobre la repisa de la chimenea. Le estaba enseñando a leer la hora, pero si Ave de Trueno seguía informándole de los horarios, no podría distinguir cuándo la leía y cuando se limitaba a suponerla.

— Las siete.

— ¿Las siete en punto? —insistió dándole un beso en la frente a Charles y poniéndose en pie.

El niño prestó entonces atención real al reloj e hizo cálculos.

— No… son… —estrechó los ojos— las siete y cuatro.

Y cuarto —corrigió descolgando el teléfono y acariciándole el pelo al pasar junto a él—, son y cuarto porque es una de las cuatro partes en las que puedes dividir la hora, no y cuatro minutos—. Sabía que era muy pequeño para entender aquello, pero no quería que se sintiera tonto por equivocarse con las palabras. — Hoy es viernes, Erik, puedes elegir lo que quieres cenar.

— Ohh… —el niño brincó para acercarse a él y se agarró de su pantalón—. Quiero… no sé cómo se llama.

Erik sonrió como un tiburón. Había sido tan difícil hacer que el niño se sintiera con seguridad suficiente para decir aquello.

— Dime cómo es y veremos si yo conozco el nombre —le alentó, dejándose el  auricular del teléfono sobre el hombro.

— Es como lasagna, pero no es lasagna— empezó a decir. Erik supo al momento a qué se refería, pero dejó que el niño parloteara. Disfrutaba cada palabra completa que decía—. Tiene queso y es alta. A Coloso le gusta. Era eso que comieron él y Hank y que estaba rico que yo probé.

— Es musaka.

— ¡Sí! —chillo, feliz, y dio una vuelta sobre sí mismo— ¿Puede ser? ¿Es de lo que puede ser?

Erik sonrió y asintió con la cabeza. Dejaba que el niño eligiera su cena del viernes (y este era el tercero que pasaban allí) porque cuando se retraía dejaba de interesarse en nada y no encontraba valor para decidir, pero no era una carta blanca para comer mal.

Erik pidió al servicio de habitaciones dos platos de crema de calabazas con setas y dos musakas vegetarianas. No sabía qué dieta había llevado Erik hasta entonces y Hank estaba muy agobiado con todos los informes médicos y contratando con Warren a la empresa de construcción que reconstruiría la Mansión Xavier como para preguntarle, así que había tomado él las riendas. No dejaba que Erik comiera entre horas, aunque hacía seis comidas al día, y tampoco le daba carne más de tres veces a la semana. La carne era una gran fuente de proteínas, pero la base esencial de una dieta saludable estaba en las legumbres, los cereales y las verduras.

— ¿Quieres algo de postre, Erik?

El niño no supo qué decirle, así que Erik pidió yogourt con manzana. A él no le gustaba especialmente, pero parecía ser la fruta favorita del niño.

Erik seguía agarrado a su pantalón y aun haciendo el pedido, su padre no dejaba de mirarlo a los ojos. Al niño aquello le entusiasmaba, porque parecía que tenía toda la atención del adulto por siempre en él. Era tan importante.

— La traerán en un momento, hoy se nos ha hecho un poco tarde —le dijo Erik después de colgar, mientras lo acompañaba al baño a lavarse las manos y asearse para la cena—. ¿Te lo has pasado bien?

Charles tenía un enfermero que se ocupaba de él desde las nueve de la mañana hasta las nueve de la noche, pero los viernes salía a las cinco y los domingos venía una enfermera. No era que Erik no pudiera o quisiera atender a Charles en todo momento, de hecho lo hacía, pero era consciente de que Charle se sentiría… podría decir “inseguro”, pero mentiría, Charle se sentiría humillado al despertar y saber que Erik había estado atento a su sonda y cambiándole pañales.

Erik había empezado a atisbar, después del suceso de la bañera, cuánto había dañado la autoestima de Charles verse relegado a una silla de ruedas. Aquél hombre atlético que había hecho remo, krav magá y taekoondo, que había viajado por oriente durante su año sabático al terminar la carrera, estaba ahora imposibilitado para subir unas escaleras y nunca podría salir con su hijo a andar en bici. Le había destrozado la vida… y se había ido, dejándolo solo en una playa en guerra y llevándose con él a su hermana, con la que ninguno había vuelto a tener una verdadera relación.

— Júbilo ha puesto música y hemos estado bailando. Ororo no ha bailado, pero ha estado con nosotros todo el tiempo y se ha reído. Ya no está tan triste, Bolt tampoco.

La adolescente había entrado en shock durante varias horas después de llegar al hotel. La muerte de Felina había sido un duro golpe y, aunque las miradas se centraban en Ororo, que había sido su mejor amiga, a Erik le preocupaba especialmente el chico, Bolt; era sólo un par de años mayor que ellas -de la edad de Júbilo- y estaba casi seguro de que había estado un poco colgado por la mutante.

Aunque a Erik, lo que más le preocupaba, era cómo iban a informar de su muerte a sus padres.

La comida llegó cuando el reloj daba las siete y media en un suntuoso carrito plateado que ya les era familiar. Del fajo de billetes para la propina que Hank le había dado, Erik pagó a la atenta camarera. Había tenido un ligero percance con el primero que los había atendido, que había insistido en pasar a servir él mismo la comida. Erik no dejaría que vieran a Charles.

— ¿Era esto lo que querías? —le preguntó al niño levantando la tapa del segundo plato.

— ¡Sí!

Erik sonrió y ambos se sentaron.

A varios metros, en la zona del dormitorio, Charles pestañeó, vio un techo que no conocía y volvió a dormirse sintiéndose seguro por la presencia de las mentes de los dos Eriks a poca distancia.

 

Hotel The Plaza, Nueva York, 21 de Enero de 1978

 

El miércoles siguiente, Erik permitió que Júbilo, Ororo y Coloso fueran con el pequeño Erik a ver un partido de los New York Rangers contra los Detroit Red Wings. A él no le gustaba demasiado el hockey, prefería deportes donde los balones fueran redondos, gracias, pero le había pedido a Warren que le consiguiera entradas al ver que la mirada taciturna volvía a los ojos del niño.

Y la salida les haría bien a los cuatro.

Abrigó a Erik hasta transformarlo en una estrella de mar y los despidió en el atrio del hotel, que ya era casi más su casa que la Mansión, y le recordó a Ororo -la que parecía más cabal de los tres en aquél momento- que Erik no debía tomar Pepsy después de las ocho. Mientras terminaba de colocarle el gorro a Erik, Jonathan, el enfermero de Charles, también salía del hotel. El telépata podría estar dormido y atado a un montón de cables de suero, pero Erik pensaba aprovechar aquella tarde libre tumbándose a su lado y acurrucándose en su cuello… y nadie podría enterarse de ello, ni siquiera Charles.

Ignoró a la joven que trató de hacerle conversación en el ascensor. No le importaba quién era, ni lo que estudiaba, ni lo que estaba dispuesta a hacer para divertirse. Le importaba que el ascensor llegase rápido, poder ponerse los pantalones del pijama y comprobar cuánto había adelgazo Charles al perder su mano sobre sus costillas.

 

Y eso hizo.

 

Durante hora, Erik se limitó a ser junto a Charles. Ni siquiera lo observó demasiado tiempo, cerró los ojos y acompasó ambas respiraciones. Tal vez se quedó dormido, no lo sabía, pero en algún momento de la tarde, poco después de que el reloj de la chimenea diese las ocho y media, las yemas de sus dedos, que reposaban suavemente sobre el ombligo de Charles, sintieron la contracción de todos los músculos del abdomen.

Como un resorte, se sentó en la cama.

— ¿Charles?

Preguntó por inercia, sin esperar respuesta mientras se inclinaba hacia las máquinas, pero…

— No quería despertarte.

Sólo su muy avanzado control sobre su poder salvó que hiciera un auténtico estropicio. Saltó en la cama del susto, con todo el vello erizado, y su propio campo magnético lo apartó de las máquinas de Charles.

— ¡Dios mío, Charles!

Charles tenía los ojos abiertos y había hablado con voz ronca, debía llevar cierto tiempo despierto, porque la luz no parecía molestarle.

— Est… —se aclaró la garganta— Estoy llamando a Hank, Erik… me…

— ¿Te duele algo? —preguntó solícito, terminando de acercarse y poniéndole una mano en la mejilla sin pedir permiso, como si fuera su derecho—. Controlo los analgésicos que tienes recetados.

— No, Erik, es… —Charles volvió a aclararse la garganta y cerró lentamente los ojos. Estaba agotado y la mano de Erik parecía haberse llevado el dolor—. ¿Dónde está Erik?

— En un partido de los Rangers, con Coloso, Ororo y Júbilo… Dios mío, Charles, dios mío…

Erik se dio cuenta de que estaba entrando en shock. Llevaba tres semanas negándose a pensar en nada. Sólo quería acurrucarse todo el tiempo contra Charles y esperar a que el tiempo pasase. A él ya le había tocado un milagro: tenía a Erik, no iban a regalarle otro.

No obstante…

Nunca supo si fue Charles o si fue él mismo, pero consiguió volver del borde y de pronto Hank estaba corriendo hacia ellos con los ojos azules demasiado abiertos.

—… no diré imposible, profesor. Fantástico.

Erik fue apartado gentilmente por Hank, que empezó a tomar las constantes vitales de Charles.

— No aconsejo que se incorpore todavía, profesor, si no es un dolor reflejo podríamos interferir en la curación.

— No importa, estoy un poco mareado. Tengo algo de sed, eso sí…

Sin decir ni una palabra, Erik se giró y volvió unos instantes después con un vaso lleno de agua y una jarra que dejó junto a Charles.

— Espera, Erik —le interrumpió Hank en cuanto se acercó más al enfermo—. Levántale sólo la cabeza. No será muy cómodo, pero no queremos causar problemas.

— ¿Problemas? —les dijo preocupado mientras obedecía y los resecos labios de Charles dejaban escapar más agua de la debida.

Ninguno le contestó.

Erik se puso serio y dejó el vaso con un golpe en la mesilla. Todavía tenía una mano bajo la nuca de Charles, enredada en sus cabellos oscuros.

— ¿Qué está pasando? —exigió saber con acritud, profundamente asustado en su fuero interno.

Charles intercambió una mirada con Hank.

— No debes emocionarte, Erik, ninguno debemos hacerlo. Es muy poco probable que se trate de otra cosa que no sea un dolor reflejo y ahora que Charle empezaba a asumir…

— Me duelen muchísimo las piernas, Erik, sobre todo la izquierda.

Y lo dijo con toda la alegría que sólo un loco podría entender. O un desesperado.

 

Fin

 

 

 

 

Huracán: herido y huido por Jubilo

Rat Bite: muerto por Ave de Trueno

Mantis: muerta por Erik

Phantazia: muerta por Ororo y Felina

Golpe negro 1 y 2: muertos por Ángel y Cyclope

Feral: muerto por Havok

Sapo: muerto por Erik

Dientes de Sable: muerto por Erik

Calisto: muerta por Havok

Spike: muerto por Havok

Arco Voltaico: huida

Felina: muerta por Phantazia

· Día de Martin Luther King: el tercer lunes de enero, es fiesta en EEUU por su cumpleaños (el día 15 de enero) y pensaba usarlo en este capítulo como salida especial de los dos Eriks a la calle, sin embargo, el día no fue festivo hasta que Reagan firmó la ley en 1983. Durante los años del fic, el tercer lunes de enero era fiesta también por la Ley de Uniformidad de Vacaciones de los Lunes (no tengo ni idea de porqué existía), pero me pareció mucho menos emblemático mencionarlo.

 

 

 

N. A.: Mis muy queridos lectores, efectivamente, este es el final del fic. Los últimos capítulos han sido… complicadísimos de escribir. Nunca había llegado tan lejos describiendo batallas y me cuesta tanto… Ha sido una de esas experiencias que hay que pasar una vez en la vida. No soy una persona que consiga demasiadas cosas, suelo cortarme justo antes del final, y poder decir que esto termina aquí, para mí es… después de 60.000 palabras, no tengo una para decir lo que siento. Lo que sí tengo son muchas otras cosas que decir sobre lo que les ocurre a los personajes y hacia dónde va la historia de cada uno, pero no puedo comprometerme a una segunda parte. Aunque me encantaría.

Os agradezco muchísimo, mucho más de lo que podéis imaginar, que me hayáis acompañado a lo largo de todos estos capítulos, sobre todo a los que habéis estado ahí después del parón. Sé que nunca hablé demasiado de lo ocurrido, pero… cuando dije que “mi mundo cambió” fui sincera, sin embargo, nunca olvidé que tenía este compromiso con vosotros, que tenía alguien al otro lado de la pantalla que quería saber si el pequeño Erik se comería una naranja entera al fin o si Charles y Erik harían cosas sucias pronto. Es maravilloso saber que hay alguien que comparte tu pasión y tu tiempo en algún lugar del mundo.

Sólo puedo deciros que muchas gracias y, a los que no habéis hecho con nosotros este largo, largo recorrido, os agradecería también que dejaseis una pequeña nota de vuestro paso por aquí, sobre todo si va con hype o críticas.

Muchos besos a todos, de corazón.

 

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Noticias
Recopilatorio Gratis "9 sonatas literarias!
Vamos a celebrar el Día del Trabajador con un nuevo libro homoerótico escrito por varias grandes autoras, algunas de las cuales las conocéis porque han publicado algunos de sus trabajos en slasheaven.

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El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 37 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 49 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios