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Notas del capítulo:
¡Hi!

Nos vemos en las notas finales *u*

Escrito para el Mini reto: "Graser!lock mormor" del foro I am SHER locked

Disclaimer: estos personajes no son míos, si lo fueran John sería exclusivamente de Sherlock, y quizá de Hamish en algún futuro. El universo de Sherlock Holmes le pertenece Sir Arthur Conan Doyle, y la serie "Sherlock" a la BBC. Yo sólo me divierto creando fics.

Advertencias: Posible OoC (muy problable). No beteado. Uso de drogas.

Tatuajes

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Todo era un conjunto de reacciones psicodélicas, un caleidoscopio de emociones, se sentía en las nubes. Su mente se encontraba tan inalcanzable en este momento, le parecía ajena a él, y la sentía también como una gran pérdida. Se imaginaba tan común. Seguro así debían sentirse los insulsos humano, aquellos que sólo se ocupaban de respirar el aire de los demás, quizá por eso no le oxigenaba el cerebro a muchos y era inútil e inservible para tantos. Aún con todos estos inconvenientes, no se arrepentía, ¿por qué hacerlo? Su mente por fin se encontraba en absoluto silencio, y si bien con Sebastian sus pensamientos se acallaban, no dejaban de ser un murmullo en su mente. Le dio otra calada a la pipa, llenando sus pulmones con el aire de los hongos, con la psilocibina, la psilocina y la baeocistina actuando en su organismo. En estos momentos le estaban dando calma a su cerebro. Sintiendo el mundo dar vueltas (ya sus pensamientos eran demasiado obvios) y una energía llenarlo por completo. Comenzó a reírse sin causa ni razón aparente, sólo por el puro antojo de hacerlo, cediendo a ese impulso irracional, pero vamos, qué de lo que estaba haciendo tenía lógica y razón. Nada, en lo absoluto. Poniéndose de pie empezó a dar vueltas por toda la habitación con las manos extendidas a los lados mirando al techo, encontrando patrones curiosos y chistosos en ella.

Su risa abruptamente paró, quedando en absoluto silencio la habitación. La imagen que Jim presentaba era, en cierto grado, perturbadora, más de lo habitual. Seguía dando vueltas en círculo por la habitación sin parar, aun cuando comenzaba a tambalearse por el mareo, causado por las mismas, sin detenerse. Pero eso no era lo extraño, sino el gesto con que observaba al techo, su cara era una mezcla de muchas emociones y no todas eran las mejores. Era un zapping de sentimientos. Su rostro nunca se había visto más expresivo. Qué era lo que causaba todo aquello, esa era la cuestión. Pues nada podías saber del mutismo de él. Siempre un misterio con Jim. Lo único que se podía suponer era que algo lo perturbaba en su mente, de otra forma no sabías qué.

Por un instante Jim pensó que la droga (el hongo) alucinógena, le había proporcionado calma a su mente, pero no, como siempre otro método que le fallaba y este le provocó algo más adverso. Un silencio mental que le trajo como consecuencia algo peor, era la paz antes de la tormenta, como coloquialmente decían. Le provocó una reminiscencia. Una maldita y miserable reminiscencia.

¿Acaso tenían importancia los recuerdos ya olvidados? Claro que no, por algo estaban en el olvido de su mente, en un rincón de su memoria. Por qué debía importarle sus vivencias de la niñez y adolescencia, qué importancia debía tener, era ya parte de su pasado, y allí debía quedarse. Llegaban a él con rapidez y sin un patrón alguno. Era caótico y aun así, cada uno, como llegaban los procesaba, porque aun con esa velocidad su brillante mente le daba el beneficio de observarlos, aunque estos fueran meros flashes de segundos de duración.

Veía su solitaria niñez, a sus padres ignorándolo por sus trabajos que eran más importantes que él mismo, bueno eso aplicaba para su padre, pero para su madre eran sus deberes con la sociedad, el dar sus fiestas para enaltecer el apellido Moriarty, como su buen deber de esposa; puras y llanas idioteces. Sus padres atrapados en la banalidad y superficialidad de su existencia. Incapaces de soportar a su hijo genio, con mayor intelecto que ellos dos juntos, uno que los ponía en ridículo y evidencia entre ellos y ambos. Para que cuidarlo si ya tenía suficiente conciencia para hacerlo él solo, él podía llenar sus necesidades básicas ¿no? , y en todo caso la nana podría hacerlo. Sí claro, si es que aguantaba lo suficiente para no salir corriendo por las travesuras del niño, porque no podía estarse quieto, claro que no, su mente trabajando a un nivel superior debía ser satisfecha a la misma velocidad, su sed de conocimientos era, y es, muy grade. Sus constantes experimentos con los animales, que claro debía matar en algunas ocasiones, personas y sus propias niñeras, no podían ser comprendidas, era mejor salir huyendo del niño, del demonio como le decían otras tantas. « Su hijo está maldito» recordaba con satisfacción y una sonrisa maniaca en el rostro, la última niñera que sus padres estuvieron dispuestos a pagar, a la cual le había condicionado en sus periodos de sueños, en donde la sometía a distintos tipos de música y narraciones del tipo terroríficas, sólo para saber si podía inducirle pesadillas, lo cual salió correcto, hasta que lo atrapó, en medio de su experimento, despertando.

Y qué decir al respecto de jugar con niños de su edad, unos poco capacitados para seguirle el paso, demasiado estúpidos para su propio bienestar. Otros demasiado idiotas y temperamentales que, aparte de sentirse ofendidos con algunas de sus verdades, recurrían a golpearlo por eso. Pero a él nadie lo toca, y si esos niños creyeron que podían les salió contraproducente su actuar. Una risita cantaría e inestable salió de él al recuerdo de Max, del susto que se llevó al soltarle un perro por su ataque. Cabe resaltar que lo acusó por la mordida pero no tenía prueba alguna para inculparlo, salió peor para él pues lo acusó de haberlo golpeado, tan magistral fue su actuación (y sólo tenía 6 años) que terminaron expulsándolo. Aunque eso si le trajo una buena lección, podría ser tan buen mentiroso para tener a todos en la palma de su mano. A todos. A partir de entonces todos sabían a qué atenerse si se metían con James Moriarty.

Sus padres pronto se cansaron de él, dejándolo a su propio criterio, sucedió cuando acababa de cumplir los 6, mejor para él. Tuvo la libertad de hacer lo que quisiera siempre y cuando cuidara de no ensuciar el apellido de padre.

Con cada año que cumplía la soledad aumentaba, las escasas personas que quisieron acercarse al poco tiempo se alejaban de él, cansadas de su persona, por sus manipulaciones o su temperamento. La mayoría lo consideraba un loco. Probablemente lo fuera, si locura se le podía llamar a su gran intelecto. Con los años las personas pasaron a convertirse en meros estorbos sino tenían un beneficio propio. Sólo acabándose el aire que más de una persona necesitaba para no volverse más idiotas. ¿Quién necesitaba de ellos? Él con su propio intelecto era capaz de hacer lo que muchos no podían y era sólo un infante a los ojos de muchos. Podía hacer que las personas a su alrededor hicieran lo que él quisiera con sólo manipular algunos hilos de su propia persona. Las personas comenzaron a temerle cuando llegaban a "conocer" un poco de él, sólo lo que quería mostrarles.

Pronto llegaron los recuerdos de su adolescencia. Esos eran los más desagradables. Las malditas hormonas actuando en todos los jóvenes de su escuela y toda la comunidad, esos que parecían no poder estar separados de la otra persona, que se rebajaban a sus instintos sexuales. Aunque debía apreciar los beneficios que su cuerpo podía traerle, en esta etapa supo aprovecharla muy bien. Algunas veces disfrutó de tal acción, con un poco de persuasión las muchachas pueriles hicieron para él muchas cosas con las que sus padres se avergonzarían de enterarse, y con ello obtuvo muchos favores al alcance de su mano. Aquí experimentó con demasiadas cosas.

Fue así como lentamente descubrió lo poco que valían las demás personas. Nadie era capaz de estar con él a no ser por manipulación o beneficioso mutuo, y también por temor. El miedo los llevaba a hacer cualquier cosa. Hasta dejar experimentar con ellos, y eso era muy productivo. Nadie era capaz de llamar su atención, demasiado superior para su salud. Cada persona a su disposición, una pieza en su tablero de ajedrez.

Así como llegaron, se fueron los recuerdos. Llevándose la calma que sentía su mente antes de ellos.

Algo en la cotidianidad de la vida resaltó, una persona que llamó su atención: Sebastian Moran. Él era distinto a los demás. Poseía un grado de inteligencia superior al promedio, no era un genio como él mismo, pero si mayor que los demás. Tenía una vista afilada, fue capaz de ver encima de su máscara y lo que descubrió pareció gustarle, encontró a Jim. La única persona que, hasta el momento, parecía soportarlo y quererlo en su vida, le llenaba de claridad a su mente, siempre entreteniéndolo, impidiendo que se aburriera como solía suceder. Ya era hora de marcarlo como su propiedad, después de seis meses y aun estar en su vida, se había ganado ese derecho.

Ahora que lo recordaba él tenía un tatuaje en su espalda, un tigre al asecho, rodeado por relieves, como si fueran cadenas, muy sexy y acorde a él. Aunque se vería mejor con un collar, como si fuera un animal domesticado, y del collar que, lo imaginaba de cuero, colgara una placa con su nombre, sí, marcándolo como su propiedad, porque ya le pertenecía. El toque perfecto. Volvió a reír, sin parar de dar vueltas, todo mareado y errante, ya quería contar a Sebas su magnífica idea.


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Cuando Sebastian llegó a su apartamento, no se extrañó de que este estuviera abierto, lo más seguro era que Jim hubiese llegado de improvisto, por una fuga de su escuela al ya no aguantar más a "los estúpidos cabezas huecas" de sus compañeros palabras textuales de Jim. Lo que sí lo logró fue el olor de la habitación, posiblemente droga, ese olor debía ser mariguana, no, eso no, quizá hongos, lo sabía porque hubo épocas en las que consumió, era eso o volverse loco en las calles, pero ya no y el que Jim comenzara a experimentar con ello le ponía un tanto nervioso. La manera inestable de su ser podría agravarse con esto. Lo mejor sería que lo dejara pero para hacerlo debía hallar una manera de mantenerlo siempre activo, o acallar a su cabeza, puesto que imaginaba esa era la razón de todo. O quizá con una oferta tentadora, sólo no sabía qué.

Avanzó con presteza y delicadeza tratando de hacer el menor ruido posible al escuchar su risa llegar hasta él. Lo veía dar vueltas y más vueltas, tambalearse y direccionarse pero nunca dejar de reír y dar volteretas. Verlo así le parecía el pequeño niño que debió haber sido, pero que tal vez por su infancia no pudo ser. Era entretenido observarlo hacerlo. Y jamás lo reconocería pero un pequeño caldeo en sus sentimientos sintió. Era fuera de lo común ver su rostro llenó de felicidad, una que casi nunca demostraba o sentía. Así era ver a un Jim muy distinto a su maniática forma de ser. Y este Jim, como el otro, también le gustaba.

Todo cambió. Su rostro se transformó, y lo que veía no le gustaba. Para nada. Su cara por un maldito instante estuvo desprovista de toda emoción, algo impropio en Jim, aun cuando estos fueran actuados. Sus ojos se escurecieron. Pesados sentimientos tiñeron sus facciones, un conjunto de emociones mostró su rostro, una después de la otra, con una fluidez, casi, antinatural. Demasiado extraña en Jim, su rostro adquirió una máxima expresión y su mirada se perdió en el vacío infinito, él ya no miraba el techo, estaba seguro, sus ojos observaban algo más, algo ajeno a él, pero por completo conocido para el castaño. ¿Qué era lo que lo tenía así? No lo sabía, y el desconocerlo le enfadaba. La imagen que Jim representaba era totalmente perturbadora, era la soledad misma, el vacío de la nada, él se miraba completamente solo, un pasaje desolado, uno que un muchacho de su edad no debería ser capaz de representar ni conocer, no debería. Se observaba perdido, totalmente, atrapado en una situación mental que sólo él podía controlar. Le provocaba cierta impotencia. Saltó, ligeramente en su lugar, al ver aparecer una sonrisa maniaca en sus labios, su mirada que, sin dejar de estar perdida, adquirió un toque de salvajismo fuera de lugar, como si estuviera viendo a un desquiciado. Se tambaleó de nuevo, pero no paró. Su rostro dejó esa expresión pero siguió siendo multifacética. Cuando pensó que todo estaba volviendo a su cauce una risita histérica se escuchó de Jim, quien al parecer era un tanto consiente de sus acciones, creía saber que eso tenía que ver con lo que su mente le mostraba. Recuerdos, posibles recuerdos, unos de su infancia malograda, de la soledad de su niñez y, en definitiva, una adolescencia problemática, que cómo lo sabía, porque veía y observaba lo que muchos pasaban de largo, juntaba las pistas que a veces Jim soltaba, las recogía y analizaba, encontrado con cada pista al verdadero Jim, una pieza más en el rompecabezas. En una fracción de segundo paró, pero fue tan pequeño el instante que si no observara creería haberlo imaginado, uno que cambio de nuevo todo. La mirada de Jim regresó al presente, su cara se volvió neutral, libre de cualquier impresión causada por su pasado, por su mente, la tensión dejó su cuerpo, todo en un pequeño segundo, porque después siguió dando vueltas entre una risa fresca y alegre, la de un niño travieso, uno que planeaba una travesura, esperando el momento indicado de soltarla. Sonrió, una diminuta, de lado, esto si le gustaba, aquí si tenía poder para actuar, era terreno conocido.

—Sino parás vomitarás, Jim.

Jim se detuvo al acto, Sebas había llegado, una sonrisa gigante, tan parecida a la del gato de Cheshire se extendió en sus labios. Y Sebastian supo que la travesura había llegado.

—Qué tramas, Jim —la sonrisa de él se extendió más si se puede decir, y con paso inseguro, obviamente por el mareo y los narcóticos, avanzó a su encuentro.

—Nada de lo que te tengas que preocupar, Sebas—. Arqueó una ceja, como muda respuesta. —Sólo un pequeño deseo mío, nada que no seas capaz de cumplir—. Le dijo dándole un pequeño y juguetón beso en la barbilla para luego morderla.

Bueno si lo pensaba bien, ésta oportunidad podía valerle para sus propósitos, tratar de que Jim ya no consumiera drogas, no después de ver la escena minutos antes ocurrida, o al menos sólo en su presencia. Con cuidado asintió, Jim entendió el mensaje.

—Con una condición: parás toda esa mierda de las drogas, dejarás de consumir a menos que sea en mi presencia o de lo contrario te arrepentirás y sabes que no estoy jugando, James.

Era una sentencia en toda la regla, el que lo llamara James ya era decir mucho, no tenía nada que perder con aceptar, y ganaba mucho al hacerlo porque se aseguraría de que Sebastian jamás se olvidaría de él, aun cuando lo abandonara, pues llevaría tatuado su nombre permanente, y si acepta sin renuencia también llevaría el suyo. Una pertenencia mutua.

—De acuerdo. Lo que tú quieras, Seb. A cambio dejarás que hagan una modificaciones en tu tatuaje, a mi manera, estamos de acuerdo—. Su voz cariñosa, persuasiva y con toques de sensualidad. Aceptó, si Jim podía ceder, él también. Jim aplaudió con energía y gustoso. —Genial, Sebas, llévame, lo cambiaremos ahora.

Con un seco cabeceo lo condujo a la salida, montaron su motocicleta con rumbo al lugar.


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Decir que estaba sorprendido era poco. En verdad Jim era una caja de sorpresas, una ruleta rusa, nunca sabías con que te saldría después. Las modificaciones en su tatuaje ya se las imaginaba y no estuvo errado. Ahora su tigre era propiedad de Jim Moriarty, como presentía que Jim pensaba de él, que era su dueño, de cierto modo, y no podía negarlo, no del todo, y los relieves ahora eran cadenas de espinas o sólo cadenas, pero lo mantenían atado al collar con el nombre de Jim. Lo que nunca esperó fue que Jim tatuara su piel, ¿por qué debía hacerlo? No tenía ningún compromiso, él fue el que prometió modificar su tatuaje, así lo hizo. Pero el genio, con su mente siempre trabajando, decidió que también debía tener uno, y era hasta casi poético su tatuaje y el lugar donde lo pidió. Se lo hicieron en el pecho a la altura del corazón. Una araña luciendo imponente con una pequeña y casi invisible corona colgando de su cabeza, posada en una extensa telaraña con un nombre en medio de ella, como si fuera la presa, justo debajo de la araña y el nombre era suyo, rezaba: Sebastian Moran, así sin más escrito a tinta roja. Uno carmín, como la sangre.

Entonces Sebastian lo supo, ya no tendría escapatoria. Estaba a entera disposición de Jim Moriarty, como el cartel de su tigre rezaba, era de su propiedad. Y no sólo eso, sino que también era responsable de Jim, lo que a partir de hoy le pasaba era completamente responsabilidad suya.

El acuerdo estaba firmado y era uno de carácter irrevocable.

Notas finales:
Gracias por leer.

Me encantaría que si lo leyeron me dejaran un comentario, de que estuvo mal o que necesito mejorar o quizá de lo que les gusto, sean respetuosos eso sí.

El prompt del día de hoy fue: tatuaje(s).

Bien sigo sin beta, perdón por los errores, trato de hacerlo lo mejor que puedo.

El prompt de mañana es: Música de los 50's/60's (a elección del autor cuál época usa).

Nos vemos.

Lizie
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Noticias
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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 38 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 53 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

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Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 134 Comentarios