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Notas del capítulo:
Segundo capítulo, espero que les guste ^^
CAPÍTULO 2

A diez meses de “eso que nunca sucedió” creía que había recuperado mi vida. Cumplí los dieciséis, los cuales festejé con una mega fiesta en el campo, con demasiado alcohol y creo que algunos amigos llevaron drogas. Como mi familia tenía una casa perdida en medio del campo podíamos hacer todo el ruido que se nos diera en gana y mientras limpiáramos al día siguiente no había problemas. A mi madre no le gustaba, pero mi padre me autorizaba porque era según era un rito que todo muchacho tenía que pasar, el emborracharse como una cuba, debutar con una prostituta, romperse la cara a golpes con otro, etc. “Boys will be boys” decía mi madre como para convencerse de las estupideces que su marido sostenía.

Mi madre sabía, sabía que esa educación no estaba bien. Ese modelo sexista que mi padre reproducía en nuestra casa porque a él lo habían educado de esa manera. Los hombres se comportaban y hacían tales cosas, las mujeres otras. Mi madre cubría a Mía cuando tenía un novio esporádico, la cubría cuando salía a bailar y se llevaba un bolso con ropa más sexy de la que mi padre aprobaba y cuando empezó a tener sexo le compraba las pastillas anticonceptivas a espaldas de su marido. Yo sabía que todo eso estaba mal, que yo tenía libertades que mi hermana no, que me veía rodeado de privilegios por el simple hecho de tener órganos reproductivos que colgaban. Y lo sabía porque Javier así me lo había enseñado… Pero como Javier en teoría no existía hace diez meses hacía la vista gorda de todas esas cosas.

Pasé de curso… arañando, mis notas fueron pésimas y mi comportamiento iba en picada con ello. Me creía un adolescente normal como todos los demás, pero era un completo desastre emocional. Pese a que había dado por sepultado todo el asunto “que no había sucedido”, estaba marcado, estaba roto por dentro y la herida nunca había sanado. Creía que no hablar del tema equivalía a dejarlo morir, si no lo recordaba entonces era como si no existiera. Pero la violación existía y me dañaba día a día, y yo lo manifestaba sin darme cuenta pero de forma muy obvia para los demás.

No tuve novias, no quería novias, me sentía incapaz de conectar emocionalmente con otra persona. Lo que sí tenía eran acostones, me buscaba a las chicas más “fáciles” del colegio o a las que nadie quería, en una época me cogía a la más linda de la clase que llevaba años prendida de mí. Sin embargo… me ponía un poco violento durante el sexo, no toleraba que se pusieran encima de mí siquiera para besare, no soportaba que la otra persona pretendiera tener el mínimo control, yo tenía que estar al mando, yo tenía que tener control de toda la situación. En varias ocasiones me encontré sujetando las muñecas de alguna contra su peque con fuerza, sometiéndola de alguna manera y hasta que no se echaban a llorar no me daba cuenta de lo que estaba pasando. Sin darme cuenta revivía lo que me había pasado pero trataba de ser yo quien hacía el daño y no quien lo recibía.

El problema era que las chicas hablaban y eventualmente eso llegó a oídos de mis amigos.

—Tenés que bajar un cambio, boludo —me dijo uno durante el recreo—. Yo sé que uno se deja llevar, pero pará un poco porque las minas se re asustan. No vas a poder coger más si seguís así.
—Exageran. Se dejan llevar hasta ese momento y después dicen que no, eso no cuenta —era mi respuesta, mi terrible respuesta.

Como si eso no alcanzara para darme cuenta de lo mal que estaba, también estaba el hecho de que dormía mal… muy mal. Había noches buenas en que no tenía ningún sueño o al menos no los recordaba, pero la mayoría consistían en no poder dormir, dormir poco y luego despertarme angustiado, entre pesadillas y llantos. Y el único motivo por el cual mi madre no me llevaba al médico era porque mi padre decía que ya se me pasaría, que los chicos no necesitábamos un loquero para que nos enseñara a dormir y mucho menos los Garibaldi íbamos a empastillarnos para ello. Que yo sabría corregirme solo, porque era hombre y era su hijo, y esos dos factores me daban habilidades por encima del humano promedio.

Luego estaba el asunto de que… respondía muy mal a los hombres adultos, ni bien comencé el curso estuve siete veces en dirección y otras más en detención, porque cuando un profesor me levantaba la voz o se acercaba demasiado yo reaccionaba de la peor de las maneras. Contestaba con insultos, me ponía de pie para que el otro no estuviera por encima de mí y le hacía frente. Mis padres tuvieron que ir a varias reuniones con la psicopedagoga, y mi padre siempre tenía una respuesta para cualquier comentario: “Es un adolescente, así son los chicos”.

Cuando ese tipo de respuestas aparecían… me era imposible no recordar a Javi, me hacía una bolita en la cama y recordaba la cantidad de veces que me había dicho que mi padre era producto de una educación que ya estaba en decadencia pero que se negaba a evolucionar. Javi… Javi intentó contactarme un par de veces luego de que cerré toda cuenta donde pudiera ubicarme. Primero a través de Mía y luego por carta, ni siquiera leí lo que me envió, sólo le respondí que me dejara en paz, que no tenía interés en él y que quería seguir mi vida sin que me interrumpiera. Desde entonces seis meses habían pasado y no había vuelto a tener noticias sobre él.

Me negaba a aceptarlo… pero lo extrañaba, lo extrañaba horrores. Muchas veces me dormía llorando pensando en él, y a la mañana siguiente me despertaba con dolor de cabeza y el peor humor del mundo.

*-*-*-*-*

A mitad de año mi colegio organizó una serie de charlas y paneles por diferentes profesionales, la mayoría eran padres de muchos de los propios estudiantes. Era un momento que para la mayoría resultaba aburrido y para pocos interesante. Esos profesionales estaban allí para hablarnos sobre sus carreras y así despertar el interés de algunos. Se trataba de un plan para nuestro futuro, ver si nos interesa algo y empezar a quitarnos las dudas al respecto.

Era el tercer día de esas charlas, me dejé caer sobre la silla con un suspiro que denotaba lo hastiado que estaba, apoyé los pies en la silla de enfrente casi puerteando el trasero de la chica que se sentaba allí –y que no se quejó al respecto- y me dediqué a navegar en internet con el celular. La charla comenzó y no le presté atención, hasta que una voz grave y vibrante se hizo escuchar.
—… soy fisioterapeuta y vamos a hacer esto lo menos doloroso que sea posible.

Alcé la vista y contemplé al hombre que abandonaba su seguro lugar tras la larga mesa del panel y empezaba a pasearse delante de los estudiantes. Era alto, muy alto, tenía el cabello negro y enrulado, un corte de rostro muy masculino, espalda y pecho muy amplios, la barba negra cubría su fuerte mandíbula y sus ojos eran marrones y profundos. Tenía ese aire turco, sí, como sacado de una película árabe… una porno árabe más bien.

No podía dejar de verlo, iba y venía gesticulando, haciendo reír a mis compañeros y sonriendo encantador. ¿Qué tendría? ¿Cuarenta años? Eso me hizo estremecer recordando a aquel que me había hecho “lo que no había sucedido”, pero a diferencia de ese monstruo… este hombre era diferente, era… encantador, pero literalmente encantador. Bajé la vista varias veces cuando sus ojos oscuros se encontraron con los míos. Y cuando miraba hacia mí sonreía y permanecía con la vista fija al menos cinco eternos segundos. Pero me convencí de que no era por mí, era por la chica que estaba delante de mí que luego de esas miradas se reía nerviosa. Sí, tenía que ser a ella.
Cuando terminó la charla nos levantamos para irnos, y nuevamente cruzamos miradas… y esta vez sabía que era para mí. Avergonzado, salió del auditorio sin mirar atrás aliviado de que esa fuera la única vez que vería a ese hombre cuyo nombre ni siquiera conocía. Desgraciadamente me enteré de quién era…

Se llamaba Mario y era el padre de un par de gemelas del otro curso, estaba separado y tratando de solucionar las cosas con su mujer antes de recurrir al divorcio. Las chicas hablaron semanas enteras de él. Y yo… yo traté de ignorarlas pero terminaba escuchando sin quererlo.
Una noche llegué a casa después de deportes, mis padres se estaban gritando. Hace poco habían empezado con eso, con peleas una detrás de la otra, con discusiones que iban subiendo de nivel cada vez más y hasta encontronazos mientras estábamos cenando. Siempre terminaba en mi padre yéndose tras un portazo y mi madre llorando en el cuarto. No sabía por qué peleaban, tampoco estaba seguro de querer descubrirlo.

Subí a la segunda planta y encontré a Mía llorando en su cuarto.

—Hey… ¿estás bien? —pregunté sentándome a su lado.
—No… ¿por qué tienen que pelear tanto? —lloró ella abrazándose a mi pecho.
—No sé… pero no te pongas mal, ya va a pasar.
—Sí, supongo que sí.

Su celular empezó a vibrar y ella contestó, en cuanto empezó a conversar con quien estuviera del otro lado su rostro se iluminó. La dejé sola para ir a cambiarme a mi cuarto, y cuando regresó ya mucho más tranquila y sin lágrimas empañándole los ojos no pude evitar preguntarle quién había sido el de la llamada.

—Era Javi.
—¿Seguís… seguís hablando con él? —pregunté lo más imparcial que pude.
—Obvio, que vos te lleves mal no significa que yo iba a cortar contacto. Me hace mucho bien hablar con él, me tranquiliza mucho.
—Como sea…
—Ian… ¿por qué le cortaste el rostro así?
—Porque es un puto que trató de levantarme.
—¡Ian!
—Quedate con tu amigo gay, a mí no me lo vas a imponer.
Molesta, salió de mi cuarto dando un portazo. Yo me metí en la cama y apagué las luces…

Javi seguía hablando con ella. ¿Tanto la quería? Obviamente estaban en su derecho a ser amigos, por supuesto, pero no podía evitar desear que… que Javi hablaba con ella porque esperaba que eventualmente eso me llegara, o quizás porque al ser gemelos me veía en ella. Eran deseos contradictorios y narcisistas que me obligaba a dejar de lado, porque Javi era parte de todo lo malo que me había sucedido casi un año atrás.

Los hombres, los hombres haciendo cosas juntos eran un mal y yo había tenido una prueba directa de ello. Hombres como Mario… sí, como ese sujeto que se veía muy atractivo y encantador pero seguramente debía ser un violador como todos, como todos los demás. No importaba lo encantadora de su sonrisa o lo atractivo de su rostro… o lo sensual de su cuerpo e imponente de su altura ¡nada de eso importaba! Me giré en la cama hasta quedar boca abajo, molesto, frustrado… y excitado. Sentía mi pene duro presionando contra mi estómago, estaba totalmente azorado y mortificado por eso, y aún así… no podía evitarme moverme y moler la pelvis contra el colchón sintiendo entre el dolor y el placer aquello.

Llevé la mano hacia abajo, todo el tiempo diciéndome que no, que eso estaba mal, que no podía caer en eso… pero no pude evitar separar las piernas y elevar un poco la cadera mientras me tocaba.

Me dije que sólo me tocaría, sí, sólo tocarme… pero la sonrisa de Mario me asaltaba. Tanto había pegado en mí su mirada que pensaba en él mientras me tocaba y mecía la cadera. Pensaba que debía tener un cuerpo grande y recubierto por un vello negro, que debía ser un hombre deportista y firme, que debía tener una verga grande…

—¡Ah!

Tras un gemido me corrí sobre las sábanas, jadeante y tembloroso me eché a llorar. Estaba tan avergonzado, tan avergonzado como aquella vez que me toqué viendo esa estúpida porno gay meses atrás.

*-*-*-*

Pasaron los días y me encontraba en clase de deporte. Como se esperaba de todo argentino jugaba bien al fútbol, era una persona demasiado competitiva así que ponía todo en la cancha para ganar. Luego de un partido entero estaba en el bebedero mojándole la nuca y dejando que el agua resbalara por mi rostro cuando escuché los gritos y las burlas. Alcé la cabeza y vi a chicos de años adelantados molestando a otro, lo empujaban de uno a otro como si se pasaran un bulto.

—¡Dale, puto!
—Es tan maricón, pobre.
—¡Putoooooo!

Era algo que siempre había sucedido, los mayores molestando a alguien por lo que fuera. Entre hombres era más común y sencillo agredirse por la orientación sexual, y en el caso de Diego era muy obvio que era gay. Era un chico lindo, rubio y de ojos marrones que tenía ciertos comportamientos amanerados que lo delataban. Se llevaba muy bien con las chicas y tenía pocos amigos varones, y eso parecía molestar a los grandotes de último año.

Lo empujaron hasta dejarlo en el suelo y le rompieron la mochila dejando que se cayeran las cosas al barro de la cancha. Me sentí incómodo observando todo aquello… y elegí dar media vuelta e irme.

—¡Eh, Garibaldi! —me llamó uno, y me detuve con el corazón en la boca temiendo que también supieran de mí.

Estaba a punto de negarlo todo, que yo no era así, que no me merecía su maltrato y acoso, que no podían culparme por lo que un degenerado “no me había hecho porque eso nunca había pasado”.

—Nos falta uno ¿te sumás?
—Sí, sí, dale.

No iban a golpearme o discriminarme, me sumaban a su grupo y me consideraban lo suficientemente bueno como para jugar al lado de los chicos mayores. Pasé al lado de Diego sin siquiera mirarlo, y sentí que había esquivado una bala cuando él había ido directamente al paredón. Pero sobreviví y eso fue lo importante.

Jugué un medio tiempo con ellos hasta que el profesor nos mandó a las duchas porque ya terminaba el horario. Estaba agotado, había corrido demasiado pero al menos había metido tres goles y los chicos mayores me habían palmeado la espalda de manera masculina, le habían revuelto los cabellos y habían compartido sus códigos de compañerismo conmigo.

En las duchas me relajaba, cerraba los ojos y dejaba que el agua se llevara la mugre y el cansancio. Luego me iría a casa, ignoraría los gritos y peleas de mis padres, me metería en la cama y dormiría en paz dispuesto a enfrentar un nuevo día. Pero no pude… porque ALGO tenía que pasar, algo a lo que ya no pude hacerme la vista gorda y pretender que nada estaba sucediendo.

Escuché las risas de los demás y las quejas de Diego, suplicándoles que le dejaran en paz. Me concentré en enjuagarme el cuerpo para salir rápido de allí, pero entonces… uno tuvo que decir algo que pulsó los peores botones dentro de mí.

—Si sos un putito, es obvio que te encanta mirar pijas en el vestuario ¿no? ¿No querés que alguien te coja? ¡Lo estás deseando, maricón!
—¡No! ¡No, SOLTÁME!

Me giré y vi con horror cómo todos estaban desnudos, uno sostenía a Diego contra el piso y le levantaba las piernas mientras otro se colocaba encima. Todos los demás miraban y se reían, ¡miraban y se reían! No pude contenerme, salí de la ducha y coloqué una patada directo en la cara del que estaba por violar a Diego.

—¡¿Pero qué te pasa, pendejo de mierda?! —me gritó el que lo había sostenido, Diego consiguió zafarse y desnudo como estaba salió corriendo del baño.
—¡¿Qué te pasa a vos?! —contesté colérico—. ¡¿Sos pelotudo o te hacés?! ¡¿Cómo se te ocurre ayudar en una cosa así?! ¡Y todos mirando, putos de mierda! ¡¿Qué tienen en la cabeza?!

Mientras les ladraba lo asquerosos que eran, lo violadores y demás, no me percaté de que quien había recibido la patada se puso de pie y me atacó por detrás, me abrazó y elevó en el aire para arrojarme contra los lockers. Mareado, me puse de pie y embestí como un loco contra él. Los demás vitoreaban alentando la pelea, yo no veía más que rojo, estaba ciego de ira, ni siquiera sentía los golpes o las veces que me caía.

Antes de que la cosa llegara a mayores llegaron dos profesores, entraron a los gritos y nos separaron. Yo tenía un labio partido, un ojo morado, un corte en la cabeza y luego me di cuenta de que me había esguinzado el pie en una caída. El otro estaba mejor, pero al menos su orgullo apaleado e iba enfrentarse a serias consecuencias por lo que casi le había hecho a Diego, y esta vez… yo iba a contar todo lo que había visto.

Llegué a casa gracias a un profesor, en la enfermería del colegio me atendieron bien pero mi pie estaba hinchado como una pelota de tennis. Para una persona tan activa como yo era la muerte no poder hacer deporte, especialmente porque estaba determinado a soltar toda la agresividad que tuviera acumulada a través del ejercicio.

—Vas a tener que ir a un fisioterapeuta —me decía el profesor ayudándome a entrar a la casa—. Podrías ir con Aón, es el mejor que conozco. Es padre de las gemelas Aón, ¿te ubicás?
—Sí… pero veré qué me dicen mis viejos, la obra social y eso. Gracias.

Cuando mi madre me dijo que efectivamente iba a enviarme a la consulta de Mario Aón supe que el destino estaba accionando de nuevo, que eso no podía ser coincidencia. Y ya desde mi experiencia con Javier y Marco había aprendido que apenas apareciera una ventana de escape tenía que tomarla sin dudarlo un instante, porque luego me vería atrapado en una vorágine de sensaciones y sentimientos que no me dejarían huir.

*-*-*-*-*

La tarde siguiente al altercado mi madre me dejó en la puerta del consultorio de Mario, con una cita programada y todo. Respiré hondo y entré, la secretaria me dejó pasar de inmediato, Mario me abrió la puerta… tan alto y encantador me pasó la mano por la cintura y me ayudó a subir a la camilla donde apoyé ambas piernas. Tenía el pie tan hinchado que no podía ponerme una zapatilla.

—Pisaste muy mal —me dijo con preocupación admirando la deformidad que era mi pie.
—Sí… es que me cagué a piñas con un tarado ayer —contesté orgulloso—. Estaban molestando a otro chico.
—Todo un héroe —me sonrió mientras se humedecía las manos con un aceite y empezaba a frotarme el pie, me tensé y casi retiré el pie, pero con paciencia él lo sujetó y siguió con los masajes—. Tenés una hemorragia, así que vamos a hacer lo siguiente: quiero que te pongs mucho hielo hoy y lo mantengas en alto. Nada de moverte mucho, sólo necesario. Y vamos a hacer un cronograma de sesiones para que vengas.
—Ok… ok.

Mientras Mario hablaba mi pecho se estremecía, tenía una voz grave que me hacía temblar. Era conciliadora y agradable, y además estaban esas manos grandes y cálidas que se deslizaban suavemente por mi pie, que acariciaban mi piel herida y sanaban la inflamación. Irme fue tan difícil pero a la vez estaba desesperado por abandonar ese consultorio, estaba tan sofocado.

Llegué a mi casa totalmente azorado, a tiempo para ver salir a mi padre hecho una furia y ver subir a mi madre al cuarto entre lágrimas. Era egoísta y realmente no tenía espacio en la cabeza para preocuparme por la relación de mis padres, eran adultos que se suponía podían resolver todo eso… se suponía. Por mi parte sólo subí a mi cuarto y me metí en la cama, no llegué a seguir el consejo de Mario porque estaba demasiado incómodo con la erección entre mis piernas como para preocuparme por ir por hielo y luego elevar la pierna. En lugar de eso… me toqué, otra vez me toqué pensando en él. ¡Lo odiaba! Lo odiaba tanto, lo odiaba por tener ese algo que quién sabe por qué me atraía y me estaba sacando de ese buen camino que me había trazado.

Cual idiota ignoré mi propia determinación y no escapé de eso. Sabía que tenía que hacerme a un lado y buscarme otro médico… pero me quedé, me quedé y con eso casi firmé mi sentencia de muerte de allí a los siguientes dos años de mi vida.

*-*-*-*-*-*

La fisioterapia duraba una semana, tenía que ir todos los días para que Mario me hiciera unos masajes en el pie, luego le colocaba electrodos o algo así, y finalmente lo colocaba dentro de lo que parecía un minitomógrafo, no estaba seguro, recuerdo que vibraba y me daba un agradable calor en el pie. La inflamación fue bajando poco a poco aunque la hemorragia que se había manifestado en un cardenal espantoso, deforme y muy vistoso seguía allí, por ello necesitaba los masajes.

Cada vez que esos grandes dedos varoniles realizaban su trabajo su me iba al cielo. Me sentía… demasiado bien, especialmente porque Mario conversaba conmigo. Hablábamos de todo, era una de esas personas adultas con las que rara vez alguien adolescente se lleva bien, demasiado bien. Después de mi tercer sesión nos reíamos a carcajadas, nos gastábamos bromas y hablábamos de todo, de casi todo al menos. Él me hablaba de los problemas con su casi ex mujer, y yo le hablaba de los problemas que había en mi casa.

—¿Por qué no te acercás al chico que defendiste? —me pregunto durante nuestra última sesión.
—Porque… no sé, no lo conozco bien. Bah, somos compañeros, nada más.
—Pero se ve que le hace falta un amigo ¿no te parece?
—Tiene amigos. Todas las minas están alrededor de él siempre —me reí mientras contemplaba embelezado cómome vendaba el pie.
—Sí, pero creo que marcaría una diferencia muy grande si vos fueras su amigo. Sos popular con las chicas y los chicos por igual. Le harías un bien.

Me encogí de hombros tratando de que pareciera que era más indiferencia que miedo, porque seguía teniendo miedo a que la gente pensara que yo era como Diego. Si mi papá siquiera sospechara tal cosa me mataría a golpes… y ya toda la idea de imaginarme eso me afligía y empezaba maquinar los peores escenarios como había hecho alguna vez.

Nuestra sesión terminó, elevado en una nube de bienestar por lo relajado que sentía el pie y a la vez por haber hablado con Mario, no importaba de qué conversáramos, escuchar su voz me hacía sentir tan bien… y tan culpable al mismo tiempo. Pero con lo mal que estaban las cosas en casa me decía que me merecía un mimo, un capricho de vez en cuando y que de todas formas ya se terminaba… ya se terminaba en ese momento.

Como estaba mal del pie pese a las sesiones, mi madre me prestó su auto. Tenía un carnet provisorio que se podía sacar a partir de los dieciséis y con autorización de los padres. Manejé de regreso a casa, metí el auto en el estacionamiento que había en la esquina (ya que en casa no teníamos espacio) y caminé despacio hacia mi hogar. Metí la llave y abrí muy despacio, como era la hora de la siesta no quería provocar malestares al despertar a mis padres con lo escandalosa que era la puerta.

Entré y cerré con el mismo sigilo, estaba por dirigirme a mi cuarto cuando escuché ruidos provenientes de la cocina. Con la inocencia de un niño me asomé porque los sonidos me hacían pensar en alguien que se había herido, y al asomarme… encontré a mi padre cogiendo con una mujer en la mesa, en la mesa donde todos los días su familia comía. Y si acaso no vomité en ese mismo instante fue porque estaba en shock, porque esa mujer no era mi madre, esa mujer que presionaba sus enormes senos contra la mesa donde yo desayunaba todos los días no era mi madre, esa mujer que mi padre estaba montando desbocado NO ERA MI MADRE.

—¡¿Qué hacés?! —exclamé cuando por fin pude reaccionar.

Ambos se detuvieron, ella gritó y se movió hacia un lado tratando de cubrirse, él se llevó las manos a la entrepierna y abrió la boca sin decir nada.

Negué repetidas veces con la cabeza y salí de la casa. Estaba afectado, muy afectado por lo que había visto. Era tal mi sorpresa, mi odio y mi indignación que eché a correr. Ni siquiera pensé a sacar las llaves y llevarme el auto otra vez, no, corrí por las calles como si una horda de zombis me estuviera persiguiendo. No pensé en el dolor del pie, ni siquiera sentía las piernas o el suelo debajo de mí, sólo corría espoleado por el enojo.

Y sin darme cuenta me encontré golpeando sin descanso la puerta del consultorio de Mario, él abrió y al verme sudado, jadeante y con los ojos llenos de lágrimas me dejó entrar de inmediato. La consulta ya estaba cerrada, no había ni pacientes ni secretaria.

—Se la estaba cogiendo, se estaba… —jadeé llevándome las manos a la cabeza—. ¡Estaban en la cocina! En la mesa… en la mesa donde nosotros comemos, ahí desayuna mi hermana y mi vieja… mi vieja no sabe nada. Y él…
—Ian, Ian, shhhhh —le sujetó por las mejillas y me hizo mirarlo—. Despacio.
Respiré hondo, me perdí en sus ojos oscuros y me sujeté de sus muñecas.
—Mi papá se estaba cogiendo una mina en la cocina de mi casa —lloré finalmente.
Mario me abrazó, me sumergió en su pecho fuerte y masculino, y yo me perdí en su calor y en su olor. Me dejé embriagar por todo lo que él representaba, no sólo ese hombre atractivo que me culpablemente me gustaba, también ese modelo de hombre que yo había perdido en mi padre. Pese a todo, mi padre había sido mi adoración, ese modelo de persona al que yo aspiraba sin pensarlo dos veces, ese modelo de hombre que yo quería alcanzar, mi padre era mi dios y yo le rendía culto como cualquier creyente ciego a todo lo demás. Pero después de verlo en esa mesa con esa mujer… toda la imagen se desmoronaba, el tótem caía con todo un peso lleno de mentiras y farsas.
Mario… Mario de repente era todo eso que mi padre había dejado de ser.
Me sentó en la camilla y me acercó un vaso con agua. Bebí tembloroso, sentí sus pulgares cálidos en mis mejillas secándome las lágrimas y luego que me quitaba la zapatilla. Mi pie estaba hinchado de nuevo.
—Vine corriendo… no estaba pensando —me disculpé bajando la cabeza.
—Vamos a tener que empezar de nuevo con las sesiones —me sonrió acariciando con tal cuidado el empeine, como si mi pie fuera a romperse en cualquier momento—. Relajate, vas a tener que volver a tu casa.
—Estoy muy enojado y triste ahora… no puedo… No puedo dejar de pensar en lo que vi.

Me revolvía el estómago.

Mario me sonrió y me acarició el pie, y ante mi sorpresa se inclinó y le dejó varios besos. Me estremecí al sentir sus labios secos y la barba contra mi piel. Tenso, contuve la respiración y lo miré intrigado. Cuando él se irguió, abrí la boca pero no me salió nada para decirle, mucho menos cuando se inclinó y me besó en los labios.

Era la primera vez que un hombre me besaba desde… desde él. Y en cuanto reconocí su existencia, en cuanto dejé de pensar en él como esa persona que nunca había existido y que no me había hecho nada… todo vino de golpe, todo vino con una fuerza arrolladora que embistió contra mi pecho y me hizo llorar contra la boca de Mario. Él se retiró, preocupado y asustado por mi reacción, pero yo no pude hacer más que aferrarme a su camisa y echarme a llorar desconsolado… totalmente desesperado, dejando salir todo eso que había suprimido por diez meses. Lloré como un niño aterrado contra el pecho de ese hombre que por alguna razón me hacía sentir seguro y protegido. Mario me estrechó contra su cuerpo, me abrazó con fuerza y me frotó la espalda hasta que ya no me quedaron lágrimas y mi respiración se volvió demasiado afectada.

—U-un…tipo… me violó el año pasado… —tartamudeé finalmente.

Lo sentí abrazarme más fuerte, y entonces empecé a contarle todo. Le hablé de Javier y luego de lo que sucedió en el hotel con Marco. De cómo dije que sí hasta que dije que no pero no importó, de cómo me desgarró por completo y estuve una semana sin poder levantarme de la cama, de cómo no podía dormir hasta la fecha y negaba todo lo sucedido pero me afectaba de mil maneras por mucho que pretendiera que no era real.

—Nunca lo denunciaste…
—No, no, no —contesté sin separarme—. No quise saber más del tema, no quiero saber más del tema. Quiero enterrarlo de una vez y para siempre.
—Ian… esto es difícil de preguntar, pero ¿te hiciste el análisis de HIV?
—Sí… fue lo primero que hice —suspiré con cansancio, ese había sido mi terror más grande después de temer que volviera a suceder—. No tengo nada, pero lo tengo que volver a hacer dentro de poco.
—Bien, me alegro… Me alegro que hayas hablado, no es sano guardarse una cosa así.
—Claramente no lo es —asentí mientras él me apartaba los cabellos negros del rostro y me acariciaba las mejillas—. ¿Por qué me besaste?
—Porque me gustás —rió avergonzado encogiéndose de hombros—. Debés pensar que soy un viejo verde.
—Lo de viejo está de más —sonreí sonrojado—. De nuevo, besame de nuevo.

Me dio una sonrisa que nunca antes le había visto y luego fue a besarme. Su bigote y barba contra mi rostro se sentía bien, sus labios secos contra los míos y luego su lengua cálida y húmeda. Estremecí de pies a cabeza, se me escapó un suspiro y estrujé su camina húmeda por mis lágrimas. Mario enterró los dedos en los cabellos y se pegó aún más a mí, y me besó, me besó suave y por un buen tiempo hasta que casi no recordaba por qué había estado llorando. Sus besos eran pasionales pero delicados, esa debía ser la forma en que cualquier persona merecía ser besada.

Casi terminé ronroneando cuando los besos se hicieron cortos y dulces.

—Me gustás mucho, nene —susurró besándome la frente.
—A mí… a mí también me gustás mucho —contesté cerrando los ojos.

Me sentí querido, me sentí cuidado… y especialmente me sentí cómodo. No tenía miedo estando con él. Quería quedarme así por siempre, cosa que no podía ser, pero al menos me quedé sentado en su regazo mientras me acariciaba la espalda y conversábamos de otras cosas que no tenían que ver con el altercado en mi cocina. De hecho, hablamos sobre la sexualidad.

—Esto de ser bisexual me re confunde —suspiré jugando con los botones de su camisa—. ¿Vos también sos bi o…?
—No, en realidad soy gay hasta la médula —se rió.
—¿Entonces?
—Soy de otra generación. Negué muchos años lo que era y lo que me pasaba. Y al igual que vos era una cosa impensada charlarlo con mi viejo, impensada. Así que lo suprimí, me forcé a armar la vida como se suponía: estudiar, recibirme, conocer una linda chica, casarme y tener hijos. Caí en el estereotipo del tapado que vive en el armario y sale de vez en cuando a meterle los cuernos a su mujer con otro tipo —suspiró finalmente—. No es la imagen que quería darte, pero…
—Vos no me debés nada —lo interrumpí irguiéndome para verlo—. Además… bueno, no es que quiera darte excusas, pero no es lo mismo meterle los cuernos a tu mujer porque sos un pelotudo que porque no te queda otra. Mi viejo… mi viejo es un cagón.
—Yo también lo soy.
—Pero te estás separando ¿no?
—Sí —sonrió acariciándole el mentón.
—¿Qué? —reí sintiéndome incómodo por su mirada fija.
—Tenés unos ojos… muy lindos, nene, muy indos. Ese día que te vi en la charla hacía lo imposible para no mirarte, pero tenés unos faroles que atrapan.

No era la primera vez que me decían que tenía lindos ojos, pero su forma de decirlo me sonó tan tosca y sincera que no pude evitar demandar un beso más. Mario no era perfecto, estaba lejos de serlo. Tenía dos hijas que casi eran mis compañeras, se estaba separando y me sacaba más de veinte años de edad… Pero yo estaba bien en ese momento, nada más me importaba que perderme en su boca y dejar que el mundo se hundiera.

—Mejor te llevo a tu casa, es tarde —suspiró sin dejar de mimarme.
—Mmhh… sí. ¿Mario?
—¿Mmh? —ronroneó frotando su nariz contra la mía, ese sencillo gesto me llenó el pecho de una hermosa calidez.
—No quiero que esto quede acá. Tengo miedo y me dan nervios. No te pido que seas mi novio ni nada, pero… Quiero que seas un viejo verde un rato más —sonreí finalmente.
—Puedo hacer eso, me gustaría hacer eso.

*-*-*-*-*

Cuando regresé a casa mi padre me ignoró, al día siguiente intentó tener una conversación para aclarar lo sucedido pero me negué a saber o entender. No quería saber por qué le metía los cuernos a mi madre, no quería saber los por qué, era un hombre adulto y estaba en él el por qué hacía las cosas… mi indignación estaba en el hecho de haber llevado a su polvo a nuestra casa. Si hubiera sido Mía en lugar de mí quien los descubriera las cosas hubieran sido mucho peores, porque mi hermana era mucho más sensible y pese a todo idolatraba a nuestro padre.

Además, estaba demasiado pendiente de relajarme y empezar a vivir realmente ahora que Mario estaba en mi vida. Esos diez meses había sobrevivido, me las había ingeniado para que nada me comiera la cabeza… ahora que había dejado salir todo el veneno quería empezar a vivir, a relajarme y disfrutar. Me costaba aceptar muchas cosas todavía, pero al lado de Mario todo era perfecto.

Retomamos las sesiones de fisioterapia, las cuales terminaban en eternas charlas y largos besos que nos dejaban los labios entumecidos. A veces hablábamos sobre el asunto de la sexualidad y demás, hablar con él me dejaba hecho una seda, relajado y listo para enfrentar tanto al mundo como a mí mismo.

De hecho… éramos amigos. Amigos que un día salieron a jugar al basket a una cancha cercana al consultorio. Por la hora no había nadie, la mayoría de los chicos estaban en el colegio o quién sabe, pero teníamos la cancha para nosotros solos. Como mi pie estaba mejor nos dedicamos a jugar un poco. Yo no iba a negarme a ver a Mario corriendo y sudando su camiseta. Ahí estaba la explicación de por qué se conservaba tan bien pese a estar en sus cuarenta largos, tener dos hijas y un trabajo a tiempo completo: el hombre era deportista y vaya deportista, capaz de correr de una punta a la otra siguiéndole el ritmo a un mocoso de mi edad.

—¿Apostamos? —me dijo con la pelota en la mano mientras yo me ataba el cabello.
—A ver —sonreí cruzándome de brazos.
—El que la emboca a mitad de cancha tiene derecho a pedirle al otro lo que quiera.
—Es la peor excusa del mundo para conseguir un favor sexual ¿sabías? —me reí quitándole la pelota y caminando hacia la mitad de la cancha.
—¿Arrugás? —me desafió dándome una nalgada.
—¡Pffff! Voy a hacer que me la chupés —acepté el reto.

Piqué la pelota un par de veces, apunté y me alcé en una perfecta postura. La pelota voló a través de la cancha, rebotó en el aro y fue a parar fuera. Mario corrió a buscarla y regresó a mi lado con expresión triunfante, le saqué la lengua y lo dejé ocupar el lugar. Lo vi prepararse, pegar el salto y lanzar… y encestar limpiamente. Para no hacer tan evidente mi derrota jugamos un rato más, hasta que el pie empezó a pasarme factura y regresamos al consultorio.

Yo sabía que él no iba a cobrarme la apuesta, Mario no me presionaba… pero a la vez yo era muy consciente de que él tenía necesidades y de hecho… yo también. Ya llevábamos casi un mes de esa manera, “juntos”, lo que fuera que eso significara. Yo no le temía, no me sentía incómodo nunca a su lado y mucho menos presionado. Por ello, cuando entramos a su oficina le tomé la mano y lo hice girarse, lo besé con hambre adentrando mi lengua y enredándome a la suya.

Mario estaba sudado y tenía ese fuerte olor a hombre que me excitaba. Tuvo la cortesía de no decir nada, sólo de acariciarme sobre la camiseta sudada. Yo no tuve el mismo tacto, le quité la prenda por encima de la cabeza y acaricié su torso marcado y con la línea de vello negro que bajaba por el vientre hacia la entrepierna. Pegué la boca a uno de los pectorales y bajé lamiendo llevándome el salado sudor con mi lengua. Despacio bajé hasta quedar de rodillas y allí me paralicé.

—No tenés que seguir si no querés —susurró acariciándole los cabellos lejos del rostro.
—No, quiero… pero… No tengo mucha idea —sonreí avergonzado.

Mario se mordió el labio inferior, fue la primera vez que vi el deseo loco que sentía por mí. Sus ojos ardían y en todo su rostro podía ver cuánto me deseaba. Deslizó su mano grande hacia la parte trasera de mi cabeza y me empujó gentil hacia su entrepierna. Presioné la nariz y la boca contra su pantalón y se me escapó un jadeo mientras me apoyaba en sus fuertes muslos. El olor a hombre era intenso y excitante.

—Ah…

Cual adicto froté el rostro contra su entrepierna sintiendo la forma de su miembro cubierto, y hasta cierto punto me atreví a pasar la lengua. Lo escuché resoplar y entonces volví a mirar. Mientras sus ojos oscuros estaban fijos en mí se bajó el pantalón y la ropa interior, su pene largo y grueso me saludó casi de un salto. Me sabía sonrojado y agitado, y hasta estaba seguro de que debía tener los ojos nublados de deseo. Algo en Mario, no sólo lo sensual y atractivo que era me enloquecía, quizás su olor, la forma en que me miraba, quién sabe… pero tenía algo que me despertaba y disparaba mis sentidos.

—Abrí la boquita…

Jadeante por su tono y sus palabras, obedecí y dejé que me delineara los labios con el glande brillante y baboso. Me acarició la mejilla y deslizó los dedos para sujetarle las mejillas sólo con una mano, me apretó la mandíbula y me hizo abrir la boca. Se me escapó un gemido necesitado, cerré los ojos y dejé que fuera metiéndome su verga. Ni siquiera tuve que empujarlo, cuando me vio fruncir los ojos detuvo su avance.

—Despacio, chúpalo despacio —me indicó sin soltarme la cabeza—. Así… muy bien, nene.

Comencé a mover la cabeza, adelante y hacia atrás, acostumbrándome el grosor de ese pedazo de carne y a su sabor. Estaba caliente y era tan duro, el glande babeaba presemen contra mi lengua y yo lo tragaba sin problemas. Pronto empecé a chupar y luego a succionar, y cuando Mario me regaló un deseoso jadeo abrí los ojos para contemplarlo mientras se la chupaba. Le acaricié el fuerte abdomen y me aferré a una de sus piernas mientras me movía más rápido.
No estaba tragando gran cosa, pero me sentía tan excitado.

—Pará, nene, pará —gimió gutural.
—¿Te mordí? —pregunté preocupado.

Él se rió, me ayudó a levantarme y me sentó en la mesa del escritorio. Me besó en los labios de la forma más sensual y prohibida que debía existir, me dejó gimiendo y deseando más. Metió sus manos calientes bajo mi camiseta y con los pulgares me amasó los pezones hasta provocarme un tirón en el estómago.

—M-Mario…
—Shhh… estoy ocupado —sonrió mordiéndome el labio inferior—. Tengo que mimar a un nene muy bonito.

No pude quejarme, jadeé contra sus labios y me dejé tocar… y sólo podía pensar que me tocara más, que siguiera y nunca se detuviera. Más tarde pensaría que no tuve miedo y que ningún recuerdo desagradable vino a mi mente. Quizás era porque lo estaba haciendo porque quería y no porque trataba de demostrar algo o me sentía presionado a ello.
Me bajó lo suficiente el pantalón y el calzoncillo, me masturbó y me comió la boca de un beso intenso que me dejaba sin aire. No dudé en sujetar su propia verga y seguir los mismos movimientos. Me sentía un ignorante, Mario movía la mano de una forma en que me hacía temblar y casi retorcerme en la mesa, mientras que yo sólo subía y bajaba el puño todo lo que podía.

Estaba cerca de venirme cuando sentí que sus dedos bajaban hacia mis testículos, alcé un poco las rodillas y eché la cabeza hacia atrás, sus dedos estaban húmedos y resbalosos por mi propio presemen. Su boca se encargó de lamerme la oreja y recorrerla, escuchaba su pesada respiración tan de cerca y la intercalaba con esas intensas lamidas. Ni siquiera me di cuenta cuando sus dedos bajaron un poco más, para cuando entré en razón los tenía frotando sobre mi ano.

—No… no, eso no, ahí no —casi salté empujándolo por el pecho.
—Shhhh no te voy a coger, relájate —ronroneó contra mi oreja.
—¿Por qué me estás tocando ahí si… si no me vas a coger? —me quejé asustado.

Estaba próximo a echarme a llorar, todo el miedo que no había sentido aparecía de repente, desesperado de terror y decepción porque volviera a sucederme aquello. Pero Mario me acarició la nuca y me hizo verlo.

—No te voy a coger, nene —susurró besándome en los labios—. Te quiero hacer sentir bien y que te olvides del miedo de que te toque acá. Shhh… sentí, despacio…
—N-no… es que… ¡ah!

Abrí los ojos de par en par mirándolo. Estaba usando tres dedos, con uno daba toquecitos sobre mi culo y con los otros dos masajeaba alrededor. Y se sentía… extraño pero bien. Se me escapó un jadeo tembloroso y él sonrió dulce, me besó otra vez y yo volví a masturbarlo con ansiedad.

—¡Ahhh! Ah dios… —gemí cuando sentí que me metió el dedo—. Se siente… se siente muy raro.
—Te va a gustar…

Y me gustó, no sé exactamente qué hizo. Pensé que iba a meterlo y sacarlo, pero una vez que lo metió no lo sacó, lo movió dentro de mí de una manera que me hizo temblar. Lo curvó y casi me hizo gritar de no sé por qué enterré el rostro en su pecho mientras tenía le orgasmo más delicioso de mi vida. Retiró el dedo y llevó la mano hacia la mía, me enseñó a tocarlo hasta hacerlo correrse entre nuestros dedos. Tembloroso y casi drogado de placer vi cómo llevaba esos dedos manchados y esparcía el semen contra mi ano, casi no podía respirar de gusto.

—Chupalos —me dijo contra el oído.

Y sin dudarlo, casi hipnotizado, chupé mis dedos salpicados de semen hasta limpiarlos. Ni siquiera puedo recordar el sabor o la consistencia, estaba completamente borracho de goce y casi elevado en una nube de placer.
Mario me besó otra vez y me miró sonriente.

—¿Te gustó?
—Te… te voy a dejar ganar apuestas más seguido —contesté con una sonrisa boba.
—Ah, ¿así que me dejaste ganar?
—Obvio, es imposible que un viejo como vos me gane en deportes, o sea —reí encogiéndome de hombros y mintiendo descaradamente.

Otra vez me sonrió de esa forma en que me desarmaba, me sujetó y me cargó sobre su hombro para llevarme a la camilla. Entre gritos y falsos insultos, pataleé y le dí de golpes en el trasero… Nunca me había sentido tan feliz en mi vida.

CONTINUARÁ...
Notas finales:
Espero que les haya gustado, denme de comer dejándome su review *w*
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Noticias
Recopilatorio Gratis "9 sonatas literarias!
Vamos a celebrar el Día del Trabajador con un nuevo libro homoerótico escrito por varias grandes autoras, algunas de las cuales las conocéis porque han publicado algunos de sus trabajos en slasheaven.

Son relatos cortos en los que hay de todo, misterio, romance, aventura… y todos y cada uno de ellos relacionado con una canción.

El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

9 sonatas literarias


9 sonatas literarias


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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 38 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 53 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 134 Comentarios