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Notas de la historia:
Hola! Bueno, para ser honesta pensé que ya había subido este fic O_O pero bueno, lo pondré todo porque esta todo terminado xD

Sentía frío, mucho frío cuando desperté en un lugar diferente al cual había despedido la noche anterior. Mis ojos recorrieron la sala blanca con terror. ¿Dónde estaba? ¡Esa no era mi casa, ni mi habitación!

 

Rápidamente me levanté del suelo donde me encontraba arrojado y vi con horror que estaba en una heladera de carnicería totalmente vacía. Me sentía inmerso en una mala broma, en algo que deseaba terminara en pocos segundos. Pero no, eso recién empezaba.

 

-¡Chicos, si son ustedes no es gracioso! –dije con la voz temblorosa, tal vez la noche anterior mis amigos habían decidido enseñarme una lección... ¿Pero qué jugarreta podía ser el dejarme toda una noche muriéndome de frío?

 

Tosí, abrazándome a mí mismo mientras caminaba por la sala cubierta de blanco. Vi mis pisadas descubrir un círculo casi perfecto por la habitación cuadrada, que me encerraba cada vez más.

 

-¡Déjenme salir! –rogué golpeando una pared a mi lado, sintiendo el frío lacerar mi piel igual de helada- ¡Por favor...!

 

Comenzaba a perder la cordura, cuando vi un bulto pequeño sobre el frío suelo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, esa pequeña figura me recordaba a mi hijita, durmiendo en su cuna.

 

Por favor, no... Rogué para mis interiores, mientras mi mano temblorosa se hundía dentro de la escarcha para tomar aquello. Fue una gran alegría lo que llenó mi corazón cuando pude ver que lo único allí presente era una grabadora. Y la alegría se borró al instante en que mis neuronas lograron hacer sinapsis unas con las otras.

 

-¡No! –gemí, llorando prácticamente y con los ojos muy abiertos. ¡Eso era como... en esa morbosa película! Mi corazón se paralizó, aunque seguía esperando que todo fuese una mala, muy mala broma.

 

Mi dedo pálido fue el valiente en oprimir el botón de encendido, dejando que la cinta se moviese muy rápido, más rápido de lo que me hubiera gustado; más rápido de lo que podía soportar.

 

Quiero jugar un juego contigo, Gerard. Toda tu vida has pasado destruyéndote de una forma u otra. Hoy tendrás que aprender las consecuencias de tus decisiones. Una puerta se abrirá y te esperarán cuatro cuartos, en cada uno de ellos encontrarás a alguien que pagó por lo que tú has hecho.

 

-No, no, no, no, no, no, no –hipé, negando con la cabeza. Eso no podía estarme sucediendo a mí, no podía ser a mí que ese desquiciado quería ver muerto. ¡No era justo! Además, ¡se suponía que eso era sólo una película!

 

Una puerta oculta se abrió delante de mis ojos, dejando a la vista otra habitación idéntica a la que me encontraba. Mis pasos fueron temblorosos e inseguros, mi ropa no aguantaría mucho tiempo ahí pero me aterraba lo que pudiera llegar a encontrarme del otro lado.

Cerré los ojos mientras cruzaba el umbral y sólo me atreví a abrirlos cuando escuché la puerta cerrarse con un gran crujido.

 

 

 

-¡Por favor, por favor! –escuché el lamento de una mujer y mi mirada vagó por la habitación hasta encontrar un bulto en una esquina.

 

Corrí hacia ella como si fuera la única salida allí, no quería estar sólo en esto.

 

-¡Señora, tranquila! –dije agachándome a su lado y tocando lo que supuse sería su hombro. Sin embargo, en cuanto hice eso, la mujer me empujó con todas sus fuerzas obligándome a caer sobre el piso. Me había descuidado, en un juego donde podía perder la vida: me había descuidado.

 

Intenté levantarme despavorido, cuando noté que la mujer corría tocando la pared de la habitación. Ella estaba tan presa en ese lugar como yo.

 

-Señora… cálmese –susurré, cuando vi una grabadora colgando en el centro de la sala. ¿Cómo no la había visto antes?

 

Esta vez, y tal vez fue por el hecho de no sentirme tan sólo, tomé la grabadora sin tanto titubeo.

 

Ella es Margaret, sé que no la recuerdas y dirás que no la conoces, pero ella te conoce. No era ciega cuando te conoció, en realidad era una adicta igual que tu. ¿Sabes por qué está aquí hoy?

 

No, no sabía.

 

Tú eres el culpable de que ella esté ciega.

 

La muchacha, mientras arañaba el hielo de las paredes y susurraba cosas in entendibles, me lanzó una mirada y de pronto pude recordarlo todo. Yo estaba juntándome con Bert McCraken de una banda amiga y honestamente estaba metiéndome en cosas peligrosas.

 

Solía pasar noches enteras en discos donde la mitad del tiempo no era conciente de mis actos y el único recuerdo de ello era un fuerte dolor de cabeza al despertar echado a un lado de la acera.

 

Una de esas noches, salí solo a un bar. Planeaba llenarme de tanto alcohol como mi cuerpo pudiese soportar y luego tomarme todas las malditas drogas que pudiera. Sí, lo tenía decidido. Fue entonces cuando me fijé en la cantinera, tenía un pelo cobrizo hermoso y unos ojos tristes que llamaban la atención a metros de distancia.

 

“Hola”, le dije, probablemente más desinhibido gracias al alcohol.

 

Ella me miró y no me dijo nada, sólo sirvió en mi vaso más de lo que yo ya venía tomando.

 

“¿Cómo te llamas?”, intenté otra vez llevar una charla con ella pero me ignoró de forma notable. Escuché que la llamaban y ella desapareció y no volví a verla, o tal vez estaba tan borracho para cuando volvió que no deparé en su ser.

 

Salí del bar tambaleándome cuando ya estaba cerrando y ella me pidió un taxi, supongo que fue ella porque no podía ver nada con claridad.

 

No obstante, en esa sala fría pude recordar casi todo el diálogo que se llevó a cabo en mi presencia.

 

“¡Me engañas!” Por la voz, pude suponer que el hombre a su lado era bastante esbelto, alto y con muy poco cerebro que sólo bastaría para golpearla hasta dejarle esos ojos tristes...

 

“No... n-o es cierto”

 

“¡Vas a pagar, maldita perra!”

 

El sonido de la grabadora al detenerse me hizo volver a la realidad y a nuestro confinamiento en esa sala.

 

-¡Yo no sabía! –Grité, sintiendo que mi garganta y todo mi interior se congelaba lentamente- ¡No quería que eso le pasara!

 

La mujer pareció seguir mi voz y se acercó casi corriendo a mí, derrumbándose en mis brazos y alzando su rostro hacia mí. Yo sabía que esos ojos blancos no podían verme, pero en ese momento fueron los más acusadores que pude conocer.

 

-Lo siento... lo siento mucho...


Sentí algo cálido en mis pies, pero temía bajar la mirada y encontrarme con ácido inundando la habitación o vaya a saber qué locuras. Permanecimos enfrentados largo rato, tanto que pensé que ella ya no estaba conmigo y si no me hubiera escupido, la hubiera dado por muerta. Ahora, si bien su saliva se sintió caliente contra mi rostro que debía estar mucho más pálido de lo normal, noté en sus labios cierto brillo rojo.

 

Llevé rápido una de mis manos a mi rostro y pude observar en mis dedos su sangre.

 

Quise gritar o decir algo pero mis cuerdas vocales estaban congeladas.

 

Su cuerpo se me hizo cada vez más pesado y tuve que soltarlo. Una vez en el frío suelo congelado, noté que en sus manos sostenía un bisturí quirúrgico. Tragué duro, si ella lo tenía era porque yo debía de tenerlo o al menos enfrentarme a él. ¿Margaret se había suicidado para salvarme? Tomé el bisturí de su pecho y observé cómo sus ojos sin expresión miraban hacia arriba.

 

-Lo lamento, Margie –susurré cerrando sus ojos y pensando en cómo salir de la habitación- ¡¿Qué más quieres de mí?! –grité a una cámara en una esquina de la habitación. Mi garganta ardía extrañamente, por supuesto mi voz no era más que un chillido patético. Si hubiera estado en todas mis facultades esa cámara hubiera muerto.

Espere unos segundos, como si el silencio fuera de pronto a abrir la boca. Por supuesto que no lo hizo.

 

De pronto una luz se encendió en mi cabeza. Yo podía controlar como iba a morir, y si el tipo ese de verdad quería enseñarme algo, no me dejaría morir. Tomé el bisturí y lo coloqué sobre mi brazo.

 

-¡Abre la puta puerta o me mato! –Grité, sabía que podía verme.- ¡Ábrela! –exigí haciendo algo de presión, un poco de mi sangre se abrió paso y me temía lo peor: quedar ahí-

 

De pronto, una puerta a  mis espaldas se abrió y sin dudarlo me sumergí en ella. Esta vez la temperatura del cuarto era un poco más elevada y pude soltar el aire que contenía en mis pulmones exageradamente.

 

De nuevo, jalé la grabadora que se encontraba pendiendo de una cadena de hierro en el medio de la habitación pero no me di cuenta que al hacer eso una pasaje de la pared había volteado enseñando a Mikey.

 

 

 

Solía tomar tantas pastillas que a veces se me olvidaba todo a mi alrededor, desvariaba entre posibilidades ficticias y soñaba con mundos donde el cielo era violeta. Así me sentí en ese momento, o tal vez peor. La sangre correría por las paredes si hubiera tomado pastillas, mi hermano me insultaría si hubiera tomado pastillas; la realidad era mucho peor: mi hermano me suplicaba por ayuda, mi hermano lloraba como un niño pequeño. Lloraba tanto o más que cuando mi abuela murió, pero esta vez su llanto tenía un dejo de alivio al verme.

 

-¡Yo no dañé a Mikey! –exclamé acercándome a él, intentando liberarlo pero estaba sujeto por el estómago a la pared.- ¡Mickey! –gemí de dolor, un dolor mucho más profundo y pegué nuestras frentes. Amaba a mi hermano, era una de las personas más importantes en mi vida y yo no lo había dañado jamás. Antes de eso me hubiera cortado un dedo y probablemente tendría que hacerlo en ese lugar, pero no importaba si con eso liberaban a Mike.

 

-G-Gerard... –llamó a mi nombre y sentí que ardía en fiebre- a-ayúdame..

 

-¡Lo haré, lo haré! –sollocé y noté que apretaba tan fuerte la grabadora que la rompería. Me alejé un segundo y apreté el maldito botón con una flecha blanca. Nunca un objeto tan insignificante me había causado tanto pánico en mi vida, mas si no me calmaba y dejaba que un ataque de pánico me dominara, todos moriríamos aquí dentro.  

 

Estoy seguro que reconoces a tu hermano. Y sé que te preguntarás qué le has hecho, pues es sencillo: siempre lo has tapado bajo tu sombra. Tú eras el mejor cantando, dibujando, el líder de la banda. Tu hermano sólo te seguía a todos lados y nunca le has dicho cuanto lo quieres.

 

-¡Yo amo a mi hermano! –grité con odio a quien fuera que estaba haciendo algo así, lo buscaría con todas mis fuerzas y le cortaría la garganta. Si podía salir de ahí...

Por si no lo sabes, Mikey ha estado inhalando un fuerte veneno hace más de una hora y si él muere perderás por siempre la salida de este lugar. La puerta que te llevará al último cuarto se abre con una única llave. Mikey es el único que sabe dónde está esa llave.

 

Me apresuré a palmear las mejillas de Mikey, si no se mantenía consiente nos moriríamos ahí congelados o envenenados o quien sabe que cosas.

 

-Hey... hermano –me dijo notablemente fuera de sí- ¿Dónde estamos?

 

-Mikey, Mikey, ¿dónde está la llave?

 

Rió y su risa me pareció un cántico a la demencia.

 

-¿Me amas, hermano?

 

-Sí... te amo, hermano. –dije como si le hablara a un niño pequeño, porque en esos momentos así me lo pareció-

 

-Me duele... –gimió de dolor, intentando quitarse la cintura de metal que cubría la suya y lo ataba a la pared-

 

-¿Qué? Hermanito... ¿qué duele? –susurré acariciando su frente hirviendo de fiebre-

 

-Mi pancita… duele mucho... –apretó las mandíbulas y se levantó la camiseta. Creo que nunca me sentí tan encerrado como en ese momento. Podía ver una pequeña herida que intentaba cicatrizar en uno de sus costados-

 

-Ooh.. Mikey –apenas pude musitar, con las lágrimas fluyendo libremente.- Vas a sentir algo… de dolor ¿sí?

 

Mi mano temblaba demasiado con el bisturí en la mano, pero en mi mente se formuló un razonamiento: si quitaba la llave de su interior de forma muy cuidadosa, tal vez podría salir de ese lugar lo suficientemente rápido como para enviar una ambulancia por mi hermanito y se salvaría.

 

-Cierra los ojos... –dije en un susurro, como cuando éramos pequeños y tenía miedo al monstruo del armario- yo te cuidaré... –mi voz tembló tristemente y abrí la herida ya hecha.

 

-¡Ah! –gimió Mike, pero como yo sabía que él tenía conciencia de lo que hacia y por qué lo hacía, y apretó su labio.

 

Vi su sangre cayendo por su piel, por el metal y luego al blanco de la sala. Todo parecía tan exagerado... De nuevo, deseé que todo fuese un muy mal sueño, de esos que al despertar solo te acuerdas de dónde estabas y por qué.

 

Me sentí el peor de los seres humano al meter mis dedos en la herida recién abierta, tanteando lo que no quise saber qué era.

 

Sollocé en silencio mientras sentía sus interiores calientes y la sangre correr por mis dedos. Mi mente bloqueó el resto de mi búsqueda, hasta que mis dedos encontraron algo metálico que nada tenía que ver con sus órganos.

 

Tomé la llave y al verla ensangrentada entre mis dedos, me sentí un asesino. Un asesino de mi propio hermano, de mi pasado, de mi presente y de un futuro que jamás sería. Desde ese momento yo no fui la misma persona y jamás volvería a ser el Gerard que el mundo había conocido una vez.

 

Mikey se había desmayado y antes de tocarlo y ensangrentarlo, corrí a abrir la puerta. Si hacía todo de forma rápida, nos salvaríamos antes y lograría enviar ambulancias, policías… algo.

 

La puerta se abrió deslizándose hacia uno de los lados, el hierro frío chilló mientras yo observaba la sangre cayendo de mis manos hacia el blanco suelo.

 

No podría describir mis pensamientos en ese momento, por un lado quería escapar de ese lugar y por otro mi mente sólo podía concentrarse en lo que me esperaría del otro lado de esa puerta.

 

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Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 49 Comentarios
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Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 123 Comentarios