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CAPITULO 12













La angustia corría por todo su cuerpo mientras buscaba por el agua a su pareja. Unas pequeñas burbujas se formaban en una zona un tanto alejada de la suya, corrió hasta esa zona a pesar de su baja capacidad para nadar, tropezó varias veces mientras su cuerpo era tragado cada vez más por el agua.

Tres dedos temblorosos se asomaron a la superficie, fue directo hacia ahí. Una fuerte ola chocó contra él haciéndolo retroceder, el aire empezaba a faltarle, abrió la boca con intención de inhalar oxigeno pero terminó tragando una gran cantidad de agua. Aun así, no se permitiría rendir, empujó su cuerpo, sus manos y piernas recordando las enseñanzas que había recibido. Ya faltaba poco, estaba tan cerca.

“Aguanta un poco más”

Estiró sus brazos lo más que podía para tomar las manos de Ariel.

- ¡Te tengo! -Exclamó con alegría una vez que sujeto su mano que al parecer era la derecha.

Pero esto duro poco, una fuerte impulso en medio de ellos los obligó a separarse de nuevo, la magnitud fue tal que lanzó a Damián de nuevo hasta la orilla.

Trató de ponerse de pie he ir de volver hacia el agua pero el dolor en su brazo izquierdo se lo impidió.

Damián observaba con impotencia como la última señal de Ariel se había ido, en su mente solo zumbaban los fuertes recuerdos de lo sucedido en el colegio con Enrique…esto era lo mismo…era anormal. Se quedó helado en el suelo observando el agua que se estremecía de un lado al otro.

Quiso hacerlo, lo intentó pero no lo logró.

Tres fuertes zambullidos lo hicieron retornar en la realidad, unos brazos lo tomaron llevándolo hasta el árbol donde hace poco estaban almorzando. Levantó la vista encontrando a Gabriel quién veía con horror hacia el rio en donde acaban de entrar tres jóvenes en busca de Ariel.

No pudo aguantarlo más, estalló en un fuerte llanto. Los brazos de su amigo lo rodearon, le dijo ciertas palabras que no interpretó pero estaba seguro que trataba de animarlo.

-Ariel está muerto Gabriel. Está muerto –Levantó la cabeza mirando a su amigo a los ojos -¡Y yo soy el culpable! –Esto último lo grito con ímpetu.

-No digas eso –Le exigió colocando su mano en el rostro –Tú no eres culpable de nada.

Tal vez se equivocaba, pero de entre todo lo que Gabriel había dicho, lo último no lo había dicho con total convicción, aun así no lo culparía ya que ahora él mismo se estaba culpando de esto.

-Chicos –Fabián quién era uno de los tres que se había metido en el agua por sus grandes dotes de nadador –Lo encontramos –Anunció mientras se dejaba caer en el suelo, agotado.

Y en efecto, los dos hombres mayores traían entre hombros a Ariel, quién se encontraba inconsciente, con cuidado lo colocaron sobre un manta le practicaron medidas de auxilio mientras esperaban la llegada de la ambulancia.

El rubio se incorporó como pudo y fue junto a él. Su piel se mostraba pálida y estaba frio, uno de los hombres le indicó que su pulso era débil pero que se encontraba con vida. El rostro del menor se ilumino tras escuchar lo último, se inclinó a él y le acarició el rostro.

-Debemos buscar unas vendas para detener el sangrado de su pierna –Le indicó el hombre.

-Yo lo tengo –Fue en busca de su bolsa donde tenía una bolsa de botiquín pequeño de emergencia.

Su bolsa se encontraba bajo el árbol donde habían almorzado. Lo tomó y comenzó a buscar con rapidez, entonces se detuvo de inmediato y no fue por causa de las molestias que le daba su brazo derecho sino que fue por lo que encontró dentro de su mochila.

-La caja –Murmuró casi sin creer lo que sus propios ojos le enseñaban. Tomó la caja entre sus temblorosas manos.

Esto no era posible, recordaba perfectamente habérselo dado a Dimas, como podía estar ahora metido entre sus cosas. Cerró el puño junto con la caja, el asombro y el miedo daba paso ahora a la ira, con fuerza presionaba sus dientes superiores con las inferiores. No tenía duda, esto era la causa.

Como alma que lleva el diablo corrió hacia el agua que todavía no estaba en calma. Reunió todas las fuerzas que poseía y con el brazo sano lanzó la caja directo al agua.

-¡Déjame en paz! –Gritó con fuerza.

Lo siguiente fue chapoteo del agua al caer el objeto. Se echó de rodillas a tierra con una sonrisa en los labios.

“Ya todo acabó” Pensó.

En ese momento, una característica voz que femenina hizo eco entre sus oídos repitiendo: Ya no podré…Ya no podré…

-Damián, ¿Qué sucede? –Le cuestionó Gabriel que vino junto a él tras escuchar sus gritos.

-Ya terminó Gabriel –Damián se volteó hacia él mostrando dicha en su expresión –Soy libre.

-Damián, dime lo que sabes –Le insto Gabriel.

-Luego, ahora debo estar con Ariel –Se alejó de Gabriel rumbo a su mochila tomando un pequeño paquete de vendas.

Junto a Ariel estaba uno de los hombres y Fabián. Le tendió las vendas y se las pusieron en la herida. Tras ellos estaban los demás estudiantes curioseando lo sucedido, Damián no paso por alto uno de los comentarios de los estudiantes.

-Yo creo que atrae la mala suerte…y además es la segunda vez…

-Primero con uno de tercero y ahora con este muchacho…

-¡Cállense! –Exclamó iracundo –Porque mejor no meten sus comentarios donde no les entre el sol.

Los chicos quedaron atónitos al escuchar al rubio, pues jamás le habían visto de esa manera y menos diciendo una grosería. El rubio se volvió molesto ignorando esta vez los cuchicheos que había formado tras sus palabras.

Segundos después llegaron los paramédicos con la camilla para llevar a Ariel al hospital, Damián tomó sus cosas y fue con él. Le importaba poco si sus padres se enteraban de lo sucedido, ahora su prioridad era Ariel.







Hace tres horas que estaba en el pasillo de espera del hospital aguardando que el médico le autorice a ver a Ariel. Sus dos amigos estaban haciéndole compañía. En estos momentos quienes se encontraban junto al mayor eran sus padres, los cuales al verlo no le dieron los más cordiales saludos. Desde que había roto con Ariel hace un año la relación con sus ¿suegros?, ya no fue la misma.

-Iré por un café y un par de dulces, tengo hambre –Fabián se retiró rumbo a la cafetería del lugar.

-Ahora si me vas a decir todo –La forma y el tono con la que le hablaba Gabriel le indicó que debía soltar todo y sin rodeos.

Damián asintió tomando una gran bocanada de aire para comenzar a hablar.

-Lo que sucedió allí no fue normal –Empezó diciendo –Lo que sentí fue idéntico a lo que pasó en el colegio, no, más bien fue peor. Aunque ya no importa, todo terminó

-Es eso lo que quiero que me expliques, antes me habías dicho que todo terminó, que ya ere libre, ¿qué quisiste decir con eso?

-Gabriel era la caja, la caja es lo que provocó esto –Anunció en voz alta, al percatarse de eso bajo más su tono –Lo encontré en mi mochila.

-Eso es imposible…entonces lo que me contó Dimas es verdad –Murmuró Gabriel pensativo.

-Ahora eres tú quién debe decirme lo que sabes.

-¿Eh? –Lo miró confundido.

-Hablaste en voz alta –Le anunció.

-Ah. Pues la llamada que recibí era de Dimas ayer por la noche, me dijo que la caja había desaparecido que lo había buscado por todas partes y que no lo encontraba.

-Lo sabía. Esa cosa era el causante de todo.

-Eso no es seguro en su totalidad, pero es una buena teoría. Dime, ¿dónde lo guardaste?

-Lo arrojé al rio –Le respondió esbozando una sonrisa maliciosa.

Su amigo lo observó incrédulo ante lo que acababa de escuchar, pero el rostro inmutable del rubio le indicaba que era verdad. Gabriel llevó su mano al rostro y lanzó un ligero suspiro.

-Damián esa era la única pista que teníamos sobre lo que está sucediendo y tú vas y lo arrojas –Le reprochó aun sin salir del asombro.

-No me importa –Gabriel al escuchar esto se volteó con intenciones de regañarlo pero persistió de hacerlo tras ver la tristeza que ahora emanaba el rostro del menor –El saber que estuve a punto de perder a la persona que amo provocó en mí un sentimiento de ira profunda, sin pensarlo mucho lo hice pues, pues… –Damián fijó su vista en Gabriel –ya no quiero que nadie sufra.

El mayor asintió resignado y le dio un suave abrazo a Damián, deseaba con todas sus fuerzas de que en verdad con eso haya terminado pero su lógica le indicaba que esto aún no era el final.

-¡Hey!, ¿pero qué onda con ustedes, nenes? –Les preguntó Fabián con un vaso de café en mano.

Los dos chicos solo negaron con la cabeza restando importancia al asunto. El sonido de la puerta abrirse les hizo voltear a los tres, de él salían; la madre, el padre y el hermanito menor de Ariel.

-Estuvo preguntando por ti –Le comentó la mujer con cierto tono arisco en la voz.

Apenas escuchar las palabras de la mujer, Damián no pudo evitar emocionarse, se incorporó del golpe y fue rumbo al cuarto cuando las palabras del padre de Ariel lo detuvieron.

-Ahora está dormido y no es bueno que tenga…visitas –La sombría expresión del hombre no le intimidó en absoluto, tomó la perilla de la puerta, la giro e ingresó al cuarto.

El lugar era pequeño con las paredes pintadas de un color beige, con un gran ventanal en la pared frontal ya su lado una pequeña cama donde estaba Ariel, quién en efecto se encontraba dormido. Se acercó a él y tomó su mano con cierto cuidado para luego inclinarse a su rostro y dejarle un fugaz beso en los labios.

-Te avisé que se encontraba dormido –Otra vez la voz del padre: Dionisio.

Soltó la mano de su pareja y salió del cuarto no sin antes darle una última mirada a Ariel.







Llegó a casa mucho antes de lo previsto, gracias a que los padres de Gabriel se ofrecieron a traerlo. No les comentó que tenía prohibido venir con cualquier persona que no fuera su chofer o sus propios padres.

Ingresó con sumo cuidado a su casa. En realidad volvió a escalar las paredes (a duras penas, el brazo seguía doliéndole), pues no había llamado a Osvaldo y si tocaba el timbre sus padres le harían un sinfín de preguntas, y era eso mismo lo que quería evitar, en su mente estaba Ariel y solo él.

-Debiste llamarme…tienes suerte que tu madre haya salido, de lo contrario ahora estarías en problemas.

Otra de esas repentinas apariciones del mayor le causarían un infarto uno de estos días.

-Discúlpame Osvaldo, te juro que hay un motivo para todo esto –El chofer solo suspiró asintiendo –Por cierto, ¿adónde fue mi mamá?

-A una reunión de no sé qué cosa...me había dicho pero no lo recuerdo, quería llevarla pero prefirió ir ella sola.

-Descuida, es más me alegra que no esté o sino ahora me estaría regañando –Comentó Damián sonriente.

Le contó al chofer lo sucedido en el lugar. Este al escucharlo quedó estupefacto, sobre todo cuando le narró que intentó salvar a Ariel recibiendo unas riñas extras.

Después fue a su cuarto, el sol ya estaba por ocultarse dando lugar a la oscura noche. Consumió su cena y fue directo a la cama, no sabía si su padre había llegado pero no le dio mucha importancia, a pesar de los días que habían pasado le costaba mantener una tranquila conversación con él.

Buscó entre sus almohadas las pastillas que Gabriel le había regalado y las echó en el basurero del baño, de ahora en más ya no los necesitaría, los días de pesadillas habían terminado.

Se lanzó a su cama con intenciones de dormir, mañana se levantaría temprano e iría junto a Ariel para verlo. El mismo sentimiento de culpa que había tenido con Enrique ahora lo tenía con él.

-La confesión de Enrique, lo había olvidado –Mencionó de repente ya en su cama mirando hacia el techo de su habitación –Pero lo siento, yo amo a otra persona.

Dejó de pensar en eso, se tapó con su frazada y se dispuso a dormir, mañana tenía muchas cosas que hacer.







Despertó en el fondo de un mar de peculiar tono grisáceo, el peso de su cuerpo se había esfumado. Creía que flotaba aunque no estaba seguro de ello.

Se giró sobre sí para tratar de ver algo que llamará su atención, pero todo a su alrededor era lo mismo. De pronto una niebla de tono amarillo apareció de la nada y comenzó a rodearlo, empezó a su alrededor a gran velocidad hasta detenerse y solidificarse.

Titubeó un poco pero levantó el brazo hasta tocar la niebla que ahora era un material totalmente rígido, entonces el material comenzó a cerrarse tanto por encima como por debajo de Damián, pero no en el centro. Ahora estaba aprisionado.

-Pronto serás mío –Dijo entonces una voz, sombría.

Y comenzó a helar, se abrazó el cuerpo y fue hasta ese momento en que se dio cuenta de su desnudez.

-Dime, ¿quién eres? –Exigió, de entre sus labios salió un vahó. Se estaba congelando en ese lugar.

La sensación era muy similar a lo que había experimentado en la casa de Dimas.

-Prepárate –Volvió a hablar –Cepa final.

El material comenzó a contraerse. Damián golpeó con toda la fuerza que tenía intentando romper el sólido aunque en vano.

Dobló sus rodillas hasta la altura de su pecho porque el espacio que tenía ya era limitado. Se estremeció cuando el material amarillento tocó su espalda, estaba helado.

Trató de pedir ayuda, pero su boca no emitía sonido alguno. Un terrible dolor comenzó a adueñarse de él cuando las paredes comenzaban a hacer presión.

“¿Este es mi fin?, ¿así terminaré?”

Repentinamente el material comenzó a alejarse, se sintió aliviado, creyó que ya todo había terminado, pero se equivocó. El material volvió a retraerse pero esta vez fue de golpe y el dolor brutal…







-Damián…Damián, despierta.

Lanzó un golpe directo al rostro de su padre, quién se tambaleó un poco por el impacto recibido. Damián miraba a su alrededor aturdido, estiraba los brazos como asegurándose que nada limitaba su espacio.

-Tuviste una pesadilla –Dijo Simón, posándose en el borde de la cama.

Damián continuaba moviendo su cabeza de un lado a otro, hasta detenerse en el rostro de su padre que lo analizaba detenidamente.

Tomó una bocanada de aire y luego exhaló, con el fin de tranquilizarse.

-Sí, eso tuve –Masculló. No comprendía porque había vuelto a tener pesadillas si se supone que ya todo había terminado o es que acaso…

-Damián te estoy hablando.

El mencionado levantó la vista. Su padre lo observaba con el ceño fruncido, al parecer le estaba diciendo algo pero ahora lo que menos quería era escuchar.

-Tranquilo, papá. Ya estoy bien –Esbozó la sonrisa más fingida y trató de exteriorizar la mayor calma posible.

-De acuerdo –Su padre se alejó rumbo a la puerta, tomó la perilla y abrió la puerta solo hasta la mitad, permaneciendo inmóvil.

-¿Papá? –Preguntó confundido.

El hombre no articuló nada, esta vez abrió la puerta por completo y salió del lugar no sin antes volver a cerrar.

El rubio observó por la ventana, había ligeros tonos morados en el cielo, lo que le indicaba que pronto amanecería. Salió de la cama y fue al baño, tenía todo el cuerpo empapado en sudor.

A pesar de haberse deshecho de la caja, esas pesadillas seguían atormentándolo por las noches, o es que algo faltaba. Sacudió la cabeza, eso era imposible, ya todo estaba solucionado.

Abrió el grifo del lavamanos y se enjuago la cara varias veces, seguía con un poco de sueño pero estaba seguro que por más que quisiera ya no podría volver a dormir. Sin embargo, algo llamó toda su atención, su remera tenía ciertas manchas de sangre, todo indicaba que era suya.

Levantó con miedo su remera y lo que vio lo dejó horrorizado. En su abdomen inferior derecho estaba una marca en forma de , que parecía haber sido hecho por un metal al rojo vivo.

-No…no…no –Tomó con torpeza un gran chorro de agua con las manos y la llevó hacia la herida. Al hacer contacto con el agua empezó a arder.

Lanzó fuertes gemidos pero las acalló de inmediato, no quería que nadie lo escuchara y mucho menos alguno de sus padres.

Salió del baño dando zancadas y comenzó a buscar entre sus cosas a la única explicación de todo esto.

La caja.

Tiró toda la ropa de su armario, movió muebles, lanzó libros, poco le importaba el desorden ya luego podría arreglarlo.

Agotado, se echó en el suelo en compañía del desastre, se arrimó a la pared, junto sus rodillas y ocultó en ellas su rostro mientras sollozaba en el silencio de su cuarto.

Sin embargo, lo que Damián no sabía era esa caja se encontraba en estos momentos en el bolsillo de un joven que había dejado atrás el país y que ahora se dirigía, en vuelo, a otro lugar.
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--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 134 Comentarios