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Notas del capítulo:

Mil gracias a Lunática por betearme... ¡¡Eres un sol, linda!!

Dedicado como siempre a mi linda Freely... Porque esa lágrima que derramaste fue el mayor regalo que nadie, jamás me ha hecho... Te quiero!!

> Y Ginny Le Grand Tour

 

  Nos encontraremos en un lugar más allá del tiempo y del dolor,   veloz águila de alas majestuosas.

 

Y, para cuando nuestros desechos mortales yazgan convertidos en ceniza intemporal,

 

el fuego que anima nuestros espíritus inmortales

 

se aunará en una gigantesca llama que arderá eterna,

 

y que morará por los siglos de los siglos,

 

en el último refugio de los Dioses.

 

    Capitulo 2

 

Cada cosa a su tiempo, y cada hoja cae en su momento...

 

 

La habitación en la que se encontraban era húmeda y estrecha. Estremecedoramente fría. Los muros de piedra rezumaban gotas de agua ponzoñosa por entre sus junturas y alimañas inmundas rehuían la incierta luz de las precarias llamas de las teas sostenidas por los aurores. A Draco, a pesar de vestir una costosa túnica de cuero, forrada en suave piel de marta,  le parecía como sI mil agujas de helado acero perforaran su piel y sus huesos, por no decir su alma.

 

No sabía qué le lastimaba más: si el desgarrador dolor de su madre, que sin embargo era silencioso y contenido, o la figura encorvada y derrotada de su padre, el antes poderoso, y a sus ojos invencible; Lucius Malfoy.

 

Mantenía su mirada fija al frente, sus ojos grises nublados e idos, pero secos. Los bordes enrojecidos por la falta de sueño y el llanto que nacía de sus oscuras pesadillas, la única nota de color en su rostro desmejorado. Ya había pasado el tiempo de las lágrimas y los lamentos inútiles. Su tío Adalbert se lo había dicho. De forma brutal y sádica, había puesto ante sus ojos la verdad de su actual situación. El total descrédito y la ignominia en la que el nombre de los Malfoy había caído, por culpa de la locura y la cobardía de su padre. Ante tal versión de lo sucedido, Draco se rebeló furioso... enceguecido, negándose a reconocer una verdad tan cruel. Gritó y maldijo a quienquiera que se le pusiera por delante, fuese mago, bruja o elfo, pero encerrado en la claustrofóbica habitación de cortinajes carmesíes de la casa solariega de Adalbert Fenton, tío abuelo suyo, poco o nada podía hacer.

 

Distraído, mientras se ultimaban los detalles y vacíos burocráticos para el traslado de Lucius Malfoy, mortífago reconocido y otrora mano derecha de Voldemort, a la Isla Desolación, hija pequeña de la feroz Córcega,  en donde se había habilitado la prisión para los criminales de Guerra, su mente vagó despacio, sumergida en el mar caótico y vertiginoso en el que se convirtió su existencia desde el momento en que Harry Potter había vencido, en aquella horrenda noche de Mayo...

 

Las rápidas gestiones de su madre para que no lo detuviesen con los demás Mortífagos. Aquel inocuo hechizo lanzado sobre su piel por su padre, que simulaba viruela de dragón, segundos antes de que los aurores lo detuviesen. Los susurros apresurados de su madre que lo instaban a mantener la boca cerrada. La mueca de asco y terror del sanador que designaron para examinar su caso. El destello veloz que alcanzó a vislumbrar por entre sus párpados hinchados, y que después se enteró fue el pago por el silencio del sanador....

 

Observó a su madre, firme y erguida junto a la figura encadenada de Lucius: una reina rumbo a su ejecución. Sus manos desnudas que se aferraban al brazo de su padre, única señal de su desesperación. Una tenue línea, apenas más clara que el resto del inmaculado marfil de su piel, destacando en su dedo índice izquierdo...

 

¿Cuántas veces, siendo niño admiró la perfección de ese sublime trabajo de orfebrería? Diseñado especialmente para el compromiso de la tatarabuela Livia, el anillo era una doble banda de platino delicadamente entretejida, que culminaba en tres vértices, cada uno coronado por un diamante: honor, orgullo, y al centro, pureza. Ninguna otra posesión material de Narcissa Malfoy era tan valiosa. Y tan amada. Lucius desafió al poder del patriarca Malfoy para poder entregar aquella reliquia a su prometida. Decía la leyenda que en aquella sortija se encontraba el más poderoso encantamiento protector jamás creado. Y Lucius lo quería para ella. Porque ella, su familia, era lo más importante para él. Ni siquiera el temor reverencial que le tenía a Lord Voldemort logró que le arrebatara el anillo... Pero lo habían sacrificado sin dudar para salvarlo a él...

 

Entumecido se dejó resbalar por la húmeda pared hasta quedar sentado en el suelo, sus piernas recogidas contra su pecho. Al diablo con la dignidad. A su padre lo estaban enviando al exilio. Desterrándolo para siempre de Inglaterra y las Islas del Reino, condenado a diez años de prisión y a no volver a utilizar magia de por vida. Quería gritar. Quería llorar y romper algo. Querría que sus pataletas, como antaño, le otorgaran sus deseos.

 

“No es tan malo. Podría haber sido Azkaban. O el beso”. La voz de Andrómeda Tonks, esa tía salida de la nada, resonaba burlona entre las paredes de su cráneo. “Sólo Harry podría haberlo conseguido”. Esa era la voz de su madre, trémula y agradecida, y dolía más.

 

Harry. Harry. Harry. El puto y jodido Niño que Venció, entrometiéndose en su vida una vez más. ¿A qué deidad, por todos los cielos, había ofendido en su vida anterior, para tener que soportar semejante karma? El mil veces maldito Potter arruinando su existencia. Otra vez. ¿Y es que ahora ni odiarlo podía?

 

Cerró los ojos e intentó recurrir a ese odio enfermo para disfrazar el sufrimiento desesperado de su corazón. Pero ya no estaba ahí. Había rabia, sí, y mucha. Había enojo, frustración y algo de ego maltratado, pero ese odio oscuro y profundo, que había marcado sus años escolares, ... ya no estaba. Y maldijo su nombre por enésima vez ese día.

 

Porque, a pesar de que quisiese negárselo, el tipo había salvado a su madre. ¡Y por los mil diablos! También a su padre. Y a él mismo. Dos jodidas veces. ¿Cómo entonces podría odiarlo con tranquilidad?

 

El rumor del oleaje embravecido adormeció a su exhausta mente, que vagó largos minutos en un punto inexacto entre el sueño y la realidad... ¿Por qué demoraban tanto esos estúpidos aurores?

 

Como una irresistible marea, sus recuerdos también lo arrastraban más allá, donde no tenía ningún poder, y donde las emociones afluían con vergonzosa facilidad...

 

Su traslado a San Mungo que nunca llegó a su fin y que terminó con él cautivo en una aislada y lóbrega casona, en medio de inhóspitas tierras... Su interminable y desconsolada estancia en la mansión Fenton. La angustia de no saber del destino de sus progenitores. El alivio desesperado que le dió la primera carta de su madre, que le comunicaba que Lucius estaba bajo custodia de los aurores en los calabozos del Ministerio de Magia, mientras se revisaban los casos y se fijaban las audiencias. Que a ella le habían otorgado el beneficio de la libertad vigilada y que su aval era, nada más y nada menos que el jodido Harry Potter...

 

Los sollozos que lo sacudían cuando aferraba entre sus manos la carta de su madre, maldiciendo el nombre de Harry por encontrarse ahí donde él debiera estar, y dando las gracias a todas las deidades existentes por la deuda que éste había contraído para con su familia...

 

Luego de esa carta el silencio fue total. Ni un pergamino más llegó a sus manos. Temió lo peor.

 

Sus pesadillas entonces las poblaron los dementores oscuros y espeluznantes, los gritos desgarradores de su madre y la mirada vacía en los plateados ojos de su padre. Tras dos semanas de absoluto silencio, le pidió a su tío que lo dejara ir a Londres. Por supuesto, éste se negó. Y se desató la tormenta. Destruyó la habitación escarlata. Tiró las fuentes de comida que los elfos le llevaban. Hizo estallar los cristales de las ventanas. Gritó e insultó a su benefactor, acusándolo de desertor y traidor.

 

Adalbert Fenton no era un hombre paciente. Ni comprensivo. Ni amable. Era más bien cruel en su descarnada sinceridad, y una vez colmada su tolerancia, subió por las escaleras como una tromba, toda una proeza si se tienen en cuenta sus casi ciento un años, cogió al muchacho por los hombros, lo empujó sobre la cama, y con un ágil movimiento de su varita, dejó caer un chorro de agua congelada sobre su cabeza, mientras gritaba aún más fuerte que él. Poco más podía recordar de ese momento. Su mente se había transformado en un  conjunto de galimatías entre las que sólo unas cuantas palabras tenían sentido:

 

Dementores. Madre. Azkaban. Muerte. Padre...

 

Culpables, culpables, culpables...

 

Cuando despertó, eran, según el enorme reloj tallado con la forma de una magnífica águila que se encontraba en el costado derecho de la habitación, las tres de la tarde de un día domingo. La última vez que tuvo conciencia era jueves, así que dedujo que estuvo inconsciente, o le dejaron inconsciente por tres días completos. Se incorporó de golpe, provocando un súbito mareo que cerró su garganta. Le dolía la mandíbula, y tenía las manos llenas de diminutos cortes, provocados seguramente por las esquirlas que volaron cuando hizo explotar los ventanales. Al dar un vistazo a su alrededor se dio cuenta de que todo lucía intacto, y algo más limpio, que cuando llegó a ese lugar.

 

En ese instante apareció uno de los silenciosos elfos de su tío, portando una bandeja con algo que semejaba un emparedado y un vaso con lo que supuso era jugo de calabaza. Al depositar la ligera merienda en la mesilla de noche, el elfo le hizo entrega de un rollo de pergamino que Draco se apresuró a arrebatarle de las manos y, después de lanzarle una afilada mirada a la criatura, que se apresuró en desaparecer, comenzó a leer con la avidez de una persona extraviada en el desierto a la que le ofrecen agua fresca...

 

Sus ojos recorrieron la estilizada caligrafía de su madre sin entender nada que lo que ahí decía. ¿Harry Potter ofreciéndose a declarar en público a favor de él y de su madre? ¿Intercediendo para reducir la pena de Lucius? ¿Presentándose en los interrogatorios y preparando la defensa en conjunto?

 

¿Qué, en nombre de Grindewald, era lo que ese estúpido pretendía? ¿Arrebatarle a su madre, luciendo su condición de Gran Salvador, tal como un pavo real muestra sus plumas? ¿Hacerlo parecer más patético de lo que ya era para que sus padres se olvidaran de él y lo adoptaran en su lugar?

 

Una llama de pura y letal indignación se apoderó de él. Le importaba un rábano su tío y las ordenes de su madre de permanecer ahí quietecito. Tenía ganas de destrozar algo, en lo posible que ese algo tuviera horribles cabellos negros y que usara unas ridículas gafas. Iría a Londres, orden de captura o no, a cantarle las claras a ese heroecillo de pacotilla.

 

Se levantó de un salto, ignorando las punzadas de dolor en su cabeza y en sus brazos. En el  momento en que se preparaba para darse un baño, su tío lo convocó en la biblioteca de la mansión. De inmediato.

 

Al amanecer del siguiente día abordaba, con el corazón convertido en un nudo de pura angustia, el carruaje tirado por esos feos bichos, los tresthals, que lo llevaría directo al piso de su madre en Londres.

 

Lo que ahí se iba a encontrar, jamás se lo esperó...

 

--¿Draco?—La blanca mano de su madre estaba posada en su antebrazo, tan helada que traspasaba las capas de ropa que llevaba. Sus azules ojos brillaban de extraña forma por las lágrimas contenidas.—Están listos, cariño. Ve y...—su voz se quebró y un sollozo ahogado escapó de sus labios cerúleos.—Sólo ve con tu padre, hijo.—

 

--¿Madre?—Al ver que los aurores aferraban a su padre, se levantó furioso.-- ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué se están llevando a papá? ¿Acaso no lo acompañaríamos hasta el final? ¡Ésta no es la maldita isla! ¡Exijo una...!--

 

-- ¡Draco!—La voz fuerte e imperiosa de su padre lo obligó a detener abruptamente su diatriba.—Basta hijo. Por Salazar no des un espectáculo. No ahora.—Lucius Malfoy llevaba en sus pálidas mejillas, el rastro de unas lágrimas que no alcanzaban a derrumbar su imponente figura. Y, el ver el rostro siempre pétreo de su padre descompuesto en esa horrible máscara de dolor, fue lo único que Draco necesitó para que se derrumbara el frágil control que se había autoimpuesto.

 

-- Padre. No. Por favor no.—Un espasmo y un gemido atascado en su garganta. Tres pasos y se aferraba a los hombros de su padre como si la vida se le fuese en ello. Como cuando tenía cinco años y lo atacó esa horrible criatura, en el bosque que circundaba la casa de verano en Alemania, que lo dejó perdido una noche entera en medio de aquella espesura. Cuando lo encontraron, a la mañana siguiente, su padre, despeinado y sucio, lo alzó y lo aferró contra su pecho, con tanta fuerza que lastimaba, y le susurró dulces palabras de consuelo, y le prometió nunca más dejarlo solo...

 

Había atesorado ese recuerdo celosamente, porque Lucius Malfoy era parco en sus demostraciones de afecto, y pocas veces había sentido tanto amor emanando de él. Pero quería ser consolado y alzado de nuevo. Quería a su padre de vuelta, orgulloso e inalcanzable. Quería sentir de nuevo esa admiración reverente que lo dominaba cuando era un niño...

 

Sólo que ya no era un niño. Sólo que ya no podía ser alzado y consolado. Sólo que esta vez, era su padre el perdido, y él no podía hacer nada...

 

--Perdóname.—Ambos, padre e hijo, susurrando aquella palabra al mismo tiempo, deseando demostrar todo lo que sus corazones sentían, pero que siglos contención emocional corriendo por sus venas les impedían demostrar abiertamente.

 

Un delgado brazo en torno a su cintura, y la dorada cabellera de su madre que se apoyaba en el ancho pecho de Lucius. Él le alzó la barbilla y un delicado beso fue depositado en sus labios. Un te amo no pronunciado su último adiós, y dos pares de brazos fornidos arrancando al patriarca de la familia Malfoy de aquellos que lo amaban.

 

-- Cuida a tu madre Draco. Y aprovecha la oportunidad que la vida te está dando—Lucius hablaba por sobre su hombro mientras la pesada puerta se abría con un chirriante sonido y el viento helado los azotaba con fuerza.

 

Draco ni siquiera alzó la vista, ocupado en mantener en pie a su madre, y en ocultar sus propias lágrimas.

 

-- Alza tu cabeza muchacho. No dejes que nadie te aplaste.—Ya casi estaba afuera—Eres el último Malfoy. Tu hora ha llegado. Toma el lugar que te corresponde, hijo.

 

Un golpe seco y la puerta estaba cerrada de nuevo. Afuera la última lágrima de Lucius Malfoy fue llevada por el vendaval, así como las últimas palabras para su hijo:

 

--Te amo, pequeño.

 

 

Notas finales:

Mmmm... No sé. Siento que es un poco corto, pero no encontré la manera de incluir la otra parte...

Asi que esa se transformó en el tercer capi...

Si les ha gustado, me encantaría saberlo...

Tantito más abajo se pueden dejar bonitos reviews... No sé si será cierto, pero dicen que entre todos los que dejen uno, se sortéaran un par de besos de Draco...

Quién sabe, pero no se pierde nada con probar...

Kisses,

Duinne

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Noticias
Recopilatorio Gratis "9 sonatas literarias!
Vamos a celebrar el Día del Trabajador con un nuevo libro homoerótico escrito por varias grandes autoras, algunas de las cuales las conocéis porque han publicado algunos de sus trabajos en slasheaven.

Son relatos cortos en los que hay de todo, misterio, romance, aventura… y todos y cada uno de ellos relacionado con una canción.

El título del recopilatorio es “9 sonatas literarias” y aquí os dejo los enlaces desde los que podéis descargarlos gratuitamente. Repito: ES GRATIS. Así que no sé a qué estáis esperando.

9 sonatas literarias


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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 37 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 53 Comentarios
Nuevo libro:
Os queremos anunciar la publicación de un nuevo libro. Una historia original que está realmente bien y que merece que le demos un empujoncito

Esta es la web donde podéis encontrar el booktrailer y también los links donde se puede adquirir “Sangre y acero”

Os dejo un extracto del resumen, para ir abriendo boca: “En Fuego y Acero, la distancia entre el orgullo y el honor, la fuerza y la tiranía, el amor y el odio, queda reducida a cenizas por las intensas pasiones de sus protagonistas, que desafiarán incluso a su propio corazón para forjar su destino."

Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 134 Comentarios