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Notas del capítulo:
Yu Yu Hakusho y todos sus personajes son propiedad de Yoshihiro Togashi. No recibo ningún beneficio económico por escribir esta historia.

Un comentario no daña la economía del lector, pero si enriquece al autor. Traducción: Déjame un comentario!


No saben lo que me costó escribir este capítulo y sólo queda uno más para el final, que espero subir antes de que acaba el mes.
Little fox

by Janendra

email: janendra@hotmail.com




Hiei levanta la cabeza. Arriba se escuchan todo tipo de ruidos. Dentro del barranco en cambio hay silencio. Ningún demonio se atreve a bajar. ¿Para qué lo harían? Árboles, un río, bestias. No hay nada de interés en su reino. Desde que volvió al Makai se oculta allí. Tiene el miedo guardado entre el pecho y la espalda. No quiere tener a nadie cerca. Busca un árbol alto y sube hasta la copa. Se esconde entre las ramas. Puede ser que alguien baje por curiosidad, o porque sí y él no quiere ser visto. La soledad lo hace sentir a salvo.
Oculto entre las ramas más altas, Hiei piensa en Kurama. Desde que se fue repite en su mente los días con el zorro. Los momentos felices son sus favoritos; esquiva los tristes, los dolorosos. En su mente puede vivir como quiera.
Hiei retira la carne del fuego. Encaja los colmillos y arranca un gran pedazo. Tiene tanta hambre. En los últimos días su estómago manda. Se toca el estómago abultado. Está gordo por comer demasiado. Si Kurama lo viera… además de reírse, cocinaría para él. Al estúpido zorro le gustaba hacer cosas por él. Recuerda un día cuando lo metió a la tina, lo enjabonó entero y al terminar lo envolvió en una toalla y lo llevó a la cama. Echa de menos a Kurama. A veces piensa en volver... esa vida no le gusta. Si no quisiera a Kurama sería sencillo. Aún duele estar lejos de él...
Hiei despierta molesto. A duras penas se baja del árbol. Siente un dolor que le parte las entrañas. No puede sostenerse. El dolor nace en su vientre, corre por su espalda. ¿Qué le pasa? ¿Está muriendo? Piensa en Kurama, en lo mucho que lo extraña. Levanta la mirada al cielo, como quisiera ver a Kurama una última vez. Aprieta los dientes. El dolor lo ataca de nuevo. Siente que la piel de su vientre se rompe. Una cascada de sangre brota de su interior. Se lleva la mano al vientre. ¡Qué le sucede! Grita. ¡Se desangra! ¡Sus intestinos saldrán de su cuerpo! La punzada de dolor lo paraliza. Jadea. Intenta subir al árbol, allí es una presa fácil. Se resbala, el dolor no lo abandona. Siente que algo trata de abrirse paso dentro de él. Se quita el cinturón, abre su pantalón. Entre jadeos y oleadas de dolor algo sale de su vientre. Hiei piensa que son sus órganos hasta que lo ve fuera. Lo que salió de él es un zorrito. Exhausto lo levanta del suelo. Está envuelto en una piel transparente, llena de líquido. Hiei se apresura a romperla. Saca al pequeño zorro, el animal jadea en busca de aire. Se transforma en un bebé que llora. Hiei lo observa con ojos grandes, asustados. ¿Él tuvo un bebé? No, no, eso no puede ser. Él no puede… él…



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Hiei se sienta en el sofá rojo con negro. Tiene el cabello húmedo por el baño. Sostiene al kitsune contra su pecho. Por primera vez puede husmear todo lo que quiera. En la cocina hay un orden impoluto. Ni una cuchara fuera de lugar. El aroma de Yuusuke es fuerte allí. Él debe cocinar. A Hiei le gusta lo que cocina el zorro. En la sala se sienta en el sillón, toca el suave rojo. Hay una pantalla enorme sobre una repisa, a su lado hay fotos, Hiei se acerca. Yuusuke y Kurama, contentos, abrazados. Sabía que el zorro lo remplazaría rápido. Cuando eran amigos lo vio ir y venir con chicas y chicos. Un día uno, al siguiente otro.

¿Yuusuke? Hiei se estremece. Que lo supiera no le resta dolor. No sabía que se encontraría al llegar. Necesita la protección de ese mundo para su kitsune, el olor de Kurama que aleje a otros youkos. Observa de nuevo el lugar, la presencia de Yuusuke es clara. Ya no parece el lugar vacío donde lo llevó Kurama un día. Es un hogar.

—Están juntos casi desde que te fuiste, —dice Yukina.

Es mucho tiempo para Kurama. ¿Se refería a eso cuando dijo que cambió? Hiei mira el rostro dormido de su hijo. ¿Qué pensará Kurama de que él tenga un pequeño youko? Cuando Yuusuke se marchó, Kurama lo siguió.


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Kurama lleva las galletas bajo el brazo. Limón, las favoritas de Yuusuke. Es posible que no vuelva a olvidarlo, ahora están atadas al recuerdo de Hiei. ¿Qué hacer con esos dos? No sabe cómo resolverá las mentiras que le dijo a Yuusuke. La idea de que Hiei se marche le provoca angustia. Necesita tiempo para acercarse a Hiei. Una acción por vez, un poco cada día, hasta que vuelva a confiar en él.

De camino hacía la caja se topa con la sección de bebés. Kurama observa los pañales, las mamilas, tinas especiales, cremas, jabones, lociones, talcos. En la sección de ropa mira las pequeñas camisetas, los pantalones, los gorros. Si hubiera sabido que Hiei era así, le habría comprado todo lo que necesitara. Dos años, ¿cómo pasó ese tiempo? ¿Sabía que estaba preñado?

Hiei ama al pequeño youko, algo que él no consiguió hacerle sentir. No, desde su partida se cuestionó las palabras del final una y otra vez. Hiei lo amaba, está seguro. Kurama cierra los ojos y recuerda. El cuerpo tibio, los besos largos, las risas. Su cuerpo atrapado en el de Hiei, deliciosa, placentera tortura. Él tenía hambre del cuerpo de Hiei, de sus besos y sus emociones. Adoraba estar con él, tendido en la cama, observando las estrellas falsas. Escuchar sus dudas sobre el ningenkai. Observarlo dormir. Lo necesitaba para vivir como necesita el aire para respirar. Muchas veces se portó como un estúpido con él. Dejaba que su lado animal, su instinto demoniaco tomará el control. Los celos, la necesidad de poseerlo, de marcarlo, dieron al traste con su relación.

Levanta una pequeña camisa, podría quedarle al zorrito. Piensa en las palabras de Hiei. Hacía esto desde que era un niño. Aprieta los labios. Esto, un poco de placer, un poco de dolor. ¿Era por eso que el sexo lo ponía nervioso? ¿Él lo hacía recordar su pasado? Kurama suspira. Si lo hubiera sabido… Desde que Hiei se fue, él cambió. El dolor de perderlo, la herida que sigue abierta, lo hicieron más humano. Aún como youko siente la compasión, el dolor, la ternura. Hiei lo cambió de una manera que a veces lo avergüenza, porque no tiene a nadie para quien esas cosas tengan un motivo, un significado. No le comparte esas verdades a Yuusuke, en una relación hecha de mentiras no se puede ser sincero.

Kurama elige algunas camisas, un par de suéteres, calcetas y pantalones. Siente mucha ternura por el pequeño youko. Un hijo suyo y de Hiei. Un bebé que nació de su amor y sus días felices. Kurama quiere creer que Hiei volvió porque confía en él; está vez no lo decepcionará. No perderá a Hiei. Kurama toma las cosas que decidió comprar y camina hacía la caja. Las galletas se quedan olvidadas en un estante.


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Hiei deja al bebé detrás de un árbol. Camina tambaleante tres, cuatro pasos. Se sienta y abraza sus piernas. ¿Por qué se queda con él? ¿Por qué no huye? Kurama le dijo que cuando nacen, los youkos huyen de sus madres. Desde el momento en que nacen son capaces de cuidar de sí mismos. Hiei escucha el llanto del bebé, cada vez más alto. Se mece. Las lágrimas huyen de sus ojos cerrados. No quiere abandonar al bebé. No quiere dejarlo solo.
Aún llora cuando regresa junto al árbol. Carga al bebé y lo abraza contra su pecho. Siente la cola peluda enrollarse alrededor su brazo. Poco a poco los lloriqueos del bebé se apaciguan. Hiei mira, a través de sus lágrimas, los ojos de Kurama en su bebé.



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—Hiei, —llama Kurama. Entra a la cocina—. ¿Quieres cenar?

El silencio le responde. Lo busca en la habitación, el baño. Su olor está allí; él ya no. Kurama se recarga contra la pared. Su cuerpo se da por vencido y termina sentado en el piso. Las lágrimas huyen sin consuelo. Por primera vez en su vida llora por un amor, por Hiei.

Es mentira que se habituó a su ausencia. No fue a buscarlo al Makai una vez, regresó muchas veces. Cada vez esperando encontrarlo. Lo buscó en los lugares donde solía estar, en los que le gustaban, en los que se parecían al Ningenkai. Hasta que se convenció que Hiei no se fue al Makai. Se abocó a encontrarlo en su mundo. Ni un solo día dejó de extrañarlo.

Ahora vuelve a marcharse, quizá por lo que vio, por el su olor y el de Yuusuke mezclados. Kurama siente que se le desgarra el pecho. Tenerlo y volverlo a perder es peor que saberlo muerto. ¿A dónde irá con un bebé en brazos? Fue un estúpido. Debió quedarse con él. Decirle que todo sería como antes. Que esa es su casa, porque no puede ser de nadie más.

Yuusuke sube las escaleras de dos en dos. Por primera vez en esa semana está contento. Kuwabara le dio la mejor noticia de esa semana, Hiei vivirá con ellos. Yuusuke sabe que Hiei ya no está en el apartamento, por fin recuperará su vida. Entra y ve la olla en la estufa. Kurama cocina, se relame los labios. Debe estar en el cuarto se dice, abre la puerta y lo ve en el suelo, llorando.

—Kurama ¿estás bien?

—Se fue.

Yuusuke se enfada. En dos años no lo ha visto llorar ni una sola vez. ¡Kurama llora por el enano! ¿Por qué te sorprende?, se dice a sí mismo. Sabías que esto pasaría.

—Está con Yukina. Kuwabara me lo dijo.

Kurama levanta el rostro. Mira a Yuusuke. Sabe que lo lastimara. Ya no puede mentirse a sí mismo. No perderá a Hiei.

—No puedo seguir sin él. Esto se terminó Yuusuke.

Kurama se pone en pie. Abandona el apartamento. Yuusuke observa la puerta cerrada. Es la primera vez, en dos años, que Kurama le habla con la verdad.


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Kuwabara besa a Yukina apenas cruza la puerta. Está contento y eso se lee fácilmente en su rostro.

—¿Qué tal estuvo el partido?

—Increíble —sonríe Kuwabara—. Mañana estaré ronco de tanto gritar.

Hiei los observa recargado contra una pared. El apartamento es más pequeño que el de Kurama. Una cocina diminuta, un pequeño comedor, un sofá, dos cuartos. Una terraza con dos sillas desde la que se ven los árboles del templo cercano.

—Hola Hiei, —lo saluda Kuwabara—. Te traje algo.

Se sienta en el comedor. Luego de dejar a Yuusuke en el metro, hizo unas compras. Si Hiei va vivir con ellos, deben hacerlo sentir bienvenido. El enano necesita afecto, como todos.

—Esto podría serte útil.

Kuwabara abre la bolsa y saca una cobija para bebé de color azul, es grande, mullida y suave. Hiei toca la tela, la recorre con su mano. Yukina a su lado hace lo mismo.

—Es muy bonita, —dice ella.

—Será más cómodo envolver al bebé con esto que con tu manto.

Hiei asiente. Cuando el kitsune nació no tenía a mano otra cosa.

—Aquí hay algo de ropa y pañales.

Pantalones, camisas, suéteres, calcetas; suaves, sedosos, en colores brillantes. A Hiei le gustan.

—Hum… Gracias.

—No hay porque —le responde Kuwabara—, esta es tu casa y la de tu zorrito, por el tiempo que quieran. Nosotros te ayudaremos en lo que necesites.

Yukina acaricia los hombros de Kuwabara. Ama a su novio por su amabilidad, por esa forma de intuir los problemas de otros y ofrecerles ayuda desinteresada. Por ser el único que ve a Hiei con los ojos de ella.

—Huele delicioso, —le sonríe Kuwabara—. ¿Qué cenaremos?

—Te encantará. Hiei y yo compramos ramen de camino a casa.

Hiei mira a Kuwabara que se pone en pie y husmea la olla. Las sonrisas que intercambian, la complicidad con que se miran, le dicen a Hiei que su hermana es feliz. Piensa en lo raro que fue ese día. Yukina lo ayudó a arreglar el cuarto como mejor le pareciera. En el makai él era un nómada; no se quedaba en ningún sitio demasiado tiempo. Con Kurama las cosas eran a veces de su gusto y a veces del zorro. Hiei mira a través de la ventana. El sol ya se ocultó. ¿Qué hará Kurama?


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Yukina cierra las ventanas. Kuwabara comprueba las puertas. Si quieren que Hiei descanse, la casa debe ser a prueba de escapes

Yukina se detiene ante la puerta abierta. Mira a su hermano en el futón, entre sus brazos el bebé youko. Ambos duermen. Kuwabara rodea los hombros de su novia. En el umbral de la puerta se besan hasta que escuchan el gimoteo y el golpear contra la ventana. Un zorro blanco de nueve colas los mira inquieto.

—¿Es Kurama? —pregunta Kuwabara.

Yukina entra a la habitación, abre la ventana, el zorro entra de un salto y se dirige al futón. Se recuesta a los pies de Hiei. Yukina alza y baja los hombros. Al salir del cuarto cierra la puerta.

El zorro plateado observa a Hiei a luz de la luna, el demonio duerme tranquilo. El bebé en cambio se transforma en zorrito y lo mira desde los brazos de Hiei. Gimotea y alarga las patas hacía Kurama. El youko levanta la nariz y olisquea. Hiei huele a fuego, a ternura, el aroma que a Kurama le dice que está en casa. El zorrito huele a calor y a bosque. Kurama estira las patas sobre la pierna de Hiei. El demonio no se mueve. ¿Qué tan cansado está? Los youkos no viven fácilmente. Cuando son pequeños deben sobrevivir a su propia raza y a todos los demonios del Makai. Hiei debió hacer un gran esfuerzo para protegerlo, para traerlo al ningenkai donde correría menos riesgos.

El zorrito le gruñe a Kurama. A propósito Kurama extiende las patas sobre Hiei, apoya la cabeza en su pierna. Las nueve colas se mueven de un lado a otro. Si Hiei lo viera, lo reñiría por molestar a su bebé. Indignado el zorrito se convierte en bebé, llora. Hiei se apresura a meterlo dentro de las mantas. Sin despertar del todo saca un brazo de la camisa y acerca al bebé a su pecho. Kurama escucha el suave succionar del bebé, la cola que se mueve feliz dentro de las mantas. Más tarde, Kurama se transforma en humano, se mete dentro de las mantas y abraza a Hiei por la espalda. El demonio de fuego se gira entre sus brazos, el bebé queda entre sus cuerpos.

El sol empieza colarse por la ventana cuando Hiei despierta. Los ojos de Kurama observándolo es lo primero que ve. El bebé está entre sus brazos, dormido. Hiei mira a Kurama, siente los brazos alrededor de su cuerpo.

—¿Cuándo llegaste?

—Anoche. Estabas muy cansado para despertarte.

Hiei dice hum. Tiene la playera a medio poner o quitar. Kurama le acaricia la cabeza. Busca su mirada. A pesar del tiempo, Hiei puede ver el amor en sus ojos verdes. Hiei baja la mirada para que Kurama no lo vea en los suyos.

—¿Qué pasó con Yuusuke?

—Tenía miedo Hiei, de quedarme solo. No podía amar a nadie más. Sin ti apenas podía vivir. Todo este tiempo te busqué. Una y otra vez volví al Makai. Cuanto te fuiste, yo cambié. Ya no soy el mismo idiota, está vez no lo arruinaré.

Hiei mira terco la ropa de Kurama. Su corazón late acelerado; él tampoco lo olvidó. La ausencia del zorro es un dolor terrible.

—Sabía que muchas cosas no estaban bien contigo. Bastaba conocerte para saber que alguien te lastimó mucho. Lo sabía y no le daba la debida importancia. Si me das otra oportunidad, prometo que seré un mejor novio para ti y un buen padre para nuestro bebé.

—Baka kitsune, —murmura.

Hiei guarda silencio. No está acostumbrado a decirle a nadie las cosas que piensa. Si quiere estar con Kurama, él también debe cambiar.

—Tampoco yo lo hice bien. Quería estar contigo e hice todo lo contrario.

El bebé se remueve en los brazos de Hiei, lloriquea y el demonio de fuego lo pone en su pecho. Kurama le ayuda a quitarse la playera y la arroja lejos. Ambos miran al bebé.

—No sabía que lo tenía dentro. Cuando nació pensé que moría. Sólo quería volverte a ver. Estar contigo de nuevo.

Hiei levanta el rostro. Kurama observa el amor, tan esquivo, tan inmenso, en los ojos rojos. Busca los labios de Hiei, al contacto con los suyos se siente vivo otra vez.
Notas finales:
Makai: el mundo de los demonios.
Ningenkai: el mundo de los humanos.
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Noticias
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--Administrador en 01/05/14 - 09:03 pm 38 Comentarios
Guiones nick
Os pedimos que no utilicéis los guiones a la hora de poneros un nick, ya que está dando problemas cuando se ingresa en la cuenta y hay que cambiar el seudónimo eliminándolo.



Gracias por vuestra ayuda

--Administrador en 06/06/13 - 11:37 am 53 Comentarios
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Fuego y Acero en Third Kind


--Administrador en 31/01/13 - 07:54 pm 134 Comentarios