Ristra de corazones rotos por Marbius
Resumen: [BakuDeku] Serendipia: O de cómo Katsuki Bakugou volvió a Tokyo por una oferta de trabajo y además encontró el amor.
Categorías: Manga/Comic Personajes: Ninguno
Géneros: Angustia, Drama, Romance
Advertencias: AU=Universos Alternos, Contenido Hetero, PWP
Desafíos: Ninguno
Series: Ninguno
Capítulos: 13 Completo:Palabras: 71734 Lecturas: 787 Publicado: 16/05/20 Actualizado: 03/07/20
Notas de la historia:
'Nas~
Empecé este fic con curiosidad del Deku que escribí en "Besos sabor té verde" y que era maestro de yoga y pilates en un gimnasio. El resto de la trama llegó por sí solo. Ah, y Katsuki celoso no es invención mía, pero vaya que lo hice mío en este fic ;D Disfruten~

1. 1.- Tokyo y Deku. por Marbius

2. 2.- "No te invité a dormir la siesta, Izuku." por Marbius

3. 3.- "Funcionamos mejor como amigos." por Marbius

4. 4.- Ramen y sexo. por Marbius

5. 5.- "No deja corazón sin romper a dondequiera que va." por Marbius

6. 6.- "En vista de que tanto te gusta hacer de cupido." por Marbius

7. 7.- Mayo y celos. por Marbius

8. 8.- Azúcar quemada y caramelo. por Marbius

9. 9.- Karaoke y llaves. por Marbius

10. 10.- "¿Te apetecería quedarte conmigo?" por Marbius

11. 11.- Cohabitación y Shuzenji. por Marbius

12. 12.- "Y estoy harto de fingir que no." por Marbius

13. 13.- "¿Real?" & "Por completo." por Marbius

1.- Tokyo y Deku. por Marbius

1.- Tokyo y Deku.

 

Katsuki Bakugou creía en el destino.

En concreto, en labrarse el suyo a base de esfuerzo, con lágrimas, sangre y sudor. Sobre todo sudor, considerando que tenía un máster en acondicionamiento físico y pasaba al menos un tercio de su día en las instalaciones del gimnasio trabajando su cuerpo y el de aquellos que contrataban sus servicios como entrenador.

De ahí que cuando su viejo amigo Eijiro Kirishima le habló de una vacante en Plus Ultra Katsuki no hesitó en enviar una aplicación, y no cruzar los dedos, sino demostrar que él era un elemento con el que valía la pena contar dentro de su equipo.

Después de su graduación en la universidad, Katsuki había aceptado un puesto como entrenador privado en una cadena de gimnasios que se extendían por todo Japón. Su popularidad como entrenador se debía en gran medida a la cero tolerancia que tenía de excusas patéticas para no conseguir un físico con el que sus clientes soñaban, consiguiendo así resultados asombrosos en personas que realmente lo daban todo de sí para fortalecer su cuerpo. Tenía Katsuki en su haber varios atletas de alto rendimiento que agradecían sus rutinas como parte de su éxito, y ello le había llevado a mudarse en varias ocasiones, viviendo una temporada primero en Osaka y después en Hokkaido. Pero luego de tres años en aquel clima frío que no era para nada de su preferencia, Katsuki estaba listo para cambiar de residencia una vez más, esta vez, con deseos de volver a Tokio y asentarse ahí de manera indefinida.

La intervención de Eijiro había sido un golpe de suerte, si es que Katsuki creyera en ella. Luego de un invierno particularmente helado en el que Katsuki había maldecido a los mil y un dioses locales por las bajas temperaturas, el hielo que le congelaba la respiración y haber caído de culo tres veces al resbalarse en la acera, que de pronto Eijiro se comunicara con él preguntando qué le parecería volver a Tokio para la primavera despertó en su interés un deseo por volver aquel sueño realidad.

Además, Plus Ultra no era un gimnasio cualquiera, sino que era el gimnasio al que una gran porción de atletas de altas miras acudían cuando querían llegar más allá de sus posibilidades. El famoso Toshinori Yagi, mejor conocido como All Might era el fundador, y en sus hombros cargaba el legado de haber sido una leyenda en la disciplina de la halterofilia, trayendo consigo algunos récords mundiales que continuaban invictos en la actualidad a pesar de que su retiro frisaba ya casi las dos décadas.

Al graduarse, Katsuki no había albergado muchas esperanzas de conseguir un puesto en aquellas instalaciones. Por aquel entonces estaba más interesado en fortalecerse a sí mismo que a los demás, pero casi diez años después se sentía listo para pelear por la vacante que se había abierto, y que sin lugar a dudas, haría suya a como diera lugar.

Katsuki volvió a Tokio dos veces ese invierno. La primera para una prueba física en la que resultó ser el ganador indiscutible en un circuito de crossfit, que como le reveló el mismo Toshinori, sería el puesto a cubrir en sus nuevas instalaciones. La segunda, para una entrevista formal, donde Katsuki detalló su trayectoria de los últimos logros, una lista de sus alumnos exitosos, y la razón por la que creía que él también pertenecía a aquella agencia de entrenamiento.

—Fácil —había dicho Katsuki con una arrogancia que era parte de su personalidad y que sólo en la vida adulta había conseguido hacer funcionar a su favor—. Porque yo sé lo que es darlo todo. Ir plus ultra en cualquier situación y conseguirlo.

—En ese caso, joven Katsuki Bakugou —había replicado Toshinori al ponerse en pie y extenderle su enorme mano todavía repleta de callos—, bienvenido a Plus Ultra.

Y así, una nueva etapa en la vida de Katsuki había comenzado.

 

Con un nuevo empleo y deseos de empezar a hacerse de una nueva lista de clientes en Tokio, Katsuki se despidió de sus compañeros en Hokkaido con una reverencia por la oportunidad que le habían dado para desarrollarse como individuo, y con prisas había empacado sus pertenencias y hecho la mudanza en tiempo récord.

No le costó nada liquidar los escasos muebles con los que contaba en su residencia y empaquetar lo esencial, y en Tokio su amigo Eijiro ya le había ayudado al buscar cerca del gimnasio un piso en el que pudiera alojarse, con tan buena suerte que luego de visitar tres posibles sitios, Katsuki encontró uno justo a sus pretensiones: Un tercer piso cerca de un parque al que podía acudir a correr en las noches y no demasiado alejado de la estación de trenes. Lo que era mejor, a una distancia de apenas quince minutos a pie de Plus Ultra, que era todo lo que él podía pedir.

—¿No es demasiado grande para ti? —Preguntó Eijiro, pero Katsuki desdeñó aquella noción. Para un hombre soltero, un piso con dos recámaras podía ser excesivo en espacio y precio de la renta, pero Katsuki necesitaba de ese cuarto extra para instalar su gimnasio personal, y lo consideraba una inversión antes que un gasto inútil.

Eijiro se quedó para ayudarle a desempacar, y aunque Katsuki desdeñó su ayuda por considerarla innecesaria (y lo fue, considerando cuán pocos objetos le habían seguido desde Hokkaido), al terminar no dudó en ofrecerle una cerveza y bocadillos como agradecimiento.

—Brrr, ¿quieres que cierre la ventana? —Preguntó Eijiro cuando se sentaron en el piso a comer en una mesita, y Katsuki chasqueó la lengua.

—¿Bromeas? Estamos por lo menos a 15ºC.

—Imagino que en Sapporo esto no era nada.

—A estas horas seguro que están a 0ºC, y no lo echaré de menos —masculló Katsuki, que en manga corta y flexionando los músculos de los brazos, se llevó la lata a la boca.

—¿Y no dejaste a nadie especial allá atrás?

—No.

—Qué frío.

—Nunca tuve tiempo para perderlo en relaciones inútiles —dijo Katsuki, y era verdad. En Sapporo había tenido cierto tipo de amigos, que en sus mismas circunstancias, habían aceptado lo que Katsuki podía y quería darles, y que consistía en su cuerpo y un par de horas a la semana. Nada más.

—Antes te daría la razón, pero desde que Mina y yo estamos juntos, bueno... —El brillo en los ojos de Eijiro aumentó—. Espera a que la conozcas. A ella y al resto del equipo.

Katsuki hizo un ruido de aceptación.

Al día siguiente sería su primer día en Plus Ultra, y entonces tendría oportunidad de comprobar con sus propios sentidos cuánta de la fama que las instalaciones tenían era verdad.

Además de entrenar atletas de alto rendimiento, muchos de ellos competidores y estrellas de los deportes a escala internacional, Plus Ultra también atendía a un buen número de personas comunes y corrientes, así que Katsuki tenía claro la clase de alumnos que tendría para sus clases.

Con Toshinori ya había hablado de unas clases potenciales con una duración de tres meses como prueba, sobre todo enfocadas en aquellos que quisieran aumentar su resistencia física y velocidad, y Katsuki apenas si podía contener la emoción de diseñar por su cuenta la pista y los retos. En Plus Ultra, la imaginación era el límite y no los recursos monetarios, y Katsuki quería demostrar que su presencia y experiencia eran dos elementos con los que valía la pena contar.

—Deja te cuento de todos —dijo Eijiro, siempre dispuesto a ayudar a Katsuki a socializar, pues esa era su pata de palo—. Así podrás hacerte una idea del equipo que hemos llegado a conformar...

Y aunque Katsuki fingió escucharlo a regañadientes, en silencio prestó atención de nombres y puestos que su amigo mencionaba.

 

Katsuki contó el primero de marzo como su inicio en Plus Ultra, y durante las dos semanas siguientes se pasó acondicionando su próxima sala de entrenamiento. La persona antes que él no había hecho un buen trabajo, y más que área de crossfit daba la impresión de ser un simple campo de obstáculos que cualquier crío de kindergarten podría cruzar sin esfuerzo. De eso se quejó con Eijiro, y también con Toshinori, y obtuvo a cambio un presupuesto para mejoras del que Katsuki hizo rendir lo más posible.

Si bien Plus Ultra tenía entre su clientela un número nada desdeñable de atletas de alto rendimiento, esos constituían apenas el 1% de las personas que entraban y salían a diario de sus instalaciones. Eso tuvo que recordarlo Katsuki cuando sus clases se anunciaron en el tablero de entrada. De momento, Katsuki tendría dos grupos en la mañana y dos en la tarde, que se ajustarían según la necesidad, y éste se sorprendió al ver que el rango de sus alumnos rondaba desde los quince hasta los setenta y cinco años.

—¿Pero qué carajos? —Se quejó con Eijiro durante la hora del almuerzo, los dos disfrutando de un pollo con ensalada del comedor de Plus ultra. Como instructores, tenían un descuento considerable en sus comidas, y a veces era más fácil que traer comida para el día—. ¿Qué le hace pensar a esa vieja que una clase de crossfit es la adecuada para ella? Haría mejor en meterse a cursos de origami.

—No te fíes de la apariencia —le aconsejó Eijiro, que a diferencia de Katsuki, se había decantado por pescado con verduras—. La señora Nakamura solía participar en triatlones hasta hace diez años.

—Tsk, lo que sea.

Pese a su actitud a veces conflictiva, a veces proclive a las reacciones pendencieras, ya no era el mismo que cuando Eijiro lo había conocido tantos años atrás. Su arrogancia, actitud podrida y tendencia a estallar continuaban, sí, pero en menor medida, y sólo una a la vez, no las tres al mismo tiempo como antes.

En su anterior empleo había conseguido mantener una actitud profesional con sus colegas, y Katsuki quería lo mismo para su nuevo trabajo, aunque suponía él que le iba a costar un poco más. En Plus Ultra, la mayoría ya se conocían de tiempo atrás y eran amigos. En algunos casos, hasta más, como sucedía entre Eijiro y Mina. Menos mal para ellos dos que las relaciones románticas en el entorno laboral no estuvieran prohibidas, aunque se aconsejaba discreción, y sobre todo que en caso de un rompimiento se mantuviera la civilidad entre los involucrados. Katsuki había recibido esa charla en su primer día, aunque no le veía mucha utilidad.

Un gimnasio era el sitio perfecto para conseguir citas y compañía, cierto, y la calidad de los candidatos no era nada desdeñable, pero Katsuki no había encontrado a nadie que le satisficiera. Su última relación seria databa de los tiempos de la universidad, apenas un romance pasajero de tres meses que había terminado cuando Katsuki se percató que sus sentimientos no eran tan intensos como los de su compañero y le puso fin para ahorrarle el corazón roto más adelante. Desde entonces, había saltado de cama en cama, alargando su estancia cuando encontraba algo divertido que atrapaba su atención, pero que casi siempre desechaba al cabo de un mes. Katsuki todavía no quería sentar cabeza, y aunque estaba por cumplir treinta y tres esa primavera, no le importaba.

—¿Ya has pensado si te anotarás a alguna de las clases de cortesía? —Preguntó Eijiro, distrayendo a Katsuki de sus propios pensamientos—. La mía todavía tiene cupo, por si te interesa.

—Como si quisiera esculpir más mis pectorales —le chanceó Katsuki, sacando el pecho para demostrar su punto.

Las clases de cortesía era como se manejaban los espacios libres en las clases para que otro instructor se anotara. Cada uno de los instructores en Plus Ultra tenía derecho a anotarse en tres clases sin costo alguno, aunque la mayoría elegía una clase y dos terapias. Además de las sesiones de ejercicio, las instalaciones contaban con todo lo necesario para considerarse un centro de rehabilitación de lujo, con tratamientos, masajes y ventajas diversas como eran la alberca y la sauna.

Por su cuenta había pensado Katsuki que no le importaría anotarse a alguna clase de levantamiento de pesas, complementarlo con masajes de electroshock y quizá decantarse por la sauna ahora que el clima era frío, y cambiarlo en verano por la piscina. Ni de broma había considerado anotarse con Eijiro en su clase, porque la mayoría eran competidores de fisicoculturismo que pasaban más tiempo admirándose frente al espejo que cumpliendo con sus repeticiones en los aparatos.

—¿Qué piensas de spinning? A Mina no le importaría reservarte un sitio al frente, como mascota de la profesora —bromeó Eijiro, y Katsuki le lanzó un trozo de lechuga—. Sólo decía.

—Creo que pasaré por cada una de las clases antes de tomar una decisión —dijo Katsuki, incluso si ya tenía clara cuál iba a ser su elección final.

—Buena idea. Así fue como Mina me conoció, ¿sabes?

—Ugh, ¿es que no tienes otro tema de conversación que tu estúpida novia?

Pero incluso si se quejaba, Katsuki lo encontraba divertido. Aquel par estaba hecho el uno para el otro, los dos eran unos cabezahuecas, y se podía confiar en ellos para pasar un buen rato.

—¿Entonces ni hablar de salir los tres a beber esta noche?

Katsuki chasqueó la lengua. —Pensé que no ibas a tomar nada de alcohol antes de la próxima competencia.

—Ah, es hasta verano. Y un par de cervezas no van a arruinar el trabajo de meses —dijo Eijiro con orgullo al golpearse el pecho, donde sus voluminosos pectorales resaltaban en su camiseta de cuello ancho—. ¿Te apuntas?

—Ya qué.

Tras su fachada de desinterés, Katsuki no podía esperar a que llegara la noche.

 

El primer mes de Katsuki en plus ultra consistió en tantear el terreno, cerciorarse de que era justo el sitio en el que quería estar, y una vez que sus clases comenzaron y él tuvo que abrir dos grupos más para darse abasto con la demanda confirmó para sí que estaba justo donde le apetecía estar.

Su día comenzaba temprano, a eso de las cinco para estar a tiempo a su primera clase a las seis, que consistía en un grupo compacto de siete personas que pertenecían a la misma oficina y se habían anotado como parte de un reto. Todos sin falta eran hombres de camisa y corbata en sus cuarentas que estaban en pésima condición física, y Katsuki se había ensañado un poco con ellos en la primera sesión para hacerlos sudar la gota gorda y percatarse que las únicas limitaciones estaban en sus cuerpos. Apenas tenía con ellos cuatro semanas, pero los resultados eran asombrosos, y una buena parte de sus comentarios positivos provenían de ellos.

Repartidas en el día tenía Katsuki tres clases más que variaban según el día de la semana y el horario, además de dos personas que se habían anotado con él como entrenador personal porque se estaban preparando para una competencia, y a las que veía cuatro veces por semana en sesiones de dos horas.

Básicamente su día transcurría en Plus Ultra y le encantaba, incluso si a veces el cansancio podía con él y le recordaba sus propias limitaciones.

Justo como ocurrió aquel segundo lunes de abril, cuando después de finalizar con su primer grupo de la mañana y con una hora libre mientras empezaba su segunda clase, descubrió a una persona merodeando en la entrada de su sala.

El circuito de crossfit que él manejaba tenía un área de veinte por cincuenta metros, con áreas de obstáculos y otras de carrera, donde se combinaban toda clase de ejercicios. Katsuki mismo había diseñado el circuito para tres modalidades en distintos grados de intensidad según las capacidades de sus alumnos, y entre clases requería volver a poner todo en orden.

De buenas a primeras, Katsuki pensó que la persona que lo observaba enrollar los cables de veinte kilos con los que se realizaban algunos de los ejercicios era un curioso. Quizá alguien de una de las otras clases que venía a echar un vistazo y a considerar si se inscribía a la clase, aunque a esas alturas Katsuki ya se había familiarizado con un buen número de rostros, y aquel era por completo desconocido.

«Nada mal, sin duda», pensó Katsuki al apreciar el puñado de pecas que el desconocido tenía sobre las mejillas y que sólo fueron visibles una vez que él se acercó a saludar.

—Hey, si te interesa la clase, puedes anotarte en recepción —dijo Katsuki al recién llegado, y se levantó la camiseta para limpiarse el sudor que le perlaba la frente—. A menos que prefieras una demostración primero.

La persona frente a él sonrió, y Katsuki encontró encantadora e irritante a la vez la manera tímida en la que parecía querer ser amigable y se contenía.

—Yo... Uhm, ¿eres Katsuki Bakugou?

—Ajá, ¿y quién pregunta?

Un tanto interesado porque al parecer la persona frente a él al menos estaba enterada de su nombre, Katsuki se llevó su botella de agua y bebió largos tragos.

—Izuku Midoriya. Pasé a saludar —dijo, y con formalidad extendió su mano. Katsuki se la estrechó todavía con cautela, y no pasó por alto la rugosidad excesiva de sus dedos, que hablaba por sí misma de alguna actividad que los había puesto así—. Apenas volví, pero todo mundo no ha parado de hablar de ti.

—¿Quién es ‘todo el mundo’ exactamente?

—Ah, el resto del staff —dijo Izuku, y esta vez su sonrisa fue más natural—. Yo también trabajo aquí.

Katsuki frunció el ceño. —Imposible. Te habría visto antes durante las juntas de personal.

—Estuve fuera entrenando a un alumno mío —explicó Izuku con ligereza—. Apenas ayer regresé a Japón, y tengo todavía un par de días libres antes de volver a mis clases, pero quería pasar a saludar y entregar souvenirs.

Entrecerrando los ojos, Katsuki analizó todavía a más detalle a la persona frente a él. Vagamente recordaba haber escuchado mencionar a un tal Deku como uno de los miembros faltantes en Plus Ultra. Katsuki no había prestado atención, creía recordar que era Ochako Uraraka de las terapias físicas la que había hecho mención de ese nombre, pero también que estaba en el equipo de halterofilia, y el individuo frente a él y que se había presentado como Izuku no tenía ese nombre ni tampoco el físico. Sólo las manos rugosas, pero eso no implicaba nada.

En primer lugar, sus músculos no eran tan voluminosos ni tenían el aspecto de poder levantar gran cantidad de peso. Bastó un vistazo para que Katsuki dictaminara que quien tenía frente a él podía ser asiduo al ejercicio físico, pero nada extenuante. Por si acaso, preguntó:

—¿Exactamente qué clases impartes?

Izuku mostró otra vez su sonrisa tímida. —Yoga y pilates, pero también tengo unos cuantos alumnos que-...

—¿Yoga y pilates? —Lo interrumpió Katsuki, y una risotada cruel lo ahogó—. Ya veo.

—¿Qué?

—Nada.

—Sólo dilo.

Katsuki puso los ojos en blanco. —¿No son esas clases para ancianas y mujeres en medio de alguna especie de crisis emocional o la menopausia?

—También tengo algunos hombres en mis clases —refutó Izuku el sexo de sus alumnos, pero no las otras afirmaciones.

—Gays.

—Eso no es asunto mío —gruñó Izuku, por primera vez mostrándose verdaderamente enojado—. Y si tanto te molesta, entonces es buena hora de decirte que yo mismo lo soy. Así que si tienes un problema...

—¿Y? Gran cosa —refutó Katsuki, poniéndose serio—. Yo también lo soy. Pero no por eso estoy anotado en clases de yoga o pilates. Qué tontería...

—¿Ah no? —Escuché de Koji en recepción que todavía no has llenado tu cupo en clases de cortesía. Podría guardarte una estera justo a mi lado para que no te pierdas ninguno de los asanas básicos.

Con un gruñido desde lo hondo de su garganta, Katsuki rechazó la proposición. —Paso. Como si necesitara mejor mi elasticidad.

—El yoga no consiste sólo en-...

—Además —volvió a interrumpirlo Katsuki, y con su brazo señaló su aula—. Si uno de los dos tuviera que sacar partido de esas clases de cortesía, ese deberías de ser tú. A menos que el reto te apabulle.

Izuku dejó vagar su vista a través del circuito que ocupaba toda la sala. —Creo en la reciprocidad —dijo al cabo de un largo minuto en el que Katsuki había considerado que haría una huida al no considerarse capaz o en condición adecuada para aceptar el reto.

—¿De qué hablas? —Inquirió en respuesta.

—¿Te anotarás en mi clase de yoga si completo el circuito?

—Pf, si es que lo consigues... —Desdeñó Katsuki la idea, pero Izuku había dado el paso final dentro de la sala, y por su apostura parecía listo para hacer valer sus palabras.

—Veo que tienes tres niveles de dificultad, así que te propongo esto... —Dijo Izuku, estirando los brazos por encima de su cabeza y mostrando una franja de piel entre su camiseta de manga larga y los pantalones deportivos que vestía. A tiempo de contuvo Katsuki para humedecerse los labios cuando encontró un estómago torneado y en el que se podía apreciar la definición de sus músculos.

Ok. Así que aquel no era un simple maestro de yoga para ancianitas y mujeres con el climaterio en su apogeo, pero eso no implicaba que fuera un atleta capaz de cumplir su circuito más difícil. En sus grupos, la mayoría eran principiantes, y sólo sus alumnos de curso especial habían conseguido pasar invictos el nivel de dificultad máximo, y eso porque se estaban entrenando para un programa de televisión donde el premio tenía cinco ceros de premio.

—... pasaré el circuito tres —continuó Izuku, ajeno a los pensamientos de Katsuki—, y a cambio estarás tres meses conmigo en mis clases.

—Como si eso fuera a ocurrir...

—¿Pero aceptas el reto?

—¡Claro que acepto el reto! ¿Por quién me tomas? —Refunfuñó Katsuki, y accedió al apretón de manos que Izuku le ofrecía para sellar el trato.

Al contacto con su mano, Katsuki experimentó un hormigueó en los dedos, y retuvo el contacto un segundo más de lo necesario. Izuku tampoco parecía ajeno a aquella sensación, pero lo disimuló mejor al prepararse con un par de estiramientos y ejercicios de calentamiento antes de indicar que estaba listo.

Katsuki no le auguraba al maestro de yoga un final exitoso. Él mismo había probado aquel circuito en varias ocasiones, y de cinco, sólo había conseguido terminarlo tres sin que el corazón amenazara con salírsele del pecho. Era casi un reto suicida, y sólo aquellos en condición física óptima y dispuestos a jugárselo en todo o nada lo conseguían.

—No hay límite de tiempo, ¿correcto? —Preguntó Izuku al posicionarse al inicio del circuito, y Katsuki rió entre dientes.

—Si lo terminas en una pieza, con eso basta.

—Bien. —Cambiando su expresión inocente, ligeramente risueña que había conseguido mantener hasta ese momento, Izuku hizo crujir sus nudillos, y siguiendo una imaginaria campana de inicio se lanzó con todo.

Katsuki lo observó cruzar a través de la línea de obstáculos con una llanta sobre la espalda y esquivar todos los puntos peligrosos. Pese a que en ese punto más de la mitad que lo intentaban acababan en el piso aplastados o con un tobillo torcido, Izuku consiguió llegar al muro y empezar a escalarlo. La versión para el nivel tres incluía un salto para asirse de las primeras agarraderas a dos metros de elevación y sin cuerda, y Katsuki había dado por sentado que no lo conseguiría.

Con su metro setenta y poco, Katsuki podía saltar bastante a pesar del peso de sus músculos, pero Izuku era más bajo que él, no por mucho, y la tendría difícil para conseguirlo, excepto que se impulsó con un pie sobre el muro, y en un movimiento que a Katsuki le recordó a los que se podían ver en parkour se elevó mucho más allá de la primera agarradera y consiguió hacerlo de la tercera, a poco más de dos metros sobre el suelo.

—Tsk —chasqueó Katsuki la lengua, muy a su pesar con admiración. Bah, ¿y qué si el idiota del yoga tenía ligereza en sus saltos? Aquel circuito apenas estaba empezando.

Sin embargo, por espacio de quince minutos Izuku superó prueba tras prueba, escalando y arrastrándose según fuera necesario, cargando pesos y demostrando agilidad tal cual lo requería, impulsándose siempre más de lo que Katsuki le había atribuido en primer lugar y sin demostrar con ello que estuviera haciendo ninguna clase de esfuerzo especial.

Sólo hasta el final encontró Katsuki pruebas del cansancio de Izuku, cuando al tener que cruzar un puente colgante perdió impulso al soltarse con su mano derecha, y con una mueca de dolor quedar pendiendo en el aire por largos segundos.

—¿Te rindes? —Gritó Katsuki, no tanto para azuzarlo a que se soltara, sino para picar su orgullo y conseguir que no lo hiciera.

Izuku resopló, y con un esfuerzo máximo consiguió volver a sujetarse con ambas manos, y en un cambio de planes que Katsuki no habría adivinado de él, se valió de sus piernas para continuar los últimos metros que le separaban hasta la siguiente prueba.

A partir de ahí su rendimiento se vio disminuido, y Katsuki se vio tentado de proponerlo un alto total por la manera discreta pero evidente en que mantenía su brazo derecho sujeto a su costado y evitaba usarlo a partir de ese punto, pero una voz interna lo detuvo. En ese aspecto, sospechaba él, Izuku era como el mismo Katsuki cuando se trataba de proteger su orgullo, y cualquier oferta por detenerse lo ofendería, al punto en que para demostrarse que podía seguir adelante se arriesgaría a una lesión. O a empeorar cualquiera que ya estuviera sufriendo en esos momentos...

Siguiendo su progreso a través de la pista, Katsuki se mantuvo cerca de Izuku en todo momento, listo para atraparlo en el momento en que las fuerzas le fallaran, porque incluso si aquel idiota le estaba irritando con su terquedad por seguir adelante y ganar aquella apuesta, antes que nada era un instructor de Plus Ultra, y antes muerto que dejar que alguien a su cargo se lesionara.

Incluso otro instructor en Plus Ultra que por su necedad se lo hubiera buscado...

La última prueba del circuito consistió en un último esfuerzo con ambos brazos, en un descenso inclinado y valiéndose de ambos brazos y piernas a una altura de casi tres metros.

—¡Ah! —Jadeó Izuku, cuando a dos metros del suelo su brazo derecho se contrajo de manera dolorosa y tuvo que soltarse.

Pendido de piernas sobre el tubo y colgando de cabeza con los brazos laxos en paralelo sobre piso, Izuku le dedicó a Katsuki una media sonrisa.

—Dame un minuto —bromeó con ligereza—. No voy a soltarme todavía. No me rendiré hasta que-... ¡Oh!

En un acto que después Katsuki catalogaría de impulsivo e irresponsable de su parte (también de la de Izuku, porque se necesitan dos para bailar tango), éste se acercó hasta quedar frente al torso invertido de Izuku, y valiéndose de que la altura y el ángulo era el correcto, lo besó de lleno en la boca.

El primer contacto fue duro. Los dientes de Katsuki entrechocaron con los de Izuku, pero se repusieron con rapidez, y sus lenguas no tardaron en hacer colisión. Katsuki sujetó la cabeza de Izuku con una mano para evitar que se moviera, pero no fue necesario cuando éste se impulsó al frente y le demostró que estaba en ese beso tanto como él. Con la mente en blanco salvo por la aguda necesidad de más, Katsuki se llevó un chasco cuando el beso se vio interrumpido al separarse Izuku volteando ligeramente el rostro.

—Uhm —jadeó éste—, si pretendes distraerme para hacerme caer...

—Idiota —le soltó Katsuki del todo—. Incluso si no, para mi cuenta como si hubieras llegado a la meta.

—Pero...

—Ah, como sea —resopló Katsuki, y le dio la espalda.

Izuku todavía se demoró unos segundos más reuniendo fuerzas antes de conseguir volver a sujetarse a la barra, aunque lo hizo sólo con su mano izquierda, y se demoró el doble de tiempo usual para recorrer los últimos metros que le faltaban para llegar a la línea de meta y con una exhalación cansada declarar que lo había conseguido.

—Seguro que tú puedes hacer un mejor tiempo —dijo Izuku, sentado en el piso de colchonetas y recuperando el aliento.

—Ya.

—En fin... —Un tanto tembloroso por el esfuerzo realizado, Izuku se puso en pie y se sacudió un poco de polvo imaginario de la ropa—. Fue divertido.

Si hacía mención al circuito y a la apuesta, o al beso y que los dos parecían incapaces de abordarlo directamente, Izuku no lo aclaró. En su lugar se masajeó el hombro derecho y lo hizo rotar.

—Tsk, Ochako me va a regañar.

—¿Ochako Uraraka? —Ese nombre lo reconoció Katsuki en el acto, si acaso porque la mujer a la que pertenecía era amigable y no se había dejado amedrentar por la expresión ceñuda que era parte intrínseca de sus facciones. Según recordaba éste, Ochako daba terapias físicas—. ¿Qué asuntos tienes con e-...?

Pero antes de que Katsuki pudiera terminar su oración, la puerta de la sala se abrió de golpe, y ningún otro más que Kirishima encabezando una comitiva entró armando ruido y con exaltación gritando:

—¡Ahí estás, Deku!

«¿Deku?», pensó Katsuki con desagrado. «¿Qué clase de apodo estúpido es ese?» El error era comprensible. Izuku debía escribirse en kanjis de tal manera que Izu pudiera leerse también como De, aunque la connotación no era la misma. Deku era un insulto bastante burdo, algo que sólo un crío pequeño podría idear para fastidiar a alguien más, pero tampoco era como para adoptarlo en la vida adulta.

Ajeno a los pensamientos de Katsuki, Izuku levantó su brazo izquierdo para saludar, y un grupo de al menos media docena de personas entró a la sala. Katsuki se molestó por aquella obvia invasión de su espacio de trabajo, pero ya que estaba haciendo esfuerzos por llevarse bien con sus colegas mantener a raya su constante mal genio, mantuvo su ceño fruncido y expresión hosca al mínimo.

—¿Ya se conocían ustedes dos? —Preguntó Mina, que al igual que Eijiro nunca perdía tiempo en meterse en los asuntos de los demás.

—No —replicó Katsuki.

—Sólo pasé a saludar —dijo Izuku con un tono de voz más sosegado—. Vine a ver quién había sustituido a Mezo y... —Por segunda vez, Izuku se acarició el hombro derecho, y el gesto no le pasó desapercibido a Katsuki.

Y al parecer tampoco a Ochako. —¿Te pasa algo en el brazo?

—No es nada —desestimó Izuku la noción—. Quise probar el circuito de Katsuki y me he dado un tirón de nada en el brazo, pero ya pasará.

—Deberías venir conmigo —insistió Ochako, y con una familiaridad que hizo a Katsuki apretar los dientes, sujetó la mano derecha de Izuku entre las dos suyas—. Por favor. Sólo para cerciorarme que no es nada.

—Ochako...

—Así podré estar tranquila.

—Vale, vale...

Aquel intercambio quedó pronto en el olvido conforme Eijiro, Mina y otros de los instructores que de momento Katsuki no recordaba de nombre le preguntaban a Izuku de Estados Unidos y la competición a la que él y un tal Mirio Togata habían ido. Por lo que Katsuki dedujo de la conversación, había sido un evento grande de levantamiento de pesas en donde habían vuelto con varias medallas de oro, y eso despertó su interés al repasar a Izuku de pies a cabeza.

Pese a su corta estatura, Izuku no era ningún enclenque, aunque tampoco podía decirse que fuera una mole de músculos. Quizá en el pasado lo fuera, aunque ahora sólo tenía definición y se mantenía en buenas condiciones a juzgar por su desempeño de minutos atrás.

—Mirio volvió a casa pero prometió pasar de vuelta el fin de semana para celebrar su victoria —dijo Izuku, y a su alrededor los otros instructores vitorearon.

—Apuesto a que All Might paga las bebidas —dijo uno de los instructores cuyo nombre Katsuki no recordaba, aunque sí su apariencia de cabello rubio y actitud bobalicona. Creía recordar que su especialidad eran las terapias eléctricas, pero no podría jurarlo.

—¿No es el próximo lunes tu cumpleaños, Katsuki? —Inquirió Mina, atrayendo toda la atención sobre éste, y Katsuki se encogió de hombros.

—Sí, ¿y qué?

—¿Como que ‘¿y qué?’? —Lo remedó Eijiro, echándole un brazo encima y atrayéndolo en un medio abrazo—. Tenemos que celebrarlo como es debido. Y ahora que Izuku está de vuelta con Mirio y trajo a casa varias medallas, lo lógico sería organizar una fiesta como es debido.

—Bah —desdeñó Katsuki la noción, pero en cambio Izuku se mostró complacido por la idea.

—Seguro que será divertido —dijo con una sonrisa, que aunque honesta, no le pasó por alto a Katsuki que ocultaba algo detrás.

«Seguramente lo mismo que ese brazo que no deja de tocarse...»

 

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Notas finales:
En total el fic tiene 13 capítulos y actualizaré los viernes y martes. Si hay comentarios (en cualquiera de las 3 páginas donde lo subo) habrá otro capítulo al siguiente día de esa lista. Si no es el caso, nos veremos en una semana sin falta.
Graxie por leer~!
2.- "No te invité a dormir la siesta, Izuku." por Marbius

2.- "No te invité a dormir la siesta, Izuku."

 

Katsuki debía reconocer que en Plus Ultra aquellos que ostentaban los títulos oficiales de Instructores y Terapeutas no eran sólo colegas de trabajo que se daban los buenos días y seguían su camino, sino que se esforzaban por crear verdaderos lazos de amistad entre sí.

Por una parte, era agradable encontrarse en un medio donde la competencia era con uno mismo en lugar de con el resto como solía ser en su anterior empleo. En Sapporo se había sentido Katsuki en medio de un nido de serpientes, teniendo él mismo que adoptar escamas y nuevos hábitos para mantenerse con vida, pero en Tokyo aquellas habilidades no tenían gran uso. Toshinori en verdad se esforzaba día con día en crear dentro de sus instalaciones un espacio agradable para sus clientes tanto como el staff que los atendía, y era un detalle que se apreciaba cuando casi a diario convivían codo contra codo entre sí.

La única pega, si es que se podía contar como tal, era que por su naturaleza Katsuki no era gregario como el resto. No de la misma manera al menos. Toleraba el contacto humano y no tenía inconveniente en mantener la cortesía al mínimo, pero a ratos llegaba a su límite cuando a la hora del almuerzo buscaba una mesa apartada donde sentarse a comer en paz y de pronto otros instructores consideraban una labor social sentarse con él como si pensaran que estaba solo por azar y no porque él lo hubiera buscado así.

—Les caes bien a todos —le había explicado Eijiro la única vez que se atrevió a quejarse de no tener un minuto para sí mismo—. Acéptalo y sigue con tu vida.

—Además —había agregado Mina, que al lado de Eijiro se sumaba cada vez más y más a sus almuerzos—, Izuku les contó a todos que eras agradable. Eso ayudó a romper más el hielo.

Katsuki gruñó, pero no volvió a quejarse, y de esa manera tuvo que resignarse a que sus comidas serían acompañadas a partir de ahora en adelante.

Porque los horarios de todos eran diferentes y estaban en constante cambio conforme algunas clases terminaban, otras daban comienzo, se anotaban alumnos privados o los mismos instructores y terapeutas acudían a sus clases de cortesía, cada día de la semana tenía Katsuki compañía diferente para comer. A veces era una persona en su mesa y podían disfrutar del espacio; a veces eran cinco, y los codos se estorbaban al levantar los palillos.

En cualquier caso, nunca fueron sólo él e Izuku, y ese en aparente nimio detalle molestó a Katsuki más de lo que estaba dispuesto a admitir en voz alta, incluso a solas.

Después de su primer encuentro («del beso que compartimos», se reprendió Katsuki por minimizarlo) no habían tenido oportunidad de estar juntos y a solas.

Izuku tenía al igual que Katsuki un par de clases a primeras hora de la mañana, pero a diferencia de él tenía sesiones privadas con el tal Mirio Togata hasta mediodía, y después clases vespertinas. En esas horas de la tarde en que Katsuki aprovechaba las instalaciones de la piscina y la sauna, Izuku atendía sus grupos. Y justo cuando él terminaba y asistía a sus terapias (de eso se había enterado Katsuki por casualidad, no que estuviera espiando la conversación de Ochako con el idiota de cabello bicolor del que nunca podía acordarse el nombre) era que Katsuki tenía sus últimas clases del día.

Sus horarios no coincidían en lo más mínimo, y Katsuki ya se había resignado a que la charla pendiente de ese beso que habían compartido en su sala de entrenamiento quedaría en nada, cuando el mismo Izuku se presentó de vuelta justo cuando terminaba con uno de sus grupos y antes de que empezara la clase con el siguiente para recordarle que más tarde todos saldrían juntos a celebrar.

—Por la victoria de Mirio y tu cumpleaños —le recordó Izuku, vestido con pantalones elásticos y una camiseta con el logotipo de All Might—. Así que no puedes faltar.

—Ya, pero... —Fingiendo estar ocupado mientras reorganizaba el equipo para su siguiente clase, Katsuki le había dado la espalda—. No sé si pueda ir.

—¿Si puedes o si quieres ir? —Presionó Izuku por una respuesta honesta, y Katsuki gruñó.

—Eso es asunto mío.

—He hablado con los otros instructores de Plus Ultra —dijo Izuku, ignorando la clara negativa, y entró a la sala. Con pies ligeros se posicionó detrás de Katsuki y casi hizo a éste saltar cuando su voz le llegó desde más cerca—. Salvo por Eijiro, la mitad cree que no tienes demasiadas habilidades sociales.

—¿Y la otra mitad?

—Que no te importa.

Katsuki bufó. —¿En cuál mitad te colocas tú?

Colocándose a su lado, Izuku se sentó de cuclillas para estar a su misma altura. —Oh, yo me he formado mi propia opinión de ti.

—¿Que es...?

—Te lo diré si vienes a la fiesta. Compartiremos taxi a la salida, así que únete. No es nada formal. —Izuku se balanceó y su hombro chocó con el de Katsuki—. Haré que valga la pena.

Y esa promesa, por encima del resto, fue lo que selló el trato.

 

—Es genial que hayas venido, Katsuki —dijo Ochako cuando a la hora de la salida éste se unió al grupo que esperaba a un costado del edificio el taxi que pasaría por ellos para llevarlos a un bar-restaurant con karaoke que All Might en persona había hecho reservaciones para la feliz ocasión.

De falda corta y un ligero escote, Ochako no desencajaba para una salida de noche salvo por los zapatos bajos, aunque Katsuki le dio puntos porque no era calzado de enfermera ni nada por el estilo. Sólo un par cómodo, y no era la única. La mayoría de los ahí presentes vestía jeans y camisetas, algunos llevaban camisa, y ni rastro de zapatos deportivos, pero no eran el clásico grupo que se había vestido de lujo para una salida a bailar y beber. Al fin y al cabo, por el tipo de trabajo que mantenían aquella era el tipo de vestimenta con la que acudían a Plus Ultra antes de cambiarse la ropa por prendas adecuadas.

—¡Ah, Izuku! Por aquí —atrajo Ochako la atención de su amigo, y al acercarse le echó los brazos al cuello y lo abrazó. A Katsuki no le pasó por alto la naturalidad con la que pegó su nada despreciable pecho contra Izuku, o la manera desparpajada con la que éste le rodeó la cintura y la hizo dar un giro en el aire antes de volverla a dejar en el piso—. Había extrañado eso.

—A nadie aquí le importaría que lo saludaras así —dijo Izuku, pero Ochako denegó con la cabeza.

—No, sólo contigo puedo dar esas vueltas sin marearme.

Para sí, tomó nota Katsuki de que esos dos tenían historia. Hasta donde sabía, Ochako tenía algo con Tenya de contabilidad, que además fungía como entrenador de un selecto grupo de corredores, así que no era una relación reciente de la que quedaran rescoldos, pero había manchas de ceniza que se negaban a desaparecer...

—El taxi está aquí —anunció Koji con su dulce voz, para nada en concordancia con su masiva figura, pero la mayoría ya se habían hecho a la idea de las maneras del recepcionista de Plus Ultra, y en orden procedieron a subir a la camioneta.

Pese a tener a su disponibilidad una docena de asientos, ellos eran muchos más, y Ochako acabó por sentarse en las piernas de Izuku, muy para disgusto de Katsuki.

«Bah, no es asunto mío», se forzó Katsuki a rechazar los celos que le picaban en las palmas de las manos como nitroglicerina a punto de explotar. Al diablo con ellos dos y también con el idiota de Tenya, que había preferido sentarse al frente con el conductor para charlar de regulaciones de tránsito en lugar de hacerse cargo de su chica.

Conformando un grupo de lo más variopinto y ruidoso, Katsuki consiguió hacer migas con Kyoka Jiro (entrenadora de calistenia, pero también músico amateur) y Hanta Sero (entrenador de gimnasia acrobática y con cables) mientras ignoraba a Izuku y la mano que éste tenía sobre la cintura de Ochako porque no le importaba. Oh no, para nada, ni una pizca. Ni esa mano, ni ellos dos, ni las risitas que compartían casi susurradas cuando acercaban el rostro tan de cerca que cualquier frenada inesperada los haría besarse.

—... deberías unirte a nosotros —propuso Kyoka, que ajena a los pensamientos casi asesinos de Katsuki, le propuso poner en buen uso sus habilidades con la batería en la banda tentativa que ella, Momo, Fumikage y Denki participan en sus esporádicos días libres—. No vamos para nada en serio, pero nos gusta reunirnos una vez por semana a divertirnos con nuestros instrumentos.

—Lo pensaré —dijo Katsuki, más atento a las risas de Ochako que a la conversación en la que supuestamente participaba.

No tardaron mucho en llegar a su destino, y al bajar del automóvil se admiró Katsuki complacido del lugar donde sería la reunión.

—Te va a gustar, colega —dijo Eijiro al pasar por su lado con una mano en la cintura de Mina—. Nuestras mejores fiestas han sido aquí.

—No lo dudo...

Porque Toshinori era una pequeña celebridad y un cliente frecuente, una porción del área común estaba reservada para ellos con una enorme mesa en donde ya había algunos comensales (instructores que habían salido antes que ellos de sus últimas sesiones) y también bebidas que se consumieron mientras los esperaban.

Katsuki siguió a Eijiro y a Mina a una de los asientos en la orilla de la gran mesa que coronaba el lugar, y apenas tuvo oportunidad le pidió a la mesera que le sirviera una cerveza bien helada.

—Tienes que probar todo el menú de aquí —elogió Mina la comida al inclinarse sobre Eijiro para hablar con Katsuki—. Hemos venido por casi dos años y en cada ocasión salimos convencidos de haber probado comidas mejores que la vez anterior.

—Eso quiero comprobarlo —murmuró Katsuki.

Precisamente con Tenya a su otro lado, Katsuki supuso que Ochako estaría al lado de su novio y después Izuku, pero éste se había ido a sentar entre All Might y un tipo grande y rubio que no paraba de echarle el brazo encima y tocarlo con familiaridad.

—¿Qué carajos...? —Masculló Katsuki para sí. Era obvio que ese tipo tenía esa clase de cercanía con Izuku era porque compartían alguna clase de pasado, a menos que estuviera malinterpretando las señales, pero ni él se creía eso.

—Puede que no lo reconozcas porque no es exactamente tu escena, pero ese es Mirio Togata —le explicó Eijiro al apreciar el punto fijo que tenían los ojos de Katsuki al otro lado de la mesa—. Es el-...

—¿Novio de Izuku? —Interrumpió Katsuki, y a su lado Eijiro se atragantó con una media carcajada.

—¿Qué? ¡No! Bueno... Tienen su pasado en común, y después de eso creo que salieron juntos un par de veces, pero... ¿Sabes tú algo, Mina?

Mina dejó a medias una conversación que mantenía con Tsuyu y se dio unos golpecitos en el mentón mientras hacía memoria. —Creo que lo dejaron cuando Izuku se convirtió en su entrenador.

—Así fue —confirmó Tsuyu—. Aunque sospecho que Mirio no ha conseguido superarlo del todo.

—¿Izuku lo entrena en yoga y pilates? —Inquirió Katsuki con sorna—. ¿Existen campeonatos para eso?

En idéntico gesto, Eijiro, Mina y Tsuyu, pero también Tenya y Ochako que se giraron hacia él desde su otro lado le dedicaron una expresión de desconcierto.

—No te ofendas, colega —dijo Eijiro con buen humor—, pero deberías prestar más atención a tu entorno o vas a quedar en ridículo con tu ignorancia.

Katsuki puso los ojos en blanco. —No es como si tuviera más que un par de días de conocer a Izuku. Recién volvió de los Estados Unidos, ¿o no?

—Sí, porque fue con Mirio a entrenarlo allá para una competición —dijo Tsuyu, haciendo uso de unos niveles de paciencia envidiables para cualquiera.

—Izuku también solía levantar pesas de manera profesional —dijo Ochako, antes de agregar con voz pesarosa—, antes de la lesión...

Como si de un chispazo de inspiración se tratara, Katsuki conectó los puntos: El brazo de Izuku, su hombro en concreto. Justo el aquel día en que se conocieron («cuando nos besamos», suplió el traidor de su cerebro) Izuku había dejado ir la barra cuando una contracción en su brazo derecho lo obligó. Y después se lo había masajeado cuando creía que Katsuki no le prestaba atención. En su momento él se lo había atribuido a alguna especie de tic nervioso, pero la verdad al parecer era otra.

—Se retiró hace casi tres años —explicó Eijiro tras un suspiro—. Iba en línea directa a la cima de la halterofilia cuando tuvo aquel maldito accidente raro y... Da igual. Es agua pasada. Ha recorrido un largo camino para volver a estar en forma, y aunque es imposible que vuelva a recuperarse al 100% al menos tiene la satisfacción de poder entrenar a su sucesor.

—Que Izuku no te escuche decir eso frente a él —intervino Tenya con seriedad, subiéndose las gafas cuadradas sobre el puente de su nariz tan recta como él daba la impresión de ser—. Es cruel.

—Izuku jamás lo admitiría, pero... —Ochako desvió la vista hacia Izuku, que en esos momentos sonreía con Toshinori y Mirio—. Hay pérdidas de las que uno jamás se recupera...

—Yo, uhm, di por sentado que sólo daba clases de yoga y pilates —gruñó Katsuki—, al menos es lo que aparece en el tablero de horarios.

—Y así es —confirmó Tsuyu—. Después del accidente, Izuku empezó a fortalecer su cuerpo desde lo más básico. Y ya que tiene prohibido levantar más peso que el propio...

—Es por eso que Mirio es su único alumno, a pesar de que antes solían ser rivales —dijo Tenya—. Es una lástima... Izuku pudo haber llegado a la cima. Incluso superado a All Might.

—No será para tanto —desdeñó Katsuki, incapaz de creer que alguien de ese tamaño y sin un físico particular, que además se dedicaba a dar clases de yoga y pilares a ancianitas y mujeres en la menopausia, se mereciera aquellos títulos.

—Puedes apostar que sí, colega —respondió Eijiro por todos, y el pesar en su voz hizo que Katsuki no buscara pelea refutándoselo.

La llegada de la mesera con sus bebidas puso punto final al lúgubre tema de conversación que era Izuku y su aparente carrera como trunca como pesista, pero incluso con una cerveza en la mano y charlando a sus anchas con las personas que lo rodeaban, Katsuki no pudo quitarse a cierta persona de la cabeza.

No a Izuku tal cual. No, ni hablar. Sino a Mirio Togata, que no paraba de tocar a Izuku y actuar como si fuera de lo más natural el insistir mantener su brazo sobre el respaldo de su silla y cada tanto rozarle el cabello. Vale, que era un cabello que incitaba a tocarlo. Oscuro en color con un cierto tono verdoso que iba a juego con sus ojos, claro que era un cabello que ameritaba ser revuelto con gesto juguetón («incluso sujetarlo desde la base y tirar fuerte», suplió una parte del cerebro de Katsuki que éste prefirió ignorar), pero Mirio ya debería aprender que él no era el único con ese deseo, y que si el resto podía contenerse, igual por decencia debería hacer él lo mismo.

—Jóvenes —atrajo de pronto Toshinori la atención de los ahí presentes al ponerse en pie, y con su figura alta, apenas una sombra de la gloria de sus mejores tiempos, hacer que su voz se superpusiera a cualquier otra—, esta noche estamos de celebración por Mirio y las medallas que trajo a casa, pero también por Izuku que fue su entrenador. Por lo tanto, la comida y bebida corren por mi cuenta, ¡así que a disfrutar!

—No tienen que decírmelo dos veces —bromeó Eijiro al lado de Katsuki, que abrió su menú y se dispuso a ordenar lo que más le apeteciera de la carta sin culpa.

Sin conocimiento previo de cuáles podrían ser los mejores platillos a su disposición, Katsuki aceptó la sugerencia de Ochako por compartir unas cuantas entradas y una parrilla de platillos que incluían camarón y que Tenya no podía probar por ser alérgico a los mariscos.

Por eso último de hecho pidió un cambio de asiento al otro lado de la mesa, y quiso la suerte de Katsuki que Tenya tuviera un par de pendientes por hablar con Toshinori respecto a una orden de pago que sus proveedores todavía no conseguían sortear, de tal manera que fue Izuku el que quedó entre él y Ochako.

—Oh, ¿van a pedir la parrilla marina celeste para dos? —Preguntó Izuku apenas sentarse, y al asentir Ochako pidió que fuera para tres.

—¿A Mirio no le importó que cambiaras de lugar con Tenya? —Inquirió Ochako a la menor oportunidad, e Izuku se atragantó con la cerveza que bebía. Hicieron falta un par de palmaditas de su amiga en la espalda para que pudiera recuperarse, e incluso entonces se mostró mortificado.

—¿Qué? No. Y no debería. Sólo somos amigos.

—Su mano en el respaldo de tu silla contaba una historia diferente —murmuró Katsuki, tan bajo como para que no llegara a oídos de Ochako, pero sí a los de Izuku.

El propio Izuku se giró hacia Katsuki, y tras evaluar su rostro unos segundos, dijo en el mismo tono bajo: —Ya, pero soy su entrenador, y nosotros no tenemos esa clase de relación.

—¿Querrás decir que tenían? —Enfatizó Katsuki, poniendo a prueba los rumores que había escuchado en esa misma mesa apenas minutos atrás.

Con un ligero rubor aposentándose en sus mejillas, Izuku entrecerró los ojos. —¿Quién te lo dijo?

—¿Importa?

—Oh, ¿qué tanto mascullan ustedes dos? —Intervino Ochako, ligeramente achispada por su consumo de alcohol desde que habían arribado—. No estarán peleando, ¿o sí?

—Qué cosas dices, Ochako —la tranquilizó Izuku con naturalidad—. Sólo conversábamos.

Haciendo uso de la familiaridad de su trato, Izuku consiguió desviar la atención de Ochako hacia otros derroteros, aceptando contar un par de historias de su tiempo en Estados Unidos con Mirio y de las aventuras que habían tenido allá mientras se preparaban para la competición.

Katsuki escuchó atento sin interrumpir salvo para hacer preguntas aquí y allá, y al cabo de un rato se descubrió absorto en las descripciones que Izuku hacía de las personas y los lugares que había conocido en su estancia fuera del país. Por lo que contaba, había sido una experiencia única en la vida y de lo más increíble, pero también se sentía satisfecho de haber vuelto a Japón.

—No hay lugar como el hogar, definitivamente —finalizó Izuku a tiempo para que empezaran a llegar los platillos a la mesa, y frente a ellos tres plantó su mesera un platón grande con una gran variedad de preparaciones que se podían hacer con camarones. El toque extra venía con una ensalada y cinco clases diferentes de aderezos para acompañar además de la salsa de soya y más alcohol.

—Oh, no sé si debería seguir bebiendo —dijo Ochako con el rostro rojo por el consumo de alcohol y arrastrando un poco las palabras—. Tenya es el que tendrá que lidiar conmigo...

—Pues que lo haga. Es su trabajo como novio —gruñó Katsuki, cogiendo uno de los tres platos que venían con su comida y los palillos para servirse.

—Hoy estamos de celebración —dijo Izuku con mayor afabilidad—. Además, cuidaré de ti.

Ochako recibió sus palabras con una risita, y Katsuki se vio tentado de estrujar un camarón empanizado que sostenía con sus palillos, pero se contuvo a tiempo.

—Vale, ¿así que ustedes dos se acostaban juntos o...? —Preguntó sin ambages, y ahí donde Ochako enrojeció todavía más y se cubrió el rostro con ambas manos, Izuku manejó diestro los palillos seleccionando su comida en el platón mientras daba una respuesta.

—Ochako y yo salimos juntos por un año cuando recién empezamos a trabajar en Plus Ultra. ¿Hace cuánto ya de eso? Mmm, casi hace ocho años, pero obviamente no funcionó. Nos separamos y quedamos como mejores amigos, ¿no es así, Ochako?

—Sí —asintió ella, dándose golpecitos en las mejillas antes de también tomar su plato y esperar por un turno para servirse—. Es historia pasada.

«Sigue repitiéndote eso, cara redonda», pensó Katsuki para sí con un dejo de crueldad. Daba lo mismo si esa relación romántica suya era agua bajo el puente, porque a sus ojos Ochako todavía tenía remanente de sentimientos por Izuku. Al diablo si ahora ella estaba con Tenya y obviamente Izuku la había superado saliendo con Mirio, porque de su viejo amor todavía quedaban brasas y no cenizas. No que Izuku fuera a culparla. Izuku tenía una manera de meterse bajo la piel de cualquiera, y si lo sabría él por experiencia propia lidiando actualmente con eso...

—Es lo que pasa cuando trabajas tan de cerca y seguido con una persona —agregó Ochako en un tono ligeramente melancólico—. Bastantes parejas se han formado así en Plus Ultra. Algunas efímeras...

—Y otras sólidas como tú y Tenya —dijo Midoriya para confirmar su teoría, pero Katsuki encontró que aquel comentario amable era también insensible cuando Ochako se mordió el labio inferior y le dio la razón... Incluso si estaba claro que había un cierto atisbo de duda en su elección.

«Ah, no debería involucrarme en esto. Izuku es problemas, es...»

—Prueba esto —depositó Izuku en el plato de Katsuki una pieza de camarón envuelta en lo que parecía tocino frito y rezumando queso—. También saben bien fríos, pero están mejor calientes.

—Yo podía agarrar uno por mi cuenta —gruñó Katsuki—, pero gracias, supongo...

Izuku ignoró el tinte de hostilidad con el que se expresó, y dio el primer bocado a su comida, cerrando los ojos de placer mientras paladeaba el sabor. Katsuki encontró su expresión extrañamente erótica, y se ayudó a pasar la repentina bola en su garganta con abundante cerveza.

—¡Cuidado con el alcohol, eh, colega! —Le aleccionó Eijiro a su lado, pero era su versión de ‘haz lo que digo, no lo que hago’ porque tenía dos tarros vacíos y estaba en miras de pedir otro más.

«Al diablo, si voy a sobrevivir esta noche necesito más alcohol en mi sistema...», eligió Katsuki, y alzando un dedo en dirección a la mesera que miraba en su dirección lista para atenderlos, se dispuso a ahogar cualquier ridícula atracción que sintiera por Izuku en cerveza.

—¿Puedes pedir otro tarro para mí? —Dijo Izuku, y el calor de su brazo al costado de Katsuki provocó en éste un grato cosquilleo en éste. Al instante se alzaron dos dedos en el aire, y la mesera asintió tomando su orden—. Gracias, Katsuki.

La comida facilitó pausas en la conversación, y la cerveza se encargó de hacer el resto más llevadero. Katsuki no tardó en descubrir que tener a Izuku al lado era tener a la estrella de la noche como compañía, porque éste agradaba a todos por igual y sabía hacer uso de su carisma natural sin explotarlo. Además, Izuku no perdía oportunidad en recordarles a todos que esa noche también estaban celebrando por adelantado el cumpleaños de Katsuki, y éste se vio obligado a aceptar distintas felicitaciones, un abrazo aquí y allá, y en un memorable momento con Eijiro, un besó en la frente y un torpe discurso de su parte acerca de la amistad y la masculinidad innegable de la misma.

En algún punto de la velada, las reticencias de Katsuki por estar ahí y lidiar con un grupo tan nutrido se desvanecieron, y se enfocó más y más en Izuku, que a su lado no paraba de contarle bromas y hacerlo reír. El alcohol también le había hecho efecto, y al disminuir sus inhibiciones resultó ser uno de esos borrachos que no pueden vivir sin contacto humano. Con dedos ligeros, Izuku no había dejado de tocar el cabello de Katsuki y afirmar que era mucho más suave de lo que aparentaba a primera vista, rozándole luego las orejas, la punta de la nariz, el lóbulo, la curva de su cuello... Cualquier atisbo de piel desnuda y a su disposición, al parecer.

Al menos resultaba mucho mejor que la versión de borracho que era Katsuki, donde la sangre del cuerpo se le acumulaba entre las ingles e igual que perro en celo consideraba cualquier persona de su mismo sexo con dos piernas (o una, no iba a ponerse en plan quisquilloso por una tontería de ese calibre) un candidato favorable para sus avances.

Aunque a juzgar por los ojos entrecerrados y chispeantes con los que Izuku lo miraba a él y sólo a él, Katsuki quería creer que no estaba solo en ese tren de deseo. Su teoría sólo se vio confirmada cuando Izuku atrajo su atención colocando su mano en su pierna, pero después no la retiró. Y como si hubiera querido, porque Katsuki había tomado ya una decisión.

Ajeno a que Izuku y Ochako mantenían una conversación acerca de una película que tenían intenciones de ver la semana entrante porque sus horarios coincidían en un par de horas libres, Katsuki se envalentonó apoyando su mentón en el hombro de Izuku, y con voz baja para que nadie pudiera escucharlos, hizo su propuesta.

—¿Quieres venir conmigo después de que esta fiesta se termine?

Izuku perdió el hilo de lo que hablaba por unos segundos. Sus mejillas enrojecieron todavía más de lo que ya estaban por el alcohol, y Ochako se cubrió la boca con dos dedos y rió a sus costillas.

—Oh, ¿qué le has dicho, Katsuki? Izuku se ha puesto como... como... ¡Como un tomate!

—No es cierto —murmuró Izuku, apenas moviendo los labios, pero giró el rostro y en idéntica voz baja le dio a Katsuki su respuesta—. Sí.

—¿Sí?

—Claro. Pensé que no lo pedirías...

—¿Pedir qué? —Preguntó Ochako, que ebria ya no podía apreciar la mirada cargada de intenciones que Katsuki e Izuku compartían a la vista de cualquiera.

De no haber estado todos en distintos niveles de ebriedad, cualquiera con dos dedos de frente podría haber apreciado lo que se cocía entre Katsuki e Izuku, pero... No era el caso. Y más tarde cuando fue hora de pagar la cuenta y despedirse, nadie tomó en cuenta que subieron al mismo taxi y Katsuki se negó a tomar otro acompañante.

—Nah, no vamos en la misma dirección —le dijo a Fumikage cuando éste extendió la mano para sujetar la portezuela—. Busca otro taxi.

—¿Estarás bien, Deku? —Inquirió Mirio, que se había acercado para despedirse de su entrenador, y desde el asiento y con Katsuki al lado, Izuku le sonrió ampliamente.

—De maravilla, Mirio. Nos vemos el lunes.

—Ok... —Fue la opacada respuesta de éste, y Katsuki se contuvo para hacer alguna mueca o sacarle la lengua en señal de victoria.

Esa noche, Izuku sería suyo.

 

—Oh, pensé que lo estabas fingiendo —gruñó Izuku cuando el taxi se detuvo en la dirección que Katsuki le había dado al taxista antes de apoyar la cabeza en su hombro y quedarse botado de la borrachera.

Con cuidado Izuku lo sacudió para despertarlo, y mientras Katsuki se las arreglaba para bajar del taxi con piernas inestables como las de un corderito recién nacido, pagó la cuenta.

—Te lo... devolveré... —Articuló Katsuki en referencia al dinero, pero Izuku hizo un gesto con la mano.

—Da igual. ¿Puedes subir por tu cuenta?

—¿No venías conmigo?

Izuku se mostró dubitativo. —¿Exactamente qué tan ebrio estás? No quisiera aprovecharme de ti cuando obviament-... ¡Oh! —Exhaló cuando Katsuki lo besó de lleno en la boca, ignorando al taxista que ya se había subido de vuelta a su vehículo y les dedicó un silbido de admiración por su atrevimiento a mitad de la calle.

—Nadie se aprovecha de mí sin mi permiso —declaró Katsuki, arrastrando un poco las palabras pero con la vista firme, listo para demostrar que iba en serio.

—Vale, subiré sólo un momento para, eh, cerciorarme de que estarás bien. —Izuku le echó los brazos al cuello y le acarició la nuca antes de pararse de punta y besarlo una vez más.

Igual que si Katsuki fuera nitroglicerina e Izuku la chispa que hacía falta para provocar una explosión, los dos se enfrascaron en una serie de besos cada vez más intensos en los que apenas conseguían dar paso al portal de entrada.

Katsuki maldijo la falta de elevador en su edificio, pero Izuku lo retó a subir más rápido que él las escaleras, y fue así como terminaron en el tercer piso sin aliento, pero no a causa del esfuerzo físico, sino de la necesidad que tenían por el cuerpo del otro.

Acorralando a Izuku contra la puerta de su departamento, Katsuki no hizo ningún intento por buscar la seguridad de su piso hasta que éste le tanteó el trasero con dedos ágiles.

—¿Impaciente? —Se burló de Izuku entre besos, y éste expuso su cuello para darle mayor acceso.

—Sólo buscaba tus llaves.

—Prueba en el bolsillo delantero.

Izuku así lo hizo, y de paso se llevó una clara prueba del nivel de excitación de Katsuki en esos momentos.

—Uh...

Encontrando el manojo de llaves, Izuku le dio la espalda y Katsuki no perdió tiempo en plantarse un beso en la nuca y recorrer con sus labios aquella zona. Izuku probó las distintas llaves en la cerradura mientras Katsuki lo besaba, y mientras con una mano lo sujetaba alrededor de la cintura, con la otra exploraba debajo de su ropa y recorría su firme estómago y ascendía hacia sus pectorales. Izuku gimió cuando Katsuki pasó los dedos por encima de uno de sus pezones, que se endureció al contacto, y por poco se cayeron cuando las piernas le fallaron y consiguió abrir la puerta al mismo tiempo.

—Pasa —le indicó Katsuki, caminando detrás de él mientras se adentraban al genkan a oscuras.

—Espera, yo... Ouch —se lamentó Izuku al golpear el mueble de los zapatos, y Katsuki encendió la luz.

—Ten cuidado, idiota —le riñó su torpeza, pero incluso si sus palabras eran ásperas, su tono de voz no lo era.

Izuku lo entendió así cuando imitó a Katsuki al descalzarse y después éste tiró de su mano para que le acompañara a la envolvente oscuridad que reinaba en el departamento.

Un enorme ventanal con las cortinas descorridas permitía entrar luz de la calle, pero desde el tercer piso era la luna y no tanto las farolas las que proyectaban sombras por las cuales guiarse. Izuku apreció los dedos de Katsuki entrelazados con los suyos mientras lo guiaba hasta su dormitorio, y suspiró con alivio al encontrar una recámara limpia, con sábanas que olían delicioso y eran suaves al contacto de su mejilla.

—No te invité a dormir la siesta, Izuku —murmuró Katsuki al recostarse a su lado en la mano, metiendo la mano por debajo de la camiseta de Izuku y recorriendo su espalda sólida de músculos.

Izuku levantó el rostro del cobertor que estaba impregnado de la fragancia de Katsuki: Una mezcla de limón y madera ahumada que en su opinión iba a juego con su personalidad caustica y presencia sólida.

—¿No? —Le retó, y Katsuki le dio un tirón a su camiseta, haciendo que se desprendiera del todo de ella.

Izuku se tensó. Debajo de la ropa, llevaba todavía recientes las marcas de las cirugías por las que había pasado después de su accidente. Incluso si en la semipenumbra de la habitación apenas eran visibles a la vista, Katsuki no pasaría por alto la manga de compresión alrededor de su brazo derecho, desde el hombro hasta el codo.

Excepto que si la notó no mencionó nada, y en cambio hizo rodar a Izuku hasta quedar de espaldas y se posicionó encima de él sostenido entre sus brazos y piernas.

—Estoy lo suficientemente sobrio para esto —dijo Katsuki, a centímetros su rostro del de Izuku—. ¿Y tú?

Incluso si a ambos la cabeza les daba vueltas, no era por el alcohol, sino por la expectación del momento. El flirteo de las últimas horas les había cobrado factura, y lo único que les apetecía era pagar sus penitencias.

—También —respondió Izuku, que elevó sus brazos y rodeó a Katsuki por el cuello con un abrazo.

Después volvieron a besarse, y el resto fluyó como debía ser.

 

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Notas finales:
¿Avanzan rápido, eh? Pero eso tiene relevancia para la trama. Sin planearlo, Katsuki está cayendo por Izuku a velocidad de vértigo~
Como siempre, el próximo capítulo estará el martes (con comentarios) o el próximo viernes (sin). Graxie por leer~!
3.- "Funcionamos mejor como amigos." por Marbius

3.- "Funcionamos mejor como amigos."

 

Como era su costumbre, hubiera lluvia, truenos o relámpagos en el cielo, Katsuki despertó a las cinco en punto y requirió de un instante de pánico al descubrir que no estaba solo en la cama sólo para tranquilizarse un segundo después cuando reconoció aquella mata de cabello oscuro que le picaba en la nariz.

Era Izuku, se recordó. Izuku había vuelto a su piso con él, y después de una sesión de sexo por demás placentera a pesar de la falta de penetración (desventajas de recién haberse mudado y no resurtido su mesita de noche de lubricante o condones), se habían quedado dormidos en un amasijo de brazos y piernas.

Katsuki no recordaba haberla pasado igual de bien con otra persona en años, sino es que en la vida. Y no se refería sólo a su tiempo en la cama, sino también a las horas previas en la fiesta, con Izuku comiendo y bromeando a su lado, de tanto en tanto ofreciéndole bocados del platón para tres que habían pedido y que quizá por asociación constituyó un manjar como pocos había probado en la existencia.

Con Izuku envuelto en su abrazo y su estómago puesto en su espalda, Katsuki consideró sus dos opciones más evidentes: Volver a dormir porque los domingos era su día libre en Plus Ultra o despertar a Izuku con la erección que en esos momentos presionaba contra su trasero. La respuesta más obvia era la segunda, y Katsuki la habría elegido, de no ser porque estaba demasiado cómodo en aquella posición.

Daba igual si el cabello de Izuku le provocaba cosquillas en la nariz, porque bastó con moverse un poco para tener a su alcance una porción de piel que no dudó en besar.

—Mmm... —Izuku despertó a medias—. ¿Qué horas son?

—Las cinco.

—Muy... temprano... —Murmuró Izuku, arrebujándose más en el abrazo de Katsuki—. Despiértame más tarde y... Te haré una mamada —prometió con ligereza, como quien acuerda una cita a tomar el té y no a posicionarse entre las piernas de alguien más y practicarle una felación.

Katsuki habría preferido hacerlo ahora mismo. ¿Para qué esperar? Si impaciencia era uno de sus peores defectos, pero bastó que Izuku tirara del brazo con el que le rodeaba por el estómago para estrechar su agarre y cualquier otra idea salió volando por la ventana.

Sí, Katsuki podía esperar, y con ese pensamiento en mente e Izuku entre sus brazos, volvió a cerrar los ojos y no tardó en quedarse dormido.

 

La segunda vez que Katsuki despertó esa mañana fue un par de horas más tarde y con Izuku recostado sobre su torso. De espaldas y con un brazo encima de los ojos para cubrirse de la luz matinal que ya entraba por su ventana, fue precisamente su móvil el que lo arrancó de la placidez de su sueño, aunque según comprobó al abrir un ojo y tener vista privilegiada de los hombros desnudos (¿eran esas pecas? Tendría que cerciorarse, de preferencia recorriéndolas con su lengua...) de Izuku, la realidad no era tan terrible esa mañana si es que la promesa hecha por éste de madrugada era cierta.

Con un manotazo certero hacia su mesa de noche, Katsuki levantó su móvil para hacerlo callar, y se llevó una sorpresa cuando con un ojo trató de enfocar la vista en la pantalla que sólo después reconoció que no era suya. Su pupila encontró ofensiva aquel nivel de luminosidad, y su cerebro no procesó de buenas a primeras que la pantalla de inicio no fuera la que él tenía siempre, sino una fotografía de Izuku con Mirio Togata posando con éste último sosteniendo en alto una medalla de oro.

«Oh, este no es mi teléfono», razonó Katsuki listo para entregárselo a su dueño y que lo pusiera en silencio, pero entonces la pantalla comenzó a llenarse con más mensajes. El tono era idéntico al del móvil de Katsuki, y de ahí la confusión, pero a diferencia de Izuku, él no tenía el número de Mirio, y no era a él a quien Mirio buscaba, al parecer para invitarlo a desayunar.

 

MT: ¡Buenos días, Deku!

MT: Espero que la resaca te haya sido leve. Te vi beber bastante anoche, pero en realidad todos lo hicimos, ¿no?

MT: Creo que te vi compartir taxi con el chico nuevo de crossfit.

MT: Ya olvidé su nombre...

 

—Tsk, idiota —masculló Katsuki entre dientes, listo para dejar el móvil donde lo había encontrado porque él no era ningún cotilla y no tenía ningún interés en empezar a serlo a esas alturas de su vida, pero el mismo Mirio selló su destino escribiendo con rapidez el resto de sus mensajes.

 

MT: Espero que hayas llegado bien a casa.

MT: ¿Te apetece salir a desayunar conmigo? Yo invito.

MT: Espero la falta de antelación no sea un problema.

MT: Anoche no fue mi intención molestarte. Y me gustaría ofrecerte una disculpa como es debido. Después de que cambiaste asientos no tuve oportunidad, y no quisiera empezar la semana con un malentendido entre nosotros dos.

 

—¿Pero qué...? —Katsuki apartó el móvil de sí, pues su cabeza se había llenado con toda clase de ideas extrañas respecto a lo que había leído, y que conjugadas a la información que ya tenía, no era muy de su agrado.

Katsuki no recordaba que la noche anterior Izuku se hubiera apartado de Mirio por alguna razón en específico. De hecho había sido Tenya el que acudiera a charlar con Toshinori, e Izuku se había ofrecido al cambio porque era uno de los dos que estaba ahí sentado. Katsuki no conseguía rememorar quién era la otra persona al lado de Toshinori, pero daba lo mismo, porque en su momento no había parecido importante. Sólo lo era ahora en la mañana, a la luz de un nuevo día que no estaba empezando como él hubiera preferido.

Más mensajes continuaron llegando, e Izuku se removió sobre su cuerpo con un quejido de molestia.

—Ugh... ¿Es mi móvil?

—¿Es que acaso no reconoces tu propio tono? —Gruñó Katsuki al entregárselo.

—Lo cambié al volver a Japón —respondió Izuku, rodando fuera de su abrazo para tallarse un ojo, y tras ocultar un profundo bostezo con esa misma mano, procedió a examinar la pantalla de su móvil.

Examinando sus reacciones, Katsuki no reconoció en el rostro de Izuku nada. Ni sorpresa, gusto o disgusto. Sólo dejó sus ojos vagar por la pantalla y después la apagó.

De ser una persona razonable, Katsuki habría fingido no estar enterado de nada. Pero ese no era su estilo, ese no era él, y Katsuki creía en enfrentarse de cara a cara a lo peor si es que quería tener oportunidades de ganar.

—¿Y bien?

—¿Y bien qué? —Preguntó Izuku, la sábana cubriendo apenas lo esencial de su anatomía, trazando una curva sobre su estómago y mostrando una buena porción de cadera.

A Katsuki no le pasó por alto la firmeza de sus músculos y la elasticidad con la que había demostrado la noche anterior que quizá el yoga y los pilates no eran después de todo tan mala idea para mejorar su desempeño en el sexo, pero se forzó a mantenerse enfocado para no desviarse a asuntos menos urgentes.

—¿Aceptarás? —Katsuki resopló, la vista puesta en el techo raso de su habitación—. ¿Irás a desayunar con Tintín?

—¿Tintín? —La expresión de Izuku se tornó extrañada, luego divertida—. Vale, Mirio se parece un poco a Tintín, pero no lo llamaría así precisam-...

—¿Irás o no? —Preguntó otra vez Katsuki, entrelazando las manos detrás de su cabeza para evitar hacer algo idiota como intentar tocar a Izuku.

—No.

—Bien.

—¿Por qué?

«Porque... estás conmigo. No quiero que te marches con él», pensó Katsuki, pero no iba a decir algo tan idiota así como así sólo porque todavía tenía en el sistema las endorfinas de la noche anterior. En su lugar intentó desviar la atención hacia otros derroteros que no le inmiscuyeran. No del todo al menos.

—¿Qué hizo para que se esté disculpando a primera hora de la mañana de un domingo?

—Ah, eso —exhaló Izuku, recostándose de vuelta en la cama al lado de Katsuki, y porque la temperatura en la habitación era baja, se cubrió por encima de los hombros con las mantas—. No lo entenderías.

—Pruébame.

—¿Seguro? —Lo desafió Izuku, alzando una ceja como si no lo creyera capaz.

El mismo Katsuki no creía conseguirlo si resultaba que tenía que ver con esa relación que los dos habían compartido en el pasado, pero siendo a la vez del tipo de persona que no huía de los conflictos incluso si las tenía todas en su contra para perder, asintió.

—Uhm, ok... —Izuku tamborileó los dedos sobre la cama—. Me tocó por debajo de la mesa.

—Ew.

—No así. Sólo puso su mano en mi muslo.

—¿Justo como tú me hiciste a mí?

—Ya, pero yo quería llevarte a mi piso o venir contigo al tuyo, y a juzgar por la cama que compartimos el sentimiento era mutuo, ¿o no? —Explicó Izuku la lógica de su argumento—. Si hubiera permitido a Mirio continuar, entonces le habría dado falsas esperanzas.

—¿Porque con él no querías pasar la noche, correcto?

—Correcto —confirmó Izuku igual que si lo hiciera con un crío de cinco años incapaz de una lógica más complicada que esa—. Vine aquí contigo después de todo, ¿o no?

—Y aquí sigues... —Murmuró Katsuki, de pronto mil veces menos malhumorado que antes—. Waffles.

—¿Uh?

—Sé preparar waffles. Por si, uhm... —Katsuki giró el rostro para enfrentarse a Izuku, que lo miraba expectante—. Por si la idea de desayunar es como la de tener compañía para la noche.

—¿Con Mirio no pero contigo sí? —Adivinó Izuku, que sin esperar respuesta apartó las mantas y se subió a ahorcajadas de Katsuki.

Con dos piernas fuertes rodeando su cadera y el trasero de Izuku rozando sus muslos, Katsuki se vio en la ventajosa posición de tener frente a él un prospecto insuperable para empezar su mañana con el pie derecho.

—Me gusta tu cuerpo —dijo Izuku, con su palma abierta recorriendo los pectorales de Katsuki—. Es tan... ¡Ah!

«¿Mejor que el de Mirio?», quiso preguntar Katsuki, pero en su lugar alzó la pelvis, y su erección se deslizó contra la de Izuku. Dejaría esa enfermiza necesidad suya por compararse, por ser el mejor, para después. Cuando ambos tuvieran ropa, y sobre todo, no estuvieran lidiando con sendo par de erecciones.

Y porque Izuku era un hombre de palabra, a su manera y valiéndose de su boca y lengua, lo hizo olvidarse de nimiedades por la siguiente media hora.

 

Izuku se quedó a desayunar, y Katsuki hizo waffles (él era un hombre que también cumplía sus promesas), pero no pasó a más después. Por debajo de la mesa revisó Izuku su móvil y envió un par de mensajes que, como según comprobó Katsuki por el tono idéntico al suyo, habían recibido respuesta casi al instante. Katsuki no preguntó si era Mirio, de igual manera que Izuku no se lo aclaró, y tuvieron un desayuno agradable en la espaciosa cocina.

—No te imaginé del tipo que sabría desenvolverse en la cocina —comentó Izuku entre grandes bocados de waffles con abundante fruta y miel.

—Mis talentos no se limitan a las cuatro paredes del gimnasio o a la superficie de mi cama —replicó Katsuki con arrogancia. También con humor, e Izuku supo interpretar la broma por lo que era, riendo por su ocurrencia.

—No negaré nada. En ambas ocasiones me has callado la boca llenándomela...

Pese que a Katsuki no le habría importado continuar con aquella mañana perezosa de lidiar con resabios de una ligera resaca y el cansancio acumulado de la semana al lado de Izuku, fue éste quien después de ayudar a limpiar la cocina se disculpó porque tenía otros compromisos que cumplir.

—Me divertí anoche, gracias por todo —dijo Izuku con sencillez, cuando en el genkan y con los zapatos puestos se alzó de punta para alcanzar a Katsuki, más alto que nunca en el escalón superior, con un casto beso en los labios—. Y feliz cumpleaños, anoche olvidé felicitarte.

—Bah, mi cumpleaños no es sino hasta mañana —le recordó Katsuki, y de paso a sí mismo. Ya casi lo había olvidado, y de no haber sido por la salida de ayer le habría resultado un acontecimiento sin pena ni gloria en su calendario personal. Faltaba todavía ver si al día siguiente sus colegas volvían a mencionarlo, pero a Katsuki no podía importarle menos.

—Entonces mañana recuérdame darte tu regalo —replicó Izuku, y algo en su sonrisa, mitad inocencia y mitad travesura le provocó a Katsuki un subidón de adrenalina.

—Eso haré...

 

Quiso la (mala) suerte que aquel lunes de volver a Plus Ultra el primero en darle a Katsuki un abrazo de felicitaciones por su cumpleaños no fuera otro más que Mirio Togata.

Alto, mucho más que él, y también ancho de brazos y espalda (aunque Katsuki preferiría arrancarse la lengua que confirmar que también más que él), Mirio no se cortó en rodearlo con fuerza y en su emoción hacer que sus zapatos se desprendieran del piso momentáneamente. Katsuki se contuvo de apartarlo con un empellón porque había más personas presentes que podrían presenciarlo, que por turnos lo felicitaron con muestras menos efusivas por su gran día.

—Así que treinta y tres, eh? —Le chanceó Eijiro, y amagó tocarle la cabeza—. Pronto veremos esa cabeza tuya llena de cabellos grises, ¿o es que ya te los tiñes?

—Argh, idiota —lo apartó Katsuki con un manotazo sin intenciones de lastimar—. No eres quién para hablarme de mi cabello cuando cada cuatro semanas pasas al salón de belleza por un retoque.

—¡Se llama barbería! —Refutó Eijiro acalorado—. ¡Y es de lo más varonil!

—Claro, si tú insistes...

Porque tenía clases y esa mañana pretendía ser el doble de severo con sus alumnos de lo que era en días normales (quizá algo de la crisis de la edad le había dado esa mañana, y necesitaba demostrarse a sí mismo y al mundo que treinta y tres años recién cumplidos eran todavía el pináculo de su condición física), Katsuki no prestó mucha atención a nada de lo que ocurría fuera de los cuatro muros de su sala.

Sin tregua hizo a sus alumnos correr detrás de él y completar un circuito extra antes de permitirles dar por terminada la clase, y después los despachó con indicaciones de tomárselo leve por el resto del día si no es que querían terminar desmayados.

Él mismo se había quedado corto de aliento, así que Katsuki se sentó unos minutos a reponerse mientras bebía agua a sorbos pequeños en intervalos cortos y rememoraba la noche que había pasado con Izuku.

Su domingo así había transcurrido, con él haciendo la colada de la semana, limpiando su piso, en general descansando, pero también teniendo lapsus de distracción en los que de pronto se sorprendía con la vista perdida y recreando los momentos que había vivido con Izuku en su cama. El alcohol no hacía sino desdibujar un poco los bordes de su memoria, pero no tanto como para pasar por alto que había sido el mejor sexo del que tenía noción en al menos el último año, y eso que se habían limitado a actividades de colegiales por falta de lubricante y condones.

Sin hacer planes concretos para ello, Katsuki había incluso fantaseado con una repetición. Puede que esa segunda vez con el cajón de su mesita de noche bien surtido de lo necesario para hacer de ese encuentro uno más placentero que el anterior, y la mera posibilidad de que así fuera le provocó un agradable cosquilleo en el vientre bajo.

—Ugh, pésimo lugar para tener una erección —masculló Katsuki para sí, contrayendo sus músculos rítmicamente para desviar la sangre de su entrepierna a otros sitios menos vergonzosos, porque no había nada peor que aquellas salas repletas del aroma de sudor como para matar cualquier deseo sexual.

Sin una clase para las próximas dos horas, Katsuki consideró limpiar la sala y pasar a la cafetería por un té verde, pero sus planes cambiaron de improviso cuando la puerta de su aula se abrió y una cabeza repleta de alborotado cabello oscuro y reflejos verdes se asomó.

—Hey —saludó Izuku antes de entrar—. Vine por ti.

—¿Uh? —Katsuki arqueó una ceja, e Izuku redujo la distancia entre ambos hasta quedar frente a él a un escaso metro de distancia.

—Hay pastel sorpresa para ti en la cafetería —reveló Izuku con una media sonrisa que se ensanchó conforme la mueca de desagrado de Katsuki tomó posesión de sus facciones—. Se supone que Eijiro vendría por ti para invitarte una malteada de proteínas, pero lo votaron para no hacerlo porque es pésimo para guardar sorpresas. En su lugar me enviaron a mí.

—Y lo primero que haces es contármelo todo —dijo Katsuki.

—Bueno —se balanceó Izuku, cambiando el peso de un pie a otro—. Me das la impresión de no ser el tipo de persona que tolera bien las sorpresas.

—Bingo.

—Así que pensé en venir, contártelo todo, y darte cinco minutos de ventaja antes de hacerte que vengas conmigo.

—Ugh...

—Servirá para que practiques tu mejor cara de sorpresa y ensayes ese ‘oh chicos, no puedo creerlo, ¡son los mejores!’ —remedó Izuku el tono falsamente alegre que para nada iba con Katsuki, y éste chasqueó la lengua en su dirección.

—Jamás diría algo como eso.

—Entonces prueba a decir ‘gracias’ con tus propias palabras. Con eso bastará para la mayoría.

—Gracias —dijo Katsuki con expresión pétrea, e Izuku puso los ojos en blanco.

—Eres imposible. Todo un caso perdido.

—No importa. Sólo es pastel.

—Oh, nunca es sólo pastel, esto por descontado —dijo Izuku, avanzando un paso y casi paladeando la dulzura—. Es de una pastelería cercana. Su especialidad son unos pastelillos llamados Besos sabor té verde, pero la tarta de chocolate también es deliciosa.

—Lo dulce no me va. Prefiero lo picante.

—Oh. ¿Entonces ya probaste el ramen que está al lado de la estación? Tienen una variedad que promete hacerte zumbar los oídos de lo picante que es.

—No. ¿Dónde dices que queda exactamente?

Izuku terminó de acortar la distancia de ambos al sentarse al lado de Katsuki en su banca, y sus muslos se encontraron lado a lado, y a pesar de las dos capas de ropa deportiva que los separaba, el calor corporal era evidente.

Hablando de ramen y especialidades fue como los encontró Eijiro, que acudió a buscarlos luego de que Izuku se hubiera pasado por más de veinte minutos de la hora en que había quedado para llevar a Katsuki ‘a su fiesta sorpresa’.

—El resto empezó a hacer apuestas de ustedes dos —se quejó Eijiro al encontrarlos hablando como si nada.

—¿Ah sí? —Inquirió Katsuki sin interés real—. ¿Y cuáles eran?

—La mitad creía que estaban peleando. Tu fama te precede, Bakugou —se burló Eijiro.

—¿Y la otra mitad? —Preguntó Izuku.

—Oh, el resto creyó que los descubriría montándoselo en una de las colchonetas. Qué imaginación la suya, ¿eh?

—Bastante —fue el agrio comentario de Katsuki, que pese a todo, intercambió con Izuku una mirada de reconocimiento.

Definitivamente en Plus Ultra había que irse con pies de plomo si lo que querían era ser discretos.

 

Katsuki acudió a la cafetería de Plus Ultra para cumplir con su deber social de aceptar las felicitaciones de cumpleaños en su honor, comer una rebanada de pastel, y posar para un par de fotografías de recuerdo.

La verdad es que no estaba tan mal ser una pizca de sociable. Además de que Izuku no había estado equivocado al afirmar que el pastel de chocolate tenía lo suyo en sabor, aunque prefería mil y un veces el tazón de ramen extra picante del que le había hablado al lado de la estación. Puede incluso que Izuku aceptara la responsabilidad de compartirle su ubicación junto con una invitación a ir a comer juntos más tarde, puede incluso que a cenar, y después...

—Lemillion no sabe cuándo rendirse —escuchó Katsuki una conversación a espaldas suyas entre Ochako y Mina.

Katsuki sabía que espiar era un hábito desagradable, pero eso no le impidió ignorar al grupo que lo había incluido para hablar de las próximas olimpiadas a celebrarse ese verano en Japón y centrar su atención en las dos chicas.

—No, pero es eso lo que lo ha hecho campeón en su categoría, ¿no?

—Eso y tener a Deku como entrenador, pero no puede tenerlo todo a la vez —declaró Ochako en voz baja y no exenta de resentimiento—. Izuku ya se lo dejó claro, pero Mirio todavía alberga esperanzas.

—Pues si Izuku quiere mi consejo, debería buscarse la manera de dejarle bien en claro que lo suyo se acabó. Pretendientes para cubrir ese puesto no le faltarían si se lo propusiera...

—Mmm, puede que tengas razón.

Molesto por lo que escuchaba, Katsuki se excusó del grupo en el que se encontraba y se dirigió de vuelta a la mesa donde estaba el pastel para cortarse una segunda rebanada. En realidad sentía la boca amarga, y requeriría de una buena taza de té verde para lavarse el asqueroso sabor dulce que ya le había saturado cada papila gustativa, pero mejor eso que seguir escuchando aquella conversación desagradable.

¿Y qué si Izuku requería de un clavo para sacarse otro y al mismo tiempo ellos dos...? Ah, pero no era eso lo que había ocurrido, ¿o sí? Si Katsuki hacía memoria de los momentos compartidos, creía apreciar entre ellos dos ráfagas de interés mutuo. Habían saltado chispas, y el roce de sus cuerpos había sido eléctrico. Eso no podía fingirse. Y Katsuki quería creer que su papel en todo eso no había sido sólo temporal y por conveniencia, porque en ese caso... ¿Qué? ¿Cuál medalla de patetismo era la que le tocaba colgarse al cuello cuando para él Izuku se había metido bajo su piel y para éste el sentimiento no era mutuo?

—Woah, mejor suelta esto... —Apareciendo a su lado, Izuku le tomó por la muñeca y le quitó el cuchillo de pastel que aferraba entre sus dedos de manera más propia para cometer un asesinato que cortarse una segunda rebanada—. Tienes cara de que podrías herir a alguien.

Katsuki gruñó, pero no opuso resistencia a que Izuku le cortara una rebanada y después hiciera lo mismo para él. Costaba creer que esa persona que tenía al lado pudiera ser una mente maquiavélica repleta de planes para deshacerse de la atención mal recibida, en ese caso, de Mirio. Y costaba horrores porque Izuku tarareaba entre dientes una cancioncilla alegre y no actuaba como si la telenovela que se había hecho Katsuki en la cabeza apenas un minuto atrás fuera real.

«Escuchaste a ese par de cotillas dar su opinión de un asunto que no les incumbe y te creaste todo un escenario horripilante», se reprendió Katsuki a sí mismo, y la tensión que se había ido formando en sus hombros como un peso invisible que lo anclara al piso de pronto se aligeró.

—¿Viniste por más pastel? —Preguntó Katsuki a Izuku sólo para cerciorarse.

La respuesta era más que obvia. Izuku se había cortado una rebanada, y dicha rebanada había terminado en su plato. ¿Qué había por analizar de eso? Salvo porque era una rebanada delgada, que Izuku de pronto sólo picoteaba, y no había vuelto a marcharse con el grupo que conversaba antes, donde se encontraba Mirio.

—Eh, algo así —reveló Izuku una de sus cartas, el resto de su mano oculta. Luego desvió la atención—. Te vi aquí y pensé en... ¿Saludar?

—Qué excusa tan mala.

—Vale, quería alejarme de alguien, pero también preguntarte como la estabas pasando.

—Tsk...

—¿Qué, acaso no pueden ser ambas?

Katsuki no replicó, y en cambio se dedicó a desmigajar su rebanada de pastel con el tenedor igual que si estuviera sacándole las tripas con un instrumento de tortura.

—¿Cuál es la historia completa? —Preguntó Katsuki luego de casi un minuto completo de silencio—. Entre tú y Lemillion, quiero decir.

—Ah.

—Nada de ‘ah’ y escurrir el bulto. Desde que han vuelto, es todo lo que escucho. Que solían estar juntos, que... —«Que todavía le interesas y que está haciendo lo que puede por atraer tu atención»—. Que es probable que vuelvan a estarlo.

—Pf —desdeñó Izuku la noción—. Nadie que nos conozca diría eso jamás.

—Ya...

Izuku recogió con su tenedor un poco de pastel, y lo sostuvo en el aire cerca de su boca. —¿Por qué tanto interés, uh? Casi parecen celos.

—¡Claro que no son celos! —Refutó Katsuki en el acto, y un par de miradas se dirigieron a su alrededor. Con un carraspeo que para nada disimulaba su exabrupto, Katsuki se aclaró lo más rápido posible—. Bah, qué tontería. ¿Celos de qué? ¿De quién? Sólo es... curiosidad.

Con el tenedor en la boca y paladeando el pastel, Izuku se demoró su dulce tiempo antes de hacer un poco de luz en toda aquella confusión.

—¿Tanta, eh, curiosidad te da?

—No es que me importe, sólo que no paro de escuchar al respecto, y erm... Me fastidia no ser el único enterado de lo que pasa —mintió a medias Katsuki. Claro que le fastidiaba que al parecer la pasada relación romántica (o sexual, para el caso que fuera) entre Izuku y Mirio era de dominio general en Plus Ultra, pero tenía la sospecha profundamente arraigada de que no importaba tampoco si se hacía con toda la información; en todo caso, seguiría igual de molesto.

—No es una historia que haga honor a tu interés —dijo Izuku, y antes de que Katsuki se defendiera alegando que no le interesaba, que no, que a él sólo le irritaba no tener la información completa cuando todos a su alrededor parecían estar más que enterados de hasta el mínimo pormenor, se apresuró a agregar—. Sin embargo, si tanto quieres saber... ¿Recuerdas el puesto de ramen del que te hablé antes? ¿El que-...?

—¿... está al lado de la estación y tiene verdadero chile mexicano en su menú? —Completó Katsuki la frase, y a su lado Izuku sonrió.

—Ese mismo. Mi última clase es a las cuatro.

—La mía es a las tres treinta.

—Oh.

—Pero puedo esperarte. Sólo no esperes que se haga costumbre.

Bajando el rostro en un vano intento de esconder el calor que le subía por las mejillas, Izuku dijo: —Intentaré que no sea el caso...

 

Izuku no se había quedado corto al afirmar que el ramen que se vendía cerca de la estación estaba en su punto justo en cuanto al picor.

Fiel a su promesa, Katsuki lo había esperado en recepción respondiendo un par de mensajes de sus antiguos compañeros de trabajo, y había expresado su impaciencia cuando Izuku apareció colocándose la bufanda alrededor del cuello para tolerar mejor el frío del exterior.

—El frío de Tokyo es una burla —gruñó Katsuki, con una chaqueta mucho más ligera que la de Izuku.

Después de vivir en Sapporo por varios años, incluso alguien como Katsuki tan sensible al frío y que prefería mil y un veces más el verano encontraba la primavera de Tokyo como una copia barata de lo que era el frío verdadero. Aquel año habían tenido nieve fuera de temporada y una primavera tardía, de ahí que todavía llevaran prendas gruesas, pero Katsuki ya contaba los días para que el calor hiciera su aparición y poder ir a la playa a sus anchas con ropa ligera.

—¿Extrañas Sapporo? —Preguntó Izuku, sacando a Katsuki de sus reflexiones climáticas.

—Ni un poco.

—¿No había nada haya que te retuviera?

—Eh, quizá el gato de la vecina. Creo que se llamaba Goro —dijo Katsuki, rememorando aquella bestia ladina que acostumbraba pasar por su piso cada vez que tenía sobras de pescado—. Por el resto, nada.

—¿No dejaste amigos atrás, o...?

—No todos somos como tú con una larga lista de conquistas detrás de tus huesos.

—Si lo dices por Mirio-...

—Y por Ochako —interrumpió Katsuki—. Es obvio que todavía le gustas.

—Qué va. Somos amigos. Lo nuestro hace muchos años que terminó y ahora ella está con Tenya.

—¿Y? —Katsuki pateó una piedrecilla en el camino y la mandó a volar lejos—. Basta con un vistazo para entender que cara redonda rompería con el cuatrojos si te dignaras a mirar en su dirección.

Izuku permaneció callado. Ya fuera porque estaba consciente de aquel hecho o porque le incomodaba hacer partícipe a Katsuki de aquel conocimiento, metió las manos a los bolsillos de su chaqueta y apretó la boca en una fina línea.

—No tienes por qué ponerte así —dijo Katsuki, listo para meter más el dedo en la llaga—. No es como si hicieras algo deliberado para mantenerla enamorada de ti.

—Ochako no-...

—Corta el rollo. Le gustas y lo sabes —dijo Katsuki sin amabilidad—. Hace una semana que volviste, y no necesito más tiempo que ese para tenerlo claro. Y tengo menos de dos meses en este trabajo. No quiero imaginar qué es lo que sabe el resto en Plus Ultra y lo callan.

—Ugh... —Con un suspiro, Izuku arrastró los pies un par de metros antes de abrirse ante Katsuki—. ¿Recuerdas que mencioné estar juntos? Rompimos porque-...

—Eres gay —suplió Katsuki.

—¿Qué? No. ¿Y por qué siempre me interrumpes? Es un mal hábito, Katsuki —dijo Izuku, que de pronto se pasó la mano por el cabello y se lo alborotó más—. Rompimos porque fui seleccionada en el equipo olímpico. Yo solía levantar pesas, ¿sabes?

—Algo he oído al respecto —masculló Katsuki. Más que eso, de hecho, porque había dedicado ya un buen número de horas a investigar por su cuenta quién era Izuku Midoriya y el papel que representaba para el mundo.

Katsuki estaba al tanto de un accidente, y que la palabra que había utilizado para describirlo era ‘raro’. En su lugar, él habría escogido ‘insólito’, porque sólo así podía catalogar lo ocurrido.

Izuku había sido lo que por definición era la prueba viviente de que si lo quieres y te esfuerzas lo consigues. Las pocas fotografías que había de su infancia y primeros años de adolescencia revelaron un crío pequeño y esmirriado, apenas capaz de cargar con su propio peso. Luego la historia cambiaba. En una entrevista que Katsuki había visto en YouTube, un joven Izuku contaba agradecido cómo el encuentro con su ídolo All Might lo había cambiado todo.

El resto eran años de entrenamiento y ascender categorías sin parar a ritmo de vértigo. Izuku había superado cada prueba sin detenerse demasiado a vanagloriarse, siempre dándolo todo para superarse ante el público que lo adoraba por su sencillez y empeño.

Una tras otra las medallas y trofeos se acumularon. Izuku rompió varios récords en su participación en toda clase de torneos y finales, incluso subió el pódium durante las Olimpiadas, y con los dedos rozó el cielo que como nunca parecía estar a su alcance.

Y luego había ocurrido el accidente.

Bastó una barra defectuosa durante un entrenamiento de muestra en Estados Unidos para que todo se viniera abajo. El metal se dobló, y con ello el brazo de Izuku se fracturó en nueve sitios distintos. Algunos de los huesos de su mano se hicieron trizas cuando perdió el equilibrio con el peso acumulado en desbalance.

Katsuki había leído sin parar al respecto, documentándose de cada pieza de información a su disposición.

Las largas horas en el quirófano con la mejor cirujana disponible. La dolorosa rehabilitación. El retiro forzado cuando se hizo evidente que la carrera de Izuku había terminado de la manera más abrupta posible. La demanda contra los fabricantes y las instalaciones. El periodo oscuro en la vida de Izuku cuando su dependencia a los analgésicos lo hizo reconsiderar su futuro... Todo estaba disposición del público interesado.

Del mismo modo en que también lo estuvo el desenlace, con Izuku participando en un documental que detallaba su meteórica carrera hasta el estrellato y la rápida caída (Katsuki lo había visto ya de madrugada, con los ojos irritados de tanto mirar la pantalla de su portátil por horas) y dejaba abierta la posibilidad de un retiro a medias. Sólo a medias.

Y lo había conseguido justo así, dejando para el resto subir a la plataforma y levantar por sí mismo la barra una última vez, conformándose con un papel secundario tras bambalinas como entrenador.

—Da igual si no estás al tanto de mi, uhm, de mi carrera —continuó Izuku, ajeno hasta qué punto Katsuki se había informado de su persona—. En su momento era lo más importante en mi vida, y Ochako... Ella no merecía conformarse con ese segundo puesto. Terminamos por mutuo acuerdo.

«Eso cuesta creerlo», pensó Katsuki, si es que la manera en que Ochako todavía se desenvolvía frente a Izuku era una prueba.

—La verdad es que funcionamos mejor como amigos. Así terminan la mayoría de mis relaciones —bromeó Izuku, pero detrás de aquella risa intuyó Katsuki que se ocultaba el dolor—. Soy mejor amigo de lo que soy novio.

—Eso no es lo que piensa Mirio.

—Ya, volvemos a Mirio.

—Por algo vamos a comer ramen, ¿no? Para que me cuentes de Mirio.

—No —dijo Izuku—. Vamos a comer ramen porque es el mejor a un kilómetro de distancia y en verdad tienes que probar la selección de picantes que ofrecen. Pero si quieres que te cuente de Mirio... Allá tú.

Y el resto de su trayecto hasta el pequeño y anodino restaurante (que con todo resultó hacer honor a la fama que Izuku le había otorgado) incluyó a la presencia casi palpable de Mirio Togata entre ellos.

 

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Notas finales:
Katsuki tiene celos y no sabe cómo disimularlos. Por otra parte, muy lindo y todo ser amigo con los exes, pero Mirio es demasiado insistente, ¿no?
Como siempre, nos vemos el viernes con comentarios y el próximo martes sin. Graxie por leer~!
4.- Ramen y sexo. por Marbius

4.- Ramen y sexo.

 

El ramen era tan picoso como Izuku había prometido, pero Katsuki prestó más atención a las palabras con las que éste aderezó su comida.

—Mmm, supongo que si tengo que empezar por algún lado en mi historia con Mirio... —Izuku sacó sus palillos del papel y con un movimiento rápido los separó antes de dejarlos flotando encima de su plato—. Es el día en que nos conocimos.

—¿En Plus Ultra? —Con fideos en sus palillos, Katsuki los sostenía en el aire expectante a una respuesta que se demoraba en llegar.

—No. Su entrenador era un viejo amigo de All Might y quería que Mirio aprendiera del mejor, así que lo envió por seis meses a Plus Ultra. Lo nuestro duró esos seis meses, y... Un poco más. No fue mucho después cuando me asignaron como su entrenador, así que para mantener la relación profesional intacta decidimos romper.

—No da la impresión de que fuera mutuo.

—Pero lo fue —insistió Izuku, removiendo un poco los fideos de su cuenco antes de comer un gran bocado. Después de masticar y deglutir, agregó—: Creo que Mirio está convencido de que podríamos funcionar como pareja a pesar de que soy su entrenador y él mi pupilo, pero yo no lo pienso así. Tenemos buena química y antes que nada somos amigos, pero yo por él...

—¿El sentimiento no es mutuo?

—Podría resumirse así.

—Ya veo.

Katsuki esperaba más de aquella historia, pero a juzgar por la manera casi desapasionada en la que Izuku se la había compartido, para él no era la gran cosa. Izuku veía en Mirio un buen amigo, un estudiante más a su cargo, y eso era todo. Genial.

—Sigue siendo tu cumpleaños...

Alzando la mirada de su plato, Katsuki enarcó una ceja. —Sí, por el resto del día.

—¿Tienes planes para más tarde?

«Elaborar una próxima rutina de entrenamiento para mi clase de los martes y viernes, y salir a hacer la compra», pensó Katsuki haciendo memoria de algunos pendientes que estaban en su lista, pero seguro que Izuku no se refería a eso. No cuando la mirada que le lanzaba a través de la mesa era de interés.

—No.

—Yo... —Izuku se mordisqueó el labio inferior antes de lanzar tentativa su propuesta—. No te compré un regalo de cumpleaños, pero pensaba que quizá-...

—Sí —aceptó Katsuki sin pensarlo. Cualquier cosa que ofreciera Izuku (ya fuera volver a su cama o cualquier otra actividad en la que pudieran pasar tiempo juntos) estaba bien por él.

Izuku rió entre dientes. —Lo volviste a hacer. En verdad eres impaciente.

—Hablas demasiado despacio —gruñó Katsuki, molesto por su propia exasperación que era un rasgo negativo de su personalidad con el que más veces que no tenía que lidiar sin poder ponerle un freno, pero a esas alturas ya le daba igual—. ¿Y bien? ¿Qué estabas por decir antes?

Con una exhalación que incrementó la expectativa, Izuku apoyó el codo en la mesa y su rostro en esa mano, dedicándole una mirada de ojos chispeantes que iba acompañada de una media sonrisa.

—¿Por qué no pasamos a la farmacia de regreso?

Y con eso selló su invitación a más.

 

Katsuki pagó el ramen sin aceptar el argumento de Izuku que como era su cumpleaños debía ser él quien disfrutara de una comida gratis. Con un gruñido y la frase “esas ridículas convenciones no van conmigo así que olvídalo de una vez por todas” Katsuki se encargó de la cuenta, y de paso guió el camino hasta su piso tomando una ruta que aseguraba una tienda de conveniencia en su ruta.

—Oh, casi se me olvidaba que en casa no tengo hilo dental —dijo Izuku cuando se encontraron en el pasillo de higiene personal, y cogió del estante uno.

Por su cuenta Katsuki hizo nota mental de lo que hacía falta en su baño, y se surtió con un tubo más de pasta de dientes y un cepillo. No fuera a ser que tuviera visitas que volvieran a quedarse a pasar la noche y que éstas necesitaran con qué refrescar su aliento a la mañana siguiente.

—¿Será verdad que las cerdas duras desgastan el esmalte? —Preguntó Katsuki revisando el empaque, y a su lado Izuku se encogió de hombros.

—Ni idea. Mis encías son sensibles, yo utilizo cerdas suaves.

Ok. Cerdas suaves. Katsuki devolvió el empaque a su sitio y tomó otro en donde esa especificación estaba impresa en la caja.

Sin hacer ningún comentario por su acción, Izuku le indicó con una cabeceada que lo que estaban buscando se encontraba al fondo del pasillo.

—¿Quieres privacidad para hacer tus compras o...?

Con un bufido, Katsuki lo llamó idiota pero sin saña en su mordida. —A ti también te interesa esto, no escurras el bulto.

Ligero de pisadas, Izuku le siguió al final del anaquel, donde se podían encontrar una buena variedad de condones.

—Antes que nada, esto —dijo Izuku al escoger una botella de lubricante.

—Que sean dos.

—Ok.

—Y en cuanto a lo otro... —La mano de Katsuki se posicionó sobre una caja de condones que indicaba ser ‘extra grande para el hombre espacioso’ e Izuku se rió a sus costillas—. ¿Qué? Tú ya lo viste. No negarás que es necesario.

—Hay más grandes —dijo Izuku, pero ya fuera que se tratara de su experiencia personal o una observación inocente, no lo aclaró. En su lugar eligió una caja distinta, también tamaño superior al normal, pero que enfatizaba la inclusión de lubricante—. Confía en mí, estos son mejores.

Por si acaso, Katsuki escogió la caja con diez, y luego de una pausa y un arranque de optimismo, tomó otra más del anaquel.

—Qué seguro de tus posibilidades te encuentras esta tarde —comentó Izuku al pasar por su lado, pero la manera en que su hombro golpeó el de Katsuki al pasar y el contoneo de sus caderas contaban una historia diferente.

De nueva cuenta Katsuki se empeñó en pagar, no sólo lo suyo, sino también el hilo dental de Izuku. “Así es más fácil”, masculló al poner un billete de denominación grande en el mostrador y recibir sus compras en una simple bolsa de plástico opaca.

—Te lo compensaré la próxima vez —dijo Izuku a la salida de la tienda.

«Siempre que haya una próxima vez...», pensó Katsuki, el deseo de una continuación a lo que sea que se estuviera cociendo entre ellos dos como prospecto suficiente para que de pronto sus pisadas adquirieran un ritmo de urgencia por llegar a su destino.

Ajeno al efecto que tenía sobre él, Izuku iba caminando a su lado y hablando de algo que en apariencia Katsuki primero consideró un comentario sin importancia, pero después intuyó que tenía peso y debía prestar atención.

—Uhm, seguro que la otra noche no lo notaste, pero mi brazo... —Con las manos libres, Izuku se había llevado la mano izquierda al brazo derecho y se tocaba justo arriba del codo—. Digamos que no es una vista agradable después de todas las cirugías por las que he pasado.

—Traías puesta una manga de compresión, ¿no?

La memoria de Katsuki respecto a su tiempo compartido era clara, pero se centraba en otros puntos de la anatomía de Izuku, no en su brazo precisamente. Su primer orgasmo había sido apresurado, con ellos dos todavía a medio desvestir, pero para el resto se habían despojado de todas sus prendas, y creía recordar que encontró curioso que Izuku hesitara al librarse de su camiseta cuando debajo tenía un cuerpo esculpido por el ejercicio. No mucho en realidad. Más que ver, había sentido la manga en contacto con su piel cuando Izuku lo abrazó, pero de nuevo, su presencia ahí y uso le habían importado un comino cuando la sangre de su cerebro abandonó su cabeza para dirigirse a otro sitio más urgente.

—Es porque no he sanado del todo. Mi lesión nunca lo hará en realidad... El hueso de mi brazo se fracturó en nueve partes, pero además se hizo polvo en una sección. Mi doctora dijo que era similar a una explosión, y que debía estar agradecido por tener movimiento y funcionalidad después de lo que había pasado. Realmente lo estoy —dijo Izuku con seriedad, un tono lúgubre que hasta entonces no había utilizado antes en su presencia—, pero eso no implica que esté contento con el resultado. Es un brazo que cumple con su función, pero que también duele y es casi mi enemigo personal...

—No sé qué decir —masculló Katsuki—. No soy nada bueno con las palabras de consuelo.

—Y no tienes que decir nada, no es un requisito, sólo... Quería prevenirte. Porque no todo mundo ha sido comprensivo cuando me quito la manga y ven lo que hay debajo. Entenderé si te desagrada y no lo haré en tu presencia, pero...

«Pero entonces será tu presencia la que faltará», adivinó Katsuki la línea de pensamiento que discurría en la cabeza de Izuku, y en un gesto que podía considerarse de demasiada confianza para dos virtuales desconocidos a pesar de que ya habían compartido juntos unos cuantos orgasmos, lo atrajo a su lado y le plantó un beso en la coronilla, justo en medio de aquella mata de cabello oscuro y alborotado que destellaba en tonos verdes y que en esos momentos olía a limpio, justo como a él le gustaba.

—Ten más confianza —dijo Katsuki, zanjando el asunto—. Tenme más confianza.

Y la verdad fuera dicha, esperaba él tenerse más confianza.

 

Una vez en su piso, Katsuki abrió la puerta para dejar pasar a Izuku primero y después lo hizo él. Sin muchos miramientos se sacó los zapatos sin molestarse en acomodarlos, y con esa misma impaciencia se quitó la chaqueta y la bolsa de deporte para colgarlas en el perchero. Izuku en cambio se mostró dubitativo, como si de pronto su presencia ahí no terminara de ser del todo correcta, y Katsuki se apresuró a corregirlo.

Posicionándose frente a él, Katsuki sujetó el rostro de Izuku entre dos manos y lo besó larga y detenidamente, recorriendo su boca con su lengua y dominando cada reacción de su cuerpo. Izuku apoyó sus manos sobre las de Katsuki, pero en ningún momento intentó apartarlo, y no fue sino hasta que se quedaron sin aliento que Katsuki se retiró unos centímetros y lo miró directo a los ojos.

—¿Todo bien?

—S-Sí... —La pupila de sus ojos se había expandido hasta hacer el verde oscuro de su iris apenas una franja a punto de ser engullida por la negrura de su deseo.

—Vamos al dormitorio.

Con una mano sujetando la muñeca de Izuku y guiando sus pisadas a la recámara y la otra cargando la bolsa de compra, Katsuki no se demoró en lanzarlos a ambos a la cama y después unírseles en un segundo beso tan impaciente como el anterior.

Izuku metió sus manos debajo de la camiseta de Katsuki y acarició su estómago esculpido, subiendo por sus desarrollados pectorales y masajeando sus pezones con los pulgares. Katsuki gimió en el beso que compartían, y le dio un mordisco en el labio inferior. Nadie con quien se hubiera acostado antes se había tomado la molestia de hacerle eso, y muy tarde en la vida descubrió que le encantaba.

—Hueles increíble —murmuró Izuku, aprovechando una pausa para hundir la nariz en el cuello de Katsuki—. Tócame. También tócame.

Katsuki lo complació eliminando la mayor cantidad de prendas posibles para reducir su contacto cuerpo a cuerpo. Lo último que cayó con descuido a la orilla de la cama fue un calcetín de Izuku, y Katsuki se posicionó entre sus piernas mientras elevaba la larga y firme extremidad de Izuku y apoyaba su peso contra su hombro.

—Qué elástico —se admiró cuando Izuku no dio muestras de protestar. Otras parejas se habían quejado de tener que abrir las piernas un poco más de lo habitual, pero Izuku parecía estar contento y sin dolor.

—Te burlabas tanto de mis clases de yoga y pilates —rió Izuku—, pero ahora soy yo quien tiene la ventaja.

—Eso ya lo veremos...

Inclinándose un poco para besar la cara interna de la rodilla de Izuku, Katsuki trazó un camino húmedo de besos y mordiscos en sus muslos, y éste se cubrió el rostro con un brazo.

—Ka-... ¡Ah! —Gimió Izuku cuando Katsuki llegó a su ingle y le pasó los dientes por la sensible piel.

Pese a que no habían encendido las luces al entrar a la habitación, no era necesario. Por la ventana todavía entraba luz suficiente para que Katsuki pudiera apreciar el rubor generalizado en el cuerpo de Izuku, y lo bien que combinaba con los racimos de pecas que éste tenía aquí y allá.

Ya antes había apreciado Katsuki las pecas de sus pómulos y las había encontrado infantiles, poco apropiadas para un adulto de su edad que todavía podía pasar por adolescente si se lo proponía, y se había cuestionado si el estado de su piel era similar en otras áreas. Pues ahí tiene su respuesta: Sí, y le encantaba.

Encontrando pecas en sus muslos como si de tesoros se tratara, Katsuki alternó cada pierna en más besos hasta que Izuku resopló con impaciencia.

—¿En serio? —Inquirió con voz contenida, removiendo su cadera en la superficie de la cama—. ¿No hay nada más que llame tu atención?

Katsuki chasqueó la lengua. —Y antes me llamabas a mí impaciente.

—Tengo desde ayer fantaseando con esto.

—Mmm, en ese caso —se propulsó Katsuki directo a la entrepierna de Izuku, donde su pene descansaba rígido y apuntaba hacia arriba con orgullo. Izuku no estaba circuncidado, y a Katsuki la boca se le hizo agua de pensar en las posibilidades.

Dispuesto a torturar un poco más a Izuku para prolongar la expectación, Katsuki acercó despacio su rostro a la entrepierna de Izuku, y con la punta de la nariz rozó la base de sus testículos. Al instante se contrajo su escroto, y Katsuki tuvo una vista privilegiada del punto entre sus nalgas cuando Izuku abrió más las piernas y las elevó.

—Esto tiene sus ventajas —murmuró Katsuki con apreciación, antes de con la lengua trazar una húmeda línea justo donde comenzaba el perineo de Izuku.

—¡Ah, Ka-... Kacchan! —Exclamó Izuku de pronto, sin planearlo, lanzando una de sus piernas al aire y por poco golpeando a Katsuki en el proceso.

El uso de un apelativo como ‘Kacchan’ fue lo que más llamó la atención de éste. —¿Cómo me dijiste?

—¿Uh? —Aturdido como si hubiera recibido una descarga eléctrica, Izuku lo ignoró y pidió más—. No puedes dejarme así...

—Debería hacerlo por ponerme un apodo tan ridículo, pero... —Katsuki sujetó a Izuku por las corvas y lo empujó hasta levantar su trasero justo hasta el nivel de su rostro—. Tócate.

Izuku lo obedeció en el acto, lamiéndose la palma de la mano antes de sujetar su pene y darse un par de tirones bien esperados.

—Ah... Ah... —Jadeó Izuku, y Katsuki evitó darle un vistazo porque él mismo se sentía a punto de llegar a un punto de no retorno.

Con los brazos en tensión por el esfuerzo de sostener las piernas de Izuku en lo alto, Katsuki volvió a sacar su lengua y a trazar con ella un camino húmedo que partía del nacimiento de sus testículos hasta llegar a su orificio. El anillo de músculos entre sus nalgas se contrajo, y Katsuki no hesitó en rodearlo con su lengua y trazar círculos insistentes hasta que volviera a relajarse.

Mientras tanto, Izuku ayudó él mismo sosteniendo sus piernas lo más posible cerca de su pecho mientras con su mano derecha se masturbaba furioso y con la izquierda se acariciaba el pecho, pellizcándose los pezones como antes había hecho con Katsuki.

Bien podría haber alcanzado el orgasmo de esa manera, pero Katsuki también estaba lidiando con las consecuencias de su excitación, y quería estar con Izuku justo en el punto más álgido.

—Hey, sin prisas... —Murmuró Katsuki contra su piel, bajando la intensidad de sus movimientos de lengua y sustituyéndolos con más besos—. No tienes planes urgentes por las próximas horas, ¿correcto?

—Eres, uh, cruel... —Respondió Izuku, que con todo intuyó que debían cambiar de marcha o se iba a llevar un chasco, y tras un segundo de duda dejó ir su miembro y gimió casi con dolor.

—Sigue siendo mi cumpleaños hasta medianoche, ¿y no dicen que al chico del cumpleaños lo que pida? —Dijo Katsuki, incorporándose sobre sus rodillas antes de recostarse sobre el cuerpo de Izuku y besarlo de lleno en los labios—. Hagamos que dure, ¿ok?

Con el rostro de Katsuki a una distancia mínima del suyo, Izuku le echó los brazos alrededor del cuello y le miró con ojos lánguidos de placer.

—Ok.

Así que se besaron, y Katsuki marcó el ritmo previo de lo que sería su cópula al refregar su miembro contra el de Izuku, haciendo un desastre de líquido preseminal sobre sus vientres bajos sin que a ninguno le importara en realidad.

Justo cuando Izuku creía que esta vez sí se le permitiría alcanzar el orgasmo, Katsuki se separó de su abrazo y lo hizo darse media vuelta, elevando su pelvis con un par de almohadas para tener mejor acceso.

De nueva cuenta lo besó entre las nalgas, y valiéndose primero de su saliva y un dígito, y después de lubricante y dos dedos más, Katsuki se cercioró de preparar a Izuku para recibirlo.

—¿Estás listo? —Comprobó Katsuki mientras extraía un condón de su empaque y se lo colocaba en el miembro erecto.

—Desde hace al menos cinco minutos —resopló Izuku, y su insolencia le hizo ganador de una nalgada corta pero eficaz que en lugar de dolor le provocó un gemido sofocado—. ¡Ah!

—Sabía que eras de ese tipo...

—Soy de muchos más tipos que todavía no conoces —murmuró Izuku con el rostro apoyado en la cama—. Ahora hazlo.

Sosteniendo su pene con una mano para guiarlo, Katsuki utilizó la otra para sujetar un glúteo de Izuku y revelar su abertura reluciente de lubricante. Pese a la insistencia de Izuku por estar listo luego de un par de dedos, Katsuki no había cedido a la tentación al notar los músculos en tensión bajo su toque. Sí, habría sido genial con aquel nivel de estrechez, pero corría el riesgo de lastimarlo, y eso no iba a ocurrir en su turno.

—Kacchan... —Repitió Izuku el mote de antes, temblando cuando el glande de Katsuki presionó contra su abertura, y tras tensos segundos de expectación, consiguió entrar.

Un placer tan intenso que se volvía casi tan doloroso sacudió a Katsuki, y lo forzó a quedarse quieto unos segundos, boqueando por aire. Ante él, Izuku parecía estar en un estado idéntico, estrujando el cubrecama bajo sus dedos y temblando.

Después lo hablarían, después coincidirían con que aquella primera vez había tenido consigo un halo de incertidumbre para el cual no estaban preparados físicamente a sucumbir de tal manera al placer, pero en tiempo presentes, con la piel húmeda de sudor y la mente aturdida por una carencia total de pensamientos que no fueran “mío” y “más”, la necesidad y urgencia era otra.

—Ahhh... —Izuku arqueó más la espalda, y el ángulo favoreció a Katsuki para hacer la penetración lo más profunda posible. Su pelvis chocó contra el trasero de Izuku, y aquel contacto dermis contra dermis le resultó imposible de perder.

Cayendo rendido sobre su espalda, posicionando sus brazos encima de los de Izuku en búsqueda de mantener una unión física en todos los sentidos de la palabra, entrelazó sus dedos con los de él y enterró su rostro en su alborotado cabello oscuro, olisqueando esa mezcla de sudor, shampoo y su propia esencia personal que le hacía sucumbir al deseo de devorarlo completo.

—¿Te gusta? Di que te gusta —murmuró Katsuki enfebrecido contra la nuca de Izuku, mordiendo aquí y allá la sensible piel mientras con sus caderas marcaba un ritmo corto y rápido de estocadas.

Izuku se contraía con cada golpe de su cadera, alzándose él mismo para recibirlo en cada ocasión, y gemía de continuo sin parar. Para incluso así se las arregló para ofrecer una respuesta.

—Sí, Kacchan, ¡sí!

Deseoso de más, de tenerlo enteramente a su merced, Katsuki apretó la mandíbula para tolerar la separación y se apartó de Izuku, que gimoteó ante la pérdida de su contacto pero se repuso veloz cuando tiró de él y lo hizo rodar sobre su espalda. Katsuki no perdió tiempo en posicionarse entre sus muslos, y alzando las piernas de Izuku encima de sus hombros, volvió a penetrarlo. Esta vez con mayor facilidad. El cuerpo de Izuku lo recibió, y éste estiró los brazos para recibirlo contra su pecho. Katsuki lo besó, e Izuku no se resistió, incluso si tenía los tobillos casi a la altura de las orejas y cualquier otro habría considerado la posición de lo más incómoda para los músculos y tendones.

Con cualquier otro compañero de cama, Katsuki no se habría conformado con un par de posiciones y alcanzar el orgasmo. Él siempre quería variedad, pero en el caso de Izuku, de momento no iba a ser posible. Los dos se encontraban más allá de un punto de retorno, y el orgasmo amenazaba con sobreponerse a su resistencia. A juzgar por la manera ansiosa en la que Izuku recorría los músculos de su espalda con desesperación y refregaba su miembro contra el estómago de ambos, no tardaría en llegar a su límite, y Katsuki estaba igual condición. No podría contenerlo ni aunque quisiera, y no quería...

—Córrete por mí, hazlo —le ordenó Katsuki, marcando cada sílaba con una embestida de su cadera, atento a los ruidos de sus cuerpos el unirse al compás de una música que sólo llegaba a sus oídos, e Izuku le obedeció como accionado por un interruptor.

Liberando un gemido gutural que vino acompañado de sus dedos contrayéndose involuntariamente sobre los hombros de Katsuki y su rostro mostrando una expresión de total sublimación, Izuku se entregó al placer de su orgasmo y se corrió entre sus vientres en un largo y poderoso chorro que su acompañante consideró como una extensión de su propio placer. Izuku se tensó como una cuerda de guitarra hasta lo indecible, arrancándole en el proceso a Katsuki su propio orgasmo, y después hundiéndose laxo en la cama y bajo el peso de su compañero.

Todo pasó demasiado rápido. Katsuki estaba seguro de todavía tener tiempo, de estarse controlando a la perfección, y entonces el orgasmo de Izuku lo había golpeado como el propio, seguido del suyo todavía menos placentero pero no por ello menos perfecto. La simultaneidad del acto era algo que nunca había experimentado con anterioridad, y Katsuki rechinó los dientes al ser sacudido de esa manera antes de también perder todo el ímpetu y caer sin fuerzas en los brazos de Izuku.

Yaciendo en un bulto que lo era todo en brazos, piernas, piel húmeda y besos interminables, uno a uno volvieron los sentidos de Katsuki e Izuku a la normalidad.

Era digno de analizarse. Un minuto atrás, Katsuki no tenía ningún pensamiento que no los incluyera sólo a ellos dos. El mundo podría haber terminado afuera de su ventana y él no se habría enterado, demasiado absorto en los ojos verdes y de pupilas dilatadas de Izuku que estaban clavados en los suyos. Todo en él había sido objeto de su absoluta concentración; el tacto de su piel, el sabor de su boca, el sonido de su placer... Pero el momento había pasado, y ahora podía apreciar no sólo las partes que los mantenían unidos, sino también el resto.

Como el condón que se interponía entre ellos dos, y del que debía de deshacerse antes de que derramara su contenido sobre la cama.

—Uh... ¿Por qué tengo tu talón en mi mejilla? —Preguntó Katsuki de pronto, y al girar ligeramente el rostro apreció un pie demasiado cerca de la cara para su gusto.

Todavía recuperándose, Izuku resopló. —Oh, tu culpa... Es mi pierna la que tienes doblada de esa manera, ¿sabes?

—Uhm... —Apartándose despacio de Izuku, Katsuki hizo una mueca cuando su piel mojada de sudor entró en contacto con el frío de la habitación.

Izuku pareció de la misma opinión, pero además se tragó un gemido que ya sólo era de dolor cuando pudo devolver las piernas a su posición original y un hueso crujió.

Sentado sobre sus pantorrillas, Katsuki se retiró el condón y lo anudó para no derramar su contenido. —Espera aquí...

Sin importarle su estado de desnudez, Katsuki tiró el condón en la basura del baño, humedeció una toalla de mano con agua caliente y volvió al dormitorio. Esperaba encontrar a Izuku todavía en la misma posición en la que lo había dejado, pero éste se había sentado con los pies en el piso y se examinaba el pecho cubierto de marcas de besos y mordiscos.

—Lo siento —masculló Katsuki al entrar a la recámara y sin agregar que lo volvería a hacer de tener la oportunidad—. Ten.

Izuku aceptó la toalla con un quedo “gracias” de su parte, y se limpió primero el desastre sobre su estómago y después con más vergüenza se puso en pie e hizo lo mismo con el área entre sus piernas. Con reservas de su papel en esos momentos, Katsuki desvió respetuoso la mirada para darle privacidad.

De haber podido elegir, Katsuki habría preferido que Izuku siguiera en la cama para ser él quien lo limpiara. Con suerte habrían podido dormir una corta siesta, y después al despertar podrían incluso haberle dado uso a los condones restantes de la caja, pero... De pronto no parecía una opción.

Dejando la toalla sucia en la cama revuelta, Izuku se agachó para buscar su ropa, y algo en su movimiento alertó a Katsuki.

—¿Te... lastimé?

—Oh no, nada de eso —se apresuró Izuku a explicar mientras recogía sus bóxers del montón y se los ponía—. Ha sido... intenso, ¿no te parece? Y hay posturas que deberían venir con instrucciones de un calentamiento previo —bromeó, pero en su rostro cruzó una mueca de dolor al levantar la misma pierna que antes tenía doblada hasta tocarse su propia oreja y por poco perdió el equilibrio.

Incluso si no había nada más que quisiera en esos momentos que asegurarse la estancia de Izuku aunque fuera por unos minutos más, no fue eso lo que movió a Katsuki a arrodillarse a su lado y tocarle la pierna, sino genuina preocupación de su bienestar.

Y bueno, culpa. Porque había sido por su causa.

—¿Dónde te duele? —Preguntó al tocarle el muslo con los dedos y recorrer algunos de los músculos principales.

—Justo, ¡ah!, ahí —jadeó Izuku de manera muy diferente a la de la última hora que habían pasado juntos.

—No es una lesión grave, pero... —«Y qué cruz sería si lo fuera», pensó Katsuki, porque seguro que el resto de sus colegas en Plus Ultra lo notarían si al día siguiente Izuku se presentaba con una cojera, e incluso si conseguía hacer que una mentira de su procedencia colara, él no podría mantener una expresión seria al respecto—. Tiéndete bocabajo en la cama.

—¿Katsuki?

—Oh, vamos —gruñó Katsuki, quitando el cubrecama sucio y mostrando sábanas limpias debajo—. No es lo que piensas. Te voy a dar un masaje.

Izuku frunció el ceño, pero se mostró divertido. —No imaginé que fueras de ese tipo de romántico.

—Y no lo soy, idiota —gruñó Katsuki—. Es una pomada de calor para lesiones, no un jodido aceite aromático con el que te voy a untar. Ahora acuéstate y no hables más.

Con trazas de humor por la manera tan torpe y falta de tacto en la que Katsuki insistía en hacer algo bueno por él, Izuku obedeció tendiéndose sobre su estómago en la cama y esperando. Katsuki se movió en la habitación, abrió un cajón y lo volvió a cerrar; de paso también se vistió con un par de bóxers limpios, y después se sentó en la orilla de la cama, rozando con sus dedos la pierna de Izuku.

—Dime dónde te duele más —ordenó con voz suave, subiendo de la corva al muslo, primero por la cara externa y después la interna. Izuku siseó cuando Katsuki dio con el músculo en cuestión, y éste chasqueó la lengua.

—Es el aductor mayor.

—No sabía que los conocías de nombre...

—¿Qué esperabas? ¿Qué por dedicarme al entrenamiento físico sólo sabría de deportes y no de anatomía? —Katsuki abrió el frasco con pomada, y tras tomar una generosa porción y calentarla entre sus dedos, procedió a masajear a Izuku—. Odio esas suposiciones. Como si por entrenar mi cuerpo no fuera capaz de hacer lo mismo con la mente.

Izuku exhaló cuando Katsuki presionó justo en el músculo que tenía lastimado y lo recorrió con sus dedos hasta hacerlo vibrar de dolor, pero ni una vez lo expresó así. En cambio, se las arregló para decir con voz tranquila:

—Tienes razón. Perdona por-...

—No hay nada que perdonar —le interrumpió Katsuki, la vista clavada en su pierna y haciendo su mejor trabajo—. Ahora cállate y sopórtalo.

En opinión de Izuku, ‘soportarlo’ no era el verbo correcto, sino más bien ‘disfrutarlo’. Sobre todo cuando el músculo en cuestión quedó relajado y el masaje terapéutico de Katsuki comenzó a extenderse a otras áreas.

Murmurando que tenía pomada de sobra y que no pensaba desperdiciarla, Katsuki subió a sus hombros, e Izuku lo dejó trabajar en el área de sus paletillas y después bajar por su columna hasta la estrecha cintura. Para entonces Katsuki ya se había olvidado de la pretensa de estarle proveyendo un masaje, y con sus pulgares trazaba con insistencia sobre los dos hoyuelos que tenía justo encima del trasero, al borde del elástico de su ropa interior.

—Mmm, eres bueno —elogió Izuku sus acciones con voz gruesa, y Katsuki deslizó una de sus manos bajo la tela, sujetando aquel glúteo pequeño pero bien formado en su palma—. Muy bueno.

—Puedo ser el mejor si me lo propongo...

—¿Sí?

—Pruébame.

E Izuku lo hizo.

 

Katsuki se vio tentado a invitar a Izuku a pasar la noche. Después de todo, luego de tres orgasmos, una cena intermedio que consistió en unos bocadillos que tenía congelados y que comieron en el sofá para después olvidar cuando la tentación de besarse se hizo insostenible, por ende, un cuarto orgasmo y después comentar que se hacía tarde y los dos tenían que madrugar... Al fin y al cabo Katsuki había comprado un cepillo de dientes extra. Un jodido cepillo de dientes con cercas suaves. Para Izuku. El mismo Izuku que bostezaba contra el dorso de su mano y comentaba que tenía una clase a las nueve.

—Es un grupo de principiantes. Yada, yada, sólo mujeres mayores y ancianas, justo como te gusta recalcar —se burló Izuku de sí mismo con las frases que Katsuki prefería utilizar para machacarle—. Da igual. Son los mejores grupos. Seguido me llaman el candidato perfecto para conocer a sus hijas o nietas.

—Lástima que seas gay —se burló Katsuki.

—No sé si lástima o no, pero... —Izuku volvió a bostezar—. Como sea. Me marcho.

Siguiendo a Izuku al genkan y observándolo mientras se colocaba los zapatos de vuelta y después hacía lo mismo con su chaqueta, Katsuki se vio tentado una vez más de hacerle la invitación de compartir con él la mitad de su colchón que ahora de pronto daba la impresión de pertenecerle. A cambio de su compañía prometía proveerlo de una almohada, sábanas limpias, y uno de sus brazos alrededor de su estómago... Pero claro, ¿quién podía ser tan patético como para caer así de rápido por otra persona?

Ahí donde Katsuki se sentía a punto de hacer combustión en la cercanía de Izuku, éste no daba la apariencia de ser recíproco. No a juzgar por el modo relajado con el que se cercioraba de tener la billetera y las llaves en los bolsillos, y después se despedía.

—Pasa de medianoche así que no diré de vuelta ‘feliz cumpleaños’, pero espero que mi regalo te haya gustado.

Descalzo y experimentando un estremecimiento que nada tenía que ver con la temperatura de aquella tardía noche de abril, Katsuki encogió los hombros. Era su manera de decir que sí, había sido el mejor regalo posible, pero Izuku pareció no darse por enterado.

—Gracias por tenerme aquí —murmuró, y en la penumbra del genkan y la fragilidad de un momento que terminaría apenas abriera la puerta, se posiciono de puntillas y le besó la boca—. Nos vemos mañana en el gimnasio, Katsuki.

—¿Qué, ya no es Kacchan? —Le chanceó éste, e Izuku examinó sus ojos en búsqueda de una señal.

Si la encontró o no, no lo demostró, y con una última sacudida de su mano se despidió una última vez y se marchó.

Atrás quedó Katsuki, cuestionándose no por primera vez en las últimas horas si avanzaban demasiado rápido, o por qué su impaciencia quería todavía más velocidad.

 

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Notas finales:
Nosotras descubrimos un poco de la historia de Izuku, y ellos 2 tienen sexo~ Traté de incorporar elementos del canon en el fic (como lo del brazo) pero no serán fieles al 100% para darle sabor a la trama y mostrar algunas sorpresas durante el camino.
Como siempre, nos vemos el martes con comentarios o el próximo viernes sin. Graxie por leer~!
5.- "No deja corazón sin romper a dondequiera que va." por Marbius

5.- "No deja corazón sin romper a dondequiera que va."

 

Después de un cumpleaños plagado de clases, abundante comida y excelente compañía (de sexo también), Katsuki habría dado por sentado que a la mañana siguiente le costaría levantarse de la cama, demasiado aletargado tras un día que se salía de la estricta rutina a la que estaba impuesto, pero en su lugar le ganó a su alarma por cuestión de varios minutos y casi saltó fuera de la cama ante el prospecto de empezar cuanto antes su día y llegar primero a Plus Ultra.

Ese día en particular tenía un par de clases y conocería a un atleta que quería probar con él por un par de horas antes de decidirse para que lo entrenara para un próximo Iron Man que se celebraría en San Francisco, pero su mente no estaba del todo en su itinerario, sino en una pieza de información que continuaba repitiéndose sin parar en su cabeza.

La noche anterior, Izuku había mencionado que tendría un grupo nuevo de yoga, y que su clase comenzaría a las doce en punto.

A las doce. Ni un minuto más, ni uno menos.

Las doce que para nada contó Katsuki en cuenta regresiva desde cada reloj al que tenía acceso como quien cuenta una bomba atómica a punto de estallar si se maneja mal.

Esas doce que lo encontraron diez minutos antes afuera del aula, cruzado de brazos y con el ceño fruncido en su mejor gesto de “nadie me hable o le doy un mordisco” y que por la mayor parte las mujeres de mediana edad que se congregaron a su alrededor en leggins y con tapetes de yoga respetaron, excepto una.

—¿También vienes a la clase del profesor Midoriya? —Preguntó con un tono de voz que a Katsuki le resultó irritante.

En su mayor parte, él lidiaba con hombres. Atletas sudorosos cargados de testosterona que olían a axila, a pies, y que no se molestaban en perfumarse con nada más que desodorante antes de una clase, a diferencia de la mujer frente a él, que ya en sus cincuentas y con un excelente trabajo de teñido, parecía más preparada para una sesión de fotos que para llevar a cabo ejercicio físico.

Katsuki gruñó lo que esperaba fuera él una respuesta neutra. Ni un ‘sí’ o un ‘no’ porque ni él mismo tenía claro que hacía a las afueras del aula de clases del famoso Deku que hacía unos cuantos años era el líder indiscutible en halterofilia y ahora pasaba sus días dándole clases de yoga a mujeres menopaúsicas.

—Dicen que es el mejor —dijo la mujer, ignorando la clara actitud de Katsuki que implicaba un ‘no quiero hablar con nadie, déjame en paz si aprecia su vida’ que exudaba como una feromona.

—También escuché que es atractivo —mencionó una tercera, que se sumó al grupo, y Katsuki pegó su espalda a la pared al sentirse rodeado.

—Y soltero —se inmiscuyó una cuarta.

Katsuki puso los ojos en blanco. —Si no tiene novia, será por algo —articuló con sequedad.

—Debe ser tímido —dijo una quinta mujer.

—Un alma sensible —fantaseó una sexta, y Katsuki se esforzó para no esbozar una mueca.

«Quizá sólo sea gay, y ustedes pierden su tiempo buscando conquistarlo con ideas de un romance de otoño-primavera», pensó Katsuki, pero no era su lugar el exhibir a Izuku de esa manera, así que calló.

En su lugar volvió a consultar la hora, y con cinco minutos antes de las doce reconsideró su presencia en aquella parte de Plus Ultra. Si era listo, y vaya que se preciaba de serlo, Katsuki emprendería una honorable retirada antes de que Izuku arribara y lo encontrara ahí rodeado de mujeres de mediana edad a punto de iniciar sus clases de yoga para principiantes. Lo único que debía hacer era escabullirse y-...

—Buenos días —dijo una voz inconfundible como la de Izuku («Oh, mierda. Demasiado tarde», maldijo Katsuki para sí, buscando esconderse entre el grupo de mujeres pero sin mucho éxito, porque por su estatura resaltaba por encima de ellas al menos por una cabeza) y se pausó cuando descubrió a Katsuki en el grupo—. Me alegra encontrar caras conocidas entre ustedes.

—Ni hablar. Me marcho —gruñó Katsuki, pero al intentar pasar por el lado de Izuku, éste lo retó.

—¿Asustado? —Katsuki se frenó en seco al lado de Izuku, y éste agregó en tono bajo y casi burlón: —¿Crees conseguir tocarte la punta de los pies o el dolor de espalda te lo impedirá?

—¡Eso y más! —Declaró con acaloramiento, y sólo después comprendió que había caído en la trampa de Izuku.

—En ese caso —declaró Izuku con una palmada—, todos vengan conmigo. La clase comenzará en breve con un alumno de último momento en nuestras filas.

Esta vez, Katsuki no se guardó de expresar lo que pensaba. —Joder... Maldito Deku.

 

—Y ahora para finalizar, levantamos los brazos y hacemos un par de exhalaciones —indicó Izuku una hora después al final de su clase, tan fresco como en un inicio y con una sombra de sonrisa burlona en los labios.

Frente a él se habían formado varias líneas de mujeres en sus esteras de yoga y con su supervisión y ayuda habían conseguido llegar hasta el último movimiento de manera satisfactoria. Por su mayor parte, Izuku había mostrado los asanas básicos con los que él trabajaba en el grupo de principiantes, y después se había paseado entre sus alumnas para hacer correcciones cuando era necesario, y cuando no repartir elogios.

Hasta atrás, un tanto apartado del resto y utilizando un tapete prestado porque duh, él no tenía ninguno ya que jamás había estado en sus planes quedarse para la clase, Katsuki se había pasado la última hora de su vida resoplando, pujando, y en general, sufriendo al percatarse que su elasticidad no era lo que solía ser y que muchos de los asanas le salían mal por cuenta propia.

Izuku había pasado hasta atrás del aula con él para corregirlo un par de veces, pero había desistido cuando Katsuki gruñó en su dirección como perro rabioso. En cierto modo, había tenido que aceptar su derrota y tratar de conservar cualquier vestigio de orgullo que le quedara buscando terminar la clase con los restos de su ego hecho pedazos bajo su protección.

Lo que era peor, no sólo su elasticidad se había visto en tela de juicio, sino también su equilibrio y resistencia. Katsuki había dado por sentado que tras años de entrenamiento físico y moldear su cuerpo a su antojo una simple clase de yoga sería pan comido. Doblarse aquí, estirarse allá, mantener la postura y ya está; simple como chasquear los dedos. Excepto que no había sido ni por asomo nada de eso.

En su lugar las posturas que había tenido que tomar le requerían más elasticidad de la que recordaba tener, y la respiración era un punto a tomar en cuenta. En más de una ocasión instó Izuku a la clase a respirar en 7-4-8 intervalos, y como nunca comprendió Katsuki que era tan difícil conseguir eso con la mente despejada como aspirar bocanadas en los restos de cardio más extenuantes a los que se había enfrentado.

A fin de cuentas, había llegado al último asana como el resto, pero su desempeño había sido tan terrible como el del resto de sus condiscípulas, sino es que peor, y el orgullo le escocía peor que una herida.

No peor que los ligamentos de sus pantorrillas en esos momentos, pero se le acercaba...

—Bien, eso es todo —dio Izuku por finalizada la clase—. Nos volveremos a ver el viernes, a la mayoría al menos —dijo lo último mirando a Katsuki y después enfocándose en el resto de sus alumnas—, y empezaremos con algunas de las posiciones más populares. Por favor vengan con el cabello suelto, porque intentaremos llevar a cabo el sirsasana, que consiste en sostenernos de cabeza. No se preocupen, iremos paso a paso hasta conseguirlo. Sin más... Hasta la próxima, y gracias por asistir.

Sentado en el piso y con la vista clavada en su regazo, Katsuki esperó a ser el último para ponerse en pie y tratar de conservar algo de dignidad, pero claro, Izuku no se lo iba a dejar tan fácil, y tras despedir a la última alumna se acercó todavía descalzo a aquel rincón del aula. Katsuki lo vio acercarse a través del reflejo de las cuatro paredes de espejo, y lo detestó por la facilidad con la que se movía.

—Ni una palabra —le amenazó con un gruñido apenas Izuku se posicionó frente a él.

—No iba a decir nada.

Katsuki suspiró. —¿Era esto lo que planeabas al invitarme a asistir a una de tus clases?

—¿Uh? ¿A qué te refieres?

—Consigues terminar mi circuito más agotador de crossfit como si nada-...

—De hecho, mi brazo —le interrumpió Izuku, pero su voz perdió potencia.

—... y después me haces papilla en tu propia clase. ¿De eso se trata? ¿Querías demostrar acaso que-...?

—¡No quería demostrar nada! —Se acaloró Izuku antes de que el malhumor de Katsuki subiera un nivel más—. Yo estaba tan sorprendido como tú cuando accediste a quedarte para la clase. Ni siquiera traías la ropa adecuada...

Y seguía sin traerla. Katsuki había terminado su propia clase con un pantalón deportivo que le iba suelto y a lo largo de los asanas se había tenido que reacomodar para que no le estorbara. Ahora entendía la utilidad de unos pantalones de yoga, ya fuera porque no fueran un incordio durante las posturas, o porque hacían un buen trasero. Izuku era la prueba de ello.

—Ugh... —Masculló Katsuki para sí al distraerse con la imagen mental de Izuku doblado al frente y con el trasero al aire. Vestido o no, era un deleite a la vista.

—No me disculparé por haberte invitado a mi clase —dijo Izuku, cruzándose de brazos e inamovible—. Te burlaste de mí por eso la primera vez que nos vimos.

—¿Qué, te hizo enojar?

—Me irritó. No eres el primero ni será el último que tiene la absurda preconcepción de que el yoga son sólo movimientos repetitivos y sin utilidad práctica.

—Eso no era lo que yo-...

—Quizá no del todo —farfulló Izuku, por primera vez encendiéndose. El cambio en su tono de voz obligó a Katsuki a levantar la vista, y lo que encontró le gustó.

Izuku, cuando se apasionaba, mostraba una expresión nueva que le sentaba bien. Sus pupilas se habían contraído hasta apenas ser dos puntos negros en un mar de color verde oscuro, y su mandíbula había adoptado una forma que no dejaba lugar a dudas de su determinación para sostener su punto, costara lo que costara.

—Después de mi lesión... —Izuku resopló, y cambio su peso de un pie a otro—. Después de las cirugías, y la terapia, y los interminables “tenías una carrera tan prometedora” y “es una lástima”, tenía tan poco a qué aferrarme... Mi pronóstico no era nada bueno. Tendría mi brazo, pero ¿su funcionalidad?, eso no lo sabía ni mi doctora con certeza.

Katsuki respetó el silencio que siguió a la larga pausa. Izuku hablaría, a su ritmo, y eso hizo.

—Empecé a asistir a clases de yoga porque el estrés de la impotencia por no poder hacer nada por mí mismo estaba acabando conmigo, y... me encantó. Había rutina, y dolor, pero también recompensa cuando poco a poco conseguí recuperar lo que había perdido... Tenía una nueva definición de fortaleza, y creo que ya has descubierto por tu cuenta de cuál es...

Katsuki chasqueó la lengua, pero asintió. —Seh...

Hasta ese punto, él también sólo había conocido la fuerza que se asumía para levantar peso y mover al mundo, pero en esa sesión de yoga que apenas había tenido una duración de sesenta minutos se había topado con que su propio cuerpo era un peso que le iba a requerir un mayor trabajo movilizar.

Dejando caer sus brazos a los costados, Izuku se sentó de cuclillas frente a Katsuki, y apoyando el mentón en sus rodillas le dedicó una mirada que era mitad curiosidad y mitad aprehensión.

—No te obligaré a cumplir con tu apuesta. Pero si quieres intentarlo... Mi clase de principiantes tiene siempre un espacio para ti.

Ah, cierto. La apuesta. Con lo ocurrido en la última semana, Katsuki casi había olvidado la manera en que Izuku había recorrido el circuito más extenuante de su pista y lo había hecho suyo. Incluso si al final casi había estado a punto de venirse abajo por su brazo, el que se hubiera forzado a seguir lo colocaba a ojos de Katsuki en un puesto privilegiado por su tenacidad mostrada al esforzarse más. Siempre Plus Ultra.

—Una apuesta es una apuesta —gruñó Katsuki en lugar de revelar la clase de pensamientos que discurrían en esos instantes por su mente—. ¿Qué clase de persona sería yo si me retractara de mi palabra?

—Pero-...

—Hoy mismo compraré una de estas porquerías plásticas para traer a la clase —dijo Katsuki, tocando la que Izuku le había prestado y que era de un intenso color verde—. Me daría asco seguir usando la que quién sabe cuánta gente más ha utilizado con sus pies sucios, y dejando caer su sudor sin limpiarlo después.

Poniendo los ojos en blanco ante su repentina muestra de misofobia, Izuku aclaró: —Para que lo sepas, es mía, y nadie más que yo la ha utilizado.

—Lo que sea. Igual está sucia y quiero la mía.

—Te recordaré que estoy sucio la próxima vez que intentes lamerme en-... —Pero sus siguientes palabras quedaron sofocadas cuando Katsuki, veloz como un rayo, le cubrió la boca con su mano.

—Vale, entiendo tu punto —murmuró, un ligero tinte sonrosado en las mejillas—. Y, uhm, ¿exactamente dónde puedo comprar una de estas cosas?

Izuku se apartó la mano de Katsuki de la boca, pero no dejó ir su mano. —Si tienes tiempo, puedo acompañarte a elegir una.

—¿Tienes tiempo? —Preguntó Katsuki, y la respuesta de Izuku lo dejó más que complacido.

—¿Para ti? De sobra.

 

—¿Dónde estabas? Pensé que almorzarías con nosotros. ¿Y por qué caminas raro? —Preguntó Eijiro cuando por casualidad él y Katsuki coincidieron en la entrada de Plus Ultra.

Los dos ya habían terminado con sus clases del día, y en el caso de Katsuki con su bolsa de deporte al hombro y golpetear del pie contra el piso, era más que evidente que tenía prisa por marcharse.

—Yo... —Katsuki se cuestionó si no sería más fácil para él una mentira, pero no era su estilo. Y además, nada tenía que ocultar—. Estaba con Izuku.

—¿Almorzaste con él? No los vi en la cafetería.

—Sí, uhm, almorzamos. Pero primero, erm, toméunadesusclases... —Murmuró Katsuki en la misma exhalación, pegando las palabras al punto de hacerlas incomprensibles.

Cualquier otro habría entendido nada de todo eso, pero no Eijiro. No su amigo de varios años, que alzó las cejas casi hasta la línea de su cabello y expresó su parecer con un quedo “wow” apenas perceptible.

—¿Qué?

—Nada.

—Lo tienes escrito en la cara, idiota. Mejor dilo —gruñó Katsuki. Por escenas como la que estaban por protagonizar era que habría preferido guardarse para sí aquella información, pero daba igual. Tarde o temprano se enterarían. Al fin y al cabo la clase de Izuku para principiantes tenía una duración de tres meses, y Katsuki se había prometido asistir a cada una sin falta. Porque había hecho una apuesta y él era un hombre que cumplía, no por cualquier otra razón que se pudiera suponer, y muchas gracias.

—Vale... —Eijiro se pasó la mano por la nuca, y su bíceps quedó marcado bajo la tela—. Mira, Izuku es un amigo genial y todo, pero... No es el indicado para ti. Ya, ahí está, lo dije.

Con las cejas fruncidas hasta casi tocarse en el puente de su nariz, Katsuki exigió una explicación. —¿De qué hablas?

—Sólo para aclarar... ¿Se fueron juntos el sábado después de la reunión, correcto?

—Eso no es asunto tuyo.

Eijiro suspiró. —Lo interpretaré como un ‘sí’, y es por eso que te pongo sobre aviso. Izuku no tiene el mejor récord en temas románticos por aquí. No sé si estés enterado de su relación con-...

—Ochako y Mirio, ajá —confirmó Katsuki, seguro del piso en el que sostenía y de pronto encontrando grietas a su paso cuando Eijiro apretó los labios en una fina línea.

—Sí, bueno, ellos también.

—¿Cómo que también? —Gruñó Katsuki, porque lo que aquella palabra implicaba...

—Lo entiendo, ¿ok? —Desvió Eijiro la atención hacia otros derroteros—. Izuku tiene ese aire de, no sé, ¿lindura? Y es una mierda decir eso de alguien que ya tiene más de treinta, pero es cierto. Debe ser por esos enormes ojos verdes y las pecas o yo qué sé, pero hace que te olvides que solía ser Deku, ¿sabes? Y Deku era el mejor. Deku levantaba pesos que otros atletas jamás habrían siquiera imaginado. Es una leyenda en la halterofilia, y es una pena que su carrera haya terminado de esa manera, pero no es de eso de lo que debemos hablar tú y yo. —Con un resoplido, Eijiro se mostró contrariado—. De un amigo a otro... Ve con cuidado. Izuku no tiene malas intenciones, es demasiado bueno para eso, pero no deja corazón sin romper a dondequiera que va.

—Qué idiotez. A mí no me va a-...

Eijiro lo interrumpió al posar su mano en el hombro de Katsuki y darle un apretón. —Confía en mí en esto.

Katsuki se lo sacó de encima. —Aunque aprecio el consejo...

—No es cierto.

—No, tienes razón —concedió Katsuki—. Mejor métete en tus asuntos y evita los míos.

Con un suspiro, Eijiro lo dejó ser. Era el mismo Katsuki que había conocido tantos años atrás, y sabía mejor que intentar controlarlo.

—Bien. Pero no digas que no te advertí...

Luego Eijiro prometió mantener su distancia y se despidió de Katsuki como habría hecho cualquier otro día de la semana, pero éste no se quedó tan tranquilo. Él por su cuenta algo intuía de lo que había escuchado... Ochako podría negarlo porque tenía a Tenya, pero era evidente que algunos de sus sentimientos por Izuku no quedaban del todo en el área de lo platónico. De Mirio ni hablar, sus intenciones era claras. ¿Pero quienes eran esos otros que Eijiro había aludido antes? Por su manera de decirlo, parecía hablar de una docena de posibles candidatos entre los miembros del staff de Plus Ultra, ¿y siendo honesto?, a Katsuki le costaba imaginarse a Izuku con cualquiera de ellos.

«Bah, no debo dejar que Eijiro juegue con mi cabeza», concluyó Katsuki a tiempo para recuperar la calma, justo cuando en la distancia vislumbró a Izuku caminar en su dirección y a su encuentro. Pero no venía solo. Con él venía el idiota de cabello bicolor que Katsuki había encontrado irritante desde su primer encuentro y cuyo nombre siempre se le resbalaba de la memoria.

Con las advertencias de Eijiro todavía resonando en su cabeza, Katsuki los observó a través de sus ojos entrecerrados caminar a paso lento y en total sincronía. El idiota bicolor se mostraba relajado al lado de Izuku, y era un asunto de tomarse en cuenta, considerando que Katsuki sólo lo recordaba rígido como una tabla en las pocas ocasiones que coincidían a la hora del almuerzo en la cafetería.

En su primer encuentro, Katsuki le había estrechado la mano sin prestar mucha atención a su nombre. Su apariencia se había encargado del resto, pues no sólo tenía un ojo de cada color, sino que la pigmentación se extendía hacia su cabello, y además tenía una desagradable cicatriz de quemadura en un costado de la cara. El conjunto por sí solo habría resultado grotesco, excepto porque el muy idiota conseguía hacer suyo el look y de paso que funcionara a su beneficio.

En otras circunstancias, Katsuki lo habría encontrado atractivo. Pero en Plus Ultra su mera expresión indiferente le irritaba, y no poco. Verlo ahora caminando con Izuku sólo acrecentaba ese sentimiento y lo empeoraba, igual que una picadura de mosquito que él no podía dejar de rascarse hasta sacar sangre.

«Ah, pero claro...», encontró Katsuki de pronto la luz al final del túnel. De pronto el nombre acudió a su memoria. Era Shouto Todoroki. Pero sólo Shouto para Izuku, y dicho en un tono suave porque era junto con Ochako uno de los dos con los que asistía a terapia. Creía recordar Katsuki que el idiota bicolor trataba no sólo lesiones, sino que centraba su práctica en terapias de frío y calor. Con exactitud no recordaba qué hacía porque en su momento no había prestado atención, pero Katsuki suponía que era esa la razón por la que Izuku lo traía de acompañante y los dos charlaban como los viejos amigos que eran, si es que con suerte no habían sido más.

—Gracias por esperarme —dijo Izuku a Katsuki apenas lo alcanzó en recepción, y por educación hizo notar la presencia de su acompañante—. Ustedes dos seguro que se conocen, ¿verdad?

—No recuerdo bien tu nombre —dijo el idiota bicolor a Katsuki, y éste apretó las manos en puños, indispuesto a ofrecerle nada que no fuera un apretón capaz de triturarle las falanges—. ¿Me lo recuerdas de nuevo, por favor?

—Katsuki Bakugou —dijo éste, y le correspondió por igual—. De nuevo, ¿cuál era el tuyo?

—Shouto Todoroki.

Si Izuku encontró la tensión palpable entre sus dos acompañantes, no dio muestras de ello. En su lugar se dirigió a Shouto:

—Gracias por lo de hoy. En verdad me hacía falta.

—Cuando quieras, sabes que no tienes que pedir cita —dijo Shouto, dejando de lado el tono distante que mantenía siempre que Katsuki lo había escuchado utilizar con cualquier otro de sus colegas, pero que con Izuku tomaba una excepción.

—Nos vemos mañana.

—Sí, cuídate —dijo Shouto, y sus ojos se posaron en Katsuki al pronunciarse.

—Vamos —instó Izuku a Katsuki a salir, pero éste tenía la cabeza trabajando a marchas forzadas por una repentina sospecha que le había asaltado y que temía se volviera realidad.

Ya habían salido a la calle y avanzado unos metros en dirección a la tienda que Izuku proclamaba como la mejor en equipo deportivo a los alrededores (“eso sin mencionar los descuentos”, agregó con una sonrisa) cuando un muy enfurruñado Katsuki se metió las manos a los bolsillos, hundió los hombros y preguntó:

—¿Hace cuánto que tú y Todoroki salían juntos?

El pie derecho de Izuku golpeó la línea de la acera y poco le faltó para caerse, pero consiguió recuperar el equilibrio. Mas no la dignidad.

—¿Pero cómo...?

—Basta con tener ojos. —«Ah, Eijiro tenía razón; Izuku era un experto en romper corazones»—. Es obvio que le gustas, y por la manera en que te habla y te toca...

—Es mi terapeuta —dijo Izuku, el mentón firme—. Claro que me toca. Es parte de su trabajo.

—Sabes bien a qué me refiero... Antes, se despidió de ti con un roce en tu mejilla, ¿no? —Una pausa—. ¿Eso también forma parte de sus terapias?

Izuku se paró en seco, e incluso si estorbaba en la calle y otros transeúntes mostraron su molestia al esquivarlo, se mostró firme al cruzarse de brazos y dedicarle una mirada cargada de frustración.

—¿Siempre va a ser así? Porque Shouto y yo no somos nada más que amigos.

—Ahora. ¿Pero antes?

—¿Importa en realidad?

Katsuki habría dado lo que fuera por decir que no. Él no era así. Los celos no iban con él. Y hasta hace una semana se había creído incapaz de experimentarlos, ya no se dijera a ese nivel, pero claro, una semana atrás apenas si sabía quién era Izuku Midoriya en el mundo, y en cambio ahora...

—Dímelo tú —replicó en su lugar, apartándose al bordillo de la acera para no estorbar. Entre él e Izuku, se formó un tránsito de personas queriendo llegar a su destino, pero ninguno osó apartar la vista del otro—. Entiendo que tengas exes, pero... ¿Por qué todos trabajan en Plus Ultra?

¿Por qué todos siguen tan enamorados de ti?

Esa era la verdadera pregunta que Katsuki no se atrevía a formular.

Izuku se llevó la mano al cabello y se lo peinó hacia atrás con desesperación. —Yo...

—No lo niegues.

—No lo sé. Francamente... No lo sé, Katsuki. No es como si lo planeara. Simplemente fue algo que... pasó. Y ya está.

—¿Como lo fue ir a mi aula y....? —«Poner la pelota en mi campo y hacer que rodara.»

Izuku suspiró. —Lo haces parecer como si hubiera entrado a tu salón a... seducirte —masculló la última palabra, y desvió la mirada—. Puede que te sorprenda, pero ese no es para nada mi estilo.

—Ya, y de alguna manera da la impresión de que te has acostado con la mitad de la plantilla en Plus Ultra —rezongó Katsuki, la voz en un volumen tan elevado que varias personas en la calle se giraron en su dirección con expresión horrorizada.

Enrojeciendo hasta la raíz de su cabello, Izuku abrió la boca indicado para refutar, pero pudo más la vergüenza de ser atacado de esa manera en plena vía pública, y dándole la espalda amagó irse por donde había venido.

—Oh, mierda —gruñó Katsuki, consciente de que había dejado a su mal humor tomar control de la situación y la había cagado—. Izuku...

Sujetando a Izuku por el hombro, Katsuki consiguió que se detuviera un par de metros más adelante, pero no que se girara.

—Lo s-...

Izuku le interrumpió dándose media vuelta, y con ojos crueles decir: —¿Sabes qué? Tienes razón. Shouto y yo solíamos estar juntos. Fue justo después de mi lesión, y puedes apostar que era lo que necesitaba en esos momentos. Salimos por más de dos años y éramos inseparables. Ahí lo tienes. ¿Algo más de lo que necesites estar al tanto?

Katsuki tragó saliva, y despacio denegó con la cabeza. Sin embargo, una pequeña espinita le hizo abrir la boca y preguntar:

—¿Quién terminó con quién?

—Yo —dijo Izuku, y la tensión en sus facciones se desvaneció como lavada por agua. Bajando la mirada y mordisqueándose al labio inferior, Izuku confirmó lo que Katsuki ya sospechaba: Nuevamente había sido él quien le pusiera fin a una relación. Tres de tres que hasta el momento estaba al tanto, y sólo Izuku sabría cuántos más.

—Le sigues gustando —dijo Katsuki como una reflexión, no para Izuku en sí, sino para él mismo. Pero de a quién hacía referencia, no podía discernirlo. Tanto aplicaba para Ochako, como Mirio, y ahora Shouto.

Eijiro tenía razón: Por dondequiera que pasaba, Izuku se encargaba de dejar un rastro de corazones rotos.

—Lo sé —admitió Izuku—, pero... No está en mi control. Quedamos como amigos, y no seré yo quien ponga final a eso. Mis amigos lo son todo para mí cuando más los necesito a mi lado. Nunca he mentido al respecto, y mis sentimientos no van a cambiar.

Una pequeña luz de esperanza iluminó a Katsuki tras aquella declaración. Cierto, que Izuku fuera el objeto de afecto de tres personas diferentes (cuatro, contándose él mismo) no hablaba sino del maravilloso tipo de persona que era. Divertido, entregado, también atractivo. ¿Y qué si a su paso había dejado una ristra de corazones rotos? Intuía él que todos habían asumido los riesgos, y no se arrepentían. Del mismo modo que él no lo iba a hacer incluso si su final se pronosticaba similar.

—Fui un idiota —murmuró Katsuki, y cada sílaba le costó lo suyo, pero eran sinceras, e Izuku lo sabía—. Si dices que lo tuyo con, uhm, con quien sea se acabó, te voy a creer.

Izuku parpadeó. —Lo haces sonar terrible cuando lo dices así. ¿Con quien sea? ¿O es que ya volviste a olvidar el nombre de Shouto?

Katsuki lo dejó creer que se trataba de eso, y echándole el brazo sobre los hombros pegó su mejilla a la cabeza repleta de cabello oscuro de Izuku para aspirar su aroma y tranquilizarse.

—Olvidemos a esos extras y vayamos a comprar mi tapete —dijo Katsuki, y a su lado, Izuku no hizo intentos por separarse de él.

Así, ignorando miradas indiscretas de otros peatones, se dirigieron a la tienda de deportes.

 

Katsuki se había hecho de una esterilla de yoga de alta calidad (Izuku había mencionado que bastaría con una de las más baratas, por si acaso su interés no duraba, y en respuesta, Katsuki se había decantado por la mejor, dispuesto a demostrar que lo suyo no era pasajero -aunque quedaba ver si aludía a las clases de yoga o al propio Izuku) en un brillante color naranja que Izuku había elegido por él al afirmar que ese era el color al que más le recordaba.

Con su compra al hombro en una bolsa hecha con ese fin, Katsuki se había enterado de que Izuku todavía tenía un par de clases por la tarde y sesión con Mirio, por lo que debía volver a Plus Ultra. La decepción en el rostro de Katsuki al tener claro que Izuku no volvería con él a su piso como en ocasiones pasadas debió de ser patente, porque éste mencionó tener la próxima hora libre y conocer una cafetería cercana que bien valía la pena visitar.

Fue así como terminaron en el balcón de un segundo piso, bebiendo té verde y disfrutando de dos rebanadas de algo que se llamaba Besos sabor té verde. Katsuki había dado por sentado que con tanto té verde iba a quedar saturado del sabor, pero su miedo resultó infundado al llevarse el primer bocado a la boca y paladear la delicadez con la que los sabores se mezclaban.

—¿Rico, verdad? —Confirmó Izuku con él, que sentado al frente en la diminuta mesita, de pronto pareció caer en cuenta de algo—. Oh, por cierto, ¿podría tener tu número?

—¿Mi número?

—Uhm, sí. Generalmente tengo todos los números de mis alumnos para confirmar en un chat grupal la hora de clases o si por alguna razón alguien no puede estar presente.

—Ah. —Un tanto desanimado por la razón que Izuku le había dado, Katsuki le dictó el número con desgana y esperó a que éste lo agregara a un grupo llamado “Yoga para principiantes: Ma y Vi, 12-13 hrs”.

Al fin y al cabo era de esperarse, que Izuku mantuviera una buena relación con sus alumnos valiéndose de los recursos que tenía a mano. Y la idea de un grupo de chat para la clase era idónea para cualquier imprevisto, pero... ¿Por qué no conseguía sacudirse de encima la sensación de haber bajado de categoría frente a los ojos de Izuku? Antes al menos era el colega con el que se acostaba y los límites, aunque todavía sin trazar, eran amplios. En cambio ahora era un alumno como el resto de mujeres en sus cincuentas y luchando contra el paso del tiempo.

Katsuki ya se estaba guardando el móvil de vuelta en el bolsillo cuando volvió a vibrar en su mano, y el leve rubor tras las pecas de Izuku le hizo desbloquear la pantalla con dedos temblorosos.

 

Número desconocido: :)

Número desconocido: Este soy yo, por si quieres agregar mi nuevo.

Número desconocido: Y mensajearme cuando quieras.

 

Katsuki agregó a Izuku como contacto nuevo, y escribió:

 

KB: Ni pienses que participaré en el grupo.

IM: No esperaba que lo hicieras.

KB: Y si empiezan a hablar de su menopausia o los cambios de la edad estaré fuera.

IM: Dales más crédito.

IM: Algunas de esas mujeres patearán tu trasero al final del curso de principiantes.

KB: Eso ya lo veremos.

IM: ¿Apuestas por ello?

KB: ¡Claro que sí!

 

Y aunque estaban sentados a la misma mesa y sus piernas se entrelazaban por debajo, continuaron enviándose mensajes un rato más mientras disfrutaban de su té y su pastelillo.

 

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Notas finales:
(Enormes disculpas por saltarme una semana. Por alguna razón olvidé que tocaba actualizar y después el tiempo se me escurrió entre las manos.) Hay avances y retrocesos~ Eijiro no tiene malas intenciones, pero tampoco quiere ver a su amigo sufrir, pero obvio, él no vive la situación como lo hace Katsuki. ¿Y qué opinan de la clase de yoga? Katsuki puede burlarse todo lo que quiera, pero esas mujeres están mucho más elásticas que él ;D
Como siempre, próximo capítulo el martes (con comentarios) o el viernes (sin). Graxie por leer~!
6.- "En vista de que tanto te gusta hacer de cupido." por Marbius

6.- "En vista de que tanto te gusta hacer de cupido."

 

Abril llegó a su fin y con ello cualquier rastro del invierno que todavía hiciera residencia en Tokyo. De buena gana guardó Katsuki sus ropas invernales, tomando nota de deshacerse de aquellas que ya no le servirían más porque las temperaturas jamás descenderían a varios grados bajo cero como había ocurrido en Sapporo.

Por fin sintiéndose a sus anchas de manga corta y experimentando la primavera en todo su esplendor, Katsuki también se descubrió cómodo en sus relaciones con los restantes miembros de Plus Ultra. A su tercer mes en Tokyo, había hecho buenas migas con algunos de sus colegas, y procuraba mantener esa camaradería aceptando a salir con ellos en sus ocasionales noches de ir a beber. Con Kyoka y su grupo incluso se organizó para reunirse una vez a la semana a ensayar con su banda amateur, fungiendo él tras la batería como un miembro más.

No con todos consiguió llevarse de manera armoniosa. Especialmente hubo tres personas a las que él tuvo que analizar de antemano para decidir qué curso de acción tomar, y con cada uno fue diferente.

Con Ochako fue simple. Ella tenía a Tenya, y aunque seguido Katsuki la sorprendía mirando a Izuku con ojos que hablaban de sentimientos más allá de lo platónicos, Ochako no cruzaba jamás la línea de la amistad. Izuku en verdad tenía con ella una amistad sólida, y Katsuki empezó a bajar más y más la guardia ante ella hasta sentirse del todo tranquilo cuando se les reunía a la hora del almuerzo en la misma mesa. Lo que selló su tregua y dio pie a una amistad fue que Ochako pasara por su aula igual que lo había hecho Izuku, y le demostrara que las apariencias podían engañar, porque aunque pequeña y sin dar la impresión de estar en una condición física envidiable, consiguió terminar uno de sus circuitos. No el nivel tres que incluso a Katsuki le costaba, sino el uno, pero él tenía alumnos que se entrenaban por semanas para conseguir esos resultados, y él la respetaba por intentarlo y conseguirlo.

El asunto con Shouto Todoroki no fue tan simple. A Katsuki le tomó semanas habituarse a su extraña manera de ser que sólo Izuku parecía comprender por completo. El idiota bicolor era la clase de persona que parecía tener a su disposición sólo dos emociones: Completa frialdad y control sobre sí mismo, y... Eso que demostraba sólo ante Izuku. De nuevo, era sólo Izuku la excepción, y por lo que Katsuki podía dilucidar, también el objeto de sus afectos. Todoroki era eficiente en su trabajo y educado con todos, Katsuki incluido a pesar de los desaires por los que éste lo hizo pasar en esas primeras semanas, pero mantenía su distancia. Ante cualquiera que intentara acercarse demasiado para su gusto, levantaba una invisible barrera de hielo tras la cual se escudaba y que sólo Izuku era capaz de traspasar. Katsuki lo detestaba, a Todoroki y a la situación, pero Izuku había puesto un alto rotundo a sus celos con tres simples palabras: “Sólo somos amigos.” Y Katsuki le había creído porque... Porque tenía que creerle. Porque su corazón estaba en juego, y quería mantenerlo intacto el mayor tiempo posible. Así que había aceptado a Todoroki en la vida de Izuku, y con esa batalla perdida esperaba ganar la guerra.

Por último, Mirio Togata resultó ser el incordio más detestable con el que Katsuki alguna vez tuviera que lidiar. El famoso Lemillion, pues ese era su nombre entre los círculos de la halterofilia, mantenía puesta en Izuku la mira y no cejaba en su empeño de volver a conquistarlo. De vuelta a Japón y con Izuku como entrenador adjunto al lado de All Might, Mirio había aducido ante Izuku que no tenían motivos para intentarlo una segunda vez. En un revés de suerte que Katsuki no sabía si atribuir como buena o mala, había estado presente en las duchas mientras aquella conversación tenía lugar, y en silencio había escuchado con el cuerpo cubierto de gotas de agua y la toalla atada alrededor de la cadera cómo Mirio intentaba hacer recordar a Izuku de los buenos momentos que habían disfrutado juntos como pareja. Con el corazón en el puño y listo para convertirse en polvo, Katsuki había escuchado a Izuku rechazar a Mirio con delicadeza, aduciendo no sentir lo mismo por él, y tras una corta pausa, afirmar estarse viendo con alguien más en esos momentos. Mirio había tachado de mentira aquella afirmación (“Si en verdad estuvieras saliendo con alguien, ya me habría dado cuenta, Deku”) e Izuku la había tamizado (“Todavía es demasiado pronto para saber si vamos en serio...”), de tal manera que sólo se compró tiempo, pero no libertad, y desde entonces vivía Katsuki con el miedo en la base del estómago aposentado ahí como una bala de plomo.

Era curioso cómo a veces uno mismo era el causante de su propia desgracia.

Consciente de que Izuku era una criatura que necesitaba su espacio, que no podía mantenerse enjaulada tras los barrotes del supuesto amor que encadena y ata, había sido el mismo Katsuki quien luego de una semana de estarse acostando juntos en la mayoría de esos días (a veces más que una vez por día) le propusiera ir a su ritmo.

Con las palabras de Eijiro todavía resonando en sus oídos de cómo Izuku rompía corazones a donde quiera que iba y sin ser malicioso al respecto, Katsuki había tomado la única ruta que conocía para no terminar lastimado: Por su cuenta, poniendo distancia.

Izuku había tomado de buen agrado la propuesta de empezar despacio y conocerse primero, pero en la cama y desnudos todavía de la última vez que habían tenido sexo, implícito quedó entre ambos que no tenían por qué detenerse en lo que ya hacían.

Sexo era sexo, después de todo, y en eso habían demostrado ser más que compatibles.

La novedad del cuerpo de Izuku contra el suyo no había perdido su chispa en ese último mes, y Katsuki quería disfrutarlo mientras podía. Si para ello tenía que frenar su marcha y adecuarse a la de Izuku para no asustarlo, que así fuera. El “hagámoslo a nuestra manera, a nuestro ritmo” que brotó de su boca sonó natural. Y en charla post-coital, Izuku se mordisqueó la uña del pulgar por un largo y agónico minuto antes de dar su aprobación.

—Sí, vayamos despacio. Será lo mejor.

Y a un ritmo de tortuga para el que Katsuki jamás había tenido paciencia porque sus relaciones anteriores tenían la misma durabilidad que una curita de quita y pon para picazón que iba y venía con su consabida pústula, plantó sus dos pies firmes en el suelo y se forzó a seguir a Izuku.

Pese a que de buenas a primeras Katsuki había dado por sentado que la novedad de tener sexo con la misma persona y verse forzados a trabajar en el mismo entorno acabaría con cualquier fuego que ardiera entre ellos dos, pronto se dio cuenta que no iba a ser el caso.

Las instalaciones de Plus Ultra eran grandes, alguien podría incluso definirlas de masivas. A diario un buen número de personas entraban y salían por esas puertas, y cada empleado tenía sus grupos de alumnos a cargo y tiempo limitado para cada uno. Katsuki podía pasarse toda la mañana en sus clases sin ver a Izuku, y tenía que hacer un esfuerzo deliberado por hacer que sus horas del almuerzo coincidieran.

De ahí que el único momento que era fijo y tenían para verse fueran las sesiones de yoga para principiantes a las que Katsuki se anotó oficialmente en recepción y a la que no faltó ninguna. Clases en las que dicho sea de paso no era el mejor, y Katsuki podía frustrarse todo lo que le viniera en gana al respecto, enfurecerse con la sonrisita autosuficiente de Izuku cuando pasaba por entre las esteras de yoga para hacer correcciones en las posturas y movimientos, porque la mejor alumna de la clase era una mujer de setenta años que se movía sin ningún esfuerzo entre asanas.

Para mal que los horarios de salida de Katsuki e Izuku poco coincidieran entre sí. Casi hasta parecía alguna especie de broma cruel del destino, porque las horas de clase de Katsuki eran horas libres de Izuku y viceversa. Eso sin contar con que Izuku veía a Ochako y a Todoroki varias veces por semana por terapias para su brazo, y el tiempo efectivo que tenía Katsuki para pasar a su lado era limitado.

Y con todo... Se las ingeniaban.

En más de una ocasión pasó Izuku por el aula de Katsuki para compartir con él algo de comer de los tantos puestos secretos que al parecer conocía alrededor de Plus Ultra y que eran siempre lo mejor que éste hubiera comido en Tokyo desde su llegada. Otras veces fue Katsuki el que esperó a Izuku a la salida, una o dos horas después de la suya, y bastaba una mirada para que la invitación estuviera hecha. Un diálogo silente de “¿vienes?” al que Izuku no se resistía y juntos terminaban en el departamento de Katsuki. La mayoría de las veces en la cama, pero también en el sofá, la barra de la mesa, y en una memorable ocasión, el genkan de entrada con los pantalones hechos bulto alrededor de las rodillas y los zapatos todavía puestos.

Katsuki todavía no tenía claro qué sacar de todo eso. No del sexo, que como siempre era genial, sino del hecho indiscutible de que la compañía de Izuku le era tolerable. Más que eso, la anhelaba.

Con toda honestidad, Katsuki no había sido nunca del tipo amistoso. Ni siquiera de pequeño. A su alrededor tendían a congregarse personas que él bien podría catalogar de extras. Personas que lo admiraban, que esperaban algo de él, pero que al final del día no podía considerar amigos. Eijiro había sido uno de esos, pero Katsuki hacía rato que había aprendido a diferenciar a esa clase de individuos. Ahí donde otros pretendían obtener un beneficio de su presencia (ya fuera palpable o intrínseco), a Eijiro le había bastado con su mera compañía para estar satisfecho. Porque Eijiro no era de la clase de personas que muestran una máscara encima de su rostro verdadero, sino que se presentó ante Katsuki tal cual como era, e incluso si a ratos conseguía fastidiarlo y las contadas peleas que habían tenido en el pasado se contaban como temibles y dignas de recordar para no volver a cometer los mismos pasos que los habían llevado a casi liarse de puñetazos, al final habían salido indemnes.

En su fuero interno no tenía dudas Katsuki de que llegado el momento Eijiro le pediría ser el padrino de su boda y el de sus hijos, simplemente porque lo consideraba su amigo a pesar de sus diferencias, y precisamente por eso era que Katsuki ya se había hecho a la idea de tener que cumplir esos dos papeles y además de buena gana.

Con Izuku el asunto era similar, y a la vez no lo era. Ciertamente no catalogaría a Izuku como amigo. Los amigos no tenían sexo entre sí, al menos no la clase de amigos como lo eran él y Eijiro, pero en esa etapa previa a una relación y cruzadas ciertas barreras, tampoco es que pudieran catalogarse de desconocidos. No había tal cual una palabra que les hiciera justicia, y a la vez que ese hecho tranquilizaba en Katsuki su nerviosismo de tener que actuar bajo el influjo de la presión social, también le irritaba y con justa razón porque sobre Izuku no tenía ninguna clase de vínculo. No era nadie en su vida, salvo Katsuki Bakugou, colega de trabajo y compañero de cama ocasional...

—Y por eso, justo por eso es que te advertí de lo peligroso que podía ser involucrarte con Izuku —le riñó Eijiro una noche en que sorpresivamente fue Katsuki el que lo invitó a tomar unas cervezas.

De antemano había tenido Katsuki planes con Izuku, pero éste le había cancelado de última hora porque en realidad no eran planes tal cual, sino una rutina de pasar cuanto tiempo libre tuvieran a su disposición al lado del otro. Katsuki había asumido que volverían juntos a su piso, y se había llevado un chasco cuando Izuku le envió un mensaje anunciando que esa noche volvería a su propio departamento porque tenía que hacer la colada.

Y era todo.

Katsuki se había sentido demasiado deprimido en su departamento, donde las sábanas olían a Izuku y en su baño aquel cepillo de dientes que le comprara un mes atrás descansara junto al suyo, así que le había preguntado a Eijiro si no quería salir a beber un rato y éste había accedido de buena gana a pesar de ser miércoles.

A Eijiro le había bastado un vistazo de Katsuki sentado en una mesa y contemplando su tarro de cerveza con enojo patente en sus facciones para intuir cuál era la causa del malestar de su amigo, y no se había reprimido a la hora de aconsejarlo.

—Mira, no voy a decir ‘te lo dije’...

—Bien. Porque no quiere escucharte —replicó Katsuki, con el índice recorriendo el borde del tarro a medio consumir.

—No lo diré —repitió Eijiro, de pronto más solemne de lo que alguna vez Katsuki pudiera darle crédito—, pero sólo porque esto da la impresión de ser diferente a otras veces. Y no quiero darte esperanzas, colega, pero...

—Espera... ¿A qué te refieres? —Inquirió Katsuki. De pronto, el alcohol de su sangre evaporándose como el rocío en un día de sol.

Tomándose su tiempo para hablar, Eijiro bebió de su cerveza y se secó los labios primero. —Ok, no lo oíste de mí, pero la relación de Izuku con Shouto y luego con Mirio fue muy diferente a la tuya. Al menos en sus comienzos. Ustedes dos se fueron juntos la noche de tu cumpleaños, pero en realidad pocos prestaron atención. Sólo yo, y Mina estamos al tanto.

—¿Le contaste?

—¡No! —Se mostró Eijiro contrariado de aquella acusación de deshonor entre amigos—. De hecho fue ella la que me lo hizo notar. Da igual —movió su mano barriendo aquel desvío de su conversación fuera del camino—. Mi punto es que vi con estos dos ojos míos los comienzos de Izuku con Mirio y Shouto, y debo decirte que fueron similares, pero —se apresuró a poner alivio en la ansiedad que se leía en los ojos de Katsuki—, lo que le siguió no lo ha sido.

Katsuki decidió ahí mismo que requería de otra cerveza más si quería estar preparado para lo que seguía, así que empinó su tarro hasta no dejar una gota y con la mano le hizo una seña a la mesera para que sirviera dos más en su mesa.

—Continúa —pidió con la voz constreñida.

—Vale... Izuku tuvo el mismo efecto en ellos que ha tenido sobre ti. Y no intentes negarlo, es obvio para cualquiera que preste una pizca de atención. Nadie está enterado de lo que pasó en la fiesta, pero sí de lo que se está cociendo en Plus Ultra. Porque ustedes dos están... Actúan como-...

—No actuamos como nada —gruñó Katsuki—. Sólo somos los de siempre y ya.

—Yo te conozco, Bakugou —volvió Eijiro al uso de apellidos, a los años de universidad en los que su amistad todavía era incierta—. Y en todos estos años jamás te he visto así con nadie. Izuku saca una versión de ti a la que nadie más tiene acceso. Y es genial, ¿sabes? Casi tanto como para atreverme a aconsejarte que sigas adelante, pero yo sé bien cómo terminan esas historias con Izuku. Lo vi en Shouto, y el tiempo que le costó superarlo. Y también en Mirio, y ambos tenemos claro que sigue detrás de Izuku como un perro con su hueso...

—Haz lo que quieras, yo haré lo mismo —gruñó Katsuki, que se giró para agradecerle a la mesera las cervezas que colocó frente a ellos—. Yo no soy Todoroki ni ese idiota de Lemillion.

—Ya. —Eijiro tamborileó los dedos sobre la mesa—. Pero el punto en común no son ellos, sino Izuku.

—Deja a Izuku fuera de esto, ¿sí? Además —agregó Katsuki de lo más acalorado—, no vamos en serio ni nada por el estilo. Es sólo diversión. Nos la estamos pasando bien juntos, ¿qué hay de malo en eso?

—¿Sólo diversión? —Le retó Eijiro a pronunciarse, y Katsuki encogió un hombro. No iba a mentir, pero tampoco a contar toda la verdad. No ahora que todo era demasiado frágil entre él e Izuku todavía.

—Eso parece. Y el resto no le incumbe a nadie más.

—Mmm... —Eijiro lo imitó en el gesto, pero tras llevarse el tarro a los labios y no beber, se limpió espuma del labio superior y le dio un único consejo—. Presta atención a Mirio. No digo que Izuku vaya a volver con él, pero... Es del tipo al que le cuesta aceptar un ‘no’ por respuesta.

Katsuki rememoró la media docena de ocasiones en las que por casualidad Mirio se había pasado al aula de Izuku, los mensajes que de él todavía recibía, y unas cuantas ocasiones en las que de pasada Izuku había mencionado que Mirio almorzó con él pese a lo diferente de sus horarios.

—Eso ha quedado más que claro.

—Es tenaz.

—No más que yo.

—Cuídate, Katsuki —fue la única advertencia que hizo Eijiro—. No termines como el resto.

Que si se refería a cuidarse de Mirio o hacerlo de Izuku, Katsuki prefirió pensar que era de lo primero.

 

Recién había terminado Katsuki con su último grupo de la tarde y estaba reorganizando el espacio para la siguiente clase, cuando la puerta de su aula se abrió. Por la hora y repetidas experiencias similares, Katsuki no alzó la vista de los sacos de boxear que ese día sus alumnos habían cargado a peso durante la sesión y que en esos momentos estaba limpiando con desinfectante para eliminar los rastros de sudor. Estuvo a punto de abrir la boca, eso sí, y darle la bienvenida a Izuku, pero su sexto sentido lo previno de ello cuando el ritmo de las pisadas de su visitante no coincidió con las de su amante.

Repentinamente enojado porque alguien había osado entrar así y acercarse a él sin siquiera anunciarse, Katsuki levantó veloz la cabeza y entrecerró los ojos a la persona que menos le apetecía encontrar en sus dominios.

—Hey, Katsuki —saludó un muy alegre Mirio Togata, una mano en la cadera y la otra moviéndose al aire al mismo ritmo que lo haría la cola de un perro.

Una pausa por parte de Katsuki, y con mucha dificultad...

—Hey...

—Izuku me pidió pasar y darte un mensaje —dijo Mirio, que moviéndose hasta quedar a un par de metros de Katsuki, daba la impresión de estar a sus anchas—. Hoy su sesión con uno de sus alumnos se va a prolongar media hora más. Estamos cada día más cerca de los Juegos Olímpicos, y este año el equipo de Japón por fin tiene oportunidad de llevarse a casa medallas en halterofilia. Genial, ¿eh? Eso no había ocurrido desde que Izuku participó en sus últimas competencias.

En otro momento, Katsuki habría hecho un esfuerzo por corresponder a ese intento de comunicación. Atrás habían quedado los días en que Katsuki vivía convencido de no necesitar a nadie ni necesitar esforzarse en sus habilidades verbales, pero con Mirio bien quería él hacer una excepción. Más cuando era obvio que varias de las medallas a las que hacía mención serían las suyas. «Bastardo presumido.»

El tipo le irritaba, tan simple como eso. ¿Qué había hecho él para ganarse la antipatía de Katsuki? Simple. Ser novio de Izuku antes incluso de que él lo conociera. Y no había que dar más explicaciones. Era tan sencillo como eso. Y Katsuki tenía claro que era infantil, y se habría forzado a superarlo igual que lo había hecho con Ochako, pero a diferencia de ésta última Mirio no se daba por enterado de que para Izuku su relación estaba finiquitada y seguía detrás de él.

Si su desagrado por Mirio se limitara a esos sentimientos no correspondidos por parte de Izuku, Mirio estaría en la misma categoría solitaria en la que Katsuki había confinado a Shouto Todoroki. Otro más de los corazones rotos de Izuku, pero Todoroki al menos tenía la decencia de guardarse para sí sus sentimientos por Izuku y no molestarlo. Mirio en cambio...

Porque no era ciego sino más bien considerado, Izuku apenas mencionaba a Mirio en presencia de Katsuki, pero éste no necesitaba de él para mantenerse informado de sus últimos movimientos. Todo mundo estaba al tanto del interés de Mirio por Izuku, y sus intentos por congraciarse con él, ya se apareciendo como por casualidad en su aula para llevarle un té, invitándolo a salir al menos una vez a la semana, y almorzando en su misma mesa según sus horarios se lo permitieran.

A Katsuki le rechinaban los dientes pensando en las ventajas que tenía Mirio sobre él en terreno de oportunidades, porque a diferencia de los suyos, sus horarios y los de Izuku parecían embonar de maravilla, por no obviar la parte en que Izuku ya no lo entrenaba directamente, pero era parte del equipo que ese año llevaría varios competidores a los Juegos Olímpicos de verano.

Que Mirio compartiera con Izuku la misma pasión por la halterofilia era algo que inquietaba a Katsuki por dos razones. La primera y más obvia, por el físico. Mirio era alto (mucho más que él) y musculoso (de nuevo, bastante más que él), y aunque las tres parejas que Katsuki conocía de Izuku eran por demás diferentes entre sí, éste no podía evitar hacer comparaciones y molestarse por su evidente desventaja. La segunda razón tenía más que ver con el tema de los intereses. A todos en Plus Ultra les interesaba el deporte, el acondicionamiento físico, y el cuerpo como un medio y un fin  para conseguir ser su mejor versión, pero cada uno lo hacía desde su propia especialidad. Así como Ochako tenía predilección por tratar con áreas lastimadas y trabajaba tanto como lo era posible en su rehabilitación, Eijiro hacía lo propio fortaleciendo los músculos e incrementando su tamaño de manera estética. El mismo Katsuki buscaba con sus entrenamientos crear fortaleza y rapidez, y seguro Izuku tendría sus propias metas en sus clases de yoga y pilates. Todos ellos seguían ese patrón que individualizaba, pero que en el caso de Izuku y Mirio los unía bajo su interés conjunto como el levantamiento de pesas.

Contra esa pasión compartida no podía él competir, y era una ventaja sobre la que Mirio se sentía orgulloso, a juzgar por la manera casi alegre en la que esperó respuesta de Katsuki.

—No hay problema —dijo éste, poniéndose de pie y adoptando una posición de reto con las piernas ligeramente separadas y listo para enfrentar un ataque físico que jamás vendría de Mirio, porque de momento, éste se iba a valer de las palabras—. Lo esperaré.

—No deberías. Esas sesiones pueden prolongarse hasta una hora. Yo le diré que decidiste marcharte sin él —dijo Mirio en un tono ligero, casi amistoso, pero no había duda en lo que pretendía.

—¿Acaso dije yo algo como eso? —Gruñó Katsuki, y sin darle oportunidad a Mirio de responder, agregó—: Esperaré a Izuku. Puedes darle el mensaje, en vista de que tanto te gusta hacer de cupido.

—¿Cupido? Ah, por ir de aquí a allá enviando mensajes de enamorados. Ya lo entiendo —murmuró Mirio, y su expresión hasta entonces alegre y un tanto bobalicona se puso seria—. ¿Entonces es cierto?

—¿Qué es cierto?

—Izuku lo niega, pero yo lo conozco mejor que tú por lo menos. ¿Cómo si no explicaría que de pronto esté ocupado casi todas las tardes y no dé explicaciones de su paradero?

—Tal vez sólo no quiere salir contigo y tu dura cabezota no lo entiende así —gruñó Katsuki, y el rostro de Mirio se ensombreció.

—Debes de pensar que eres el primero después de que Izuku y yo nos separáramos, pero no podrías estar más equivocado. Harías bien en retirarte ahora que tienes oportunidad. Y al final, es sólo cuestión de tiempo antes de que él y yo volvamos a estar juntos. Cuanto antes lo entiendas, mejor será para todos los involucrados.

Katsuki hizo una mueca, e igual que un animal a punto de saltar a la yugular de su presa, enseñó los dientes superiores como señal de peligro inminente.

—Tú eres el que debería dar un paso atrás y no molestar más a Izuku. ¿Es que tanto te cuesta tomar un ‘no’ por respuesta válida?

Mirio rió entre dientes. —¿Esa es la impresión que tienes? Porque déjame aclararte algo: Nunca dejé de ser parte de la vida de Izuku. ¿Qué versión te contó? ¿Que terminamos cuando se volvió mi entrenador? Es cierto. Se terminó la relación e Izuku puso reglas, pero nunca dejamos de acostarnos juntos. Ni siquiera después de Izuku tuviera un par de novios aquí y allá. Todos entraron y salieron de su vida, pero yo sigo aquí, ¿o no? Y es algo que a la vuelta de un par de meses seguro no podrás decir por igual.

Presa de una furia ciega que se llevó consigo toda la cordura, Katsuki rechinó los dientes.

—Largo de aquí —siseó, y la risa de Mirio le taladró los oídos.

—Veo que por fin entiendes que no las tienes todas contigo...

—¡He dicho largo! —Estalló Katsuki, que hizo bola el trapo con el que limpiaba antes y lo lanzó en dirección a Mirio.

El trapo le dio de lleno en el pecho, y en su camiseta blanca apareció una mancha de suciedad, pero Mirio no pareció darse por enterado.

—¿Es todo lo que vas a hacer? —Una pausa, en la que lo único que se escuchó fue la respiración elaborada de Katsuki—. Qué patético. Y considérate advertido. Izuku puede estar contigo por ahora, pero tarde que temprano volverá a mí. —Y sin darle oportunidad a Katsuki de ordenar sus pensamientos y encontrar una respuesta, le dio la espalda y abandonó el aula.

Mirio había lanzado su reto.

 

—Oh, ¿no recibiste mi mensaje? —Preguntó Izuku más tarde cuando encontró a Katsuki esperando por él en la entrada de Plus Ultra.

Era tarde, mucho más de lo que Katsuki habría calculado ese día para quedarse. En casa tenía sus propios asuntos para hacerse cargo, y sin embargo, ahí estaba como estatua de piedra esperando a Izuku.

En efecto, Izuku había enviado un mensaje. Katsuki lo tenía en su móvil, y era como cualquier otro. De haber revisado su teléfono y sin toparse con Mirio, Katsuki habría vuelto a casa a la hora de siempre sin más contratiempos. Pero no había sido el caso, y el enojo que durante las últimas dos horas había estado bullendo en su pecho de pronto amenazó con desbordarse.

—¿Enviaste a Mirio para que me avisara? —Preguntó Katsuki en respuesta, e Izuku ladeó la cabeza en un gesto de clara incomprensión.

—No. Te escribí, yo-... —Amagó Izuku sacarse el móvil del bolsillo, pero antes de conseguirlo, Katsuki se acercó a él en grandes zancadas y lo rodeó con los brazos.

Al diablo con la discreción. Era tarde, y si alguien los veía, pues que disfrutara con la vista. Katsuki estrechó fuerte a Izuku en su abrazo, y hundió la nariz en aquella mata de cabello suya. Olía a sudor, no se había duchado después del entrenamiento, pero eso no le importó. Katsuki encontró su fragancia natural de lo más acorde a sus gustos, y no se cortó en pegar más sus cuerpos hasta quedar unidos de cadera hasta el pecho sin espacio alguno.

En un primer momento, Izuku se quedó paralizado. La mano todavía dentro de su pantalón y la espalda ligeramente echada hacia atrás porque por una fracción de segundo le había parecido que Katsuki era un toro listo para embestirlo, pero al final lo había abrazado, y continuaba haciéndolo sin importarle la discreción.

—¿Kacchan? —Inconsciente de su elección de palabras, Izuku hizo uso del apelativo cariñoso que sólo se permitía pronunciar tras la protección de cuatro paredes y en la cama, y el abrazo de Katsuki se hizo todavía más posesivo.

Cualquiera en su posición habría buscado poner distancia entre ambos; empujar a Katsuki con los brazos como palancas contra su pecho, retrocediendo un paso, buscando liberarse, pero... Izuku no lo hizo. Incluso si le mortificaba un poco recién haber salido de un entrenamiento sin pasar luego por las duchas, Izuku descubrió que encontraba halagadora la manera que tenía Katsuki de enterrar mal disimuladamente su nariz entre su cabello, descendiendo un poco por su cuello, para aspirar su fragancia personal. Izuku le había preguntado una vez si olía mal, listo para correr a la regadera y darse una buena tallada con la barra de jabón, pero Katsuki tenía una manera particular de responder esas preguntas, no con respuestas sino con acciones, recorriendo cada rincón de su anatomía con la nariz, buscando puntos de olor con los que satisfacer su curiosidad.

—Da igual —murmuró Katsuki, que al intentar soltar a Izuku descubrió que éste de pronto correspondía su abrazo entrelazando sus manos a la altura de su espalda baja.

Izuku no pasó por alto el tono decaído en la voz de Katsuki, y alzó el rostro para verlo directo a los ojos.

—¿A qué te referías antes con que envié a Mirio?

Katsuki torció la boca en una esquina. —A que Mirio fue a mi salón a informarme que hoy estarías ocupado y que no esperara por ti. Según él, tú se lo habías pedido como un favor.

—Qué tontería —replicó Izuku—. Te envié un mensaje instantáneo, ¿o no? ¿Para qué iba a enviar a Mirio entonces? No tiene sentido.

«Maldita sabandija», pensó Katsuki al darse cuenta del cuadro completo y comprender que había caído en las provocaciones de Mirio.

—¿Él no te dijo nada después?

Izuku frunció el ceño, haciendo memoria. —No. Recuerdo haberlo visto salir de la sala, pero asumí que iba al sanitario o a tomar agua.

—Ya.

—Te ha hecho enfadar —dijo Izuku, no como pregunta sino como afirmación, y parándose de puntas se elevó para alcanzar la boca de Katsuki en un beso—. Hablaré con él para que esto no vuelva a ocurrir.

—No, déjalo. No es nada —denegó Katsuki, más satisfecho por el beso que por la oferta de Izuku.

Además, ¿qué sentido tenía? Si Izuku confrontaba a Mirio, sería demostrar debilidad ante éste, como si Katsuki mismo no pudiera pelear sus propias peleas. Si Izuku intervenía, entonces Katsuki no podría sentirse con derecho de reclamar un puesto de iguales, porque demostraría cobardía al no hacerlo cara a cara.

—¿Seguro? —Insistió Izuku, y fue el turno de Katsuki en inclinarse un poco para besarlo. Sus labios estaban ligeramente secos y calientes, perfectos para que Katsuki no quisiera nada más que plantar una docena de besos sobre ellos.

—Por completo —le aseguró Katsuki, y era justo lo que pensaba.

Por su cuenta, ya lidiaría él con Mirio y sus acciones.

 

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Notas finales:
¿Alguien lee esto o sólo me va a responder el viento? Es un tanto tedioso actualizar semana a semana sin sentir que esto tenga alguna propósito o utilidad, así que si no es el caso, alguien diga algo. Como autora, basta una palmadita de "me gusta tu fic, tú sigue" para encantada presentar los siguientes capítulos y tener con quién compartir esta maravillosa pareja que es el bakudeku, pero si no es así, pues nada. Esto se vuelve aburrido y sin sentido.
Graxie por leer. Con suerte nos leeremos el martes siguiente (con comentarios) o el ¿viernes? (sin).
7.- Mayo y celos. por Marbius

7.- Mayo y celos.

 

Mayo fue un mes cargado de trabajo.

Algunas de las clases de Katsuki finalizaban con la última semana del mes, y él debía presentar evaluaciones de sus alumnos, y para cada caso recomendaciones de continuar en el mismo nivel o pasar al siguiente. Se decía fácil, pero además de los grupos que tenía ya, se sumaban otros desde que su popularidad como entrenador había crecido. Koji así se lo había confirmado en recepción al entregarle un par de listas con nombres y correos electrónicos de personas que querían sumarse el próximo mes a sus clases de crossfit. Eso y tres personas más que buscaban ser entrenadas para un triatlón.

—Vale, me alegro de que mis habilidades sean reconocidas, pero no me va a alcanzar el tiempo para atender a todo mundo —se quejó Katsuki una tarde de viernes en la que tenía delante de sí un maravilloso fin de semana libre e Izuku había vuelto a su piso con él.

Después de pasar a la tienda por víveres y una bien merecida paquete de cervezas (Katsuki insistió en cargar con todo haciendo malabares con el exceso de peso, pero Izuku puso los ojos en blanco y le quitó la mitad de las bolsas para llevarlas en su lado izquierdo), se habían dirigido al piso de Katsuki con intenciones de no volver a salir por lo menos hasta el domingo en la mañana.

De ser así, aquel sería su tercer fin de semana consecutivo con esa rutina, y Katsuki se descubrió anhelando esas horas ininterrumpidas al lado de Izuku como nada más en el mundo.

Al fin y al cabo, sus horarios se habían vuelto caóticos con la cercanía de los Juegos Olímpicos ese verano, y de lunes a viernes apenas si tenía Izuku un minuto para sí mismo, ya no se dijera para alguien más.

Con el equipo de Plus Ultra había cinco personas que participarían ese año en la categoría de halterofilia, e Izuku era el entrenador principal de tres de ellos, además del entrenador de apoyo en los dos restantes, así que sobre sus hombros descansaba un peso y una responsabilidad que casi competía con el que sus alumnos cargaban en cada competencia a la que se enfrentaban.

Hasta cierto punto, Katsuki se sentía orgulloso de él. Pese a que las clases de Katsuki eran de las primeras que se impartían en la mañana y así estaban puestas en el tablero de anuncios, más veces que no alcanzaba a saludar a Izuku por los corredores de Plus Ultra, ya en forma y listo para atender a su equipo con toda su entrega.

Vale, que la falta de tiempo entre ellos dos era una mierda, y Katsuki a ratos detestaba recibir mensajes de Izuku porque por lo general eran cancelaciones para verse a la hora del almuerzo o avisos de que se quedaría hasta tarde en el gimnasio con el equipo, pero Izuku sabía compensárselo a su manera en esos fines de semana en los que cada minuto de su tiempo le pertenecían a Katsuki y sólo a Katsuki.

Justo como ese viernes, en que los dos habían pasado de comer fuera y estaban juntos en la cocina preparando sus propios alimentos.

Pese a que Katsuki era quien cocinaba la mayoría de las veces, esa noche Izuku había insistido en ser él el chef principal, y con la ayuda de Katsuki para cortar los ingredientes para una ensalada, se estaba afanando en su lado de la cocina con carne molida para una tradicional hamburguesa.

—Yo sólo digo que una clase más le daría al trasto a mi equilibrio de trabajo y tiempo libre —continuó Katsuki hablando del tema que había sido central durante su última media hora: Plus Ultra, y los horarios que tenían que entregar para la semana siguiente como borradores de su próximo itinerario—. Además, creo recordar que en alguna parte de mi contrato de trabajo se me permite un tope de cuarenta horas por semana, contando mi tiempo de gimnasio y clases de cortesía.

—Ah, creo que nadie da por sentado que quieras avanzar al siguiente nivel de yoga y han marcado esas horas tuyas como disponibles —dijo Izuku, poniendo más atención en la pimienta que le agregaba a la carne molida que a la expresión dolida de Katsuki.

—¿Quién dijo que no estaría el próximo trimestre en las clases de nivel intermedio?

Izuku levantó la vista, y su expresión era de sorpresa. —¿En serio? Oh, wow... De hecho fui yo quien le dijo a Koji que no, y uhm... Le escribiré para corregir ese dato. A menos que...

—No, ahí estaré. ¿Acaso no he mejorado en mis asanas? Y mi elasticidad está mejor que nunca.

Con la vista todavía clavada en la carne, Izuku enrojeció un poco. —Me alegra que pienses de esa manera.

—No negaré que ha sido divertido llevar clases en un grupo donde la edad promedio ronda los cincuenta años —bromeó Katsuki, e Izuku se le sumó a las risas porque era cierto. Si bien había suficientes mujeres de edad media, también había un buen número de ancianas que aprovechaban la oferta que se le había ofrecido a la residencia de la tercera edad donde vivían, y su edad subía el promedio para el resto.

Sin planearlo, la conversación se desvió de Katsuki y sus clases a Izuku y la disponibilidad limitada que tendría por los siguientes tres meses con la llegada de los Juegos Olímpicos.

—Fue All Might quien dio la orden —continuó explicando Izuku, ya frente al fogón mientras con su espátula aplastaba las dos hamburguesas que cenarían esa noche—. Debo estar disponible para el equipo en todo momento, así que tendré menos clases y se me pagará salario de entrenador personal a jornada completa más horas extras cuando sea el caso. Bueno para mis finanzas, no tanto porque... Uhm. —Izuku miró por encima de su hombro, y Katsuki lo entendió a la perfección.

Mirio Togata era parte del equipo olímpico, y aunque las cosas entre él e Izuku aparentaban marchar bien, Katsuki sospechaba que existían tensiones subyacentes. Después de que Mirio se presentara por cuenta propia y fingiendo ir de parte de Izuku en el aula de Katsuki para buscar una confrontación, el mismo Izuku había pedido tener una palabra con él y había puesto los puntos sobre las íes respecto a lo que eran y lo que no.

Si le quedó o no claro a Mirio que su oportunidad con Izuku se había reducido hasta ser inexistente luego de aquella jugarreta, Katsuki no lo sabía con certeza.

Disculpándose con una profunda reverencia, Mirio había pedido perdón por sus acciones y una segunda oportunidad para demostrarle a Izuku que valoraba su amistad, y a cambio éste había accedido de nueva cuenta a ser su entrenador principal en lugar de All Might, cimentando así su petición de mantener un trato profesional entre mentor y alumno por el tiempo que lo fueran.

Aquella era una manera discreta de apelar a su profesionalismo como atletas, y se jugaban el honor, pero Katsuki estaba convencido de que no sería el fin de Mirio. Porque podrían haber ganado esa batalla, pero la guerra de Mirio seguía en pie.

—Por cierto —dijo Izuku de pronto, arrancando a Katsuki de sus pensamientos—, la semana entrante son los cumpleaños de Mashirao y Yuga.

—Ah sí, algo escuché mencionar —respondió Katsuki. Con Yuga no mantenía una relación cercana (le incomodaba su manera tan extravagante de ser), pero con Mashirao tenía una buena relación porque estaba en una de sus clases y pretendía subir de nivel en el siguiente trimestre. Si los rumores eran ciertos, la cercanía de fechas en sus cumpleaños favorecía que el staff de Plus Ultra decidiera celebrarlo como era debido.

—A Mashirao no le importaba gran cosa dónde celebrarse, pero Yuga insistió en rentar un salón en un hotel y encargarse del resto. Así es él —prosiguió Izuku, y a Katsuki no le pasó por alto la manera en que sus orejas y luego cuello adquirieron un considerable color sonrosado.

—Mientras no insista en que el menú sean sólo platillos franceses estará bien.

—Oh no, creo que contratará servicio de catering. Uhm, la cosa es que... —Con una profunda exhalación, Izuku bajó el fuego de la estufa y se dio media vuelta para confrontar a Katsuki—. Yo estaba con él a la hora del almuerzo mientras anotaba en la lista de invitados quiénes iban y quiénes no, y erm...

—¿Qué? —Presionó Katsuki en vista de que Izuku parecía no dar con las palabras correctas. Por un segundo temió Katsuki que él no estuviera invitado y que esa fuera la razón para la que Izuku estuviera tan nervioso, quizá porque Yuga le había encargado la penosa labor de notificárselo o...

—Verás... —Articuló Izuku despacio después de mordisquearse el labio inferior con saña hasta casi hacerlo desaparecer tras sus dientes—. Yuga puede ser un poco, uhm, anal con este tipo de cosas. Para él no es sólo una fiesta de cumpleaños, sino la perfecta razón para organizar un evento digno de recordarse. Lo cual está bien y todo eso, pero Yuga quiere mandar a hacer invitaciones grabadas y...

De nueva cuenta, Izuku se mostró incapaz de seguir. Jugueteando con la espátula entre sus dedos, daba la impresión de no tener un diálogo preparado en su cabeza y estarlo ensayando con murmullos que a Katsuki sólo le llegaban de lejos.

—Oh, sólo dilo y ya —gruñó Katsuki, no de mal humor pero si fastidiado por la larga espera.

Parpadeando mientras salía del trance en el que se había sumido, Izuku asintió una vez. —Ok. Lo diré y ya está... Yuga pensó que podía haber dos diseños para las invitaciones: Uno para los que van por su cuenta, y otro para las... parejas.

—Ajá, continúa —le instó Katsuki, moviendo la mano en el aire para indicarle que continuara hablando.

—Y bueno, Ochako encontró la idea encantadora. Se apuntó con Tenya, obvio. Y Mina hizo lo mismo con Eijiro, porque los cuatro son pareja. No entre sí, obviamente. Sino entre ellos. O sea, Ochako con Tenya y-...

—Entiendo lo que dices, corta el rollo —le interrumpió Katsuki sin ver a dónde iba con todo eso—, no te enredes.

—Ya. Es que... —Izuku tragó saliva, y le costó lo suyo.

De golpe, Katsuki se puso de pie, e Izuku abrió grandes los ojos cuando lo vio acercarse a él con grandes zancadas.

—La comida —explicó Katsuki al posicionarse frente a Izuku, y con una mano quitarle la espátula—. Las hamburguesas ya deben de estar.

Izuku asintió repetidas veces en movimientos cortos y nerviosos. —S-Sí, tienes razón.

Con aquella interrupción de por medio, sirvieron sus hamburguesas en dos platos y se sentaron a comer cara a cara en la diminuta mesita que coronaba la cocina de Katsuki. Descalzos, sus pies se rozaban y sus rodillas entrechocaban, pero no era nada nuevo. Lo que sí lo era resultó ser el temblor apenas perceptible en la mano de Izuku cuando Katsuki le pidió el tazón con ensalada y sus dedos se rozaron.

Mientras preparaba su hamburguesa con mostaza y kétchup, Izuku fue relajando la tensión de sus hombros, pero Katsuki no lo iba a dejar salirse con la suya tan fácil.

—¿Y luego? —Preguntó a tiempo para sorprender a Izuku con el tenedor en el aire y expresión cercana al pánico.

—¿Luego?

—Me estabas contando de Yuga y las invitaciones...

—Ah. —Izuku bajó el tenedor—. Eso.

—Escúpelo de una vez. Seguro no puede ser tan malo —refunfuñó Katsuki, seguro de que Izuku estaba haciendo una tormenta en un vaso de agua, pero sería él quien se llevara un chasco al respecto.

—Uhm, verás... —Dijo Izuku tras limpiarse la boca con una servilleta, y en un cambio de carácter que sorprendió a Katsuki, perdió su inseguridad y lo miró directo a los ojos—. Yuga me preguntó prefería una invitación individual o incluir a mi pareja a un lado. Por un segundo pensé que se refería a Mirio y estaba a punto de corregirlo, pero entonces me preguntó cuáles eran los kanjis de tu nombre y...

Fue el turno de Katsuki para bajar su tenedor, y el tintineo con el plato lo sacó del trance en el que se había sumido por unos segundos.

Así que Yuga lo sabía.

«Tsk, no es como si lo hubiéramos estado escondiendo, aunque...», pensó Katsuki, dejando aquella oración inconclusa porque... No, no se escondían, pero tampoco lo iban pregonando por Plus Ultra con orgullo y deseos de llamar la atención.

Desde un inicio habían llegado él e Izuku a un acuerdo de discreción, donde no tenían por qué avergonzarse de quiénes eran, lo que hacían o con quién, pero tampoco querían convertirlo en el tema central de cotilleo dentro de Plus Ultra. Sólo si preguntaban estaban obligados a dar una respuesta, y en el caso de Katsuki, esa sería “métete en tus propios asuntos” para así no tener más que lidiar con esa persona. Por fortuna, nadie hasta el momento había metido las narices donde no se les llamaba, Katsuki al menos le reconocía eso a los otros entrenadores, pero estaba al tanto de que su cercanía con Izuku ya estaba despertando interés, y Yuga había sido el primero en lanzar una piedra para cerciorarse de la tranquilidad de esas aguas.

—¿Y se lo dijiste?

—¿Uh?

—Los kanjis.

—Bueno, no. —Izuku se ganó tiempo bebiendo de su lata de cerveza, la primera de la noche mientras que Katsuki ya iba por la tercera—. Antes pensé conveniente hablarlo contigo y cerciorarme de qué pensabas.

—¿Entonces me dejas a mí toda la responsabilidad?

Izuku exhaló. —No, pero no negarás que eres del tipo al que le gusta tener todo bajo su control. A mí me da lo mismo.

—Ya. —Katsuki se llenó la boca de comida para no tener que llenársela de palabras hirientes.

La respuesta de Izuku no le había gustado nada. Vale, que Izuku lo había leído a él y a su necesidad casi enfermiza de estar en control de las situaciones en las que se veía envuelto, pero... Daba la casualidad que eso era cuando consideraba que las otras personas involucradas eran incompetentes y por lo tanto tenía él que asumir el mando. Con Izuku no era así. Katsuki estaba convencido de que podía confiar en él, y creía habérselo demostrado durante el tiempo que tenían de conocerse, pero al parecer no era su caso.

Ocurría que aquella era una decisión de dos, si es que eran o querían considerarse una pareja, y aunque no lo habían hablado y de momento se encontraban en una especie de limbo en donde no eran amigos con derechos, sino más bien dos virtuales desconocidos dándose una tentativa oportunidad porque la atracción que sentían el uno por el otro era demasiado fuerte como para pasarla por alto, Katsuki habría preferido que Izuku también reclamara su oportunidad de opinar.

De preferencia, que Izuku hubiera puesto sus cartas sobre la mesa y pidiera estar juntos de manera oficial. La invitación de Yuga que los catalogara como tal era simplemente opcional.

Izuku volvió a exhalar, y esta vez se asemejó más a un suspiro. —Deberías de ser más honesto, Kacchan...

Sus palabras sorprendieron a Katsuki, lo mismo que la pierna de Izuku deslizándose bajo la mesa entre las dos suyas y haciéndose un espacio.

—Yo... Bah —gruñó Katsuki apenas pudo pasar bocado, y mantuvo la vista fija en su plato.

Pese a todo, Izuku no se lo tomó en cuenta, y extendiendo una mano sobre la mesa, le rozó los dedos con los suyos en un gesto íntimo, justo como Katsuki lo necesitaba incluso si era incapaz de verbalizarlo.

—Le diré a Yuga que haga invitaciones separadas pero... Lleguemos juntos. Eso les dará de qué hablar. ¿Qué opinas? —Propuso Izuku, y la tregua, que aliviaba y confundía a Katsuki por partes iguales, resultó ser justo lo que éste necesitaba.

—Ok. Pero nada de ir con la ropa combinada o-... —«O hacer tonterías de parejas a pesar de que es justo eso lo que quiero que seamos», pensó Katsuki, pero que ni loco diría. No todavía. No cuando se sentía tan vulnerable, y las advertencias de Eijiro por cuidar de su corazón todavía resonaban en sus oídos.

Izuku le dio unas palmaditas en la mano antes de dejarlo ir. —Lo que tú digas. Tú pones las reglas.

«Ya, pero éste es tu juego...»

Y zanjando el asunto, se dedicaron a disfrutar de su cena.

 

Katsuki no volvió a acordarse del asunto de la fiesta y la invitación hasta que el propio Yuga lo abordó en los pasillos de Plus Ultra y con una fluorita le entregó aquel trozo de papel que tantos quebraderos de cabeza le había provocado en días pasados.

—No faltarás, ¿verdad, Katsuki? —Inquirió Yuga, que con sus ojos azules y cabello rubio desentonaba al perfecto japonés con el que se expresaba—. Porque todos contamos con tu asistencia.

«¿Todos? ¿Quiénes son todos?», pensó Katsuki, contentándose con una respuesta diplomática.

—Mmm, no prometo nada.

Yuga cruzó un brazo por su centro, y apoyando el otro sobre su muñeca, se llevó los dedos al mentón y se dio unos golpecitos en un falso gesto de concentración.

—Es mi deber informarte que Izuku prometió no faltar.

Katsuki no respondió a aquella provocación. En un pasado, cuando todavía no sabía controlar su mal genio, su contestación habría ido sobre las líneas de “¿Y a mí qué me importa que ese idiota esté ahí?” para ocultar lo que en realidad sentía, pero la experiencia había terminado por enseñarle que las palabras podían lastimar, y que no era una excusa viable decir que no era bueno con ellas y las consecuencias posteriores. De ahí que aprendiera a callar.

Pero claro, Yuga no lo iba a dejar salir tan fácil de aquel atolladero. —¿Y sabes quién más estará ahí sin falta porque Izuku prometió ir?

Poniendo los ojos en blanco, Katsuki masculló las dos sílabas más detestadas de su repertorio. —Mirio.

Con una sonrisita que no auguraba nada bueno, Yuga lo desmintió. —También. Pero yo me refería a Shouto.

—¿El idiota bicolor? —Se le escapó a Katsuki el apodo que tenía reservado para ese ex de Izuku, y la sonrisa de Yuga se ensanchó con malicia.

—Oh, veo que tampoco es de tu agrado.

—¿Cómo que tampoco? —Buscó defenderse Katsuki, y en el proceso arrugó la invitación que tenía en sus dedos. Aquel movimiento no le pasó por alto a Yuga, que desvió la mirada igual que haría un herbívoro al enfrentarse a un depredador, y de la misma manera hizo planes para emprender la retirada.

—¿Sabes? Creo que alguien me llama y-...

—Ahí estaré —gruñó Katsuki, que tras una profunda inhalación consiguió recuperar la calma.

—A todos nos alegrará que así sea —enfatizó Yuga, pero por la manera en que lo dijo, Katsuki decidió en el ahí y el ahora que no le agradaba.

Alguien que buscaba crear rumores y conflicto de una manera tan burda no podía ser bueno.

Y el día de la fiesta su instinto se lo demostraría con creces.

 

Porque la sala de hotel en donde se llevaría a cabo la fiesta estaba más cerca del piso de Katsuki que el de Izuku, éste supuso que se reunirían en su departamento para de ahí partir juntos, pero Izuku se disculpó repetidas veces por teléfono cuando de última hora Yuga le pidió como favor especial pasar antes y ayudarle con unos cuantos preparativos que se habían retrasado y requerían de su cooperación.

A Katsuki aquello le olió a gato encerrado. Especialmente porque justo la tarde anterior había escuchado de pasada a Yuga presumirle a Ochako durante el almuerzo que el servicio de catering incluía barra libre y dos meseros a su disposición. ¿Para qué entonces podía requerir ayuda, y en específico la de Izuku?

Sus sospechas se vieron confirmadas a lo largo de la tarde con una inquietud imposible de sacársela de encima, y que empeoró conforme se acercó la hora de la fiesta. Katsuki era de lo que preferían hacer una entrada tardía para no tener que lidiar con los recién llegados, pero por una vez su tradición resultó ser contraproducente cuando ya de camino al hotel y luchando contra la repentina necesidad de apurar el paso, su teléfono le alertó de un mensaje.

Era Eijiro, y tenía malas noticias.

 

EK: [Una fotografía borrosa, tomada entre Mina y Hanta con vasos de licor al frente, y en medio la imagen se puede apreciar a Izuku y Shouto en la lejanía, apartados en un rincón y al parecer conversando desde cerca.]

EK: ¡EMERGENCIA!

EK: ¿DÓNDE CARAJOS ESTÁS?

 

Katsuki se frenó en seco, y resistió el impulso de lanzar su teléfono contra el suelo. En su lugar, apenas atinó a escribir de vuelta:

 

KB: Estoy a un par de calles de distancia.

 

Y en una súplica que después Katsuki no reconocería como suya porque para nada encajaba con su carácter y le avergonzaría reconocer ante cualquier otra persona que no fuera un aliado suyo, pidió:

 

KB: Haz algo.

KB: Lo que sea.

 

Guardándose de vuelta el móvil en el bolsillo del pantalón, Katsuki emprendió una carrera al hotel que ya se dibujaba en la distancia, y con el corazón latiéndole desbocado en el pecho (a la vez presionando contra su garganta, también en su mano y constreñido, todo a la vez porque ese era el efecto que Izuku tenía en él) lanzó una única súplica a cualquier Dios de la Calamidad que quisiera atenderlo: Que si Izuku no era de momento suyo, tampoco lo fuera del idiota bicolor.

Y no fue un Dios, sino Mina aconsejada de Eijiro, pero su petición fue atendida de la manera más satisfactoria posible...

 

—¡Hey, Katsuki! —Lo abrazó Mina apenas éste entró a la sala donde se celebraba la fiesta, y por un segundo estuvo tentado de apartarla con brusquedad por su efusiva muestra de afecto, pero ella lo sorprendió al susurrar en su oído justo lo que quería escuchar—. Por accidente le derramé encima a Izuku una bebida y está en el baño limpiándose, ¿por qué no vas y le ayudas, uh? —Sugirió ella, y al apartarse le guiñó un ojo.

«Claro, un accidente», se sonrió Katsuki ante aquella mujer que de pronto le caía diez veces mejor que un minuto atrás.

—Gracias —le susurró, y siguiendo la dirección a la que apuntaba su dedo, pasó de largo de otros de los invitados a la fiesta de esa noche.

Katsuki no tuvo problema en identificar la puerta del baño, y suspiró con alivio al descubrir adentro a Izuku sin más compañía que la propia. Del idiota bicolor que seguro se había confiado de no tener competencia no había ni rastro, y Katsuki tuvo un instante de regodeo al comprobar que un hombre así no era el adecuado para Izuku. Ni hoy, ni nunca.

—Oh, Kacchan —dijo Izuku al levantar la vista y encontrarlo ahí—. En un momento estaré contigo...

—¿Tuviste un accidente? —Preguntó Katsuki por la mancha de vino en su camisa, y lo que esperaba él que fuera su mejor cara de desconocimiento de las circunstancias.

Haciendo uso de papel de baño y mojándose la orilla de la prenda en el lavamanos, Izuku suspiró. —Yo no, Mina. Se acercó a contarme no sé qué cosa y tropezó con su copa encima de mí. Tsk, ya sabía yo que venir con una camisa de color claro no era la mejor de mis ideas.

—Ya, pero va bien con tus ojos —dijo Katsuki, y en verdad lo pensaba así.

Para la ocasión, Yuga había sido explícito en las invitaciones al requerir de los asistentes ropa formal. Nada de trajes de gala ni vestidos hasta el piso, pero sí pasar de la ropa de deporte y mancuernas para el sudor que la mayoría estaba acostumbrados a vestir en Plus Ultra.

A Katsuki no le había importado demasiado pasar a la tintorería para que lavaran y plancharan sus pantalones de vestir y una camisa de color vino que a juzgar por el número de conquistas exitosas que había tenido en el pasado vistiéndola debía de sentarle más que bien, pero ni por asomo había llegado a sospechar que ver a Izuku en las mismas condiciones (salvo la parte de la mancha y que su look completo se había perdido) le aceleraría el pulso.

Al instante visualizó Katsuki lo increíble que luciría esa camisa verde lima de Izuku en el piso de su habitación, mismo caso para sus pantalones negros al pie de la cama. De preferencia, con Izuku desnudo sobre la misma una vez que hubiera terminado de desvestirlo.

—Gracias —respondió Izuku, ajeno a la clase de pensamientos que tenía Katsuki en esos momentos—. Nunca estuve convencido realmente de que el verde era mi color hasta que Ochako me la regaló.

—¿Esa camisa es un regalo suyo? —Preguntó Katsuki en lo que esperaba fuera un tono neutral, pero Izuku le demostró que no era el caso al desviar un segundo la vista de la mancha a su rostro, y luego con deliberada lentitud confirmar que sí.

—De un cumpleaños, uhm, del único que pasamos como pareja.

Katsuki apretó los labios.

Vale, que estaba celoso. Pf, ¿era acaso ese un crimen? Pero al menos se trataba de la dulce Ochako, y pese a sus sentimientos mal disimulados y que perduraban a través de los años y una nueva pareja, Katsuki no la despreciaba. Al menos le reconocía que era una buena amiga para Izuku y hacía lo posible para olvidarlo, así que no, esa camisa no terminaría en la basura al final de la noche porque repentinamente a Katsuki le ganar la impaciencia y le rompiera los botones a Izuku al retirársela.

Y menos mal. De haber sido un obsequio del idiota bicolor o de Mirio, Katsuki no habría dudado, y al diablo con que en verdad ese tono de verde hiciera maravillas en los ojos de Izuku.

—Deja te ayudo —dijo Katsuki para no tener que lidiar con más palabras inútiles, e Izuku lo dejó entrar en su espacio personal.

Utilizando agua y servilletas de papel, Izuku no había conseguido mucho contra la mancha que portaba, y Katsuki no tenía más arsenal que el jabón para manos del dispensador, pero de algún modo se las ingeniaron para que la marca dejada por el vino tinto fuera menos notoria que antes.

—Seguro que cuando se seque nadie la notará —murmuró Izuku al revisar el resultado final, y volvió a guardarse los bajos en el pantalón—. Y así apenas se nota, ¿verdad?

—Depende. —«Es difícil pasarla por alto si se trata de alguien tan pervertido como yo para estarte viendo la entrepierna», pensó Katsuki, pero lo matizó lo mejor que pudo—. La iluminación tenue te ayudará.

—Eso espero. —Con una sonrisa y posicionándose de punta, Izuku le agradeció de la mejor manera que sabía: Con un beso ligero—. Gracias por la ayuda, Kacchan.

Katsuki carraspeó. —¿Ahora seré Kacchan dentro y fuera del dormitorio?

—Oh, siempre eres Kacchan para mí, pero tienes razón. No debería hacer eso en público —dijo Izuku, que tras dedicarse una última mirada en el amplio e iluminado espejo del baño sugirió salir de ahí lo antes posible.

Katsuki se mostró complacido de unirse a la fiesta (ya en su apogeo y con la mayoría de los invitados presentes) al lado de Izuku, pues éste tenía una de esas personalidades que encajaban bien en cualquier grupo. Daba igual que no fuera el más extrovertido, conversador o divertido, porque se las ingeniaba para caerle bien a cualquiera y por lo tanto ser bien recibido ahí donde iba.

Esa facilidad que para Izuku era natural, no lo era tanto para Katsuki a la hora de relacionarse con el prójimo (incluso si más veces que no terminaba dentro de un grupo de amigos que lo acogían igual que si de un perro salvaje se tratara), así que agradeció su compañía yendo con él a presentarle sus felicitaciones a Mashirao y a Yuga, y después de cumplida aquella convención social, sugerir buscar un par de bebidas.

—Pero nada de vino tinto —bromeó Izuku por su percance de antes, y Katsuki se esmeró en conseguir en su lugar dos copas de vino blanco.

—Izuku, siento tanto haber arruinado tu outfit —se acercó Mina a ellos, trayendo consigo a Eijiro de un brazo y de paso a Hanta—. Por favor envíame la cuenta de la tintorería y la pagaré lo antes posible.

Buscando no ponerla en aprietos, Izuku se enfrascó con Mina en una discusión de cómo eso no era necesario mientras ella insistía sin parar, y Katsuki aprovechó esos minutos para dejar vagar su vista por la sala.

Aquí y allá se habían formado grupos como los suyos, con el ocasional solitario que se mantenía en un rincón sosteniendo su copa intacta.

«Así que Mina te arruinó la oportunidad, ¿eh, idiota bicolor?», pensó Katsuki al toparse con que Shouto estaba parado al lado de la mesa del buffet pero sin un plato o aspecto de tener hambre.

De tratarse de Mirio, Katsuki habría caído en alguna estratagema presuntuosa como echarle a Izuku un brazo por los hombros y después cerciorarse de estar en su campo de visión, pero Shouto no era Mirio, ¡bueno era!, y Katsuki podía mostrarse más amable con éste.

—De pronto quiero uno de esos bocadillos de pepino y queso —le dijo a Izuku en voz baja aprovechando que la voz cantante de la conversación la tenían Hanta y Eijiro—. ¿Quieres que te traiga algo de la mesa del buffet?

—Sólo a ti —respondió Izuku, y la honestidad de su petición obligó a Katsuki a reprimirse para no besarlo ahí mismo.

Tras dedicarle un discreto apretón en la cintura, Katsuki enfiló directo a la mesa del buffet sólo para desviarse lo más posible a la orilla. Ahí se encontraban los dichosos bocadillos de pepino y queso que no podrían importarle menos a Katsuki, pero también estaba Shouto, y era con él con quien quería intercambiar unas palabras.

—¿Así que Mina es tu amiga? —Inquirió Shouto sin perder tiempo.

Katsuki tomó un platillo y depositó dos piezas de pepino encima. —La mejor.

—Eso de antes...

—No le pedí que lo hicieras, si eso te preguntas. Pero considero que te sirvió bien de advertencia para mantener tu distancia con Izuku.

—¿Con mi amigo Izuku, te refieres?

Katsuki chasqueó la lengua. —La fachada de inocencia no te va en lo absoluto.

—Sabes que fue Izuku el que rompió conmigo, ¿correcto? —Dijo Shouto sin reaccionar a la ira contenida de Katsuki—. ¿Y que hace ya varios años de eso?

—Y sin embargo, de alguna manera te las ingenias para buscar su compañía y actuar el papel de la protagonista no correspondida en una novela de romance.

—Como dije antes, somos amigos —dijo Shouto, y su expresión cambió. De la irritación que antes mostraba, sólo quedó un dejo de melancolía—. Tú mejor que nadie deberías saberlo a estas alturas. Izuku no da marcha atrás, y sabe ser firme con sus negativas.

—Genial. Y tal vez tú y el resto de sus exes deberían aprender a mantener una distancia si lo de ser amigos no funciona como esperan de él. —Katsuki eligió dos bocadillos más, esta vez de pan y lo que parecía ensalada.

—¿Qué ahora, eres el novio celoso que protege a Izuku de sus temibles exes?

—Ni soy el guardián de Izuku, ni él lo necesita, y mucho menos pienso que ustedes son tan temibles —dijo Katsuki, eligiendo un último bocadillo y dedicándole una mirada—. Pero una cosa sí te diré: Aprende a ser un amigo de Izuku o mantente alejado.

—¿Y si no qué? —Rebatió Shouto con el mentón rígido en su sitio.

—O si no... —Paladeó Katsuki sus palabras—. En ese caso será Izuku el que por cuenta propia te aleje de su vida. Tú elige.

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y se alejó. Había dicho lo que tenía que decir, y el resto corría por cuenta de Shouto.

 

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Notas finales:
*Suspiro* Prefiero actualizar una o dos veces por semana para dar tiempo a que lean los capítulos y que con suerte dejen comentarios, pero luego de un mes ya me resigné a que este fic no fue el éxito que esperaba, so... Actualizaciones diarias hasta terminar de subirlo completo. Por su comprensión, gracias.
8.- Azúcar quemada y caramelo. por Marbius

8.- Azúcar quemada y caramelo.

 

—¿Qué tanto hablaste con Shouto? —Preguntó Izuku apenas moviendo los labios en cuanto Katsuki volvió a su lado, y éste se compró unos segundos extra metiéndose un bocadillo a la boca.

En sí, la intención de Katsuki no había sido actuar como un animal posesivo de lo que en su opinión era suyo. Sus celos, si bien presentes y bien reconocidos, no eran más fuertes que su mente racional, y estaba en cierta medida orgulloso del nivel de contención con el que había confrontado al idiota bicolor. Además, a su criterio él estaba en lo correcto. Izuku quería ser amigo con sus exes, como lo era con Ochako y a la que le entregaba total acceso a su persona. Todoroki estaba en medio de ese camino, era fácil verlo en la manera en la que Izuku todavía se mostraba reservado en su presencia; siempre cortés, pero raras veces cercano. Katsuki no tenía claro si su intervención estaría o no a su favor, pero también creía que ya era momento de que Todoroki hiciera un mejor trabajo escondiendo sus sentimientos remanentes por Izuku y aceptara como él mismo había dicho que no, que Izuku no volvería a su lado, y que si su amistad era lo único que éste tenía para ofrecerle, debía ser un buen amigo a cambio. No un ex esperando una segunda oportunidad en puerta, sino un verdadero amigo...

«Y más me valdría aprender lo mismo si por alguna razón yo soy el siguiente en esa lista de exes...», pensó Katsuki, deglutiendo lo último del bocadillo en la boca, y como nunca el fresco sabor del pepino le resultó igual que haber comido un puñado de arena.

—¿Y bien? —Presionó Izuku en voz baja, los dos buscando ser discretos porque los rodeaban otras personas.

—Nada importante —respondió Katsuki—. Sólo... consejos. De un amigo a otro.

Izuku arqueó una ceja en un gesto incrédulo, pero no lo acusó de mentir porque no era momento para pelear. No estaban a solas, y no querían montar una escena en medio de la fiesta.

—¿Debo preocuparme?

—Nah —dijo Katsuki, con una mano sosteniendo su plato mientras le echaba un brazo sobre los hombros y lo atraía más cerca a su costado.

Para cualquiera que les dedicara un vistazo, era evidente que su relación no se limitaba a lo profesional, pero rodeados de sus amigos que nada juzgaban y estaban enterados a medias de lo que ocurría, se sentían en confianza. Quizá atraerían la curiosidad de otros de sus colegas, pero nadie osaría preguntar. No todavía al menos.

—Vale... —Concedió Izuku, y al menos de momento, lo dejó estar.

 

La fiesta continuó en su apogeo por un par de horas más.

Katsuki guió a Izuku a una de las mesas disponibles para ocupar un asiento y descansar, pero tuvo que dar su brazo a torcer y prescindir de su compañía cuando Ochako se acercó a invitarlos a bailar y él tuvo que dejar ir a Izuku porque ni loco haría el ridículo en la pista y con esa música.

—¿Qué, no bailas? —Le chanceó Izuku al dejarse jalar por Ochako, y Katsuki alzó su copa en su dirección haciendo un brindis discreto.

—Diviértete.

Con su aprobación explícita y confiado de que Katsuki en verdad estaba de acuerdo, Izuku se unió a Ochako y al resto de sus amigos en el centro de la sala, moviéndose al ritmo de la música y mostrando una faceta suya que hasta el momento había permanecido oculta.

A Katsuki en verdad no le molestaba dejarlo ir. Ochako cuidaría bien de él, y la vista no era tan terrible. Nadie acudiría a entregarle a Izuku una medalla por sus logros en la pista de baile, pero sabía moverse al ritmo de la música, y a juzgar por la cercanía entre él y Mina, ésta última le enseñó un par de pasos que resultaron cómicos a la vez que apropiados.

Disfrutando de la visión que era Izuku bailando, unos canapés que el mesero encargado de su mesa había dejado, y el agradable hormigueo del alcohol en su sistema, Katsuki apenas si reaccionó cuando Shouto se acercó a él y preguntó si el asiento contiguo al suyo estaba libre. En realidad no, ahí había estado sentado Hanta, pero como en esos momentos se movía al ritmo de la música con un extraño baile robótico con ayuda de sus largas y delgadas extremidades, Katsuki consideró que no le importaría cederlo e hizo un gesto con su mano que bien podía significar ‘adelante’ como ‘haz lo que quieras, no me importa’.

Siempre cortés, Shouto debió haber intuido que era lo segundo, pero no se mostró ofendido. Todo lo contrario, cuando se dirigió a Katsuki y habló lo que discurría por su mente sin tapujos.

—Gracias.

—¿Uh?

—Tenías razón. No me estaba comportando como un verdadero amigo para Izuku.

Katsuki se contuvo de poner los ojos en blanco. —Si necesitabas de mi ayuda para descubrirlo por tu cuenta, en verdad que eres más denso de lo que creía, idiota bic-... —Deteniéndose en seco ante el uso del apodo que sólo utilizaba para sí, Katsuki arrugó el rostro por su desliz—. Uhm...

—Sospechaba que no te caía bien —dijo Shouto sin perder la compostura—. Pero idiota bicolor es nuevo. Nadie me había llamado así antes.

—Pues acostúmbrate. Puede que no vuelva a decírtelo a la cara, pero es como pienso de ti.

—Oh, yo también tengo un apodo para ti —dijo Shouto, y el que las esquinas de su boca se curvaran ligeramente hacia arriba le indicó a Katsuki que estaba por bromear, aunque quedaba ver si lo hacía con malicia.

—¿Y cuál es, uh?

—El novio de Izuku... Aunque seguro que prefieres, Kacchan, ¿correcto?

Katsuki rechinó los dientes. —¿Dónde escuchaste eso?

—A Izuku se le ha escapado llamarte así durante nuestras sesiones. Supuse que... —Por una vez, el semblante inamovible de Shouto cambió, y Katsuki tuvo una visión de lo que tal vez había cautivado a Izuku de él. Porque al sonreír, Shouto no se veía tan mal después de todo—. No te preocupes, no será como me dirija a ti en el trabajo...

Katsuki murmuró un ‘gracias’, pero su victoria fue corta.

—... aunque no prometo nada fuera de horas de oficina.

—Idiota bicolor —gruñó Katsuki, pero era una amenaza vacía. Él lo sabía igual que Shouto, que habían alcanzado una tregua en común a través de Izuku, y podía no ser perfecta, podía ser un proyecto en construcción, pero al menos era un inicio sobre el cual podrían trabajar.

Y porque ya se sospechaba algo al respecto, media hora después cuando volvió Izuku de la pista de baile (sudado, pero oliendo increíble para Katsuki) y se sentó al lado de Katsuki, aceptando de paso el brazo de éste en el respaldo de su silla, no comentó nada al respecto.

En su lugar le sonrió a Shouto, pero la mirada de absoluta adoración fue sólo para Katsuki.

 

Conforme transcurrió la noche y Shouto no hizo intentos de cambiar de mesa, Katsuki se fue habituando más y más a su seco sentido del humor y a su charla, que resultó menos insulsa de la que podía haber creído antes. Luego de reírse por tercera vez de uno de sus chistes, Katsuki comprendió qué había visto Izuku en él, aunque dejó para reflexión futura cuál habría sido su razonamiento para romper con él. En su lugar, se contentó con apartar esos pensamientos de su cabeza y centrarse en el aquí y el ahora, donde la bebida era buena, la comida exquisita, y la compañía inigualable.

Como era tener a Izuku casi sentado en su regazo por la cercanía de sus sillas y a cada tanto tocándole el brazo, la pierna o el rostro. Izuku era un ebrio afectuoso, un tanto proclive a alternar risas con bostezos, y Katsuki tenía planeado invitarlo a pasar la noche en su piso una vez que el número de los segundos superara los primeros, pero de momento la estaban pasando bien, y no había otro lugar en el que quisiera estar más.

O así lo fue hasta que Mirio se decidió de una vez a sumarse a su mesa y eligió precisamente el asiento disponible más cercano de Izuku. Hasta entonces ahí había estado sentada Ochako con Tenya, pero al escuchar una de sus canciones favoritas en el altavoz lo había convencido de salir a bailar, dejando los asientos libres y la oportunidad perfecta para que Mirio hiciera de las suyas.

—Chicos, ¿qué tal? —Saludó Mirio en general a los ocupantes de la mesa, y Katsuki tuvo un momento de corta solidaridad con Shouto cuando sus miradas se cruzaron y le mensaje implícito que compartieron era el de mantener un ojo en él y otro en Izuku.

—¡Mirio! —Lo saludó Izuku efusivamente, alejándose un poco de Katsuki para hablar con su ex—. Creí que no vendrías. ¿No tienes mañana cita con el dentista?

—Sí, pero mientras no beba alcohol —respondió éste, levantando su vaso con zumo—. ¿Qué estás bebiendo tú?

—Ah, un poco de esto, un poco de aquello. Lo suficiente para divertirme, pero no tanto como para acabar ebrio —dijo Izuku, pero el modo en que sus ojos brillaban y sus palabras se arrastraban un poco sobre la última sílaba contaban una historia diferente—. ¿Ya felicitaste a Yuga y a Mashirao?

—Sólo a Yuga. Supe que se encargó por su cuenta de los preparativos. Impresionante, ¿verdad?

—Bastante. No en balde sus cumpleaños son siempre los mejores.

—Y por la celebración conjunta, también los de Mashirao. Es una pena que todavía no lo haya visto.

Veloz como un rayo para ayudar porque su personalidad era así, Izuku se ofreció a acompañarlo. —Vengo en unos minutos —le dijo a Katsuki, y éste apretó los dientes cuando sus dedos dejaron de estar ceñidos alrededor de la cintura de Izuku y éste se marchó hablando animadamente con Mirio.

—Izuku no es de los que son infieles —dijo Shouto al otro lado de Katsuki.

—No es eso lo que me preocupa —replicó con sequedad—. Sino Mirio.

—Mirio puede intentar sobrepasarse con Izuku y terminar con una patada en el trasero. Izuku sabe cuidarse sin problemas. Tú en cambio... Harías bien en no arruinarlo todo con celos —aconsejó Shouto, y Katsuki estuvo a punto de mandarlo callar y enfurruñarse, pero... ¿Acaso no tenía el idiota bicolor toda la razón?

Hasta el momento, Izuku no le había dado razones para desconfiar, y acompañar a Mirio a encontrar a uno de los dos anfitriones de aquella fiesta no contaba como tal. Si acaso era su usual yo, siempre preocupado por los demás y dispuesto a echar una mano cuando la situación lo requería. Una de las razones principales por las cuales Katsuki había caído rendido por él, y que eran parte intrínseca de su personalidad, así que no podía decidir por su cuenta con quién podía ser así y con quién. Incluso si la persona era Mirio Togata.

—¿Sueles usar guarda? —Preguntó Shouto de improviso, y el cambio tan abrupto de tema confundió a Katsuki.

—¿De qué demonios estás hablando?

—Ya sabes, una guarda dental —se llevó Shouto el dedo índice a la boca y se dio unos golpecitos sobre los labios—. El estrés y tú parecen ser uno solo. Rechinas los dientes.

—No estoy estresado —gruñó Katsuki, instintivamente tensando más los hombros, la nuca y apretando los dientes tal como no quería demostrarle a Shouto que hacía de manera casi constante. Sus manos hechas puño sobre su regazo y los bíceps flexionados tampoco ayudaron a su causa.

—Deberías de pasar por mi consulta —dijo Shouto sin inmutarse, y como por arte de magia se sacó una tarjeta de la manga y se la entregó en un movimiento que casi parecía un truco de magia.

Dispuesto a buscar la reacción más dramática de su repertorio (ya fuera hacerla bola y tragársela o rasgarla en pedazos diminutos y tirárselas a Shouto en la cara como si de confeti se tratara), Katsuki recibió la tarjeta y leyó la especialidad de Shouto: Terapia de frío y calor. ¿Y eso qué era? ¿Acaso lo trataría como pierna de pollo, congelándolo primero y después enviándolo al horno?

—Paso —amagó Katsuki devolverle la tarjeta, pero Shouto se negó.

—No, mejor consérvala. Y tengo los lunes de diez a doce libre por si te interesa.

—No.

—¿Entonces de dos a cuatro? Podría consultar tus horarios en la pizarra de clases y-...

—No me interesa tener terapia contigo —gruñó Katsuki, pues una cosa era haber enterrado el hacha de la guerra con el idiota bicolor apenas un par de horas atrás y otra muy diferente acudir a él en calidad de profesional—. Además, ya tengo mi cupo de clases de cortesía lleno.

En parte era cierto. Katsuki hacía uso de la alberca y el sauna, además de las clases de yoga con Izuku, y eran tres actividades en las que estaba anotado en recepción y que contaban como sus tres clases de cortesía en Plus Ultra, así que ni hablar de agregar una cuarta sin pagar primero en su totalidad la tarifa correspondiente.

—Escuché que estás por empezar clases nuevas el mes entrante —dijo Shouto—. ¿Por qué no hacemos un trato?

—¿A qué te refieres? —Inquirió Katsuki, aunque ya lo sospechaba.

—Entro a tu grupo de principiantes y a cambio te doy esas mismas horas de terapia. Así ninguno de los dos sale perdiendo.

—Ni siquiera entiendo en qué consiste lo que haces —gruñó Katsuki, y Shouto se encogió de hombros.

—Es difícil de explicar si sólo digo que trabajo con calor y frío, pero es bueno para los músculos cansados, fortalece el sistema inmunológico, y es ideal para personas con tu nivel de estrés.

—Con un carajo, que yo no estoy estresado, ni tampoco-...

—¡No mientas, Katsuki! —Se unió Mina a su conversación, que atraída por el elevado volumen de la voz de Katsuki se inmiscuyó sin más—. El estrés y tú son uno, unidos en sagrado matrimonio hasta el final de sus días.

—Casi la pareja ideal —le chanceó Hanta.

—Claro, mientras te decides a hacer pareja con alguien más, ¿eh, colega? — Terció Eijiro con un guiño, y Katsuki chasqueó la lengua con desagrado por tener toda la atención para él.

—Como sea, me lo pensaré —dijo Katsuki a Shouto, y tras unos segundos, agregó—: Me pensaré lo de ir a tus sesiones. Tú puedes empezar la semana entrante con el grupo de principiantes.

—¿Entonces irás a mis terapias?

—Dije que me lo pensaría, idiota bicolor. ¿Es que no escuchas bien?

—Pero entonces no sería equitativo.

—¿Y?

—Que no sería justo. No podría ir a tus clases sin saber que puedo pagarte el favor por igual.

Katsuki dejó salir un profundo resoplido desde lo más hondo de su alma. —Como sea. Iré. Pero ya no me fastidies más con eso.

—¿Con las terapias o con que tienes estrés?

—¡Ambas! —Gruñó Katsuki, y el estallido de su malhumor provocó más risas que reacciones airadas entre sus compañeros de mesa. Al fin y al cabo, todos habían tenido oportunidad de conocerlo en los últimos meses, y estaban al tanto que así era él, esa era su manera de comportarse, y que en realidad, podían estar tranquilos de cómo hablaban y se movían alrededor de él porque no habría consecuencias de ningún tipo.

Simplemente así era Katsuki, y de algún modo, era parte de su encanto.

 

La fiesta terminó sin mayores incidentes que Yuga tropezando cuando fue momento de sacar el pastel y caer de cara sobre la crema y fruta con la que estaba decorado, pero fue una oportunidad más de reír y descubrir que la celebración había sido un éxito en toda regla.

A las afueras del hotel, aquellos invitados que se habían quedado hasta el final esperaban por transporte para marcharse, y Katsuki e Izuku eran parte de ese grupo. Eijiro y Mina se habían ido antes en el vehículo de Hanta, pero ya que sólo quedaba una plaza disponible y ellos eran dos, le habían cedido el asiento a Tsuyu, que también se dirigía a la misma dirección.

De haber querido, Katsuki habría podido volver a casa caminando incluso si le tomaba algo así como cuarenta minutos, pero Izuku no estaba en condiciones. Luego de haber bebido zumo gran parte de la noche, había cedido a la presión social de hacer brindis aquí y allá, vaciando su copa hasta el fondo en cada ocasión, y lidiando después con las consecuencias de una ligera borrachera que en esos instantes lo tenía inestable sobre sus pies y cantarino de las canciones pop más sosas que Katsuki conociera de la radio.

—Hacía tiempo que no me sentía así de bien —le dijo a Katsuki, recargando su peso contra él mientras éste le sujetaba con un brazo alrededor de la cintura para impedir que se resbalara hasta el piso.

Con las inhibiciones ausentes porque él mismo había bebido algunos tragos a lo largo de la noche, Katsuki no estaba para falsos tapujos con respecto a la relación no oficial que él e Izuku mantenían. Si alguien en Plus Ultra quería comentar al respecto o hacer un gran lío de ello, Katsuki lo confrontaría, pero de momento nadie había intransigido esa regla implícita.

En igual o peor estado que ellos, la mayoría de los que esperaban por transporte a esas horas ya tenían suficiente con su propio consumo de alcohol como para meterse en los asuntos de los demás, y Katsuki lo agradeció al pegar más cerca el cuerpo de Izuku contra su costado y plantarle un beso en la cabeza repleta de cabello oscuro y alborotado.

Pese a que le olía un poco a sudor (por haber bailado cada vez que alguien se lo pedía) y a humo (no suyo, él no fumaba), Izuku mantenía un aroma que a Katsuki le resultaba incomparable y delicioso, por lo que se permitió cerrar unos segundos los ojos y aspirar hondo para llenarse los pulmones con él. Katsuki no podía esperar a volver a casa y dormir abrazado a Izuku como primera opción. Un poco de sexo tampoco estaría mal, pero los dos estaban cruzando a una nueva etapa en donde su necesidad por el cuerpo del otro estaba siendo sustituida por su simple compañía como el placer más absoluto a su disposición.

En relaciones anteriores, esa había sido la pauta de Katsuki para decidir que la fecha de caducidad en aquella aventura estaba llegando a su fin y era hora de ponerle punto, pero con Izuku la mera idea de que eso fuera una posibilidad le ponía la palma de las manos a sudar y una dolorosa opresión en el pecho.

Suponía él que era lo normal. No los sudores y las palpitaciones, sino encontrar una persona que lo complementaba en áreas que él ni siquiera había considerado antes que fueran importantes (más allá del sexo) y temer que la perspectiva de perderlo fuera real.

Lo que había entre Katsuki e Izuku no era perfecto. Ellos también habían tenido sus desavenencias y discusiones; no podía decirse que eran tal cual el uno y el otro porque seguían siendo sus propias personas, diferentes en aspectos mayores. Había altas y bajas, pero era precisamente eso en lo que Katsuki ponía su fe: Que las altas eran la mayoría, y que las bajas sólo eran una oportunidad más para comunicarse y ser mejores personas. Izuku hacía eso en él, lo volvía su mejor versión con tal de mantenerlo a su lado, y Katsuki no podía pensar que eso fuera negativo en su vida. En lo absoluto.

—¿Puedo quedarme a pasar la noche contigo? —Preguntó Izuku de pronto, ajeno a las emociones que esa noche Katsuki tenía a flor de piel. Con su brazo también le había rodeado por la cintura, e ignorante de que Katsuki le estaba oliendo el cabello, había girado la cabeza y lo miraba con ojos adormilados y de pupilas completamente dilatadas donde apenas quedaba rastro del verde característico de su iris.

—Iluso de ti si creías que iba a ser diferente —le respondió Katsuki, y la cercanía de sus rostros y la mínima distancia entre sus figuras hablaba por sí misma.

Cualquiera que estuviera ahí presente sabría leer la atmósfera y mantenerse alejado para no ser un incordio. Pero no Mirio Togata, que a lo largo de la velada se había quedado en otra mesa rodeado de su propio grupo de amigos sin molestar, y ahora decidía hacer su última jugada de la noche.

—El servicio de taxis por esta zona es un chiste —dijo Mirio al posicionarse frente a Izuku, y éste se volteó para dedicarle una sonrisa trémula.

—Erm, sí. Eso parece.

El agarre de Katsuki en torno a su cintura se tornó posesivo, pero eso no evitó que Izuku lo dejara ir, y que luego de considerarlo un poco más, también se moviera para librarse de su mano.

Katsuki habría de quedarse en shock de no ser porque Izuku no daba la impresión de dejarlo ir para lanzarse en brazos de Mirio, sino que en conjunto dio un paso atrás como si quisiera apartarse de la situación en su totalidad, y en un gesto que revelaba más que las palabras de su dueño, se cruzó de brazos formando una barrera entre él y Mirio mientras que apoyaba un poco su espalda en el cuerpo de Katsuki.

—Deberías venir con nosotros —dijo Mirio, con el pulgar señalando a dos de sus amigos con los que se había sentado antes. Katsuki recordaba sus rostros de Plus Ultra, pero no los nombres, y como nunca lamentó su falta de atención en detalles de ese tipo—. Tamaki no bebió, y nos llevará en el automóvil de Nejire. Sólo que queda una plaza disponible nada más —agregó con voz meliflua, y sólo entonces demostró reconocer la presencia de Katsuki para mostrarle una sonrisa falsa y con demasiados dientes—. Seguro que tú puedes buscar transporte hasta tu casa, ¿no? Por Izuku no te preocupes, yo me encargo.

Conteniéndose para no reaccionar de la peor forma posible, la voz que imperó en Katsuki no fue la de su consciencia (esa lo aleccionaba a atacar con “mátalo, ¡destrózalo!”) sino una ajena a él y que se asemejaba demasiado a la de Shouto con su perpetuo consejo de no permitir que la tensión y él estrés sacaran lo peor de él.

«Afloja los hombros y destraba la mandíbula», le decía esa voz, y al obedecer descubrió Katsuki que tenía picor en la palma de las manos por haberse clavado las uñas en la suave carne.

—Qué amable, Mirio, pero no será necesario —se le adelantó Izuku a responder, como siempre, haciendo gala de su cortesía y buenos modales. En su lugar, Katsuki habría explotado; pero claro, aquel era parte del encanto de Izuku y con toda certeza también una de las razones que los tenían en esas circunstancias.

No en balde Mirio todavía iba detrás de Izuku. Katsuki lo comprendía, pero no lo toleraba.

—¿Seguro? Porque podrías estar en casa mucho antes —presionó Mirio, e Izuku supo quitárselo de encima sin muchas complicaciones.

—Es que esta noche tengo planes de dormir en otro sitio, pero gracias por la oferta.

Los ojos de Mirio se posaron una fracción de segundo en Katsuki, y éste detecto la hostilidad en ese simple gesto. Pero frente a Izuku, Mirio no iba a actuar de manera desfavorable.

—Bueno, en ese caso... Ten buena noche, Izuku.

—Igualmente, Mirio.

Katsuki esperó a que se hubiera alejado con su grupo de amigos antes de abrir la boca, pero Izuku se le adelantó como si pudiera leer de antemano su reacción.

—Antes de que digas algo... Gracias por mantener la cabeza fría. Mirio puede ser así. Le gusta provocar y buscar reacciones negativas que lo coloquen en una situación ventajosa, pero es agradable ver que no caíste en su juego.

Katsuki se quedó con la mente en blanco, porque de haber seguido a sus instintos, la actitud de Izuku habría sido la opuesta.

—¡Al fin, el taxi está aquí! —Celebró Ochako la llegada del vehículo, y con Tenya en el asiento del copiloto, abordaron ellos tres en la parte trasero con Deku en medio.

Por una vez, a Katsuki no le importó que Ochako tomara la mano de Izuku bajo el pretexto de sentirse mareada (lo cual seguro sería verdad en un 90%, dando margen a ese 10% restante de ser sus sentimientos latentes por su exnovio), porque Izuku se arrellanó en el asiento, y ladeando la cabeza hacia Katsuki, la apoyó sobre su hombro y la dejó ahí.

Durante todo el trayecto hasta el departamento de Katsuki, Izuku dormitó inalterable.

 

Tenya fue el único que encontró apropiado comentar con extrañeza si Izuku se iba a quedar con Katsuki en su departamento, pero Ochako le puso un alto con un golpe en la coronilla y una sonrisa de disculpa.

—Perdónalo —le dijo a Katsuki, el más despierto de los dos, porque Izuku se limitaba a recargarse a su lado y asentir cada vez que mencionaban su nombre, ya fuera por cansancio o sueño—. Es un poco… Bastante denso, de hecho.

—¿Yo? —Preguntó Tenya, pero su novia lo ignoró.

—Da igual —respondió Katsuki con el desenfado que lo caracterizaba, y afianzando más su agarre en Izuku para evitar que éste se deslizara al piso—. Nos vemos luego.

—Pasen una buena noche los dos —se despidió Ochako, ya con la portezuela del taxi cerrada y moviendo la mano de manera alegre.

—Allá va una ebria feliz —murmuró Katsuki para sí, y a su lado Izuku alzó el rostro.

—¿Uh?

—Y aquí tengo conmigo un ebrio dormilón —terminó Katsuki su análisis, tirando de Izuku hacia la entrada.

Por fortuna tenía elevador, y a esas horas de la noche no había nadie que pudiera verlos. A Katsuki le daba lo mismo lo que pensaran sus vecinos de él, pero tenía un depósito que cuidar, y entre las reglas de su casero estaba una en contra del desorden público que no quería infringir.

—Kacchan… —Llamó Izuku a Katsuki cuando las puertas del elevador se abrieron en su piso—. ¿Estamos en mi casa?

—No, idiota. En la mía —respondió Katsuki, ya buscando sus llaves en el bolsillo de sus pantalones.

—Phew, menos mal —respondió Izuku, y a Katsuki no le gustó para nada aquello.

Quizá no era importante, y por ello el que Katsuki volviera a ese tema resultaba una tontería de la que debía desembarazarse lo antes posible, pero tras seis semanas de conocerse todavía no era hora para que él conociera el piso de Izuku. Y no es que eso fuera algo que le quitara el sueño durante la noche, pero constituía un misterio para él por qué siempre era su piso el elegido para pasar la noche o verse en privacidad.

En un inicio, Katsuki había asumido que era debido a la cercanía de su bloque de pisos de Plus Ultra, pero a juzgar por las nulas quejas que tenía Izuku del transporte público o de las distancias recorridas, él también debía de vivir cerca. En ese caso, ¿por qué nunca había ofrecido a Katsuki a visitarlo?

En las contadas ocasiones en las que Katsuki había demostrado interés en acompañar a Izuku a su piso o visitarlo, éste se salía por la tangente y terminaba presentándose en su departamento sin más.

Por pistas repartidas aquí y allá, Katsuki estaba al tanto de que Izuku rentaba por su cuenta, y que como única compañía tenía un gato (“Se llama Kuro, lo sé, nada original”, le había revelado con una fotografía de un grácil gato negro que asemejaba a una pantera tomando el sol en una ventana”) y una buena colección de plantas que siempre le obligaban a no ausentarse más de tres días seguidos porque tenía que hidratarlas. También que no vivía a nivel de piso, porque una vez había mencionado disfrutar de la brisa nocturna incluso en las noches en que aparentemente no había viento.

Más que eso Katsuki no lo sabía, y atento a las reticencias de Izuku por mencionar siquiera el barrio en el que se encontraba su departamento, había tenido la paciencia de no preguntar por si acaso su insistencia terminaba siendo un punto en su contra. Después de todo, era fácil suponer que Izuku vivía en una buena zona, porque todos ellos en Plus Ultra ganaban buen dinero, e Izuku seguro que además tenía ahorros de todos los años que había sido atleta profesional, por lo que era difícil imaginarse que estuviera avergonzado de su hogar y esa fuera la razón por la que mantenía separados los espacios en los que prefería estar en compañía de Katsuki.

—Henos aquí —dijo Katsuki al abrir la puerta de su piso, e incluso con los ojos entrecerrados, Izuku se mostró feliz.

—Huele a ti —murmuró con modorra, y Katsuki le plantó un pellizco en el costado—. ¡Ouch! Pero lo digo con la mejor de las intenciones, porque… porque…

—¿Es tu manera de decir que aquí apesta a sudor y calcetines sucios? —Inquirió Katsuki con hosquedad, sacándose la chaqueta ligera que vestía y aflojándose la corbata. Mientras soltaba a Izuku para que éste hiciera lo mismo, Katsuki se agachó para desanudar los cordones de sus zapatos.

—Para nada —desestimó Izuku aquella noción moviendo su mano frente a él como apartándose una mosca molesta—. Aquí huele a Kacchan, y es reconfortante.

—Pero no negaste lo del sudor y los calcetines, ¿eh?

—Más bien como a… Azúcar quemada y caramelo. Hay un toque dulce por doquier —murmuró Izuku, perdiendo fuerzas con cada sílaba hasta casi arrastrar las palabras.

—Hey, te estás quedando dormido en el genkan —le advirtió Katsuki, a tiempo para sujetarlo del hombre cuando se hizo evidente que Izuku se resbalaba por el muro y estaba por caer—. Deja te ayudo.

—Gracias, Kacchan…

Con las orejas rojas de vergüenza por ese apodo al que se había acabado por acostumbrar (sólo de Izuku; si alguien más osaba llamarlo así, le partiría en el acto la nariz de un puñetazo), Katsuki le retiró a Izuku el saco y la corbata, y a diferencia de sus prendas, las de él si se encargó de que llegaran al perchero. El mismo camino siguieron sus zapatos, e Izuku necesitó sujetarse a sus hombros para no tropezar.

—La habitación da vueltas —masculló Izuku, y Katsuki rió entre dientes por su estado.

—Era de esperarse después de todo lo que bebiste.

—Apenas fueron un par de copas de vino…

—Define un par, porque juraría que eso significa que son ‘dos o tres’ y la última vez que conté ibas en la séptima.

—Ow —se lamentó Izuku, ya descalzo y manteniendo sus manos en Katsuki cuando éste se incorporó—. Lo lamentaré en la mañana, ¿verdad?

—No si lo dejas a mi cuidado —se jactó Katsuki, que antes de permitirle a Izuku retirarse al dormitorio, lo obligó a beber dos vasos de agua y una aspirina.

Luego, con mucha más delicadeza de la que cualquier persona que lo conociera pudiera atribuirle, Katsuki guió a Izuku al baño para que hiciera pis, se lavara los dientes y la cara, y se cerciorara de no tener náuseas.

—Eres… el mejor, Kacchan —exhaló Izuku con satisfacción cuando en el dormitorio Katsuki lo desnudara hasta quedar en bóxers y después lo empujara para quedar de espaldas y con brazos y piernas extendido en la cama como estrella de mar se relajara a sus anchas.

—Vale, pero hazme sitio para dormir —dijo Katsuki, y en igual estado de desnudez se acostó a su lado y le rodeó con un brazo sobre el pecho—. ¿Todo bien? ¿Quieres vomitar o…?

—Estoy de maravilla. Un poco, uhm… —Y como muestra, tiró del brazo de Katsuki alrededor de su pecho y lo bajó hasta su cadera. Con los dedos hizo que rozara la erección que tenía ahí.

—Y yo que pensaba que sólo eras un ebrio que quería dormir, pero resultaste más que eso… —Dijo Katsuki, plantándole un beso a Izuku en la mandíbula, y éste se retorció, conteniendo un gemido.

—Kacchan…

—No haré nada que no quieras, y detestaría abusar de ti en este estado —prometió Katsuki en la oscuridad de la habitación—, pero no creo que seas capaz de dormir estando duro…

—No suena divertido —balbuceó Izuku, y con dificultad se giró para quedar cara a cara con Katsuki—. Kacchan, ¿podrías…?

—Con gusto —replicó Katsuki, que introduciendo su mano en los bóxers de Izuku, se encargó de trabajarlo en movimientos rápidos y cortos que le ganaron sus gemidos directo al oído.

Izuku no aguantó mucho. Pasando una pierna por encima de Katsuki y aferrándose a él con desesperación, contrajo los músculos del estómago y se corrió sobre ambos.

—Ahhh…

—Respira, eso —le besó Katsuki repetidas veces en el rostro, guardándose sus labios para el final.

Había una cierta ternura en aquel gesto que él no había experimentado antes por otra persona, y Katsuki quiso atesorarla para siempre en su memoria sensorial. Al punto en que cuando Izuku por fin se recobró e intentó corresponderle el favor, Katsuki eligió prescindir de su propio orgasmo.

—No, está bien así —dijo contra la sien de Izuku, abrazándolo con fuerzas—. ¿Dormimos?

—Eso suena genial —exhaló Izuku, y no mucho después el sonido de su respiración se acompasó hasta revelar que lo hacía.

En silencio, con una erección que no le tentaba tocar, Katsuki continuó rodeándolo en su abrazo y murmurando palabras de amor contra su cabello, que a la luz del día y con Izuku despierto, todavía no se sentía listo para pronunciar.

El temor al rechazo era bastante real.

 

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Notas finales:
Mirio tiene difícil competencia para recuperar a Izuku, ¿eh? :)
9.- Karaoke y llaves. por Marbius

9.- Karaoke y llaves.

 

A mediados de junio, Katsuki aceptó la invitación que le hicieron Eijiro, Mina, Hanta, Denki y Kyoka de ir con ellos al karaoke. Aquella no era la primera vez que a la salida le sugerían un lugar y una hora para verse, pero sí la primera en que él accedía a hacerlo. Con toda honestidad, el karaoke no era lo de Katsuki, no porque la música no fuera lo suyo (no en balde había tomado clases de batería en su adolescencia y algunos días libres se reunía en una especie de banda amateur con alguno de sus compañeros de trabajo) sino porque esas salidas casi siempre coincidían con momentos que podía pasar al lado de Izuku.

Pero claro, la palabra clave era ‘casi’, porque justo minutos antes había recibido Katsuki de Izuku un mensaje en donde se disculpaba pero no podrían irse juntos porque tenía que entrenar con uno de sus alumnos un par de horas más para cumplir con unos requerimientos nuevos que la Asociación Internacional de Halterofilia había implementado para los próximos Juegos Olímpicos. La suya no era una excusa, sino una razón de su ausencia, e Izuku había agregado en un par de líneas más a su chat privado que a la salida iría al piso de Katsuki y llevaría algo de cenar, así que no podía considerarse tal cual una catástrofe, pero él no conseguía sacudirse de encima el humor lúgubre que se le había echado encima como una manta pesada.

Quiso la suerte que a la salida lo interceptara Eijiro, y que al ver su expresión sombría hiciera la oferta de ir al karaoke como otras veces.

—Venga, colega —le sacudió Eijiro con un brazo sobre su hombro e inmune a su rostro contraído de tensión—. Te hace falta divertirte más.

—Sí, será divertido —confirmó Mina en igual estado de despreocupación al colocarse al otro lado de Katsuki y pegar su mejilla contra la de él—. Da igual si no cantas bien. Ninguno de nosotros lo hace en realidad. Bueno, a excepción de Kyoka, pero ella sólo va como juez de nuestras competiciones mensuales, y la de hoy es sólo una visita por diversión.

—Creo que por hoy paso de-... —Empezó Katsuki a excusarse como muchas otras veces, pero fue justo Hanta quien dio en el clavo para convencerlo.

—Eres terrible cantando, ¿verdad? —Una risa amplia y burlona—. ¿Es por eso que nunca nos acompañas, Bakugou?

Y es que la vena competitiva que habitaba en su interior no toleraba retos tan obvios como aquel, por lo que Katsuki corroboró la hora (todavía tenía tiempo para distraerse y volver a su piso antes que Izuku) y acabó accediendo a ir con ellos.

—Ya verán quién es el que mejor canta de todos —los retó de buena gana, la maleta de deporte al hombro mientras los seguía al karaoke más cercano.

 

Así como mentir no era lo suyo, exagerar tampoco lo era. Y Katsuki demostró desde la primera canción que tenía un oído afinado y podía cantar sin problemas. Por turnos fueron eligiendo canciones de toda clase de géneros disponibles, y en la ronda final terminó cantando Katsuki una canción a dueto con Kyoka, porque resultó ser que ellos dos eran quienes mejor adaptaban su voz a la melodía y hacían un deleite de la canción que cantaban.

—En verdad sabes cantar de lujo —lo elogió Denki cuando Katsuki le entregó el micrófono y se sentó al lado de Eijiro.

De hecho, la razón principal por la cual Katsuki se había decidido a asistir no era para matar tiempo o paliar la soledad, sino porque buscaba un consejo, y nadie mejor que su amigo Eijiro para eso. Ya desde los tiempos de la universidad había sido Eijiro la voz de la sabiduría para Katsuki, que más veces que no actuaba motivado por no la mejor selección de sus sentimientos y a veces se veía metido en bretes de los que no habría sabido salir por su cuenta de no ser por la intervención del buen Eijiro, siempre listo para prestarle su oreja y hombro según fuera necesario.

Así que Katsuki iba a agachar metafóricamente la cabeza y aceptar lo que fuera que éste le indicara.

—Uhm, ¿tú y Mina cuánto tienen saliendo juntos exactamente? —Preguntó Katsuki en un momento estratégico en el que la chica de Eijiro tenía para sí el micrófono y era vitoreada por el resto de sus amigos.

Con un vaso de bebida a medio camino de su boca, Eijiro le dirigió a Katsuki una mirada de asombro y bajó su mano de vuelta al regazo.

Aquello no era lo habitual. Katsuki no se metía en los asuntos de nadie, le incumbieran o no; él simplemente aceptaba las cosas como eran, sin preguntas ni prejuicios.

—En octubre serán dos años —replicó Eijiro, y porque su curiosidad podía más, así se lo hizo saber a Katsuki—. ¿Por qué es que lo preguntas?

—Sólo… —Rascándose la palma de la mano donde un par de callos producto del crossfit le servían de distracción, Katsuki repitió las palabras que había ensayado por la última media hora en su cabeza—. Uhm, me preguntaba, ya sabes, cuánto les tomó pasar de ser amigos a ser pareja…

Eijiro arqueó una ceja. —¿En serio?

Con un bufido, Katsuki puso los ojos en blanco. —¿Qué, acaso no tengo permiso de sentir curiosidad al respecto? Sólo recuerdo que de pronto no tenías novia y luego sí.

—Perdona si no te mantuve informado de cada paso de mi relación con Mina —ironizó Eijiro de buena gana—, considerando que estabas en Sapporo y a veces tardabas días en responder mis mensajes. Por no mencionar que mi vida amorosa jamás tuvo mucho interés para ti.

—Pf, no eran días. Si acaso uno o dos cuando más ocupado estaba, pero-… —Katsuki se detuvo en seco al atrapar a Eijiro con una sonrisa mal disimulada en labios que revelaba lo mucho que se divertía tomándole el pelo—. Oh, si serás idiota…

—Vale, vale —se defendió Eijiro cuando Katsuki amagó darle un puñetazo en el brazo—. Tú quieres saber de lo mío con Mina y yo que me expliques la razón. Es lo justo, ¿no?

—No me interesan tú y Mina sino… Uhm… —Katsuki hizo una mueca, porque lo que estaba por revelarle a su amigo era casi tan incómodo como visitar al dentista con un absceso palpitante en una muela—. Argh, olvídalo.

—Hey, no. Esto puede ser divertido. Dos hombres hablando de relaciones, parejas, sentimientos —enumeró Eijiro con una sonrisa—. No hay nada más masculino que eso, ¿correcto?

Katsuki no respondió a su pregunta, y ya que Eijiro lo conocía mejor de lo que le daba crédito, aprovechó que sus amigos le pedían a Mina una segunda canción para dar solución a sus inquietudes.

—Ok, si debo ser honesto… Mina y yo celebramos nuestro aniversario en octubre porque fue la fecha que elegimos con ese fin, pero… En realidad estábamos juntos como desde marzo. Febrero si tomas en cuenta ese día de San Valentín que pasamos juntos.

—¿Cómo puedes estar en San Valentín con alguien y no considerarlo pareja? —Preguntó Katsuki, a quien aquella ecuación no le resultaba plausible. Y para no dejar dudas, así se lo hizo saber a Eijiro—. No tiene sentido.

Tras un trago a su bebida, Eijiro se pasó la mano por la nuca. —Mina estaba saliendo con alguien, que dicho sea de paso era un patán, y la plantó justo un día antes de San Valentín. Ella pensaba sorprenderlo con una cena en un restaurante de lo más elegante y una reservación en su love hotel favorito, pero seh… Todo se fue al trasto. Estaba devastada, y le duró algo así como media hora, porque el muy imbécil rompió con ella por medio de una llamada y después actualizó su estado de Facebook de ‘soltero’, porque nunca quiso darle un nombre a lo que tenía con Mina, a ‘en una relación’.

—Pedazo de mierda —gruñó Katsuki, disgustado con aquel tipejo del que no tenía noción apenas un minuto atrás.

—Exactamente, gracias —asintió Eijiro con solemnidad—. Y lo peor no fue eso, sino que Mina descubrió que ella era la otra, y la que chica que ahora aparecía como su novia era en realidad su pareja de los últimos cinco años. Y ahí no acaba todo, sino que iba a reunirse con ella ese San Valentín en el mismo restaurante donde Mina había hecho reservaciones para pedirle matrimonio.

—Parece la trama de un dorama.

—Y espera, que se pone mejor —dijo Eijiro, ya absorto en el relato que él mismo contaba—. Mina me pidió ir con ella al restaurante para confrontarlo, y el plan era sentarnos en la mesa contigua a la suya y actuar como si nada hasta que sacara el anillo de compromiso y entonces ella le gritaría sus verdades, pero…

—¿Qué salió mal? —Inquirió Katsuki, impaciente por escuchar el desenlace de semejante historia cargada de drama.

—Que la misma chica le tiró el anillo a la cara y lo acusó de serle infiel con su propia hermana, y su mejor amiga, y una compañera del trabajo… Mina consideró que no valía la pena entrometerse como la cuarta en discordia, y salimos de ahí lo antes posible.

—¿Y fue ahí cuando se volvieron novios?

—Más bien… —Eijiro entrecerró un ojo y ladeó la cabeza hacia ese lado—. Fue la primera noche que tuvimos sexo. Sexo por despecho, valga la aclaración. Mina lloró a la mitad de la faena…

—Debes de ser terrible en la cama —le chanceó Katsuki, pero Eijiro denegó con la cabeza.

—Los dos hicimos mal al irnos juntos a la cama esa noche. Mina estaba vulnerable, y yo me aproveché de eso pensando que estaba bien como terapia para superar a su ex, pero… Me perdonó, y para compensármelo, ¡sus palabras, no las mías, que conste!, volvimos a intentarlo días después. Resultó que éramos compatibles en la cama, y así transcurrió febrero. En marzo comenzamos a salir en… Bueno, no diría que citas, pero ya no nos veíamos sólo para tener sexo. Así estuvimos hasta octubre, cuando nuestros amigos nos preguntaron si éramos o no novios, y el resto es historia… Por supuesto, esta versión que te cuento es entre tú y yo porque así lo decidimos Mina y yo, así que apreciaría tu discreción.

—Puedes contar con ello —replicó Katsuki con la misma seriedad que Eijiro se lo pedía—. Ni una palabra a nadie.

—¿Entonces me contarás por qué has preguntado al respecto?

Porque al menos le debía eso a su amigo, Katsuki le narró una versión reducida de su conflicto interno y se sinceró como pocas veces en la vida.

—Supongo que no tiene sentido ocultar más que Izuku y yo nos hemos estado viendo.

—Algo sospechaba, sí —bebió Eijiro de su vaso—, y no soy el único.

—Ya. Y no todos han tenido la decencia de meterse en sus propios asuntos, pero… Lo que sea. No somos novios, si es que alguna vez te lo preguntaste.

—Mmm, ya lo imaginaba —dijo Eijiro, que ante la mirada de inquietud en Katsuki, se aclaró—. No olvides que yo he conocido a Izuku con algunas de sus parejas, y es diferente a como se comporta contigo. Con Mirio, por ejemplo, no se ocultaba. De saludo y despedida se besaban en la boca, e Izuku charlaba con Ochako de los sitios a los que ellos dos salían en sus citas. Cosas así.

—Mi punto es que… —Alcanzó Katsuki a enunciar antes de que Mina terminara su tercera canción, y con un atronador aplauso del resto de sus amigos les recordara a él y a Eijiro que no estaban a solas, y que habían elegido uno de los peores sitios para tener un tête à tête directo del alma.

—¡Ah, eso ha sido intenso! —Exhaló Mina al sentarse al lado de Eijiro, y abriendo el menú, pidiendo a Denki que ordenara una ronda más de bebidas.

—Yo paso —dijo Katsuki, con un vistazo rápido a su móvil para ver la hora—. Igual es tarde para mí.

—Quédate, no te vayas —pidió Mina, pero Katsuki recogió sus cosas y dejó sobre la mesa su parte de la consumición.

De salida intercambió con Kyoka y Denki la confirmación de ese fin de semana verse en el piso de éste último para trastear un poco con las canciones de la banda, y después salió al pasillo del local de karaoke.

El contraste entre el pasillo insonorizado y el reservado cargado del dióxido de carbono de sus respiraciones, el aroma de sudor acumulado y el calor de sus cuerpos en un espacio tan reducido fue agudo. Katsuki aspiró hondo para refrescarse, y por inercia se llevó la mano a la frente, donde encontró su piel pegajosa por una finísima capa de sudor.

Un tanto insatisfecho por la interrupción de Mina, Katsuki se dispuso a partir cuando la puerta se abrió una segunda vez y Eijiro salió.

—Les dije que saldría a fumar —dijo como razonamiento.

—Tú ni siquiera fumas. No es nada masculino, según tus palabras.

—¡Y las sostengo! Además pronto tendré competencias y debo cuidarme en cada aspecto de mi salud, pero no podía dejarte ir así —dijo Eijiro, que le indicó a Katsuki la salida al callejón trasero para terminar esa charla suya.

—¿Mina te creyó que salías a fumar?

—No, y de paso pidió que le disculpes por su metida de pata. Ella también quiere verte con Izuku —explicó Eijiro el recargarse contra el muro.

Katsuki le imitó con un pie sirviéndole de ancla. —Uhm…

—Sólo di lo primero que se te venga a la mente.

—Izuku.

—Vale, eso es bastante obvio. Sólo tienes ojos para él desde que llegaste a Plus Ultra.

Katsuki exhaló por la nariz. —No puedo evitarlo. Yo… Nunca antes… Por otra persona… Es tan nuevo para mí. Y no quiero que termine.

—¿Y has considerado en hablarlo con Izuku?

—Ah, eso… —Katsuki se cruzó de brazos frente a él y bajó el mentón hasta casi tocarse el pecho—. Lo hablamos. Muy al inicio cuando todo era, uhm, sólo físico, y quedamos de ir despacio.

—Ya veo.

—Pero ahora quiero más.

—¿Y hace cuánto que fue eso?

—Un… —Katsuki chasqueó la lengua—. Un mes.

—Vas rápido.

—¿Para qué esperar si sé claramente lo que quiero? —Gruñó Katsuki, pero Eijiro tenía otra perspectiva.

—Te entiendo. Y no me lances esos ojos como dagas; realmente estuve en tus zapatos, colega. Cuando Mina terminó con su novio, no quería saber nada de los hombres en general. Claro que teníamos sexo, pero ella insistía en que bien podría haberse vuelto lesbiana esos días si es que su atracción por las mujeres no fuera nula. Ella no estaba lista para una relación incluso si yo sí lo estaba, y no podía presionarla. Es lo mismo con Izuku para ti.

—Pero Izuku no acaba de salir de una relación.

—No, quizá no, pero… —Eijiro se rascó la nariz, y sus siguientes palabras fueron bien meditadas—. No ha estado del todo solo estos meses antes de que tú comenzaras a trabajar en Plus Ultra. Debes entender que antes él y Mirio iban en serio, eran pareja en todos sus aspectos y definiciones, pero después de romper... Se mantuvieron separados por una temporada, pero era obvio para cualquiera que los conociera que de nuevo se estaban acostando juntos como en los viejos tiempos.

—Izuku dice que eso se terminó.

Y Katsuki le creía. Debía creerle, porque al menos ese era el acuerdo que habían establecido entre ellos dos, de no incluir a terceros y los riesgos que conllevaba.

—Ya, pero... Es un ciclo —masculló Eijiro, como si le pesara ser él el portador de malas, terribles noticias para Katsuki—. Después de romper, Izuku sale en un par de citas y después se estanca, luego vuelve a Mirio una temporada y tarde o temprano vuelven a romper. Luego conoce a otra persona y...

—¿Crees que ese soy yo? ¿El tercero en discordia?

—Me sabe mal decírtelo así, pero eres el número cuatro —dijo Eijiro, torciendo el gesto. Cuatro. Que como japoneses que eran tenía un contexto de mala suerte impresionante—. Y no digo que esta vez no pueda ser diferente, pero Izuku ya ha demostrado un patrón, y creo que depende de él reconocerlo y romperlo.

—Yo lo romperé —gruñó Katsuki, asumiendo el mando de una situación que no le correspondía salvo de manera indirecta—. Yo me encargaré.

Poniendo su mano en el hombre de Katsuki, Eijiro le dio un apretón. —Mira, no digo que hagas nada al respecto. Sólo te pongo al tanto del cuadro completo para que al menos estés en las mismas condiciones que Izuku y Mirio.

—Eso explica por qué el muy imbécil de Togata no sabe aceptar un ‘no’ de Izuku.

—Ya, esos ‘no’ acaban por convertirse en ‘sí’ con perseverancia —confirmó Eijiro, dejando ir a Katsuki—. Mirio lo sabe y se aprovecha.

—Imbécil...

—Puede ser, pero no negarás que para él Izuku no es un juego, sino un premio a conseguir. Y —se apresuró a agregar cuando el instinto competitivo de Katsuki tomó posesión— no digas que es lo mismo para ti. Si cometes los mismos errores que Mirio, no te sorprenda si al final Izuku te aparta de su lado.

—Tsk, ¿estás de parte mía o de Izuku?

—Oh, yo creo en el amor —dijo Eijiro con una sonrisa fácil y encogiéndose de hombros—. Te deseo lo mejor, colega, pero no me gustaría que ganaras con trampas. A la larga, eso te colocará en la misma categoría que Mirio.

Katsuki puso los ojos en blanco y resopló, pero no se lo reprochó. Eijiro tenía razón, y además, no iba con su estilo. Si conseguía que Izuku lo eligiera, sería por sus propios medios.

—Seguro los demás deben estarse preguntando si salí a fumar la cajetilla entera o un habano —dijo Eijiro, y Katsuki le pasó la mano por el cabello, despeinando su melena puesta en punta con ayuda de productos diversos—. ¡Hey!

—No eres tan malo en asuntos del corazón. Deberías abrir tu propio consultorio cuando esto del fisicoculturismo no funcione.

—¡No me eches la sal, Bakugou!

Y tras un par de frases más de despedida, Katsuki y Eijiro se separaron en direcciones opuestas.

 

Katsuki pasó por la tienda de conveniencia de su barrio para matar esos últimos quince minutos antes de que Izuku llegara a su piso a la hora convenida, y un letrero al lado del mostrador llamó su atención.

—Disculpa —llamó al empleado que en esos momentos escaneaba sus productos—, ¿este servicio está abierto?

—Gojiro, alguien te busca —llamó el cajero a alguien más al fondo de la tienda, y se presentó con Katsuki un individuo grande y mal encarado que hacía honor a su nombre y extendió la mano en su dirección.

Con dedos torpes, Katsuki se rebuscó en los bolsillos hasta dar con sus llaves, y se las entregó.

—¿Cuántas y de cuál?

—Una de cada una.

—Quinientos yenes por cada una y son cinco. Dos mil quinientos yenes, ¿está bien?

—Sí.

—Márcalo, Tenma.

El cajero así lo hizo, y Katsuki se pasó veinte minutos de su tiempo comiendo una bolsa de papas fritas y hojeando una revista de manga que había comprado mientras el tal Gojiro hacía un juego de llaves de cada cerradura importante de su piso. Una del edificio, otra de su puerta principal, la de acceso al cesto de basura comunal, una para la terraza, y la última era a su dormitorio. Que en realidad jamás cerraba, pero Katsuki no quería dejar espacio a las dudas.

Era todo o nada, y él elegía todo.

Mientras esperaba, los ojos de Katsuki vagaron hacia una máquina gashapon de las que había tres en la entrada, y sacudiendo su bolsillo para cerciorarse de que tenía cambio suficiente, salió y escogió aquella que le había llamado la atención en primer lugar.

Incluso para él que era un ignorante en temas de halterofilia, la existencia de All Might no era nueva, porque Yagi Toshinori se había hecho un nombre como portavoz social y rostro público durante sus años de activo como atleta. Su popularidad había disminuido con su retiro, pero no tanto como para que la mercancía con su nombre fuera difícil de encontrar en una ciudad como Tokyo, y aquella máquina de gashapon que entregaba figuras con su cara era la prueba más contundente de que su nombre y renombre todavía eran un elemento permanente en la cultura japonesa actual.

Katsuki depositó las monedas y giró la perilla, poniendo así en acción el mecanismo. Una serie de clics le indicaron que la transacción había sido exitosa, y segundos después tenía en sus manos un pequeño huevo semitransparente en el que se podía apreciar una figurita de All Might con una cadena metálica y un gancho para utilizarse como llavero.

Un llavero para el nuevo set de llaves que en ese momento Gojiro salió de la tienda de conveniencia para entregarle, y que hicieron a Katsuki sonreír.

Que como si se tratara de una señal del destino, Katsuki sintió su móvil vibrar en su bolsillo, y al encender la pantalla para cerciorarse de quién era, su sonrisa se ensanchó más.

 

IM: Salí antes y ya estoy afuera de tu piso.

IM: Sé que estás en el karaoke.

IM: [Una fotografía tomada en un ángulo que no captura la luz en los ojos de Katsuki, tampoco su atención, pero sí el micrófono que tiene en mano y la boca abierta de la que sale una nota poderosa.]

IM: Fue Mina la que me la envió, no te molestes con ella.

IM: Pensó que me gustaría tenerla y tiene razón ;)

IM: ¿Prefieres que nos veamos otro día?

KB: No. Ya voy en camino.

KB: En cinco minutos estaré ahí.

 

En realidad, habrían de ser diez por la distancia entre la tienda de conveniencia y su bloque de departamentos, pero Katsuki emprendió un trote ligero y lo consiguió en tiempo récord.

En la esquina de su manzana, Katsuki disminuyó el paso para ir guardando una a una el nuevo juego de cinco llaves en su recién adquirido llavero, y terminó justo a tiempo al llegar al portal y encontrar ahí a Izuku con las manos en los bolsillos y tarareando para sí una canción que de pronto le resultó a Katsuki de lo más conocida.

—Maldita Mina, ¿también te envió un video? —Gruñó Katsuki, no hacia Izuku por seguro recibir un video de él cantando justo esa melodía, sino contra Mina por hacerlo a escondidas.

—Varios, de hecho. Cantas bien.

—Bah.

Apartándose para dejar a Katsuki abrir el portón del edificio, Izuku perdió la oportunidad de recibir su nuevo set de llaves. Y la escena se repitió de vuelta a la entrada del piso, con Katsuki frunciendo el ceño porque no encontraba el momento adecuado para darle las llaves y decirle que eran suyas.

Tampoco favoreció a su causa que Izuku resoplara con cansancio al dejar la comida que había comprado de paso en un restaurante de especialidades chinas y procediera a contarle de la desastrosa sesión que había tenido con uno de sus alumnos mientras sacaba platos y colocaba los cubiertos en la mesita de la cocina.

—... lo juro, Tamaki es bueno y puede levantar el mismo peso que Mirio, pero su timidez se lleva lo peor de él en cada ocasión. Justo hoy trabajamos en su falta de habilidad para mantener una buena posición con la barra en brazos y público, pero no parece que vaya a funcionar —masculló Izuku, que como siempre que cedía a la presión, convertía su diálogo en un monólogo a la mitad de su volumen y repleto de observaciones sólo para él—. Es decir, ¿cómo puede Tamaki ser tan tímido? No es su primera competición, ya debería estar acostumbrado al público, pero es precisamente por eso que nunca consigue clasificar. All Might ya lo amenazó con sacarlo del equipo olímpico si no consigue superarlo antes del próximo mes y... Lo siento. ¿Te estoy aburriendo?

Con la jarra de té helado en las manos, Katsuki denegó con la cabeza. —No, continúa.

Izuku siguió así por diez minutos mientras los dos se lavaban las manos y después se sentaban a comer. Izuku apenas si probó bocado, en tanto que Katsuki se dedicó a comer, y a asentir y denegar en las pautas que éste le dejaba para ello.

Al final, Izuku liberó un profundo suspiro, y con un dumpling en el aire, masculló: —Sólo espero no tener que ser yo el que le dé la mala noticia a Tamaki si es que esto sigue por el mismo camino...

—¿No es Tamaki amigo de Mirio? —Izuku asintió una vez, el cejo levemente fruncido.

—Ajá.

—¿No has probado en hacer que sea Mirio el que hable con Tamaki? Tú eres su entrenador, y no pongo en duda tus habilidades, pero si las dificultades que tiene Tamaki son personales y no técnicas, quizá le sirva mejor hablar con un amigo y no con su entrenador al respecto.

El dumpling volvió a bajar, e Izuku se pasó treinta largos segundos con los dedos en el mentón y analizando pros y contras de la opción que Katsuki le habían presentado. Por último...

—¿Sabes qué? Podría funcionar.

—No lo habría sugerido si pensara que no lo haría —replicó Katsuki, y a pesar de su tono arrogante, Izuku le agradeció la claridad inclinándose a través de la abarrotada mesita y plantándole un beso en la boca.

—Gracias, Kacchan. Eres el mejor.

—Uh...

Y ajeno al efecto devastador que tenía en él sin siquiera intentarlo, Izuku por fin empezó a comer.

 

Después de la cena y coordinarse para lavar los platos sucios, poner las sobras en el refrigerador y limpiar la cocina (todo un cuadro doméstico que hacía sentir a Katsuki satisfecho con lo que tenía con Izuku), Katsuki prescindió de preguntarle a Izuku si se quedaría a pasar la noche y en su lugar empezó a llenar la bañera.

En un inicio, la pregunta era “¿te quedas?” en un fingido tono de despreocupación. Era una también una invitación a hacerlo, y en una mayoría de veces, algo así de tres sobre cuatro, Izuku accedía. Para Katsuki consistía en una buena proporción de éxito; no ideal hasta que llegara al 100%, pero sabía contar sus victorias, y esa era una de ellas. Esa una de cada cuatro veces se debía a que Izuku no trajera consigo ropa (situación que Katsuki había solucionado mostrándole un amplio cajón en su armario con instrucciones de llenarlo al menos con dos cambios completos) o porque tuviera que estar en su propio piso para alimentar a Kuro.

A ratos se resentía Katsuki con el gato de Izuku por tener su devoción de aquella manera tan inequívoca, pero luego reconsideraba sus celos como algo estúpido, porque era una mascota de la que hablaban, y nada ponía en el rostro de Izuku esa expresión de total felicidad como hablar de su perezoso gato negro que tenía por predilección dormir en sus cojines de color claro y llenarlos de pelos.

Mientras esperaba a que la bañera se llenara de agua, Katsuki contempló diversos escenarios de cómo entregarle a Izuku el juego de llaves de su departamento. Su usual acción (no que lo hubiera hecho antes) sería tirárselas al pecho con esperanza de que las atrapara en el vuelo y mascullar algo como “tuyas, úsalas como quieras”, pero en vista de que la charla con Eijiro le había abierto los ojos a la situación precaria en la que vivía con Izuku, quería algo un poco más... romántico. ¿Quizá?

«Qué tontería, ¿romántico cómo?», se reprochó Katsuki con la vista en la tina, ya llena hasta la mitad de su capacidad. Romance eran flores, chocolates, música de violín y todos esos clichés, no algo tan burdo como un juego de llaves con el llavero de All Might que él tenía en el bolsillo trasero de sus pantalones deportivos y quemándole a través de la tela como una brasa al rojo vivo.

Eijiro en su lugar seguro que pondría las llaves en una caja llamativa y la cubriría con un listón, haciendo de su entrega un evento exagerado, pero Katsuki no podía forzarse a ello. No iba con él, y salirse de su habitual yo no sólo le haría sentirse terriblemente incómodo, sino que Izuku también lo encontraría anómalo y no dudaría en hacérselo saber.

Jugueteando con los dedos por encima de la superficie del agua y que ya estaba por alcanzar el nivel máximo, Katsuki suspiró, y por poco sufrió un infarto cuando la voz de Izuku a su espalda (más cerca de lo que era saludable bajar la guardia) le sacó del trance.

—¿Ocurre algo?

—¡Carajo! —Exclamó Katsuki, metiendo la mano al agua caliente y girándose al mismo tiempo para encontrar a Izuku a una distancia mínima—. ¿Cuándo entraste?

—Hace unos segundos. No quería interrumpirte, pero el nivel del agua-...

—¡Mierda! —Maldijo Katsuki, cerrando el grifo con más fuerza de la necesaria.

—Y pensé que el que estaba estresado era yo, pero... —Con un suspiro, Izuku regresó sus pasos para cerrar la puerta y se despojó de su camiseta.

—¿Qué haces?

Izuku apoyó las manos en su cadera unos segundos antes de meter los pulgares en su pantalón deportivo y tirar de él junto con los bóxers hasta el piso.

—¿Y a ti qué te parece que hago? —Haciendo equilibrio en un pie y luego en otro para quitarse los calcetines, Izuku no se mostró tímido de estar desnudo frente a Katsuki. No sólo su cuerpo estaba esculpido con horas de trabajo en el gimnasio, sino que además Katsuki ya había recorrido cada centímetro de su extensión utilizando sus ojos, labios y dedos; no quedaba nada nada nuevo por explorar, inclusos si cada vez resultaba tan excitante como la primera—. Vamos, desnúdate también.

—Pero...

—Te tallaré la espalda —ofreció Izuku al acercarse a Katsuki y sacarle la camiseta con mínima resistencia—. Y así podrás contarme qué te preocupa, ¿ok?

—No me preocupa nada —masculló Katsuki, pero no se opuso, porque la idea de bañarse con Izuku sonaba de lo más tentadora...

Mientras Izuku buscaba el banquillo, Katsuki se despojó del resto de sus prendas y obedeció la orden de sentarse y dejar que Izuku se encargara del resto.

—Ahora que lo pienso, esto puede ser parte de una buena rutina —dijo Izuku haciendo espuma con la barra de jabón y una loofa—. Cena y baño. O baño y cena. El orden da lo mismo.

—Siempre y cuando después haya sexo —murmuró Katsuki, e Izuku aprobó su idea al posicionarse de rodillas detrás de él y plantarle un beso justo entre los omóplatos.

—Si eso te parece bien...

Tras regular la temperatura del agua y mojarlos a ambos, Izuku no perdió tiempo en cubrir a Katsuki de espuma y empezar a tallarle no sólo la espalda, sino también el torso y las extremidades. Para el final dejó su rostro, y eligió un limpiador facial que éste tenía medio escondido y sin etiqueta entre sus artículos de aseo personal.

—Al fin conseguí borrar ese ceño fruncido de tu rostro —dijo Izuku el masajear las mejillas de Katsuki con sus pulgares y ascender a sus sienes en movimientos circulares.

—También una jaqueca —murmuró Katsuki, reticente a revelar cuánto se había visto afectado por su mismo estrés.

—Menos mal que me tienes aquí para solucionarlo.

Luego de terminar de lavar a Katsuki, éste insistió en corresponderle el favor a Izuku, y después se enjuagaron mutuamente bajo el chorro de la regadera. La tina de Katsuki era demasiado pequeña para permitir que los dos cupieran dentro, así que Izuku entró primero unos minutos y después le cedió el lugar con un beso en los labios e indicaciones de relajarse.

—Pondré a lavar la ropa sucia y volveré con una cerveza helada para ti —prometió al salir del baño repleto de vapor, y Katsuki se sumió en la quietud del agua caliente.

Al cabo de unos minutos, volvió Izuku con su cerveza, sí, pero también una expresión cerrada.

—Uhm, encontré dos juegos de llaves en tu bolsillo —dijo como de pasada, dejando al lado de Katsuki un par de toallas mullidas para cuando quisiera salir, y éste le sujetó por la muñeca.

No era así como Katsuki lo había planeado. El momento carecía de romanticismo, pero qué diablos, no había nada mejor que el aquí y el ahora, así que le acarició la cara interna de la muñeca con el pulgar y lo miró directo a los ojos.

—Son tuyas.

—Pero...

—Quiero que las tengas.

—Kacchan...

—Detesto que tengas que esperar afuera cuando vienes y no estoy, así que eso se acabó. Hice copia de un juego y ahora son tuyas.

Izuku se arrodilló al lado de la tina. —¿No es demasiado... pronto?

—Sólo pido que las aceptes —dijo Katsuki—. Para mí significa que eres bienvenido en mi vida y en mis espacios.

Analizando sus palabras y moviendo apenas perceptiblemente los labios en un monólogo consigo mismo, Izuku asintió una vez, y en su mano libre separó los dos juegos de llaves. El que era de Katsuki quedó sobre su palma, pero ese otro con llaves relucientes de nuevas y un llavero de All Might con todos sus colores intactos entró en su dedo anular por la anilla y ahí se quedó.

—Gracias.

Ahora era suyo, igual que lo era ya Katsuki.

 

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Notas finales:
¿Y han notado ya que los arreglos de vivienda de Izuku son muy sospechosos? Katsuki está más que dispuesto a abrirle las puertas a su vida, e Izuku es más reservado al respecto. ¿Qué teoría piensan al respecto? Prometo que la respuesta es buena :)
Graxie por leer~!
10.- "¿Te apetecería quedarte conmigo?" por Marbius

10.- "¿Te apetecería quedarte conmigo?"

 

Aunque le pesaba admitirlo y jamás se enunciaría a favor en voz alta, la verdad es que Katsuki encontró la presencia de Shouto mucho más agradable de lo que siquiera llegó a considerar alguna vez en la vida. Cierto que no eran amigos, y con toda probabilidad transcurrirían mil años antes de que eso ocurriera, pero la rivalidad que sentía por él, matizada con camaradería, se le asemejaba bastante.

Katsuki casi había olvidado la charla que tuviera con Shouto en aquella fiesta de cumpleaños, sobre todo la proposición de éste en hacerle cupo en su clase de principiantes y él mismo obtener a cambio horas de su terapia, pero quiso la suerte que encontrara la tarjeta con su información de contacto en el fondo de su cesta de ropa sucia un día que hizo la limpieza a fondo, y por orgullo más que otra cosa, lo contactó para informarle de los horarios que dispondría para los próximos tres meses.

En esta ocasión, Katsuki había decidido mantener la mayoría de sus clases en el mismo horario, pero mover sus entrenamientos privados para que así sus horas de descanso coincidieran mejor con las de Izuku. El resultado no había sido perfecto, pero al menos podían almorzar juntos una mayoría de los días en lugar de nunca como antes. Izuku por supuesto que lo notó, e incluso si Katsuki prefería morderse la lengua antes que confesar su participación activa en aquellos cambios, le demostró su agradecimiento haciendo que ese tiempo libre del que ahora disponían contara para algo.

Claro que con las ventajas también venían las desventajas, porque así como Katsuki había celebrado pasar de nivel y ahora estaba en la clase de yoga intermedio, también tuvo una pseudocrisis cuando tuvo que mover a Shouto del nivel principiante al intermedio y luego avanzado con los circuitos de crossfit que tenía preparados para los alumnos de ese nivel le resultaron demasiado fáciles.

Debajo de su apariencia anodina, Shouto tenía músculos, fuerza y destreza equiparables a las de Katsuki, y aunque perdió en una competición que éste le hizo pasar contra él para ganarse su puesto en la clase de avanzados, a éste no le quedó de otra más que admitir que Shouto se desperdiciaría en cualquier clase que no fuera la avanzada y le dio la autorización de hacer el cambio.

Por su cuenta, Shouto no se regodeó al haber alcanzado el último nivel de crossfit en apenas tres sesiones, sino que le pidió a Katsuki tips para mejorar sus tiempos y consejos para aumentar su resistencia.

A cambio Shouto se mostró bastante paciente cuando Katsuki asistió a terapias con él. Shouto estaba especializado en terapias de frío y calor que eran perfectas para combatir con el cansancio extremo en atletas de alto rendimiento, y aunque Katsuki no participaba en competiciones desde hacía un par de años, el uso constante de su cuerpo durante las clases y los entrenamientos lo tenían en una etapa de desgaste.

—Es un milagro que no estés agotado debido al ritmo de vida que llevas —comentó Shouto, que luego de hacer entrar a Katsuki por cinco minutos en una bañera con agua helada, ahora masajeaba sus pantorrillas con aceite caliente—. Aunque claro, el yoga también hace lo suyo.

—¿Y tú qué sabes de eso? —Gruñó Katsuki, tendido sobre su estómago y laxo ante el toque preciso de Shouto.

—No creerás que eres el único que asiste a clases de yoga, ¿o sí?

—No recuerdo haberte visto por ahí.

—Ya. Es que yo estoy en nivel avanzado —dijo Shouto sin vanagloriarse, pero presionando un nudo cerca de la rodilla de Katsuki que provocó en éste una reacción brusca de levantar la pierna y casi patearlo.

—¿Y Mirio no está contigo? —Ironizó Katsuki, pues no le sorprendería. Creía recordar que Ochako había tomado una ruta similar que todos ellos al tomar clases con Izuku, aunque ella estaba en nivel medio de pilates en lugar de yoga.

—Mirio no tiene tiempo, está entrenándose para el verano igual que el resto del equipo olímpico —dijo Shouto sin captar la burla—, aunque creo que lo dejó apenas terminar el primer curso de yoga. Podrías preguntarle a Izuku.

—Paso —resopló Katsuki, y no sólo porque el tema de conversación sería impensable, sino porque Shouto cambió de pierna y al instante encontró el punto de tensión en su músculo—. ¡Ah, joder!

—Intenta respirar —aconsejó Shouto—. Estas primeras sesiones serán las más dolorosas, pero me lo agradecerás.

—Lo dudo...

Pero dicha fuera la verdad, luego de dos semanas de pasar por el tratamiento que Shouto proveía, Katsuki se sentía como nuevo. Desde al menos seis meses atrás que Katsuki se lamentaba de lo que su abuela habría definido como ‘nervios encogidos’ y que era tensión en los tendones por exceso de uso, pero Shouto se las había arreglado para distenderlos, y con una maestría que sólo podía ser prueba de un arduo estudio y práctica, casi dejado en las mejores condiciones de las que alguna vez había disfrutado.

Con agrado descubrió Katsuki que la terapia de Shouto en verdad disminuía el cansancio diario, y que su tiempo de recuperación era menor incluso al que obtenía sólo con descanso, por lo que no hesitó en compartir su recién descubrimiento con Izuku.

—Duele como los mil demonios, pero me siento mejor que nunca —dijo Katsuki durante uno de sus almuerzos que ahora compartía con Izuku, y éste lo escuchó atento y con una media sonrisa en labios.

—Me alegra que pienses igual.

—Sí, porque-.... Espera. —Katsuki frunció el ceño—. ¿Cómo que ‘igual’?

—No eres el único que va a terapia con Shouto —dijo Izuku, levantando con sus palillos un puñado de fideos de su tazón y sorbiéndolos ruidosamente.

—Así que llevas terapia con dos de tus exes y entrenas a un tercero —enumeró Katsuki, poniendo en claro información que ya tenía pero que nunca como antes le había calado de pronto.

—¿Te molesta? —Lo retó Izuku, y por una vez pudo Katsuki ser honesto.

Liberando los músculos de la cara y el cuello, Katsuki siguió el consejo de Shouto de por una vez soltar su mandíbula y no rechinar los dientes hasta casi triturarse los molares. El cambio tenía que ser consciente para llevarse a cabo, pero le estaba ayudando con las jaquecas que de vez en cuando tenía y que desde que hacía un esfuerzo por no apretar la quijada apenas si habían estado presentes.

—No diré que estoy del todo contento, pero... Al menos con Ochako y Shouto lo entiendo.

—¿Así que Shouto, uh?

—No podía seguir llamándolo Todoroki por siempre.

—Ya, pero escuché de él que preferías llamarlo ‘idiota bicolor’.

—Tsk, lo haré sufrir en el circuito de cuerdas por irse de lengua...

—Dudo que puedas hacerlo. Si hay alguien en Plus Ultra que pueda estar a tu altura, ese es Shouto.

Ya fuera porque Izuku lo dijo en un tono de total convicción que no admitía oposición o porque el mismo Katsuki ya se había percatado que Shouto era una fuerte competición cuando se trataba de ellos dos en la pista de crossfit, no se lo refutó. En cambio tomó nota de entrenarse todavía más, y demostrar al final que él seguía siendo el mejor.

No sólo en los entrenamientos, sino también para Izuku.

 

Julio en Tokyo resultó ser mucho más caluroso de lo que Katsuki recordaba.

Para mal que el verano en Sapporo apenas podía contarse como tal, porque las temperaturas eran templadas y generalmente no ascendían más allá de los 25ºC en los días más calurosos del año. Katsuki podía incluso recordar algunas madrugadas de julio en Sapporo que le habían puesto la carne de gallina, y de paso hecho lamentar su elección de ciudad porque lo suyo era el verano y el calor, pero se lo iba a reconsiderar ahora que Tokyo estaba alcanzando niveles de récord en cuanto al sofoco y la humedad que se sufría en el ambiente.

Katsuki ya había olvidado lo mucho que podía asemejarse Tokyo a una jungla, aunque bien podría decirse que una artificial jungla de concreto en donde el pavimento quemaba incluso a través de los zapatos.

Conforme la temperatura subía día a día a partir de mediados de junio y con ello el inicio oficial del verano, Katsuki aprendió a lidiar con el calor de la mejor manera que conocía: Instalando una unidad de aire acondicionado en su piso, manteniéndose hidratado con bebidas frescas, y vistiendo ropa ligera en colores claros. El calor no iba a poder con él, incluso si para ello tenía que cargar con una botella de agua y rellenarla en cada ocasión posible.

Por fortuna las instalaciones de Plus Ultra contaban con clima regulado, y sus únicos momentos de verdadero suplicio eran los trayectos que hacía de su piso al trabajo y viceversa, plus el ocasional viaje a la tienda de conveniencia y las tardes alternadas en que él e Izuku tenían por preferencia salir a correr en un parque cercano, pero la suerte de Katsuki llegó a su fin una noche que volvieron empapados de sudor y descubrieron el interior del departamento como un horno y al aire acondicionado sin funcionar.

—Oh, tiene que ser una jodida broma de mal gusto —resopló Katsuki, presionando con excesiva fuerza los botones del control remoto y dirigiéndolos al aparato, que ni siquiera daba señales de estar conectado a la electricidad—. ¡No me jodas!

—¿Todavía tienes los papeles de la garantía? —Preguntó Izuku, no en mejor estado de él, con la camiseta pegada al cuerpo y estirándose el cuello para soplar aire sobre su pecho.

—Debe de estar en ese cajón —señaló Katsuki la mesita de noche.

Porque el espacio en su piso era poco, Katsuki se había contentado con comprar una unidad grande en lugar de dos pequeñas, y ahora lamentaba como nunca su elección porque estaba jodido.

Simple y llanamente estaba jodido.

Si el aire acondicionado no encendía, no creía poder pasar la noche en su piso. El aire caliente que se había acumulado a lo largo de un día soleado y sofocado hacía que estar adentro de esas cuatro paredes costara respirar, y Katsuki abrió varias ventanas para buscar cualquier brisa de aire que aliviara su malestar, pero sin mucho éxito.

—Llama al servicio al cliente —le entregó Izuku la póliza de garantía—. Yo iré por algo de beber para los dos.

Haciendo un esfuerzo por controlar su temperamento explosivo, Katsuki marcó el número y se mantuvo en línea por la siguiente media hora mientras operadora tras operadora lo conectaban a otra extensión y trataban de solucionar su problema.

Paciente esperó Izuku con él, sirviendo té helado para los dos y sugiriendo que se acercaran a la ventana para tener al menos un poco de aire fresco a su disposición.

Al final el resultado terminó por ser lo que Katsuki se temía: El sistema eléctrico de varias manzanas a la redonda (la suya incluida, por desgracia) había sufrido una sobrecarga de servicio, y al cortar y volver a poner el servicio en marcha, algo todavía por especificar le había ocurrido a su unidad de aire acondicionado. Enviarían un técnico, y ya que la garantía tenía menos de treinta días se la harían válida en su totalidad, cambiando el aparato por uno nuevo sin coste alguno. Lo cual en perspectiva sonaba de lo mejor porque no colocaba culpa alguna sobre Katsuki, pero venía con una desventaja...

—¡¿Cómo que de tres a cinco días hábiles?! —Rezongó Katsuki sin poder morderse más la lengua.

Era miércoles, lo que implicaba que mínimo debía esperar hasta el lunes siguiente antes de que todo volviera a la normalidad.

—No puede esperar que pase de tres a cinco días hábiles en este calor —gruñó Katsuki—. Ni siquiera tengo un ventilador.

Izuku le tocó el brazo, y aunque su toque lo irritaba por proveerle más calor humano del que se sentía capaz de tolerar en esa onda calurosa de julio, Katsuki se forzó a cerrar los ojos, contar hasta tres, y disculparse con la pobre operadora que ni culpa tenía de los desperfectos ocurridos. Ella era sólo una voz en alguna parte de Tokyo a la que seguro no se le pagaba lo suficiente para tolerar aquel tipo de trato, y Katsuki se disculpó lo mejor que pudo por su exabrupto.

—Lo siento. Estoy sumamente frustrado, pero sé que hace lo que puede... Sí, de nuevo me disculpo... Oh, no será necesario... Claro. —Con su mano libre, Katsuki tocó a Izuku y movió los labios en un insonoro ‘gracias’ mientras recitaba sus datos de contacto y la información de su casero para que abriera el piso cuando los técnicos vinieran a hacer el cambio en horas de oficina. Katsuki también dio su número, y tras una última disculpa, finalizó la llamada.

—Hey... —Se pegó Izuku más a él y le acarició el rostro.

—Lo lamento —murmuró Katsuki, eludiendo su mirada—. No quería que me vieras así. Es sólo que... Esto apesta.

—Seh...

—Hace un calor de los mil demonios —resopló Katsuki—, así que tendré que dormir un par de noches en un hotel. Entenderé si prefieres no hacerme compañía mientras todo esto se normaliza.

Mirándolo directo a los ojos, Izuku se mordió el labio inferior un par de segundos mientras los engranajes de su cabeza trabajaban a toda su capacidad. Katsuki sólo había visto ese gesto (que en su opinión era de lo más seductor sin que su dueño lo planeara de esa manera) cuando su cerebro trabajaba elaborando planes y no quería delatarse en sus acostumbradas murmuraciones.

Katsuki ya casi se había hecho a la idea de tener que empacar ropa para una semana y resignarse a la incomodidad de vivir en un sitio tan impersonal como un hotel, pero Izuku le ofreció la solución más simple y a la vez más sorpresiva de su repertorio.

—Bueno... —Dijo con inseguridad, dos manchones rojos apareciendo en sus mejillas—. Si no te importa compartir el lado derecho de mi cama y los pelos de gato negro por doquier... ¿Te apetecería quedarte conmigo?

Con los ojos desorbitados por la repentina oferta, Katsuki se quedó sin palabras.

 

Katsuki se había hecho de varias teorías que explicaran por qué Izuku todavía no lo había llevado a su departamento en los dos meses y medio que tenían de conocerse.

La opción de que estuviera demasiado lejos como para hacer viable el viaje había sido la primera en descartarse. Izuku daba muestras de conocer la zona a la perfección, siempre sabedor de los mejores cafés, restaurantes, supermercados y tiendas diversas de la zona, así como de promociones y ofertas, que delataban que aquel era su distrito. Así que lo siguiente había sido suponer que se sentía avergonzado, pero... No era una mala zona. No se acercaba a los sitios de lujo que podían encontrarse en otros distritos, pero no en balde la renta era elevada y los beneficios amplios, así que tampoco podía ser eso. Lo siguiente que pensó Katsuki es que Izuku no lo quería ahí. Tan simple como eso, y sin embargo, Izuku jamás le daba la impresión de cansarse de su compañía y no ponía reparos en estar en su piso siempre que le era posible.

El tema había sido uno que durante sus conversaciones pocas veces salió a colación. Izuku hablaba muy poco de su hogar, y las pocas veces que lo hacía era de pasada como “volveré a mi piso por una muda de ropa” y “tengo que marcharme, seguro que Kuro debe estar maullando de hambre”, sin entrar en detalles. Las pocas fotografías que Izuku le había mostrado a Katsuki de su gato revelaban poco del entorno en el que el animal vivía. Trazas de un sillón, un cojín, la ventana con cortinas (no persianas) donde le gustaba sentarse a tomar el sol y en donde se podían apreciar un par de macetas.

Era tan poco que casi podía decirse que era nada.

Todo eso cruzó la mente de Katsuki cuando luego de aceptar la propuesta de Izuku se dedicó a empacar una maleta con sus objetos personales.

—¿Estás seguro que...? —Katsuki no consiguió terminar la oración. De frente a sus cajones y con la maleta abierta a su lado, no tenía claro si debía empacar para una noche, tres o cinco.

—En verdad que el cuarto está sofocado —exhaló Izuku, que sentado a la orilla de la cama esperaba a que Katsuki terminara de empacar.

—Uhm... —Katsuki escogió ir a lo seguro. Ropa para dos días, por si acaso la oferta de Izuku era momentánea, un desliz del momento por la imprevisibilidad de las circunstancias. Al fin y al cabo, siempre podía volver a su piso por más mudas de ropa y hacer la colada.

Con su maleta lista y un sentimiento de incomodidad que no hacía más que crecer bajo su piel, Katsuki declaró estar listo e Izuku dijo las dos palabras mágicas.

—En marcha.

 

Afuera se había hecho de noche, y el calor del día había disminuido a los límites tolerables ahora que soplaba una leve brisa y sus cuerpos volvían a la normalidad después del ejercicio.

Katsuki cargaba sobre su espalda el maletín de deporte donde llevaba sus pertenencias, y en el pecho su corazón constreñido con nervios porque Izuku se estaba mostrando callado, muy distinto de su habitual yo parlanchín que a veces hasta a él podía recordarle el zumbido constante de un panal de abejas.

Luego de tres calles recorridas, que no eran muy distintas de la ruta que seguían para ir a Plus Ultra en las mañanas en que Izuku se quedaba a dormir en su piso, Katsuki se frenó de golpe, y con las manos en los bolsillos reveló los pensamientos que discurrían por su mente.

—Si la oferta de quedarme en tu piso esta noche es por compromiso... Te libero de ella. Lo que sea. Pero habla, Izuku, porque no creo poder soportar más este silencio.

Katsuki habría preferido no tener que ser tan abrupto con sus palabras, pero así era él. Brusco, con los bordes afilados y caustico; Izuku así lo conocía, y no sería justo para ninguno fingir lo que no era para hacer de ese momento uno más sencillo.

Deteniéndose a un par de pasos de distancia, Izuku exhaló y cuadró los hombros antes de darse media vuelta y encararlo.

—Estoy nervioso —dijo sin bajar el rostro o desviar la mirada—. Creí estar haciendo un buen trabajo para disimularlo, pero... Veo que no.

—¿Eso era disimular? Porque eres terrible. Jamás te dediques a la actuación —gruñó Katsuki, todavía con los pies afianzados en la acera y en espera de una respuesta—. ¿Y bien? Todavía no es tarde para reservar una habitación de hotel y olvidar todo esto.

Izuku reaccionó reduciendo la distancia que los separaba y plantando su mano con la palma abierta justo en el centro de Katsuki, en su esternón.

—No.

—¿No?

—Quiero que vengas. Es sólo que... —Izuku suspiró, y sus facciones se suavizaron—. Supongo que debo darte una explicación al respecto.

«Hemos llegado a un entendimiento», pensó Katsuki, pues creía lo mismo, pero ni en un millón de años habría forzado a Izuku a decírselo si éste primero no lo proponía.

—Pero no aquí —prosiguió Izuku—. No es una charla que quiera tener en la calle.

—Al mal paso darle prisa —dijo Katsuki, el tomar la mano de Izuku con la suya y entrelazar sus dedos.

En Tokyo, la visión de dos hombres juntos de manera romántica no era todavía de lo más común. Quizá habría partes del mundo en que las relaciones del mismo sexo no levantarían murmuraciones o cejas alzadas, pero esa no era su ciudad por muy cosmopolita que pudiera considerarse la urbe de Tokyo. Y sin embargo, Katsuki no se cortó de hacerlo. Intuía que Izuku necesitaba de su roce casi tanto como él del suyo, y así lo comprobó cuando éste le dio un apretón y reemprendieron la marcha.

Igual en silencio, pero esta vez era mutuo y acordado.

 

Sus pasos hicieron un desvío al de su rutina matutina cuando se dirigían a Plus Ultra. Katsuki tomó nota de la calle en la que Izuku los hizo girar, y en lo cerca que se encontraba de la estación del tren. No era la primera vez que sus pisadas lo llevaban ahí, porque en el pasado Izuku le había contado de un puesto de takoyaki que vendía la mejor variedad con picante de la zona, y juntos habían pasado por ahí una de tantas noches a cenar.

Costaba creer que Katsuki no hubiera adivinado antes la razón por la cual Izuku parecía conocer la zona mejor que la palma de su mano, pero él mismo decidió centrar su atención en otros asuntos de mayor relevancia en esos momentos, como lo era la mano sudorosa de Izuku entre la suya y el tic nervioso con el que se mordía el labio inferior para no caer en el mal hábito de hablar para sí en voz baja.

Katsuki procuró aliviar la atmósfera con un comentario ligero. —Los árboles de ese parque seguro que dan buena sombra, ¿no?

Como si saliera de un trance, Izuku guió la mirada en la dirección que Katsuki señalaba, y la tensión en sus hombros pareció reducir.

—Puedes apostar que sí. —Una pausa—. ¿Crees que alguna vez podríamos hacer un picnic por ahí? Desde aquí no se ve, pero hay un estanque y... Siempre he querido ir.

—Claro —accedió Katsuki con facilidad, dándole un apretón en la mano. Cualquier ocasión que fuera una primera vez para Izuku y que la compartiera con él era siempre motivo de orgullo para él.

En la quietud de la noche y disfrutando como nunca de la compañía de Izuku, a Katsuki no le habría importado continuar caminando hasta el amanecer, pero en realidad sólo caminaron un par de calles más antes de que Izuku redujera la velocidad y terminara de frenar no frente a un bloque de apartamentos como éste habría esperado, sino una casa.

—¿Es aquí?

—Aquí vivo —confirmó Izuku, señalando la placa donde podía leerse Shuzenji, pero abajo había un cartoncillo donde estaba escrito Midoriya.

—Pensé que...

—Lo sé —masculló Izuku por lo bajo—, y te debo una explicación. Hablemos adentro, ¿sí?

—Ok.

La casa de Shuzenji (sea quien sea la persona o familia que viviera ahí) era al estilo tradicional japonés, con muros de piedra y una entrada principal que conducía a la residencia, pero tenía dos caminos de piedra claramente diferenciados entre sí, pues uno de ellos, el secundario, conducía a una vivienda apartada de la casa central y que bien podía contarse como un departamento.

Izuku mismo así lo confirmó. —Ahí es donde yo vivo —dijo al dirigirse a la construcción, que comprendía una vivienda de madera con dos pisos—. Es pequeña, pero cómoda.

Katsuki la evaluó con la mirada. Sí, era pequeña, pero similar a cualquier apartamento que pudiera encontrarse en la zona. Y ya que estaban en eso, sí, contaba como un bloque de pisos, incluso si sólo era uno y habitaba en él un único inquilino. Bueno, un residente y su gato.

—Ah, ese tiene que ser Kuro —murmuró Katsuki al ver el gato negro que desde la ventana del segundo piso los miraba de lo más indolente.

Por su pelaje negro y haberse ocultado ya el sol, seguro que habría de ser casi imposible de reconocerlo tras el cristal y en las sombras, pero sus ojos claros relucían fantasmagóricamente a través del cristal.

—Sí, ese es Kuro —confirmó Izuku al sacar sus llaves y abrir las puertas.

Como si la llegada de su amo fuera el único motivo válido para abandonar su sitio de pereza, Kuro había bajado con prisa por las escaleras y en esos momentos se restregaba contra las piernas de Izuku hasta que éste se agachó y le acarició debajo de la barbilla.

—Ya estoy en casa, Kuro —saludó Izuku al gato, y como si el animal pudiera comprender el lenguaje humano, ronroneó en respuesta—. Traje compañía, ¿sabes? Es Katsuki, mi... —Pero su siguiente palabra quedó oculta tras un maullido agudo.

Si se había referido a él como amigo, colega, amante o novio, Katsuki no lo sabría jamás debido a la impertinencia del gato, pero no le importó. Kuro desafió las expectativas de Izuku por no ser un animal sociable al refregarse también contra las piernas de Katsuki y aceptar que éste le pasara la mano por detrás de las orejas y luego por el cuerpo, arqueando la espalda con gusto por las caricias.

—No suele ser así con los desconocidos —dijo Izuku al entrar a la casita y encender las luces.

Katsuki se preguntó a quién más había conocido a Kuro de las personas importantes que habían entrado y salido recientemente en la vida de Izuku, y si valdría la pena vanagloriarse de ese logro, pero entonces la iluminación reveló el interior de la casita y su atención se centró en el entorno que por fin le era permitido conocer.

No había mucho, aunque tampoco es que el espacio lo permitiera. El genkan era apenas un espacio existente, y lo único que adornaba el recibidor era una mesa y un platito de cerámica donde Izuku dejó sus llaves.

—Pasa —le indicó con timidez, y fuera de su costumbre colocó Katsuki los zapatos en orden antes de pasar.

Realmente no había mucho para admirar. La planta baja consistía en una cocina a la izquierda, una salita a la derecha, y era todo. En medio estaban las escaleras y lo que él suponía un baño.

—Es pequeño, pero cómodo. Acogedor —dijo Izuku como si quisiera disculparse, y Katsuki no se le permitió.

—Es agradable.

—Uhm, gracias. ¿Quieres subir y conocer el resto?

Katsuki accedió con un asentimiento; sentía la garganta demasiado seca para su gusto, pero no quería arruinar el momento pidiendo un vaso con agua.

Las escaleras eran empinadas y planeadas para alguien de baja estatura, como comprobó Katsuki al subir y en los últimos peldaños golpearse la cabeza con el techo del segundo piso.

—Cuidado —le dijo Izuku, que pasó sin problemas gracias a los centímetros que les separaban—. A Shouto le pasó lo mismo.

—¿Shouto estuvo aquí? ¿Cuándo?

—Erm, cuando me ayudó con la mudanza.

—Ah. —Katsuki exhaló—. ¿Y Mirio? ¿Mirio ha subido estas escaleras?

—No.

—Vale.

El piso superior tenía el tamaño ligeramente mayor al de una recámara promedio. En una esquina tenía Izuku un escritorio, y repisas por doquier con algunas figuras de acción, que vistas más de cerca eran de All Might en sus tiempos de mayor popularidad como celebridad menor. Izuku era su fan antes que su discípulo, eso estaba claro, a juzgar por el póster que tenía colgado en la puerta y que estaba autografiado con una dedicatoria personalizada que incluía su nombre.

—Espero no te moleste dormir en futón —dijo Izuku, tirando de la puerta corrediza del clóset—. Subir una cama con esas escaleras era una locura, y en realidad dormir sobre el tatami es reconfortante.

—En lo absoluto.

Abstraído en absorber todo lo que le rodeaba, Katsuki se acercó a un mueble con cajones que reconocía de las fotografías de Izuku y en donde Kuro solía recostarse a tomar el sol. En verdad daba a la ventana, y seguro que de día daría la impresión de estar en un lugar elevado.

Qué idiota había sido asumiendo que Izuku vivía en un piso, cuando en realidad éste nunca había compartido información al respecto.

—Tengo balcón —dijo Izuku de pronto, recorriendo las cortinas para mostrar ventanas de piso a techo—. No es que sea la gran vista, pero...

Katsuki aceptó su invitación, y aunque el espacio era mínimo y estaba abarrotado de plantas en macetas, se descubrió pensando que era genial estar ahí esa noche con Izuku, la brisa del verano colándose entre sus dedos y trayendo consigo el ruido de Tokyo, la ciudad que nunca se apagaba.

—¿Me contarás cómo terminaste aquí? —Preguntó Katsuki luego de unos minutos, consciente que era una historia importante y a la que ahora tenía derecho siendo que el propio Izuku lo había traído con él a casa.

—Sí.

—Ok.

Pero mientras tanto, disfrutarían de la noche y el viento.

 

Izuku se disculpó por no tener gran cosa en la cocina (“lo admito, me he vuelto dependiente de tu comida y salir contigo a cenar”) así que pidieron sushi a domicilio, y mientras esperaban al repartidor, tomaron turnos para bañarse.

Katsuki fue el primero, y al salir descubrió que Izuku había encendido el aire acondicionado y dispuesto en su salita el televisor y un cojín para que él se sentara frente a la mesa baja.

—No me tardaré.

—Izuku. —Katsuki tiró de su brazo, e impulsándose de rodillas alcanzó su boca en un beso—. No te tardes.

Con las orejas rojas, Izuku así lo prometió y lo cumplió.

Katsuki no buscó ningún programa en la televisión, sino que puso un canal cualquiera y se dedicó a acariciar a Kuro, que curioso de su nuevo visitante, se sentó en su regazo y se conformó con ronronear de gusto.

—Si se lo permites, va a llenar tu ropa de pelos negros —dijo Izuku una vez que salió de la ducha y con una toalla sobre los hombres se secó el cabello.

Los dos vestían ropa de casa, y no era muy diferente a la intimidad que se vivía en el piso de Katsuki cuando Izuku se quedaba a pasar la noche, pero ambos sabían que lo era, y que tenían que charlar al respecto.

Sentándose frente a Katsuki en la mesita baja, Izuku cruzó las piernas y suspiró. —¿Prefieres hacer preguntas ahora o después de que te cuente mi historia?

—Después. —Ah, la sequedad de garganta había vuelto, y Katsuki podría haberla ignorado, pero Izuku lo notó y se puso en pie para preparar un té—. No será necesario.

—Insisto. La comida todavía falta en llegar, y a mí también me vendría bien un té.

Tras poner la tetera eléctrica a funcionar y dejar las dos tazas listas en la encimera, Izuku volvió a sentarse y empezó su relato.

—Antes que nada debes de saber que Shuzenji es una tía lejana de All Might y fue la cirujana que trató mi brazo cuando ocurrió el accidente. Es una mujer ya mayor que todavía insiste en trabajar en el hospital, y hoy está de turno, así que quizá la conozcas en la mañana.

—Ya veo.

—Yo... Cuando terminé con Mirio necesitaba de un sitio dónde vivir, y Shuzenji fue tan amable de ofrecerme su casa de huéspedes. La renta es ridícula, y a cambio me pide ayuda con un par de labores de mantenimiento que no me importa hacer.

—¿Y qué no podías buscar un sitio más...? —Grande. Propio. Apartado. Los adjetivos se sucedieron uno tras otro, porque Katsuki seguía sin entender cómo Izuku prefería ese tipo de acuerdo sin importar que la renta llegara a ser casi simbólica.

—No quería estar solo —murmuró Izuku, examinándose las manos puestas sobre la mesa—. Antes de venir aquí, vivía con Mirio, y antes de eso con Shouto. También viví con Ochako. Y en cada ocasión fue tan difícil decir adiós, empacar mis pertenencias en cajas y... Tal vez realmente nunca aprendí a vivir por mi cuenta, porque aceptaba encantado después de cada rompimiento empezar una relación nueva y mudarnos juntos, formar un nuevo hogar...

«Justo como hiciste conmigo», pensó Katsuki al rememorar la facilidad con la que Izuku se había hecho un espacio en su vida; en su piso y corazón por igual. Sólo recorriendo un patrón con el que ya era más que familiar porque resultaba que era la cuarta vez (o quizá más) que lo llevaba a cabo.

Izuku pareció adivinar la clase de pensamientos que discurrían por la mente de Katsuki, porque se apresuró a corregirlo, pero casi saltó cuando la tetera comenzó a pitar anunciando que el agua estaba lista.

—Yo me encargo —se ofreció Katsuki; lo que fuera para poner distancia entre ambos.

Mientras servía el agua y observaba cómo se teñía del color del té verde, Katsuki inhaló profundo para recuperar la entereza, y después se giró con las tazas para depositarlas sobre la mesa antes de volver a asumir su posición de antes.

—No pienso disculparme o sentirme avergonzado por mi pasado —dijo Izuku cuando por fin consiguió levantar la cabeza y enfrentar a Katsuki mirándolo directo a los ojos—. Viví con Ochako, con Shouto y con Mirio, y en cada ocasión fui yo el que le puso fin a la relación, así que me vi forzado a empacar y marcharme. Perdí tres hogares, pensando que tal vez el siguiente sería el definitivo, y todo porque no alcanzaba a entender que me bastaba a mí mismo.

—¿Y ahora lo tienes claro?

—Creo que sí.

—Sé de buena fe que después de romper con Mirio te seguiste acostando con él. Volviendo y terminando como críos indecisos.

—Sí —confirmó Izuku—, pero eso se terminó hace meses.

—¿Antes de que volvieras a Japón en abril?

Con un rictus de dolor, Izuku desvió la mirada. —¿Quieres saber si estando contigo volví a acostarme con Mirio?

A eso se reducía. Para Katsuki era una respuesta afirmativa, incluso si prometía consigo un dolor exquisito.

Izuku apoyó el mentón en su mano y torció la cabeza. —La noche antes de volver a Japón lo hicimos, y me prometí que sería la última. Que pondría mi distancia y que se había terminado de una vez por todos. Que aprendería a estar solo. —Una risa amarga—. Como puedes ver, sólo conseguí lo primero...

—No puedo quejarme por tu falta de fuerza de voluntad porque-...

Pero entonces el timbre sonó, y la segunda interrupción de su charla arribó en la forma del repartidor de sushi a domicilio que traía su comida.

—Terminemos de hablar cuando vuelva —dijo Katsuki, que ignorando las protestas de Izuku, salió a pagar él con su dinero.

También a respirar aire, y a planear bien las preguntas que iba a hacer.

 

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Notas finales:
Deben de saber que yo vivo en una de las regiones más calientes del mundo. En verano es normal tener 45ºC en un día tranquilo, y superar los 50ºC cuando no. Creo que el récord fue de 58ºC hace un par de veranos, así que pueden imaginarse que mientras escribía este capítulo me dolía el alma por Katsuki. Pero funcionó a su favor, ¿no? Y ahora sí Izuku se abrirá más con él.
Graxie por leer~!
11.- Cohabitación y Shuzenji. por Marbius

11.- Cohabitación y Shuzenji.

 

—Mirio siempre fue un novio excelente, y sólo dejó de serlo cuando rompimos y nos continuamos acostando juntos —dijo Izuku, que iba por su quinta pieza de sushi y las estaba acompañando con una botella de sake que había sacado para facilitar la comunicación.

Katsuki se había encargado de servirle, cuidando meticulosamente las cantidades, puesto que lo quería para ponerlo parlanchín y honesto, no torpe y desarticulado.

—En realidad era fácil... —Continuó Izuku sin mirar a Katsuki—. El piso que rentábamos juntos era grande, contaba con un cuarto de huéspedes al que me mudé con intenciones de que fuera algo temporal. Al menos mientras encontraba otro sitio.

—Pero siguieron teniendo sexo.

—Ajá. —Izuku bebió un sorbito de sake para infundirse valor—. Yo mismo había decidido romper y puesto reglas de profesionalismo ahora que iba a ser su entrenador y todo eso, pero era obvio para cualquiera con dos dedos de frente lo que seguíamos haciendo... Ah, quizá sí habríamos vuelto, quizá si...

—¿Si qué? —Preguntó Katsuki.

—Esos entrenamientos en los Estados Unidos fueron... Nos acercaron tanto, pero yo tenía claro que no iba a funcionar. Nos habíamos distanciado, ya no éramos los mismos. El único aspecto de nuestra relación que seguía intacto era el sexual, y ya no podía más... Fue All Might quien me habló de la casita de huéspedes que tenía Shuzenji y... Vi mi oportunidad y la tomé. Pensé que me haría bien estar por mi cuenta una temporada. Para reflexionar y todo eso.

—Y luego me conociste.

—Exacto. Y luego te conocí, Kacchan —asintió Izuku con ojos cansados—. No puedo decir que lo lamento...

—¿Pero?

—Oh, no hay ningún pero.

«No todavía», pensó Katsuki. Siempre cauto con las palabras de Eijiro en el oído, porque el factor común en todos los exes de Izuku había sido la manera en que éste ponía fin a su relación de improviso.

Sin embargo, Katsuki tenía claro que el que no arriesgaba no ganaba, y que si quería salir de la situación en la que se encontraba debía al menos preguntar, hacer una proposición...

—Todavía no estoy listo para una relación en serio —dijo Izuku, poniendo un alto total a cualquier avance para el cual Katsuki se estuviera preparando.

¡Ah!, y ahí llegó, la primera grieta en su corazón. Eijiro tenía razón, y Katsuki por poco perdió los palillos que sostenía. Del hambre ni hablar, se había esfumado, incluso si no había comido ni la mitad de lo que tenía en su plato.

—No es que la idea me desagrade, en lo absoluto —continuó Izuku, ajeno al cuchillo que le había clavado a Katsuki en el pecho y que ahora parecía tener intenciones de retorcer.

—Pero no soy un buen candidato —suplió Katsuki, utilizando una de las razones por las que él en el pasado había roto con alguno de sus amantes. Realmente el karma existía, y volvía con saña a obligarle a pagar el triple.

Izuku suspiró, y moviendo su plato al frente para hacerse espacio, apoyó los codos en la mesa y el mentón en sus manos. Sus siguientes palabras fueron inesperadas, y le dieron a Katsuki esperanza.

—Me he enamorado de ti, Katsuki.

—Oh...

—Lo cual con mi historial es... penoso como poco.

—Dices que no es una garantía de nadie.

—Digo —enfatizó Izuku—, que me gusta lo que tenemos. Si tuviera que pensar en una analogía, diría que es una semilla, que crece y florece. Que puede que dé frutos, o puede que se marchite. Apenas nos hemos estado viendo desde abril, finales de abril para ser precisos, y... Quisiera ir despacio.

—Antes dijiste que a nuestro ritmo. Que nosotros lo marcaríamos.

—Y eso hacemos, pero ahora mismo necesito ir más despacio porque... —Izuku apretó los labios, y Katsuki podría haber pasado por alto el parpadeo nervioso de sus ojos, pero no en balde estaban juntos incluso si no lo estaban, y adivinó que se contenía las ganas de llorar—. Tengo la impresión de que estamos por entrar a una curva, que el terreno es resbaladizo y que... Podríamos darnos el estrellón de nuestras vidas.

—Y eso sería terrible estando la línea de meta tan cerca, ¿no? —Aventuró Katsuki, colocando su mano sobre la mesa con la palma arriba, e Izuku entendió su gesto al poner su mano encima y sujetarlo con fuerza.

—Sí, precisamente eso.

—Puedo esperar —dijo Katsuki con convicción—. El resto lo tengo ya. Estás conmigo, somos exclusivos, no nos escondemos. Si tan sólo pudieras ser un poco más honesto...

—Lo intento —masculló Izuku—, pero no hay mucho de lo que pueda sentirme orgulloso...

—Da igual. Está en el pasado, y es como has dicho antes, no hay nada de lo que debas disculparte o sentirte avergonzado. Es lo que ocurrió, y ya está. Puedes pasar página, podemos hacerlo juntos.

Izuku se mordió el labio inferior y asintió. —Sí, me gusta la idea.

—Bien.

Y porque ya ninguno tenía hambre pero sí ganas su mutua compañía, trabajaron juntos para limpiar la mesa, guardar las cobras en el refrigerador, y uno detrás del otro (las escaleras eran así de estrechas) pero con las manos todavía conectadas, subir a la recámara.

 

Izuku se disculpó repetidas veces por sólo tener dos futones individuales y no haber aireado el de Katsuki por las prisas, pero éste lo calló con un beso y pronto se olvidaron de sus arreglos para dormir.

En cambio, pusieron a buen uso el futón de Izuku cuando juntos terminaron desnudos y rodando encima de la mullida superficie.

—Uhm, yo... —Jadeó Izuku entre besos, su miembro deslizándose junto al de Katsuki entre sus estómagos—. No tengo... No hay... Hace tanto que yo no... Aquí nunca...

Katsuki se sonrió satisfecho contra su pecho, plantando besos a lo largo de su extensión mientras armaba para sí la historia de Izuku, de cómo éste no tenía condones porque hacía muy poco que se había mudado a aquella casa y no había tenido compañía desde entonces.

—No importa —dijo Katsuki, besando la depresión en la base del cuello de Izuku—, podemos hacer otras cosas.

La propuesta fue bien recibida por Izuku, que no opuso resistencia cuando Katsuki continuó descendiendo sobre su pecho trazando un camino húmedo de besos y lamidas ahí a donde iba.

Sin prisas, Katsuki se detuvo en uno de sus pezones para lamerlo, mientras que con la otra mano masajeó el otro hasta hacer que se pusiera duro como una piedrecita. Izuku arqueó la espalda, y Katsuki se sonrió de satisfacción por su logro.

—Ah, Kacchan —gimió Izuku cuando Katsuki no se detuvo ahí y recorrió una línea invisible hasta llegar a su ombligo, lamiendo aquí y después jugando con su aliento allá, provocándole toda clase de sensaciones.

El punto culminante de su exploración llegó cuando alcanzó sus caderas, y sin perder tiempo, Katsuki besó la punta de su pene y lamió el glande en toda su extensión.

Izuku no estaba circuncidado, y Katsuki no se cortó de utilizar una mano para bajar el prepucio y con su lengua trazar el frenillo hasta que gimiera en una mezcla de placer y dolor.

—Quiero... —Articuló Izuku cuando Katsuki sujetó su pene con una mano y se dedicó a masturbarlo.

—Dilo, Izuku.

—También quiero hacértelo a ti —dijo éste, contrayendo los músculos del estómago—. Al mismo tiempo.

—Mmm, suena divertido.

Maniobrando en el estrecho futón, quedaron recostados sobre sus lados y en perfecta imagen de espejo invertido. Katsuki nunca había probado aquella posición, en parte porque requería cierta similitud en estatura y deseo de ser recíproco que pocas veces había alcanzado con otras parejas. Incluso si Izuku medía menos que él por algunos centímetros, se las ingeniaron para hacer que funcionara, y así quedó demostrado cuando Izuku lo hizo doblar una pierna y se lanzó de lleno a succionar su pene.

—¡Ah, joder! —Katsuki apoyó su frente en el muslo de Izuku y se entregó a las sensaciones.

Izuku practicaba el sexo oral como hacía el resto de cosas en su vida: Con intención de ser bueno, si no es que el mejor, para quien le brindara su compañía. Y Katsuki se tomó como propia la tarea de ser equitativo con él. Abriendo la boca se introdujo su miembro hasta la mitad y succionó un par de veces para habituarse. Izuku fue más impaciente al ondular su cadera, y Katsuki sintió el glande golpear contra su garganta antes de apartarse con una leve tos.

—L-Lo siento —se excusó, pero se valió de una mano para sujetar el pene de Izuku por la base y volver a probar.

La práctica hacía al maestro, y Katsuki se sorprendió conforme pasaban los minutos y se entregaba a las sensaciones. Dar y recibir con idéntico entusiasmo era nuevo para él, pero era un cambio agradable cuando Izuku lo masturbaba con la mano y chupaba primero un testículo y después otro.

Aquella era la primera vez que alguien le hacía eso a Katsuki, y éste se sorprendió al descubrir que le gustaba. Quizá después Izuku pudiera hacerlo de vuelta, pero mientras tanto se contentó con imitarlo y obtener a cambio una serie de gemidos que resultaron música a sus oídos.

—Estoy cerca... —Reveló Izuku en un momento dado, y Katsuki se detuvo para plantar besos en la cara interna de sus muslos.

—¿Quieres que me detenga?

—No.

—Ok.

Rodando sobre su espalda, Katsuki hizo que Izuku se posicionara sostenido en brazos y piernas encima de él. La posición requirió de un par de ajustes, donde Izuku abrió más las piernas para hacer que la altura fuera la adecuada, pero una vez que se sintieron cómodos pudieron proseguir.

Izuku no perdió tiempo en llevarse el pene de Katsuki a la boca, y ayudarse con una mano para masturbarlo mientras su cabeza subía y bajaba a un ritmo rápido y haciendo vacío los más posible dentro de sus mejillas.

Katsuki apreció el esfuerzo por llevarlo al orgasmo al mismo tiempo que él, y fue por ello que trazó una línea húmeda con su lengua justo detrás de sus testículos y con sus dedos esparció la humedad alrededor de esa área. Izuku había demostrado antes ser receptivo con aquellas caricias, así que Katsuki se llevó dos dedos a la boca para mojarlos bien de saliva y después presionó en la abertura de Izuku, atento a la tensión del músculo por la sorpresa inicial, y después a la manera en que se relajaba y le permitía acceso.

Mientras tanto, volvió a llevarse el miembro de Izuku a la boca, y en tándem le practicó sexo oral mientras estimula el punto entre sus nalgas.

En un momento dado, Izuku gimió fuerte y Katsuki sintió las vibraciones en su propio miembro. ¡Bingo! Había encontrado lo que buscaba. Con insistencia, Katsuki mantuvo el ritmo de su mano y su boca, y consciente de que el final se acercaba, Izuku hizo lo mismo sujetando la base de su pene y presionando de manera casi dolorosa el nacimiento de sus testículos.

En una derrota que Katsuki no consideraría como tal, él fue el primero en correrse con la boca de Izuku alrededor de su miembro, y su orgasmo desató una reacción en cadena sobre su acompañante, pues Izuku le siguió de cerca con su propio orgasmo, temblando mientras luchaba por hacer que el brazo y las piernas sobre las que se apoyaba le sostuvieran.

A Katsuki la boca se le llenó de semen, y por un instante tuvo dificultades para respirar, pero decidido a demostrar cuánto le había gustado fue que deglutió y el sabor le resultó tan agradable como otras veces con Izuku.

El propio Izuku hizo lo mismo, ya tras los embates de su orgasmo lamiendo el glande de Katsuki hasta dejarlo limpio del todo antes de ceder bajo su peso y desmoronarse encima de su cuerpo.

—Tu trasero está en mi cara —dijo Katsuki apenas recuperó la capacidad del habla.

—Si te molesta lo quito.

—No dije que me molestara —murmuró Katsuki, admirando aquella pieza monumental, esculpida gracias al esfuerzo del yoga y los pilates—, sólo que estaba muy cerca de mi cara.

—¿Preferirías que estuviera sentado en tu rostro? —Inquirió Izuku, casi burlón.

En respuesta, Katsuki le plantó una nalgada. Apenas un roce, pero sabía que la piel se tornaría rojiza. —Puedes apostar que sí.

—Vale, dame unos minutos para recuperar el aliento y lo hacemos.

Mientras tanto, unidos por una fina capa de sudor, retozaron en la quietud de la noche.

 

Katsuki no conoció a Chiyo Shuzenji sino hasta la segunda mañana que pasó hospedado con Izuku y sólo porque ese día él tenía clases a primera hora mientras que para Izuku no comenzaban sino horas después.

Daba igual porque Izuku se había levantado con él para beber un té, y en una rutina a la que a Katsuki no le importaría habituarse, le despidió con un beso en el genkan.

Tan absorto iba Katsuki en la suavidad de sus labios y la promesa de verse a la hora del almuerzo para comer juntos de los bentous que Izuku se había quedado cocinando, que casi pasó por alto a la pequeña mujercita que estaba arrodillada frente a un seto de rosas que decoraban la entrada y que le dedicó un alegre “¡Buenos días!” que lo sacó de sus ensoñaciones.

—Uhm, buenos días —saludó Katsuki de vuelta—. ¿Señora Shuzenji, correcto?

—Chiyo, por favor. Y tú debes de ser Katsuki Bakugou, ¿te puedo tutear?

—Claro —accedió Katsuki, que de pronto experimentó una oleada de formalidad por la mujer ante él.

De pasada le había comentado Izuku que Chiyo Shuzenji era una especie de abuela honoraria para él, y la manera afectuosa en la que se refería a su casera había predispuesto a Katsuki para tratar de dar la mejor impresión posible frente a ella.

—Uhm, Izuku mencionó que me estoy quedando unos días con él, ¿correcto? Mientras-...

—Mientras hacen reparaciones en el aire acondicionado de tu piso, sí —confirmó Chiyo, limpiándose la frente de sudor mientras continuaba trabajando en sus rosas con unas tijeras de podar—. Puedes quedarte el tiempo que gustes. A Izuku ya le hacía falta compañía además de ese gato suyo. Siempre se lo digo, que un joven tan atractivo como él no debería estar solo, pero... No soy quién para para entrometerme más allá de un par de consejos siempre bienintencionados.

—Supongo... —Dijo Katsuki por tener algo que decir, pero su rostro se contrajo en una leve mueca por su imprudencia.

—¿Eres el novio de Izuku?

La pregunta cogió desprevenido a Katsuki por la simpleza con la que aquella mujer ya mayor la había hecho. Incluso entre las personas de su edad una cuestión de ese tipo se manejaba con discreción, pero Katsuki encontró agradable la manera desparpajada que tenía Chiyo para ahorrarse la monserga e ir directo al grano.

—Algo así.

—Algo así, vaya, vaya... —Resopló Chiyo—. Ustedes los jóvenes siempre con sus complicaciones.

—Estoy trabajando en ello —agregó Katsuki, al menos un poco para resarcir su honor.

Mirándolo directo a los ojos desde su posición casi en el suelo, Chiyo lo examinó por lo que a Katsuki le parecieron horas en su lugar de segundos, y al final asintió para sí.

—Excelente. Esa determinación me gusta.

Sin saber cómo proceder ante aquella aprobación maternal, Katsuki estuvo a punto de despedirse cuando Chiyo agregó algo más.

—Se lo diré a Izuku cuando lo vea, pero te lo digo a ti también ahora —se pronunció Chiyo, volviendo a sus rosas como si nada—. Esta noche prepararé soba helado. Deberían pasar a cenar. Así nos conoceremos mejor los tres, ¿no te parece?

Y ya que se hospedaba con Izuku por cortesía de Chiyo y de paso la mujer le estaba cayendo bien, Katsuki confirmó que así sería.

—Vale, yo traeré el sake.

 

La reparación del aire acondicionado de Katsuki se postergó por otros cinco días hábiles cuando el lunes un tifón golpeó con fuerza aquella área de Tokyo e inutilizó una gran parte de servicios con su destrucción.

En Sapporo lo usual era lidiar con tormentas de nieve, así que Katsuki agradeció el cambio, en especial porque el gobierno hizo un llamado a permanecer en casa y Plus Ultra les dio libres los tres días que duró la tormenta.

Guarneciéndose con comida para sobrevivir durante el temporal, Katsuki, Izuku y Kuro redescubrieron el siempre menospreciado placer de simplemente quedarse en cama disfrutando con todos los sentidos de la lluvia al caer.

En su caso, un futón estrecho para dos, ya no se diga dos y un gato que insistía en maullar como desesperado cada vez que los truenos hacían retumbar los cristales de la casa, pero se las ingeniaron para tomar relevos con Kuro en su regazo y acariciándole el lomo porque al parecer era lo único que conseguía tranquilizarlo.

La cotidianeidad de su estancia en casa de Izuku no agobió a Katsuki como éste se temía, sino que fortaleció en él la certidumbre de que realmente estaban hechos el uno para el otro. ¿Cómo si no su compañía le era grata antes que fastidiosa luego de pasar el fin de semana juntos y luego varios días más con el tifón? Lo que era más, esa reclusión forzada había facilitado para ambos hablar de temas familiares y personales que antes no habían tocado por educación o considerar demasiado prematuro en ese punto de su relación, pero que en esos días y tras la protección de las cuatro estrechas paredes de la casa de Izuku les resultaron de lo más naturales.

Eso sin contar con que la cena en casa de Chiyo salió de maravilla, con Katsuki apreciando de Izuku una buena faceta, donde él era el nieto díscolo y Chiyo la abuela que le reprimía por no cuidarse mejor ese brazo suyo. En medio de ellos dos, Katsuki se sintió a sus anchas y bajó la guardia, satisfecho con el simple papel de observador y sin importarle que cada vez más las raíces que Izuku hubiera echado en él desde el primer día de conocerlo se adentraran más en su corazón.

Katsuki estaba enamorado, y si eso al final le rompía el corazón... Que así fuera. En tiempo presente, esos sentimientos estaban demostrando valer la pena.

 

Katsuki no era tan ajeno a las celebraciones como le daban crédito, así que cuando por turnos Eijiro, Ochako y hasta el idiota de Shouto se acercaron a él para hacerle saber que el cumpleaños de Izuku estaba a la vuelta de la esquina, no dudó en mandarlos a freír espárragos. ¿Por quién lo tomaban acaso? Con al menos un mes de anticipación se había hecho Katsuki con la fecha exacta del nacimiento de Izuku al revisar el calendario de cumpleaños que Koji mantenía al día en la sala de descanso de los empleados, y con el objetivo en mente de esmerarse en su regalo, se había pasado una semana completa revisando Amazon hasta dar con lo que él consideraba que era el obsequio perfecto.

De pasada le había comentado Izuku lo bien que lo había pasado en la pista de crossfit la única vez en la que se había atrevido a completar una vuelta del circuito avanzado. Si cerraba los ojos, Katsuki todavía podía verlo sortear los obstáculos con aparente facilidad, mucho mejor de lo que Shouto hacía ahora incluso si ya tenía un mes asistiendo a clases con él, y demostrando por méritos propios que su condición física no tenía nada que envidiarle al resto.

Era una lástima que por su lesión Izuku no tuviera autorización de Chiyo Shuzenji para enrolarse de lleno en un curso de crossfit. Izuku se lo había contado ya tarde en la noche, los dos acurrucados bajo las mantas de su futón, que si bien había vuelto a adquirir fuerza, destreza y agilidad con el brazo que se había herido, jamás volvería a ser el mismo por mucho que lo intentara.

—Mis días en el crossfit terminaron antes siquiera de empezar —había dicho Izuku de lo más adormilado, su cabeza escondida contra el pecho de Katsuki y una de sus piernas entre las de éste, pero a pesar de lo bajo de su voz y el esfuerzo que hizo para ocultar su desilusión, él lo había oído.

Katsuki recordaba haber leído en una revista especializada en atletas y acondicionamiento físico que existían ayudas mecánicas para aquellas personas que habían sufrido una lesión de importancia. Había sido un artículo que le llamara la atención y que leyera a consciencia, por lo que no era de sorprenderse que años después surgiera del trastero de su memoria como una posibilidad para Izuku.

Por su cuenta hizo Katsuki una labor de investigación para informarse más del tema, y fue así como dio con la tienda virtual de Mei Hatsume, que proclamaba con una galería repleta de fotos conseguir lo imposible con ayuda de sus inventos.

De buenas a primeras, Katsuki se había mostrado escéptico. Lo que él buscaba no era precisamente una prótesis, aunque iba más allá de la manga de presión que Izuku llevaba en el brazo bajo la ropa, pero resultó ser justo lo que buscaba una vez que investigó más a fondo y se cercioró que la fama de Mei Hatsume y lo que ella llamaba “sus bebés” era cierta.

Con ánimo de no rendirse sin primero intentarlo, Katsuki había contactado a Mei luego de ver algunos videos de sus artilugios en acción, y ésta se había mostrado receptiva a su idea de crear un soporte para el brazo de Izuku que fuera a la vez ligero y flexible, pero resistente a cualquier esfuerzo al que lo sometiera. Lo que Katsuki pretendía y que para satisfacción suya Mei comprendió a la primera, era una ayuda para Izuku, que le permitiera moverse con facilidad y lo protegiera a la vez de sus propias limitaciones.

—Es un regalo para mí, uhm, novio por su cumpleaños —había dicho Katsuki a través del teléfono, las orejas calientes por aquella mentira blanca, pues no eran novios per se, pero creía que estaban en buen camino de serlo—. Me gustaría que fuera una sorpresa.

Y la respuesta de Mei Hatsume no lo había decepcionado: —Déjalo todo en mis manos.

Al final, luego de compartir por mensajería instantánea varios planos e ideas de prototipos, Mei se puso manos a la obra con su trabajo y consiguió tenerlo listo una semana antes del cumpleaños de Izuku.

Con un hormigueo en el cuerpo que era el preludio a los nervios que sentía por todo el cuerpo, Katsuki se inventó una segunda mentira blanca para marcharse sin Izuku una tarde después del trabajo, y acudió a reunirse con Mei en un parque público para recibir su compra.

La mujer que esperaba por él en un parque que quedaba en un punto medio para los dos era tal como Katsuki la había imaginado: Efusiva y ruidosa, pero también conocedora de lo que hacía y profesional cuando la situación lo requería.

Haciendo gala de su pasión por la ingeniería, Mei le había explicado el funcionamiento de la pieza que ahora tenía Katsuki en su poder y que de buenas a primeras le costó reconocer.

—Mi socia Melissa Shield me ayudó a mejorar el prototipo del diseño —le explicó Mei al extender frente a él una pieza alargada de material flexible como parecía una mezcla de plástico y metal—. Muéstrame tu brazo.

Katsuki así lo hizo, y Mei lo rodeó con su invento. Lo que en un inicio daba la impresión de ser una especie de venda metálica y rígida, al instante se convirtió en una cubierta que proveía soporte y al mismo tiempo no estorbaba con los movimientos naturales del cuerpo.

—Al principio pensé que mi diseño tendría que llevar correas de ajuste, pero Melissa me ayudó a crear una versión mejorada que se adapte a cualquier persona sin necesidad de tener primero sus medidas —explicó Mei de lo más excitada mientras Katsuki movía el brazo y hacía pruebas para cerciorarse de su utilidad.

Aprovechando un parque cercano, Katsuki hizo uso de algunos de los juegos de niños que había ahí para probar la funcionalidad de la nueva manga ergonómica que tenía ceñida al brazo, y comprobó satisfecho que era justo por lo que había pagado. Colgando de las barras de juego con ese brazo, Katsuki apenas si sentía el esfuerzo, y a la par, la manga no estorbaba en sus movimientos.

—Tienes mi tarjeta para cualquier otra invención que quieras llevar a cabo —se despidió Mei una vez que Katsuki pagó, y con su nueva manga para Izuku emprendió el retorno.

De eso hacía ya un par de días, y Katsuki apenas podía contenerse de no compartir su sorpresa con Izuku.

Sin ser consciente de ello, Katsuki había hecho planes para el cumpleaños de Izuku, que aunque caía en miércoles ese año, no por ello debía pasar desapercibido sin importar que la mañana del jueves ambos tuvieran por delante un itinerario cargado de clases y entrenamientos.

En una visita que hizo al dentista para su limpieza anual, Katsuki había hojeado una revista en la sala de espera que hacía un listado de los mejores restaurantes que había en aquel distrito de Tokyo, y para su cuenta había tomado nota de aquellos que le interesaban por si acaso entre sus ideas estaba salir a cenar juntos y pasar una velada agradable.

«Romántica», se había repetido sin parar. «Ideal para una declaración de pasar al siguiente nivel...»

Aunque de eso último Katsuki no estaba del todo seguro. No de sus sentimientos por Izuku ni de que fueran recíprocos, sino de... Bueno, que éste accediera a darle formalmente un nombre a la relación que mantenían. A Katsuki poco le había importado en el pasado no ser el novio de nadie porque en su opinión el título conllevaba ciertos deberes y obligaciones que no se sentía dispuesto a cumplir con ninguno de sus compañeros de turno, pero que con Izuku era diferente.

Con Izuku él quería experimentar las mieles del noviazgo en todas sus facetas, y con ello en mente hacía planes y más planes para hacer de ese miércoles una fecha especial.

Pero claro, como suele ser en situaciones como esa: Uno propone, pero el destino dispone.

Y en su caso, impone.

 

—No voy a preguntar algo tan idiota como si vienes a la fiesta de Izuku y Mirio, así que, ¿te apunto para llevar hielo? Aunque también nos hacen falta decoraciones... —Dijo Mina, ajena a que sin pensarlo había echado por tierra los planes de Katsuki para el cumpleaños de Izuku.

—¿De qué hablas?

Parados a un lado del bebedero y entre clases, Katsuki se estaba tomando un bien merecido descanso luego de una mañana de intensa actividad física, pero parecía ser que eso era demasiado pedir.

Con un cuaderno en manos y repleto de anotaciones, Mina puso los ojos en blanco. —De la fiesta que haremos para Izuku y Mirio. ¿Es que no te suena de nada?

—Izuku no me dijo nada...

—Duh, claro que no. Es una fiesta sorpresa, pero pensé que Eijiro ya te lo había dicho. Fue lo primero que le encargué —resopló Mina, que sin embargo consiguió reponerse en tiempo récord, y dándole unos golpecitos a la hoja, volvió a la carga—. Entonces elije, ¿hielo o decoraciones?

—¿Por qué es la fiesta de Izuku y Mirio? —Preguntó Katsuki en su lugar, de pronto mosqueado. Según entendía, si se tratara de una fiesta conjunta era por dos razones: Celebraban algo como su regreso (y hasta donde sabía, ni iban o volvían a ningún lugar) o era su cumpleaños y hacían una fiesta doble.

—Porque... —Mina entrecerró los ojos—. De verdad no sabes nada, ¿eh?

—No, y harías bien en explicarme qué pasa antes de seguir insistiendo con las decoraciones y el hielo, caray.

—Vaaale —exageró Mina con una exhalación—. Izuku cumple años el miércoles, ¿estamos?

—Eso ya lo sabía.

—Muy bien —ignoró Mina su comentario—. Y da la casualidad que también es el cumpleaños de Mirio.

Katsuki chasqueó la lengua. Claro, tenía que ser así, y qué suerte tan nefasta la suya.

—De hecho fue idea de Mirio hacer la fiesta. Pero nos pidió que fuera una fiesta sorpresa, no tanto por él porque de hecho será en su casa, sino por Izuku.

Katsuki bufó. —Qué considerado de su parte...

—Hey, normalmente yo también diría eso, pero es lo usual. Mirio siempre organiza unas fiestas geniales en su casa, y este año Izuku va en calidad de amigo. No hay nada de lo que debas preocuparte.

—Seguro —ironizó Katsuki—. Y para nada está en sus planes hacer una jugada en Izuku ya que estemos ahí.

—Mirio no es así. Jamás intentaría nada con el novio de otra persona —le aseguró Mina, firme en su resolución de tranquilizar a Katsuki pero también de defender a Mirio, porque igual que todos en Plus Ultra, era amiga de él, y como tal, estaba en su deber defenderlo.

—Ya. —«Si tan sólo Izuku y yo realmente fuéramos novios», pensó con malestar.

—Ahora que ya hemos aclarado este malentendido, ¿hielo o decoraciones?

—Hielo.

—Genial. Te pasaré la ubicación y la hora de llegada. Aunque igual y podrías ser tú quien lleve a Izuku siempre y cuando sepas ser discreto con la sorpresa.

Katsuki soltó un gruñido. En lugar de preocuparse de eso, Mina debería seleccionar a otra persona para ese papel, porque si de él dependía, en lugar de llevar a Izuku a su propia fiesta de cumpleaños sorpresa en casa de Mirio, antes mejor lo secuestraría para llevar a cabo otros planes.

—Mmm, creo que también se lo pediré a Ochako... —Adivinó a medias Mina la expresión oscura en su rostro, y Katsuki denegó con la cabeza.

—Nah, deja. Yo me encargo.

—Genial. Y revisa tus mensajes, en un rato más te envío toda la información.

—Ok.

Pero nada, absolutamente nada, estaba ok para Katsuki.

 

—Así que... —Empezó Izuku tentativamente, él y Katsuki caminando en dirección a un domicilio que conocía bastante bien, y hasta hace unos segundos, en incómodo silencio.

De sorpresa nada. Katsuki iba vestido con camisa y pantalones de vestir, y lo mismo Izuku. Eso sin olvidar la bolsa de regalo que Katsuki traía en una mano, y la parada en una tienda de conveniencia para comprar hielo que también había hecho lo suyo para arruinar cualquier intento de sorpresa.

—Si ya sabes de qué va al menos actúa sorprendido cuando abras la puerta —gruñó Katsuki. Todavía no habían llegado a la fiesta, y él ya quería marcharse.

Resignado a que no se tomarían de las manos, Izuku había metido las suyas en los bolsillos de su pantalón y suspirado. Con la vista en lo alto y fingiendo que la actitud de Katsuki le tenía sin cuidado, había incluso comenzado a silbar una cancioncilla alegre.

—¿Puedes parar? —Le pidió Katsuki, pues para él poco había que valiera la pena celebrar si iban directo a la casa de Mirio Togata porque éste había decidido organizar una fiesta en honor a su ex cuando el mismo Katsuki no había conseguido reservaciones para cenar con él sino hasta el viernes.

—Es mi cumpleaños —dijo Izuku, parándose de seco en la acerca—, y con tu actitud sólo lo estás haciendo memorable de la peor manera posible.

Katsuki se paró en seco un par de metros delante de él, y apretando los dientes como ya no hacía tan seguido gracias a la intervención de Shouto, bajó la cabeza y masculló sus disculpas.

—Lo siento.

—¿Qué? —Izuku caminó hacia él y se posicionó a su lado—. Perdona, no te escuché. ¿Puedes repetirlo?

—He dicho que lo siento.

—¿Y? —Una pausa—. ¿Por qué lo sientes exactamente?

—Por... —Varias respuestas rodaron sobre la lengua de Katsuki, pero todas ellas justificaban sus acciones, y él tenía claro que de utilizar una de esas no estaría en gracia de Izuku. Lo mejor era ser honesto—. Por estar celoso de Mirio y arruinar tu cumpleaños.

—Vale, que todavía no lo has arruinado del todo, pero si sigues con esa actitud vas por buen camino...

—Lo siento.

—Ya lo dijiste antes.

—¡Pero es que en verdad lo siento! —Rezongó Katsuki, levantando la vista para mirar a Izuku directo a los ojos—. Me gustas, mucho, ¿ok? No tengo ninguna duda de... estar enamorado de ti y... —Cada palabra le costó a Katsuki un esfuerzo supremo, pero ya que habían llegado a ese punto de quiebre, no quería él desperdiciar la oportunidad de abrir su pecho y sincerarse—. Mirio ha hecho esto con intención de conquistarte. Y no lo defiendas, lo sabes tan bien como yo.

—Ya, pero... Vengo contigo, ¿o no? Y al final de esta noche me iré también contigo siempre que quieras.

—Eso quiero.

—¿Entonces cuál es el problema?

—Oh, que soy un idiota —masculló Katsuki en voz baja, e Izuku premió su momento de claridad colocándose de puntas para besarlo en la boca.

—Bueno, ya que lo hemos aclarado... ¿En marcha?

—Ya qué.

 

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Notas finales:
Hay celos, pero también hay seguridad. Y Katsuki ya tiene la confesión de Izuku, pero hace falta que éste acepte que ya son novios en todos menos la palabra, ¿no? En fin, que quedan 2 capítulos más y terminamos :) Graxie por leer~!
12.- "Y estoy harto de fingir que no." por Marbius

12.- "Y estoy harto de fingir que no."

 

Pese a tener él la ubicación en su teléfono, fue Izuku quien guió los pasos de ambos hasta la fachada del hogar Togata, y señaló la casa con ligereza.

—Es ahí.

La construcción no era diferente a las de otras en la zona. Ahí sólo vivían familias, con sus perfectas casas de dos pisos y jardín incluido. Eran residencias, y Katsuki se encontró preguntándose si ese era el hogar que Izuku decidió abandonar cuando rompió con Mirio.

Si bien la pregunta colgaba de la punta de su lengua, Katsuki se contuvo. —Uhm, se supone que entremos y yo diga en voz alta “espero que Mirio esté aquí para prestarme sus mancuernas.” Esa es la señal para que todos salgan y griten “¡Sorpresa!” lo más fuerte que puedan.

Izuku rió entre dientes. —No les darán un premio por espontaneidad.

«Todavía estamos a tiempo de irnos», pensó Katsuki, y en su lugar dijo:

—Vamos.

Abriendo la verja que conectaba al jardín delantero con la casa, Katsuki se paralizó cuando dos perros shiba se acercaron rápido a saludar a los recién llegados.

—Ichi, Gogo —recibió Izuku a los perros, arrodillándose para dejar que lo olisquearan—. Sentados. Sentados. Muy bien.

—¿Ichi y Gogo? ¿Uno y Cinco, en serio? —Alcanzó Katsuki a preguntar antes de que la puerta principal de la casa se abriera con la luz encendida y de ahí saliera un sonoro “¡Sorpresa, Deku! ¡Feliz cumpleaños!” de parte de todos en Plus Ultra.

En medio y hasta al frente estaba Mirio, que no hesitó en cruzar el jardín en grandes zancadas y abrazar a Izuku sin importarle que éste estuviera con sus perros.

Katsuki en cambio apretó el asa de la bolsa de hielo, pero se contuvo de darle a Mirio con ella porque tenía claro que en caso de hacerlo las consecuencias a las que tendría que enfrentarse serían graves. No con Mirio, a quien de todos modos pensaba aniquilar en una pelea, sino con Izuku.

—Deja un poco del chico del cumpleaños para los demás —salió Ochako a su encuentro.

—Pero es que yo también soy el chico del cumpleaños —bromeó Mirio de vuelta, y todos rieron cuando Ochako los abrazó a ambos a pesar de que la diferencia de estaturas era considerable.

Por su cuenta, Katsuki se limitó a hacerse a un lado y buscar deshacerse de la bolsa de hielo que le habían encargado y de la que sólo quedaba la mitad. El resto se había derretido al calor del verano.

—Oh, quizá tengas que ir a la tienda por más —dijo Mina al acercarse a él y examinar la bolsa—. Espero que no te importe.

—Claro que me importa —gruñó Katsuki sin quitarle la vista de encima a Izuku. O mejor dicho, a Mirio, que lo había soltado pero sólo a medias. Su brazo todavía colgaba de los hombros de Izuku como si perteneciera a ese sitio.

—Quita esa cara y diviértete —le amonestó Kirishima—. Estamos en una fiesta, no en un funeral.

—No habría sabido decir la diferencia...

Pese a lo negativo de su estado de ánimo, Katsuki se dejó arrastrar al interior de la casa y de ahí al jardín trasero, que no era la gran cosa considerando los precios de inmobiliaria en Tokyo, pero que daba de sí para contener a aquella multitud sin que apenas fuera necesario utilizar los codos para abrirse espacio.

Katsuki dejó los restos de hielo en el fregadero con otras tantas bolsas en idéntico estado, y aceptó de Tenya el ofrecimiento de una bebida.

—Tsuyu la preparó —explicó Tenya al entregarle a Katsuki un vaso con un extraño líquido verdoso—. No tiene buen aspecto, pero cerciórate por ti mismo del sabor...

Conteniendo a duras penas la mueca de asco que aquel mejunje verdoso le provocaba, Katsuki entrecerró los ojos al llevarse el vaso a la boca y beber, pero resultó que no estaba tan mal. De hecho, no estaba nada mal, y apuró su contenido casi hasta la mitad.

—Eh, cuidado —le advirtió Tenya, subiéndose con precisión las gafas—. No lo parece, pero tiene suficiente alcohol como una cerveza.

—Creo que puedo manejarlo, gracias —replicó Katsuki, que de pronto se giró para barrer la estancia—. ¿Y Ochako?

—Debe estar convenciendo a Denki para que ponga otra música.

—Mmm...

Sin ánimo de pasar el rato con Tenya, no porque no le cayera bien sino porque a veces éste podía ponerse muy técnico hablando de los corredores para distancias cortas a los que entrenaban y que parecían ser su único tema de conversación, Katsuki se excusó alegando que necesitaba saludar a un par de personas más y se fue al otro extremo de la sala para intercambiar frases con Momo y Fumikage.

La ventaja del grupo que conformaban ellos tres era, que a pesar de sus muy evidentes diferencias en personalidad, compartían el mismo gusto por la música. No en balde se reunían un par de veces al mes para tocar en una banda amateur en la que Denki también participaba y Kyoka lideraba, pero del grupo de cinco que eran, ellos tres era quienes mejores migas habían hecho.

Disfrutando de la distracción que era escuchar a Momo hablar de una tienda de té que había encontrado en las cercanías de Plus Ultra (Fumikage era un adicto como ella a esa bebida; Katsuki no tanto, pero no le importaba reunirse con ellos en cafeterías y sacar provecho de sus recomendaciones), consiguió así tolerar la primera hora de su estancia en la casa de Mirio y sin la compañía de Izuku.

Dispuesto a demostrar que podía arreglárselas por su cuenta para socializar con sus colegas de trabajo sin la ayuda de Izuku, Katsuki se movió de aquí a allá entre varios grupos, saludando y conversando como si en el fondo de su mente no tuviera una única preocupación carcomiéndole el cerebro.

Y es que desde su llegada no había vuelto a ver a Izuku, y ahora que lo notaba, tampoco a Mirio. Pero lo mismo podía decirse de Ochako, así que confiaba él que estuvieran los tres juntos conversando de algo tan inocuo como el clima y no...

«Montándoselo en una extraña orgía de exes», pensó Katsuki con un escalofrío a pesar de que el clima caluroso de la temporada propiciaba todo menos eso. «Aunque faltaría Shouto en esa ecuación. ¿Y qué papel jugaría yo? ¿Simple espectador? Aunque ni ex soy, que para el caso novio tampoco y...»

Sin planearlo como tal, Katsuki ya iba por el cuarto vaso de esa extraña bebida que Tsuyu había traído a la fiesta, y aunque no acostumbraba beber cerveza más que en ocasiones especiales, creía tener una mejor tolerancia al alcohol. Tal vez Tenya había subestimado su contenido, y él a su vez sus advertencias, por lo que Katsuki decidió salir un momento al jardín para tomar aire fresco.

Excusándose bajo el pretexto de ir al sanitario, Katsuki volvió a entrar a la casa y salió por la puerta principal dispuesto a dejar pasar unos minutos de tranquilidad y silencio para recuperar la calma, pero se topó con que él no era el único con esa idea, pues sorprendió a Kyoka y a Denki en una posición por demás que comprometedora, y tan absortos en su abrazo (y los besos que se prodigaban) que Katsuki por poco perdió su vaso y también la compostura.

¿Desde cuándo estaban juntos esos dos? Aunque a juzgar por la manera tentativa con la que Denki recorría su costado con una mano y Kyoka reaccionaba de manera exagerada a sus roces, no podían tener mucho. Daba igual. Alguna vez había comentado Momo que la atracción entre ellos dos era mutua, pero que también eran demasiado cobardes para actuar por su cuenta, así que Katsuki tomó la decisión de no interrumpirlos, y moverse en dirección opuesta a la suya.

Escudándose en un costado de la casa, Katsuki deseó como nunca no haber abandonado su viejo hábito del tabaco. En la universidad fumaba un par de pitillos a la semana, y lo había dejado para demostrarse que podía. Claro que la mejora de su salud y que el menor desgaste de su bolsillo habían sido buenos extras, pero no era eso lo que cruzaba en esos instantes la mente de Katsuki mientras apoyaba la espalda contra el muro y movía ansioso los dedos de su mano derecha.

Haber venido a la fiesta organizada por Mirio no había sido tan terrible como Katsuki se había temido. La bebida era decente, la compañía buena, y la música no le taladraba los oídos, pero... No podía dejar de pensar que Izuku continuaba ausente, y que si era él el primero en contactarlo se estaría comportando como un novio celoso cualquiera, minus la parte de ser novios porque Izuku ya había dejado claro antes que ellos dos no necesitaban etiquetas para ir a su ritmo.

—Argh, esto apesta —masculló Katsuki al resbalar por el muro y sentarse de cuclillas en aquella parte retirada del jardín.

Al menos debía reconocerle a Mirio que tenía un par de arbustos bien cuidados, y también dos perros geniales que se acercaron a olisquearle y le hicieron compañía mientras Katsuki les acarició detrás de las orejas.

«Ah, a esto he llegado. Lo suficientemente sociable para venir a una fiesta, pero no tanto como para quedarme del todo en ella», se lamentó Katsuki, y tras unos segundos frunció el ceño y tiró el resto del contenido de su vaso a la sombra de uno de los arbustos. Ese no era su yo habitual sino el alcohol hablando a través de él y magnificando la ansiedad que sentía, así que lo mejor era beberse un par de vasos de agua, lavarse la cara de ser necesario y fingir que todo estaba bien. Pero antes de que Katsuki pudiera ponerse en pie, una voz lo dejó congelado en su sitio.

—Deku...

—No sé por qué tenemos que seguir hablando de esto, Mirio. Mi respuesta no va a cambiar.

Apretando lo mandíbula hasta casi escuchar sus molares crujir bajo la presión de su fuerza, Katsuki bajó la mano e ignoró a Gogo e Ichi mientras buscaba la procedencia de aquellas voces.

—Éramos los mejores juntos. ¿Es que acaso ya lo olvidaste?

—No.

—Y no me vengas con el cuento de que por profesionalismo no podemos estar en una relación. Mi entrenador es All Might, y nuestros objetivos claros. Una relación romántica no interferiría con eso y lo sabes bien.

—Mirio, yo...

Alzando la vista, Katsuki descubrió en el segundo piso de la casa una ventana que estaba abierta, y que con toda probabilidad era la habitación en la que Izuku y Mirio hablaban. Que ya fuera un dormitorio o cualquier otro tipo de estancia, era un sitio privado al que ellos dos habían acudido para hablar sin interrupciones.

Con un peso en el estómago que sólo podía ser su corazón recubierto en plomo, Katsuki se puso en pie dispuesto a retirarse. Confiaba en Izuku. Confiaba en ellos dos. En la relación que tenían incluso si todavía era demasiado incipiente como para darle nombre. Y en honor a esa confianza, iba a otorgarle la privacidad que merecía.

De pie y calculando cada paso y su ruta de retorno para no toparse con Kyoka y Denki, de paso ensayando su expresión de normalidad cuando era todo menos eso lo que sentía, Katsuki todavía alcanzó a escuchar más de aquella charla que no le incumbía.

—No sé qué ves en alguien como él. No es para nada tu tipo, Deku.

—Eso no lo sabes.

—¿Que no lo sé? Yo solía ser tu tipo.

—No lo entenderías.

—De verdad que no. Y nadie más lo hace,

—Por favor, Mirio...

—Y no soy el único que se lo pregunta. Todos en Plus Ultra saben de tus exes, y el único que no encaja en el grupo es Katsuki.

—Ese no es asunto de nadie más que mío.

—Ya. ¿Y se supone que no debo hacer nada mientras veo que cometes un error?

—Kacchan no es un error.

—¿Kacchan? ¿Así es como lo llamas?

Katsuki apretó las manos en sendos puños a cada lado. La sangre le hervía en las orejas, pero incluso así era incapaz de moverse y dejar de escuchar.

—Lo amas. ¿Es eso?

—¿Por qué haces esto tan difícil, Mirio?

—¡¿Yo?! ¡Tú eres el que así lo quiso! Me rompiste el corazón, Izuku, y me diste esperanza... Una y otra vez, hasta que de pronto decidiste que habías tenido suficiente de tu juego de ‘vamos a romper pero sigamos siendo amigos con derechos’. ¿Quién es el que lo hizo difícil en primer lugar, uh?

—No era mi intención...

—Ya, seguro que no lo era.

—No, y aunque suene terrible, eso no cambia mi decisión. Yo-... —Pero el resto quedó opacado cuando alguien subió el volumen a la música y Katsuki se quedó sin oportunidad de escuchar más.

«Es lo mejor», dictaminó para sí mientras hacía acopio de fuerza y se movía de aquel lugar. Mejor para su salud mental, aunque quizá no tanto para su corazón.

Al emerger del costado de la casa, Katsuki suspiró aliviado al no encontrarse ahí con Kyoka y Denki, aunque ahora ese lugar lo suplantaban Eijiro y Mina, que en las mismas condiciones se besaban en un abrazo por demás íntimo.

—¿Uh? —Eijiro se percató primero de su presencia—. ¿Qué, saliste a echar una meada?

—No seas vulgar, Eiji —lo amonestó Mina con un golpe sobre uno de sus voluminosos pectorales, pero Katsuki se encogió de hombros.

—Salí a tomar el aire.

—¿Y cómo estaba?

—Todo menos fresco —fue la críptica respuesta de Katsuki, que sin detenerse para dar explicaciones, volvió a entrar a la casa dispuesto a beber más de aquel mejunje de Tsuyu.

Si la fiesta apestaba, ya se encargaría él de hacerla tolerable.

 

Sin saber quién lo había sugerido o cómo se vio él envuelto en aquel torneo amateur de vencidas, Katsuki pasó la hora siguiente en la fiesta con el codo bien plantado en la barra de la cocina y venciendo sin parar a cuanto contrincante se le acercaba.

Algunos no representaron problema alguno, como Ochako, que insistió en hacerlo y accedió a la ventaja de utilizar dos manos en lugar de una, pero incluso así Katsuki hizo su brazo golpear contra la barra sin siquiera romper en sudor. Otros requirieron un poco más de destreza, como Denki y Fumikage, que también eran entrenadores en Plus Ultra pero no al nivel que lo era él. Y por último, estuvieron las competencias en verdad reñidas, como él y Eijiro.

Ejerciendo resistencia al sujetarse a la barra con el otro brazo, ambos mantuvieron la tensión en el aire por casi cinco minutos antes de que la resistencia de Katsuki imperara sobre los músculos desarrollados de Eijiro, y al final se proclamara vencedor.

—¡Dame un mes y te pediré la revancha, colega! —Celebró Eijiro su derrota, siempre más orgulloso de la fuerza de sus contrincantes y las posibilidades que eso entrañaban para él de mejorar.

El siguiente fue Shouto, que había hecho una llegada tardía a la fiesta y hasta entonces se había mantenido alejado del grupo conversando con Momo y Tenya.

Limpiándose una gota de sudor encima de la ceja, Katsuki vació su sexto vaso de bebida y lanzó una bravata.

—¿Seguro que quieres competir contra mí?

En respuesta, Shouto hizo crujir los nudillos de ambas manos. —Sí, pero te daré ventaja. Usemos la mano izquierda.

A Katsuki el reto le pareció interesante. Hasta ese momento había usado su brazo derecho, pero no le importaría cambiarlo para demostrarle al idiota bicolor que daba lo mismo cuál era su mano dominante, porque igual lo iba a hacer trizas. Con falsa ventaja o sin ella.

—¡Tú puedes, Katsuki! —Animó Eijiro a su amigo.

—¡Haz justicia por el resto de nosotros, Shouto! —Pidió Denki en cambio.

La separación entre ambos bandos quedó clara, pues estaban aquellos que habían sido derrotados por Katsuki y querían que Shouto obtuviera la victoria, y los que sólo estaban como espectadores y se limitaban a esperar una batalla de pulsos que fuera el cierre perfecto de esa competición amateur.

Moviendo su brazo desde el hombro para calentar, Katsuki fue el primero en poner su codo sobre la barra, y Shouto le imitó. Al instante en que sus manos su unieron, corrió entre ellos una ráfaga de calor que presagiaba cuán importante era para ambos ganar por encima del otro.

—¿Listos? ¡Ya! —Contó Ochako como réferi no oficial, y al instante tensó Katsuki los músculos cuando el primer tirón de Shouto le hizo resbalar el codo sobre la barra un par de centímetros.

Odiaba admitirlo, pero el idiota bicolor tenía mucha más fuerza en ese brazo izquierdo de lo que le había dado crédito en primer lugar.

—Woah, miren esas venas —recalcó Hanta, pues tanto en el brazo de Katsuki como en el de Shouto habían aparecido las primeras señales físicas del esfuerzo supremo al que se entregaban.

Katsuki apretó los dientes, y con un empuje que provenía desde su espalda hizo que el brazo de Shouto bajara un par de centímetros. De seguir así, la victoria sería suya. Pero claro, Shouto tampoco pensaba dejárselo tan fácil, y tensó los dedos sujetos a los de Katsuki hasta conseguir recuperar terreno perdido y un poco más.

—Menos mal que la barra está cimentada a la pared... —Comentó Kyoka por la bajo, porque resultaba evidente cuánta fuerza imprimían los dos sobre la superficie en la que estaban apoyados, y de haber sido aquella una mesa de madera, la habrían partido a la mitad sin problemas.

En un momento dado, Katsuki perdió concentración cuando entre la concurrencia distinguió un mechón de cabello oscuro y ligeramente verdoso que se ocultaba entre Tenya y Koji. No era necesario ser un genio para reconocer a quién pertenecía, y aliviado de que Izuku por fin hubiera vuelto a la fiesta, Katsuki perdió casi la mitad de la distancia que separaba su brazo de la mesa.

—¡OH! —La exclamación fue colectiva, y Katsuki decidió que ya tenía bastante por esa noche.

—Mejor suerte a la próxima, idiota bicolor —articuló Katsuki entre dientes, mirando a Shouto directo a los ojos, y con cada sílaba avanzó un centímetro hasta colocar sus brazos en la posición inicial, y con un último tirón que sintió hasta en los músculos del cuello y el estómago, consiguió poner el dorso de su mano sobre la mesa en un sonoro golpe.

Tras ganar, hubo un segundo de incredulidad por la repentina victoria de Katsuki, y luego gritos y algarabía entre quienes se alegraban por verlo ganar, y aquellos que se lamentaban porque habían apostado dinero y ahora tendrían que pagar.

—Ah, mierda —amagó soltar Katsuki a Shouto, pero éste se negó. Impertérrito como era su costumbre, asintió una vez para sí.

—Eres más fuerte de lo que creí.

—Tsk, lo mismo podría decir de ti —masculló Katsuki—, pero al final gané.

—Sí —convino Shouto—. Seguro que dolerá bastante en tu próxima terapia.

Al soltarlo, Katsuki entendió el significado de sus palabras, pues no sólo le dolían los dedos, sino el brazo en su totalidad. A la mañana siguiente lamentaría haberse visto involucrado en ese estúpido torneo de vencidas.

—Lo justo es que el ganador obtenga su premio, ¿verdad, Katsuki? —Dijo Mina, atrayendo la atención de todos en la sala, y depositó frente a él un vaso relleno hasta el borde de aquella bebida extraña de Tsuyu—. Fondo.

—¡Fondo, fondo, fondo! —Los vítores fueron aumentando en número y volumen, por lo que Katsuki tomó el vaso, y tras poner los ojos en blanco para dejar claro que hacía eso para que se callaran, se lo llevó a la boca y bebió sin parar hasta vaciarlo.

—¿Contentos de una vez por todas? —Resopló al golpear la barra con el vaso, y después limpiarse la boca con el dorso de la mano.

El movimiento le provocó un leve mareo, y Katsuki parpadeó repetidas veces para quitarse de encima la peculiar sensación de que la habitación se tambaleaba un poco.

—Yo no recomendaría que hicieron eso con mi bebida especial —dijo Tsuyu, pero su consejo llegaba demasiado tarde.

—Sólo no vomites en la alfombra, Katsuki —le dijo Denki, que incluso si había perdido contra él estaba de lo más alegre porque había apostado a su favor y ahora era ¥1000 más rico que antes.

—Kacchan, hey... —Se acercó Izuku para ayudarle a ponerse en pie, y aunque en un inicio Katsuki se resistió, pronto descubrió que no tenía sentido.

Pegando su mejilla a la nariz de Izuku, preguntó: —¿Ya terminaron de charlar tú y Mirio?

—¿Pero cómo...?

—Los escuché por accidente a través de una ventana. Ustedes dos... No son tan discretos como pretendían —farfulló Katsuki, ardiendo en deseos de hacer algo loco e impulsivo, como morderle el hombro o besarlo ahí mismo para demostrar con quién estaba Izuku—. Pero no me quedé, ¿eh? No es mi estilo.

—¿Qué tanto escuchaste?

—Oh, un poco de esto, un poco de aquella; la misma mierda de siempre.

—Estás ebrio, Katsuki.

—¿Mmm, sí? No me siento como tal —replicó éste, pero al ponerse de pie la habitación volvió a mostrarse inestable, no sus pies—. O quizá sí.

—Ven. Salgamos a tomar aire fresco.

—Estoy harto del aire fresco —gruñó Katsuki, pero ya que Izuku no tenía toda la información de su salida anterior, Katsuki se dejó llevar ya no al jardín delantero y de vuelta al costado de la casa, sino al jardín trasero, donde varios de sus amigos habían formado grupos y no prestaron atención a su llegada.

—Espera aquí —lo sentó Izuku en una silla de jardín—. Iré por agua.

«O puede que vuelvas a tener una segunda parte de esa charla con Mirio y desaparezcas por horas...», pensó Katsuki con malicia, pero claro, tantas palabras al mismo tiempo y en su estado eran imposibles. Sentía la lengua algodonosa y como del doble de su tamaño normal.

Echando la cabeza hacia atrás para tratar de conseguir un poco de apoyo en la pared, Katsuki se cuestionó por primera vez qué clase de receta era la que conocía Tsuyu para preparar aquella bebida, y por qué diablos él se había tomado como una tarea personal en beber vaso tras vaso como si fuera su obligación no dejar ni una gota. Realmente era una bebida que no golpeaba más allá que una cerveza, pero Katsuki había bebido al menos diez vasos en el último par de horas, y sentía los estragos en el cuerpo igual que si hubiera bebido la misma cantidad de latas. La resaca de la mañana siguiente prometía convertirse en una penitencia de la que no podría olvidarse jamás...

—Ugh... —Se quejó Katsuki con los ojos cerrados, pues tratar de enfocar en la distancia se había vuelto una tarea demasiado confusa para él. En su lugar estaba intentando conseguir un descanso, pero la satisfacción no le duró más que un par de segundos.

Unos pies sobre la grava le alertaron que alguien se había acercado a él, y abriendo un ojo mientras pensaba que era Izuku con su agua, se llevó un chasco. Porque en efecto, alguien traía agua para él, pero no se trataba de Izuku con su sonrisa fácil, sino Mirio, que por una vez se mostraba circunspecto exclusivamente para él.

—Ten, tienes aspecto de necesitarla —le extendió una botella de agua que Katsuki se limitó a examinar—. No le he hecho nada si eso te preguntas. El sello está intacto.

Katsuki tomó la botella. —No te daré las gracias.

—No las esperabas.

—Pues no deberías. No después del... numerito que montaste en tu habitación.

—¿Eh, de qué hablas?

Katsuki rompió el sello de la botella, y ese simple movimiento le hizo doler el brazo. En verdad que pagaría caro sus excesos de esa noche, no sólo con el alcohol sino con esa competencia amateur de pulsos.

—Tú e Izuku teniendo su charla privada en el piso de arriba.

—¿Pero cómo...? Y era un estudio. Bah, da igual —dijo Mirio, y tras unos segundos, exhaló—. No importa, Izuku me rechazó.

—No es la primera vez.

—Ya, pero sí la definitiva. Hoy me quedó más que claro que no habrá una oportunidad más con él.

Con la botella a medio camino de su boca, Katsuki se detuvo y le miró de reojo. —¿Ah sí?

—Izuku se encargó de que así fuera, y... Voy a respetar su decisión.

—Ya era hora —gruñó Katsuki, y el trago de agua que hizo a continuación le supo a gloria. Mientras el líquido helado bajaba por su garganta, él se sintió revitalizado y listo para superar cualquier obstáculo que se le pusiera al frente.

Eso, hasta que Mirio volvió a hablar.

—Pero no soy un buen perdedor, ¿sabes? Izuku siempre tendrá una gran porción de mi corazón con él, y por eso... Sólo por eso... Te voy a contar algo, especialmente para ti... —La voz de Mirio fue perdiendo volumen y jovialidad hasta sólo quedar como un murmullo. A Katsuki el vello de la nuca se le erizó—. Desde que nos conocemos, Izuku y yo siempre hemos celebrado juntos nuestro cumpleaños. Es obvio cuando piensas que es el mismo día, pero para nosotros dos siempre era el doble de especial. Celebrábamos nuestro día nacimiento, sí, pero también el día en que nos conocimos por primera vez en Plus Ultra. ¿Cuáles eran las posibilidades, eh? Y también... El de la primera vez que nos acostamos. Así que no te sientas tan especial porque desde un inicio Izuku no haya tenido barreras contigo y pasado directo de desconocido a amante. Así es él, y así lo ha sido con todos. No te pienses ni por un segundo que eres diferente al resto...

—¿Mirio?

A tiempo para interrumpir su conversación unilateral, Izuku apareció con un vaso de agua y expresión tensa que revelaba su aprensión.

—Sólo vine a traerle agua a Katsuki —dijo Mirio, volviendo a su habitual yo con una sonrisa y ojos que a Katsuki le parecían de muerto.

—Uhm... —Izuku observó la escena, que a simple vista daba la impresión de ser eso, pero no justo eso.

Katsuki chasqueó la lengua. —También a airear sus asuntos contigo. No cabe duda del porqué es uno más de tus exes...

—Basta —pidió Izuku, apretando la boca en una fina línea—. Basta los dos.

Y sin mediar ni un segundo más, Izuku se dio media vuelta y se marchó por donde había venido.

 

Sin pretenderlo como tal, pero ya qué, era su involuntaria costumbre, Katsuki no tardó en verse rodeado por un grupo compuesto por Eijiro, Mina, Hanta y Denki, que se reunieron en torno a él para continuar su charla e incluirlo. Así era como alguien tan reservado como Katsuki hacía amistades, porque terminaba adoptado por dichas amistades, y generalmente se sentía aliviado de su suerte, pero no esa noche.

Tras un tiempo considerable, Katsuki había vuelto a entrar a la casa para tratar de arreglar su desaguisado con Izuku, sólo para descubrir a éste en un sofá charlando con nada menos que Ochako y Shouto. Katsuki se había visto tentado de preguntar en voz alta si no quería que llamara a Mirio para complementar la escena, pero entonces lo habría empeorado todo, así que volvió al exterior con el rabo entre las piernas, aliviado al menos de que no se hubiera marchado de la fiesta.

De eso hacía al menos una hora, y a base de beber y orinar había conseguido Katsuki limar los ásperos bordes de su borrachera y conseguir al menos sobriedad suficiente para percatarse que su no-relación con Izuku pendía de la cuerda floja por los eventos de esa noche.

Con una fuerte opresión en el pecho que le hacía sentirse corto de aliento, Katsuki tuvo un momento en que no pudo resistir más y envió una serie de mensajes a Izuku.

 

KB: Lo siento.

KB: No era así como quería arruinar tu cumpleaños.

KB: No es que tuviera planeado hacerlo.

KB: Quería hacerlo especial.

KB: Incluso traía un regalo.

KB: Lo siento tanto.

KB: Y no es justo que elija este momento para admitir que te amo.

KB: Pero lo hago.

KB: Y estoy harto de fingir que no.

KB: Porque

 

El resto del mensaje se perdió cuando Eijiro intervino, y tras darle una hojeada rápida a su móvil, le aconsejó:

—Colega, no hagas más profundo el agujero en el que te encuentras. Estás borracho.

—No es cierto.

—Sí lo estás, y si por una vez dejas de ser tan cabezadura, entenderás que esas confesiones se hacen a la cara y no vía mensaje. Eso es casi tan malo como romper por medio de una llamada.

—¿En serio?

—Totalmente. Y ya que mencionas un regalo, ¿dónde lo dejaste?

—Yo... No lo recuerdo.

—Vale. Mañana seguro que aparece.

Asumiendo el papel de enfermero, aunque más bien sería de niñero, Eijiro no volvió a dejar que Katsuki se apartara de su lado, ya fuera para ir al sanitario o conseguir más agua.

Para el final de la fiesta, Eijiro había hecho tan buen trabajo con Katsuki que había conseguido llevarlo a un estado apenas de embriaguez y también había encontrado la pequeña bolsa en la que traía el regalo de Izuku y que había olvidado por descuido al lado de la ponchera ya vacía de Tsuyu.

Katsuki ya no podía negar que en Eijiro había encontrado un amigo valioso, y al recibir de vuelta el regalo por parte de éste, la falta de inhibiciones producto de la ebriedad le permitió darle un fuerte abrazo al que en un inicio Eijiro reaccionó con sorpresa y después correspondió al 100%.

—Oh, colega —exhaló con satisfacción, enterrando su rostro en el cuello de Katsuki en un gesto más de amantes que de amigos—. Esto es tan masculino.

—Pf, lo que sea —masculló Katsuki antes de separarse. Pero por una vez no iba a burlarse de Eijiro y sus extrañas definiciones de masculinidad, porque éste había encontrado su regalo perdido, y no podía estar más que agradecido con él.

—¿Era para Izuku?

—Sigue siendo para él... Si es que consigo que hagamos hoy las paces.

—No pierdes nada con intentarlo. Izuku no es de los que guardan rencor. Seguro que ya todo es agua bajo el puente.

—Quizá...

Katsuki había perdido de vista a Izuku en la última hora y su paradero era desconocido, pero fueron precisamente Ochako y Shouto quienes entraron a la casa a buscarlo.

—Deku está por irse —dijo Ochako, y Shouto agregó:

—Está afuera esperando un taxi.

—Deberías ir con él.

Encogiendo un hombro, Katsuki expresó su duda. —No lo creo.

—No te tenía por un tipo cobarde —dijo Shouto, y Katsuki resopló.

—No soy ningún cobarde. Si acaso soy considerado. No creo que Izuku quiera verme ahora mismo.

—Yo no apostaría por ello.

—Pues deberías —sentenció Ochako con ojos brillantes—. Mira, o vas afuera con Izuku y arreglas las cosas con él o...

—¿O qué?

—O te obligaré. Izuku es uno de mis mejores amigos, y no merece que lo hagas sufrir.

—Como si el sentimiento no fuera mutuo... —Farfulló Katsuki, pero incluso a sus oídos sonaba como excusa barata. Izuku nunca había hecho nada deliberado para lastimarlo, y en cambio Katsuki había aprovechado cada oportunidad de sentirse ofendido para tomarla en contra de él.

—Ve afuera, por favor —pidió Ochako—. Izuku sería incapaz de rechazarte.

—¿O es que preferirías que llamáramos a Mirio? —Le provocó Shouto, y a diferencia de Ochako, sus ojos centellaban no del todo con amabilidad, sino también con un toque de peligro que amenazaba pelea.

A Katsuki el hombro todavía le dolía por su sesión de vencidas, y no tenía duda alguna que una pelea entre ellos dos sería apenas una victoria con bastante daño, tanto dado como recibido. Además, tampoco quería pelear con él. Tenerlo en sus clases, asistir con él a terapia, a veces almorzar juntos, todo ello había contribuido a que la animosidad de su primer encuentro se desvaneciera. Ahora sólo tenía frente a él una especie de amigo, que sabía cómo presionar sus botones para ponerle en marcha cuando más se necesitaba.

—Ni te atrevas, idiota bicolor —dijo Katsuki, que sin despedirse dio media vuelta y marchó directo a la puerta.

Afuera había unas cuantas personas charlando, pero Katsuki no se dejó arrastrar por ningún grupo. Su meta era llegar afuera, y justo como le habían descrito Shouto y Ochako, ahí estaba Izuku recargado contra la pared y esperando su taxi.

Liberando su aliento en una ráfaga entrecortada que reveló el alivio de saber que no había llegado tarde, que todavía tenía oportunidad, Katsuki avanzó directo hacia Izuku, y sin detenerse a pensar cómo podría ser recibido o si siquiera tenía derecho, extendió una mano y rozó su brazo.

—Yo... —Tragando saliva para organizar sus pensamientos, Katsuki optó por una política de sinceridad—. Siento lo de antes.

—No has parado de disculparte. —Una pausa—. Leí tus mensajes, y no hay nada qué perdonar.

—Ah, ok.

—Esta vez convencí a Mirio de que nuestra ruptura era definitiva —dijo Izuku, y al alzar el rostro para mirar a Katsuki directo a los ojos, encontró serenidad en su mirada—. ¿Me crees?

—Sí. A ti sí, pero Mirio tendrá que demostrarlo con acciones.

—Ya, eso mismo pienso yo, pero creo que esta vez lo ha comprendido.

—Bien.

Sin dejar ir al brazo de Izuku, Katsuki decidió que era ahora o nunca.

—Uhm... Este regalo es para ti —extendió su otro brazo, e Izuku contempló la discreta caja que lo contenía. Sin un moño o listones, sólo iba envuelta en simple papel de estraza y podía confundirse con un paquete cualquiera.

—Ya me preguntaba yo qué era lo que traías contigo...

—Lo siento, yo-...

—Kacchan...

—Esperaba el momento adecuado para dártelo —explicó Katsuki, omitiendo las disculpas de su despiste—. Y es una idiotez. No hay mejor momento que el presente, ¿correcto?

—Correcto —confirmó Izuku al recibir la caja y sostenerla con sus dos manos como si tratara de adivinar su contenido sólo por el peso—. Gracias.

—Dímelo cuando veas qué es.

Fue el turno de Izuku en mostrarse inseguro. —En casa. Eso suponiendo que... Vienes conmigo, ¿sí?

—Sólo si me quieres ahí.

Izuku asintió con timidez. —Eso me encantaría.

—Igual —respondió Katsuki en idéntico tono, y deslizando su mano sobre el brazo de Izuku, consiguió entrelazar sus dedos.

De esa manera, en silencio, esperaron juntos al taxi.

 

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Notas finales:
El siguiente capítulo es el último~ Básicamente Mirio perdió, pero Katsuki todavía no ha ganado ;) Sufran un poquito conmigo y mañana tendrán el desenlace de esta historia de amour.
Graxie por leer~!
13.- "¿Real?" & "Por completo." por Marbius

13.- "¿Real?" & "Por completo."

 

En perspectiva, el departamento de Katsuki estaba más cerca, pero Izuku pidió ir a su propia casa, y tras una pregunta silente, éste accedió a ir con él y pasar la noche a su lado.

El taxista tuvo la cortesía de guardar silencio y seguir indicaciones, haciendo de su trayecto uno tranquilo y sin complicaciones.

Katsuki se encargó de pagar la cuenta a pesar de las protestas de Izuku, pero insistió en que también era parte de su regalo de cumpleaños y así lo zanjó.

—Ya me diste antes un obsequio —protestó Izuku una vez que entraron a su diminuta casita y se retiraban los zapatos en el genkan—. No era necesario.

—Pero no lo has abierto todavía, así que no cuenta.

—¿Puedo?

—Adelante.

Siguiendo a Izuku a la salita, se sentó frente a él en el piso mientras rompía con cuidado el empaque y examinaba la simple caja que lo contenía. Katsuki no le había dado gran importancia a la decoración, considerando que el regalo triunfaría o sería un fracaso por sus propios métodos, y a juzgar por la expresión confundida de Izuku, corría el riesgo de que fuera lo segundo si no se apresuraba a explicarle su funcionamiento.

—Quítate la camisa —ordenó Katsuki, e Izuku lo miró con una ceja arqueada.

—¿No puedo terminar con mi regalo antes de que me pidas sexo?

—Tsk, idiota. No es eso —dijo Katsuki sin malicia—. Te enseñaré cómo funciona.

Izuku obedeció, desabotonando despacio su camisa y después dejándola doblada a la perfección sobre el tatami. Abajo llevaba una camiseta sin mangas, y Katsuki se valió de ello para moverse de rodillas hasta su lado. Izuku apretó los labios cuando Katsuki le retiró también la manga de presión que llevaba siempre para sus heridas salvo cuando tomaba una ducha o se retiraba a dormir. Era evidente que le disgustaba mostrar sus cicatrices, pero no opuso resistencia y Katsuki le estuvo agradecido por el voto de confianza.

—Puede que no funcione al 100% todavía, es apenas un prototipo —comenzó a disculparse mientras tomaba el regalo de manos de Izuku y lo colocaba en su brazo a partir del codo.

Como lo había hecho antes Mei Hatsume con él, Katsuki se encargó de rodear el brazo con aquella cinta flexible, que al instante adquirió la forma de su músculo y quedó lista.

—¿Podrías...? —Sugirió Katsuki—. Yo me la probé antes, pero supongo que será completamente diferente para ti.

—¿Qué es exactamente? —Preguntó Izuku, tensando el puño y sintiendo la presión en el brazo—. Se parece a mi manga.

—Es algo similar, pero funciona también como soporte. La ingeniera que lo fabricó también mencionó que tiene una resistencia de 150 kilogramos, así que al menos puede ayudarte a sostener tu peso. Uhm, he notado que desde que Shouto viene a mis clases de crossfit tú apenas si quieres tocar el tema, y deduje que era porque tenías envidia.

—¿Tan transparente soy? —Izuku suspiró—. La verdad es que siempre quise estar en tus clases, pero... Con mi brazo en el estado en el que se encuentra.

—Quizá puedas, si esto funciona —dijo Katsuki, rozando la manga metálica en su brazo—. No prometo que lo haga, pero vale la pena intentarlo.

Izuku tragó saliva y asintió. —Ok.

Poniéndose en pie, Izuku realizó primero unos movimientos de calentamiento antes de atreverse a utilizar su brazo herido. Empezó primero con algunas de las posiciones de yoga que más tensión ejercían en sus extremidades superiores, y al no experimentar el usual tirón de debilidad, cambió de modalidad, llevando a cabo un par de lagartijas antes de detenerse.

—Katsuki.

—¿Uh?

—Es... increíble.

—¿Qué?

—No había sido capaz de hacer más de tres lagartijas desde antes de mi accidente.

—¿Bromeas?

—¡No!

La sonrisa que compartieron fue única, y después Izuku apenas pudo contener las ganas de dirigirse a esa hora a Plus Ultra a cerciorarse cuánto más podía hacer con aquella manga.

—Nunca había visto algo así —dijo Izuku, maravillado por la forma en que se ceñía a su brazo como una segunda piel y al mismo tiempo no le resultaba incómodo o le estorbaba en cualquier movimiento que intentaba—. Te debió haber costado lo suyo.

—No tanto como crees —masculló Katsuki—. Mei Hatsume en verdad tiene pasión por lo que hace.

—Tendrás que pasarme su información de contacto para darle las gracias por esto. Y bueno, a ti también porque esto es increíble, Kacchan —dijo Izuku al saltar en sus brazos, y con un beso que no contenía nada, unir sus bocas con desesperación.

Con ánimo festivo y alcohol suficiente en su organismo, no tardaron en hacer a un lado todos los eventos ocurridos a lo largo de la noche y sólo centrarse el uno en el otro.

Tumbando a Katsuki sobre su espalda, Izuku se sentó ahorcajadas en él y se dedicó a refregar sus erecciones en un lento y húmedo vaivén que ambos vivieron como una experiencia exquisita.

Sujetando a Izuku por los glúteos, Katsuki marcó para los dos un ritmo preciso, y lo mantuvo a pesar de los constantes mordiscos que éste le propinó a lo largo del cuello y pecho.

Perdidos en el placer y la prisa por estar juntos, prescindieron del lubricante y se contentaron con utilizar saliva a pesar de que ambos tenían claro que lo iban a lamentar apenas terminar. Pero daba lo mismo. Izuku se llevó tres dedos de Katsuki a la boca y los bañó con su saliva, guiando después él mismo esa mano al punto entre sus nalgas y gimiendo con desahogo cuando los dedos lo penetraron.

El calor de julio y no haber encendido el aire acondicionado los hizo estar bañados de sudor y resbalosos, pero Katsuki no lo dejó ir en ningún momento. Después de varias falsas alarmas, ya no estaba dispuesto a correr riesgos, y mientras con una mano preparaba su interior, con la otra lo sujetó por la cadera y se negó a soltarlo.

—Los condones... —Murmuró Izuku, los párpados pesados y mirando a Katsuki desde su posición ventajosa arriba de él—. Están arriba...

—Al diablo con ellos —resopló Katsuki—, puedo hacer que te corras así.

—O podrías... —Lanzó Izuku la propuesta, tentativo con su rechazo.

Katsuki abrió la boca pero ningún sonido emanó de sus labios. Ambos habían sido cuidadosos hasta ese punto siguiendo las pautas del sexo seguro, con condones y su uso adecuado, pero bien podrían omitirlos. Plus Ultra no escatimaba con exámenes médicos dos veces por año. Katsuki había tenido el suyo apenas empezar a trabajar en el gimnasio y estaba sano; Izuku había tenido el suyo el mes pasado, y con ligereza había comentado que su estatus era el mismo. De hecho, la única razón por la que no habían dejado de utilizar condones entre ellos era porque de por medio no habían tenido esa charla pendiente de exclusividad, donde acordaban no dormir con otras personas y mantenerse seguros en su relación.

Y vale, todavía no habían formalizado nada, pero Katsuki no se había acostado con nadie después de conocer a Izuku, y sabía a ciencia cierta que el mismo caso aplicaba para éste.

—¿Quieres probar sin condón? —Preguntó Katsuki, siempre directo al grano, y desde su regazo Izuku asintió.

—Me encantaría...

—Ok. Levanta la cadera —pidió Katsuki, y al hacerlo, Izuku le proveyó de la postura y el ángulo perfecto.

Extrayendo sus dedos del interior de Izuku, Katsuki utilizó esa mano para sostener su miembro en posición vertical, e Izuku no se demoró colocar la punta sobre su abertura, y tras unos segundos de tantear y creer que no lo conseguirían, el músculo cedió y el glande entró.

—¡Ah, joder! —Exclamó Katsuki. Aquella era su primera vez sin un condón. Siempre había sido cuidadoso con sus compañeros de cama y practicante del sexo seguro en todas sus expresiones, pero ahora con Izuku eso pasaba a un segundo término mientras éste continuaba descendiendo sobre su erección hasta tener su trasero completamente apoyado en su cadera.

—Se siente diferente... —Exhaló Izuku con una risa nerviosa, y Katsuki acarició con ambas manos sus muslos.

—Tú también te sientes diferente...

Y así era. Su interior era más caliente que nunca, el tacto diferente. Katsuki no sabía cómo expresarlo con palabras, así que se limitó a recorrer con sus manos sus caderas y presionar con sus pulgares los prominentes huesos de Izuku y esperar a que éste estuviera listo para moverse.

Apoyando sus manos en el tatami, Izuku empezó un lento bamboleo, primero en círculos y después levantándose un poco para permitir que el miembro de Katsuki entrara y saliera de su interior. Katsuki tuvo que cerrar los ojos para no correrse ante la mera imagen del rostro extasiado de Izuku, pero la ventaja era apenas mínima. El calor entre ellos dos continuó ascendiendo, y pronto los movimientos de Izuku se volvieron erráticos, hasta que se desplomó sobre el pecho de Katsuki y gruñó que los muslos lo estaban matando y ya no le respondían.

—Haré que valga la pena y no lo lamentes en la mañana —dijo Katsuki al rodarlos a ambos sobre el tatami, y sin despegar sus cuerpos se posicionó entre las piernas de Izuku haciendo que la penetración fuera más profunda todavía.

Con poderosas embestidas e ignorando el dolor de sus rodillas sobre la paja, Katsuki consiguió que Izuku se corriera con la fricción constante de su pene atrapado entre sus estómagos, y al contraer éste los músculos del cuerpo cuando el placer lo atacó, propició a su vez una reacción en cadena en la que él mismo alcanzó el orgasmo.

Desplomándose sobre Izuku, Katsuki enterró el rostro en su cuello y murmuró: —Feliz cumpleaños, Izuku...

—Pasa de medianoche.

—No importa. Mirio podrá presumir lo que quiera de haber acostado contigo en sus cumpleaños, pero soy yo el que sigue a la mañana siguiente.

—Técnicamente no es de mañana —señaló Izuku lo obvio, y se retorció con risas cuando los dedos de Katsuki se clavaron en sus costillas.

—No lo arruines, idiota. Estoy tratando de ser romántico.

—La palabra que buscas es ‘posesivo’, Kacchan. Y no me importa...

—Me alegro.

Disfrutando unos minutos más de su compañía, pronto se hizo evidente que tendrían que pasar por la ducha si es que querían retirarse al futón sin lidiar con el sudor y otros fluidos que ahora los recubrían.

Ayudando a Izuku a ponerse en pie porque éste se quejó de apenas sentir las piernas, fue tarea de Katsuki el regular el agua de su ducha y ayudarle con la limpieza. Izuku se pegó al muro de azulejo mientras Katsuki utilizaba la regadera desmontable para lavar entre sus piernas, y después se dejó sentar sobre la tapa del retrete mientras éste le secaba el cabello.

—No sé qué habría hecho sin ti —murmuró con cansancio, el sueño patente en su tono de voz.

Sin problema por tener la frente de Izuku apoyada en su estómago, Katsuki le pasó los dedos por aquella mata de cabello ondulada y esponjada que lo caracterizaba. Era esa intimidad que nada tenía que ver con el sexo la que le confirmaba que lo amaba, e incluso si todavía era demasiado pronto para hacérselo saber, no por ello disfrutaba menos de las horas que Izuku le permitía compartir a su lado.

—Vamos —le instó Katsuki a poner en pie—. Es hora de ir a la cama.

Molestándose sólo en dejar las toallas secando y vestirse en bóxers, los dos se metieron bajo las mantas del mismo futón y se amoldaron uno en el cuerpo del otro. De costado, Izuku tiró del brazo de Katsuki hasta hacer que lo abrazara, y con ánimo de tenerlo todavía más cerca, éste le metió una pierna entre las suyas.

—Ha sido un cumpleaños inolvidable —murmuró Izuku, rozando los bordes de la inconsciencia pero todavía capaz de articular sin arrastrar demasiado las palabras.

—Genial.

—¿Y sabes a qué conclusión llegué? Bueno, no por mi cuenta; Ochako y Shouto me ayudaron bastante... —Continuó Izuku, ajeno a que detrás de él, Katsuki había abierto de golpe los ojos y esperaba ser arrastrado al cielo o al infierno con sus siguientes palabras—. Siempre me lancé de lleno a mis relaciones románticas pensando que así podría emular el amor; que si cumplía con todo lo que se esperaba de una pareja, los sentimientos aparecerían como por arte de magia. Y en realidad contigo fue al revés. Los sentimientos estaban ahí desde el primer día, tan fuertes como la atracción, pero quería probar ir despacio por si acaso se desaparecían y...

—¿Y? —Presionó Katsuki con la garganta seca y constreñida bajo un puño invisible.

—Y nada. Ahí siguen, más presentes que nunca; más fuertes e intensos de lo que creía posible —dijo Izuku, removiéndose hasta quedar todavía más en contacto con el cuerpo de Katsuki—. Eso fue justo lo que le dije a Mirio, y lo que le hizo entender que lo nuestro había llegado a su fin y era definitivo.

—¿Completamente?

—Absolutamente —confirmó Izuku, seguido de un gran bostezo—. Vamos a dormir. Estoy agotado.

Y porque lo mismo podía decir de sí mismo, Katsuki enterró su rostro en el cuello de Izuku y dejó que el sueño poco a poco se apoderara de ellos dos.

 

Porque el cumpleaños de Izuku había sido un evento compartido en donde su tiempo con él había sido mínimo, Katsuki hizo planes para llevarlo ese sábado a cenar y celebrar como era debido, pero éste no se mostró muy receptivo a su propuesta.

—Ah, verás... —Dijo Izuku, los dos en la cafetería de Plus Ultra apenas la mañana posterior a la fiesta—. De hecho ya tenía planes. Era mi intención visitar a mamá y... Ella siempre me cocina un pastel, ¿sabes? Y prepara mi comida favorita. Papá todavía está de viaje así que no va a estar, pero seh. Mamá. Tengo que ir de visita con mi mamá.

Katsuki torció la esquina de la boca, pero por el resto se mantuvo indiferente. —Ok. Supongo que podríamos mover las reservaciones a otro día o-...

—Me acompañarás, ¿sí? —Le interrumpió Izuku, y a juzgar por la manera en que las pecas de su rostro contrastaban con la piel teñida de un profundo color carmesí, la propuesta era deseada, pero también le estaba costando lo suyo.

—¿Quieres que vaya?

—Sí.

—¿Contigo? ¿A Musutafu?

—Sí. ¿No vive también ahí tu familia?

—Uhm, sí, pero ahora que lo mencionas no he estado de vuelta ni una sola vez desde hace tiempo. Por lo menos desde que vivía en Sapporo.

—Igual podrías pasar a saludar. O no. Tú eliges. Pero mamá está interesada en conocerte. Ya le he, uhm, hablado bastante de ti, así que...

—Se decepcionaría si no voy, ¿es eso? —Bromeó Katsuki, e Izuku se mordió el labio inferior.

—Bueno... sí. Apenas podía creerlo cuando le conté por teléfono que tenía novio nuevo. Se soltó llorando. Erm, ella puede ser un poco sensible, y erm, exagerada, así que no se lo tomes a mal. Pero seguro que le agradas, y viceversa.

Abriendo grandes los ojos y con la boca entreabierta por el elemento sorpresa que Izuku había dejado caer en su charla como si no tuviera gran importancia, Katsuki apenas si pudo procesar la palabra y lo que le siguió después. Porque Izuku había dicho novio. Su novio. Que era Katsuki, él, a quien iba a presentar a su mamá porque le había lo suficiente de su persona como para que ésta sintiera curiosidad de conocerla.

De pronto, lo que en un inicio había comenzado como un simple almuerzo un jueves a media mañana, se volvió de pronto en una junta de estrategias para lo que Katsuki consideraba que sería un primer encuentro de vida o muerte.

Nunca antes había tenido Katsuki una pareja a la que quisiera llevar a casa y presentar a sus padres, mucho menos que quisieran hacer eso con él. Sus relaciones pasadas jamás habían alcanzado aquel nivel de profundidad, ni mucho menos intimidad. De hecho, para esas alturas y con un par de meses a cuesta, Katsuki ya se habría aburrido de su compañía y puesto punto final a sus encuentros. Ya estaría en búsqueda de otra persona con quien pasar su tiempo libre, eso si primero no hubiera tenido ya alguien en lista de espera que estuviera al tanto de sus costumbres y no tuviera oposición a su manía de tener siempre una fecha de caducidad lista para descartar a cualquiera que quisiera acercarse demasiado a él.

Izuku lo había cambiado todo sin siquiera proponérselo, y ahora le decía con tal naturalidad que eran novios y que quería que su mamá lo conociera...

Al pánico inicial siguieron los nervios, después el orgullo, y por último la aprensión. Katsuki quería hacerlo, y a la vez no.

Y ajeno a su lucha interna, Izuku se veía de lo más indiferente a haber soltado la palabra con N como si nada.

Novios.

Vale, que Katsuki no tenía queja alguna y había conseguido justo aquello por lo que había luchado tanto en semanas pasadas, casi desde conocer a Izuku, ¿pero exactamente cuándo había ocurrido? La noche anterior, después del sexo («supongo que ahora tendré que llamarlo ‘hacer el amor’», pensó Katsuki de buena gana) y ducharse, no habían intercambiado más que una docena de frases. Y descontando el momento de sinceridad de Izuku una vez que estuvieron bajo las mantas del futón, nunca habían acordado nada.

Detestándose por lo que estaba a punto de hacer, Katsuki hizo a un lado su bandeja con comida consumida a medias, y apoyó los codos sobre la mesa para acercarse más a Izuku.

—¿Somos novios? —Preguntó en voz baja, el corazón latiéndole al doble de su velocidad en el pecho.

Izuku inhaló aire con un tenue gemido en su voz. —Yo... ¿Me equivoqué?

—No. Sí. ¡Carajo! —Maldijo Katsuki, y desde otra mesa, Ochako, Tenya y Kyoka voltearon a verlos.

Katsuki no quería tener una conversación tan importante como aquella en un área pública y donde la vergüenza y las interrupciones podían arruinarlo, así que se puso en pie, y extendiéndole una mano a Izuku, lo invitó a seguirlo.

Izuku no hesitó, y fue así como salieron de las instalaciones y dejaron que sus pasos los guiaran al área verde y boscosa que componía los campos de carreras. Aquellos eran terrenos que sólo habían recorrido en una de sus usuales entrenamientos juntos, pero la pista era larga (casi cuatro kilómetros alrededor de Plus Ultra) y ellos tenían tiempo.

A pesar del calor del verano, el camino estaba cubierto por árboles frondosos que les daban una protección contra el sol, y el ir todavía tomados de la mano contribuyó a la fantasía de estar dando un paseo, para nada huyendo de ojos y oídos indiscretos que hubieran seguido sus avances en los últimos meses.

—Si me equivoqué antes al asumir que, uhm, somos novios, yo-... —Empezó Izuku cuando ya habían recorrido doscientos metros y ninguno de los dos parecía dispuesto a romper el silencio que los cubría como un manto.

—Cállate —gruñó Katsuki, exento de malicia—. No te equivocaste. O mejor dicho... ¡Mierda! —Katsuki pateó una piedrecilla en el camino—. La cuestión aquí es que no recuerdo haber hablado de que fuéramos novios, pero no tengo quejas al respecto, ¿ok? Era justo lo que quería, y espero que estés tan feliz como yo lo estoy, pero no recuerdo cuándo o cómo ocurrió. Esa parte no la tengo clara en lo absoluto.

—Ah, bueno... Siendo así... —Izuku le apretó la mano, y el toque resultó reconfortante para Katsuki—. Anoche después de que hablamos y todo eso, estuvimos unos quince minutos en silencio. Pensé que te habías dormido, y yo casi lo estaba por completo, pero tenía que cerciorarme de que, uhm, de que ambos entendíamos la importancia del momento. Te pregunté si éramos novios, y dijiste “sí, Deku, somos novios” y me abrazaste con más fuerza. Lo encontré curioso porque siempre me llamas Izuku... O idiota cuando estás molesto.

—Lo siento. No volveré a desquitarme así contigo, y... Uhm, no lo recuerdo. Pero sigue siendo válido. Ser novios, quiero decir. Esperé demasiado tiempo como para arruinarlo así.

—No está arruinado —dijo Izuku con más ligereza—. Fue gracioso. Incluso dormido tú...

—Yo tenía claro lo que quería —finalizó Katsuki con una exhalación—. Genial. ¿Por casualidad no viste el reloj?

—¿Uh?

—¿Era todavía tu cumpleaños o pasaba de medianoche?

—Ah, faltaban un par de minutos para el cambio del día.

Katsuki rió entre dientes. —Perfecto. Así podré refregárselo a Mirio en la cara-...

—¡Kacchan!

—... si es que vuelve a las andadas de molestarte. Tranquilo —dijo Katsuki—. Que él podrá haberse acostado por primera vez contigo en sus cumpleaños, pero yo he hecho de esa fecha algo mucho más especial: Nuestro aniversario.

—¿Así que nuestro aniversario es ahora más importante que mi cumpleaños? —Le chanceó Izuku, y de buen humor Katsuki detuvo sus pasos y con un tirón de su brazo lo hizo girar hasta tenerlo contra su pecho y abrazado.

La diferencia de estatura, que no era más que de media cabeza, contribuía a la ilusión de Katsuki por tener sobre Izuku cierto control, pero era una fantasía efímera porque éste le había demostrado ya en varias ocasiones que era su igual y esperaba ser tratado como tal. En otra persona, aquella petición habría sido ridícula, Katsuki la habría ignorado, pero tratándose de Izuku... Era casi nula la lista de cosas que no haría por él.

Suponía Katsuki, a eso se reducía el amor en términos prácticos, pero la versión de Izuku incluyó además posicionarse de puntas y besarlo en la boca con los brazos rodeando su cuello en un íntimo abrazo.

—Por si anoche tampoco quedó claro —dijo Izuku en voz baja, su mejilla apoyada en la de Katsuki—, te amo, Kacchan. Y no pasa nada si no es recíproco o-...

—No juegues. Tsk —chasqueó Katsuki la lengua, y se apartó para ver directo a Izuku a los ojos—. Yo también te amo, Deku.

—¿Ahora también me dirás Deku?

—Sólo para asuntos importantes. ¿Por qué? No lo sé y no me importa averiguarlo —replicó Katsuki, y volvió a unir sus bocas en un beso.

Ahí, lejos todavía del final de su recorrido alrededor de Plus Ultra, dieron inicio oficial a su relación de pareja.

 

Ni Katsuki ni Izuku vieron necesidad de hacer un gran anuncio entre sus amigos y colegas de Plus Ultra. Simplemente se limitaron a actuar como lo habían hecho siempre, salvo por la adición de no tener reparos en tomarse de las manos o hacer planes para después frente a los demás. Lo que selló el trato fue un beso a las afueras del aula de yoga, cuando sudoroso por el ejercicio, Izuku no se cortó en despedir a su novio con uno corto pero intenso.

Mina fue la que presenció aquella escena, y dicho sea de paso, la que no pudo contener su curiosidad al respecto.

—¿Ustedes dos...? —Mina sonrió—. Están saliendo, ¿correcto?

—Desde hace rato —replicó Katsuki—. Pero ahora somos novios.

—¡Oh, tengo que contárselo al resto ahora mismo! Con su permiso, claro está... Supongo que no es ninguna clase de secreto si se besan en el pasillo...

Izuku corroboró con Katsuki por medio de una mirada, y éste se encogió de hombros con fingida indiferencia, a pesar de que las comisuras de sus labios se elevaban en contra de su voluntad.

—Le doy cinco minutos antes de que todos en Plus Ultra estén enterados de lo nuestro —dijo Izuku apenas Mina se marchó, y volvió a dirigirse hacia Katsuki para comprobar que éste siguiera de acuerdo.

Y Katsuki lo estaba. —Genial. Cuanto antes se entere Mirio, mejor.

—¿Algún día harás a un lado tu rivalidad con él?

—Jamás —contestó Katsuki de lo más vehemente—. No mientras le gustes.

—Entonces bastará con que consiga una nueva pareja.

«Pf, como si Ochako no fuera la mejor prueba de cuán inútil es eso para olvidarte», pensó Katsuki, pero ahora Ochako era también su amiga, y no quería dejarla mal parada ante Izuku.

—Ya veremos... —Dijo Katsuki en su lugar, plantándole a Izuku otro beso en los labios, simplemente porque quería y podía.

Así sin más.

 

Musutafu resultó ser la gran sorpresa tanto para Katsuki como Izuku, pues los dos habían crecido ahí los primeros quince años de su vida sin cruzar caminos. De hecho, vivían tan cerca los padres de Katsuki y la mamá de Izuku que era una especie de destino cruel que asistieran desde el parvulario y hasta la secundaria en escuelas distintas. Después Katsuki se había marchado a Tokyo a continuar su educación superior mientras que Izuku se quedó todavía un par de años más, pero la coincidencia había sido fuerte, y casi desalentador el que tuvieran que ser adultos antes de conectar en serio.

—Uhm, después... Si sobra tiempo... —Murmuró Katsuki de camino en el tren a Musutafu, sus dedos entrelazados a los de Izuku en el vagón que era sólo para ellos dos aquella mañana de sábado—. ¿Te gustaría conocer a mis padres?

Izuku mantuvo la vista al frente, pero de perfil apreció Katsuki la manera nerviosa en la que se mordía el labio inferior sopesando su propuesta.

—¿Lo haría como un amigo o como...?

—Claro que como novio, idiota. Argh, lo siento —gruñó Katsuki para sí, pues estaba intentando no llamar a Izuku así cuando la frustración sacaba lo peor de él, pero éste lo tranquilizó con un apretón de su mano.

—No pasa nada. Es sólo que... Preferí no asumir nada de antemano. ¿Saben tus padres que eres gay?

—No. Desde siempre les pedí que no se metieran en mis asuntos privados. Mi viejo lo entiende a la perfección, pero la vieja...

—¿Así los llamas? —Preguntó Izuku un tanto escandalizado.

—No te preocupes. Esa es la costumbre en casa. Como sea, eres la primera persona que llevo para que conozcan, así que sin importar del sexo de mi pareja, se asombrarán más por el hecho de saber que estoy con alguien que por tonterías como esa otra.

—Ah, ok.

—¿Y qué tal tu mamá?

—Mamá es... de la clase aprensiva —dijo Izuku, jugueteando con su mano libre y el borde de su camiseta—. Lo opuesto a tus padres, realmente. Le costó lo suyo darme mi espacio. Mi caso de hijo único es bastante distinto del tuyo. Pero tiene un corazón grande, ¿sabes?, y su filosofía es guardar en su interior un espacio para las personas que me hacen feliz.

—¿Conoció ella a tus exes?

—Uhm, sí.

—¿Y qué pensaba de todos ellos?

Izuku suspiró. Aquel tema, hablado de manera tan abierta, era siempre complicado; Katsuki ya no reaccionaba con celos puros, pero todavía podía ponerse irritable, incluso cuando hacía su mejor esfuerzo para no caer en la tentación.

—Adoraba a Ochako; creía que era linda y muy amable. Shouto la intimidaba; su familia es de dinero, pero cambió de idea al descubrir que no era ningún engreído. Mirio, uhm, Mirio la hacía reír; antes de decidir que la halterofilia era lo suyo participaba un par de noches a la semana en un bar como comediante y no era nada malo.

—¿Crees que yo...?

—Le agradarás, tenlo por seguro —dijo Izuku, recargando su cabeza contra su hombro—. Le he hablado bastante de ti, y tiene una idea aproximada de tu persona.

—¿Qué le has contado exactamente? —Preguntó Katsuki con la voz tensa.

Vamos, que no era tan idiota como acusaba al resto del mundo de ser. Katsuki era ruidoso, impaciente, pendenciero y arrogante; y eso sólo era raspar la superficie de sus defectos más visibles. También podía ser excesivamente competitivo, un incordio cuando se trataba de ganar, y a ratos una pesadilla cuando algo se le metía entre ceja y ceja y se negaba a dejarlo ir, como perro con su hueso. Aquello podía interpretarse como una persona que tenía claro los esfuerzos necesarios para conseguir sus objetivos, pero Katsuki iba siempre mucho más allá para sobrepasar sus límites, y la intensidad de sus sentimientos podía llegar a asustar. Y si Inko Midoriya era realmente la mujer nerviosa y aprensiva con la que Izuku le había advertido...

—Que eres amable —dijo Izuku, ajeno a la crisis interna por la que su novio estaba pasando—. Que piensas en mí y me tomas en cuenta. Que me haces reír, y no dudas en darlo todo para conseguirlo. Uhm, que sabes cocinar, y lo paciente que fuiste para que correspondiera mis sentimientos por ti... Sobre todo, que me haces feliz como nadie nunca antes lo ha hecho, y que no te pareces en nada a ningún ex que haya llevado antes a casa.

—¿Todo eso le contaste?

—Puede que eso y más... Hablamos por horas los domingos, ¿sabes? De lo bueno y lo malo.

—Oh...

—Tranquilo —dijo Izuku, refregando su mejilla contra el hombro de Katsuki—. Te va a adorar. Tenlo por seguro.

 

Al final de aquel domingo en casa de los Midoriya, Katsuki no podía estar seguro de que el verbo adorar fuera el adecuado para la impresión que había causado en Inko. Después de todo, la mujer lo había tratado con deferencia, cuidando de dar la impresión a su ‘huésped de honor’ (sus palabras exactas mientras se desvivía por atenderlo) hasta que Izuku le puso una mano en la espalda y le pidió tomarlo con calma.

Katsuki había estado inseguro de su posición en la casa Midoriya, sintiéndose como un alto mandatario invitado a la modesta morada de uno de sus súbditos por la manera en que Inko hacía reverencias sin parar en su dirección y se disculpaba por todo, desde la limpieza de su hogar, el té que le sirvió, y la calidad de su porcelana. Todo con nerviosismo y un tono de voz contenido.

—Mamá... —Se quejó Izuku cada vez, pero sin saber cómo detenerla.

Por fortuna, conforme pasaron las horas y Katsuki se sintió más a sus anchas en su compañía, Inko fue relajándose al ver las interacciones entre Izuku y Katsuki.

El mismo Katsuki selló el trato cuando luego del almuerzo se ofreció a lavar los platos sucios, y con Izuku como ayudante para secarlos y guardarlos en su sitio correcto, Inko elogió su cortesía.

—Es increíble pensar que eres el chico de los Bakugou —comentó Inko de pasada—. Mitsuki siempre me habló de ti, pero ya que asistías a una escuela diferente de la de Izuku y sus personalidades eran tan distintas, nunca concretamos ninguna cita de juego para ustedes dos cuando todavía eran pequeños.

Después de comer pastel y despedirse como era debido, Inko dejó ir a Izuku, y después sorprendió a Katsuki al tomar sus manos, y con una reverencia pedir que cuidara de su hijo como era debido.

—Ach, mamá —rezongó Izuku de lo más avergonzado, pero Katsuki correspondió el gesto, sujetando fuerte sus manos mientras agachaba la cabeza y juraba hacer todo lo posible para conseguirlo.

Aprovechando la tarde y que la caminata a la casa de los Bakugou era corta, Izuku no se demoró en confirmar lo que Katsuki más esperaba.

—Le gustaste a mi mamá.

Un gruñido.

—¿Qué, no estás feliz?

—Espera a que mi estómago vuelva a su sitio y te lo confirmaré. Pero seh... Y ella también me agradó.

—Genial. ¿Crees que tus padres...?

—Ellos sí que te van a adorar.

Y en efecto, el uso del verbo sí fue el adecuado en casa de los Bakugou, cuando Mitsuki y Masaru les dieron la bienvenida con sendos abrazos para cada quien.

—Cuando dijiste que traerías a alguien a casa no sabía qué esperar, Katsuki —dijo Masaru, pero su esposa no tardó en interrumpirlo.

—Bien hecho, mocoso. Te has sacado la lotería.

Katsuki chasqueó la lengua y puso los ojos en blanco. —No me avergüences, vieja.

—Oh, en verdad te gusta provocarme —dijo Mitsuki, y tomando la mano de Izuku para invitarlo en su hogar, le prometió que después del té le enseñaría el álbum con las fotografías de bebé de Katsuki.

Su estancia en casa de los Bakugou fue mucho más corta que de la de los Midoriya. Después de todo, estaban de paso por Musutafu y todavía les quedaba coger un tren de vuelta a Tokyo, pero fue una visita agradable en la que Katsuki presentó a Izuku como su novio, toleró los consejos de Masaru al respecto, y también los comentarios burlones de Mitsuki.

En un inicio, Izuku se espantó por la manera agresiva en la que madre e hijo se llevaban, pero Masaru lo tranquilizó al afirmar que era lo común entre ambos, que era así como ese par se demostraba su cariño.

Al despedirse, los padres de Bakugou le pidieron volver después cuando le apeteciera y con más tiempo a su disposición, y Mitsuki tomó las manos de Izuku igual que había hecho Inko con Bakugou, pero en su lugar le agradeció por “soportar al atolondrado de su hijo”, sus palabras textuales, que sirvieron para que ella y Katsuki riñeran más, pero que sólo provocaron una sonrisa en Izuku.

—Eso haré —prometió en su lugar, y después emprendieron la marcha a la estación de trenes.

Por la hora (tarde) y el día (sábado), eran de los pocos que utilizaban el servicio, y se valieron de ello para tomar asientos contiguos y disfrutar de su mutua compañía.

Katsuki permaneció en silencio jugueteando con la palma de la mano de Izuku sobre su muslo, tocando los callos de su mano y recorriendo con su meñique algunas cicatrices que había acumulado con los años. Esperaba paciente por sus palabras, que no tardaron en llegar.

—¿Kacchan?

—¿Mmm?

—Te... Te amo.

—Ok.

—¿Es... todo lo que dirás?

—No, yo también te amo.

—¿También?

—¿Y lo dudas?

—No. Pero... ¿No lo has dicho por compromiso, o sí?

—Pf, ni hablar. Nunca me han atrapado con una jugada tan patética. Te amo; acéptalo y ya.

—Pero... Yo acabo de darme cuenta. Fue una especie de epifanía y... ¿Es igual para ti?

—No. Yo lo tenía claro desde hace tiempo.

—¿Cuánto?

Katsuki resopló. —Imagínatelo.

—¿Días?

—No juegues.

—¿Semanas?

—Tsss...

—¿Meses? Oh...

—Podrías decir que... —Katsuki deslizó su palma sobre la de Izuku y entrelazó sus dedos con fuerza, dispuesto a nunca dejarlo ir si de él dependía—. Casi desde el inicio.

—Eso abarca bastante tiempo. O muy poco desde otra perspectiva.

—¿Importa en realidad?

Izuku se tomó unos segundos, y después movió la cabeza de lado a lado. —No, porque... Puede que me sintiera igual.

—¿Puede?

—Me resistía a repetir mis viejos patrones, y en su lugar no me daba cuenta que esta vez era... real.

—¿Real?

—Por completo.

—Genial.

—¿No importa que hayas tenido que esperar?

—Esperarte, y no. Valió la pena cada jodido segundo —declaró Katsuki, que giró la cabeza al mismo tiempo que Izuku y tuvo alcance de sus labios.

Se besaron, y en acuerdo tácito, concluyeron estar hechos el uno para el otro.

 

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Notas finales:
Y aquí tienen el final~ Izuku había estado enamorado de Katsuki desde el inicio, pero quería ir despacio para cerciorarse de que era diferente a sus otros exes. Pueden apostar que sí. Esta pareja me encanta, y espero que haya sido lo mismo para ustedes que llegaron conmigo hasta el punto final.
Si les gustó o no, tienen alguna duda, queja y/o sugerencia estaré encantada de leerla :) Para quienes no leen en ao3, no olviden pasar por aquí (https://archiveofourown.org/works/24210829) y dejar kudos si es que escribir un comentario les parece complicado.
Graxie por darle una oportunidad a mi fic, besucos~!
p.d. Ya estoy trabajando en un nuevo fic que justo hoy llegó a 100k, donde Katsuki e Izuku solían estar juntos y se separaron al finalizar la secundaria cuando el bulllying se volvió demasiado. De momento sé que llegué a más de la mitad de la historia, pero no cuánto más me falte para terminarla. Sumen a eso el tiempo que me tomó betear y puede ser que no me vean el pelo en julio. ¿Agosto, quizá? Crucen los dedos.
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