Sangre de lobo por ArtemiaCelosia
Resumen: El heredero de los Malfoy jamás recibió la marca tenebrosa, su condena fue mayor. Aquella marca en su brazo izquierdo cambiaría su vida de forma radical.
No había marcha atrás. En sus venas ya corría la licantropía.

Fenrir Greyback x Draco Malfoy
Categorías: Harry Potter Personajes: Draco Malfoy, Fenrir Greyback
Géneros: Angustia, Drama
Advertencias: Tortura, Violencia
Desafíos: Ninguno
Series: Ninguno
Capítulos: 29 Completo:Palabras: 50498 Lecturas: 7572 Publicado: 06/08/19 Actualizado: 12/11/19

1. Deudas saldadas por ArtemiaCelosia

2. Preparaciones escolares por ArtemiaCelosia

3. Cargas insoportables por ArtemiaCelosia

4. Noche en el bosque prohibido por ArtemiaCelosia

5. Misión completa por ArtemiaCelosia

6. Dónde está mi hogar por ArtemiaCelosia

7. Vida en manada por ArtemiaCelosia

8. Traidores entre Carroñeros por ArtemiaCelosia

9. Vuelta a Hogwarts por ArtemiaCelosia

10. La batalla por ArtemiaCelosia

11. Viaje al bosque por ArtemiaCelosia

12. Llega el frío por ArtemiaCelosia

13. Los ruidos del bosque por ArtemiaCelosia

14. Olor a café recién hecho por ArtemiaCelosia

15. Vida nueva por ArtemiaCelosia

16. Caligrafía por ArtemiaCelosia

17. Llamas en los árboles por ArtemiaCelosia

18. Ensangrentado por ArtemiaCelosia

19. Soltando su mano por ArtemiaCelosia

20. Tachando días por ArtemiaCelosia

21. Desordenando las hebras rubias por ArtemiaCelosia

22. Despertar por ArtemiaCelosia

23. Una ayuda extra por ArtemiaCelosia

24. La ilegalidad a manos de un auror por ArtemiaCelosia

25. Los planes por ArtemiaCelosia

26. Fugitivos por ArtemiaCelosia

27. Manchando el agua por ArtemiaCelosia

28. Manos sanadoras por ArtemiaCelosia

29. La lealtad de los lobos por ArtemiaCelosia

Deudas saldadas por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
Aclaro, aunque ya es poco necesario, que el universo es de J. K. Rowling y no hago esto con ánimo de lucro.

Está basado en los libros, por lo que es importante considerar que habrán spoilers muy claros. Además de violencia explícita.

La historia queda dedicada a Neko San, quien deseó tener una historia de esta pareja y me animó a crearla.

Muchas gracias a todos los que participasteis con vuestras ideas. Espero poder ponerlas todas en práctica, antes o después.

¡Y ya sin tanta charla, vayamos a leer!
El zumbido en la oreja le devolvía a la realidad. Intentó levantar su brazo derecho sin éxito. Quiso mover una pierna, pero no le respondía.

¿Cuánto tiempo llevaba ahí? Debía poner sus pensamientos en orden.
«La prensa comentando sobre Potter, el director Dumbledore y la vuelta del Lord. El amo se había enfadado ante la misión fallida de padre, pero no pudo castigarle a él porque lo capturaron y lo llevaron a Azkaban».
Al instante recordó las súplicas de su madre y su cara de horror antes que arremetiesen contra él.
Llevó la mano izquierda a su nariz, notando sangre seca pegada a su piel. Fue abriendo los ojos poco a poco, despidiéndose de su letargo.
Observó la celda construida en el sótano de su casa. La zona que Voldemort había designado para los rehenes y sus torturas. Antes sólo eran los cuartos de los elfos. Una lágrima se deslizó por su sien al ver cómo había cambiado todo.
La molestia en la oreja no se iba, por lo que supuso que tenía una perforación. «¿Alguien vendrá a ayudarme?».


Al cabo de lo que creyó que fueron dos días ya pudo arrastrarse por el suelo para apoyar su espalda en la pared, frente a la puerta, y quedarse sentado. La poción crece-huesos, el bálsamo de Asclepias tuberosa y la esencia de Murtlap aparecían a su lado izquierdo, como si alguien le estuviese observando. También le sirvieron un vaso de agua con el que pudo hidratarse y limpiarse la sangre seca.
Cada vez recordaba con más claridad lo que había ocurrido antes de despertar ahí.
El Lord había dado la orden de golpearlo, de cruciarlo, pero no de matarlo. No sabía cuántos habían sido, aunque estaba seguro que eran más de seis mortífagos rodeándole y lanzándole hechizos. Al ver su cuerpo se sintió agradecido de haber perdido la conciencia rápido.


Narcisa preguntaba a todos los mortífagos con los que tenía cierta confianza si por fin habían podido ver a su hijo, sin embargo siempre recibía negativas. Aunque lo supiesen, no iban a decírselo. Habían perdido su estatus de poder y nadie deseaba dar la cara por ellos.

—Imryll, ¿has podido conseguir alguna información? —preguntó la antigua señora de esa mansión.

La elfa agachó las orejas con culpabilidad. Llevaba buscando al señorito desde el primer momento que supo todo lo ocurrido. Sabía que estaba en la casa, pero no podía moverse con libertad por ella sin ser interrogada. Además temía encontrar a Nagini al girar en alguna esquina, no sería la primera vez que desaparecía un elfo cuando ella estaba presente en la casa.

—Me temo que no, señora.

—Sigamos intentándolo. No descansaré hasta recuperar a Draco. —Narcisa observó por la ventana a esa bestia con los ojos tan azules como el océano, acompañado por los demás Carroñeros.


Scabior escupió mientras observaba a la mujer rubia con la vista fija en el otro líder.

—Estoy harto de esta casa. —concluyó—. ¿Siempre tienen que estar viéndonos así?

—Pagan bien, no nos podemos quejar. —comentó uno de los Carroñeros más jóvenes.

—Nos pagan una miseria a cambio de no mancharse las manos, no vaya a ser que les salpique un poco de sangre impura.

Fenrir se carcajeó ante el comentario de Scabior. Estaba de acuerdo con la opinión de su compañero, pero imaginaba el porqué la señora Malfoy le dedicaba tal mirada. Le habían comunicado que su hijo debía ser castigado, y verles aparecer en el jardín no era un buen augurio.

—Sabéis porqué estamos aquí. —Fenrir giró sus pies para observar a sus compañeros—. Todos queremos conseguir algo y necesitamos ganarnos la confianza y el dinero para poder llegar a ello. Tenemos un acuerdo.

—Oh, vamos, Greyback… —Scabior suspiró fastidiado—. ¿Cuándo dejarás esa fantasía tuya?

El hombre lobo no respondió. Llevó su vista al cielo, viendo como empezaba a atardecer. Faltaba poco para la llegada de la luna, pronto empezaría su transformación.

—Tengo trabajo. Comunicad las bajas y tomad tiempo libre. No volveréis a cazar esta noche.


Nadie iba a por él. Ni cuando volvió su voz y no dejaba de preguntar o pedir ayuda. Ni cuando empezó a caminar con dificultad, intentando escuchar algo tras la puerta. Nada. Las horas pasaban y su tormento aumentaba con ellas. Sólo pociones y agua aparecían sin darle ninguna explicación.

Las paredes tenían rasguños, la cerradura había intentado ser forzada. Draco ya no gastaba energías, sólo se limitaba a mirar a la puerta y esperar a que se abriese. Y para su desgracia, así fue.

—Disculpa la espera. He estado en una importante misión. —Fenrir hizo una pausa observando el cuarto—. Veo que realmente estabas ansioso por mi llegada. —Se burló centrando su mirada en las uñas ensangrentadas del rubio.

Draco miraba confuso los movimientos del hombre lobo. Estaba cerrando la puerta. Sintió magia en el ambiente e imaginó que Greyback había lanzado un hechizo no verbal.
Las pesadas botas llenaron de ruido la estancia, hasta acabar frente al joven. Fenrir se acuclilló mirándole con deseo y mostrándole esos dientes que tantas vidas habían arrebatado.

—¿Estás listo para tu castigo? —preguntó socarronamente.

—¿C-castigo?

Draco intentó alejarse hacia la derecha, pero la mano del hombre lobo agarró su pierna, trepó sobre él y le dejó inmovilizado.


Narcisa corrió por el largo pasillo intentando buscar a la que alguna vez fue su amiga, su compañera, su hermana. Ya no podía confiar en ella, lo sabía. Se había trastornado y obsesionado con el ser que mayor temor infundía, pero necesitaba saber algo.

Tocó la puerta con insistencia, hasta que Bellatrix asomó y le dedicó una desquiciada sonrisa.

—Necesito hablar contigo, Bellatrix.

Entró al cuarto cuando le permitió el paso, pero no dejó de observar los movimientos de su hermana. Miraba de un lado a otro asegurándose que nadie la hubiese visto.

—Maté a Sirius. Ese traidor, ya no está en nuestra familia. Nunca más. —Rió fuertemente, aunque se calló al ver a Narcisa seria.

—Sé lo que hiciste Bellatrix. Sé que fuiste torturada por tu error en la misión de la profecía.

—¡Tu bastardo maridito falló! ¡Y se dejó atrapar poniendo al amo en peligro! —Bellatrix hizo levitar una lámpara de noche que se estrelló con el espejo del tocador.

Narcisa se acercó a ella de forma pausada, pero decidida.

—¿Dónde está mi hijo? Ya le castigaron. —Vio la duda en su mirada—. ¿Qué escondéis? ¡Él no ha hecho nada!

—Él paga vuestros errores, lo sabes. No me importa lo que le haya pasado. Su padre ganó ese castigo para él. ¿No te das cuenta de lo que importa en realidad, Cissy? Nuestro amo se fortalece cada día más. Él tendrá el poder del mundo mágico, matará a todos los sangre sucia y a los que le traicionaron.

Narcisa empujó a su hermana y salió del cuarto. Tenía la respiración agitada. Dolía saber que tenía razón, sabía que el señor oscuro pagaría cada uno de sus errores con Draco, y Lucius había fallado.


Fenrir sostenía con facilidad a Draco, que seguía intentando luchar por liberarse, sin saber dónde huir. Sabía que no tenía posibilidades, pero no podía rendirse. Sentía pánico al tener a ese hombre tan próximo a él. Siempre le había visto muy lejos y tras algún vidrio, aunque no era necesario verle de cerca para saber el miedo que infundía. Lo notaba en algunos mortífagos, que no querían aceptar ese sentimiento por ser considerado un ser inferior, una simple bestia.

—Sabes que no tienes ninguna escapatoria, así que sé buen chico y seré menos brusco. —susurró cerca de su oído.

La apariencia de ese hombre robusto comenzó a cambiar. Con terror en sus ojos grises, vio como los huesos se desencajaban y crujían, sintió el pelo tocando su piel y escuchó ese horrible aullido a pocos centímetros de su rostro.

Sujetó con firmeza la pálida muñeca izquierda y la alzó acercándola a su boca. Las súplicas, los sollozos y el forcejeo de Draco de poco sirvieron. Fenrir clavó sus dientes en el brazo del chico. Los angustiosos gritos de dolor llenaron el pequeño cuarto.
Notas finales:
Espero que la lectura haya sido de vuestro agrado y que dejéis un comentario con vuestra opinión, así como que nos volvamos a ver el próximo viernes con el siguiente capítulo.

¡Muchas gracias por leer!
Preparaciones escolares por ArtemiaCelosia
El lobo soltó el delgado brazo y se apartó de su cuerpo sin dejar de observarle. Draco temblaba por el dolor y el miedo que sentía. Seguía pidiendo ayuda, pero su garganta ya no le permitía gritar, sólo podía susurrar y balbucear clemencia hasta colapsar. Su cuerpo quedó laxo, su mirada intentaba seguir al lobo que caminaba de un lado a otro, acechante. La puerta se abrió. Una figura con la túnica de mortífago inmovilizó a Fenrir y se acercó al rubio para aplicarle un emplasto de polvo de plata y díctamo en la herida del brazo, quien deseó tener voz para suplicarle que le dejase morir, pero no fue capaz de pronunciar dichas palabras. Sólo le concedieron un poco de paz cuando le lanzaron un Desmaius.


Narcisa se arrodilló frente al ser más diabólico que había existido.

—La última oportunidad para los Malfoy. —El siseo de su voz era comparable a la enorme serpiente a la cual acariciaba—. Draco tendrá que acabar con Albus Dumbledore. —Hizo un gesto con la mano, indicando a Bellatrix que le entregase la información para realizar dicha misión.

—No le fallaremos, mi Lord.

La mujer tomó el sobre y con una reverencia salió del salón. Soltó todo el aire contenido al llegar al cuarto. «Nuestro hijo castigado, obligado a convertirse en un mortífago siendo tan joven y con una misión imposible. Lucius, ¿qué hemos hecho?».
Indicó a la elfina que guardase la información y que no saliese fuera en ningún caso. Necesitaba encontrar ayuda para su hijo. Era su madre y no permitiría que se enfrentase solo.


Su respiración empezó a acelerarse más y más al recuperar la consciencia. Abrió los ojos grises mientras levantaba el brazo, rogando que todo hubiese sido una pesadilla. Ahí estaba. La herida con el emplasto que evitó que muriese desangrado. Llevó su mano derecha para tocarla. No se borraba con el paso de sus dedos. Era completamente real. Sumó sus uñas esperando que fuese un simple lienzo que, al ser destruido, le permitiría eliminar esa imagen grotesca.

—Si sigues haciendo eso quitarás el emplasto.

La grave voz congeló los movimientos de Draco. Su respiración se volvió lenta, aunque eso no implicaba que fuese tranquila. Él seguía allí. Intentó levantarse para huir cuando le escuchó moverse. Todo empezó a dar vueltas y en dos pasos cayó al suelo. Cerró los ojos esperando recibir un golpe que nunca llegó.

—N-no me hagas daño… —susurró con un tono muy bajo.

—¿Más?

Nunca esperó recibir esa respuesta de parte del hombre lobo. Éste le dejó sentado en el suelo, cogió su muñeca y revisó la herida. Al instante se escucharon golpes en la puerta. El hombre se dirigió a ella y se marchó sin decir nada más.


Cissy y Bellatrix se escondían bajo sus túnicas para llegar a la cita con Severus. La hermana mayor había accedido a acompañar a la preocupada madre. El chiquillo no podría con la misión y Severus nunca había sido de su confianza, por mucho que el amo así lo considerase. Mataría dos pájaros de un tiro. El viejo acabaría muerto sí o sí y Severus no tendría más remedio que obedecer al Lord de forma clara.

Llamaron a la puerta y poco tardaron en darles la bienvenida. Se retiraron sus capuchas para encontrarse con la mirada fría de Snape, que no cambió ni un ápice cuando Narcisa le contó la misión encomendada a Draco.

—Severus, necesito que protejas a Draco. Si él no puede terminar su misión… Júrame que harás todo por él.

—Lo haré. —aseguró Severus.

Bellatrix rió con sarcasmo.

—Haz un juramento inquebrantable entonces. —Su sonrisa se ensanchó al notar que Severus le miraba serio.

—Tú conjurarás el encantamiento.

Narcisa se levantó mirando a Severus en un mudo agradecimiento. Sabía que le debía todo a ese hombre. Su hermana pareció fastidiada por la decisión que tuvo el moreno.


Su cuerpo se mecía hacia adelante y atrás, sus lágrimas no dejaban de brotar y no podía apartar la mirada de su brazo. Sus manos temblorosas no se habían movido ni para recibir las pociones que aparecían. Nada le salvaría de ese horrible destino.

Estuvo solo desde que Fenrir se marchó. Ya no quería salir, ya no quería ver a nadie. ¿Cómo contaría esto a sus padres? ¿Cómo contaría esto a todos sus compañeros sangre pura? Sería tratado como un ser que no merecía existir. Todos le verían así.

La puerta volvió a abrirse y de forma absurda escondió su antebrazo en su pecho, escondiendo la vergüenza más grande.

—Es hora de salir.

Ni siquiera sabía quién era ese mortífago. Lo único que pudo hacer fue levantarse ocultando siempre su castigo, aunque vio que al hombre no le importó en absoluto, ya que se marchó sin esperar a que se retirase de la celda.

Caminó por los pasillos desolados, descubriendo por la ventana que era de noche. Probablemente todos dormían, salvo los vigilantes en los turnos de guardia que se hacían en las celdas y las entradas.

Paró frente al cuarto que pertenecía a su familia, donde había sido renegado con su madre. No se veía capaz de entrar sin romper a llorar. No podía ingresar y sentir el desprecio de su madre. Observó su brazo antes de sentir una chaqueta sobre sus hombros. Giró el rostro y vio a Fenrir alejarse. Estaba atrapado. Necesitaba irrumpir en el cuarto, disimular ante su madre y sentirse levemente a salvo, aunque fuese una ilusión. Metió sus brazos en las mangas de la chaqueta y cogiendo aire, abrió la puerta.

Narcisa se incorporó al instante que vio a Draco.

—¡Hijo mío! ¿Dónde has estado? ¿Qué te han hecho?

—Mamá, estoy bien. —Draco tragó con dificultad al decir esas palabras—. Debes descansar. Necesito darme una ducha.

Su madre no era tonta. Sabía perfectamente que Draco no quería hablar para no herirla, aun así tampoco quería que su hijo se derrumbase por las penurias que sus padres le habían hecho pasar. Sólo pudo asentir, acariciarle la mejilla y volver a la cama, no sin antes sentir una calidez en su espalda proveniente del abrazo de su hijo, como si fuese una despedida.

Ingresó al baño, asegurando la puerta. Lanzó un hechizo para que la bañera se llenase de agua caliente y comenzó a desnudarse. Las heridas de su cuerpo eran simples marcas ya cicatrizadas gracias a las pociones que le habían sido suministradas. Guardó un sollozo al ver su brazo. Se dirigió a la bañera dejando que su cuerpo se relajase por fin. Sus músculos se sentían agarrotados.


Los Carroñeros festejaban el gran botín que habían conseguido ese día. Doce nacidos de muggles y seis traidores habían sido capturados.

—¿Sabéis qué tuvo que hacer anoche Fenrir? —preguntó un chico moreno, con ojos castaños y la avaricia de un joven que viene de una familia pobre. Se hacía llamar Jack, aunque nadie sabía si realmente ese era su nombre.

—¿Eso importa? —respondió Scabior—. Probablemente le pagasen mucho y no quiso compartir las ganancias.

—Es sólo que me ha parecido extraño que haya querido marcharse tan pronto de la fiesta. Él suele ser el último en caer.

Otro hombre más veterano había negado la cabeza a Jack, haciéndole señas para que no continuase la conversación. Llevaba desde el inicio allí y era muy observador. Sabía de la rivalidad que tenían ambos líderes, especialmente Scabior, que había quedado relegado al segundón ante la fuerza y las características de Fenrir.
El hombre lobo, en una ocasión, aseguró que quería derrocar el mundo mágico y sabía que no era un decir. Todos los que no sufriesen la licantropía corrían peligro. Ellos mismos. Al escucharlo por primera vez le hizo desconfiar, pero con el tiempo vio que Fenrir tenía una gran lealtad y entendió lo que realmente buscaba. Scabior no era así. Buscaba dinero para gastarlo en todo tipo de cosas materiales, para intentar sentirse lleno, no tenía dónde ir ni sabía qué haría después de este trabajo, si es que había pensado alguna vez que eso acabaría.


Draco se vistió para dirigirse al callejón Knockturn. Su madre le había entregado el sobre con todas las indicaciones de su misión. Sentía que de una forma u otra, iba a una muerte segura, pero si con esa misión podía salvar a sus padres, haría todo por llevarla a cabo. Terminó de abrocharse el botón de la manga de su camisa y salió del baño.

—¿Estás seguro que no quieres que te acompañe?

Ambas miradas grises conectaron. Narcisa había sentido cómo su hijo se había apartado de ella, sintiendo que le culpaba del castigo y la misión que había recibido.

—Es mejor que te quedes aquí. —concluyó saliendo del cuarto. No se sentía con fuerzas para volver a tocar a su madre. No ahora que era una bestia.

Caminó rápidamente hacia la chimenea que usaría para llegar, sin embargo una mano le sujetó del hombro con firmeza.

—Te llevo yo.

No era necesario verle para saber quién era. No se atrevía a llevar su mirada a ese hombre. Simplemente asintió y ambos desaparecieron.

Estaban en un callejón muy poco transitado.

—Aprovecha para hacer tus compras escolares, no podrás volver. Te veré en Borgin y Burkes.

Draco asintió, observó la calle principal y salió cuando vio el momento perfecto, sin llamar la atención de nadie.


El hombre lobo observaba en la trastienda, rodeado de oscuras antigüedades. Su olfato detectó un olor muy distinto al polvo que le rodeaba. La tienda estaba vacía, así que ordenó al señor Borgin que echase las cortinas y que cerrase tras la llegada del heredero de los Malfoy.

—Señor Malfoy, un gusto verle aquí. ¿En qué podría ayudarle? —preguntó el propietario mientras aseguraba la tienda.

—Sé que tiene un armario evanescente en su tienda, señor Borgin.

—Por supuesto, señor, pero me temo que no puedo proporcionárselo porque aún no hemos encontrado a su gemelo.

—No voy a llevármelo. Usted me ayudará a reparar a su gemelo y asegurará el que se encuentra en su tienda.

El señor Borgin sentía mucha presión encima, algo le decía que no debía aceptar ese trato.

—Greyback vendrá a por usted si no me ayuda. —Draco no tenía la certeza de la ayuda del hombre lobo, sin embargo intentó decirlo con toda la seguridad que pudo, mientras se armaba de valor y le mostraba su antebrazo mordido a Borgin.

El hombre quedó estupefacto y pálido. Enseguida se puso a asegurar el armario en un lugar privado en la zona trasera, dándose cuenta que Greyback ya no esperaba allí. Sintió más pánico al no saber su ubicación, por lo que se apresuró en volver con el joven y comenzaron a planear la reparación del gemelo. Por último le vendió la Mano de la Gloria, un collar de ópalos maldito y le juró que jamás contaría su secreto.

Fenrir apareció tras Draco para llevárselo, no sin antes sonreír al propietario.
Notas finales:
¡Muchas gracias por el apoyo recibido a la historia! Nos vemos el próximo martes con el tercer capítulo.
Cargas insoportables por ArtemiaCelosia
Draco caminó por el vagón del tren que estaba a rebosar de alumnos nuevos y otros que regresaban emocionados por el reencuentro con sus amigos. Mostraba una falsa seguridad y unos andares dignos de un Malfoy.

—¡Draco, te estábamos esperando! —Pansy se hizo a un lado de la puerta que cerraba el cubículo que habían guardado. Blaise le saludó con más tranquilidad y mencionó que Crabbe y Goyle se habían marchado a comprar algunas golosinas.

Ambos contaban cómo habían pasado el verano. Para ninguno había sido un verano como otro cualquiera. Draco se inclinó un poco y sus amigos hicieron lo mismo, entendiendo que había algo muy secreto que oír.

—Chicos, creo que es mejor que este año no estéis mucho tiempo en el colegio. —Tragó saliva.

—¿Ha ocurrido algo, Draco? —preguntó Blaise mirándole fijamente a los ojos.

No deseaba mentir a sus compañeros, sin embargo no había otra opción. Necesitaba que ellos actuasen con normalidad.

—Me han encomendado una misión.

Blaise tocó uno de sus antebrazos dejándole una clara, pero muda, pregunta. El rubio asintió sabiendo que se refería a la marca tenebrosa y no a lo que realmente tuvo que sufrir.

Los chicos siguieron hablando como si de nada se tratase. No debían llamar la atención.


El tren no tardó en llegar a su destino. De nuevo en Hogwarts. Sus amigos salieron del cubículo y Draco se dispuso a coger sus cosas con tranquilidad, hasta que notó un olor distinto. Dando un giro inesperado lanzó un Petrificus totalus y escuchó un golpe seco en el suelo. Llevó su mano al sonido, hasta que notó una tela que apartó con rapidez. Ahí estaba el maldito cara-rajada. El que se había inmiscuido en la misión de su padre y le había hecho pasar por todo esto. Con rabia le dio una patada en el rostro, le tiró la capa de invisibilidad encima mirándole con odio y salió de allí.


Cada noche intentaba observar la Luna. Le producía calma y a la vez un sentimiento de pérdida de su ser. Aún era poco visible, pero llegaría el día y debía protegerse de alguna manera. Recordó a Severus y los encargos del profesor Lupin. Quizá podría ayudarle.
Giró sus pasos para dirigirse a su despacho, pero un mareo le invadió. Se sentó escondido tras una estatua y esperó que pasase.


Narcisa caminó furiosa hasta llegar a la bestia que descansaba en la butaca del salón, como si ese fuese su hogar.

—Tú castigaste a mi hijo.

Greyback le mostró los dientes fastidiado por la interrupción de su reposo.

—Dime qué ocurrió todo ese tiempo. Quiero saber por qué me hijo no volvió siendo el mismo.

El hombre estiró sus extremidades y crujió sus nudillos.

—¿Por qué no le preguntas a tu hijo? Sigue igual de arrogante que cualquiera de vosotros, no sé a qué te refieres. —Fenrir clavó su mirada en la delgada mujer. Podía despedazarla en cualquier momento y aún así se atrevía a reclamarle. «Están unidos como una verdadera familia».

Su pelo rubio se movió ante una negación. Ella no podía hacerle eso a su hijo, no podía quebrar la fortaleza que había sacado para no preocuparles.

—Tus compañeros mortífagos le dieron una paliza y le suministraron pociones. —La mujer asintió con la historia—. Después el Lord me mandó a torturarle. Me prohibió matarle.

—Te vi llegar a la mansión. Fue la noche de luna llena. —Su voz se quebró con la conclusión.

Algunos Carroñeros llegaron para buscar a su líder y seguir con la caza, no había tiempo que perder y esa noche la había ocupado Scabior con la mitad de ellos.

—Estuve con él en la mañana siguiente. —concluyó Fenrir marchándose.


Secó el sudor de su frente sin dejar de observar aquel armario de madera. Maldijo con rabia porque aún no había conseguido repararlo. Le había dedicado mucho tiempo y cada vez se sentía peor. No tenía hambre, no podía dormir. Encima tenía que soportar a Potter y sus perros siguiéndole todo el tiempo. Menos mal que con la Mano de la Gloria y un poco de polvo peruano de oscuridad instantánea, vendida por los mismos Weasley, podía salir de la sala sin ser visto por ellos.
Miró el estado de la Luna, ya no podía posponerlo más. Blaise le cubriría en el cuarto pensando que estaría trabajando en su misión, pero necesitaba algo más. En dos semanas llegaría el momento aterrador y aunque no se sintiese sumamente cómodo con el que antes era su profesor favorito, no tenía muchas más opciones.
Recogió sus cosas y salió de allí usando la táctica de siempre por si se encontraba algún estudiante por los alrededores, aunque era la hora de la cena.


Severus acababa de terminar algunas pociones pimentónicas que necesitaba Madame Pomfrey, ya que ella había recibido varios alumnos de primer curso que se habían accidentado en sus clases de vuelo y no daba abasto. Unos golpes en la puerta le hicieron alzar la mirada y con un breve “pase” se abrió, permitiendo que el chico que había estado en sus pensamientos ingresase al cuarto.

—Profesor Snape, necesito hablar con usted. —Draco miró la mesa llena de pequeños frascos—. Disculpe la interrupción.

Severus le invitó a tomar asiento observando el estado del rubio. Se notaba más delgado, pálido y débil. Había notado sus ausencias en el Gran Comedor y veía como se escabullía entre los alumnos, siempre perdiéndose en algunos puntos. Su desinterés por el Quidditch y por el trío de Gryffindor también daba muchas señales de que algo iba realmente mal.

—¿Y bien?

La mirada de Draco estaba en un punto muy lejano a la mesa que parecía apreciar. Snape también creía en la pureza de la sangre, también despreciaba a los muggles. ¿Quién le aseguraba que le ayudase? ¿Realmente podía confiar en ese hombre? Sus padres siempre le habían tenido en alta estima.

Su mano derecha acarició su antebrazo. El profesor estudiaba todos los movimientos del chico, sin embargo cuando se percató de este último lanzó varios hechizos para proteger la sala. No se escucharía nada desde fuera, nadie podría entrar y nadie podía salir hasta que Severus lo desease. Tampoco detectó a nadie más dentro del cuarto.

—¿La recibiste? —Severus frunció el ceño cuando el rubio negó con la cabeza—. Déjame ver tu brazo.

Draco levantó levemente sus ojos, pero seguían perdidos en algo.

—Necesito una poción, profesor.

—¿Qué tipo de poción? —indagó con una ceja alzada.

—Necesito poción matalobos.

Severus negó con la cabeza repetidas veces. Se levantó rápidamente, sujetó el brazo de su alumno y subió su manga. En el antebrazo había una herida profunda de desgarradores colmillos. Miró el rostro de Draco. No había expresión alguna en él. Estaba sumido en un trance difícil de alcanzar.

—¿Quién más lo sabe? —El chico no respondía por lo que tuvo que zarandearle y volver a preguntar y fue cuando por fin le miró, pero sin ver más allá. Estaba aquí, estaba siendo consciente de la situación.

—Voldemort mandó a Greyback. Un mortífago fue a curarme, no sé quién era. Y… El señor Borgin. Desconozco si alguien más lo sabe.

Severus comenzó a inspeccionar la herida que no podría borrar. Parecía sana y concordaba con lo que le había dicho el chico. Hablaba con Draco sobre su misión, admitiéndole que sabía lo que estaba haciendo en la sala de Menesteres. Se comprometió a ayudarle con su estado, le proporcionaría pociones y le ayudaría a huir al bosque prohibido antes de transformarse.


La mujer imploraba por su vida. El resto de sus compañeros, que habían sido asediados por el bosque, yacían muertos en el suelo. Algunos con las vísceras fuera, creando un hedor terrible.

—Llevaos a ésta. Quizá nos den un poco de oro por ella. —concluyó Scabior mientras se limpiaba las manos con un trapo que había robado a uno de los cadáveres—. Trabajo realizado, ¿no?

Fenrir observaba la lejanía en silencio antes de asentir.

—Los aurores no tardarán en llegar. Será una buena distracción para el Ministerio.

La ferocidad con la que había actuado Fenrir había estado fuera de lo normal. Algo había en aquel grupo que él mismo había elegido ir a aniquilar.


Caminaba con vértigos constantes que le hacían tropezar. Caería todo el tiempo al suelo si no fuese gracias a Severus, quien le había acompañado hasta el bosque.

—Volveré mañana a por ti. No puedo protegerte aquí, resultaría sospechoso, así que ten cuidado. —dijo antes de marcharse.

Su cuerpo estaba tenso. En ese bosque se escuchaban ruidos por cualquier dirección, como si todo le estuviese acechando. Sería un hombre lobo, su primera transformación en un bosque sumamente peligroso y preservando su sentido humano gracias a la poción matalobos.
El plan era sencillo en su mente, pero sabía que se complicaría a la hora de la verdad. Debía transformarse y buscar un sitio seguro hasta que pasara la noche. Cerró los ojos e inhaló intentando tranquilizarse. De forma extraña deseó que aquel que le obligó a pasar por todo esto estuviese a su lado en esos momentos.


Fenrir esperaba sentado en el césped de aquel enorme bosque, con la espalda apoyada en el grueso tronco de un fresno. Le agradaban los bosques que se encontraban detrás de la mansión Malfoy. Sentía calidez en ellos, a pesar de la presencia de Voldemort en la casa. Había procurado alejarse lo suficiente para no crear problemas, aunque tenía el permiso del Señor Oscuro para quedarse.

«¿Cómo estará él en su primera transformación?». Suspiró. Sus compañeros empezaban a hacer preguntas sobre algunos cambios de actitud y no ayudaba que Narcisa Malfoy clavase su mirada en él siempre que coincidían.
Notas finales:
Y aquí sigo cumpliendo mi palabra, actualizando cada martes y cada viernes hasta que termine la historia.
Noche en el bosque prohibido por ArtemiaCelosia
Asomaba la luz blanquecina que avecinaba el cambio. Sentía como su cuerpo se transformaba con dolor moderado, gracias a la poción, y aún así creía que iba a desmayarse. Los huesos cambiaban de sitio, de largura y de anchura. Notaba como los dientes se alargaban para convertirse en un gran depredador, las garras salían de sus patas ya peludas. Cada parte de su cuerpo era modificada por la licantropía.

Apoyó ambas manos sobre el suelo en un intento de ponerse en pie. Debía cumplir el plan establecido. Lo intentó en varias ocasiones haciendo caso omiso al dolor, hasta que por fin consiguió levantarse.

Caminaba lentamente, intentando hacer el menor ruido posible. Todos sus sentidos estaban alerta. Afortunadamente, su oído y su olfato eran mucho mejor ahora y había podido esquivar unos centauros al escucharlos cabalgar a mucha distancia, pero debía ir con sumo cuidado, sabía que el bosque era muy peligroso, y desconocía qué tipo de criaturas silenciosas y mortíferas podía encontrarse allí.

Llegó a un río. Miró el agua que reflejaba la gran esfera blanquecina y tuvo tentaciones de verse, pero no tuvo el coraje suficiente.
Más allá vio una zona llena de telarañas y un par de acromántulas, que le observaban con esos brillantes ojos negros. Sería mejor alejarse con extrema precaución. Observó un leve movimiento en un árbol cercano, sin embargo no necesitó pensarlo dos veces para salir corriendo sin preguntarse qué era. Si era una de esas enormes arañas, estaría perdido. Atacaban en manada y podían paralizarle.

Paró cuando se encontró un buen lugar donde poder protegerse y se dio cuenta de la distancia que había recorrido. Cruzó medio bosque en apenas unos minutos. La velocidad que podía alcanzar era impresionante. No detectaba ningún tipo de sonido u olor que no fuesen de las mismas plantas. No veía que ninguna fuese peligrosa. Tenía una zona para huir si era necesario. Descansaría allí hasta que el Sol volviese a darle su apariencia.


Eran altas horas de la madrugada, pero tenía una promesa que cumplir. Dumbledore había recibido la misma confianza que le había otorgado. Estaba muriendo y si Draco no podía terminar con su misión, él lo haría, pero al igual que Dumbledore guardaba sus secretos. Severus había decidido esconder el secreto del armario evanescente. Una cosa era estar a favor de Dumbledore por su querida Lily y otra muy distinta que estuviese de acuerdo con sus valores.
Observó el armario y las herramientas que allí se encontraban. Probó con un objeto, pero nada ocurrió. Draco aún tenía mucho que hacer. Intentó grabar todos los progresos que veía y se dirigió a su cuarto sin ser visto. Enviaría una carta a Narcisa.

«Draco no la mencionó cuando le pregunté quién sabía su estado. Tampoco debería saber que yo poseo esa información». Ella debía controlarse ahora. Cuando la guerra pasase se lo contaría, aunque Draco no quisiera.


Scabior miraba a la mujer de la celda.

—La pregunta es clara. Respóndeme.

—No sé lo que quieres, de verdad. No le conozco. Nunca le había visto. —contestó ella llorando.

Él ladeó la cabeza, extrañado. Le habían mandado a torturar a la chica para conseguir información de otros traidores a la sangre y había aprovechado para solucionar algunas de sus dudas.

—¿No conoces a Fenrir?

Ella negaba pidiendo que le dejase ir, que no sabía nada de él.

—Él fue a por vosotros. Os conocía. —Hizo una pausa antes de proseguir—. Había un par más de traidores en vuestro grupo y los mató sin más. No conseguimos la recompensa de ellos. Algo debes saber. ¿Qué teníais en común?

—Nosotros sólo luchábamos por lo que creíamos que era justo. —susurró ella entre hipidos.

—¿Luchar contra qué?

Ella le contó que habían estado formando algunas manifestaciones y boicots en el Ministerio cuando varios mortífagos escaparon o fueron absueltos. Entre ellos mencionó que recientemente pidieron una pena más alta por Lucius Malfoy.

Scabior sonrió de medio lado antes de seguir torturando a la mujer, ahora para conseguir la información de más rehenes.


Sentía mucho cansancio y sed. Quedaba media hora para que amaneciese y él debía llegar al punto de encuentro. Quedarse en medio del bosque supondría morir y que su cadáver jamás fuese encontrado. Por lo menos su primera noche había sido tranquila. Había salido sano y salvo de aquella experiencia.

Llegó al mismo lugar donde Severus le llevó hacía horas y se dejó caer en el suelo. No pudo evitar llevar su vista a sus patas traseras. Su pelo era de un gris claro mezclado con blanco y sus almohadillas negras tenían leves cortes producidos por el terreno. Miró lo que debían ser sus manos con delgados dedos, ahora sólo tenía unas zarpas con las que podía desgarrar a un hombre. Se asustó al tener esos pensamientos, no quería perder su parte humana.

El dolor le hizo perder el hilo de sus pensamientos, el Sol estaba saliendo.


Fenrir entró en la gran mansión para dirigirse a dormir. Esa noche se había quedado por los bosques deambulando, mientras otras criaturas le huían con pavor, y se le había hecho eterna.
Asintió con la cabeza en un mudo saludo a sus compañeros Carroñeros y fue al cuarto que le habían asignado. Antes de ingresar, vio a Narcisa y Bellatrix dirigirse a algún lugar, probablemente para indicar al Lord cómo iba el plan. Tendría que informarse luego.


El rubio ya se había vestido con la ropa que había dejado escondida la noche anterior, ya tenía suficiente con transformarse en un hombre lobo como para tener que soportar que su profesor le viese desnudo. Éste no tardó en llegar, como le había dicho.

—¿Ha ido todo bien? —preguntó el hombre ayudándole a levantarse y dándole un vaso de agua que había invocado.

Draco asintió y bebió de un solo trago.

—Me siento muy cansado. Encontré unas acromántulas y empecé a correr sin pensar. Ahora me duele todo el cuerpo.

—Será sospechoso que no vayas a clases. Deberás aguantar. —comentó mientras se ponía a caminar. Escuchó un suspiro a su espalda. Realmente ese chico no debería estar pasando por todo eso. Un año antes tenía la vida perfecta. Una familia que le quería, amigos, dinero. Tenía un futuro brillante sin necesidad de mover un solo dedo. Ahora seguía teniendo esas cosas, pero al igual que él, sabía que no por mucho tiempo.


Narcisa se inclinó ante ese ser que ya no podía nombrarse como “hombre”. Nagini era mucho más parecida en aspecto.

—Señor, Draco ha hecho avances con el armario, pero aún no ha conseguido resultados. —informó la mujer.

Él sólo asintió.

—¿Ha comunicado algo más? —preguntó con malicia.

—No, señor. Eso es todo. Indica que las pruebas realizadas no dieron resultados, sin embargo el armario cada vez está más reparado. Su trabajo es correcto. —Narcisa estaba insegura. Para ella la pregunta de Quién-no-debe-ser-nombrado había significado un error, un castigo.

—Genial. Atacaremos pronto. —respondió con una de sus repulsivas sonrisas—. Bellatrix, alista al grupo que se dirigirá cuando todo esté en marcha.


Draco encontró a Blaise en la sala común. Al parecer se había levantado pronto para poder controlar si alguien más le veía y cubrir sus espaldas. Se sentó en el sofá con él y apoyó la cabeza en el respaldo, cerrando los ojos y descansando en una zona que podía sentir segura y cálida.

—¿Has “dormido” bien? —preguntó su compañero.

El heredero de los Malfoy se mordió el labio y aguantó las ganas de llorar. Asintió antes de comentarle que necesitaba alistarse para ir a clases.

Ya en su cuarto procedió a meterse en su baño privado. Privilegios de ser un Malfoy. Por desgracia Severus le había dicho que no era seguro que se transformase allí, que alguien podía colarse y además Dumbledore se daría cuenta. Miró sus pies desnudos, viendo que ahora lucían normales. Era todo tan perturbador. Parecía una pesadilla, pero las pequeñas heridas seguían allí, sosteniendo que todo era real. Antes de meterse en la ducha, procedió a tomar las pociones que le había facilitado Snape para recuperarse y poder tener algunas energías para afrontar el día.


Era bien entrada la tarde cuando el hombre lobo se levantó de la mullida cama, satisfecho por el reposo que había conseguido.
Bajó los escalones hasta que encontró a Isadore, el veterano que paró los pies a Jack en más de una ocasión.

—Kam y Loyd han sido heridos, necesitarán unos días para recuperarse.

—¿Y tú? —Fenrir señaló su rostro. Una venda cubría uno de sus ojos.

—Fui herido, no obstante puedo continuar sin problemas, no necesito descanso. —aseguró.

El hombre encogió los hombros indicándole que podía hacer lo que quisiera. Si en la batalla resultaba ser un estorbo, nadie daría la vida por él. Era su decisión arriesgarse. Comenzó a alejarse para buscar a Narcisa, pero Isadore le llamó y dio unos cuantos pasos para quedar muy pegado a él, sin llegar a tocarle.

—Scabior ha notado tu reciente interés sobre los Malfoy y ahora se dedica a indagar tus movimientos. —advirtió inaudiblemente. Sabía que tenía un gran oído.

Fenrir gruñó muy enfadado. Parecía que Isadore guardaría su secreto, pero Scabior se había convertido en un problema.
Notas finales:
Muchísimas gracias por el apoyo y por los comentarios recibidos. Espero que os siga agradando tanto como a mí crearla y publicarla.
Nos vemos el martes.
Misión completa por ArtemiaCelosia
Aferraba el papel que aseguraba que había tenido una detención con el profesor Snape y por ende, había salido más tarde del toque de queda. Si alguien le encontraba, eso le salvaría. Había decidido ir a cenar al Gran Comedor, sin embargo se arrepintió al ver a todo el mundo charlando de forma tan animada, riendo y mostrando cariño. Dentro de poco el armario estaría arreglado y todo eso cambiaría. Una prueba había sido exitosa, aunque perdió la conexión de nuevo con el gemelo.
Entró a su sala común, yendo directo a su cuarto, sin hablar con nadie. Allí estaba su búho con una carta atada en una de sus patas. Desató el cordel tosco con curiosidad.

“Alto, castaño con marca de fuego. Ojos en una mezcla de azul y gris. Un anillo con una cabeza de cabra. No te fíes. La luz blanca agota”.

Draco releyó una y otra vez la breve nota. Hasta que se percató de la última frase. Incrédulo giró la nota y allí vio un pequeño arañazo al papel.

«¿Realmente será Greyback?». No podía fiarse de cualquiera que le escribiese una nota y tampoco entendía a quién describía. Aunque lo más importante era el porqué. ¿Alguien le buscaba para hacerle daño? ¿Qué había hecho él? Quiso contestar la carta, pero consideró que no era buena idea hacerlo. Recibirla ya había sido arriesgado. Sería mejor dormir.


Agarró una manzana que había cogido en la hora de la comida y la dejó en el armario antes de cerrarlo. Ya había probado todas las opciones que le había dado el señor Borgin. Si no funcionaba, toda su familia estaría muerta. Esperó unos minutos con la respiración agitada que resonaba por la sala llena de trastos. Acercó la mano al pomo, abriendo suavemente, como si un boggart pudiese salir de allí. La manzana seguía en el lugar, pero esta vez le acompañaba un claro mordisco y una nota que sólo contenía una palabra. “Éxito”. Soltó el aire. Unas ganas de llorar le inundaron. Salió de allí corriendo, buscando un lugar donde nadie le molestaría.
Cerró la puerta y se acercó rápidamente a una de las pilas, sollozando por lo que estaba por venir. El colegio ya no era un lugar seguro, muchos alumnos morirían y todo había sido por su culpa. Las lágrimas mojaban sus mejillas, por lo que se dispuso a limpiarse el rostro. Myrtle apareció para hablar con él, como había hecho en otras ocasiones.

—¿No lo entiendes? Soy un monstruo por haberlo arreglado, pero no lo suficiente como para salvar a mi familia. —Draco no podía dejar de llorar. La fantasma estaba a su lado, intentando consolarle.

A sus espaldas se escuchó el ruido de la puerta y al alzar la vista no pudo sino ver a Potter. Se giró molesto al ser descubierto e intentó lanzar un crucio, sin embargo a mitad de la palabra sintió una explosión en su lado derecho. Los chicos lanzaban hechizos y esquivaban los contrarios como podían. Harry se cubría con el poco mobiliario disponible que había, hasta que decidió salir de su pequeño escondite y gritar, sin pensarlo suficiente, un hechizo del cual desconocía su efecto.

—¡Sectusempra!

Draco intentó protegerse, pero de nada sirvió. La calidez que sentía en su pecho le hizo saber que algo no iba bien. Cayó al suelo intentando hablar, sentía que perdía todas las fuerzas. Cada vez notaba más húmedo su pecho. Potter parecía sumamente asustado y escuchaba como Myrtle gritaba que había acontecido un asesinato en el baño. El último recuerdo que consiguió fue el de Potter hablando con alguien, como en estado de shock.


Fenrir observó como todos los que habían sido llamados para el ataque estaban presentes en aquella mesa. Narcisa apareció por la puerta junto al Lord.

—Me informasteis del arreglo que hizo Draco. Todo fue según el plan. —Todo el mundo vitoreó—. Pero alguien se ha interpuesto. Alguien ha atacado a nuestro muchacho. —Voldemort sujetó los hombros de Narcisa, que mantenía la mirada en la mesa—. Severus me ha indicado que Potter lanzó una maldición que hizo que Draco casi se desangrase. A ese pobre muchacho…

El hombre lobo vio como todo el mundo caía en la manipulación de Quién-no-debe-ser-nombrado. Tampoco creía que necesitasen mucha más motivación.

—La misión será en dos días. Quiero que facilitéis el camino a Draco, destruid todo aquello que encontréis a vuestro paso. Bellatrix, Fenrir, confío en vosotros. Severus le sacará de allí cuando todo termine.

Narcisa asintió agradecida. Esperaba que su hijo fuese tan fuerte como para recuperarse en dos días y seguir contentando al Lord.
Bellatrix consolaba de manera fingida a su hermana, como si sintiese un enorme amor por Draco.


Ruidos de frascos llegaron a sus oídos. Quiso abrir los ojos, pero la luz era demasiado intensa.

—¿Draco? —escuchó. Se negó a responder, pero no dejaban de llamarle, así que intentó volver a abrir los ojos, dándose cuenta que la luz había sido apartada—. Intenta no moverte mucho.

—¿Q-qué ha ocurrido? —preguntó confuso.

El profesor le contó la pelea que había tenido con Potter y el estado de peligro en el que había estado.
«Sí, claro. Nadie es tan estúpido de usar un hechizo desconocido», pensó Draco.

—Voy a administrarte muchas pociones. Debes ser constante en las tomas. En dos días tendrás que cumplir tu misión.

El rubio cogió todo el aire posible antes de notar ese terrible dolor en su pecho. Snape se marchó de allí para impartir clase, tenía que seguir sus horarios. En cuanto a Draco, para todo el mundo el muchacho estaba enfermo. El director y Snape habían ocultado lo sucedido, protegiendo a Potter o por lo menos, fingiendo que así era.

Su búho llegó de nuevo cuando todos los demás alumnos estaban cenando. A él le había aparecido la cena en una pequeña bandeja que flotaba encima de sus piernas. Desató con delicadeza el pequeño papel, de nuevo con ese cordel hecho de algún tipo de planta.

“No temas. Nosotros haremos el trabajo”.

Se sorprendió al ver como Greyback, si realmente era él, sabía de su debilidad. Estaba seguro que debía guardar todo eso en secreto, dudaba que Voldemort hubiese mandado algún tipo de ayuda, al fin y al cabo todo esto era un castigo por la misión fallida de Lucius. ¿Su padre sabría todo lo que estaba haciendo? Si él estuviese presente, ¿se sentiría orgulloso? ¿Orgulloso de masacrar alumnos? No podía seguir pensando en ello. Sólo deseaba que todo pasase, estar muy lejos de ese lugar que había sido su segunda casa.


Los días de nerviosismo habían pasado, ahora sólo debía guardar tranquilidad. Se dirigió directo a la torre de Astronomía. Empezaba a escuchar el pánico creciente en el lugar. Explosiones, cristales rotos, alumnos gritando, risas por parte de los mortífagos… Él tenía que cumplir su misión.
Subió los escalones con suma rapidez y en cuanto lo vio allí, dándole la espalda, le desarmó.

—Éste es su último día, director.

Se sorprendió al ver como ese viejo se giraba con total tranquilidad. Le miraba por encima de sus pequeñas gafas con… ¿comprensión?

—Draco, no debes hacer esto. Tú no eres un asesino.

—Arreglé el armario evanescente que se encuentra en el castillo. Permití la entrada de los mortífagos. Soy un asesino, yo hice todo esto. —¿A quién pretendía engañar? Eso sólo era algo que le atormentaba. Una afirmación que se hacía a sí mismo para culparse y herirse más de lo que ya estaba.

—Déjame ayudarte, Draco. Tú no debes terminar como ese chico que tomó todas las decisiones erróneas. —comentó el director con calma y seriedad.

—Usted no puede ayudarme. No lo entiende. No entiende nada de lo que está pasando.

Escucharon muchos pasos subiendo los escalones. Varios mortífagos, entre ellos Bellatrix, estaban allí. Greyback apareció con un par de Carroñeros.

—Vamos, Draco. Termina con el viejo. —Le susurró su tía cerca de su oído—. Él está débil y desarmado. No puede hacer nada contra ti.

Fenrir vio la duda y el miedo en los ojos grises del joven alumno.

—Dejadme hacerlo a mi modo. —gruñó.

—Las órdenes fueron claras. Ningún asqueroso hombre lobo pondrá las manos en ese vejestorio. La familia Black lo hará.

Dumbledore asintió a Draco y él empezó a bajar la varita. No era capaz de hacerlo. No podía cumplir su misión. Sintió como un brazo se interponía entre el director y él.

—Snape, por favor… —suplicó el anciano.

—Avada Kedavra.

Todo pasó sumamente rápido. Draco abrió los ojos, sorprendido de la indiferencia de su profesor. Ese señor que había infundido respeto, que le había ofrecido ayuda, había fallecido. Había caído por la ventana de la torre, no había posibilidad para él. Todo aquello era verdadero. Se dejó llevar cuando Snape tiró de su brazo, en estado de shock. Además notó como alguien empujaba ligeramente su espalda.

Lograron salir del castillo, abrían el camino a Severus, que seguía tirando de él. Veía como mataban a alumnos sin ningún tipo de remordimiento. Bellatrix reía mientras destrozaba el salón, Greyback mordía la yugular de algunos alumnos, dejándolos fríos en un enorme charco de sangre. Se acercaban a la caseta donde habitaba Hagrid. Se encontraba en llamas.

A sus espaldas escucharon como Potter gritaba a Snape que era un asesino y un traidor. Le decía que Dumbledore confiaba en él. Juzgaba sus actos con el dolor de un hijo que acaba de perder a su padre. Vio como Potter quiso lanzarle esa extraña maldición que había sufrido en sus propias carnes, pero Severus realizó un contra hechizo y le enfrentó.

—¿¡Acaso crees que puedes usar una maldición que yo mismo cree, mocoso insolente!?

Severus volvió a él, dejando a Potter tirando en la hierba y desaparecieron de allí.

Se encontraba de nuevo en casa.
Notas finales:
Agradezco muchísimo el apoyo que estoy recibiendo con este fanfic, siendo una pareja poco común.


Gracias a todos los que os molestáis en comentar.
Dónde está mi hogar por ArtemiaCelosia
Ni siquiera quiso mirar a su madre cuando llegó al cuarto, sólo se encerró en el baño a pensar qué pasaría ahora. «¿Ahora? Perdí mi futuro desde que Fenrir me mordió. Ya no tendría trabajo en el Ministerio, ya no tendría familia, ya no tendría nada. Perder Hogwarts no me ha afectado a mí, sólo a mis padres».

Empezó a escuchar como su madre peleaba con su tía. Al parecer se había quedado dormido, apoyado en la pared del baño.

—¡Draco, el amo espera! —gritó la desquiciada.

Él sólo suspiró, lavó su rostro y salió del baño para dirigirse al comedor, lugar de reunión para los mortífagos. Sorprendido, vio como Lucius estaba allí sentado. Tenía un aspecto triste, estaba demacrado, su piel se veía mucho más pálida y grisácea. Parecía que había perdido gran parte de la vida. Se sentó al lado derecho de su madre, a la que seguía sin ver de forma directa. Nagini se arrastraba por la enorme mesa que alguna vez había estado llena de manjares y un gran pastel para celebrar su cumpleaños y, a diferencia del resto, no retiró sus manos de la mesa.

Voldemort llegó en un estado de euforia, pero él no le prestaba atención. No le importaba nada de lo que estaba sucediendo allí, sólo podía pensar en las imágenes que habían quedado grabadas en su mente. Sintió unos largos y huesudos dedos apretándole los hombros.

—Levántate, muchacho. —ordenó el Lord.

Draco obedeció. Su cuerpo era un cascarón vacío, una marioneta para hacer feliz a sus padres, que miraban la escena en silencio. Sintió el frío abrazo de Voldemort, que le felicitaba por su trabajo mientras el resto de personas aplaudían. «¿Sabrá que no le maté yo?», pensó.

La velada duró mucho más tiempo, pero él pudo escabullirse a su cuarto, recoger una poción y salir hacia al bosque. Caminaba sin rumbo, sin saber cómo continuar con su vida. No podía hacerlo. Todo esto le estaba superando desde hacía mucho. La misión había entretenido su cerebro para tener una razón para vivir, pero ahora él ya no tenía nada.

La mansión se veía lejana a pasos humanos. Ningún ruido de los celebrantes llegaba a sus oídos ya, éste había sido reemplazado por el sonido de un pequeño lago que allí se encontraba. Los pasos resonaban por el pequeño embarcadero, sin embargo, cuando llegó al final, decidió sentarse en él, sumergiendo las piernas, zapatos incluidos, en el agua.

Llevó la mano a su bolsillo, sacando el pequeño frasco y retirando el tapón, la tomó de un trago. Poción para dormir, algo sumamente seguro si no te encontrabas en una situación arriesgada. Volvió a mirar el agua, pero un cansancio súbito le hizo caer en el mundo de los sueños.


Fenrir llegó a la mansión con la mitad de los Carroñeros, el resto empezaban su turno de caza.

—¿Qué es esto? —preguntó fastidiado por tanta multitud. Allí estaba Lucius con su esposa, no obstante no pudo visualizar a Draco.

—Al parecer el Lord ha permitido que celebren la victoria en Hogwarts. —Kam le había recibido. Aún estaba con heridas y necesitaba reposar, sin embargo se negaba a estar todo el día en cama.

El hombre asintió y aprovechó para ir a las habitaciones. Viendo que no había nadie, se coló en el cuarto de los Malfoy. Ni rastro. Se acercó al armario y cogió la corbata de Slytherin del chico, oliéndola. Sí, ese olor había estado en la fiesta, pero se había alejado de allí. Dejó todo como estaba, salvo esa prenda que había decidido quedarse, y salió sin que nadie le viese. Había vuelto donde estaban todos. Pronto pudo notar el rastro, así que se despidió de Kam dirigiéndose al bosque.

Paraba sus pasos cada tanto, intentando escuchar algo. Algunas hojas moviéndose por el viento y lo que parecían animales pequeños. Creía ir por el camino correcto gracias a su olfato, aunque el chico podría haber pasado por ahí de vuelta y por lo tanto estaría perdiendo el tiempo.

Llegó a un lago con un embarcadero de roble. El olor se dirigía al embarcadero, pero no creía que hubiese cogido un bote o similar. ¿Sería posible que el chico hubiese realizado exactamente el mismo camino de ida que de vuelta? No había sentido su olor en ningún lado más. Giró sus pasos para marcharse, pero escuchó un par de burbujas. Al final del pequeño muelle vio un frasco de vidrio flotando. El lugar no parecía muy hondo, sobre todo en ese lugar cerca de la orilla. Decidió lanzar un encantamiento levitatorio para conocer qué había provocado que apareciesen esas burbujas y flotó el delgado cuerpo.

Dejando el cuerpo sobre la madera, le lanzó un Anapneo con la esperanza de que eso le ayudase a respirar. Tenía pulso, aunque no despertaba. Observó el rostro tranquilo del otro. Esperaría un rato.


Narcisa hablaba con su esposo, que había logrado huir en una segunda fuga que había provocado Voldemort cuando todo el mundo estaba pendiente de qué ocurría en el castillo.

—Lucius, algo le ocurre a Draco. ¿No lo has notado?

—Es normal, Narcisa. Ha tenido una misión desde una vida muy temprana, no estaba listo para ello, pero es fuerte. —Abrazó a su esposa, manteniendo una mano en su cabeza, acariciando su cabello.

Ella negó con la cabeza. Había algo más.

—Ya verás como todo pasará. Volveremos a ser felices los tres juntos, todo esto terminará.

—Temo perder a nuestro niño. —confesó la mujer.

Lucius confirmó que también era su pesadilla, sin embargo sabían que debían ser fuertes. Su lealtad ya no iba con Voldemort, pero ya no podían negarse a su presencia en la casa porque recibirían la muerte.


Gruñó molesto al volver a despertar. «¿Es que nada puede salirme bien?», pensó.

—Al fin despiertas. Empezaba a pensar que habías tomado un filtro de muertos en vida y no sabía cómo explicárselo a los demás.

De nuevo él.

—Una poción herbovitalizante hubiese acabado con su efecto. —respondió sin darle importancia—. ¿Por qué me sigues?

—Nunca fui bueno en pociones. —contestó obviando la pregunta del chico—. Al parecer ya lo tenías bien pensado.

Draco le miró fijamente. No comprendía a ese hombre.

—Greyback. —llamó al hombre sin dejar de mirarle fijamente a los ojos, y cuando consiguió el contacto visual se dispuso a realizar la prueba—. La luz blanca…

El otro levantó las cejas, apartando su vista de los ojos grises. No le mantenía mucho tiempo la mirada.

—¿Luz blanca? —Draco entrecerró los ojos, sin saber qué pensar—. Has estado durmiendo mucho tiempo, pronto anochecerá. Deberías volver.

—¿Volver a dónde?

—¿Te ha afectado la falta de oxígeno a tu cerebro? A tu hogar de niño pijo.

Draco levantó su espalda del suelo y miró al lago, tal y como lo hacía Fenrir.

—¿Y ahora dónde está mi hogar?

El hombre lobo le miró de reojo. Esa es la pregunta que tanto se había hecho a sí mismo, sobre todo cuando fue mordido y se sintió abandonado rodeado de gente.

—Vamos. —ordenó el mayor levantándose, obligando a Draco a que se pusiera en pie y caminase hacia la mansión.

Caminaban en silencio. La noche ya había caído y no veían bien algunos lugares a causa de la espesura del bosque. Draco no tenía su varita, probablemente la hubiese olvidado en el cuarto. No le había importado porque no tenía intención de volver. Pensaba en las notas que había recibido en el colegio. No había reaccionado a la primera.

—Temí. Vosotros tuvisteis que hacer mi trabajo al final. —susurró cansado por la caminata.

—Sí, eres un cobarde. —respondió Fenrir mientras continuaba caminando. Draco quedó quieto, mirando al suelo. No había sido él—. El Lord de igual manera está emocionado, quizá a la próxima no tengas tanta suerte.

Fenrir paró sus pasos cuando notó que el rubio no seguía.

—¡Eh! ¿Se puede saber qué haces? —preguntó de mala gana al ver que el rubio daba la vuelta y se iba solo. Dio dos zancadas para alcanzarle, pero éste se puso a correr y por supuesto no iba a escapar de él.

Draco era ágil. Aprovechaba su cuerpo liviano y más pequeño para meterse por huecos estrechos. Fenrir acabó alcanzándole en una explanada.

—¿Creías que podías escapar de mí?

—¿Por qué haces esto? —Cuestionó con angustia—. Me has jodido la vida. Me has privado de disfrutar mi futuro y ahora simplemente no me dejas ir. Sin darme ninguna explicación. ¿Quién más lo sabe?

El hombre lobo gruñó.

—¿Te crees que voy contando eso como si hubieses sido un trofeo? —Fenrir aferró su brazo con fuerza y tiró de él.

—No, para ti habré sido uno de tantos. —contestó de forma fría antes de caer de rodillas al suelo y ponerse a llorar.

El hombre aflojó un poco su agarre, lo suficiente para que no se volviese a ir corriendo sin llegar a hacerle daño.

—Te mostraré algo. —dijo Greyback cogiéndole en brazos y desapareciendo con él del lugar.
Notas finales:
Deseo que os haya agradado este capítulo y el pequeño acercamiento entre ambos. :D

¡Muchas gracias por todo el apoyo que recibo en cada capítulo!
Vida en manada por ArtemiaCelosia
Al llegar, el hombre bajó a Draco de sus brazos. Estaban en un hermoso valle rodeado de árboles nevados. Estiró la mano para recoger un copo que caía ante sus ojos grises, el cual se derritió en contacto a la calidez de su piel. El lugar era increíble. Notaba magia protectora allí, por lo que imaginó que era un sitio recurrente para Greyback. Había algunas casetas donde refugiarse. La leña se apilaba en el pequeño porche de cada una, formando una visión muy acogedora.

—¿Dónde estamos? —preguntó Draco mientras seguía al hombre lobo, que ya se había marchado hacia la caseta más grande del pequeño campamento.

Fenrir le mostró un mapa y señaló un bosque en Finlandia.

—Si alguna vez mencionas este lugar a otra persona, no dudaré en sacarte las tripas por traidor.

El joven ignoró la amenaza, aunque un escalofrío recorrió su espalda. Sabía cuan cruel podía ser ese hombre. Tenía la sangre muy fría.

—¿Por qué me has traído?

—Aquí es dónde nos asentaremos cuando se calmen las cosas. Por el momento estamos separados. —Hizo una pequeña pausa, pensando si realmente quería continuar hablando.

—¿Nos? ¿Los Carroñeros? —Fenrir negó con la cabeza—. ¿Licántropos?

Esta vez asintió, renovando la magia protectora del lugar y asegurando el perímetro aprovechando que se encontraba allí. Draco observaba sus movimientos, ya sin seguirle. Sintió un dolor horrible en el pecho, probablemente las heridas de nuevo. Snape le advirtió que debía mantenerse en reposo hasta que curasen del todo. Quizá con la aparición alguna de ellas se había abierto ligeramente.

—Hueles a sangre. —comentó Fenrir acercándose a él.

El rubio guardó silencio, creía que nunca se acostumbraría a esos comentarios que ya eran naturales en su vida de hombre lobo. Fenrir volvió a cargarle con facilidad, entró en la cabaña y le dejó en el sofá simple de la sala. Desapareció por una puerta y volvió con una bolsa vieja, llena con distintos frascos de pociones.

—Díctamo, ¿no? —El hombre le pasó el pequeño frasco con cuentagotas a Draco, que asintió ligeramente.

—¿Podrías marcharte? —pidió el rubio.

Fenrir obvió la pregunta del joven y observó los enormes cortes que marcaban la pálida piel. Uno de ellos se veía más rojizo. Confirmó que era el que le producía dolor cuando el chico depositó unas gotas de díctamo en ella. Luego recibió de nuevo el frasco y lo dejó en la bolsa.

—Será mejor quedarnos esta noche. Si volvemos ahora el díctamo no hará nada y no puedo asegurar que llegues entero. Haré guardia.

—¿No dormirás? —preguntó el rubio.

—No lo necesito. —respondió saliendo por la puerta, cerrando tras él.


Narcisa paseaba inquieta de un lado a otro de la habitación.

—¿Lo has visto? —Se abalanzó a su marido, que justo entraba al cuarto.

—He preguntado a algunos de ellos, dicen que lo vieron en la fiesta y que estaba bien. Seguro que necesitaba tiempo a solas, querida.

—¿Cómo puedes estar tan tranquilo, Lucius? ¡Es nuestro hijo! Deberíamos haberle ordenado a Imryll que le siguiese a todas partes.

Lucius abrazó a Narcisa con firmeza.

—Debes relajarte. Ambos debemos mantener la calma. —Agarró su rostro con delicadeza para mirarle a los ojos—. Draco necesita tiempo, pero él estará bien. Tú lo has dicho, es nuestro hijo. Sabemos de todo lo que es capaz.

La mujer abrazó a su marido, deseando que toda esa pesadilla terminase pronto.


Despertó con unos zarandeos nada amables.

—Levanta. Debemos marcharnos. —Fenrir levantó la camisa del rubio observando la herida.

—¡¿Qué diablos te pasa?! —exclamó avergonzado.

Se levantó contrariado, siguiendo a Fenrir que ya había salido de la cabaña.

—Te están buscando. Al parecer los Carroñeros han encontrado a tres chicos, entre ellos parece estar Potter. Debes ir a reconocerlos.

—¿Y por qué tienes tú esa información?

—Me han pedido que te encuentre por tus salidas inoportunas, así que más te vale disimular. Tú estuviste allí, en el bosque, toda la noche. Solo.

Draco asintió antes de cogerle del brazo y volver a aparecerse en la entrada de la casa. El hombre lobo se adelantó entrando a una sala.

—Lo he encontrado. —expresó.

—¡Draco, ven aquí! —Bellatrix se acercó a él y lo llevó delante de las tres personas que estaban retenidas—. Dime, ¿es él?

El rubio miraba a su antiguo rival, tenía la cara deformada, pero sabía que se trataba de Potter. Pensó qué decir. Afirmarlo sería acabar con la oportunidad de ser libres. Ellos eran los bondadosos, quizá los hombres lobo podrían vivir en paz si ellos ganaban la guerra. Quizá sus padres podrían expiar su antigua lealtad al ser que ahora les atormentaba.

—¡¿Es él?! —Le gritó su tía.

—Creo que no. No parece él.

—¿Seguro, Draco? ¡Mírale bien! —Sintió el empujón que le acercaba más a Potter, pero siguió negando la identidad del salvador.

Escuchó una voz que pedía una espada como recompensa, diciendo que les pertenecía a ellos por haberlos encontrado. Se giró para observar como Bellatrix le respondía furiosa, comenzaban a pelear entre ellos. Ese hombre era un Carroñero. Su pelo castaño tenía una mecha roja, como el fuego. Observó su mano para ver el anillo que describía la nota que le mandaron estando en el colegio.

Harry observaba la escena incrédulo. Estaba seguro que Malfoy le había reconocido, y si no lo había hecho, había reconocido a Ron y a Hermione, sabiendo que ellos siempre le acompañaban, una situación que el rubio siempre había aprovechó para burlarse, aunque fuese hipócrita ya que siempre le veía con sus dos gorilas. Tampoco pudo pasar por alto que había llegado con Greyback y éste parecía disimular, pero no dejaba de estar atento a los movimientos de su rival en la escuela, haciendo una mueca al haber visto el empujón que le había propinado la asesina de Sirius.

—¡Draco, lleva a esta escoria fuera! —gritó Bellatrix.

Él se acercó a ellos, ese hombre no dejaba de mirarle fijamente, y saber que debía tener cuidado con él sólo le ponía más nervioso. Seguía sin su varita. Salían de mala gana, farfullando algunas cosas que no llegaban a sus oídos. Intentaba mantenerse alejado del grupo que caminaba delante, hacia la salida.

Draco se sobresaltó cuando Scabior no tan solo dejó de caminar, si no que se giró y se abalanzó sobre él, dejándole inmovilizado y con una navaja en el cuello.

—Ya puedes ir soltando qué acuerdo tienes con Fenrir. —ordenó.

Los demás Carroñeros se dieron la vuelta al oír eso.

—¡¿Qué haces, Scabior?! —exclamó Isadore—. ¡Vas a meternos en un gran lío!

—¿Creéis que me voy a dejar timar por un sucio hombre lobo? Algo están tramando esos dos. El chico tiene mucho dinero y Fenrir no deja de prestarle atención. ¿Realmente pensáis que es una simple casualidad?

—Eso es cierto. —afirmó Jack—. Fenrir ha estado comportándose de forma muy extraña y todo apunta a que el chico tiene algo que ver.

—¿Y si es así qué pretendéis hacer? El líder se enfadará con todos nosotros por vuestra culpa. —dijo con miedo un hombre negro, con el pelo muy rizado, llamado Tyreese.

Algunos estaban a favor de ir contra Fenrir, nunca les había agradado que un hombre lobo hubiese llegado a ser el líder, a mandar contra magos usando la fuerza física. Otros se negaban a seguir con aquella locura. Isadore pedía a Scabior que dejase ir a Draco sin hacerle daño.

—No le doy nada. —contestó Draco a Scabior.

—Vamos, eso no se lo cree nadie, niño de papá. ¿Te estás tirando al hombre lobo? ¿Quizá te va el sexo duro? —Especulaba con una asquerosa sonrisa.

Incrédulo por lo que escuchaba, intentó liberarse, haciéndose un leve corte en el cuello por la navaja que Scabior seguía sosteniendo. La apretó más a su piel, casi clavándosela.

—Si es así, seguro que no te importa ponernos el culo al resto para demostrarme que no le das dinero.

—¡Suéltame! —gritó Draco intentando liberarse del agarre.

Un rayo verde devastador golpeó a uno de los Carroñeros que animaba a Scabior a abusar del joven o conseguir el dinero.
Notas finales:
Agradezco mucho todo el apoyo al fanfic. Aquí sigo cumpliendo, hasta el próximo viernes, gracias a vosotros. :D
Traidores entre Carroñeros por ArtemiaCelosia
—¡¿Qué está pasando aquí?! —gritó Bellatrix.

Los Carroñeros que animaban la situación se apartaron con cautela, viendo con miedo el cuerpo inerte de uno de ellos. Scabior soltó a Draco, que corrió tras Bellatrix.

—¿Es que ni siquiera puedes deshacerte de la basura? ¡Márchate, ve a hacer el trabajo de un elfo doméstico, si puedes llegar a cumplirlo!

Draco observó a Isadore sin saber muy bien qué hacer. Bellatrix no dudaría en matarlos a todos, aunque no fuesen culpables.

—No voy a marcharme.

Vio como su tía se giró con rabia hacia él, iba a lanzarle un Crucio, pero por suerte apareció su querida elfina Imryll, que había pasado a ser una esclava de Bellatrix, para indicarle que los prisioneros ya se encontraban en las celdas. Algunos Carroñeros aprovecharon la distracción para marcharse, aunque algunos no tuvieron tanta suerte ya que Bellatrix volvió a lanzar el letal hechizo. Dos cuerpos quedaron allí y aunque Scabior pudo escapar, realmente parecía haber sido impactado.

—¡Eres un inútil! —Le espetó la mujer tirándole al suelo de un empujón. Se alejó por un pasillo, iría a interrogar a la sangre sucia que habían podido capturar. Aún estaba segura que aquel chico deforme era Harry Potter, y si conseguía la verdad podría acabar con Draco también.


No se movió del lugar, allí sentado en el suelo observaba los cuerpos inertes de aquellos cazarrecompensas. Escuchó unos pasos a su lado y que le tocaban la sangre que emanaba del corte de su cuello.

—Draco, ¿estás bien? —Lucius miraba con preocupación a su hijo, aún no había tenido la oportunidad de hablar a solas con él.

—Sí, todo bien. Me han pillado desprevenido, no tengo mi varita. —comentó comenzando a levantarse.

—Creo que debemos hablar, hijo.

Se sentía atrapado. Una presión en su pecho le hacía desear ponerse a llorar desconsoladamente, pero no podía permitirse el lujo de preocupar a sus padres de esa forma y luego no decir qué le ocurría. Le preguntarían, indagarían sobre su castigo. Por suerte alguien alarmaba sobre una fuga y eso le salvó. Lucius le pasó su varita, probablemente la había encontrado en el cuarto.

—¡Draco, ve a los calabozos, yo iré por los pasillos, nos encontraremos en el salón! —ordenó Lucius antes de marcharse a su puesto.

Draco caminó de forma apresurada, bajaba los escalones con suma velocidad para encontrarse una celda abierta y con el cadáver de Pettigrew. Su mano de plata rodeaba su cuello, como si él mismo hubiese acabado con su vida, pero su rostro de terror con el que había dejado el mundo no indicaba que aquello fuese un suicidio.

Corrió fuera, los pasillos estaban vacíos. Todo era tan extraño y confuso. Entró al salón y todo le pareció surrealista. Bellatrix agarraba a Granger con una daga en el cuello, en la misma situación que él se había encontrado con Scabior. Potter y Weasley habían dejado sus varitas para que no hiriesen a su amiga. Sus padres estaban cubiertos y parecía que Lucius había sido herido.

—¡Draco, recoge sus varitas!

Asintió antes de dirigirse allí, pero un pequeño crack indicó que alguien se había aparecido sobre ellos. Escuchó a sus padres gritar y un tirón en el brazo. Cerró los ojos con fuerza al notar cristales cortando su rostro, sus manos, su cuello. Fenrir estaba allí a su lado, al parecer él era su salvador. La araña de cristal que adornaba el techo estaba hecha pedazos en el medio de la sala. Sintió su varita volar y Potter se hizo con ella.

—¡No! —gritó Draco. No por la pérdida de su varita, no por la gran reprimenda que recibiría, si no porque Potter y sus amigos apuntaron a Greyback y lo dejaron aturdido.

Dobby, el antiguo elfo que había estado en esa misma casa sirviéndoles, desarmó a su madre. Escuchaba a Bellatrix maldecir al sucio elfo por atreverse a ser desleal con sus amos.

—¡Dobby es un elfo libre! ¡Dobby jamás volverá a tener amos y nunca dejará a sus amigos! —contestó desafiante el elfo.

Potter agarró al duende que llevaba la hermosa espada por la que habían peleado los Carroñeros y gracias a Dobby, pudieron desaparecer todos de allí. Sin embargo, al ver la escena como si ocurriese a cámara lenta, observó como la daga envenenada de su tía llegaba a ellos y tras su desaparición, la daga no estaba. Había acertado. Su respiración se cortó deseando que no hubiese sido a Harry Potter.


Fenrir se puso en pie gracias a un Rennervate que le había lanzado Voldemort. Tuvo que dar mil explicaciones de lo sucedido, pero él no tenía culpa de nada. Observó que ningún Malfoy estaba presente en la sala.

—¿Y para qué has ido a por Draco? —interrogó Bellatrix.

—Tú le has dado una orden. He visto que la lámpara caía e iba a matar a Malfoy. Si eso pasaba, las varitas hubiesen quedado al lado de los rehenes que se han escapado cuando estaban a vuestro cargo. —reprochó Fenrir.

—¡No fue mi culpa! ¡Potter tenía una varita, no debería haber tenido ninguna! —gritó Bellatrix molesta ante las acusaciones del hombre lobo frente a su Lord.

—Pues entonces dime de quién era la varita que tenía en las manos. ¿Era de algún Carroñero?

Voldemort golpeó la mesa fuertemente, haciendo que ambos le miraran.

—Greyback, ve a cazar. —Fenrir asintió y se marchó de allí sin importar qué le pasase a esa arpía, pero escuchó cómo se burlaba de él antes de cerrar la puerta.

—Suerte encontrando a los tuyos. —susurró la bruja.


Sentía suaves caricias en su cabello que le llevaban a la infancia. Se imaginaba en el césped de aquel enorme jardín, escuchando a los pavos reales caminar y abrir sus plumas, mientras su madre le contaba cómo sería ir a Hogwarts.

—Como si hubiese sido nuestra culpa que el miserable de Pettigrew traicionase al Lord y muriese dejando la celda abierta. —dijo Lucius.

—¿Crees que nos tendieron una trampa? —preguntó Narcisa a su marido.

—Podría ser, querida. Nosotros ya no somos bienvenidos entre los mortífagos.

Draco se incorporó, siendo ayudado por su madre. De nuevo en una asquerosa celda del sótano. Habían sido cruciados por el mismísimo Voldemort por los fallos que habían cometido.

—Con cuidado, hijo. Intenta no moverte mucho. —Su madre siempre siendo dulce, cariñosa y atenta. Una mujer siempre elegante que ahora se veía despeinada, adolorida y muy cansada.

Observaba como sus padres hablaban entre ellos, ideando planes que nunca se cumplirían. Planeaban cómo huir en cuanto todo pasase, cómo hacer ganar al bando contrario y dejar un buen legado, por lo menos, para su hijo, aunque ellos acabasen en Azkaban.


Isadore se levantó al ver aparecer al hombre lobo.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Fenrir al ver que sólo seis hombres se encontraban allí.

—Bellatrix mató a tres de los nuestros en la mansión. Creemos que pueden ser más, pero desaparecimos en un despiste y no vimos más cuerpos. Tampoco han vuelto los otros. —explicó Isadore.

Fenrir se sentó junto a la pequeña fogata que habían montado. Tyreese miraba a Isadore con temor en los ojos, por lo que el hombre veterano se sentó al lado del líder.

—Scabior fue el culpable. —Decidió declarar y proseguir con la historia cuando consiguió toda su atención—. Él agarró al hijo de los Malfoy, le puso una navaja en el cuello y le interrogó. Quería saber qué te daba. —Escuchó un gruñido más proveniente de un animal que de una persona, pero quiso seguir narrando—. Empezó a ordenarle que le diese dinero también a él y el chico, con mucha valentía, le dijo que jamás te había entregado nada.

—Scabior fue cruel, pero nosotros no estábamos de acuerdo. —comentó Tyreese.

—Él asustó mucho al chico, afirmó que se estaba acostando contigo, que le iba el sexo duro, y que para demostrarle que no te estaba dando dinero, debía hacerlo con todos nosotros. —concluyó Isadore.

Fenrir asintió tras la historia. Tenía muchas dudas, sin embargo no tenía la confianza para realizarlas. No obstante Isadore le leía mucho mejor de lo que jamás hubiese imaginado.

—El chico se llevó un corte superficial en el cuello, no fue a más. Bellatrix llegó y mató a Vania, que estaba animando a Scabior. Ordenó que se fuese, pero él me miró a los ojos y se negó. —Isadore hizo una pequeña pausa—. Le debo la vida a ese chico, creo que esa bruja nos hubiese matado a todos.

—Has dicho antes que desconocéis si el resto están vivos. —Los seis hombres asintieron—. Vamos a cambiar de zona. A partir de ahora el resto son traidores. Si los veis, acabad con ellos. No sabemos cuántos pueden quedar, estad atentos.

—Sí, señor. —contestaron al unísono.


Pasaba los días mirando por la ventana, preguntándose qué estaría pasando fuera. Les habían prohibido salir, salvo a Lucius que le mandaban a hacer algunas misiones. Por lo menos podían estar en el cuarto y no en aquella mugrosa celda. Cuando sus padres estaban juntos, crispaban sus nervios, con esas charlas esperanzadoras, hablando de su futuro como si él no estuviese. Desde aquel día no supo nada de Fenrir, tampoco se atrevía a preguntar, pero le parecía extraño no haberlo visto en todo ese tiempo, por eso no se apartaba de la ventana. Preocupado también observaba, por las noches, como la Luna cada vez era más visible. En una semana se convertiría y necesitaba una excusa para salir de allí, por suerte siempre portaba consigo la pequeña botella hechizada que le había otorgado Snape, siempre llena de la poción matalobos. Su profesor había hecho un gran trabajo al convertir la botella en un pequeño dije en forma de gota que podía llevar en un discreto collar, siempre oculto bajo su camisa.
Notas finales:
¡Slasheaven, no caigas, que entonces no puedo actualizar! x'D

Espero que os guste mucho el capítulo. Nos vemos el siguiente martes.
Vuelta a Hogwarts por ArtemiaCelosia
—Necesitamos a alguien que nos enseñe un plano del castillo. Cuando estuvimos allí no pudimos observar mucho y ahora somos menos, por lo que la información ha quedado fragmentada. Hemos sido traicionados por algunos Carroñeros. Intentaron agredir al que es nuestra guía. —explicó Fenrir al Lord.

Parecía que estaba pensando cómo actuar en esa situación. Greyback le había sido de mucha ayuda y no desconfiaba de su lealtad, pero tampoco creía que sus palabras fuesen del todo ciertas. Bellatrix no dejaba de hablarle mal de ese sucio licántropo, pero desconocía si eran celos al verse opacada por la ferocidad de esa bestia.
Fenrir en cambio se mantenía estoico, camuflando todos los pensamientos opuestos a lo que había dicho.

—¿Y qué ocurrirá si os atacan el resto de Carroñeros? Tú mismo lo has dicho, intentaron agredir a Draco.

—El chico tendrá un guardián en todo momento. Además, como seguridad, hoy cambiaré de zona. Ninguno sabe la procedencia, sólo yo. Los apareceré allí y nadie podrá irse de la lengua.

Voldemort asintió ante su petición.

—Ve a por él. —Fenrir hizo una reverencia y se dirigió a la salida—. Greyback, si el chico no vuelve…

—Pagaré con mi vida cualquier tipo de error, pero no ocurrirá, señor. —El hombre lobo se marchó directo a la habitación de los Malfoy.

Draco estaba sentado en la repisa de la ventana, con la cabeza apoyada en el marco. Se había quedado dormido toda la noche. El cansancio era evidente y su malestar había aumentado durante toda la semana. Se veía más pálido y sus padres no dejaban de estar preocupados. Unos toques en la puerta provocaron que Lucius fuese a abrir.

—Dile a tu hijo que se prepare. Me lo llevo. —ordenó Fenrir.

—Llevártelo, ¿dónde? —preguntó Narcisa agarrando los hombros de Draco, que había girado su cabeza para observar al hombre.

Fenrir directamente se acercó a Draco obviando la presencia de los mayores y le tiró una mochila básica.

—Coge cosas suficientes para tres días. No te cargues con cosas innecesarias.

—¡¿Quién te crees que eres para ignorarnos, sucia bestia?! —gritó Lucius—. Para dirigirte a mi familia deberías postrarte ante nosotros. Los sangre pura no deberíamos tratar con seres como tú.

Draco observaba a su padre, con dolor por sus palabras. ¿También le dirían algo así si se enteraban que había sido mordido? Un chasqueo de dedos frente a sus ojos le hicieron moverse. Empezó a meter algunas mudas en la mochila, lo imprescindible como le había ordenado Fenrir.

—¿Quieres discutir con el Lord sobre sus decisiones? Pues ve y que tu querida esposa sangre pura llore sobre tu cuerpo muerto. Ahora cállate. —dijo la “bestia” entre dientes.

Narcisa aguantaba las ganas de llorar. No sabía dónde llevarían a su hijo ni para qué. Desconocía si volvía a ser un castigo, aunque no había ocurrido nada para pensar que lo sería.

—Cuida a mi hijo, por favor. Él no se encuentra bien, necesita un poco de reposo. No quiero que le ocurra nada malo. —rogó Narcisa llevándose una reprimenda de su marido por pedirle algo a un ser inferior.

Fenrir la observó en silencio, hasta que Draco salió del cuarto.

—Tu hijo estará a salvo.

Cerró la puerta y caminó hacia la salida, sabiendo que el chico le seguía sin preguntar nada al respecto. Suponía que algo sospechaba, tampoco era estúpido. Una vez fuera, cogió su brazo y desapareció con él.


Después de haber llevado a los seis Carroñeros restantes con ellos, comenzó a explicar el porqué estaban allí. Draco en seguida se puso a dibujar planos de Hogwarts, tal y como le había ordenado. Fenrir, frente a los otros hombres, era un hombre rudo y algo despreciable.

—Toma, ten algo de agua. —Isadore le acercó un vaso, gesto que Draco agradeció. Cada vez se sentía peor, y es que la noche se aproximaba. Sin duda Greyback había elegido ese momento para sacarlo de la mansión, no cabía duda. ¿Eso implicaba que nadie más lo sabía o era algo que había hablado con Voldemort? Podría ser, el Lord usaría un secreto como ese para herir a sus padres en cualquier fallo.

—¿Estás bien? Te ves un poco pálido. —preguntó un chico con ojos azules que se había presentado anteriormente como Cathair.

Fenrir suspiró ante tantas atenciones dadas a Draco y se marchó diciendo que patrullaría un poco la zona con ayuda de Loyd. El heredero de los Malfoy únicamente asintió y siguió con sus planos.

—He terminado con la planta baja y la primera planta, Greyback. —dijo Draco cuando le vio llegar. Éste se sentó junto a él y empezó a hacerle preguntas sobre los planos, mientras todos escuchaban atentos a los planes de entrada y salida. El rubio observó como Fenrir era un gran líder. Ideaba una estrategia con los puntos fuertes de cada uno de sus hombres y siempre les aseguraba una salida, aunque todos sabían que podían morir en la batalla. Voldemort los hubiese mandado al suicidio sin más.

Cogió aire ante el mareo que le invadió. Intentó focalizar la vista, pero le resultaba complicado.

—Seguiremos mañana. —concluyó Fenrir—. No nos será útil en este estado y dentro de poco anochecerá y me transformaré.

—¿Debemos cuidarlo mientras no estés? —preguntó Isadore.

—Por seguridad lo dejaré en un lugar que sólo yo conozco. Fue un requisito del Lord para sacarlo de allí. Mañana iré a por él y volveremos aquí para seguir con el plan.

Todos asintieron. Loyd y Cathair dejaron suministros en la mochila de Draco. Fenrir hablaba a solas con Isadore, que había sido el encargado de quedarse los planos y cuidar de ellos. Todos se despidieron de ambos antes que desaparecieran.


Fenrir le agarró de la cintura al llegar, si no tenía por seguro que en esos momentos estaría besando el suelo.

—¿Cómo puedes estar así de bien? —preguntó cansado. El otro encogió los hombros sin más.

Le había vuelto a llevar a ese hermoso bosque.

—¿Pasaremos aquí la noche?

—El lugar es seguro y, a no ser que hayas ido pregonando su ubicación, nadie nos encontrará. —dijo llevándolo al porche de la gran cabaña y dejándolo sentado en el banco de madera.

Draco tomó la última dosis de poción por ese mes.

—¿Ayuda de pociones? —preguntó desconfiado Fenrir—. ¿Quién?

—Snape me ayudó a pasar la primera transformación. No podía transformarme en medio de mi sala común. —Fenrir no parecía contento con la respuesta—. ¿Por qué tú no tomas pociones?

—No las necesito.

—Pero el dolor es tan fuerte… —susurró Draco.

—¿Lo es? —preguntó de forma chulesca sin esperar respuesta.

Draco agachó la cabeza. Le hacía sentir tan débil y miserable esa actitud.

—Métete en la cabaña. —exigió Fenrir. Draco volvió a obedecer y escuchó como el hombre cerraba con llave. No podría salir de allí en toda la noche y quizá así fuese mejor.


Cathair charlaba con sus compañeros, todos se encontraban rodeando la fogata, salvo Loyd que había decidido dormir ya para levantarse cuando ellos descansasen y hacer la guardia.

—No entiendo qué le pasó a Scabior, yo no veo a ese chico amenazante. Tampoco parece que Fenrir haya aumentado sus riquezas. —comentó tranquilamente.

—Chicos, no os dejéis engañar por aquél charlatán. A Fenrir no le importa el dinero. Cuando quiere conseguir comida, la consigue ya sea cazando o robando. Le da igual vivir así. —aseguró Isadore.

—Pues yo creo… —Rowan, un chico pelirrojo y pecoso quiso pronunciarse—. A ver, no me matéis, pero yo creo que a ese chico le interesa Fenrir.

Todos comenzaron una pequeña algarabía.

—Ya sabéis. Es un chico sangre pura, pero no sería la primera vez que alguien se salta las normas por amor. —El chico sonrió ante las miradas de los otros.

—¡Con alguien como Fenrir! Si tiene menos tacto que ese tocón de allí. —dijo uno de ellos señalando un tocón semi muerto. Se escucharon carcajadas. Isadore pensaba detenidamente en todo lo que habían estado diciendo sus compañeros, quizá no era verdad, pero algo había en ese interés.


Sintió sus huesos crujir, volviendo a su cuerpo humano. Por fin la noche había pasado. Se sentía cansado por la transformación, pero sin duda haber estado en aquella casa, a salvo, le había ayudado mucho. Estar en el bosque había resultado mucho más aterrador y había agotado sus fuerzas. Ya se había vestido, pero como Fenrir no llegaba, se había puesto a comer un poco sentado en el sofá. Los Carroñeros le habían provisto de pan y mermelada, además de una botella de zumo de calabaza y unos vasos encantados que se podían plegar. Ya habían pasado dos horas y su preocupación iba en aumento, hasta que escuchó la llave. Fenrir simplemente le hizo un movimiento con la cabeza para que saliese y volver a aparecerse con el resto.


Draco había podido descansar mientras seguía dibujando planos y resolviendo todas las dudas que tenían los Carroñeros. Esa noche habían vuelto a dormir en la gran cabaña en Finlandia, para que nadie sospechase de la escapada, pero podía dormir tranquilo. Fenrir vigilaba la única puerta por la que se podía acceder al cuarto donde había sido llevado para su reposo. Y aunque fuese absurdo, no sentía peligro con él allí.


Los Carroñeros hablaban entre sí, dejándole de lado. Se sentía algo molesto, ya que esos días se había sentido como uno de ellos. Fenrir se acercó a él.

—Draco, nos vamos a Hogwarts. Es la hora.

—¿Por qué ahora? Me dijiste que estaríamos aquí tres días. —preguntó nervioso.

—Así era al inicio, pero el Lord está furioso. Algo está pasando con él y ha adelantado el ataque. Todos estamos listos. —Miró a su alrededor buscando algunas palabras alentadoras, pero eso no se le daba bien—. Te encontrarás con tus padres allí. Tu misión será ir a la sala de los Menesteres. —Fenrir le mostró una fotografía de una diadema—. Encuéntrala y llévasela al Lord. Busca a cualquiera en quien confíes. Tu padre, tu madre, cualquiera de nosotros. Te llevaremos ante él si no eres capaz de encontrarle. Sabes nuestras posiciones, no te costará encontrarnos.

Draco asentía a todo mientras grababa la imagen en su mente.

—Iremos a ayudarte en cuanto podamos. No confíes en otro que diga ser Carroñero, los únicos somos nosotros siete.

Ambos se acercaron al resto del grupo y desaparecieron para encontrarse frente al castillo. Donde esperaban con ansias de guerra gigantes, dementores, mortífagos y por supuesto, Lord Voldemort.
Notas finales:
Y llegamos a un momento muy delicado y tenso que seguirá el próximo viernes.

¡Muchas gracias por todo el apoyo recibido! :D
La batalla por ArtemiaCelosia
Miraba atónico lo que una vez fue su hogar. Aquel sitio estaba protegido por los profesores, por alumnos que reconocía sin problemas, centauros y las estatuas que habían tomado vida para luchar. No podía explicar todos los sentimientos que sentía, sin embargo podía afirmar que ninguno era agradable. Estaba muy tenso al ver las acromántulas ayudando a los mortífagos, permitiéndoles el paso a tantas almas inocentes que quedarían en aquel lugar. Se preguntaba si vería a sus compañeros. Si Pansy y Blaise estarían allí. Sus pensamientos fueron interrumpidos cuando ordenaron ponerse en marcha. Todos sabían la misión que se les había asignado. Para algunos era simple, matar indiscriminadamente. Otros tenían misiones más específicas.

Corrió por algunos pasillos que estaban algo más seguros, gracias a Rowan y Loyd. Debía llegar a la sala de los Menesteres.

—¡Draco! —El rubio se sobresaltó al oír su nombre, pero al girarse se percató que era Goyle, acompañado de Crabbe.

—¡Debemos encontrar algo! ¡Rápido!

Se sintió afortunado de no sentirse solo ante esa situación, pero esa fortuna acabó cuando llegó a aquella sala y se encontró con el famoso trío dorado. Los seis sacaron sus varitas para apuntarse entre sí.

—¡Malfoy, eres un bastardo! ¡Mira lo que has causado en el colegio! —gritó Ron.

No se sentía listo para esto. Sólo podía visualizar el bosque nevado que Fenrir había compartido con él. Aún era demasiado pronto para recibir la ayuda que le habían mencionado. Escuchó como Goyle intentaba atacar, pero fue sorprendido por la rapidez de Granger, desarmándolo. Crabbe decidió ser el siguiente, mencionando el mortífero hechizo.

—¡No, Crabbe! ¡Él lo quiere vivo! —intentó detenerle.

—El señor quiere que Potter muera. ¿Cuál es la diferencia entre matarlo ahora o después? —Le retó Crabbe—. Nunca pudiste terminar tus misiones. No eres quién para mandarnos ahora.

Draco conectó su mirada con Harry, que le miraba de forma escrutadora, sintiendo que él no era un peligro. De pronto, escucharon la voz de Crabbe invocando un fuego endemoniado que se transformaba en un dragón, en varias serpientes que trepaban algunos artilugios, en un fénix. Las llamas devoraban todo a su paso.

Todos se dispersaron y comenzaron a correr, pero aquel fuego parecía tener vida propia y no dejaba de perseguirles intentando llevarles al mismo infierno.

Goyle fue ayudado a levantarse del suelo por Draco, que sin dudarlo había ido a por él sabiendo que estaba desarmado, pero no tenían escapatoria. Las salidas estaban siendo custodiadas por las llamas. Vio en su amigo desesperanza en los ojos, pero no podía dejarlo allí. Estiró de su manga, cogiendo la diadema por la que había ido allí y comenzaron a trepar sobre un montón de chatarra que se encontraba a su paso. Escuchaban los gritos agónicos de Crabbe. Estaba siendo consumido por el hechizo que él mismo había invocado. Ya estaban arriba del todo, sin embargo la visión era poco esperanzadora. No había un lugar donde pasar, sólo podían esperar la muerte.

El trío dorado pasó con las escobas. Weasley atrapó a Goyle por su túnica, tirando de él para subirlo. Potter en cambio le ofreció la mano, dándole la oportunidad de salvarse y redimirse. Dudó seriamente si ese no debía ser su final. Si ese no era su castigo por tanto daño que había causado, pero su muerte no terminaría con el dolor. Cogió la mano de Potter y subió a su escoba.

—¡Menos mal que las escobas se salvaron! —comentó Ron con cara de espanto, una vez fuera del lugar.

Draco observaba las llamas sin dejar de pensar en los lamentos de Crabbe, en el dolor tan terrible que había sufrido. Se acercó a Potter, mientras sus amigos se ponían en posición para atacarle si era necesario, pero únicamente le ofreció la diadema por la cual casi habían muerto.

—¿Sabes lo que estás haciendo? —preguntó Harry. Tomó la diadema y la lanzó al fuego, que la convirtió en cenizas en milésimas de segundos.

—Incumplir mi misión. —indicó.

—¿No sabes qué era esa diadema? —interrogó en ese momento Hermione y ante la negativa de Draco miró con dudas a sus amigos.

—Será mejor que te vayas, Malfoy. Nosotros teníamos la diadema cuando llegaste, la destruimos por culpa de Crabbe.

Vio como los chicos se marchaban para seguir con la defensa del castillo y la derrota de Voldemort.

—Potter. —Llamó acercándose rápidamente para que Goyle no le escuchase—. Él… La Casa de los Gritos. —El moreno le asintió agradecido y se marchó corriendo, dándole unas órdenes a Hermione y Ron.

Draco se acercó de nuevo a Goyle, que se negaba a mirarle. Probablemente creía que la muerte de Vincent era su culpa y él también se sentía así.

—¡Hey! —Rowan llegó medio ahogado por tanto correr. Observaba el fuego maldito que aún desintegraba algunas cosas—. ¿No pudiste cumplirla? —preguntó refiriéndose a su misión. Draco negó con la cabeza, esperando que Goyle no le traicionase, sin embargo éste se encontraba muy lejos de allí—. Ve al pasillo donde se encuentra Isadore, él te protegerá por ahora.

Draco cogió la mano de su amigo, indicándole que debían marcharse de allí. No iba a dejarle solo. Ya estaban de camino, intentando esquivar a todos, cuando la voz de Voldemort se hizo presente en todos los recovecos. Ordenaba a sus aliados a detener la guerra durante unas horas, pero también advertía a sus adversarios que Harry Potter debía entregarse o él mismo se encargaría de volver a la batalla, matando a todos a su paso y destrozando todo el castillo.


Todos observaban incrédulos cómo Hagrid portaba el cuerpo de Harry Potter, el que debía ser el salvador. Voldemort reía mientras informaba que el moreno había muerto y que aún estaban a tiempo de arrodillarse ante él. Miró a Isadore, que se encontraba serio a su lado. Ellos aún se encontraban en aquel pasillo. Veía como sus padres le buscaban entre la multitud de gente con sus miradas.

—Fenrir ha caído, Draco. —informó Isadore.

—¿C-cómo? —preguntó incrédulo. No podía creer que unos estudiantes hubiesen podido con él.

—Tyreese ha visto como ha sido atacado cerca del Viaducto. Se precipitó.

—Pero nadie ha visto su cuerpo, puede que esté vivo. —comentó esperanzado.

El Carroñero le puso una mano sobre el hombro en señal de apoyo, pero no creía que la esperanza del chico fuese buena. Agarrarse a un clavo ardiendo no era algo que debieran hacer, el mismo Fenrir se hubiese reído de ellos en esa situación.

Volvieron sus miradas cuando escucharon el alboroto abajo. Longbottom tenía una espada entre las manos y a sus pies se encontraba el cuerpo decapitado de Nagini. Voldemort estaba sumamente furioso, por lo que ordenó de nuevo el ataque. Sus tropas ya eran pocas, y al igual que sus rivales, estaban agotadas. Draco salió corriendo al Gran Comedor al ver que sus padres también se dirigían allí.

En cuanto llegó vio a Bellatrix morir. La señora Weasley había acabado con su vida. El Lord quiso atacarle por haber asesinado a su mayor seguidora, pero un escudo se interpuso. Harry Potter salió de su capa de invisibilidad. Todos se apartaron con esperanza y terror.

—Tú asesinaste a Snape por la lealtad de la varita, pero jamás la obtuvo él. ¡Draco desarmó a Dumbledore! ¡Él tuvo la lealtad todo el tiempo hasta que yo le desarmé en la mansión! —gritó Harry.

Draco miró la varita de Voldemort. Efectivamente era la que había cogido de Dumbledore aquel día que Snape terminó con su vida. También se enteraba que Snape no volvería jamás. Si Potter había dicho que lo había asesinado, era porque él mismo lo había visto.

El Señor Oscuro no dudó en apuntar con rabia a ese chiquillo que tantas veces había podido con su gran poder y con dos simples palabras conjuró la maldición asesina. Potter lanzó otro encantamiento que él desconocía. Por desgracia para Voldemort, ambas varitas reconocían a Harry como dueño. El rayo verde rebotó en un escudo que había formado el joven muchacho de ojos verdes e impactó en el pecho de Voldemort. El cuerpo del hombre que más terror había causado se descomponía en polvo blanquecino y grisáceo. Y allí, estupefactos, se encontraban todos. Algunos lloraban de alegría, otros de pena por las pérdidas. Los mortífagos intentaban huir. Isadore ya no se encontraba a su lado, había desaparecido, y no parecía ver al resto. Todo había terminado.

Veía a sus padres en la lejanía, que se abrazaban sin huir. Potter había agradecido algo a su madre, pero su futuro no estaba allí. Recordaba día tras día las palabras que Lucius le había dirigido a Fenrir.

Salió disimulando lo máximo posible. Los aurores estaban ocupados con los mortífagos más peligrosos, controlando las acromántulas y los gigantes. Los dementores volvían a ser parte del Ministerio y los funcionarios que habían actuado junto a Voldemort también serían llevados a Azkaban.
Notas finales:
¡Muchísimas gracias por leer! :D

Espero que el transcurso de la historia esté gustando, especialmente cuando vienen mis partes favoritas.
Viaje al bosque por ArtemiaCelosia
Hacía dos días que caminaba solo por las calles, intentando no llamar mucho la atención. Ocultaba su rostro con una túnica, se quedaba en hostales de mala muerte de día y se dedicaba a avanzar cuando ya era de noche. Por suerte, antes de marcharse, había decidido coger algunas pertenencias que llevaba en la mochila que le entregó Fenrir aquel día y dinero que administraba bien para que le durase en su viaje.

Su primer destino fue Borgin y Burkes, donde usó la red flu para dirigirse a un pub mágico que se encontraba en Hamburgo, Alemania, donde había estado con sus padres de vacaciones en una ocasión. Sabía que sus padres le buscarían, por lo que tendría que ir con cuidado y no ir de forma directa cerca del bosque. En aquel pub algunas personas le ayudaron, sin conocer su situación. Le indicaron dónde había un banco mágico donde poder cambiar el dinero y poder comprar en el mundo muggle, tal y como era su deseo. Nunca mencionó dónde se dirigía.

Se acostó en otro motel mohoso, sin embargo eran sumamente baratos y era lo que podía permitirse en esos momentos. «¿Por qué estoy haciendo esto? Él… Es posible que nunca le encuentre allí.» Se giró en la cama, haciéndose un ovillo. Su cabeza daba mil vueltas. Sentía preocupar a sus padres, pero a la vez no podía volver allí. No sin contar una verdad que tanto daño causaría.

Se despertó incómodo por el blando colchón, ya eran las seis de la tarde, por lo que debía ponerse en marcha. Tenía claro su destino. Debía llegar a Travemünde a pie, allí tomaría un barco para llegar a Finlandia.

La calle estaba bastante desierta. El frío era evidente, causando que las bocas de la poca gente que aún estaba en la calle soltasen vaho. Se ajustó el abrigo y la bufanda y se puso a caminar. Llevaba doce horas andando. Había hecho un par de pausas para descansar y en una de ellas aprovechó para comer algo que había comprado en una estación para vehículos.

Todo aquel mundo le parecía extraño, pero agradecía estar por Alemania, ya que sabía que a ciertas horas el lugar parecía muerto. Hasta el dependiente se había extrañado de ver a alguien caminando por la noche, ya que por lo que había podido entender, sólo pasaban trabajadores en sus “camiones”. ¿Qué era aquello? No lo sabía, pero había preferido no preguntar y parecer sospechoso. Ya eran las seis de la madrugada y había visto un albergue económico en Rethwisch, por lo que decidió que era hora de dormir.

Estaba agotado, sin embargo tirarse sobre el colchón hacía que pensase en tantas cosas. Deseaba llegar ya a aquel maravilloso bosque y verle allí.


Lucius y Narcisa imploraban a los aurores que buscasen a su hijo desaparecido, pero veían cómo no tenían interés alguno en el caso.

—Señores, probablemente su hijo vuelva. Se habrá ido con alguna novia o para obviar los juicios que le tocarán vivir. —comentó un auror.

—Usted no lo entiende, señor. —explicó Narcisa mientras secaba sus lágrimas—. Mi hijo fue castigado, él nunca quiso cumplir esas órdenes. Creemos que le pusieron la marca tenebrosa para condenarle, sabiendo que no sería capaz de cumplir su misión. Severus ayudó a Draco porque yo se lo pedí. Él no pudo hacerlo.

—Los mortífagos entraron en el colegio, Dumbledore murió aquel día. También avistaron a su hijo durante la batalla en Hogwarts. —sentenció una mujer.

—Lo único que podemos hacer es buscarle por fuga para no dar la cara a la justicia.

Lucius apretó los puños sabiendo que él no podía hacer nada. Su mujer estaba perdonada gracias a Potter, pero él aún tenía que hacer frente a su juicio. Había dado toda la información posible, se había convertido en un soplón para no volver a Azkaban.


Su rutina de esos días había vuelto. Avanzaba a paso moderado, para no cansarse en exceso. Por desgracia para él, la nieve no le ayudaba. Había estado nevando todo el día y se había formado una pequeña capa que cubría un suelo helado que resbalaba. Había caminado unas cuatro horas con dificultad, viendo como muchos tenían problemas igual con sus vehículos, había muchos accidentados intentando poner unas cadenas en alguna parte. Debía estar por Hamberge y ese era muy poco tramo para lo que tenía previsto.

Un hombre que estaba poniendo esos accesorios, le sonrió y le dijo algo en alemán. Suponía que por su cara de confusión supo que era extranjero, por lo que volvió a hablarle, esta vez en inglés.

—La nieve nos ha pillado a todos. ¿Tu coche también se averió o es que no tenías las cadenas? He visto a muchos con problemas similares.

Draco pensaba con toda velocidad sobre sus conocimientos del mundo muggle. Gracias a escuchar las charlas de otros, había entendido que había un servicio de vehículos que te llevaban por un precio.

—Mi servicio se averió atrás, por lo que decidí seguir a pie. —dijo aparentando naturalidad. Parecía que el hombre le miraba de forma extraña para entender lo que había dicho.

—¡Oh! ¿Un taxi quieres decir? —preguntó con una sonrisa.

Draco asintió sin saber muy bien si era aquello a lo que se refería, pero confiaba en que el hombre lo hubiese entendido de forma correcta.

—Yo me dirijo a St. Lorenz Sud. —Se levantó del suelo, ya que había terminado de colocar las cadenas en esas gomas que giraban—. ¿Dónde vas tú?

—A Travemünde.

El hombre abrió los ojos con sorpresa.

—No pensarás ir caminando hasta allí, ¿no? —Draco negó con la cabeza al notar que aquello no sería lo habitual—. Si quieres puedo llevarte hasta otro taxi en la ciudad.

El rubio pareció pensarlo dos veces. Tenía la varita, pero usarla delataría su posición para el Ministerio. Aún así estaba lejos de su destino. Si algo malo pasaba, podría ser su botón del pánico.

—Se lo agradecería mucho.

No le quitaba ojo a ese señor con barba blanca que no dejaba de comentar sobre el lugar, sobre su vida. Le decía que él había salido de trabajar por la cercanía de donde lo había encontrado y que no pensaba poner las cadenas, pero sus hijos le habían dejado un mensaje en un aparato extraño que emitía ruido en ocasiones, y eso le había hecho recapacitar. Por su parte pensaba en lo cómodo era ese vehículo. Sus piernas ya estaban muy cansadas y sus pies dolían demasiado.

—Es una suerte que nos hayamos encontrado. Normalmente puedes hacer el camino andando unas dos horas, pero con este temporal… ¡Quizá hubieses estado cuatro o cinco! Espero no encontrar ningún lugar cortado, así estaremos allí en quince minutos.

Draco realmente creía en las palabras del hombre. Era muy afortunado por encontrarle y ahorrarse ese tiempo de caminata innecesaria. El señor que se había presentado como Götz, le había estado dando consejos que le agradeció junto a una sonrisa.


Estaba tomando un café caliente cerca de la zona donde Götz le había dejado. Le había dicho que siguiendo la calle de forma recta, llegaría a una zona de taxis, pero eso le sonaba demasiado caro, y sin saber lo que le costaría llegar a Finlandia prefería no despilfarrar. Se daba cuenta de lo duro que era no conocer ese mundo. De igual modo agradecía que Götz le hubiese ahorrado tanto camino, ya que seguiría uno de sus consejos, que tal y como le había dicho el simpático hombre, le ayudaría a llegar sin gastar tanto dinero y se libraría de los problemas del temporal. Caminaría hasta una estación cercana y cogería un tren con destino a Travemünde. Con suerte en veinte o treinta minutos llegaría.


Se sentó en el tren que había estado esperando durante unas horas. En la estación había aprovechado a comer un poco y pasar el tiempo cerca de las personas que parecían encargarse de la seguridad. De esa forma podía descansar sin estar tenso y observando los movimientos de todos.

No podía creer todo lo que había llegado a avanzar. El billete no había costado tan caro como creía que le costaría, por lo que aún le quedaba bastante dinero. Tampoco había comido mucho esos días. Una vez en Finlandia ya observaría con más detenimiento sus gastos.

Observó el mapa de Alemania. Ese camino le hubiese llevado más de cuatro horas y con el cansancio que sentía probablemente más de siete. Hubiese necesitado hacer una parada de nuevo en un motel. En cambio con el tren, por lo que pudo entender, tardaría menos de treinta minutos. Acarició el papel con la yema del dedo, buscando la estación donde terminaría.

«Una vez allí tendré que caminar tres kilómetros y medio para llegar al muelle.» Calculó.

Miró a su alrededor. Todo el mundo dormía tranquilo allí. Pasaban continuamente trabajadores para controlar que todo fuese bien. Quizá era buena idea cerrar los ojos y descansar un poco.
Notas finales:
Uf, tanto apoyo y aún no estamos ni en la mitad de la historia. ¡Muchísimas gracias! :D


Espero que os haya gustado el capítulo y que estéis aquí el próximo viernes para seguir leyendo.
Llega el frío por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
Lamento haber tardado unas horitas en subir el capítulo, generalmente lo hago antes.
Os dejo ya el capítulo.
Estiró un poco sus piernas. Había podido dormir quince minutos, pero se había alertado cuando habían parado en un lugar y se habían subido un grupo de chicos algo ruidosos. Una vez en la estación bajó observando el panorama. Había muchas familias juntas recibiendo a los recién llegados. Observó a un hombre alto, con cabello largo, de espaldas cerca de la puerta de salida. Llevaba una chaqueta de pelo, típica a la que solía llevar él. «¡¿Fenrir?!». Corrió todo lo que pudo hacia allí, mirando de un lado a otro, pero ya no estaba.

¿Podría ser producto de su imaginación? Por supuesto, ¿qué iba a hacer él allí?
Caminaba sin ganas, casi arrastrando los pies. Tenía la cabeza llena de angustia, preocupaciones, dudas… Se sentía agotado, pero no quería rendirse. Había pasado una hora caminando para llegar al barco que debía tomar. No había marcha atrás. Había pagado el billete y una vez allí, ya no tendría dinero para volver a hacer el camino. Se encerró en su pequeño camarote, lanzó la mochila al suelo y se puso a dormir. No tenía hambre, no quería ser consciente del viaje. Deseaba llegar ya.


Narcisa se encontraba sentada en el despacho de la que se había convertido en directora, Minerva McGonagall. Levantó la vista esperanzada cuando escuchó unos pequeños golpes en la puerta antes de que se abriese.

—Harry, por favor, adelante. —pidió McGonagall.

Harry saludó a Narcisa, ya absuelta de todos los cargos, observó como los ojos de la mujer estaban completamente llorosos y rojos. Tomó asiento a su lado.

—¿Desea que le explique la situación? —preguntó la anciana al ver a la madre tan descompuesta, recibiendo un leve asentimiento—. Verás, Harry. La señora Malfoy está aquí porque Draco ha desaparecido.

—¿Desaparecido? Él estaba en el castillo cuando ocurrió todo. Yo lo vi, se lo dije a la señora Malfoy. —Frunció el ceño al no entender la situación.

—Sí, después de eso nadie supo dónde fue. Él no se dirigió con sus padres. Algunos alumnos dijeron que lo vieron alejarse, pensaron que iría en busca de su familia ya que no sabían que los señores Malfoy se encontraban en el Gran Comedor.

—¿Y los aurores? —preguntó Harry observando a Narcisa secándose las lágrimas que ya corrían por su rostro.

—Ellos lo han considerado un fugitivo por no haberse presentado a su juicio. —La directora no parecía estar de acuerdo con esta situación. No le caía bien el chico, pero era su alumno y no podía simplemente obviar su ausencia.

Harry cogió la mano de Narcisa que descansaba sobre una de sus piernas.

—¿Sabe si él estaba amenazado, señora Malfoy? ¿Sabe algo que nosotros no sepamos? —preguntó con cautela el moreno.

—Castigaron a mi hijo tantas veces por nuestra culpa. Se lo llevaron en algunas ocasiones, sin que supiésemos para qué. La última vez… Él llevaba unos días fuera, nosotros sólo queríamos encontrarle aquí. Greyback me dijo que estaría bien cuando se lo llevó. —La voz de la mujer sonaba rota. Parecía haber perdido toda la vida, como si hubiese recibido el beso de un dementor.

—Registraron el viaducto, nunca se encontró el cuerpo. —confirmó Minerva.

Harry intentaba procesar la información. Aquella vez que lo ayudó en la mansión también había llegado con Greyback. Él le había ido a buscar, por lo que había parecido entender, y realmente no parecía haberle costado mucho. «Ese hombre se molestó cuando Bellatrix empujó y gritó a Draco. Quizá no fue mi sensación».

—Es posible que Greyback se lo llevase o que le hubiese dado órdenes para cuando todo terminase, aunque él muriese. —Se quedó pensando en qué opciones tenían. Eran pocas. Tendría que hablar con sus amigos para recibir su ayuda—. Intentaré ayudarle, señora Malfoy, pero necesito a más gente para ello. ¿Puedo hablarlo con Ron y Hermione?

Narcisa no dudó en decirle que podía actuar de forma libre, que lo único que ella quería era saber que su hijo estaba bien. No creía que Draco se hubiese ido por gusto. Si se hubiese querido ir a otro lado por no estar en el colegio o ver a sus antiguos compañeros, se lo habría comunicado a ellos.


Harry terminó de contarles todo a sus amigos. Hermione parecía impresionada y Ron… Él estaba concentrado en la mesa, jugando con un trozo de papel.

—Yo también creí haber sentido que se había molestado, pero no estábamos en situación para fiarnos de nuestro parecer. —Harry asintió ante el comentario de la chica—. Aún así me parece extraño que Malfoy se haya ido sin decirles nada a sus padres. Por lo que Narcisa ha podido contarte, él lo hizo todo por ellos. ¿Qué sentido tendría irse ahora?

—Seguro que no se arrepiente de nada. Se habrá ido para llamar la atención y ya. —comentó molesto Ron. Por supuesto que la muerte de su hermano no se iba a olvidar tan fácil, ¿pero qué culpa real había tenido Draco en todo aquello?

—Ron, si no hubiese sido él, hubiese sido otro. Tenían a las familias de todos los hijos de mortífagos. —intentó hacer entrar en razón a su pareja.

Harry llamó a su amigo y éste alzó la mirada.

—¿Recuerdas cuando seguimos a Malfoy hasta el callejón Knockturn? —Ron asintió—. Él iba solo, pero no pudo aparecerse. Le pregunté a la señora Malfoy y no sabía dónde había ido.

—¿Crees que todo gira en torno al mismo sospechoso? —preguntó el pelirrojo.

—Y dices que Greyback se lo llevó antes de la batalla. —comentó Hermione pensativa ante todas las señales—. Es extraño. Remus estuvo ausente porque días antes hubo luna llena.

El trío dorado se miró en silencio, temiendo haber llegado a una conclusión que esperaban que fuese errónea.

—Será mejor no decirle nada a la señora Malfoy. No sabemos si todo esto es verdad. Quizá Greyback sólo quiere dinero, puede haberlo secuestrado, puede haberle amenazado para luego pedir un rescate. —comentó Hermione intentando ser optimista con la situación.

—¿Y cómo sabía que se iba a salvar? ¿De qué le servía dar órdenes a Malfoy para luego conseguir dinero si ambos podían morir en la batalla? —Harry expuso la duda, pero ninguno de sus amigos supo responder.

Ron rompió el silencio después de unos segundos.

—¿Cómo sabemos que Malfoy sigue vivo?

Hermione bajó la vista, tampoco era una opción que quisiera contemplar. Ya había demasiadas bajas en la escuela y mucho sufrimiento en muchos padres o alumnos que habían perdido a algún familiar. Ron pareció notar que su novia había entristecido.

—Tampoco quiero eso, no me malinterpretéis. Es sólo que… Tenemos que luchar por muchas cosas ahora. Debemos intentar volver a la normalidad aunque se haga cuesta arriba. —comentó apenado.

—Él nos ayudó a destruir un Horrocrux. Él nos lo dio sin preguntar nada más. La señora Malfoy me salvó la vida mintiendo a Voldemort. Nos salvó la vida a todos. Si su hijo ya no está, creo que le debemos una tumba sobre la que poder llorar. —Harry parecía decidido a buscar alguna pista.

Ron asintió a su amigo mientras abrazaba a Hermione.


Draco observó las cabañas. Por fin había llegado. Había caminado desde Helsinki hasta la localización del refugio. Su piel se erizó. Las barreras protectoras no estaban. Corrió a la cabaña grande, llamando a la puerta con desesperación.

—¡¿Hola?!

Intentó ver por los cristales. Todo parecía tal y como lo dejaron la última vez que estuvieron allí. Siguió de cabaña en cabaña, pero no había ninguna respuesta. Todas estaban cerradas.

—¡¿Fenrir?! —gritó dirigiéndose de nuevo a la única cabaña que había visto por dentro. La más grande, la que parecía del líder.

Se sentó en los escalones que daban al porche y abrazó sus piernas llorando en ellas. Allí no había nadie. Él no estaba. Sus protecciones habían desaparecido. Sollozaba sin control.

—No me dejes solo…
Notas finales:
¡Muchas gracias por leer y gracias por el apoyo en los comentarios! :D
¡Nos vemos el próximo martes!
Los ruidos del bosque por ArtemiaCelosia
Harry de nuevo se encontraba en aquella mansión que tan pocos gratos recuerdos le traía. Al parecer Draco había estado en su cuarto antes de marcharse, llevándose consigo ropa y dinero. Sus padres desconocían si faltaba algo más.
Lucius no estaba de acuerdo con tenerle en su casa, pero al igual que su esposa, se encontraba atrapado en una situación compleja. Ellos ya no disfrutaban de muchos beneficios en la comunidad.

—Los aurores nos informaron que se marchó con red flu. —habló el preocupado padre.

—¿En su casa?

—No, en Borgin y Burkes.

La situación se ponía más compleja. Los aurores investigarían la parada y si lo encontraban lo enjuiciarían con un agravante por huída.

—¿No tienen alguna idea de dónde pudo haber ido?

—Alguien en el Ministerio me dijo que había ido a Alemania. Al parecer usó la red flu para ir a un pub donde estuvimos en unas vacaciones. —dijo Lucius.

—Más allá de eso no sabemos dónde pudo haber ido. Creo que los aurores tampoco encuentran rastro. —comentó Narcisa suavemente.

Harry pensaba si tendría acceso a alguna varita. Podrían rastrearle si usaba algún hechizo, sin embargo si estaba retenido o si sus sospechas eran ciertas, no usaría nada para facilitarles ese trabajo. Sin duda había hecho un gran trabajo desapareciendo, si realmente lo había hecho por su propio pie.


Su cuerpo se balanceaba hacia delante y atrás, haciendo crujir la madera del porche. Hacía pequeños escapes para ir a un motel, que se encontraba a horas de distancia, para poder comer algo, asearse y regresar, volviendo a llorar al no encontrar a nadie. Y allí se quedaba esperando a que llegase.

En los siguientes días comenzó a levantarse para recoger algo de leña y apilarla en cada una de las cabañas. Quería dejarlas listas por si alguien llegaba. Sentía ganas de hacer un fuego para poder calentarse un poco en sus esperas, aún así no quería poner el lugar en riesgo por el humo que causaría. Tampoco podía poner protecciones porque delataría su magia. Dormía muy mal porque se encontraba al aire libre, con mucho frío y rodeado de animales que no sabía si se atreverían a acercarse y atacar, pero no quería irse al motel.
El pequeño techo le salvaba de la nieve y aquel día en el que se cumplían tres semanas de espera, de la torrencial lluvia que estaba cayendo. Despertó con el sonido de las gotas chocando con fuerza en el suelo. Poco le costó soltarse de los brazos de Morfeo pues en los árboles que se encontraban frente a la cabaña, algo lejanos, estaba la chaqueta de Fenrir, colgada.
Se levantó apresuradamente, sin importarle los calambres en sus piernas a causa de la incómoda posición y corrió hacia ellos.

—¡¿Fenrir?! —gritó mirando a todos lados con la chaqueta en las manos.

Cayó de rodillas al suelo, escondiendo su cara en el suave pelo de la prenda. Gritó de forma ahogada. Sus lágrimas se perdían entre el agua que mojaba todo su cuerpo. Al cabo de unos minutos se levantó, dirigiéndose con calma de nuevo al sitio que solía ocupar. Tapó sus piernas con la chaqueta, aunque de poco servía ya que el frío calaba sus huesos.

Sentía que su mente estaba jugando con él. Vivía una broma pesada que no comprendía. «Debe ser real. Tengo la chaqueta conmigo».


Hermione observaba el mapa que Harry había puesto en la mesa.

—No hay nada en lo que podamos basarnos, Harry. Es un callejón sin salida.

El moreno suspiró sonoramente, echando la espalda hacia atrás, recostándose en la silla todo lo posible.

—Lucius Malfoy debe estar muy preocupado si está dándote toda la información y hablando contigo. —comentó Ron antes de que sus padres llegasen a casa.

Habían pedido a McGonagall salir del colegio en vez de ir a Hogsmeade para poder hablar con ellos sobre toda la situación. En seguida tomaron asiento con los chicos y empezaron a charlar.

—¡Eso es terrible, Arthur! ¡Imagina perder a uno de nuestros hijos de esa forma! —exclamó Molly aterrada.

—Debe haber sido muy traumático para ellos. Me da pena la señora Malfoy, después de lo que Harry nos contó… No puedo verla igual que a su esposo.

Arthur seguía sin tenerle alguna simpatía a Lucius. Éste tampoco había hecho el esfuerzo de disculparse o darle el pésame por su hijo, en cambio Narcisa sí que había dado el mensaje a Harry y le había prometido que lo haría en persona cuando coincidieran en algún lugar, además de abrirle las puertas de su casa para lo que necesitasen, gracias a la ayuda que Ron estaba proporcionando.

—Aún hay algo más, papás. —empezó Ron mirando a Harry para que hablase él.

—Pensamos que hay una opción algo complicada. Creemos que Malfoy podría haber sido mordido por Greyback.

Los mayores exclamaron asombrados.

—¡Es sólo una suposición, aún es pronto, podría pedir un rescate y buscar el dinero! —exclamó Hermione algo molesta por darle veracidad a la peor opción antes que la muerte.

—Pero esa mujer… Amaría a su hijo por encima de todo, ¿no? —preguntó Molly insegura de las creencias de Narcisa.

Harry le observó sin saber qué decir. No podía asegurar que Narcisa amase a su hijo aún siendo un hombre lobo, sabía qué tipo de pensamientos tenían. Especialmente Lucius los demostraba sin ningún tipo de tapujos.

—En cualquier caso se trata de encontrarlo. De nada sirve crear conjeturas. Se podría rastrear su magia. —Arthur decidió distender el ambiente.

—Eso pensamos, pero desconocemos si Malfoy se ha llevado varita. —contestó el hijo de ambos.

—Tampoco sabemos si Malfoy quiere ser encontrado. —concluyó Harry.


Añadió una marca más en la madera de la caseta. Ya eran cuarenta y tres días que se encontraba solo, desde la batalla hasta que había llegado. Había pasado su transformación allí, esperando acostado sobre el suelo donde seguía. Con la chaqueta sobre él. No se encontraba bien. Tenía mucho frío y ya ni se levantaba para ir al motel. Estaba débil y sólo tenía sueño. Además la lluvia frenaba su ira en pocos momentos, haciendo que el suelo estuviese lleno de lodo y fuese más complicado caminar por el bosque. Llevaba días sin comer, ya no tenía suministros allí. Por suerte muy cerca había agua en un pozo que se había construido en el pequeño campamento.

Empezó a escuchar pisadas en el barro, chapoteando agua. Intentó incorporarse un poco, pero los mareos y la visión borrosa no le permitían ver a la persona. Sólo veía una silueta que se acercaba a él.

Sintió como su cuerpo pesaba cada vez más. «¡No, ahora no!». Y desgraciadamente, se desmayó.


Rowan se acercó a Isadore ofreciéndole una bebida. Habían huido al mundo muggle junto a Tyreese.

—Gracias. —susurró.

—¿Por qué estáis tan serios? —preguntó el pecoso pelirrojo.

—Es sólo que… No sé, tengo muchas dudas de qué ocurrió con algunas personas. —dijo Isadore sonriéndole con afabilidad.

—¿Creéis que Fenrir de verdad murió? No era inmortal, pero en ocasiones lo parecía. —Tyreese se unió a la conversación.

Isadore encogió los hombros. En realidad pensaba que Fenrir había muerto y por ello estaba preocupado. ¿Scabior murió también? De ser así, Malfoy estaría a salvo. En cambio, si Scabior siguiese vivo y Fenrir no…

—He conseguido un Profeta actual. —dijo Rowan pasándole el periódico a Isadore que lo miraba con sorpresa—. Me colé en el autobús noctámbulo.

Tyreese se acercó a leer la noticia principal junto al hombre observador. En primera plana anunciaban la desaparición de Draco Malfoy.

—Si Fenrir está vivo, le estará buscando. —afirmó Tyreese.

—¿Y si Scabior le ha secuestrado? —preguntó Isadore preocupado. Esperaba que sus padres pudiesen protegerlo, pero estando solo era presa fácil.

—Estuve hablando con Shunpike, el cobrador del autobús. Dicen que el chico se fue por cuenta propia. Quizá está buscando a Fenrir. —sonrió Rowan manteniendo que ellos dos tenían un romance prohibido.

Rowan aseguró que seguiría trayendo periódicos. Él nunca había mostrado su rostro para trabajar con los Carroñeros, así que nadie sospecharía. Era el as bajo la manga de Isadore y Tyreese, ya que podía hacer recados en el Mundo Mágico sin ningún problema.
Notas finales:
¡Muchas gracias por todo el apoyo recibido! Sois increíbles.
Olor a café recién hecho por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
¡Nada más satisfactorio que toque publicar el día de mi cumpleaños! :D
Movió los ojos bajo sus párpados. Aspiró todo lo que pudo para notar un olor a pan tostado y café recién hecho. Estaba sobre una reconfortante cama, las sábanas se sentían suaves. Su vista se perdió en la rendija de luz que entraba por la puerta que se encontraba entrecerrada. Se incorporó con cautela, deseando no marearse de nuevo. La chaqueta de Fenrir estaba sobre las mantas que le cubrían, dando una capa más de protección a su cuerpo. Agarró la prenda, se la puso y tanteó el borde del colchón, debía hacer el intento de levantarse.

Abrió la puerta con cuidado de no hacer ruido y allí le vio, con los hombros apoyados sobre la encimera de la cocina, mirando por la ventana que daba al centro del campamento. Se acercó a él de forma silenciosa, parecía estar perdido en sus pensamientos, hasta que le abrazó por la espalda, hundiendo su rostro en ella. Fenrir se sobresaltó ligeramente, pero no iba a aceptarlo.

—Deberías estar descansando.

Fenrir cogió los brazos del chico y deshizo el abrazo, viendo por la ventana como otro hombre castaño claro se acercaba a la puerta de ellos. Se giró para ordenar a Draco volver al cuarto, sin embargo no contaba con que el chico estuviese llorando e hiperventilando. El hombre que acababa de ingresar en la cabaña quedó mirando la situación.

—¡¿Dónde estabas?! ¡¿Por qué me hiciste eso?! —gritó nervioso el rubio.

—¡Eh, relájate! Yo no te he hecho nada.

—¿Acaba de despertar y ya le has hecho algo? No tienes escrúpulos, Fenrir. —comentó divertido ese señor. Draco le miró, dándose cuenta al fin de su presencia y se sonrojó ligeramente cuando éste le saludó con la mano—. Mi nombre es Kalevi. —Se presentó—. Y aunque veo que tienes muchas dudas con éste, será mejor que te acuestes. Mi hermana Riina no tardará en llevarte algo para comer, no te preocupes.

Fenrir hizo un gesto con la cabeza para que Kalevi tomase asiento mientras agarraba a Draco del brazo y lo arrastraba al cuarto, casi arrojándolo a la cama. Antes de que pudiese alejarse, sintió como le cogían la mano.

—¿Te marchas? —preguntó el rubio con dudas. Fenrir resopló y volvió a girarse para mirarle.

—Cuando se marche hablaremos.

Draco le soltó con indecisión, dejando una suave caricia en la mano de Fenrir, que salió de allí con rapidez.

—¿Ya estabas molestando al pobre chico? —preguntó riéndose.

—Vete al diablo, Kalevi.

Soltó una sonora risotada antes de girar su rostro al ver a su hermana entrar con dos bandejas flotando delante de ella. Riina saludó a Fenrir, le preguntó algunas cosas sobre Draco y se metió en el cuarto acompañada de las bandejas que dejaban un agradable aroma.

El rubio miró a la mujer que entraba disculpándose por la intromisión, tenía un hermoso cabello largo y rubio, aunque no era nada parecido al tono de su padre. Sus ojos avellana eran idénticos a los de su hermano.

—¡Qué ojos más bonitos tienes! No tenemos a nadie por aquí que tenga los ojos grises. —comentó dejándole uno de los desayunos flotando sobre sus piernas—. Espero que sea de tu agrado y que te haga sentir mejor. No sé muy bien qué comías antes de que llegase, pero ten por seguro que a partir de ahora te alimentarás muy bien.

—Iba al motel de la ciudad más cercana para poder comer algo. —contestó Draco observando la bandeja. En ella había un pan tostado, zumo de calabaza que parecía recién hecho, mermelada casera de arándanos y una magdalena de chocolate.

—¡Pero si ese lugar es horrible! Una vez, cuando vivía aquí, me puse enferma. —comenzó a relatar Riina, que ya había tomado asiento en una silla que había posicionado al lado de la cama y estaba untando su pan con la mermelada—. Y claro, ¿qué iba a comer? Kalevi es un desastre en la cocina, mamá nunca fue capaz de comerse nada de lo que preparaba, y mira que una madre lo da todo por sus hijos… ¡Pues le mandé a buscar comida! Llegó todo orgulloso porque había encontrado un motel donde comprarla. ¿No podía ir a un restaurante y aportar algo de sus ahorros? —La mujer negó con su cabeza y sonrió cuando escuchó la corta carcajada de Draco—. De las peores comidas de mi vida.

—¿Y las de Kalevi? —Se aventuró a bromear.

La mujer dio un pequeño gruñido.

—No podemos categorizar eso como comida, te lo prometo.


Imryll, la elfina que por fin pudo volver al hogar de los Malfoy después de la batalla y de pasar por decenas de interrogatorios, servía el té a Harry, Ron y Hermione.

—Si desean algo más…—Invitó Narcisa, pero los demás negaron con gratitud por sus atenciones como anfitriona. Lucius seguía algo atareado con su juicio. Había salido absuelto, pero únicamente con la condición de filtrar toda la información que conocía. Debía dar todos sus recuerdos, que serían investigados para confirmar su veracidad, para así poder ser perdonado por el Ministerio. Su intimidad era el precio a pagar para conseguir la libertad.

—Venimos a informarle, señora Malfoy, que a partir de ahora Ron y yo seremos aurores. He hablado con el Ministro y nos ha dado permiso para encargarnos del caso de su hijo, gracias a las aportaciones que está haciendo su esposo y que hizo usted en su día. —habló Harry.

Narcisa preguntó incrédula si eran verdad sus palabras y creyendo en esos tres jóvenes, se arrodilló ante Ron para darle las gracias una y otra vez, entre lágrimas, por hacer el esfuerzo de encontrar a su hijo a pesar de todo. Ron miraba a sus amigos sin saber muy bien qué hacer.

—Señora Malfoy, hemos estado practicando un hechizo nuevo… —dijo Harry mirando con cierta diversión a su amigo. La mujer volvió a sentarse en el sillón observándoles esperanzada—. No podemos prometerle nada y es una información confidencial, pero quizá podamos encontrar algún rastro de Draco.

—Lo comprendo, sin embargo no puedo dejar de ilusionarme. Es una oportunidad, Potter. Ellos no me daban ni eso. —Se refirió a los aurores que llevaban anteriormente el caso.

Ron asintió. Había visto el fino fichero que se había realizado en todo ese tiempo. Se notaba que no tenían interés por trabajar en esa desaparición.

—Procuraremos mantenerle informada, señora Malfoy. —comentó con voz suave Hermione. Esa mujer imponía mucho respeto y le resultaba de admirar su fuerza.


Habían terminado el desayuno mientras Riina seguía distrayéndole un poco de su realidad. Sí, había notado el intento de la mujer porque se sintiese bien y por supuesto que él quería apreciarlo.
Fenrir ingresó al cuarto sin llamar siquiera, por lo que la mujer rubia decidió despedirse de Draco con una sonrisa de oreja a oreja. Le había encantado ese chico y eso que se notaba que se encontraba algo intimidado.

—Tienes mejor cara, ya no parece que haya que enterrarte. —Fenrir se sentó en la silla que había dejado libre Riina, apoyándose en el respaldo y posando una bota en el mismo asiento.

—No recuerdo qué pasó.

—Suponemos que te desmayaste por la presión baja. Tenías hipotermia, sería por eso. —explicó sin mucho cuidado y sin mostrar preocupación.

Draco bajó su mirada a sus manos, que reposaban sobre su regazo tapado.

—¿Estuviste solo aquí? ¿Permaneciste a salvo incluso en la transformación? Evitaste usar la magia, ¿no? —Indagó Fenrir observando los asentimientos del joven—. ¿Le dijiste a alguien sobre este lugar? —Esta vez recibió una negativa.

Bajó la pierna de la silla y apoyó sus codos sobre sus rodillas, quedando más cerca de Draco.

—Estuve herido. Logré llegar al refugio de Kalevi y Riina, ellos me ayudaron. —Draco levantó su mirada para observarle.

—¿Cuándo llegaste? —preguntó confuso.

Fenrir arrugó el ceño.

—¿Cómo que cuándo llegue? Pues cuando te desmayaste por no tirar la puerta abajo y meterte en la casa.

El rubio miró la chaqueta que seguía llevando puesta y Fenrir notó este detalle.

—Las protecciones han vuelto al lugar. A partir de ahora tienes prohibido salir de ellas. —concluyó.

—¿Vas a retenerme aquí? —preguntó Draco sin poderse creer la situación.

—Tú viniste aquí.

—Me invitaste cuando no me dejaste morir, ¿recuerdas? —Gruñó molesto al ver la negativa de Fenrir—. Debo haber sido imbécil al venir aquí. —Afirmó mientras tapaba su rostro con vergüenza y rabia.

Fenrir había dejado la silla, ahora se encontraba en cuclillas apoyado en el colchón. Agarró una de sus muñecas y destapó su rostro.

—Fuera no es seguro para ti. —aseguró mirándole severo—. No salgas.

Draco se perdió en esos ojos azules. Era una orden clara que escondía muchos matices. ¿Se preocupaba por él? ¿Por qué no era seguro para él?

—Nunca estuviste en la estación de tren. Jamás llegaste sólo para dejarme tu chaqueta. —Fenrir no entendía muy bien de qué hablaba, pero negó haber realizado cualquiera de esas vivencias—. Prometo que no saldré.

En un brusco movimiento alcanzó el rostro aún pálido por naturaleza de Draco y apoyó la frente en la del otro, chasqueando la lengua.

—Aposté que no se te iría la fiebre tan rápido, mañana me tocará hacer doble guardia.

—¿Apostar? —musitó avergonzado por el movimiento anterior—. ¿Con Riina o Kalevi?

—Descansa por hoy, mañana no tendrás la misma suerte. Te tocará dejar de hacer el vago y conocer al resto. Ayúdales en lo que puedas. —ordenó Fenrir saliendo del cuarto.
Notas finales:
Agradezco todo el apoyo recibido, en especial todos aquellos que se han molestado en escribir comentarios.
Vida nueva por ArtemiaCelosia
Riina saludó con la mano a Draco, que acababa de salir de la cabaña. Se acercó a él apresurada.

—¡Me alegro mucho que hoy te sientas mejor! Aún así intenta no forzarte mucho. —Cogió las dos bandejas que portaba el chico y le invitó a que le acompañase a su cabaña, que compartía con su hermano—. ¿Estás listo para conocer al resto? Algunos han salido a hacer tareas. Son majos, ya lo verás. —comentó intentando tranquilizarlo.

La cabaña de los hermanos resultaba muy acogedora. Era más pequeña, sin embargo tenían todos los espacios aprovechados y tenía un estilo muy hospitalario. Se notaba que a la mujer le gustaba cocinar, pues la cocina era lo que más ocupaba y tenía más utensilios que la cabaña de Fenrir.

—¿Cómo conociste a Fenrir? —preguntó con curiosidad Draco. Riina le sonrió, se notaba que sentía un gran cariño por el rudo líder.

—Él nos ayudó cuando estábamos en peligro. Si no fuese por él, probablemente estaríamos muertos.

Draco se quedó en silencio escuchando a Riina contarle la historia, mientras le ayudaba a ordenar los utensilios ya limpios.

—Nuestro padre nos atacó cuando Kalevi tenía diecisiete años y yo tenía diez. Él no quería convertirnos, sólo… Bueno, vino con claras intenciones de matarnos a los tres, pero nuestra madre no se encontraba. Nuestra abuela se había puesto mala y ella se había tenido que marchar al hospital. —Contaba con tranquilidad—. Nuestros gritos alarmaron a los vecinos y los aurores nos ayudaron. Apresaron a ese hombre y nos trasladaron. Mamá estaba tan triste. Abuela murió y nosotros estábamos luchando por no irnos con ella. —Draco pasó la mano por su espalda, con un gesto que intentaba ser confortante. Riina le sonrió agradecida—. El tipo era un capullo, engañó a nuestra madre para acostarse con ella en varias ocasiones, ella fue muy tonta por permitirlo, pero así va el amor, ¿no?

El rubio no sabía qué responderle, no había tenido parejas.

—¿Qué ocurrió entonces? —Le animó a continuar. La chica parecía no tener problema en contar su historia.

—Mamá nos protegió durante un tiempo. Vivimos un tiempo en una aldea situada en una montaña. ¡Nos lo pasábamos muy bien jugando allí! Aunque no había muchos vecinos y los que había no nos soportaban por ser licántropos. —Riina saludó a alguien a través de la ventana—. Entonces mamá se puso muy enferma y acabó muriendo un día. No teníamos mucho dinero y ella misma nos había prohibido gastarlo en su funeral, así que empezamos a cavar nosotros mismos. No queríamos negarle el descanso eterno. —La chica le mostró una foto donde salía una improvisada tumba con flores—. Plantamos muchas semillas y se llenó de flores, a ella le encantaban. Fue cuando sobrevivimos solos, ya sin la protección de nuestra madre.

—Es un gesto precioso por vuestra parte. —Le dijo devolviéndole la emotiva fotografía.

—Pasaron unos años, estuvimos haciendo algunos trabajillos para poder vivir. Cualquier cosa que nos dieran. Hasta que un día encontré nuestra puerta abierta al volver de trabajar. Entré llamando a mi hermano, pero no me contestó. Él estaba inconsciente en su cuarto. No me preguntes cómo, pero simplemente supe que nuestro padre estaba allí. Al girarme me cogió del cuello, estrangulándome con sus propias manos. Pensé que iba a morir. —La chica se cogió de su brazo y le llevó hacia afuera—. Y entonces entró Fenrir y se llevó a nuestro padre. Cuidé a Kalevi sin dudarlo, no quería perder a mi hermano. Él siguió allí ayudándome, sin pedirme nada a cambio. Pensé que quizá iba a robarnos o a pedirnos dinero después, pero nunca fue así.

—¿Fenrir mató a vuestro padre?

—Sí. —Miró a Draco algo apenada—. Debo parecerte un monstruo hablando así de mi padre.

El rubio negó que creyese algo así, entendía los motivos y no podía pensar en sentir algo más que desprecio por alguien tan cruel.

—Enterramos su cuerpo junto a la tumba de nuestra madre. Creímos que ella lo hubiese querido así, después de todo. Así ella puede seguir controlándolo y cuidando de nosotros. —La chica apoyó la cabeza en el hombro de Draco, que acariciaba una de sus manos pensando en todo lo que le había contado—. ¿Y tú cómo te transformaste, Draco?

Él la miró mudo, no sabía si responder con la verdad, no lo había hablado con Fenrir.

—No importa, Draco. Si algún día quieres contármelo estaré aquí para escucharte. Ahora te presentaré a algunos de los chicos de por aquí. —Le habló tranquila mientras tiraba de su mano entrelazada, llevándolo a la cabaña que se encontraba a la derecha de los hermanos.


Fenrir y Kalevi caminaban detrás del grupo, algo alejados de ellos, controlando siempre que no les atacaran. Eran los guerreros más expertos.

El líder mantenía la concentración en la seguridad de todos, pero su mente no podía borrar las preguntas que tenía ante la historia que le había contado Draco, todo lo que pasó para llegar al fin a aquel lugar.

—¿Qué tal se encuentra Draco? Me dijo mi hermana que le encargaste echarle un vistazo. —comentó el otro hombre.

—Ya se siente mejor, pero hay algo extraño en su historia. —susurró haciendo que Kalevi se acercase más a él y aminoraran su paso para que sus otros compañeros no escuchasen la conversación—. Durante su viaje creyó verme, aunque eso pudo ser una simple confusión. —Observó el asentimiento de Kalevi—. En cambio mi chaqueta… La encontró aquí, no el primer día que llegó.

—¿Era un lugar muy visible?

—Según lo que me dijo, en un árbol frente a mi cabaña, donde él estuvo siempre sentado.

Kalevi endureció su mirada. Fenrir le había comentado ligeramente el viaje de Draco, por lo que empezó a pensar si pudieron haberle seguido.

—Deberíamos ir con más cautela y poner algunas trampas. Ledreck podrá ayudarnos con eso.

—No hay que causar el pánico. —advirtió Fenrir.

Aceleraron un poco el paso, ya que el equipo se estaba alejando en demasía. Ellos llevaban algunas setas comestibles que habían cosechado, también habían robado frutas y verduras de un campo mal vigilado. Eran recolectores con algunos guerreros que les escoltaban para que nada les pasase. Las rutinas eran simples, pero variadas. No se podía aprender sus movimientos, Fenrir era previsor. Esa opción era la mejor para complicar las emboscadas. Acompañaban a los recolectores por diferentes salidas del bosque, patrullaban hasta su vuelta y volvían todos juntos al campamento.

—No pegáis nada juntos. —comentó divertido Kalevi.

—¿Qué dices? —Gruñó.

Algunos cosechadores reían al escuchar la conversación, aunque la mayoría no tenían tanta confianza con Fenrir para tomarle el pelo como siempre conseguía el castaño.

—Vamos, Fenrir. Vi a ese chico abrazarte y llorar por ti. Eso por no hablar de lo insoportable que estuviste en casa mientras te recuperabas. —Le golpeó amistosamente en el brazo con su puño izquierdo—. Estabas tan preocupado por él, por no saber dónde y cómo estaba…

Fenrir refunfuñó algunos insultos mientras Kalevi se carcajeaba.


Riina había presentado a Ledreck, un hombre mayor, de unos setenta años, que tenía la pequeña cabaña llena de trampas ingeniosas y nunca vistas. Draco interrogaba por la funcionalidad y le encantaba aprender cómo se arreglaba el señor para realizarlas, por lo que hacía varias preguntas que encantaban al sujeto.

Después pasó a conocer a Ayax, una hermosa mujer con el pelo negro sujetado en un enorme moño. Riina bromeaba sobre su cabello, ya que nunca le había visto con el pelo suelto siendo humana. Era una mujer muy seria, sin embargo eso no le dio inquietud a Draco, puesto que en seguida le prestó ayuda en todo lo que necesitase, indicándole que ella vigilaba los alrededores de la barrera mágica, por lo que siempre podría encontrarla por allí en su turno.

—Las cabañas de los guerreros y vigilantes son las que se encuentran más cerca de la barrera, ya que ellos son los que están más preparados para un ataque. —explicaba Riina.

—¿Alguna vez os atacaron?

—Sí, una vez, pero no en este campamento. Los aurores. Umbridge nos mandó a Azkaban únicamente por nuestra condición. Algunos fueron capturados, otros guerreros defendieron al resto y les salvaron. —Riina se paró delante, cortando su paso—. Será mejor que no lo comentes por ahí, algunos no han vuelto.

Draco asintió y le prometió que sería cuidadoso con sus palabras.

—Algunos siguen echándose la culpa por no poder defendernos a todos. Otros sospechan que podrían haber hablado de nuestra forma de vida, por eso Fenrir decidió encontrar un lugar nuevo.

Llegaron cerca del centro del campamento, donde se encontraban dos chicos más jóvenes que el resto. El rubio pareció notar que su compañera dudaba sobre esa presentación.

—¿Algún problema con ellos? —preguntó sin indirectas.

—Verás… Patt, el chico que está sentado, está algo irritado con tu presencia. No es nada personal. —Le indicó al ver como enarcaba una ceja—. Creo que siente un poco de celos porque te llevas la atención de Fenrir. Yven sólo le sigue apenado, pero creo que no quiere separarse de él porque son lo único que tienen entre sí. Llegaron de un orfanato mágico donde tampoco eran muy bien tratados por la licantropía.

Draco observaba tras esos chicos como un grupo de hombres y mujeres llegaban con suministros. Pudo divisar a Kalevi y Fenrir tras ellos. Al parecer su mirada fue malinterpretada por Patt y Yven, ya que se acercaron a ellos.

—Así que tú eres Draco Malfoy. —comentó Patt mirándole de arriba abajo.

—Encantado, ¿cuál es tu nombre? —Intentó ser educado, aunque tenía ganas de mandar al diablo a ese maleducado tipo. ¿Le había hecho algo para que le mirase así?

Yven en cambio bajó la mirada, algo avergonzado por la situación.

—¿Qué se siente al humillar al resto por tener una condición distinta a la vuestra y acabar en nuestra situación? —Draco bajó la mirada algo dolido.

—¿Qué se siente al ser abandonado por tus padres en un orfanato donde te golpean todos los días? —contestó Fenrir llegando al lugar—. Quizá deberías aprender a cerrar la boca y hacer algo útil por el grupo. Si no, ya puedes largarte. Nadie va a vivir gratis aquí.

El chico quedó mudo y se alejó con rabia, empujando a Yven de su camino.

—No debiste ser tan cruel. —susurró Draco cerca de su oído.

Riina miró a Draco y le otorgó una conciliadora sonrisa. Al parecer para ella no era una situación extraña, por lo que suponía que había ocurrido en más ocasiones.

—Ha sido un placer estar este tiempo contigo, Draco. Gracias por ayudarme con mis tareas. —Se despidió dirigiéndose con su hermano a su hogar.

Fenrir agarró su muñeca y lo arrastró a la casa.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo viernes con mucho más! Ojalá os haya gustado la presentación de la manada. :D
Caligrafía por ArtemiaCelosia
Draco espetó que sabía caminar solo, soltándose del agarre y sentándose en el porche. De nuevo escuchó un rugido por parte del líder antes de dar un portazo metiéndose en la cabaña. Ayax observaba la escena desde lejos, haciéndole un gesto con la mano para quitarle importancia, antes de apartar la vista hacia una chica bajita y con trenzas de color cobre. Las mujeres se abrazaron. Cuando estuvo hablando con Riina le informó que Ayax salía con una chica inquieta con largas trenzas llamada Hannah. Suponía que se trataba de ella.

Yven caminaba cargado de cajas, cuando una se le cayó al suelo. El rubio se levantó y caminó para ayudarle a cargar dos cajas, gesto que el chico agradeció de forma tímida.

—Disculpa a Patt, sólo está algo asustado. —Pidió triste.

—¿Asustado de qué?

—He hablado con Riina, sé que te ha contado su historia. —Draco asintió serio—. Patt y yo escapamos de un orfanato y Fenrir nos ayudó. Nos dejó quedarnos en el campamento si ayudábamos con algunas tareas. Patt siempre creyó que lo había hecho por alguna razón.

—¿Y tú qué crees? —Miró a la cabaña, dándose cuenta que Fenrir observaba desde la ventana de la cocina.

—No creo que compartamos la misma idea del porqué lo hizo, ni creo que tu llegada implique nuestra ida. —concluyó el chico ordenando las cajas en el porche de lo que parecía un almacén.

Se despidió del chico antes de volver al porche de la gran cabaña. Comenzaban a caer suaves gotas y el olor a tierra mojada inundaba todo el lugar. Hacía frío, por lo que todos habían optado por resguardarse dentro de sus hogares. La cena aparecería en la mesa de cada uno, Riina no descansaba. Allí estaba observando la hermosa lluvia, encontrándose mucho mejor que la última que pudo presenciar. Escuchó cómo la puerta se abría.

—Entra. —ordenó Fenrir, sin embargo el rubio seguía mirando al cielo nublado que cada vez se encontraba más oscuro—. ¿Por qué has ayudado a Yven? —preguntó enfadado.

—Me dijiste que conociese a la gente y les ayudase, ¿no?

Draco se sobresaltó cuando Fenrir le tiró con rabia la chaqueta antes de volver a escuchar el ruido de la entrada. Se colocó la prenda sobre los hombros, sin meter los brazos, y se quedó allí sentado unas horas, hasta que la Luna salió a saludar.

Se levantó con las piernas entumecidas, por lo que tuvo que estirarlas un poco antes de ingresar. No había rastro de Fenrir, pero el cuarto estaba cerrado por lo que supuso que simplemente estaría allí. Se acercó a la cena que se encontraba en la mesa, se mantenía caliente gracias a un hechizo. Recogió un trozo de papel mal garabateado. “Come”. Una sonrisa escapó de sus labios. Se sentó a comer mientras no quitaba la vista del papel. No había terminado cuando se levantó rápidamente, entró sin llamar al cuarto y buscó en su mochila las cartas que había cogido de casa antes de emprender aquel viaje. Fenrir ni siquiera le gritó por irrumpir de esa forma, pero cuando vio la nota en la mano del chico y que sacaba los pergaminos se abalanzó sobre él, intentando quitarle los papeles de la mano.

—¡Fuiste tú! —exclamó Draco luchando por comparar la letra. Fenrir le sujetaba, inmovilizándolo, pegándose a su espalda. De nuevo ganado por su fuerza, como aquel día, cuando todo empezó.

Sentía como el fuerte hombre le dirigía fuera del cuarto, dejando los papeles tirados. Se tiró al suelo, en un penoso intento de frenar el avance. Por suerte hizo una zancadilla a Fenrir, desestabilizando su cuerpo y consiguiendo que cayese con él. Se arrastró estirando su brazo, consiguiendo agarrar uno de los pergaminos que había recibido en la escuela antes que Fenrir girase su cuerpo y se quedase sobre él, sujetando sus muñecas a cada lado de su cabeza.

—¡¿No puedes estar jodidamente quieto?! —Bramó mostrando los dientes. Aún en su forma humana tenía unos colmillos bien afilados.

—¡¿Y qué vas a hacer?! ¡¿Morderme?! —Encaró Draco. Por supuesto que temía la situación, estaba aterrado recordando el dolor que sintió el día de su castigo y como a Fenrir no le había costado nada cumplir su encargo—. Si no tuvieses nada que esconder, no actuarías así.

Veía la molestia reflejada en el rostro de Fenrir y sentía que apretaba sus muñecas con mucha fuerza. Se quejó por el dolor, creía que rompería sus huesos.

—¡¿Se puede saber qué pasa aquí?! —exclamó Kalevi, empujando levemente a Fenrir para que se diese cuenta de lo que estaba haciendo.

Soltó el agarre de Draco, que se llevaba las muñecas adoloridas a su pecho, con una respiración agitada y los ojos acuosos. Se levantó del suelo, cogió los papeles y salió al pequeño salón, arrojándolos al fuego de la chimenea antes de marcharse de la casa. Kalevi se quedó con Draco, preguntándole si estaba bien y palpando sus brazos para comprobar que no tuviese ninguna fractura.


Ron corría por el largo pasillo que se encontraba vacío. Era tarde y todos habían terminado su turno. Sólo Harry, los de seguridad y él se encontraban en aquel lugar.

—¡Harry, lo he encontrado! —Le dijo emocionado arrojando una carpeta en el escritorio de su amigo.

Harry leyó los documentos que se encontraban allí.

—¿Greyback tenía una residencia? Desconocemos si seguirá allí, pero es un gran avance.

—He estado investigando. Algunas personas afirman que vieron alguna vez a Greyback, aunque no desde su supuesta muerte. Tampoco han escuchado ruidos o visto luces. —Ron dudó de la veracidad de la información que había conseguido—. Todos parecían muy asustados, aunque como me dijiste, advertí que no íbamos contra Greyback.

El héroe observaba toda la información que habían podido conseguir hasta entonces. El Ministro había confiado en ellos para ese caso, ya que ellos habían sido los únicos que lo habían pedido, pero tenían que darles prioridad a otros por órdenes de arriba.

—Enviaré una carta yo mismo. Si metemos al Ministerio en esto no sacaremos nada de Greyback. Necesitamos encantar el lugar, algo que él no pueda detectar.

—Me encargaré de ello, Harry. —Ron salió del despacho para buscar información sobre conjuros no detectables.


Habían pasado unos días donde Fenrir desaparecía continuamente. No le había vuelto a dirigir una palabra o una mirada, sólo ignoraba su presencia.
Después de cuatro días Draco se había acercado a él antes de que se marchase de casa, estirando su brazo para darle la chaqueta. Fenrir había desatendido su gesto, mientras seguía organizando algunos objetos que se llevaba y yéndose del lugar. Tampoco le dejaba salir. En sus huídas, cerraba la puerta con llave y la ventana estaba encantada para no poder abrirse. De eso se dio cuenta el primer día. El resto parecía saberlo, ya que Riina mandaba la comida siempre con notas para preguntarle cómo estaba, sin embargo nadie se acercaba a la cabaña.

—Tenemos que hablar, Fenrir. —Pidió Kalevi—. No sé qué problema hay entre vosotros dos, pero no creo que sea para encerrarle como si se tratase de… —Calló cuando Fenrir le hizo un gesto con la cabeza, llevándolo por el bosque.

—Recibí una carta de Potter.

—¿De Harry Potter? ¡¿El salvador del mundo mágico?! —Exclamó con sorpresa—. ¿Y por qué te ha enviado una carta? Me dijiste que todo el mundo pensaba que habías muerto.

Fenrir le contó que había estado durmiendo en la que era su residencia. El lugar estaba encantado, por lo que nadie quería habitar aquella casa, así que él un día se metió allí para refugiarse de todos los problemas. En aquel sitio se encontraba la carta.

—¿Y qué dice la carta? —preguntó curioso.

—Creo que no sabe realmente si sigo vivo. Pregunta por la desaparición de Draco.

—¿Trajiste la carta? —Fenrir negó, alegando que desconocía si podía estar hechizada para poder ser rastreada—. ¿Por eso le cierras en la cabaña?

Escuchó el suspiro del líder mientras veía que tomaba asiento cerca de un hermoso río que cruzaba el lugar, por lo que se acercó a él para sentarse a su lado.

—Es idiota. Si le digo todo lo que está pasando, hará cualquier estupidez que pondrá en peligro al grupo.

—Le dijiste que no saliese de la barrera y todos afirman que nunca lo han visto hacerlo. —Se quedó en silencio permitiendo a Fenrir hablar, pero la respuesta no llegaba—. Admítelo, Fenrir. Estás preocupado. ¿Qué ponía en la carta?

—Me ofrecía un trato. Él hablaría a mi favor en un juicio si aparecía y daba información veraz sobre Draco. Si sabía dónde estaba y lo soltaba todo.

—¿Y qué harás? No vas a entregarle, ¿no? —Fenrir se opuso a hacerlo—. ¿Por qué se marchó Draco? Nunca has querido contárnoslo. ¿Su familia le abandonó por el ataque que sufrió?

Fenrir observaba el agua correr. Algunos peces nadaban chocándose con las plantas que crecían a los laterales del río, haciendo que bailasen.

—Creo que nunca lo supieron, son ellos quienes le buscan. Al parecer Potter sólo está ayudando.

Kalevi esperó a escuchar el resto de la historia.

—Él se marchó a un lago para suicidarse tiempo después. Su padre me trató como una mierda delante de él. Sería extraño que con todo eso, sus padres supieran su estado.

—Sí, si lo hubiesen sabido no seguirían buscándole mientras defienden que los licántropos somos basura. —Suspiró molesto por esas creencias—. ¿Cómo pudieron atacar a su único hijo sin que ellos se diesen cuenta?

—Voldemort estaba en su casa. Simplemente lo metió en una celda del sótano.

El castaño giró su rostro poco a poco, observando a su líder con los ojos muy abiertos.

—¿Fenrir?

—Yo le mordí.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo martes!
Llamas en los árboles por ArtemiaCelosia
Harry llegó a casa de sus amigos, donde se habían mudado recientemente. Saludó a Hermione quien le recibió encantada con su presencia. Estuvieron poniéndose al día sobre sus vidas, ya que no habían podido hablar mucho desde hacía un tiempo, debido a los empleos. Ron y Harry se veían más, aún así en el Ministerio ocupaban toda su concentración en los casos. Al cabo de unos quince minutos llegó el pelirrojo, con comida que había comprado para invitar a su amigo y tener una reunión como la que solían tener en el colegio.

—Debo enseñarte algo, Harry. —dijo levantándose de la mesa. Cuando volvió llevaba consigo un pequeño vial con lo que parecía arena blanca.

—¿Qué es?

—Cuando me dijiste que debíamos encantar la carta que me diste, le pedí ayuda a George. Él me dio uno de sus inventos. El polvo increpador.

Harry estaba sorprendido, movía el vial para observar el fino polvo que estaba dentro.

—Según la descripción de mi hermano, sirve para saber si alguien ha tocado alguno de tus objetos. —Sonrió.

—¿Cómo funciona? —preguntó intrigada la joven.

—Bueno, es un polvo incoloro, casi ni se ve. Cuando alguien lo toca, empieza a tornarse blanco, delatando que alguien ha puesto la mano en tu objeto. El polvo se guarda en un vial de cristal para no poder tocarlo. Le puse polvo en el cierre al sobre.

—¡Eso significa que han tocado el sobre! —exclamó emocionado Harry.

—No os emocionéis, chicos. Aún no sabéis si ha sido Greyback, alguien se podría haber colado en la casa.

—¡Vamos! Nadie ha tenido el valor de colarse en esa casa encantada desde hace muchísimos años, ¿quién se colaría después de saber que Greyback estuvo allí?

Harry esperaba tener alguna noticia del hombre. En la carta le había propuesto hablar cara a cara, sin trampas de por medio, en el lugar que él quisiera. Le había comunicado que sólo querían saber el estado de Draco, que sus padres deseaban encontrarle, y que creía que él estaba vinculado a la desaparición.


Fenrir pensaba en toda la conversación que había mantenido con Kalevi después de confesarle que había sido el causante de la estancia de Draco en la manada. De reojo notó como el rubio salía del cuarto, recién despierto, sorprendiéndose de su presencia, ya que solía marcharse antes de encontrarlo.

Draco tomó asiento y comenzó a desayunar, pensando que el hombre le ignoraría como había estado haciendo, pero su voz llamó su atención.

—Voy a salir. —comunicó acercándose a la mesa y dejando un cuchillo de caza en ella—. Es posible que tarde en volver. Quizá no pueda volver en meses, quizá nunca más. No importa.

—¿Cómo? —preguntó casi sin voz.

—Si no vuelvo, Kalevi pasa a ser el líder. Compórtate y hazle caso. Te será útil. —comentó refiriéndose al cuchillo.

—¡No! —exclamó siguiendo a Fenrir al cuarto, donde cogía algunas de sus cosas—. ¿Vas a dejarme aquí solo?

—No seas dramático, no estás solo. —respondió fastidiado saliendo del cuarto—. Nada de peros. —Interrumpió a Draco girándose hacia él—. Esto es importante. Estamos en peligro y debo marcharme para solucionarlo. No salgas de la protección, procura no salir mucho de la cabaña. Seguro que eres de ayuda aquí.

—¿Cómo voy a ayudar aquí? —preguntó el rubio.

—Ahora tendrás lo suficiente para hacer pociones. Eres bueno con ellas, ¿no? Entonces dedica tu tiempo a ello.

Draco balbuceaba al ver que Fenrir no paraba de moverse, alistando todo, escondiendo algunas cosas. Abrió la puerta para marcharse, pero la mirada de Kalevi al fondo del campamento le hizo resoplar y volver a cerrarla.
Se acercó a Draco, quien tenía la mirada perdida en el suelo, posó su mano en el cabello rubio y lo alborotó.

—Espero volver dentro de poco. —Se sinceró.


Harry esperaba nervioso en un aparcamiento cerca de una playa de Reino Unido. Las olas chocaban con fuerza en las rocas. Había bandera roja a causa de las tormentas. No podía creer que hubiese llegado ese momento. Le hubiese gustado informar a los señores Malfoy, sin embargo era pronto para crearles ilusiones. Pensó que no vendría, que todo se trataría de una trampa o de una broma de alguien cruel, hasta que le vio aparecer por allí.

—¡Greyback! —llamó. La tormenta le había hecho refugiarse en aquellos aparcamientos techados aunque la cita hubiese tenido lugar en la playa. Al hombre lobo parecía no importarle en absoluto.

Harry dejó su varita a sus pies, informándole que venía solo y no pretendía luchar.

—No tengo tiempo que perder, Potter. —comunicó con grosería.

—Los padres de Malfoy están muy preocupados, Greyback. Si tienes alguna información, si sabes dónde está, dímelo. Sabes el trato.

—No sé qué tiene que ver todo esto conmigo. —dijo Fenrir. Observaba los movimientos del joven héroe.

Harry lo estaba pasando realmente mal. Sabía que un paso en falso tiraría toda la investigación y las pistas que tenían, sin embargo no había mucha información que pudiesen usar.

—¿Raptaste al hijo de los Malfoy? —Fenrir sonrió con altanería.

—¿Y para qué querría raptarle? ¿He pedido una recompensa a cambio?

—¿Le amenazaste? —Continuó Harry intentando hacer caso omiso.

Fenrir le respondió que probablemente lo hubiese hecho alguna vez, ya que ese era su trabajo junto al Lord. El mago observaba la actitud, parecía algo molesto por la pregunta. Así que decidió tirar su ficha.

—¿Mordiste a Draco Malfoy? —Fenrir alzó ambas cejas. Su actitud no variaba, se notaba molesto, pero no parecía indicar que supiese algo de Draco. Harry se dio cuenta, no sacaría nada claro de él—. Si ves a Draco, dile que sus padres le buscan. Comunícale que su madre se muere por abrazarle de nuevo.

Fenrir encogió los hombros.

—¿Vas a detenerme ya? —preguntó sin contemplaciones.

Harry negó con la cabeza. Le indicó de nuevo que venía únicamente para encontrar a Draco Malfoy, notando la sorpresa del licántropo.

—Maté a muchas personas, ¿me vas a dejar ir sin más? —Harry cogió su varita, diciéndole que esperaría noticias sobre el rubio cuando estuviese dispuesto a hablar. Desapareció de allí, dejando solo a Fenrir. El hombre lobo no se fiaba de la situación, por lo que decidió que sería mejor no volver aún al campamento.

Había trascurrido ocho días desde que Fenrir se marchó. Durante los dos primeros estuvo en la cabaña haciendo pociones. El sexto fue más duro, pues tuvo que pasar por la transformación escuchando al resto de la manada hacer lo mismo, sin embargo él decidió quedarse encerrado para que nadie le viese en ese estado.
Decidió salir en el séptimo, dándose cuenta que todos estaban bastante cansados. Al parecer guardaban muchos suministros para esos días de recuperación. No duró mucho tiempo fuera, pues pasó casi todo el día durmiendo.

Desgraciadamente llegó el octavo. Fenrir apareció bien entrada la tarde, notando el caos del lugar. Corrió directo a la cabaña que compartía con Draco, no se encontraba allí. Notó una gran humareda en el cielo, al parecer el bosque había ardido. Comenzó a gritar su nombre, escuchando la respuesta en la casa de Ayax y Hannah.

—¡Fenrir! —exclamó Draco que sujetaba a Hannah sin que ella dejase de llorar—. Menos mal que has llegado…

—¿Está herida? —Draco negó—. ¿Qué diantres está pasando?

El rubio comenzó a contarle que los guerreros que patrullaban por la tarde no habían vuelto, por lo que se dio la alarma y fueron a buscarles algunos guardianes.

—¿Kalevi tampoco volvió?

—Él fue de los primeros en no volver. —Informó Draco—. Ayax se marchó también, para ayudar a buscarles.

Fenrir salió corriendo, hablando con algunos más para que le acompañasen. Daba órdenes a todos. Al resto los mandó a repartirse entre cabañas situadas en distintos puntos, de esa forma podrían alertar si alguien llegaba.


Ron se llevó las manos a la cabeza.

—¡¿Lo has dejado ir sin más?!

—No podía hacer nada, Ron. ¿Lo detengo y qué? Nunca hubiésemos conseguido una confesión suya, el Ministerio le hubiese llevado a Azkaban sin importar nada, y jamás hubiésemos sabido si Malfoy sigue vivo. —contestó Harry.

—Sin olvidar que quizá no sepa nada sobre el asunto. —Apuntó Hermione sentándose junto a ellos en la cafetería muggle donde se habían citado—. Aunque sí creo que deberías haberlo arrestado. Sabes que está en busca y captura, acabas de cometer una ilegalidad.

Harry se lamentó ante el hecho.

—No podía correr el riesgo, Hermione. Si Malfoy se fue por su propio pie, genial, pero si Greyback le capturó, si le tiene encerrado… Moriría sin que pudiésemos encontrarlo.

Hermione asintió, cogiendo la mano de su amigo. Era una situación complicada. Confiaba en los instintos del moreno, siempre les habían llevado a la victoria.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo viernes! :D
Ensangrentado por ArtemiaCelosia
Miró por la ventana al escuchar el grito de Riina. Kalevi arrastraba a otro guerrero del cual desconocía el nombre, ambos estaban heridos. Salió corriendo hacia ellos, no sin antes pedirle a Ledreck que cuidase de la preocupada Hannah.

—¿Estáis bien?

—Tranquilo, nos han atacado, pero hemos podido huir a tiempo. Jerref tiene la pierna herida. Es fuerte, se pondrá bien. —El chico hizo una mueca intentando que pareciese una sonrisa.

—¿Has visto a Fenrir? —Kalevi le miró con duda. En ningún momento se había topado con él, ni siquiera sabía que había llegado.

Ayax llegaba con tres personas más que arrastraban dos cuerpos muertos. Habían acabado con ellos.

—Buen trabajo, chicos. —Felicitó Kalevi—. Siento mi lamentable trabajo.

—Os pillaron desprevenidos, aguantasteis muy bien. —Reconfortó Ayax.

Draco miró a los hombres, reconociendo a uno de ellos. Un chico joven que animó a Scabior para abusar de él y conseguir dinero.

—Es mi culpa… —susurró.

Riina giró su rostro preguntándole si conocía a esas personas, sin embargo Draco salió corriendo de vuelta a la cabaña para recoger el cuchillo de caza que Fenrir le había otorgado antes de irse.

—¡¿Dónde vas, Draco?! —preguntó Kalevi asustado viéndolo correr a la barrera.

—¡Debo encontrar a Fenrir!

—¡No, espera! ¡No debes salir! —Intentó seguirle, pero sus heridas no se lo permitían. Ayax y los tres vigilantes que le acompañaban le comunicaron que irían a buscarle.


Draco intentaba escuchar algo o notar algún olor que le indicase el camino. Observó el suelo intentando divisar alguna pisada de Fenrir, ya conocía sus botas y el suelo estaba húmedo, comenzó a seguirlas, rezando por no haberse equivocado, pero el destino se lo puso difícil, puesto que comenzó a llover de nuevo, formando más barro en el suelo.
Llegó a unos árboles quemados. De ellos salía humo, sin embargo el fuego estaba extinguido. Tocó la madera, seguía caliente. No haría mucho de aquello.

Se agazapó entre unos arbustos al sentir una rama crujir. Su respiración estaba agitada, se sentía nervioso de nuevo, como cuando debía cumplir su misión. Cerró los ojos con desesperación.

—¿Estás seguro que es por aquí? —Escuchó a alguien susurrar.

—Por supuesto que sí. —Sin duda esa era la voz del tipo que le puso un cuchillo en su cuello. Scabior estaba allí.

De soslayo vio una pierna que pasaba por el arbusto, iban dirección al campamento. La manada estaría en peligro si los dejaba avanzar. Agarró con fuerza el cuchillo de caza y asestó una puñalada tras la rodilla de uno de ellos. Deseó que fuese Scabior, sin embargo se trataba de su compañero. Bramó de dolor, llamando la atención del otro, que ya tenía su varita lista.

—¡Vaya! ¡Si ni siquiera necesito ir a buscarte a tu casucha! —Sonrió con superioridad.

Draco salió corriendo, cubriéndose con todo lo que podía para esquivar los ataques, sin embargo algunos de ellos le habían alcanzado. Su cuerpo estaba lleno de dolorosos cortes provocado por Diffindos y no había podido cubrirse a tiempo para esquivar el Crucio que le había mandado ese demente. Había caído al suelo, sollozando por la tortura. «Al menos he podido alejarlo del campamento», pensó mientras escuchaba cómo se acercaba a él.

—Con que no tenías nada con el lobito, ¿no? Te vas a arrepentir por mentirme, niñato. —Aseguró el loco de Scabior, clavándole el cuchillo con el que una vez le amenazó en la mano.


Fenrir volvía al campamento después de matar a tres antiguos Carroñeros, también había ayudado a algunos de la manada, que habían sido sorprendidos en el ataque. Dos de ellos habían fallecido, sus compañeros llevaban los cuerpos para darles una sepultura digna.

Kalevi se levantó de forma inmediata al verle, gesticulando el dolor que sentía por los movimientos.

—Dios, Fenrir… —comentó temeroso—. Lo siento mucho, no pude evitarlo.

Fenrir se quedó observándole, pensando que se trataba del ataque y las bajas.

—Draco se marchó. Él se fue a buscarte. Dijo que era culpa suya. Intenté ir a por él, pero… —El castaño dejó de agarrarse su costado, mostrándole una fea herida que dificultaba su movilidad.

—¿Se fue solo? —preguntó con un rostro desencajado.

Riina se sorprendió al verle tan preocupado por alguien, normalmente Fenrir mantenía en secreto sus sentimientos, que no dudaba que los tuviese. Era chocante verlo de esa forma.

—Ayax, Viessen, Txiab y Terry fueron a por él, a intentar ayudarle en tu búsqueda y traerlo de vuelta.

De pronto escucharon un grito lejano cargado de sufrimiento. Fenrir comenzó a correr hacia el lugar.


Ayax se encontraba tirada en el suelo, ese tipo le había derribado con un Confringo. Miró a sus lados encontrándose con Terry con una herida en la cabeza. No divisaba a sus otros dos compañeros.

Se levantó con cautela, intentando ver dónde había ido ese hombre con Draco. Allí sólo se encontraba un pequeño charco de sangre.

Dio un sobresalto cuando Fenrir llegó. Respiraba entrecortado, preguntándole dónde estaba Draco. Le explicó todo lo sucedido, había perdido su pista.


Escuchaba los gritos enfurecidos de Scabior, mandando a los Carroñeros a buscarle. Sus huesos estaban helados, sentía mucho dolor, aún así intentaba no moverse para no hacer ruido. La lluvia le salvaba en algunos momentos. Su cuerpo cada vez estaba más entumecido. La noche ya había caído, las temperaturas eran muy bajas y el río, donde se había metido huyendo, se encontraba con pequeños cristales de hielo. Su boca castañeaba y no dejaba de tiritar de frío.

Ayax y algunos más habían llegado cuando ese tipo le estaba torturando, le había hecho varios cortes con la afilada hoja, dejándole muy malherido. Scabior había estado diciendo que cobraría una gran suma de dinero al entregar su cuerpo muerto a sus padres, y empezaba a creer que así sería. Cuando comenzaron a atacar a los vigilantes que habían ido en su ayuda, se incorporó como pudo y escapó escondiéndose entre el bosque. Había llegado a campo abierto y viéndose acorralado, se había deslizado dentro del río.

Su visión comenzaba a tornarse algo borrosa. No aguantaría mucho tiempo. Cogió aire cuando sintió unos pasos acercándose al río y hundió su cabeza.

Escuchó el grito de uno de ellos y una gran explosión.

—¡¿No dijiste que él no estaba?! —Le recriminó el Carroñero a Scabior.

Draco sacó la cabeza cuidadosamente para poder respirar. Escuchaba los gorgoteos de alguien, como si no pudiese respirar, además de alguien que corría huyendo del lugar.

—¡Nosotros nos ocuparemos del compañero! —gritó Ayax que salía corriendo tras él.

Fenrir sabía que Draco estaba cerca, podía oler la sangre, sin embargo no lograba localizarlo, la lluvia jugaba en su contra. Demasiados olores se concentraban en el bosque.

—¿Quién te crees para atreverte a venir a este lugar? —preguntó cabreado el hombre lobo.

—Oh, ¿necesitaba invitación? —contestó de forma irónica—. Jack no tuvo problemas en seguir a tu adinerada perra cuando se escapaba de casa para ir a verte. Y por supuesto, vengo a por mi parte.

—¿Tú dejaste la chaqueta aquí? ¿Fue a ti quién vio en la estación? —preguntó Fenrir haciendo tiempo para ubicar a Draco. No quería ponerle en más peligro.

—Yo conseguí las pociones multijugos para que Jack las usase, sí. Además de esa mugrosa chaqueta en el viaducto de Hogwarts. —El tono de Scabior resultaba siniestro—. A Jack le encantaba ver a tu perra llorar y esperarte allí sentado, así que decidió dejarle la chaqueta dándole ilusiones. Desgraciadamente apareciste antes que pudiese llegar.

Fenrir llegó a la conclusión que Scabior había estado herido, si no, no tendría sentido que no hubiese podido ir antes. Él tardó bastante, lo suficiente como para haber atacado a Draco. Miró el cuerpo del hombre, buscando algún posible punto débil.

—Esos malditos seguidores tuyos… Sobre todo el viejo de Isadore, ese insoportable sabelotodo. —Contaba Scabior—. Tuvieron los huevos de venir mintiendo sobre su lealtad para atacarme por la espalda. Al parecer también leyeron El Profeta.

El rubio intentaba moverse por el agua, apoyándose en la pared rocosa del río, para acercarse a la voz de Fenrir. Frenaba sus movimientos cada vez que ellos callaban, con miedo de ser descubierto.

—El chico está muerto. Nos darán una jugosa recompensa por su cuerpo. Piénsalo.

Escuchó el gruñido de Fenrir, seguido de un Confringo de Scabior. Algunos trozos de tierra llegaron al río, haciéndole cerrar los ojos y aguantar los golpes. Oía los quejidos de Scabior, cuando al parecer era atacado por el hombre lobo. Vio como la varita de Fenrir volaba de sus manos y caía al río, siendo arrastrada por la corriente.

—¡Hoy será tu último día, Fenrir! —gritó enajenado.

Draco escuchó unas palabras que hicieron saltar todas sus alarmas, por lo que haciendo un último esfuerzo, salió del río y corrió, interponiéndose en esas llamas moradas que se acercaban a Fenrir. Cayó inconsciente. El hombre lobo aprovechó el momento para abalanzarse sobre Scabior y destrozarlo con sus afilados dientes. Al igual que había hecho con su compañero, había mordido su cuello, dejando que se asfixiase con su propia sangre.

Llegaron algunos de la manada, indicándole que todo estaba despejado.

—¡Draco! —Ayax llevó una mano a su boca abierta, sorprendiéndose del estado del chico. Estaba mucho peor que cuando lo había visto con aquel hombre encima.

Fenrir rápidamente se acercó a él, tomándole el pulso. Era muy débil. Intentó devolverle la consciencia, pero no funcionaba. Agarró su cuerpo con toda la delicadeza posible y se dirigió al campamento.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo martes! :D
Soltando su mano por ArtemiaCelosia
Fenrir masajeaba su frente sin saber qué hacer. Varios del campamento habían intentado ayudar a Draco, sin embargo no consiguieron hacerle despertar. Había perdido mucha sangre y las llamas moradas lo habían dejado inconsciente.

—Debemos llevarlo a un hospital. —dijo decidida Riina.

—¡No! —exclamó el líder levantándose de la silla, provocando que ésta cayese haciendo ruido.

—Va a morir, Fenrir. Nosotros no podemos tratarle aquí. Ni siquiera sabemos qué tiene.

Riina observó como el hombre se marchaba al cuarto, junto al cuerpo de Draco, cerrando la puerta tras sí. Salió de la cabaña para encontrarse con su hermano.

—Hay que convencerle. —Riina estaba preocupada. Sabía que los padres de Draco le buscaban, se lo había dicho su hermano, y ellos tenían los recursos para ayudarle.

La manada no estaba tranquila. Desconocían si podían sufrir de nuevo un ataque, aunque con los cuerpos Fenrir pudo afirmar que eran los antiguos Carroñeros, pertenecientes a su grupo de cazarrecompensas, no sabían si podrían haber aumentado el equipo cuando se separaron del hombre lobo.
Hannah estaba abrazada a su novia Ayax, que se encontraba vigilando la barrera. Ledreck había puesto trampas poco comunes en su rutina, dejando sitios menos visibles por las casas, bien controlados.

Su hermano tocó su hombro, indicándole que necesitaba a alguien para cuidar a Jerref especialmente, ya que era el que menos movilidad tenía. Sabía que estaría atenta al resto de heridos de igual manera.

Entró a la cabaña y dio unos pequeños toques a la puerta del cuarto antes de ingresar. Fenrir estaba sentado en el suelo, con sus antebrazos y su barbilla apoyada en la cama, viendo a Draco en su letargo.

—¿Qué quieres hacer, Fenrir? —preguntó tomando asiento en la silla que estaba tras él.

—¿Existe alguna opción? Él no quería volver.

—No he preguntado lo que él deseaba. No está en condiciones de elegir ahora mismo. Decides tú. —Kalevi fijó la vista en la cara del rubio—. Él puede volver, ellos aún deseaban que volviese y estarían encantados de ayudarle. Cuando Draco se recuperase, podría regresar con nosotros.

«¿Y si no regresa?», pensó Fenrir.

—También podemos dejarle aquí. Él fabricó pociones para el dolor, podemos suministrárselas para que no sufra hasta que deje su cuerpo. —Siguió Kalevi—. Podemos cavar para él, para que siempre se encuentre con la manada.

«Hasta que llegase la transformación y oliésemos su carne, desenterrándolo para devorarlo». Fenrir seguía perdido en sus pensamientos pesimistas.

—Deberías hablar con Potter. —Esa era su última opción.

—¿Qué has dicho? —preguntó Fenrir girándose para mirarlo.

—Sé que no quieres dejarlo morir, Fenrir. Ninguno aquí quiere que muera. ¿Es mejor esto a que esté recuperándose en un hospital? Aunque no vuelva con nosotros. —Negó con la cabeza—. ¿Qué estoy diciendo? Draco ya ha demostrado que quiere estar contigo. Volverá siempre.

Fenrir se levantó con rapidez, indicándole que tenía que salir, pidiéndole que cuidase a Draco. Cogió un trozo de papel, garabateó en él y desapareció.

Kalevi se acercó al cuerpo inerte. Se sentía frío, su piel había perdido casi toda la tonalidad de vida y sus labios llamaban la atención por ese color morado que nada bueno presagiaba. Debía darse prisa.


Fenrir estaba inquieto, caminando de un lado a otro en aquel aparcamiento situado cerca de la playa. Había enviado una lechuza en cuanto había llegado, sin embargo no podía saber si Potter llegaría pronto. Ahora más que nunca deseaba ver a ese maldito héroe, que volviese a usar su suerte para salvarle, que siguiese siendo tan honesto y bondadoso.

Si le tendían una trampa, no podría volver y Draco moriría allí.

—¡Maldito Potter! —gruñó asestándole un puñetazo a una pared de hormigón, dejando sus nudillos ensangrentados.

—Deberías relajarte. —respondió el moreno tras él. Acababa de llegar para escuchar las hermosas palabras que le dedicaba. Se encontraba durmiendo cuando una lechuza fue a despertarle de madrugada. Envió una nota a Ron rápidamente para indicarle que podía necesitar su ayuda, ya que Fenrir le había informado que tenía información sobre Malfoy. Ahora veía al hombre sumamente nervioso, algo andaba mal—. ¿Qué ocurre? ¿Malfoy está en peligro?

—Debes conseguirle un sanador. —Fenrir no era bueno pidiendo cosas. Tampoco había necesitado nunca practicar para ello.

—No puedo hacer eso. ¿Dónde está Malfoy? ¿Qué le ocurre? —Indagó Harry. El gruñido del hombre lobo llegó a sus oídos, entendiendo que estaba frustrado—. Puedo conseguir que un sanador lo revise si lo traes.

Fenrir negó con la cabeza. Sabía que no podría convencer a Potter de entregarle un sanador, de igual forma tendría que matar al mismo después para eliminar la ubicación.

—¿Dónde lo entrego?

Harry se sorprendió ante la pregunta, pensando que Greyback nunca aceptaría un trato con él.

—¿Él está inconsciente?

—Scabior le lanzó llamas moradas, él no responde. —respondió Fenrir.

—Llévame a su lado, estoy entrenado para manipular heridos hasta San Mungo.

Fenrir rechazó esa propuesta. Por ningún motivo iba a llevarle al campamento, no pondría en peligro a la manada.

—Podemos ayudaros con Scabior. —Ofreció el héroe.

—Scabior está muerto. Sólo necesito que cures a Draco. —Rugió con rabia.

Harry accedió a esperar allí para que le llevase al rubio y Fenrir no había tardado en desaparecer.
Su mente controlaba cada pequeño detalle. Nunca habían podido observar al hombre lobo tan nervioso, por lo que sabía ni cuando el padre de Remus le había señalado había actuado de esa forma. Jamás mostró emoción alguna, más allá del disfrute de matar y de la molestia al ver a Bellatrix empujando a Malfoy. Además no había obviado que en su primer encuentro, Greyback jamás nombró a Draco de forma directa, sin embargo en esta ocasión lo hacía usando su nombre. ¿Tan mal estaba el rubio o todo era una estrategia de Greyback? Pronto tendría la respuesta. Envió un Patronus con un mensaje para sus amigos, ellos querían estar pendientes de todo.

Esperó sentado en un pequeño muro, hasta que le vio aparecer con el cuerpo inmóvil de su antiguo rival. Éste traía una chaqueta de pelo puesta. Vio algunos cortes superficiales en su piel, que al parecer habían sido cerrados por algunas pociones, ya que no detectaba hechizos en su cuerpo. Se acercó por primera vez al hombre lobo, con pasos decididos, estirando sus brazos para recibir el cuerpo herido. Vio la duda en los ojos de aquel letal hombre que no quitaba la vista del rostro de Malfoy. Fenrir pasó el cuerpo al héroe.

—Cuídalo. —Pidió apretando la mano de Draco antes de dejarle ir del todo.

—Será bien atendido en San Mungo. —Aseguró Harry desapareciendo del lugar. ¡Lo tenía! ¡Al fin lo tenía!


La alarma se activó a su llegada. Los sanadores y sus ayudantes se pusieron en marcha para aliviar el sufrimiento de Draco, que al parecer, por hechizos que los sanadores aplicaban, habían podido descubrir que aún sentía. Harry recibió a Ron y Hermione en la salita de espera.

—¡Lo conseguiste, Harry! —comentó emocionado Ron, en voz baja para no molestar al resto de pacientes. Hermione le abrazó con fuerza, muy emocionada.

—¿Cómo está? —preguntó la castaña mientras tomaban asiento.

Harry negó con la cabeza.

—Los sanadores dicen que se encuentra en estado crítico. No saben qué pasará con él.

Hermione bajó la mirada apenada. Al final el trabajo no era tan satisfactorio y aunque se tratase del rival de su infancia, sabía que para Harry no era fácil encontrarse en esas situaciones.

—¿Y qué hay de…? —Ron tenía mucha curiosidad insana por saberlo.

El moreno observó a sus amigos antes de afirmar que los sanadores habían encontrado la marca de un mordisco, aunque no podían asegurar que hubiese sido de un hombre lobo ya transformado y por lo tanto, se negaban a asegurar su estado. La mordida había sido de hacía tiempo, ya que la piel se había regenerado en gran parte, no se veía ensangrentada y aunque nunca podría perder la cicatriz, podían asegurar que no era reciente.

—Creo que sería buena idea avisar a un psicomago para que te indique cómo comunicárselo a sus padres. —Reconfortó Hermione—. Es importante que ellos estén preparados para cualquier cosa.

—Tendremos un grave problema si Malfoy no se recupera. —Pensó en voz alta.

Sus amigos preguntaron a qué se refería, estaban preocupados por la actitud de Harry.

—Greyback me pidió que lo cuidase, le costó mucho soltar su mano, no quería dejarle ir. Le dije que estaría bien atendido. ¿Qué pasará si muere?

—¿Y si Malfoy aceptó ser mordido para marcharse con Greyback? —Especuló el pelirrojo—. Quizá era más seguro y fácil ser ambos licántropos, de esa forma Greyback no tenía que buscar un lugar donde transformarse y no ponerle en peligro.

Harry frunció el ceño, pensando en la situación. Resultaba extraña. Aún así quizá se trataba de forma única de Greyback. Draco no despertaba, no sabían si él había accedido a marcharse, no sabían si él tampoco se hubiese querido alejar del hombre lobo.

—¿Crees que es capaz de venir al hospital si algo sale mal? —Hermione se notaba inquieta con la situación. Si era así, debían avisar a los aurores para que estuviesen atentos. Muchos profesionales y pacientes inocentes peligraban.

—Nunca he visto a ese hombre mostrar una buena emoción. Sé que él es capaz de eso y mucho más si le pasa algo a Malfoy.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo viernes!
Tachando días por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
Perdonad que hoy publique unas horas más tarde. He estado algo enferma.
Lucius se situaba en la cuarta planta de San Mungo, en el cuarto que habían designado a su hijo, hablando con los sanadores que le atendían. Potter les había avisado a primera hora de la mañana que Draco había sido encontrado en muy malas condiciones. Tuvieron una charla con un psicomago, pero de poco había servido. Nada les haría sentir mejor que ver a su único hijo despertar. Apartó unos mechones de su cabello, para que no molestasen en su rostro, lo tenía bastante más largo, ya parecía llegar por sus hombros. También sintió que estaba más delgado. Su corazón se estremeció al pensar en qué condiciones habría estado.

—¿Puede oírnos? —preguntó su mujer a un sanador.

Éste le respondió que no parecía responder a ningún estimulo externo, sin embargo no podía asegurárselo.

—¿Cómo ha provocado esto un maleficio de llamas moradas? —preguntó Lucius conociendo que el ataque podía ser letal.

—No lo sabemos, señor Malfoy. Estamos estudiando la situación de su hijo. Al parecer el hechizo salió mal. —Explicaba con profesionalidad—. El auror Potter nos informó que no parecía haber sufrido otra maldición anterior que provocase este estado, sin embargo él no estaba presente, por lo que debemos tener sumo cuidado.

Narcisa acariciaba la mano de su hijo, susurrándole algunas palabras cariñosas, diciéndole que ellos estaban allí y que todo estaría bien. Parecía estar intentando convencerse a ella misma.

Escucharon unos suaves golpes en la puerta, pidiendo el paso. Harry ingresó al cuarto, saludando a los presentes. Habló en voz baja con el sanador, antes que éste sintiese y se despidiese, informando que podían avisarle si necesitaban alguna cosa.
El joven adulto observó a los afligidos padres, pidiéndoles que se sentaran.

—Señores Malfoy, debo comunicarles algo más sobre su hijo. —Carraspeó incómodo, sin saber muy bien cómo abordar el tema. Era complicado, especialmente con Lucius—. Los sanadores regeneraron las heridas producidas por un cuchillo del cuerpo de su hijo, como podrán imaginar vieron todo su cuerpo. —Cerró los ojos y cogió aire antes de expresar aquella noticia—. Ellos se encontraron con la cicatriz de una mordida en su brazo izquierdo.

Narcisa se derrumbó, volviendo a dirigir sus manos a Draco, alzando la manga de la bata que le cubría. Allí estaba. Lucius aseguraba que mataría a Greyback, creyendo que él pudo ser el único culpable.

—¿Nuestro hijo es ahora un licántropo? —preguntó con gran enfado. Harry asintió, lo que hizo que Lucius perdiese sus casillas, saliendo del lugar y dejando a su mujer sola con su hijo.

—Lo tenía él, ¿no es cierto? —preguntó secándose las lágrimas sin dejar de acariciar a su pequeño.

—Señora Malfoy, estoy intentando descubrir todo lo que ocurrió, pero requiero tiempo. Necesito que controle a su marido para que no se interponga en la investigación. —Pidió Harry.

—Sé que no tenías obligación de contarnos todo esto. Te lo agradezco mucho, Harry.

Harry se acercó a ella y le entregó el colgante en forma de lágrima que los sanadores le habían retirado a Draco.

—Su hijo guardaba este collar encantado. Lo investigué antes de que llegasen, contiene poción matalobos. Los sanadores ya están informados de todo. —Cerró la mano de la mujer alrededor del dije—. Cuando Draco despierte, querrá volver a tenerlo. —Sonrió a la mujer dándole ánimos.


Riina se giró al escuchar aparecer de nuevo la bandeja. Hacía días que Fenrir se había llevado a Draco, los mismos que había dejado de comer. Ella siempre le aparecía su bandeja en la mesa, la cual siempre volvía intacta. Su hermano le decía que debía darle tiempo. Miró por la ventana para observar la cabaña de Fenrir. No sabía cómo expresarlo, pero se veía un lugar más triste.

—¿Cómo estará Draco? —preguntó entristecida a su hermano, que le dio un abrazo por la espalda.

Hacía poco que él se había unido a la manada, pero desde el segundo día había intentado conocerles y ayudarles, sin compartir nada de su vida. En una ocasión Riina le dijo que no debía sentirse mal por haber sido feliz y haber tenido una vida acomodada y él había bajado la cabeza, indicando que era eso lo que pensaba. Ahora ya lo sabía todo, sin embargo él nunca quiso señalar a Fenrir como el culpable de estar allí, entendiendo que todos le tenían gran estima, sin querer afectar en el ambiente.

Cuando ambos se pelearon, Fenrir les prohibió ir a la cabaña de Draco por seguridad, puesto que había algo que debía solucionar. Nunca supo exactamente qué era, no obstante sabía que las palabras del líder eran reales, no tenía nada que ver con la pelea.

Ayax también parecía muy afectada por todo lo vivido y por la visión del cuerpo ensangrentado del rubio. Ella había sido una ladronzuela de poca monta, que robaba lo necesario para vivir. Se había llevado alguna paliza por ello, pero nunca había visto tanta violencia.

Los heridos evolucionaban rápido gracias a las pociones que días antes había realizado Draco, quedando muy agradecidos con el chico.


Ron bebía de su cerveza de mantequilla, que dejaba un bigote dibujado en su labio superior.

—Entonces se confirma que Malfoy es todo lo que odió.

El moreno suspiró, centrando su mirada en Hermione. Ella asintió, entendiendo aquella mirada cargada de fatiga. Todo aquello pondría la situación más difícil.

—¿Ya se lo has comunicado a los sanadores? —Harry asintió—. ¿Y cómo actuarán si Draco no despierta antes que llegue el fatídico día?

—Una semana antes retirarán todas las pociones contra el dolor y le suministrarán poción matalobos. —Se quejó Harry ante el trato. Sabía que a su amiga tampoco le parecería bien la situación—. Quieren controlarle por si se estimula durante la transformación. Asegurarán toda la habitación. Nadie podrá entrar en toda la noche.

—¿Y si hay una situación de emergencia? —exclamó indignada. Todo aquello resultaba denigrante y ese era su trabajo. Buscar la justicia para todas las criaturas.

El moreno encogió los hombros sin saber qué responderle. No tenía ni idea de cómo se movilizarían los sanadores en ese caso.

—¿Has vuelto a ver a Lucius Malfoy? —Curioseó Ron.

—La señora Malfoy se ocupa de él. Al parecer sigue muy enfurecido. —Hizo una seria pausa—. Creo que no ha vuelto a ver a su hijo al hospital desde que les di la noticia.


Eran las cuatro de la mañana. Todas las luces del campamento estaban apagadas. Parecía que todos dormían. Había salido para tomar un poco el aire, aunque sentía que se asfixiaba más recorriendo los bosques. No había querido volver al río.

Subió los escalones de su casa y dirigió su mirada a la esquina donde había encontrado a Draco cuando llegó, allí acostado, tapado pobremente con su chaqueta, en un estado lamentable. Apoyó su espalda en la pared y se dejó caer en aquel mismo lugar. Sus yemas tocaron una textura astillosa. Levantó la mano para observar de qué se trataba. Un calendario improvisado con días tachados, quedando el último cuando por fin se había presentado.

Sacó una pequeña navaja que llevaba en un bolsillo secreto del interior de su bota e inventó un nuevo calendario al lado del anterior. Tachó días anteriores y se quedó allí sentado, esperando.


El Ministro Shacklebolt se había reunido con uno de sus mejores aurores, el conocido salvador del mundo mágico. Poseía el informe que le había presentado Harry sobre la aparición de Draco Malfoy, aún investigando sobre el caso.

—¿Entonces Greyback había secuestrado a Draco Malfoy? —Cuestionó mientras tomaba notas.

—No estoy seguro, señor. Necesito hablar con Malfoy para poder confirmarlo.

—Ahora debemos detener a Greyback, necesitamos crear un anzuelo.

Harry apretó los labios. Podría decirle que si indicaban que Malfoy había muerto, sería fácil que él apareciese, cayendo en una emboscada, sin embargo algo en su cabeza le decía que debía callarse.

—Señor, creo que Draco Malfoy pudo huir de su hogar por cuenta propia. Greyback se mostró preocupado por su estado. Él mismo me contactó para entregarme a Draco y ponerlo a salvo. —Relató el muchacho.

El Ministro parecía asombrado ante la situación. Reprendió a Harry por haber ido solo a una misión que pudo ser suicida, pues conocía la letalidad de ese hombre.

—No quiero sonar altanero, señor, sin embargo no dejo de pensar en la transformación de Malfoy. Él necesita las pociones. —Objetó sin resultado alguno.

—Eso no está en nuestra mano, Harry. Los sanadores saben qué deben hacer y no van a correr riesgos. Un licántropo no puede acabar suelto por San Mungo. —respondió con severidad—. De todas formas el señor Malfoy está en un gran problema si recupera el conocimiento.

Harry resopló. No creía que fuese el momento para someterle a un juicio, no en esas condiciones. Los padres no estarían contentos con aquella actuación del Ministerio.

—Sabes cómo funcionan las cosas, Harry. El chico cometió innumerables ilegalidades, causando muchas muertes. —Negó el Ministro—. Me temo, Harry, que debo suspenderte del caso.

—¿Qué? ¡¿Por qué?! —bramó enfurecido.

—Sé que el chico fue a la escuela contigo, sin embargo no puedo permitir que tomes el caso de forma personal. A partir de ahora, otro auror se hará cargo del seguimiento en el hospital. Es una orden.

Harry se levantó de golpe, marchándose de allí. Su enfado se notaba desde lejos, por lo que sus compañeros sólo atinaron a apartarse de su camino.


Narcisa había recibido la visita de Potter que, por lo que le explicó, sería la última que podría hacer.

—Me gustaría que me mantuviese al tanto de la situación y que me avisase si necesitase alguna cosa, señora Malfoy. Extraoficialmente sigo disponible para ustedes.

Ella asintió, agradeciéndole toda su ayuda. Sabía que el chico estaba iracundo por la decisión del Ministro, aunque ella esperaba algo así desde hacía tiempo. Sabía que no tendrían contemplaciones con su niño, por mucho que estuviese postrado en una cama.

—Lamento no poder serles de más ayuda.

Narcisa se levantó de la silla, alejándose brevemente de su hijo, para darle un abrazo a Harry, acariciando su cabello de forma maternal.

—Has hecho todo devolviéndome a Draco.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo martes!
Desordenando las hebras rubias por ArtemiaCelosia
Narcisa se encontraba tras un cristal encantado que le permitía ver la habitación junto a un sanador de guardia. Se quedaría toda la noche allí, aunque Lucius no quisiera pasar más de cinco minutos. Sus manos temblaban visiblemente. Harry les había asegurado que pasaría, sin embargo ellos conservaban una pequeña esperanza porque nada sucediese aquella noche, cada uno con sus motivos.
Su hijo estaba atado con arneses encantados que permitirían aumentar su diámetro cuando su cuerpo se transformase. Tenía activo un hechizo para mostrar sus constantes vitales, indicando que tenía el pulso algo alto desde hacía unos días. Los profesionales habían indicado que aquello era por el dolor que sentía y no porque estuviese más cerca de despertar.

Lucius en cambio parecía haberlo asimilado todo, se mantenía inexpresivo, de pie, observando por la ventana de control.

El sanador comenzó a controlar las constantes vitales del chico, que comenzaron a variar, provocándole fuertes y rápidos latidos. El cuerpo cambiaba a uno mucho más grande, atlético y aún así fuerte. Las garras adornaban lo que fueron sus finos dedos. De toda la piel visible que no se encontraba tapada por la ropa de la cama crecía un suave pelaje liso gris claro con algunos matices blancos, su pecho era totalmente pálido como la nieve.

Narcisa ahogó un lamento, intentó buscar consuelo en su marido, pero él se negó a seguir allí presenciando aquello. Invitó a la mujer a acompañarle, aunque ella no quiso dejar solo a su hijo.

La noche transcurrió de forma tranquila. El rubio no pareció mostrar señas de actividad más allá de algunos leves espasmos y cuando todo volvió a la normalidad, los sanadores retiraron las protecciones, impidiendo a Narcisa entrar, mientras realizaban chequeos.


Kalevi se acercó con las dos bandejas que había cogido de casa, indicándole a Riina que iría a comer con Fenrir. Tomó asiento junto al descuidado hombre, parecía más sucio que de costumbre y unas enormes ojeras adornaban su rostro.
Posó la bandeja sobre las piernas del otro, invitándole a comer.

—Va siendo hora de volver a la realidad, Fenrir.

El líder retiró la bandeja, dejándola en el suelo de madera, provocando una mueca de disgusto en el otro hombre, que imitó el gesto, levantándose.

—Coge tus cosas, nos vamos.

Los ojos azules se clavaron en él, sin entender a qué se refería.

—Vamos a verle.

—No puedo hacer eso. —comentó desilusionado.

Kalevi sacó un pequeño vial de poción multijugos y un frasco con algunos cabellos que había adquirido a un mercader ambulante de forma ilegal en una de sus salidas a Londres para investigar sobre el estado de Draco. El líder le miró sorprendido, tomando el frasco.

—Te cubriré. A mí nadie me conoce allí y nunca nos han visto juntos. —El puño del castaño chocó con el hombro de Fenrir, animándole a levantarse y probar.


Aparecieron cerca de San Mungo. Kalevi vigilaba la entrada al pequeño callejón sin salida mientras Fenrir tomaba la poción, convirtiéndose en Seth Derring, un hombre que tenía una pequeña floristería a las afueras del Callejón Diagon.

—No pude conseguir información de Draco, pero supe que este señor tiene a una hija ingresada en el hospital, por lo que será menos sospechoso verle allí. —Explicó a Fenrir dirigiéndose con él a la entrada. Le dio todos los datos disponibles que tenía sobre el hombre para que se encargase de distraer a la recepcionista. Tomó asiento en la sala de espera de la entrada, gracias a la información veraz del señor Derring, habían podido traspasar el maniquí que lo custodiaba.

Escuchó que Fenrir pedía unos documentos, él sabía mejor cómo funcionaban esas cosas. La mujer le pidió que le acompañase para entregárselos. Kalevi aprovechó ese momento para colarse en recepción, buscando la información de las habitaciones. Lo tenía.
Salió disimulando, intentando que nadie le viese, caminó de forma tranquila hacia donde se había dirigido Fenrir, haciendo ver que esperaba al elevador que se encontraba allí. Le indicó un cuatro con la mano, antes que el ascensor llegase a su planta, dejando salir a algunas personas. Se introdujo para no llamar la atención.

Fenrir agradeció los documentos a la recepcionista y le indicó que iría a ver a su hija antes de llevarlos al Ministerio. La afable mujer le dio palabras de ánimo y se marchó a su puesto de trabajo.

Kalevi le esperaba en la cuarta planta, asintiendo ligeramente al verle. Se encontraban en el momento crítico. La hija de Seth Derring no se encontraba en esa planta, por lo que si alguien le reconocía, dudaría de su presencia allí. Debían actuar con rapidez, no podían desaparecer dentro del recinto, un hechizo lo impedía.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó hablando en voz baja.

—Cuando tienes a alguien hospitalizado puedes pedir una ayuda con los gastos, dependiendo de tu situación económica. He pedido los papeles para optar a ello. Se supone que ahora se deberían llevar al Ministerio. —Contó Fenrir.

—Bien hecho. He investigado el pasillo antes de tu llegada. Unos sanadores han hecho la ronda, dejando los cuartos sin vigilancia. —Deslizó una pequeña moneda en el bolsillo de Fenrir—. Sólo hay una entrada, será más fácil así. Esperaré aquí. Si veo que alguien pretende girar la esquina, te avisaré haciendo vibrar la moneda. Ve a la 423.

Asintió poniéndose en marcha. Kalevi disimulaba observando la ventana de un hombre en muy mal estado, parecía que no pasaría de aquella noche. Se haría pasar por un familiar suyo si alguien preguntaba, así podría controlar el pasillo en todo momento.


Ingresó con calma al cuarto, intentando ser respetuoso con el reposo del paciente. Sabía que nadie miraría por la ventana, pero prefirió asegurarse, dando la vuelta a la cama y quedándose con la pared tras él. Miró su rostro tranquilo, por suerte había recuperado algo de color en la piel. Tocó su brazo con cuidado, temiendo romper su descanso. Su piel estaba algo tibia.

—Deberías dejar de vaguear ya. —pronunció en un susurro, agachándose al lado de la cama y dándole la mano. Entrelazó los dedos con los del chico durmiente—. Riina te echa de menos, le gusta tu compañía.

El hombre lobo suspiró al ver que no había una sola respuesta. Veía que los cortes habían mejorado notablemente, sin embargo los sanadores no habían podido despertarle.

—Cuando despiertes…—Continuó hablando solo—. Sabes que tienes un hogar disponible para ti. Por si quieres volver.

La moneda en su bolsillo comenzó a vibrar, no había más tiempo. Se despidió del chico, desligando sus dedos y alborotando un poco su cabello con la otra mano, sin percatarse del leve espasmo de la mano que acababa de soltar. Fue a la salida, observándole por última vez y cerró la puerta haciendo el mínimo ruido.


Kalevi seguía intentando encubrir la visita de Fenrir. Un hombre con el cabello rubio como el de Draco y una mujer que no podía ocultar su pena acababan de girar la esquina. Se asomó con cautela para ver que Fenrir ya había salido del cuarto, al parecer sin ser sorprendido.

Ambos tomaron el elevador. Cualquiera que los viera pensaría que no se conocían. El castaño temía preguntar a Fenrir sobre lo que había visto, no parecía que fuesen buenas noticias.

Ya estaban en recepción cuando encontraron al héroe de ojos verdes. El chico estaba esperando a la recepcionista, observando a la gente pasar, cuando paró sus ojos en Fenrir, aún con la apariencia de Seth, que le miraba con ira mal contenida. Kalevi se angustió ante la situación. No podía esperar que Fenrir se controlase, aunque tampoco era culpa del chico.

—¡Señor Derring! Es un placer encontrarle. —Saludó Kalevi como si por fin le hubiese podido alcanzar—. Le vi dejar la habitación de su hija. Espero que ella se encuentre mejor ahora. ¿Desearía que fuésemos a tomar un té?

Por fortuna la recepcionista llegó, atrayendo la atención de Potter. Empujó a Fenrir a la salida que comenzó a caminar desganado.


Narcisa había tomado su puesto sentada al lado de Draco, acariciando su rostro y colocando su cabello. Tendría que quejarse a los sanadores por dejarle el cabello de cualquier forma sobre la cara.

—Todo sigue igual. —Continuaba con la charla que mantenía con su marido.

—No, nada sigue igual, Narcisa. Debes abrir los ojos. Nuestro hijo es una bestia.

La mujer le reprendió con la mirada, sin decir nada.

—Nuestro apellido aún no está del todo manchado, debemos tomar medidas para que eso continúe así. —Argumentaba Lucius—. Todos nuestros conocidos dejarán de ofrecernos negocios teniendo un hijo licántropo. Debemos retirarle el apellido.

Un sanador ingresó al cuarto, disculpándose y pidiendo a los señores Malfoy que abandonasen el cuarto para poder inspeccionar el estado del paciente.


Habían vuelto al campamento. La poción ya había perdido su efecto y Fenrir volvía a caminar con su físico.

—¿Esos eran sus padres? —Fenrir asintió—. Discutían en susurros.

—No habrán tomado muy bien que Draco sea un licántropo.

Kalevi bajó el rostro apenado. Esperaba que el chico no tuviese problemas por ello. Al final era mejor afrontarlos que morir allí.

—¿Seguía sin responder?

—Tenía mejor cara, aunque no parece haber despertado en ningún momento.

El castaño se disculpó con Fenrir, ya que no quería haberle hecho pasar un mal trago con la visita, sin embargo él le agradeció ese hecho.


Hermione escuchaba a Harry, quien le contaba toda la información que le había otorgado la señora Malfoy.

—Me temo que es lo mejor que pueden hacer, Harry.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Se quedará renegado de su linaje?

Se acercó a su amigo, ofreciéndole una taza de café y se sentó a su lado. Tuvo que informarse mucho sobre las leyes de los sangre pura, un montón de estupideces que algunos seguían cumpliendo.

—Lucius Malfoy manchó en gran parte su apellido, sin embargo logró salvarlo de cierta manera. Aún tienen muchos contactos. —Hizo una breve pausa—. Contactos que son sangre pura y aman esa vida. Esas costumbres arcaicas. Si se enteran que Draco ahora es un licántropo y que sus padres le apoyan, lo perderán todo.

—¿Y es mejor que sigan siendo ricos a cuidar de su hijo? Parece que nunca se separarán de su dinero. —Voceó fastidiado.

—No, Harry. Sabes que yo nunca pensaría así. —Pasó una mano por la espalda del chico, intentando tranquilizarlo—. Pero piénsalo. ¿Qué pasará cuando Draco despierte? —Observó como su amigo pensaba en la situación, más calmado—. Será sometido a un juicio. Y si el apellido Malfoy está completamente manchado, ¿qué harán por él? Ni siquiera podrás ayudarle tú, te han apartado del caso.

—Todo esto es injusto. Debería ser el auror encargado de todo eso.

Hermione estaba de acuerdo con su amigo. Ella indicó que lucharía por los derechos de Draco en su nuevo estado, sin embargo el resto no estaba en sus manos.
Hedwig picoteó la ventana, pidiendo entrar. Harry fue a por ella y tomó el pequeño papel que se encontraba atado a su pata.

“Draco ha despertado. Nos han prohibido verlo”. Era una nota de Narcisa.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo viernes!
Despertar por ArtemiaCelosia
Narcisa esperaba en la sala exterior de la cuarta planta, deseando tener noticias de su hijo. Los sanadores le habían impedido entrar y habían hechizado la ventana para que nadie pudiese observar por ella.

Harry no tardó en aparecer junto a Hermione subiendo por la escalera.

—¡Señora Malfoy! ¿Ya tiene alguna noticia? —preguntó Harry.

La mujer preocupada le contó que la alerta había saltado cuando ella iba llegando al hospital, por lo que ya no había podido ver a su hijo. Además el Ministerio le había informado que nadie podría entrar, salvo un auror que sería enviado cuando los sanadores diesen su visto bueno, de esa forma evitaban que creasen coartadas y se pusieran de acuerdo para el inminente juicio.

—¿Por qué tanto secretismo? —preguntó Hermione frunciendo el ceño—. Nadie más fue tratado así.

—No lo sé, pero lo averiguaré. Entraré junto al auror y veré el interrogatorio. —Informó Harry con esa mirada decidida que tenía cuando iba a cometer alguna locura.

Narcisa se marchó con Hermione por petición del héroe, era más seguro que ella no supiese que seguía conservando la capa de invisibilidad. Esperó en la puerta hasta que vio al auror Pickens. Ingresó demasiado rápido, por lo que no le permitió entrar junto a él, debía aprovechar otro momento.


Pickens miró al paciente con odio mal contenido. Él mismo había solicitado ese caso al ver que habían desestimado a Potter. Al fin podría calmar su rabia. Dio la orden de retirar todos los medicamentos que no fuesen vitales al chico. Los sanadores le miraron extrañados, intentando hacerle entrar en razón, sin embargo el otro usó la excusa del interrogatorio. Debía suministrarle Veritaserum y algunas pociones contra el dolor eran incompatibles.
Un sanador hizo lo que el auror demandaba y todos se marcharon de allí, dejándolos a solas para hablar.

El auror se acercó al chico, preguntándole si podía alzar la mano. Al ver cómo se alzaba, colocó el vial de Veritaserum, arrastró la silla que servía para las visitas hasta quedar frente a la cámara y se dispuso a empezar la investigación.

Realizó algunas preguntas de testeo, comprobando que la poción hubiese hecho efecto. Al parecer así era.

—¿Arreglaste el armario que ayudó a los mortífagos a entrar a Hogwarts?

—Sí. —contestó con voz rasposa.

—¿Mataste a Albus Dumbledore? —Apuntó una negación por parte del acusado—. ¿Tenías la misión de matar a Albus Dumbledore?

—Sí.

—¿Fuiste consciente que Fenrir Greyback entraría en el colegio? —preguntó arrugando el ceño al escuchar la negativa, para él los licántropos estaban ligados.

Pickens se levantó de la silla, acercándose en dos zancadas a la cama. Cogió la bata del cuello con una mano y casi estampó una fotografía en la cara de Draco.

—¿Conoces a este chico?

—No. —susurró con algo de miedo por la actitud de aquel hombre.

—Él era mi hijo, empezó su primer año en Hogwarts cuando tú decidiste ayudar a Voldemort, dejando entrar a esa bestia que se comió a mi pequeño. —Soltó la bata de Draco, guardando la foto y sacando otra imagen grotesca del mismo chico con tórax abierto. Faltaba su corazón y sus pulmones estaban reventados—. ¿Provocaste tú todo esto?

—Sí… —contestó con lágrimas en los ojos.

—Es hora que pagues por todo lo que hiciste. —Espetó con rabia.

Vio como la puerta se abría y se acercó a ella, sin embargo nadie entró. Pensó que quizá había quedado mal cerrada. Empezó a guardar los documentos que guardaban las respuestas, no sin antes lanzar la última pregunta del corto, pero intenso, interrogatorio.

—¿Eres una de esas bestias?

—Sí.

Draco observó como el auror se marchaba, él seguía temblando en la cama, por la imagen que había tenido que ver, por recordar aquellos momentos, por no entender qué hacía allí, por culpabilidad y sobre todo por las respuestas que había dado. Todas ciertas, sin embargo todas dolorosas. No había sido un interrogatorio justo y sabía que no lo tendría nunca.

Notó como alguien tocaba su hombro, girando la vista rápidamente sin ver a nadie.

—Malfoy, soy yo. ¿No me has detectado? —Harry se dejó ver un momento, aunque luego volvió a taparse por si entraba alguien o retiraban el hechizo de la ventana.

Draco negó con sorpresa por encontrarle en su cuarto. «¿Lo habrá escuchado todo?», sintió temor de lo que Potter podría hacer con la información que había dado.

—¿Cuánto llevas aquí? —preguntó con cautela.

—No he podido entrar a tiempo, acabo de abrir la puerta. —Confesó—. Tenemos que hablar, Malfoy. Me han destituido de tu caso, no puede enterarse nadie.

—¿Qué hago aquí? ¿Dónde…? —Calló su pregunta.

—Greyback te entregó porque estabas muy grave. —Los ojos del rubio se abrieron con desconcierto—. ¿Te fuiste porque quisiste o te llevó él?

Draco contó que se había marchado él, sin dar muchas más explicaciones. No deseaba contar sus temores y sentimientos más ocultos a su rival. Aún no entendía qué hacía allí y por qué se estaba preocupando por él.

El moreno quería sacarle información, aunque no quería que fuese forzado, por lo que le dio un remedio para que los efectos del Veritaserum pasasen. Sabía que el rubio no confiaba en él y quería ganarse ese derecho, todo sería más fácil de aquella forma.

—Malfoy, de verdad que quiero ayudarte. Tu madre está muy preocupada por ti, ella no ha dejado de pedirme ayuda.

El rubio miró a otro lado, como si nada de eso fuese con él. Harry intentó saber si Fenrir había sido quien le había mordido, si en todo momento había estado con él, si había estado bien, dónde había vivido por ese tiempo. Nada tuvo respuesta.

—Están tomando tu caso de forma muy extraña. Debes cooperar para que podamos conseguir lo más justo. —La mirada gris se dirigió a él, aunque no podía verle.

—Soy culpable, Potter. Yo hice todo eso.

—No lo hiciste porque quisieras. Ni siquiera tienes la marca, ni fuiste capaz de matar a Dumbledore. Yo estaba allí cuando todo pasó.

Draco bajó la mirada avergonzado. Nunca podría perdonarse aquello, no podía volver a la comunidad mágica. No quería. Él estaba bien en el campamento. Comenzó a pensar en Fenrir, preguntándose dónde estaría él y si le iría a buscar, aunque Potter se lo había dicho. Fenrir le había entregado.

«¿Eso significa que estoy fuera de la manada?». Suspiró con amargura, sin embargo un recuerdo o un sueño llegó a su mente. Miró su mano izquierda y movió los dedos.

—¿Malfoy, te sientes bien?

—¿Qué pasará con él? ¿Pretendes detenerle?

—Ya tuve la oportunidad de hacerlo, Malfoy. En tres ocasiones pude tenderle una emboscada y llevarle a Azkaban.

—¿Y por qué no lo hiciste? —La duda era real. Sabía todos los crímenes cometidos por Fenrir y Potter también era consciente. Él había estado presente en muchos de ellos. Ahora se descubría que él había sido mordido. Un agravante más.

El moreno encogió los hombros, cosa que erizó la piel del rubio.

—No te sabría responder. No fui capaz de hacerlo sin saber tu parte. Pensé que él te había secuestrado y no quería ponerte en riesgo. Luego vi su preocupación y…

—Quiero volver con él. —Admitió Draco con lágrimas en los ojos.


Dos días pasaron desde que despertó, recibiendo innumerables visitas de sanadores que le interrogaban mientras realizaban pruebas. Se sentía incómodo allí. Notaba las miradas de terror y asco de cada uno de ellos. Veía como algunos se negaban incluso a tocarle, como si fuese contagioso.

El auror que le había interrogado anteriormente se había pasado el día siguiente para preguntar a los profesionales cómo iba la recuperación, no había vuelto a dirigirle la atención. Sin embargo ese día no sería igual. Él apareció con dos aurores más, quienes ordenaron que se levantase de la cama cuando los sanadores retiraron todos los hechizos. Lo escoltaron hasta la salida para aparecerse en una enfermería algo tenebrosa.

—Dejadlo en aquella camilla de allí. —Señaló otro sanador, aunque éste vestía de una forma distinta. Suponía que era otro tipo de uniforme de algún lugar que no conocía.

A sus oídos llegaron gritos, provenientes de la camilla que se encontraba al lado, separada por una simple cortina. Alguien pedía que le soltasen de la cama, prometiendo que no lo haría más. Tembló ligeramente al pensar que esa persona podía quedar suelta en el mismo cuarto que él.

—A partir de ahora quedarás en Azkaban. —dijo Pickens mientras los otros dos aurores que le habían escoltado se marchaban. El rubio estaba en shock—. Esperarás aquí hasta que llegue tu juicio y se llegue a un acuerdo con tu condena. En caso de tener que cumplir tiempo en este lugar, no será descontado de la estancia antes de la resolución. ¿Lo has entendido?

Draco no lograba ordenar sus pensamientos. Sabía que se tendría que enfrentar a un juicio, sin embargo encontrarse ya en Azkaban había resultado demasiado impresionante para él. Potter le había avisado que corría peligro allí. Muchos presos eran mortífagos señalados por su padre.

—Pero tendré seguridad, ¿no? —preguntó asustado.

—Supongo que la seguridad que todos reciben. —dijo encogiéndose de hombros.

Salió de allí dejándole con mil dudas en la cabeza. El sanador le indicó que no tendría más pociones para el dolor y que sólo descansaría esa noche allí, luego pasaría a su celda. Los gritos seguían llenando el lugar.
Notas finales:
¡Nos vemos el martes!
Una ayuda extra por ArtemiaCelosia
Draco llevaba tres días sin dormir en aquel lugar. Como le habían indicado, sólo estaría una noche en la enfermería y luego pasaría a aquella pequeña celda que le había acompañado interminables horas. Tenía un camastro incómodo y sucio, con sábanas viejas con agujeros que mostraban que ya habían sido usadas en muchas ocasiones. Allí había un retrete en iguales condiciones y nada más. La soledad ocupaba el resto de la estancia.

La comida aparecía cerca de la puerta, pero él no se había movido de aquella cama. Su cuerpo dolía, aún no estaba curado del ataque que había sufrido. No le daban ninguna poción para calmar su sufrimiento.

Escuchó pasos. Un hombre iba maldiciendo al auror que le llevaba a alguna parte de aquella prisión. Pararon justo delante de su celda. Otro auror se acercó para indicar a su compañero otro trabajo que debía realizar. Observó al hombre girar la mirada hacia él, seguramente llamado por la atención de su cabello tan rubio. En su asquerosa boca se dibujó una siniestra sonrisa. Sabía que a ese hombre le había visto en alguna parte.


Narcisa estrujaba sus dedos con nerviosismo. Se encontraba en su hogar, en el cuarto de Draco, con una de sus túnicas sobre sus rodillas. Apareció Imryll, indicándole que alguien deseaba entrar por Red Flu, por lo que se dirigió rápidamente al enorme salón, permitiendo que las visitas entrasen.

Abrió los ojos sorprendida al ver a aquellos tres hombres. Isadore le saludó con educación y se disculpó por llegar de esa forma sin haber preguntado.

—¿Qué hacéis vosotros aquí? —Narcisa se repuso. No confiaba en aquellos hombres. Greyback era su líder. El mismo que había atacado a su hijo y se lo había llevado tras la batalla.

—Hemos visto que su hijo está en Azkaban. —dijo Isadore—. No deseamos importunarla, señora Malfoy. Es sólo que…

La elfina salió corriendo cuando escuchó unos golpes en la puerta principal. Su ama le había dicho que esperaban la visita del señor Potter, por lo que se apresuró a dejarle pasar, ya que temía que esos tres hombres hiciesen daño a Narcisa.

—Queremos ayudar, señora Malfoy. —Indicó con algo de inseguridad por la visita—. Estoy en busca y captura, por favor…

Harry corrió por el pasillo hasta llegar a Narcisa, preocupado por lo que la elfina le había indicado. Ella se había quedado fuera de la puerta, agarrada al marco con temor. El salvador sacó su varita con decisión, pero sus rivales levantaron las manos señalando que no harían nada sospechoso.

—Son Carroñeros, Harry. Ellos acompañaban siempre a Greyback. —explicó la mujer—. Dicen que quieren ayudar.

—¿Qué sabéis? —interrogó el moreno con una dura mirada, apretando la varita en su mano.

—Sabemos lo que dicen en el Profeta. Sólo estamos nosotros tres, ya no hemos visto a nadie.

Rowan dio un paso adelante, aún con las manos en alto. Harry fijó la mirada en él. Su cabello pelirrojo le recordaba a su amigo.

—Señor Potter, escuché algo que nos preocupó y queremos saber si es cierto. No hemos podido encontrar información en ningún diario. —Harry le hizo una seña con la cabeza para que continuase hablando—. Seguí a algunos miembros del Wizengamot y escuché como se jactaban del juicio que realizarían a Malfoy.

—Podría ser a Lucius Malfoy. También fue llevado a juicio. —respondió a la defensiva a lo que Rowan negó con la cabeza.

—Lo escuché ayer por la noche, señor. Dijeron que pasaría su vida en Azkaban, que con ello la gente viviría más tranquila sabiendo que un Malfoy, que además se había convertido en un ser inferior, no estaría libre por las calles.

Narcisa estaba estupefacta. Sabía que ahora tendrían muchos enemigos, su marido no lo había tenido fácil para librarse, sin embargo no esperaba que su hijo tuviese que pagar por todo ello. Su pequeño ya lo estaba pasando muy mal con toda la situación.

—En el Profeta dijeron que su hijo había sido llevado a Azkaban directamente desde San Mungo. —habló de nuevo Isadore, pasándole el periódico.

La mujer no había querido leer nada relacionado con la prensa, esos buitres que se aprovechaban de sus desgracias.

—¿Es verdad que…? —preguntó Tyreese avergonzado, mirando al auror. Harry asintió, sabiendo a qué se refería. Él sí que había estado pendiente de la prensa, y al parecer que Draco hubiese sido mordido había sido reservado para su juicio, nadie había comunicado nada en ningún diario, por lo que era una señal de que los hombres contaban la verdad.

—¿Fue Fenrir? —preguntó directo Isadore. Recibieron una nueva afirmación por parte del auror—. ¿Está vivo?

—Él me entregó a Draco.

Isadore quedó mudo, perdido en tantos pensamientos, hasta que la voz de la mujer allí presente les pidió que les diesen toda la información posible, todo lo que ellos habían vivido. Harry también pidió que le explicasen cosas de Greyback, necesitaba entenderlo todo.


Un auror abrió la celda, dirigiéndose a él, indicándole que debía levantarse. Se movía lento, aunque al parecer al auror no le importaba. Ató sus manos antes de salir de la celda, empujándole por los pasillos.

—¡Tenemos un Malfoy en Azkaban! —escuchó el grito proveniente de alguna celda de aquel sitio frío. Se escucharon algunos gritos más. Todo aquel lugar celebraba su presencia allí. El auror paró su avance, mandando a callar a todos, sin embargo nadie le hacía caso.

Draco pegó su cuerpo al del auror cuando sintió una mano apretándole la pierna con mucha fuerza. Un quejido abandonó sus labios. Veía como varias manos salían de las jaulas que les apresaban, queriendo herirle tal y como aquella mano hacía, clavándole las uñas en su muslo. El auror le sujetó por su pecho, intentando separarle de aquel preso. Pronto llegaron refuerzos pedidos por el mismo.

Comenzaron a amenazar a los presos, a algunos les mandaron hechizos para silenciarles y para atarlos. Al final su custodio pudo sacarle de allí con ayuda. Una vez fuera del pasillo, le pegó a la pared y observó la gravedad de la herida.

—Tendré que llevarte a la enfermería. —Suspiró el auror, sabiendo que se llevaría una reprimenda por lo ocurrido.

Draco bajó la mirada. No le gustaba hablar con los aurores, muchos de ellos ya le habían dejado ver que no era bienvenido allí, ni por ellos mismos.


Harry removía el azúcar de su té, intentando ordenar todo lo que pasaba por su mente. Aún no le había contado a Narcisa que Draco quería volver a marcharse con Greyback, y no sabía si era capaz de decírselo. Era algo que ni él entendía.

Rowan observó con vergüenza a la mujer y llevó la vista a sus compañeros antes de hablar.

—Siempre pensé que ellos dos se querían. —susurró.

—Es sorprendente. No entiendo cómo hizo algo así. —comentó apenado Tyreese—. No me malinterpretéis. Sé de lo que es capaz Fenrir, pero…

Isadore no pudo evitar reprimir una pequeña sonrisa que no escapó de los ojos del auror.

—Fenrir nos aseguró que Voldemort había mandado a Draco para ayudarnos a trazar un plan para ingresar a Hogwarts. El chico llegó pálido y no se encontraba bien. —Isadore miró a Tyreese y Rowan—. Se lo llevaba cuando llegaba la noche.

—El primer día fue luna llena. —dijo Tyreese—. Todos estábamos preocupados porque se lo llevase en ese momento.

—Él dijo que había sido un requisito de Voldemort. Llevárselo por la noche a un lugar que sólo él conociese.

Harry escuchaba como los hombres comprendían todo lo que había pasado.

—Greyback sacó a Draco de la mansión antes de que sus padres viesen su transformación. —comentó Harry.

—Lucius le dijo algo horrible a aquel hombre. —Contó Narcisa—. Draco se quedó mudo, pensé que quizá tenía miedo de que atacasen a su padre, pero ahora me doy cuenta de lo que pasó realmente.

Isadore se arrodilló ante Harry. Tyreese y Rowan siguieron su ejemplo.

—Tú viste a Fenrir, dijiste que él te llevó a Draco. Por favor, permítenos hablar con él.

El auror pareció dubitativo, no sabía que si el hombre lobo accedería a algo así. Algo dentro de él le indicaba que no eran un peligro, pero no podía asegurarlo. «¿Y si todo esto es para raptar a Draco? Pero él quería marcharse por su propio pie.», pensaba a toda velocidad.

—No sé dónde está, sólo puedo esperar que él se ponga en contacto conmigo. A no ser que…

Cogió rápidamente el Profeta, pidiendo a los hombres que se lo diesen, y desapareció del lugar para encontrarse en la casa encantada donde todo había comenzado. Fenrir había ido allí la primera vez para coger el sobre. Dejó el Profeta allí, en el mismo sitio que había dejado el sobre un tiempo atrás, añadiendo una nota de la dirección del aparcamiento al lado de la playa, donde se habían visto una última vez.

La noticia en primera plana del traslado de Draco Malfoy a Azkaban llamaría su atención. Estaba seguro de ello.


Sentía todo su cuerpo temblar. El auror le indicó que tendría una ducha para él solo, que él estaría en la puerta vigilando, sin embargo no podía dejar de tener miedo. Ya había sido amenazado infinidad de veces, había sido atacado una, delante de un auror.

Se metió en la ducha, mirando hacia la puerta con pánico. El perchero estaba dentro, con un hechizo que impedía que la ropa se mojase. No estaba disfrutando de por fin poder darse una ducha. No podía. Su cuerpo estaba agarrotado y dolorido. En su muslo aún se apreciaban los arañazos de aquel recluso.

Comenzó a escuchar alboroto fuera, por lo que se enjuagó y se vistió lo más rápido que pudo, abriendo la puerta y quedándose junto al auror, que le miraba sorprendido por la rapidez.

Su respiración era agitada. Quería salir de allí antes que los otros presos. Por desgracia habían decidido llevarlo después para no volver a tener problemas en el pasillo.

Escuchó la voz de un auror indicando a su custodio que él le llevaría a la celda. Por lo que salió cuando le indicaron, encontrándose con un rostro conocido.
Notas finales:
¡Nos vemos el viernes! :D
La ilegalidad a manos de un auror por ArtemiaCelosia
Mordió sus labios al reconocerle. Allí estaba uno de los estudiantes de Hogwarts que más coraje había demostrado.

—Hola, Malfoy. —Notó la respiración agitada del rubio—. ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

Negó con la cabeza, sin saber muy bien a qué pregunta estaba respondiendo. El castaño le indicó el camino de vuelta a su celda y él se dejaba guiar en silencio.
Draco no podía dejar de pensar en todas las veces que se metió con aquel chico. En cómo podría hacerle pagar cada una de sus humillaciones. Entró a la celda, notando como sus manos dejaban de estar presas, como siempre pasaba al salir a los pasillos. Escuchó la voz del otro, aunque por su nerviosismo no entendió lo que había pronunciado.

—Así estarás mejor. Hace frío aquí y no es bueno que te quedes con el pelo tan mojado. —Le sonrió. Entonces se dio cuenta que su cabello estaba totalmente seco—. Ánimo, Malfoy. Dentro de poco será tu juicio, seguro que puedes volver a salir. —dijo apretándole el hombro para retornarle un poco de sentido a su vida.

—Lo siento. Siento todo lo que hice. —susurró sin poder evitar llorar.

Neville le sonrió, susurrándole que no debía sentir nada, que debía ser fuerte.


Isadore observaba el aparcamiento muggle donde estaban. Las olas relajaban el ambiente. Había ido él solo junto a Harry, quería proteger a sus dos compañeros por si Fenrir reaccionaba de mala forma.

—¿Estás seguro que vendrá? —Agarró la nota que el chico le pasaba, donde estaba apuntada la fecha y la hora

Fenrir apareció junto a Kalevi, que se había negado en rotundo a dejarle solo ante esa situación. Harry frunció el ceño al verle y de igual forma, el líder de los hombres lobo observó con asombro a Isadore.

—Me alegra verte de nuevo, jefe. —dijo Isadore con una leve sonrisa.

—¡Tú estabas en San Mungo! —exclamó Harry acercándose a Kalevi. Sin embargo no llegó muy cerca del hombre, pues Fenrir avanzó cogiéndole de la camisa y levantándole un poco del suelo.

—¡¿Qué hace en Azkaban?!

Isadore se acercó a socorrer al auror, indicándole a Fenrir que no había sido culpa del chico y que estaban buscando una solución. Kalevi también medio ante la escena.

—Vamos a llamar la atención de todos los muggles. —dijo Harry, soltándose del agarre—. Isadore quería verte. Y como dice, estamos intentando sacar a Draco de allí, así que relájate.

El que había sido Carroñero intentó ponerse al día con su antiguo líder. Le había contado cómo habían sobrevivido, cómo Tyreese había conseguido un trabajo en el mundo muggle para poder cuidar de ellos y Rowan se encargaba de volver para llevarles noticias y algunos suministros del mundo mágico.

—¿Y qué fue de ti? Pensé que estabas muerto. —Fenrir no respondió nada—. Sé que Draco fue contigo. Me alegro que estuvieses allí.

—Lo sabemos todo, Greyback. —dijo Harry con actitud desafiante—. No importa que no digas nada, Draco ya lo ha hecho.

—¿Hablaste con él? —preguntó el poderoso hombre.

Harry asintió. Kalevi miró algo preocupado a Fenrir. Sabía que dudaba de la seguridad del campamento en estos momentos.

—Sabemos que Draco no ha contado todo. Él nunca traicionaría. —respondió el castaño, provocando que Fenrir asintiese, algo más tranquilo.

El auror miró a ese hombre que estaba controlando que Greyback no perdiese sus casillas. Le estaba poniendo las cosas complicadas, de eso no había duda.

—¿Quién eres tú?

Los hombres lobo se miraron, asintiéndose en silencio.

—Mi nombre es Kalevi. Vengo a ayudar a Fenrir para recuperar a Draco.

—¿Por qué estabas aquel día en San Mungo? El día antes del despertar de Draco.

—Nos colamos. —Confesó con total tranquilidad Fenrir.

Kalevi sonrió ante la confusión y la sorpresa del auror.

—Me temo que el señor Derring no te observó de ninguna forma.

—¿¡Estás loco!? —dijo Harry dirigiéndose a Fenrir—. ¡Hubieses puesto en peligro a Draco si alguien te hubiese descubierto! ¡Podrías haberme contactado para saber cualquier cosa!

—Eso no sería propio de Fenrir. —comentó divertido Isadore—. Ahora debemos marcharnos. Tyreese y Rowan estarán deseando verle de nuevo.

—¿Marcharnos? —preguntó Kalevi—. No vamos a marcharnos a ninguna parte. No sabemos si se trata de una trampa.

Fenrir observó a Isadore. Sabía cuánto le había ayudado ese hombre y la lealtad que siempre le había demostrado.

—Kalevi, iré yo. Sé que tomarás las decisiones correctas si se trata de una trampa. —Fenrir observó al castaño, que le asintió intranquilo.

Harry estiró su mano, para que Isadore y Fenrir agarraran su brazo y entonces, los tres desaparecieron.


Ron y Hermione estaban sentados a cada lado de Narcisa, protegiendo a la mujer de aquel hombre que ponía los pelos de punta a todos.

—He revisado todos los casos anteriores a mortífagos. Alguno de ellos acabó en la enfermería de Azkaban por seguridad, sin embargo ninguno fue encarcelado antes de su juicio. —Ron enseñó los documentos que había conseguido, intentando romper el silencio que se había creado.

—¿Por qué le hiciste eso a mi hijo? —preguntó seria la elegante mujer.

—Órdenes. —respondió molesto Fenrir. No le hacía ninguna gracia que le pidiesen explicaciones.

—¿Cómo pudiste hacerle algo así a un niño? Destruiste su futuro, él nunca volverá a ser libre.

Fenrir gruñó molesto. Escuchaba como algunos estaban a favor de la mujer, Isadore se mantenía neutro, comentando que eso no era lo importante en esa situación. Rowan defendía que el líder sabía lo que hacía y porqué lo hacía, ya que desconocían los pensamientos de Draco al respecto. Fenrir se levantó de la silla que ocupaba, dirigiéndose a Harry.

—Llévame de vuelta. —ordenó.

El moreno le miró confuso.

—¿Te vas? ¿Dejarás a Draco en Azkaban?

—Él arruinó la vida de mi hijo, ¿por qué todo el mundo parece sorprendido porque ahora le deje pudrirse allí? —preguntó con rabia Narcisa.

Fenrir se giró, en su rostro se podía notar el enfado.

—Deja de ser tan hipócrita, señora aristocrática. Tu hijo no ha conocido la libertad en su puta vida. Siempre con vuestras órdenes de pijos, aparentando ante los demás. ¿A cuántos niños ha herido o asesinado tu marido y tu hermana? ¿Y tú? Quizá nunca te ensuciaste tus delicadas manos de niña rica, pero apoyaste todo aquello. —Isadore llamó la atención de Fenrir, sin embargo al hombre lobo le dio igual—. Si tu hijo realmente hubiese tenido confianza con vosotros, lo hubiese dicho el primer día que volvió al cuarto. ¿Fue así?

Todos guardaron silencio.

—Fenrir, deberías calmarte…—susurró Rowan.

—Draco jamás confió en vosotros porque sabía cómo lo trataríais, cuando ni siquiera había sido culpa suya. ¡Fue vuestra! ¡Me mandaron a castigarle porque el estúpido de Lucius fue descubierto en una ridícula misión para recuperar una jodida profecía! ¿Y cómo lo pagó él? —Fenrir sonrió con ironía—. Oh, por supuesto. Tratándome como un ser inferior, como una bestia, delante de su hijo, quien estaba a punto de transformarse y quien lo hubiese hecho delante de sus padres si no me lo hubiese llevado. Lo cuidé mucho mejor de lo que vosotros lo cuidasteis.

—Greyback, se acabó. —Harry vio como la mujer estaba llorando. Cogió el brazo del hombre y se dispuso a desaparecer, pero Narcisa le pidió que no lo hiciera. Agarró la mano de Harry y lo llevó fuera del salón, dejando al resto juntos.

Hermione miró incómoda a Ron y éste le devolvía una mirada con el mismo significado.

—Te has pasado. —indicó Isadore.

Fenrir se acercó a un ventanal, observando el jardín, aparentemente tranquilo y controlado. Su corazón decía otra cosa, latía desbocado. Esa mujer y sus insolencias le ponían de los nervios.

Harry volvió a ingresar a la habitación.

—Ella necesita descansar, nosotros trazaremos el plan. —Sus amigos asintieron—. Greyback, ¿podemos contar contigo?

—Draco te necesita. —dijo Rowan.

—Cuesta decirlo, pero estoy de acuerdo en todo lo que has dicho. Draco no confiaba en sus padres por un motivo, sabía el desprecio que supondría. —Harry suspiró ante lo que iba a confesar—. Narcisa no sabe nada, pero cuando hablé con Draco… —Fenrir se dio la vuelta, tenía gran interés en saber qué había dicho el rubio, puesto que no sabía cuánto había hablado—. Él se preocupó por lo que iba a pasarte y me confesó que quería volver contigo.

Harry volvió a tomar asiento en la gran mesa repleta de documentos y mapas de Azkaban.

—Es una pena que esté pasando por esto. —dijo Isadore.

—Quiero llevarte a Azkaban y que pagues por todos tus crímenes. —dijo Harry al hombre lobo—. Sin embargo siento que eso sólo sería una sentencia para Draco y sé por todo lo que ha pasado en su vida. Narcisa me lo contó. Creo que él merece ser libre.

—¿Y por su libertad me darás la mía? —Cuestionó riéndose.

—No te confundas, Greyback. Sé perfectamente cómo Draco te controla. —La sonrisa de Fenrir se borró de su rostro—. Estoy seguro que no has vuelto a matar a nadie desde que Draco estaba contigo.

—Claro que lo hice. —dijo molesto.

—Oh, claro. Mataste a un criminal, ex compañero tuyo, que atacó a Draco. —Por fin Harry le tenía atrapado, por fin podía sacarle de sus casillas—. También tenías toda la seguridad sabiendo que te habían dado por muerto y te pusiste en peligro presentándote ante un auror por Draco. ¿Ahora vives solamente por él?

Fenrir se acercó a la mesa, mascullando algunos insultos, cogiendo uno de los mapas donde salía indicada la celda de Draco. Al parecer algún auror había proporcionado la información.

—¿Podemos contar contigo? —Volvió a preguntar Harry, cruzando los dedos bajo la mesa. Todo iba según el plan.

—Draco siempre podrá contar conmigo. —respondió tomando asiento para conocer más detalles.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo martes!
Los planes por ArtemiaCelosia
Draco abrió la puerta de la ducha, acostumbrado a ducharse en un par de minutos para no ver a los otros reclusos. Sentía mucho miedo llegado ese momento. Ese día había sido más extraño. Había sido llevado justo detrás del resto, ellos le miraban con odio, con rabia. Sabía que estarían golpeándole en ese mismo momento si los aurores no estuviesen. Longbottom no había vuelto a aparecer. Lo que daría porque estuviera allí con él.

Se sorprendió al notar que no había un auror custodiando su puerta y con cautela se asomó, percatándose que tampoco había auror controlando al resto. Su corazón comenzó a latir con fuerza, haciéndole encogerse de dolor y pánico. La respiración había pasado a ser rápida y torpe. No podía creerlo. Los aurores debían estar cerca.
Miró la puerta de salida y sopesó sus posibilidades. Si salía corriendo y le pillaba un auror, parecería que intentaba fugarse y no sabía qué le ocurriría entonces. Si se quedaba, el resto acabarían dándose cuenta que ningún auror se encontraba allí, entonces irían a por él.
Abrió todo lo que pudo la puerta de la pequeña ducha individual, escondiéndose tras ella en el pequeño rincón que quedaba. Llevó una de sus manos a su boca, callándose, obligándose a hacer el menor ruido posible. Si el resto no le veía ahí, quizá pensarían que ya se habría marchado, como solía pasar.
Comenzó a escuchar el jaleo que se montaba en las duchas compartidas. Apretó su espalda en la pared, tanto que dolía. Unos pasos se acercaban a la solitaria ducha. Pasos que no eran de auror, puesto que eran descalzos.

«Fenrir, por favor…».


El hombre lobo veía aburrido el mapa de la celda de Draco, rodeada de muchas más.

«Con lo sencillo que sería entrar allí y arrancarles la cabeza a todos». Llevaban dos días formando un plan absurdo para sacar al rubio de allí. «¿Y luego qué? ¿Pretende que el Ministro lo deje de buscar? Está claro que no le dejará ir».

—Gracias. —dijo Harry a un búho que le había llevado una pequeña nota. El rostro del auror cambió a uno muy serio.

—¿Qué era eso? —preguntó Fenrir viendo como el chico escondía la nota en un bolsillo de su pantalón.

Harry le restó importancia, pero algo no olía nada bien.

—No me importa arrancarte los pantalones para conseguir la nota. —amenazó Fenrir.

Los demás observaban la escena en silencio. Fenrir estaba muy susceptible y no le agradaba estar a las órdenes de nadie, mucho menos de ese muchacho que para él era insolente.

—El auror que tenía infiltrado en Azkaban ha sido mandado a otra parte. Ya no podrá vigilar a Draco.

Fenrir le miraba sin siquiera pestañear. Por lo que Harry decidió seguir hablando con sus compañeros, intentando llegar a un camino por el que poder sacar a Draco de allí. El hombre lobo se levantó tranquilo, dirigiéndose a Isadore que estaba tras Harry, apoyado en otra mesa donde se informaba de los aurores y sus turnos.

—¿Cómo va? —preguntó a su ex compañero.

—Será algo complicado. Esperemos que todo esto funcione y que Draco esté en buenas condiciones para escapar. —Isadore hizo una pausa, bajando la voz para que Fenrir le escuchase—. ¿Y luego qué ocurrirá? ¿Te marcharás de nuevo con él?

Fenrir medio sonrió a Isadore, dándole la respuesta. Pasó por el lado de Harry, quien se puso a la defensiva, cogiendo el papel del bolsillo.

—No intentes nada raro, Greyback. Debemos centrarnos en esto.

—Draco ya estará muerto cuando decidas ir a por él. —dijo Fenrir.

—¿Y no moriría si fuésemos a tu modo? Moriríamos todos.

—Al menos no moriría solo. —farfulló saliendo de la sala, dirigiéndose al jardín.

Harry suspiró y notó dos manos en su espalda. Sus amigos le animaban a seguir con todo el movimiento que habían iniciado. ¿Qué más podían hacer para que el hombre viese que irían a por Malfoy? Todos los aurores estaban pendientes de sus rondas, ir como pretendía Greyback era un suicidio.


Por la rendija de la puerta vio como alguien se asomaba para comprobar que la ducha realmente estaba vacía.

—¡Se ha ido! —gritó ese hombre que estaba a su lado separado únicamente por una puerta.

—¿Se lo ha llevado un auror? ¿Y el que nos detiene a nosotros? —preguntó una voz estridente.

—No sé, pero tengo unas ganas de volver a hincarle las uñas…

—Y lo que no son las uñas también. —gritó otro tipo con una voz que se le hacía familiar—. Estoy deseando que pague todo lo que Lucius nos ha hecho.

—Por supuesto, Mulciber. Romperemos sus piernas, para que no pueda más que arrastrarse pidiendo clemencia. Partiremos sus dedos uno por uno, disfrutando de sus gritos, mientras cada uno de nosotros le abrimos las piernas y le follamos, quitando toda la dignidad que les queda a los Malfoy.

Escuchó unas risas, no sabía cuánta gente había allí, pero estaba seguro que eran más de los tres hombres que habían hablado.

—Pero estoy seguro que a la pequeña bestia incluso le gustará. —dijo con regocijo—. ¿Verdad, Draco?

Cogió el pomo de la puerta con fuerza, intentando mantenerla pegada a la pared, consiguiendo aquel hueco que le hacía estar a salvo. Sintió como tiraban de la misma en la otra dirección. Agarraba la puerta lo mejor que podía, sin embargo sabía que no podría aguantar y no había escapatoria.

—¡Eh, qué está pasando ahí! —gritó un auror entrando a la estancia.

Su única salvación. Soltó la puerta, provocando que el hombre que le había atacado cayese y se asestase un golpe contra la pared contraria. Intentó esquivarle, saliendo corriendo de allí, pero uno de los otros que estaban fuera le derribó. Luchaba con ese hombre, viendo su rostro. Mulciber, un mortífago que había estado presente en su hogar.

—¡Basta! —Volvió a gritar, deshaciendo el corrillo de hombres y pidiendo refuerzos.

Un puñetazo llegó al rostro del rubio, dejándole incapacitado para poder seguir luchando por soltarse. Su nariz sangraba y le dolía mucho la cabeza. Sintió como el asqueroso hombre pasaba la lengua por sus labios partidos, probando el sabor de su sangre. Veía que el resto de hombres se le echaban encima, justo cuando llegaban los refuerzos, que empezaron a hechizar a los reclusos. El auror que había entrado primero, arrastró a Draco por los hombros, sacándolo de allí.


Isadore se acercó a Fenrir, que estaba acostado sobre el césped, con los ojos cerrados.

—Creo que deberías darle un voto de confianza al chico, por lo menos hasta que saquemos a Draco. —comentó el hombre sentándose a su lado.

—Ni siquiera debería estar allí.

—Lo sé, Fenrir. El chico fue coaccionado a hacer todo lo que hizo, pero sabes que el Ministerio está intentando lavar su imagen.

—Potter no está planificando una entrada a Azkaban. —dijo Fenrir abriendo los ojos y mirando al cielo.

—¿Cómo dices?

—Nos entretiene con planos de Azkaban, con los horarios de los aurores, aunque sus amigos están metidos de lleno en estudios sobre el Ministerio. Potter está planeando un golpe de estado, pero no está pensando que Draco debe salir cuanto antes.

Isadore miró al suelo. Algo había notado él, sin embargo prefería pensar que Potter lo tenía todo bajo control.

—Nos esconde información. —Continuó Fenrir.

—Nosotros estamos aquí para ayudar a Draco y por supuesto a ti, Fenrir. Cualquier cosa que necesites…

Fenrir asintió. Se levantó del césped despidiéndose del Carroñero, indicándole que volvería en unas horas.


Todos corrieron al verle de vuelta allí, formando un círculo en la fogata que estaba encendida en medio del campamento.

—No tengo ni idea del estado de Draco. Sólo sé que despertó y fue llevado a Azkaban. —explicó.

—¿Qué pasó con Potter? —preguntó Kalevi, sentado a su lado derecho.

—Dice que él ayudará a Draco a salir, sin embargo no creo que esa sea su prioridad. Por lo que nosotros iremos a por él. —Observó a la manada—. No obligaré a nadie a esto. El que quiera puede quedarse.

Riina, Ayax y Kalevi afirmaron rotundamente que irían.

—No puedo prometer vuestra seguridad allí. El que decida venir, tendrá que ser consecuente con la decisión. Pase lo que pase.

—No podemos dejarle pudriéndose allí. Draco ha sido parte de nosotros. De no ser por él, quizá no conservaría la pierna. —comentó Jerref.

—Por su culpa atacaron el lugar. Si no hubiese estado él, nunca te hubiesen herido. —contestó Patt.

—No es así. Fenrir conocía a ese tipo. Si no hubiesen seguido a Draco, hubiesen acabado encontrando a Fenrir. —Discutió Hannah que cogía la mano a Ayax—. Él me consoló cuando Ayax se fue, aunque no tenía por qué hacerlo. Estuvo a mi lado.

—Pensadlo bien. Los que quieran venir, que se alisten. Volveré a por vosotros cuando estemos listos. Tres antiguos compañeros nos ayudarán.

La manada asintió en silencio. Se miraban entre sí para ver la lealtad de cada uno de ellos.
Notas finales:
¡Nos vemos el próximo viernes!
Fugitivos por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
Lamento mucho la demora por no haber podido publicar cuando se debía. Éste capítulo tendría que haber estado publicado el día 1 de noviembre de 2019, desgraciadamente encontré que Slasheaven estaba caído y hasta el día de hoy no he visto que volviese.

Seré justa con mis lectores y publicaré los tres capítulos que pertenecen a los días de publicación que no pudieron ser llevados a cabo.

Por favor, si no es mucha molestia, comentad cada capítulo por separado, como lo hubierais hecho en el caso de publicar al día concreto.

Muchas gracias.
Draco estaba sentado en la camilla de la enfermería, esperando a que alguien fuese a por él. Intentó respirar por la nariz ya recuperada gracias al sanador, ya que había sido rota por el golpe. Aún así no le dio muchas más curaciones y se quedó con los cortes, con la sangre seca y con las molestias que causaba la misma cuando estiraba su piel.

Observó como el sanador estaba algo agitado. Le escuchó murmullar que su turno ya había terminado y que el sustituto no llegaba.

De pronto una sirena que erizaba los vellos comenzó a sonar, poniendo más nervioso al sanador y por supuesto a él.

—¿Qué significa eso? —preguntó al hombre. Éste le dijo que debía esperar allí sin hacer nada extraño. Salió por la puerta y escuchó como claramente cerraba con llave. Se levantó de la camilla, intentando abrir. Suspiró intranquilo.

Buscó en los cajones de la mesa que ocupaba el sanador, aunque no encontró mucho más que papeles. Volvió a la puerta, pegando la oreja en la madera, intentando entender lo que los gritos lejanos decían. Una fuerte explosión se dejó oír, ensordeciéndole en parte. Tapó sus oídos con ambas manos, algo mareado. Eso había ocurrido muy cerca. Los pies corriendo de varias personas le confirmaron el hecho. Se alejaban.

—¡Estoy aquí! ¡Ayúdenme! —gritó con toda su fuerza, golpeando la puerta.

—¡Hay alguien en la enfermería! —informó un hombre.

—¡Déjalo y corre! ¡Van a atraparnos! ¡Todos han huido de las celdas, son demasiados!

Escuchó como corrían alejándose y quedó mudo. «Todos han huido.»
La puerta tembló con un grave sonido. Alguien había dado un golpe para intentar derribarla.

—¡Sabemos que estás aquí, Malfoy! —gritó Mulciber mientras seguía cargando contra la madera.

Draco revisó el cuarto, buscando una escapatoria. Comenzó a empujar una estantería de metal, tirándola contra la puerta. Su respiración empezó a agitarse. Debía relajarse y pensar. Allí notó que una pequeña ventana, que servía de tragaluz, daba al pasillo. Apoyó su espalda en un lateral de la mesa, empujándola hacia la pared donde se encontraba la claraboya, los golpes en la puerta no cesaban.
Subió al escritorio, abrió el cristal y escaló con dificultad. Observó a ambos lados para ver un pasillo tranquilo, no había nadie allí. Se dejó caer intentando hacer el menor ruido posible y se encontró con tres caminos.

«¿Y ahora dónde voy?».

Fenrir atrapó en el jardín a la lechuza que llevaba una nota de nuevo para Potter. Se fijó por la ventana que nadie parecía haberle visto, nadie salvo Tyreese, que llevó su atención a los chicos, distrayéndoles.

“El golpe comienza, nosotros ya estamos en un lugar seguro y el Ministerio está siguiendo la pista falsa. Azkaban ya no es segura”.

«Lo sabía», Fenrir arrugó la nota, enviando un aviso a la manada. Debían ponerse en marcha. Sabían dónde llegar y qué hacer.
Entró en la casa.

—Chicos, nos vamos. —ordenó el líder.

—¿Os marcháis, dónde? —preguntó Hermione confusa.

Isadore, Tyreese y Rowan no lo pensaron dos veces antes de levantarse y salir por la puerta, despidiéndose.

—Greyback, no hagas ninguna locura. —Advirtió Harry.

Fenrir salió de allí sin dedicarle ninguna palabra. Era mejor no contestarle para no darle indicios de su sospecha.

Se reunió con la manada y los Carroñeros en la costa que estaba lo más cerca posible de Azkaban, allí los licántropos habían atado barcas para poder llegar al lugar.

—Iremos tres en cada barca. Si os atacan, desapareced cuanto antes. —Fenrir mostró un mapa con la ruta de cada barca—. Kalevi, Isadore y yo iremos por la derecha, que es donde menos protecciones tienen. Ayax, Riina y Tyreese se acercarán por la izquierda. Hannah, Jerref y Rowan, tardaréis mucho más, os necesito dando toda la vuelta, entrando por su espalda. —Todos ellos asintieron y comenzaron a desatar las barcas para ponerse rumbo a sus puestos—. El resto repartíos en las dos barcas restantes, es posible que en la huida debamos saltar al agua. Yo puedo desaparecer en caso de emergencia, pero no sabemos en qué estado estará a Draco y si necesitará ayuda. No dejéis de moveros.

—¿Y qué hacemos si aparece Potter? —preguntó Kalevi.

—Entretenedle hasta que Draco haya salido, no quiero que vuelva a caer en sus manos. Hay algo extraño en todo esto.


Se acercó a un auror que estaba tirado en el suelo.

—Señor. Responda, por favor. —susurró zarandeándole con suavidad. Levantó un poco su cuerpo, permitiendo que un río de sangre comenzase a escurrirse por el suelo. Tomó su pulso, aunque éste ya no existía. Lo dejó con cuidado de nuevo acostado y retiró su túnica negra—. Lo siento…

Se colocó la túnica y se escondió tras un pilar, escuchando que alguien se acercaba. La tela ayudaría a camuflar su cabello, aunque al ser de un auror, no le salvaba de los ojos de los prisioneros.

Se hizo un pequeño ovillo allí, observando como unos reclusos se acercaban al cuerpo del auror, abriéndole la cabeza con un cuchillo. Apretó sus labios, la imagen era grotesca. Por suerte se marcharon sin percatarse de su presencia. Quitó sus zapatos, quedándose únicamente con los calcetines para no herirse los pies con la piedra y comenzó a correr lo más sigilosamente que podía.

Llegó a la que parecía la escalera para cambiar de piso y allí había un mostrador. Se metió dentro, arrancando el mapa de la pared que indicaba salidas de emergencias. Algunas en el piso más superior, algunas en el piso más inferior. Todas contaban con botes de emergencias para los aurores, hechizados para que ningún prisionero pudiese tocarlos. «Por lo menos debo llegar a algún auror».

—¡Draaaco, ¿dónde estás?!

Se agachó junto a la puerta del pequeño mostrador, sopesando las opciones que tenía. Se acercó agazapado a la salida del piso, donde se encontraban las escaleras. La puerta estaba cerrada por algún hechizo. Vio a un auror gravemente herido apoyado en la pared, observándole.

—Ayúdeme, por favor. —susurró. Giró la cabeza, oía como los pasos se acercaban y el auror parecía estar viéndolos, puesto que su mirada se dirigía a aquel pasillo. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Dio pequeños toques al cristal intentando llamar la atención del auror de nuevo, señalando la puerta para que la abriese.


Fenrir seguía extrañado ante la falta de seguridad que existía en la zona. Al parecer la alarma no había llegado aún al Ministerio y eso resultaba raro. En el mar habían podido ver cuerpos flotando y algunos presos intentando nadar a la costa, aunque eso resultaría imposible.
«¿Por qué avisaron a Potter antes que al Ministerio? ¿Provocó él todo esto?». Fenrir bajó de la barca junto a sus compañeros. El sitio era un cementerio. Los aurores que observaban estaban muertos o moribundos, pidiendo ayuda con la mirada o estirando los brazos, aunque no había muchos para ser los nuevos guardianes de la prisión.

—¿Pero qué ha pasado aquí? —preguntó Isadore.

—Id con mucho cuidado. No sabemos lo que podemos encontrarnos. Aún tienen que llegar del Ministerio.

Ya estaban allí y la situación era clara. El grupo liderado por Fenrir iría al séptimo piso, donde se encontraba la celda de Draco y la de muchos mortífagos, por lo que comenzaron a subir por las escaleras, sin percatarse de las nuevas puertas que se habían incluido ese año en Azkaban.


Draco cerró los ojos y bajó la cabeza. No tenía escapatoria. Cuando sentía que ya iba a ser visto, la puerta se abrió. Levantó su vista para notar que el auror tenía la varita en alto, provocando que la cerradura mágica se desvaneciese. Entró con rapidez, escuchando que se acercaban a él con demasiada velocidad y cerró con un sonoro golpe.

Cuando se giró, se sobresaltó. Al otro lado del cristal había un mortífago del cual desconocía el nombre, sólo sabía que lo había visto en su casa.

—No os preocupéis, chicos. —dijo Walden MacNair—. Buscad los cadáveres de los aurores y recuperad sus varitas. —El hombre se agachó a la altura de Draco, que seguía tirado en el suelo, empujando la puerta como si ésta pudiese ser abierta simplemente girando el pomo—. No podrás huir de nosotros. Vamos a ir a por ti. ¡Corred!

Los hombres salieron escopeteados en varias direcciones, mientras Walden se quedaba allí sonriendo con superioridad.

Draco se levantó, el auror parecía haber quedado inconsciente. No podía hacer nada por él. Miró la varita que aún sostenía, sin embargo el hombre la había quebrado con sus últimas fuerzas. Corrió escaleras abajo. No pudo bajar más que el cuarto piso, puesto que había una barricada de muebles en la escalera que continuaba bajando. Intentó abrir la puerta, pero ésta se encontraba bien cerrada. Volvió a subir al quinto piso, ya que había visto que la puerta estaba hecha añicos, probablemente por hechizos causados por los aurores.

Corrió por el largo y único pasillo que había, deseando con todas sus fuerzas que le diese tiempo a desparecer por la esquina antes de que apareciesen sus perseguidores. Sin embargo, aunque ya hubiese girado, no tardó en oírlos buscándole. Abrió una reja que continuaba en un nuevo pasillo enorme y se metió en una celda oscura que estaba más atrás, escondiéndose bajo el camastro, rezando porque buscasen más allá. Siguiendo la pista de la reja.


Ayax observó a Fenrir llegar mientras seguía retirando muebles para hacer un pequeño camino por el que poder pasar.

—Alguien hizo una barricada en el tercer piso, aún no hemos podido llegar a nuestra posición.

Fenrir le ayudó hasta que pudo pasar sobre una mesa. Todos pasaron el lugar y fue cuando Fenrir se percató de una puerta acristalada que no permitía el paso al cuarto piso.

—Esto no estaba en los planes. No existía cuando yo estuve aquí y Potter tampoco nos mencionó nada.

—Del primer al tercer piso estaban abiertas. En el segundo piso estaba rota, por lo que debe ser posible hacerlo.

—Ayax, vamos. Cambio de planes.

Todos subieron hasta el sexto piso, donde Fenrir le indicó que comenzasen a buscar allí, sin dejar la puerta sin vigilancia, mientras él seguía subiendo junto a sus compañeros a la séptima planta. Isadore quedó vigilando la puerta, que se sostenía con el cadáver de un auror.

—Parece que luchó hasta el final. —indicó señalando su varita rota en su mano.

Fenrir corrió junto a Kalevi hasta la celda que debía ser la de Draco, esperanzado por encontrarle allí.

—¡Draco! —Miró bajo la cama, pero la celda estaba vacía.
Manchando el agua por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
Lamento mucho la demora por no haber podido publicar cuando se debía. Éste capítulo tendría que haber estado publicado el día 5 de noviembre de 2019, desgraciadamente encontré que Slasheaven estaba caído y hasta el día de hoy no he visto que volviese.

Seré justa con mis lectores y publicaré los tres capítulos que pertenecen a los días de publicación que no pudieron ser llevados a cabo.

Por favor, si no es mucha molestia, comentad cada capítulo por separado, como lo hubieseis hecho en el caso de publicar al día concreto.

Muchas gracias.
Fenrir y Kalevi se acompañaban por el pasillo, donde revisaban rápidamente las habitaciones, mirando todos los escondites posibles. Por suerte la mayoría eran celdas y sólo existía un posible escondite, bajo la cama. Llegaron a una sala donde la puerta había sido tirada.

—Es la enfermería del lugar. —señaló Kalevi en el mapa.

—Huele a él. —comentó Fenrir acercándose a la cama que horas antes había estado ocupando el rubio.

—Parece que alguien escapó por esa ventana. —señaló el castaño.

Salieron del cuarto, dirigiéndose al otro lado de la ventana, encontrándose con tres caminos posibles.

—¿Y ahora? —preguntó Kalevi.

Fenrir observó los tres caminos. Mordiéndose el labio inferior. Debían asegurar todo el piso, pero eso les llevaría demasiado tiempo y ningún preso estaba en su celda. Iban contrarreloj, Draco podía estar en peligro. Un pasillo era muy recto, dudaba que el chico fuese por allí, puesto que si era perseguido, lo atraparían huyendo.

—Ve por el central, yo iré por el izquierdo. Nos vemos en diez minutos en la entrada.

Kalevi salió corriendo, investigando todas las celdas que encontraba. Fenrir también apresuró su paso, hasta encontrar el cadáver de un auror bocabajo, en un charco de sangre. Olió al hombre y notó el leve aroma de Draco. Al lado de una estatua encontró sus zapatos. Sabía que eran suyos. Siguió buscando por las celdas, encontrando a algunos presos acurrucados entre ellos, con temor.

—¿Habéis visto a Draco Malfoy? —preguntó, pero los hombres estaban demasiado idos como para poder responderle con alguna lógica.

Llegó a la puerta junto a Isadore, quien le dijo que no había visto a nadie por allí. Kalevi llegó junto a ellos, indicando que no había encontrado rastro del rubio.

—Cierra la puerta. —ordenó Fenrir ya en la escalera.

—¿Y el tercer camino que no hemos investigado? ¿Y si está allí y le dejamos cerrado?

Fenrir negó con la cabeza, sabía con seguridad que Draco no habría elegido aquel camino.

—Si la mantenemos cerrada sabremos que Draco no ha podido ingresar a un piso que ya hayamos revisado.

Isadore apartó el cuerpo del auror y cerró la puerta, asegurándose que ya no podía volver a abrirse.

Ayax subió por la escalera junto a Riina y Tyreese.

—No encontramos ninguna pista. —dijo Tyreese.

—¿Habéis mirado en todos los posibles escondites?

—Sí. Nos topamos con algunos presos violentos, pero nos deshicimos de ellos. Los dejamos a todos encerrados en una celda y pusimos una barricada en la puerta para que no puedan pasar del sexto piso. —informó la jefa del grupo.

—Bien hecho, Draco tampoco podrá esconderse ahí.

—¿No será peligroso dejar a Draco sin pisos donde huir? —preguntó insegura Riina.

Fenrir suspiró. Lo era, pero no había más opciones si querían encontrarle.

—El grupo de Jerref ya ha debido llegar. —comentó Isadore mirando un reloj de bolsillo—. Será mejor continuar.

—Ellos empezarán en el segundo piso, como tenían previsto. Ayax, sigue arriba. Desconocemos el camino que Draco se vio obligado a tomar. Sabemos que huía de alguien, se quitó sus zapatos para evitar hacer ruido. Estad atentos. —ordenó el líder—. Nosotros iremos al quinto piso y bajaremos hasta encontrar al siguiente grupo. Cerrad todas las puertas que podáis cuando estéis seguros que Draco no se encuentra dentro.


Vio pies pasar, dirigiéndose a la reja que había movido con la idea de conseguir despistarles. Respiró profundo para intentar controlarse, debía mantener la calma.

Apoyó la cabeza angustiado en el suelo, mordiéndose los labios y con lágrimas cayendo por su rostro cuando escuchó como cerraban la reja y se quedaban en su lado.

—Vamos, Draco. No pensarás que íbamos a caer en eso, ¿verdad? —Río el desquiciado hombre, sabiendo que más allá de aquella reja no había camino alguno—. Puedes salir tú mismo o podemos jugar al escondite. El final es el mismo. Tú, torturado, violado y abierto en canal, tirado en el suelo, como la basura que eres.

El tipo pateaba con fuerza las puertas de las rejas. Era cuestión de tiempo que patease la correcta. Salió de debajo de la cama antes de que ocurriese y se puso tras la misma. Moriría luchando si era necesario, con mucho temor, pero sin ser un cobarde.


Hannah miraba por todas partes junto a Rowan, quien había prometido que cuidaría de ella. Jerref intentaba ir más libre para ganar terreno, luchaba con quien tuviese que hacerlo, ya fuese prisionero o auror, para poder despejar el camino y que los otros dos se entretuviesen buscando.


Ayax ordenaba a Riina y Tyreese que buscasen cada uno por un camino en el noveno piso, puesto que el octavo se encontraba cerrado.
Aquello parecía ser un piso únicamente para registros, por lo que dudaba que Draco hubiese llegado allí. Desgraciadamente el lugar tenía muchos posibles escondites, por lo que tardarían mucho en aquella planta.


Draco se preparó para recibir el golpe de la puerta, colocando su brazo como escudo. Saltó de su sitio, empujándola con fuerza por la patada que le habían dado, haciendo caer a uno de ellos, mientras se quejaba adolorido. Se acercó rápidamente, quitándole un afilado cristal que había caído al suelo.

—¡Vaya, pero si sabe defenderse y todo! —exclamó Walden—. Agarradlo.

Tres hombres se acercaron a él. Cortó el brazo de uno, pero no podía con los tres a la vez. Intentaba librarse de sus agarres, sin embargo le resultó imposible. Acabaron teniéndole acostado en el suelo, con los brazos sobre su cabeza, quitándole el cristal que había recogido. Daba patadas al aire, intentando tumbar a alguno de ellos, hasta que el hombre golpeado se levantó, cogiendo una de ellas y clavándole el cristal en el muslo, retorciéndolo al menor movimiento del rubio.

Walden se acercó a su cuerpo, sacando el cristal, haciéndole gritar. Desgarró la camisa que tapaba el torso de Draco y comenzó a escribir en él cortando su piel. El rubio se retorcía de dolor, pidiendo que parase.

—¿Ves qué bien? Ahora todo el mundo podrá reconocer el motivo por el que moriste aquí. —dijo Walden observando la palabra “Traidor”.

El hombre que sujetaba sus manos, comenzó a pisar una de sus muñecas mientras sujetaba la otra, tocando un dedo y llevándolo hacía atrás.

—No, por favor… —suplicó antes de escuchar un crack y un dolor horrible en la mano. Su hueso del dedo corazón había sido desencajado.

Otro hombre, que observaba la escena de pie, pateó su cara y sus costillas, quitándole el aire y abriendo aún más las heridas de las letras. Notó cómo volvían a coger otro dedo de su mano, mientras sentía unas manos retirando su pantalón. Intentaba revolverse y luchar, pero sus fuerzas se esfumaban.

Un hueso más fuera de su lugar, cortes entre sus muslos desnudos, una nueva patada en su cabeza. Sintió como cogían una de sus piernas, levantándola, para girar con fuerza su tobillo. Gritaba suplicando piedad, pidiendo ayuda.


Fenrir avanzó con rapidez por el pasillo al escuchar su nombre siendo gritado con un sufrimiento desgarrador. Alistó su cuchillo de caza y sus dientes estaban a punto para devorarlos a todos. Kalevi e Isadore también estaban listos para atacar.

Entró sin pensarlo, agarrando del pelo a un sujeto, tirando su cabeza hacia atrás y cortando su garganta. Kalevi atacó al hombre que estaba de pie, empujándole contra la pared, mientras clavaba su cuchillo en la cabeza del que sujetaba las manos del chico. Isadore centró su atención en el que cogía sus piernas, apretando una herida en el muslo del joven heredero. Luchó con él hasta que consiguió apuñalarle. El hombre que restaba, se separó del cuerpo de Draco, rogando que le dejasen ir, sin embargo Fenrir no parecía dispuesto a ello. Sus ojos azules brillaban con la misma intensidad que la rabia que sentía, se acercaba a él, enseñando los dientes, con una poderosa pose, mientras guardaba su cuchillo. Le agarró de la nuca y le acercó al borde de la ventana, abriendo su boca en el mismo mientras seguía pidiendo clemencia. Comenzó a hacer fuerza con su mano, agrandando las comisuras de sus labios.
Kalevi se acercó a él cuando había matado al tipo del que se encargaba. Fenrir soltó al hombre y se acercó al rubio, mientras el otro licántropo propinaba una patada, separando del todo su mandíbula inferior.

Observó al rubio, que se encontraba en ropa interior y con una túnica abierta. Las heridas eran desmesuradas. Cogió la mano temblorosa que se acercaba a él, lo hizo con toda la delicadeza posible. Isadore mandó una señal con la varita. La que indicaría al resto que debían salir de allí, ya no importaba dar pistas a Potter en la prisión, tenían al chico.

—Draco, estoy aquí. Hemos venido a por ti.

—¿Eres de verdad? —preguntó con la visión borrosa.

—Claro que soy de verdad. Venga, debemos salir de aquí antes de meternos en más problemas.

Kalevi se acercó a Fenrir, ayudándole a sentar a Draco y subirlo a su espalda, para que lo llevase el líder.

Fenrir caminaba lento, no quería herir de más al rubio. Notaba su temblor, aunque desconocía si era por el miedo, por el dolor o por ambos. Lamentaba tener que llevarle de aquella manera, pero hasta que no dejasen la isla no podrían aparecerse y prefería llevarle en su espalda por si le lanzaban algún hechizo. Le protegería con su cuerpo.

Cuando llegaron al primer piso sintieron el escudo protector de Ayax. Al parecer el Ministerio había llegado, alertados por la magia de Isadore.

—Fenrir, márchate con Draco por la parte trasera. Nosotros haremos tiempo. —Kalevi tomó las riendas de la situación—. Isadore, necesito que le acompañes por si necesitase protección, él no podrá atacar ahora.

Ambos asintieron, dirigiéndose con un paso más apresurado hacia la salida trasera.

Kalevi tomó una posición de defensa y observó a Ayax, que protegía a sus compañeros, quienes atacaban a los aurores del Ministerio sin permitirles entrar.


Llegaron a la puerta trasera, pero allí ya no quedaba barca alguna. El grupo de Hannah debería haber salido antes.

—Sujétate todo lo fuerte que puedas, Draco. —Fenrir se lanzó al agua. No había más opción.

Isadore observaba el mar, hasta que pudo visualizarlos gracias a la sangre de Draco. Fenrir comenzó a nadar con él sobre la espalda, aunque resultaba complicado puesto que Draco no tenía apenas fuerzas. Isadore se lanzó con ellos y se acercó, ayudándole con el rubio.
Manos sanadoras por ArtemiaCelosia
Notas del autor:
Lamento mucho la demora por no haber podido publicar cuando se debía. Éste capítulo tendría que haber estado publicado el día 8 de noviembre de 2019, desgraciadamente encontré que Slasheaven estaba caído y hasta el día de hoy no he visto que volviese.

Seré justa con mis lectores y publicaré los tres capítulos que pertenecen a los días de publicación que no pudieron ser llevados a cabo.

Por favor, si no es mucha molestia, comentad cada capítulo por separado, como lo hubieseis hecho en el caso de publicar al día concreto.

Muchas gracias.
Viessen acercó su barca a los hombres que nadaban hacia ellos, mandando una señal para que Txiab, la encargada de la segunda navegación de patrulla, llegase a ayudarles. Isadore ayudaba a Fenrir a levantar el cuerpo de Draco, para que los tripulantes pudieran subirle.

—Sube con él, iré en la otra barca. —dijo Isadore, nadando hacia la pequeña embarcación que se acercaba a ellos.

Fenrir subió con rapidez, volviendo a sujetar el cuerpo de Draco, dejándole semi acostado sobre su pecho.
Las barcas se dirigieron al punto de encuentro. Allí debían dejar las embarcaciones, para dejar la señal de su llegada, y desaparecer hasta el campamento, donde se encontrarían con los demás. Eran los segundos, acompañados de cerca por el tercer pelotón.


Kalevi observó como Potter lograba entrar, mirándole con una evidente molestia. Silbó provocando que todos los licántropos y el Carroñero restante se echasen hacía atrás, corriendo cada uno a una salida. Las embarcaciones ya no eran seguras. Tendrían que aparecerse en el agua.
El subjefe fue el último en marcharse, puesto que quedó a la espera de que el lugar fuese seguro para sus compañeros antes de activar una trampa que Ledreck había colocado. Una que destruyó el techo, provocando una avalancha en la entrada a la escalera y la planta inferior.

Riina sujetó a su hermano, tirando de él. No se había marchado muy lejos, nunca lo haría. Kalevi le sonrió y comenzó a correr con ella.

—Ellos tienen varitas, podrán quitar los escombros rápido. —comentó.

—Los chicos se fueron a la izquierda, era la salida más cercana. Deberíamos ir a la trasera para asegurarnos que la huída de Fenrir y Draco ha sido exitosa. También confundiremos a los aurores. —Hablaba su hermana corriendo en aquella dirección.


Fenrir había dejado a Draco acostado en la cama, quitándole la túnica y tapándole con la sábana hasta la cadera. Había prohibido destaparle.

Yven y Hannah se encargaban de curar todas las heridas que podían. Esta vez no era como la anterior, Draco estaba consciente de todo, podrían hacer algo por él. Habían conseguido todo tipo de pociones curativas vendiendo carne y pescado en el mercado del pueblo. Isadore, Tyreese y Rowan también habían aportado dinero y el pelirrojo había sido el encargado de ir al mundo mágico para comprarlo.
Con la poción para heridas limpiaban cada una de ellas, aplicaban esencia de díctamo en las que aún sangraban y esencia de Murtlap en las que parecían más superficiales.

Hannah dio con cuidado una poción crece-huesos para sus dedos y un filtro de paz, para que se calmase un poco. Sus pulsaciones estaban demasiado aceleradas. El bálsamo de Asclepias tuberosa también alivió un poco el dolor.

—Salid del cuarto. —pidió el líder cuando vio que las heridas de Draco estaban bajo control.

Yven dejó agua al lado y varios frasquitos más de pociones, indicándole a Fenrir que sería mejor que las tomase todas. La joven con trenzas acarició el cabello de Draco antes de salir.
Fenrir se acercó a él, tomando su pulso. Parecía que la poción hacía efecto.

—Eh. —susurró en cuclillas al lado de la cama. Los ojos grises se abrieron, mirándole—. Siento haber tardado en ir a buscarte.

«¿Fenrir disculpándose? Debo haber muerto».

—No volverás a marcharte de aquí. —Siguió hablando—. Bueno, a no ser que tú quieras.

Incorporó un poco a Draco para darle las pociones que Yven había dejado allí listas, todas para cuidar al rubio, reponer su sangre y darle suplementos vitamínicos, que probablemente los necesitaría después de aquellos días en Azkaban.
Fenrir suspiró, observando al rubio, quien no parecía realmente allí. Sus ojos estaban opacos, sin vida. Se encontraba callado desde que lo había visto aparecer en aquella celda.

Bajó la sábana que le cubría, curando con toda la delicadeza posible los cortes en el interior de las piernas y volvió a cubrirle con la sábana, dejando la peor herida descubierta. Fue hacia la puerta y llamó a Hannah, que entró con él.

—Tú sabrás hacerte mejor cargo. —Señaló Fenrir y la chica asintió decidida, curándole con cuidado para no herirle.

—¿Me pasas las pinzas, jefe? Creo que tiene un trozo incrustado. —La chica giró su rostro a Fenrir, que miraba serio al rubio—. ¿Jefe?

El hombre volvió su atención a ella, pasándole las pinzas que le había vuelto a pedir. Con ellas sacó un trocito de cristal que debió romperse con el impacto.

—Ya está curada, aunque Draco tendrá que guardar mucho reposo para no volver a abrirla. —comentó colocándole un apósito que contenía ungüento de hierba estelar.

Unos toques en la puerta provocaron que Hannah estirase la sábana, tapando el cuerpo de Draco. La chica sonrió a Fenrir y fue a abrir la puerta, donde se encontraban los hermanos, se despidió de los tres y salió para encontrarse con su pareja.

—¿Han vuelto todos? —preguntó Fenrir al verles entrar.

—Sí. Algunos han recibido hechizos estando en el agua, pero se recuperarán en un par de días. —comentó Kalevi observando al chico tumbado en la cama—. ¿Ha ido todo bien por aquí?

Riina se acercó a Draco, hablándole con suavidad mientras él sólo le observaba.

—Le han dado un filtro de paz. Estaba muy nervioso. —dijo Fenrir—. Dicen que con nuestros cuidados y mucho reposo podrá recuperarse.

—Tus antiguos compañeros se marchan, ¿sabes? Están esperando fuera para despedirse. —le dijo el castaño.

Fenrir pidió a Riina que no se alejase del rubio hasta que él volviese. Salió de la cabaña, encontrando a sus tres antiguos compañeros allí sentados.

—Fenrir, ¿qué tal está Draco? —preguntó el pecoso pelirrojo.

—¿Se pondrá bien? —Tyreese era quien le hablaba ahora.

—¿Llegamos a tiempo? —dudó Isadore. Él había sido el único de los tres que había podido ver el estado del rubio.

—Él estará bien. ¿Dónde os marcharéis? ¿Tenéis algún lugar seguro?

Los tres se miraron y sonrieron entre sí.

—Tenemos una nueva base, no te preocupes por nosotros.

—Seréis bienvenidos aquí siempre que lo necesitéis. —Ofreció Fenrir, estirando su mano al nuevo líder de los últimos tres Carroñeros. Isadore apretó su mano.

—Mantendremos este lugar en secreto. —Prometieron.


Habían pasado dos días desde que irrumpieron en la prisión. Estaban alejados de todas las noticias, no sabían nada de lo que había ocurrido y Fenrir lo prefería así. No había vuelto a aquella casa donde Potter consiguió contactar dos veces con él. Aquello se acabó. Draco había pasado el mayor tiempo de esas horas durmiendo, y nadie había querido molestarle. Seguían curando sus heridas con cuidado de no despertarle.
Ledreck, el manitas, había tallado unas muletas con unos troncos que había encontrado, comentando que le irían bien cuando pudiese ponerse en pie, para poder tomar el aire y el sol.
Todos estaban volcados en su recuperación. Y Riina no descuidaba a Fenrir, al que regañaba continuamente para que comiese.

Observó a Patt e Yven por la ventana de la cocina. Parecía que el eterno seguidor del chico había hablado con él, puesto que su actitud había cambiado, preguntando por el rubio cada vez que veía a Fenrir. Llevándole flores que colectaba por los bosques, y Riina, con una sonrisa, las colocaba en un jarrón en la mesilla del cuarto.

Giró su cabeza al escuchar el movimiento de las sábanas y un suave quejido le hizo dirigirse allí.
Draco se encontraba sentado, apoyado en el cabecero de madera.

—Al fin despiertas. —dijo acercándose a él y acomodando un cojín en su espalda.

Sintió la pálida mano apoyada en su mejilla, y aunque aquella situación le abochornaba, no se apartó.

—Es verdad que viniste a por mí. —susurró el herido.

—¿Tanto sueñas conmigo que ya no sabes distinguir la realidad? —preguntó con evidente sarcasmo, intentando incomodar al rubio como tantas veces había conseguido, pero aquello no pasó. El rubio no apartó su mano incómodo, no bajó la mirada. Únicamente le dedicó una sonrisa.

Fenrir se apartó cuando escuchó que alguien entraba en la cabaña, llamándole y pidiéndole permiso para dirigirse allí. Miró la hora, probablemente vendrían a darle sus pociones al rubio.

Riina se alegró mucho al verle despierto, le abrazó con cautela, como si se tratase de una figura de cristal.

—¡Cómo había echado de menos tus hermosos ojos grises! —exclamó emocionada.

Draco vio como Fenrir rodaba los ojos antes de salir del cuarto, acto que le causó gracia. Respondía a todas las preguntas que le hacía Riina sobre su salud.

—Menos mal que ya estás de vuelta, no sabes lo mucho que me ha costado cuidar a Fenrir en tu ausencia. Ese tipo testarudo se negaba a comer. —comentó sirviéndole un vaso de zumo—. Y lo triste que estaba… Allí sentado en el porche.

Draco miró hacia el trocito de salón que podía visualizar desde la cama, imaginándose a Fenrir en esa situación. Costaba creerlo, sin embargo sabía que Riina no le mentiría y el grito feroz mencionando su nombre a modo de regaño lo respaldaba.

Riina se carcajeó, sin importar que Fenrir le escuchase hacerlo.
Notas finales:
¡Muchas gracias por leer! ¡Nos vemos el martes!
La lealtad de los lobos por ArtemiaCelosia
Los días pasaban y había llegado el que temía. La noche que hacía surgir su otro físico. Fenrir se despidió de Kalevi, viendo que ya atardecía. Entró a su casa y cerró con llave, sabiendo que el subjefe añadiría protecciones mágicas.

«Increíble, estoy nervioso por la transformación», pensó como algo imposible. Sería la primera vez que estaría junto a Draco, la primera vez que le vería.

Había accedido a tomar poción matalobos por primera vez en su vida, para poder estar con el rubio. Se sentía inseguro dejándolo solo en la casa, pues no tenían muy claro qué ocurriría con sus heridas.

Paró sus pasos cuando se percató que no había dejado de dar vueltas por la cocina.

—¿Fenrir? —Llamó el rubio, aún acostado en la cama. Después de mucho discutir con el líder, había logrado poder levantarse, aunque sólo podía ir al baño y volver al cuarto, siempre con ayuda del jefe de la manada.

El hombre entró al cuarto, dirigiéndose a la silla, sin embargo Draco cogió su mano, estirándole suavemente para que tomase asiento con él en la cama.

—¿Estás bien?

—¿Por qué no iba a estarlo? He pasado por esto mil veces. —respondió apoyando su espalda en el cabecero y mirando cualquier punto interesante del cuarto—. ¿Y tú?

El líder veía por el rabillo del ojo cómo Draco le observaba, hasta que decidió apoyar su cabeza sobre su cuerpo, escondiendo el rostro en el hueco de su hombro y cuello.

—Estaré bien, no pasará nada.

—No puedes afirmarlo. —contestó mientras jugaba con una suave hebra rubia—. Podría partirte en dos con mi mandíbula, como si fueses una ramita seca.

Draco se carcajeó.

—¿De qué te ríes? No hace gracia. —dijo molesto el líder.

—Creo que es de las cosas más bonitas que me han dicho. —Bromeó—. ¡Vamos, has tomado la poción! No harás algo así. Dudo que lo hicieses incluso sin ella.

Fenrir negó con la cabeza antes de apoyarla en el cabecero y cerrar los ojos, tomando aire para relajarse. Abrió su mano al sentir los dedos de Draco, que se entrelazaron con los suyos. La noche había llegado.

Su transformación fue rápida, estaba acostumbrado a ella, sin embargo esa vez había algo distinto. El dolor era menor. Sentía como el cuerpo de su lado también cambiaba, aunque él se quejaba con llantos lastimeros. Su rostro, que ahora tenía un largo hocico y unas orejas puntiagudas, se apretó más en su cuerpo, por lo que decidió acariciarle con su cabeza. Las respiraciones se calmaron, provocando que Fenrir abriese los ojos, encontrándose con el hombre lobo más hermoso que jamás había presenciado.

Llevó una de sus garras a su cabeza, tocando una orejita adornada de suave pelo blanco como la nieve. Draco sacudió su cabeza, gruñendo molesto, provocando que Fenrir observase su rostro cambiado. En él destacaba un antifaz blanco, llegando a una de sus orejas. El resto del suave manto era de color gris claro que hacía juego con sus ojos. Comparó su garra a la del joven lobo, observando que era más pequeña que la suya.

El lobo blanco llevó su vista a la herida de la pierna, que era la más problemática. Aún resultaba un poco doloroso, sin embargo parecía que la transformación no le había afectado negativamente. Cerró un ojo cuando sintió las caricias del hocico del otro, llamando su atención.


Harry pasaba su informe al Ministro con rabia mal disimulada. Por suerte, nadie sabía que se había involucrado más de lo debido en el caso, nadie salvo sus amigos, quienes guardarían su secreto. Salió del despacho encontrándose con Ron.

—¿Aún molesto, compañero?

—Debí apresarle desde el primer momento que le tuve frente a mí. —farfulló—. Ahora volvemos a estar sin pistas de Malfoy o Greyback.

—Al parecer se percataron de que no estábamos completamente atentos a su rescate.

—¿Sabes lo que hubiésemos conseguido teniendo a Malfoy de nuestro lado? Lucius y Narcisa nos deberían la vida entera, tendría que haber donado al Ministerio por el agradecimiento a los aurores y hubiésemos ascendido de forma inmediata.

Ron suspiró. «Quizá sea buena idea dejarlo ya y marcharme con George a la tienda…».

—¿Y qué dicen ellos? —preguntó por los Malfoy, ya que él no mantenía contacto.

—No lo sé realmente, me echaron de su casa por permitir que Greyback huyese con Draco de nuevo. Lo último que supe fue que Narcisa pagaría una gran suma de dinero si alguien encontraba a su hijo. Y Lucius… Dijo que era mejor dejarlo así.


Por fin llegó el día que pudo salir de la cabaña. Tres semanas y cuatro días había permanecido allí.
Aún necesitaba la ayuda de una muleta para poder moverse, sin embargo dudaba que fuese por mucho tiempo. La manada le había cuidado como nunca.

Apoyó sus labios en la espalda de Fenrir, quien estaba apoyado en la barandilla del porche, observando el campamento, que al parecer celebraba algo, y disfrutando de la brisa fresca.

—No te vengas arriba con tu libertad. Aún no deberías pasar tiempo de pie. —Fenrir le cogió en brazos, sentándolo sobre la barandilla y pasando uno de sus brazos por su cintura, evitando que pudiese caer.

—¿Qué celebran? —preguntó mirando a la gente brindar.

—Txiab está embarazada. Al parecer Terry y ella van a casarse.

—¿¡En serio!? —Fenrir apoyó su barbilla en el hombro de Draco—. ¿No estás emocionado?

—No me gustan los críos. Ni los cachorros. —añadió al ver la sonrisa de Draco.

—Pero ellos merecen esto. Una vida normal, con sus hijos, sean como sean.

Txiab se acercó a ellos para ofrecerles una copa y brindar, sonrojándose cuando el rubio se alegró por ellos y riendo al ver como Fenrir le felicitaba cuando recibió un suave codazo del rubio.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó el líder cuando Txiab había sido asaltada por algunos más, llevándola al centro para abrir unos pequeños obsequios.

—¿A qué te refieres?

—¿Te quedarás aquí o…? —Fenrir encogió los hombros, como si le importase poco la situación.

—¿Molesta mi presencia aquí? —Observó cómo la negativa no se hizo esperar, sonriendo por el hecho—. ¿Qué clase de persona sería marchándome después de todo lo que habéis hecho por mí?

—Una despreciable que prefiere la comodidad del dinero antes que la lealtad de los suyos.

Draco dejó el peso muerto sobre el cuerpo del otro, apoyando su frente en la mejilla del rudo hombre, quien le regañó, ordenándole que se sentase bien. Rodeó con sus brazos la extremidad con la que Fenrir seguía sosteniéndole.

—Creo que estoy muy lejos de eso. —susurró despegando la frente y mirándole fijamente a los ojos.

El líder acercó unos milímetros más sus labios, sintiendo la respiración del herido chocar en su rostro.

—¡Eh, tortolitos! ¡Venid a por un poco de la tarta que ha hecho Riina! —gritó Kalevi.

Fenrir apartó la vista, abochornado ante la situación. Bajó a Draco de la barandilla y le pasó la muleta. Dio unos pasos hasta los escalones, percatándose que el rubio no le seguía.

—No me hagas llevarte en brazos. —Regañó el líder, creyendo que Draco se estaba quedando con él.

El rubio observó la madera tallada del suelo. Allí se encontraba su calendario, el que empezó al llegar a aquel idílico lugar, cuando esperaba a Fenrir. A su lado había uno hecho de forma menos cuidadosa, aunque se notaba que la cuchilla tenía mayor calidad. Sonrió al ver los días que habían sido tachados, los mismos que él había faltado en el campamento.


Fenrir alzaba la leña, poniendo cara de asco mientras veía a los pequeños lobos corriendo entre sus piernas.

—¡Eh, fuera de aquí!

Txiab regañó a sus hijos, indicándoles que no debían molestar al líder mientras trabajaba, quien farfulló alguna cosa viendo correr a los lobos en dirección a su padre, que llegaba al campamento justo en ese momento.

—Está claro que los niños no son lo tuyo. —Fenrir giró ante su amado rubio, que le miraba apoyado en el marco de la puerta, sonriéndole. Su cabello llegaba ya más allá de los hombros y su cuerpo estaba decorado por una de sus camisas, que le quedaban anchas y largas, tapando los pantalones cortos. Siempre provocándole dejando un hombro al aire, con sus marcadas clavículas.

—¿Qué haces con eso? —Observó las muletas que Ledreck le hizo hace ya un año—. ¿Te sientes mal? —Fenrir tiró la leña al lado de la cabaña, siguiendo a Draco.

Draco se subió al sofá, sabiendo que si caía jamás llegaría a tocar el suelo. Comenzó a colgar las muletas en unos soportes que el mismo Ledreck había instalado.

—Deseaba guardarlas de recuerdo.

—Vaya recuerdo más bonito para enseñarle a las visitas. Aquí están las muletas que usé el día que casi perdí una pierna. —El rubio se carcajeó—. ¿Y qué te he dicho de robarme mis camisas? Tienes tu ropa.

—Pero tu camisa es mucho más cómoda y me queda mejor. —comentó sin mucho interés.

El fuerte hombre le agarró de su cintura, atrayéndolo, antes de mordisquear su níveo hombro, ganando una risilla del chico.

—¡Oh, antes que lo olvide! —Draco sacó un papel de su bolsillo trasero del pantalón—. Esto es para todos. Eres el líder, así que…

Agarró el cheque que su pareja le entregaba. Una suma de dinero que iría muy bien al grupo.

—¿De nuevo una patente de una poción? —El rubio asintió feliz. Ambos habían prometido no volver a usar magia para no poder ser rastreados y aún así les iba genial. Fenrir revolvió su cabello, sabiendo lo mucho que este gesto le molestaba a Draco y se dirigió a la salida carcajeándose, pero el rubio se había adelantado, interponiéndose—. Aparta, aún queda mucho trabajo que hacer.

—Tendrás que pagar con un beso para poder salir.

—Nos verán todos. —Se quejó.

—Creo que todos lo saben ya. —dijo con una sonrisa dibujada en su rostro. Fenrir bufó desesperado. Agarró su nuca y unió sus labios con los de su amante. Un beso demandante, rudo, apasionado. Un beso que dejó sin respiración al chico, que le dio paso para que volviese a la leña.

Comenzó a ordenar la leña en el pequeño almacén que tenían colocados al lado de cada cabaña.

—¿No vas a ayudarme?

Draco le observaba divertido sentado en la barandilla.

—Oblígame. —Fenrir dejó de acumular leña, mirándole serio, antes de subir los escalones rápidamente y seguir a Draco, quien había corrido al cuarto, riendo.
Notas finales:
Llegamos a un momento agridulce.

Espero que os haya encantado esta historia, que la volváis a releer cuando pasen unos años y la recordéis con cariño. Yo lo haré sin duda.

Quiero agradecer todas las lecturas y todos los comentarios que he recibido a pesar de ser una pareja poco común.
¡Muchas gracias, de verdad!

Por supuesto que esto no es un adiós. Volveré con otro fanfic antes de despedir el 2019, ¡que no os quepa duda!

¡Un enorme abrazo a todos!
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