Blue Bird por KittieBatch
Resumen: Omegaverse: Seis años han pasado desde que Mycroft y Greg mantuvieron una relación. Se separaron de la peor forma, Greg desapareció y se llevó consigo un gran secreto, un bebé. Ahora vive en Estados Unidos dónde se especializó en pediatría y cuida de su hijo, nada podría prepararlos para un encuentro inesperado en el último lugar del mundo dónde creerían toparse.
Categorías: Sherlock BBC Personajes: G. Lestrade
Géneros: Drama, Romance
Advertencias: AU=Universos Alternos, Mpreg=Embarazo Masculino
Desafíos: Ninguno
Series: Ninguno
Capítulos: 5 Completo: No Palabras: 19591 Lecturas: 1023 Publicado: 09/07/16 Actualizado: 27/08/16

1. Capitulo 1 por KittieBatch

2. Capitulo 2 por KittieBatch

3. Capitulo 3 por KittieBatch

4. Capitulo 4 por KittieBatch

5. Capitulo 5 por KittieBatch

Capitulo 1 por KittieBatch
Londres 2009

A un año de iniciar la residencia, Greg Lestrade parecía el chico más feliz del mundo, tenía todo lo que deseaba en ese momento, una familia que lo quería, un buen promedio, y sobre todo, el mejor novio que pudiese desear. Salía con Mycroft Holmes, un aspirante a político y pasante en el parlamento. Se conocieron por esas casualidades mágicas de la vida, esas que propician las historias más épicas de una comedia romántica, en una librería.

Foyles Bookstore fue el escenario del mágico encuentro, Mycroft solía ir en sus ratos libres a buscar libros para su hermano menor y a Greg le encantaba pasear por Charing Cross, solía beber café en un lugar cercano junto a sus amigos y una o dos veces se pasó por la librería descubriendo que tenían libros que no hallaba en ningún otro sitio, ya sea porque llegaba tarde o ya no los imprimían, fue mágico encontrar un lugar dónde podía pasearse con gusto sabiendo que tendrían lo que buscaba. Una de esas tardes de ocio para Lestrade y descanso bien merecido para Mycroft coincidieron en la segunda planta, junto a los libros de Stephen King y al puro estilo de un drama romántico chocaron sin darse cuenta.

─Lo siento─ se disculpó Greg aturdido por la mirada que se clavaba en él, Mycroft solía tener muy poco tacto cuando veía algo que le gustaba y el joven castaño que lo observaba apenado claramente era digno de su atención, retardó su respuesta dos segundos para grabar su rostro en la memoria.

─También lo siento, me distraje─ la disculpa se oyó bastante gélida pero aceptable según el criterio de Greg quien inmediatamente sonrió. Mycroft no supo qué hacer, no solía recibir sonrisas. Cómo única respuesta extendió la mano y se presentó de la forma más seria que podría haber hecho.

─Mycroft Holmes, gusto en conocerte─ Greg se mordió la lengua para no soltarse a reír, estaban en una librería no en el encuentro anual de hombres aburridos con traje, aunque a juzgar por el aspecto del pelirrojo quizás era un participante asiduo de esas convenciones.

─Gregory Lestrade, llámame Greg─ dio un suave apretón a la mano grande y rígida que respondió apretando más de lo normal la propia.

Ese fue el inicio de una historia de amor que creyeron nunca acabaría y quizás, si las cosas no se hubiesen desviado podría haber sido de esa manera. Pero un buen día de abril, tras una noche larga de preparación para un examen y siestas intermedias tuvo que correr al baño presa de la náusea… asumió que se trataba de los bocadillos de media noche y lo dejó pasar, sin embargo sus mañanas comenzaron a volverse un caos, al despertar lo primero que hacía era correr a vaciar el estómago, apenas comía y ocasionalmente se mareaba, no dijo nada a Mycroft quién trabajaba ahora para el Gobierno, su carrera comenzaba a despuntar y no era momento de hablar de tonterías, Greg también estaba lo suficientemente ocupado con terminar la universidad como para ponerse a especular sobre nada.

Greg destacaba como uno de los mejores estudiantes de la Facultad de Medicina del Imperial Collage London, los profesores y compañeros lo tenían por una persona que triunfaría, impresionó con el examen de admisión, y aunque brillaba con excelentes calificaciones se tomaba el tiempo para tener un trabajo de medio tiempo con el que cubría los gastos que sus padres y la media beca que poseía no cubrían. Pensar en un embarazo a esas alturas era una tontería, solían protegerse, a excepción de un par de ocasiones. Seguía siendo imposible… ¿cierto?

Un mes con aquel malestar y Greg tuvo que hacerse una prueba de embarazo para descartar cualquier cosa, también otros análisis esperando no haber cogido ningún virus en el hospital. No era momento de enfermarse, había conocido recientemente a los padres de Mycroft y honestamente no parecían muy contentos con su relación, pero él estaba dispuesto a demostrarles que podía ser digno de estar con su hijo, ellos tenían una muy envidiable buena posición social, el padre de Mycroft trabajaba para el Gobierno Británico, su madre era una reconocida matemática, incluso su hermano menor era un maldito genio, todos en esa familia brillaban por su intelecto acrecentando más sus temores, Greg era listo pero tan listo como un humano promedio podría ser. Nunca olvidaría la mirada gélida de la madre de su novio repasando cada detalle de su humanidad, sintió su desaprobación, el padre por otro lado no se dignó siquiera a darle una mirada más que superficial descartándolo por completo.

Lo que Greg no sabía era que ese hombre lo tuvo en la mira todo el tiempo, con una gran posición en el gobierno pudo mover un par de hilos y vigilarlo las veinticuatro horas del día, no existía movimiento que hiciera o palabra que dijese sin que ese hombre no lo supiera, excusándose a sí mismo sus acciones con la frase “solo protejo a mi familia” se dedicó a buscar solo un detalle que pusiera en jaque esa relación que a sus ojos impedían a su hijo comprometerse cien por ciento con la corona, debía separarlos sin que Mycroft se enterara de su implicación, veía a su hijo por primera vez interesado en otro ser humano con tal devoción que atentaba contra todo lo que le enseñó, no ames, no sientas, tener a alguien por especial demuestra lo débil que eres. Iban en serio, lo sabía, ese amor volvería a su primogénito un mediocre.

Estaba por utilizar métodos más oscuros para lograr su cometido cuando se enteró de los análisis que Greg se envió a hacer, todo parecía normal hasta que la prueba de embarazo saltó en el repertorio. Eso definitivamente arruinaría el buen nombre de la familia ¿Cuándo se ha visto que un Holmes embarace a alguien fuera del matrimonio? Los Holmes no traen bastardos al mundo. Sabía qué de salir positiva la prueba y Mycroft recibía la noticia dejaría todo por cuanto había trabajado para concentrarse en una vida de mediocre convivencia familiar.

Las manos de Greg temblaron al recibir los resultados dudando si debía abrir el sobre o ingnorarlo, estaba actuando como un cobarde pero el miedo lo estaba consumiendo, hasta el momento todos los estudios eran negativos, ninguno explicaba su condición, excepto…

POSITIVO

Su mayor miedo se confirmó, esperaba un bebé.

Nueva York 2015

─Hola Harvey ¿Cómo te sientes?─ la voz cálida del pediatra causó una sonrisa en el niño de cuatro años ingresado en la pediatría del Mount Sinai Hospital, el médico era famoso entre sus pacientes, siempre que aparecía los niños por muy doloridos que se hallaran sonreían un momento e incluso los padres sentían esa presencia como una bocanada de aire fresco, nunca fallaba en sus visitas.

─Mejor, mi mami dice que si soy un buen niño, cuando salga de aquí me va a llevar a Disneyland─ sonreía el niño dando el último trago al jugo que bebía. Él sabía que ese lugar le hacía ilusión a muchos niños, incluido su hijo, Evan estuvo dando lata todo el año pasado con que debían ir Disneyland, tuvo que ceder al tercer día al ver cómo el niño no dejaba de planear su itinerario. Así que aprovechando sus vacaciones lo llevó a conocer a Mickey Mouse, el mundo de los cuentos de hadas, y su ídolo, el Pato Donald, su hijo era fan asiduo del pato con traje de marinero, tanto que su habitación estaba decorada con todo lo referente a él.

Sus pacientes solían recordarle a su pequeño, Evan era lo más sagrado que tenía y por quién se empujaba a trabajar todos los días, balancear su vida con un hijo fue complicado al inicio, llegó a ese país desconocido con dos meses de embarazo, fue aceptado en la Universidad de Columbia y debido a los sobresalientes que tuvo en su antigua universidad y a las impresionantes recomendaciones que acompañaban su expediente y tras unos meses de equivalencias pudo acceder a la residencia, aunque para cuando pudo inscribirse el bebé nació teniendo que tomar tres meses de licencia. ¿Cómo pudo financiar aquel cambio? El trato que hizo con los padres de Mycroft incluía una remuneración monetaria, él desaparecía del mapa y ellos costearían sus gastos y los de niño, puesto que se negó a abortarlo.

Seis años después su vida había cambiado totalmente, aceptó los cheques hasta que en el hospital pudo recibir un sueldo que cubriera los gastos de su pequeña familia, fue entonces que no volvió a tocar la cuenta a dónde llegaba mensualmente una cuota por su silencio. Decidió incluso cerrarla y cambió de dirección, vivía en un apartamento a pocas cuadras del hospital donde hizo su residencia y actualmente trabajaba, a Evan lo cuidaba una vecina que cobraba una módica cantidad y trataba bien al niño, todos en ese edificio sentían simpatía por el doctor inglés y su hijo americanizado, era curioso escuchar al niño hablar con un pulcro acento inglés pero con un léxico completamente yankee, el pequeño era la copia de su padre, a excepción de la piel blanca, casi pálida y los verdosos. Todos suponían que aquellos rasgos provenían del padre, muy pocos habían oído algo sobre ese hombre, sabían que era inglés, de buena cuna y que se negó a tener al bebé. El resto de la historia era un enigma que Greg sabía ocultar a la perfección, incluso de sí mismo, porque a veces mentirse es mejor que recordar lo miserable que puede ser tu propia vida.

La ronda de todos los días estaba hecha y Greg decidió supervisar a los nuevos residentes, no eran su responsabilidad pero sabía cuán difícil puede ser al comienzo, él era un simple pediatra que encontraba pasión por su trabajo y tendía la mano a todo aquél que pudiera necesitarle. Enfermeras y médicos solían pelear en silencio por su atención, el Doctor Lestrade tenía fama de caballero y buen partido, varios quisieron cortejarle pero él de forma muy amable les explicó que no estaba interesado en tener cualquier tipo de relación romántica, tenía un hijo pequeño qué criar y apenas le alcanzaba el tiempo, lo que no admitía era que la razón más poderosa para no aceptar salir con cualquiera de sus pretendientes era que aún le dolía el desprecio de Mycroft.

─Doctora Black, a veces una sonrisa es el mejor antidepresivo que podemos darle a estos niños─ explicaba Greg a una joven residente que parecía no saber qué hacer con uno de sus pacientes que lucía el semblante decaído. ─Muestre interés por él y su salud, es la mejor medicina, algo de amor.

Él lo sabía bien, sabía que un beso en un dedo dolorido curaba mejor que un analgésico, a veces se decía que eso necesitaba, un poco de amor aunque creía que no era el amor de pareja, extrañaba a su familia y Evan estaba creciendo sin sus abuelos y el resto de la familia Lestrade, aunque era difícil poder incluirlos en su vida de forma presencial, él los conocía por las sesiones de Skype que hacían cada dos días pero jamás los vio en persona, ellos tuvieron que mudarse a Francia a tiempo que Greg viajó a Estados Unidos, la salud de su padre era delicada y en Paris podrían tratarle, aunque el viaje estaba programado por unos meses el ambiente y el reencontrarse con parte de la familia les hicieron quedarse definitivamente allí. Patrick, el hermano mayor de Greg trabajaba allí y recibió a sus padres, ya nada los ataba a Inglaterra.

─Doctor, ¿tiene hijos?─ la residente lo tomó distraído así que tardó un minuto en responder, ella era nueva, era razonable que le preguntara eso.

─Tengo un niño de cinco años─ sonrió amable revisando la evolución del paciente de la Doctora Black.

─Entonces está casado…

Greg sonrió y ella deseó no haber dicho eso, la sonrisa que se dibujó en el hombre fue amarga, maldita la hora en que le ganó la curiosidad, ya se lo decía su madre, siempre andaba preguntando cosas que no debía ─No, no lo estoy─ él respondió con un tono neutro que mucho distaba del habitual tono amable y amistoso con el que más de uno suspiraba.

─Disculpe yo no quería incomodarlo, no debí preguntar─ se disculpó ella con el rostro rojo de vergüenza.

─No se preocupe, no me molesta─ reapareció la sonrisa amable haciendo que ella se sonrojara aún más. El Dr. Lestrade era demasiado guapo, ¡si tan solo no fuese un omega!

El lamento era casi unísono entre aquellos que no podrían jamás conquistarle, el único cercano a Greg era su colega y ex compañero de residencia Stuart Hill, otro pediatra de quién se rumoraba estaba perdidamente enamorado de Greg, quizás sí, quizás no, sin embargo fue el único que logró acercarse al círculo sagrado y convivir en ciertas ocasiones con el hijo adorado del médico.

─Vamos a comer Greggie─ se oyó la voz de Stuart interrumpiendo la labor de ambos médicos, con su sonrisa de millón y su rubia cabellera era otro de los muy deseados doctores del Mount Sinai Hospital.

─¿Tan pronto?─ dijo tras disculparse con la doctora y encaminarse a su oficina para guardar el estetoscopio y la bata. Su turno acabó hace media hora y estaba deseando ir a ver a su hijo, pensaba en pasar por el al jardín de infantes, esperaba que Stuart no tuviera inconveniente ─Quiero ir por Evan primero, ¿te apetece comer hamburguesas? Le prometí que hoy iríamos por unas hamburguesas…

─Claro, sabes que me encanta convivir con tu hijo─ Stuart hablaba muy en serio, adoraba al niño, quizás porque su sueño siempre fue tener hijos y aún no hallaba a la persona indicada o quizás… la tenía justo en frente.

Ambos se encaminaron hacia el jardín de infantes, no quedaba lejos así que podían andando tranquilamente, de hecho disfrutaban hacerlo, algo tenían en común y era el gusto por las caminatas y los helados de vainilla. Eran muy buenos amigos desde la residencia y Stuart era el único capaz de establecer medianamente una línea de tiempo en la vida de Greg, jamás lo invitó a una cita ni demostró debilidad por sus encantos, lo consideró simplemente un compañero y más tarde un colega y así se ganó la entrada a su vida privada.

Evan saltó de gusto al ver llegar a su papá junto a Stuart, solía divertirse mucho con ese hombre, algunas ocasiones lo llevaba al parque a jugar y las personas los confundían cual padre e hijo, el médico tenía los dos rasgos que diferenciaban a Evan de Greg, los ojos verdosos y la piel demasiado clara. En algunas ocasiones cuando salían a comer o al cine el niño imaginaba que Stuart era su papá real y vivían juntos con su papi, entonces era el niño más feliz de la tierra por tener a sus dos papás juntos. Y saltaba aún más alto cuando alguien creía que su papi Greg y Stuart eran esposos, en secreto Evan esperaba que pronto se casaran, así él tendría a sus dos papás…

Casi al mismo tiempo que Evan se abrazaba al cuello de su papi y dejaba que Stuart tomara su mochila y la lonchera para dirigirse al restaurante donde hacían las hamburguesas favoritas del niño, a varios kilómetros el humo del segundo cigarrillo de la tarde escapaba de los labios de Mycroft, observaba la calle aún cubierta de nieve, febrero era un mes frío, era lo único importante del mes que recordaba, desde varios años bloqueó el festejo de San Valentín, no solía pensar en eso, con el tiempo se dedicó solamente a su carrera, escaló rápidamente en el gobierno y ahora tenía un buen puesto, estaba involucrado en los grandes pasos que daba su nación, nada podía distraerlo, nada, excepto él. Mycroft no era de sentimentalismos, para la época en que conoció a Greg era una versión diferente al hombre que era ahora, actualmente solían llamarlo “El Hombre de Hielo” cosa que le calzaba a la perfección por su falta de emociones y sentimentalismos, tan torcida estaba su capacidad de sentir que solo podía llegar a tener sensaciones ligadas al odio o el ego.

Su inteligencia aumentaba con los años a diferencia del resto de la humanidad que tendía a degenerar sus capacidades intelectuales, y aun así, con toda esa capacidad le era imposible entender por qué Greg se había marchado sin decir nada. Nunca pudo hallarle, le había buscado por todos lados, incluso indagó en Francia pero no dio con él, tuvo que pasar un año para que se resignara a que jamás volvería a verle, con el tiempo Mycroft fue sustituyendo el amor que le tenía por el resentimiento y el odio, lo había abandonado, alguien que ama no puede desaparecer sin explicación alguna, borrarse del mapa como si jamás hubiese existido. Llegó a pensar incluso que algo malo le había sucedido pero lo descartó, se habría enterado. Concluyó pues que Greg solo jugó con él.

─Señor, disculpe─ la voz de su joven asistente interrumpió sus pensamientos sobre lo frío que era febrero ─Estos son los documentos que solicitó, además de una orden formal para efectuar su viaje a América.

─Gracias─ dijo seco indicando que deseaba estar solo. En una semana viajaría a una reunión de suma importancia, no le agradaba tener tratos con esos yankees engreídos pero debía soportarlo, la diplomacia ante todo. A diferencia de lo que se esperase no tendría encuentro en Washington, sería en una ciudad muy diferente debido a los propósitos que perseguía, Nueva York sería el escenario de encuentro.
Capitulo 2 por KittieBatch
Stuart hace mucho que se había acostumbrado a la soledad, fue hijo único y sus padres se separaron cuando apenas tenía tres años, no recordaba qué era tener una familia o el calor de un hogar. Su madre estaba todo el tiempo trabajando y apenas veía a su padre, tuvo todos los caprichos que pidió pero jamás conoció la compañía de un ser amado, niñeras y campamentos vacacionales, así fue su infancia. No solía hablar mucho de ello, en realidad jamás se lo dijo a nadie porque nunca llegó a intimar con alguien realmente, hasta que conoció a Greg.

El primer día en un sitio nuevo siempre es caótico, Stuart moría de nervios, había trabajado mucho por llegar a ese lugar y demostrar a su familia que podría ser diferente a lo que ellos esperaban, su historia con el consumo de cocaína manchó para siempre su reputación ante dos padres que se preocuparon más por el qué dirán y no por la salud emocional y física de su hijo, allí comprendió que si deseaba algo bueno para su vida no lo encontraría rodeado de esas personas, se graduó de la secundaria y contra todo pronóstico ingresó a la Universidad de Columbia, estudiaría medicina. Sus padres pagaron la universidad contentos del prestigio que traería a la familia un médico y él aprovechó la oportunidad. Tuvo todo cuanto necesitó y hasta más, un apartamento cerca de la facultad, un auto y jamás se ocupó de pagar las cuentas que iban directamente a la oficina de su padre. Cuando inició la residencia se trasladó a vivir tan cerca como pudo. El apartamento fue regalo de sus padres y otro nuevo auto, y aun así se sentía solo.

Reconocería la soledad a kilómetros, aunque no tuvo que ir muy lejos para hallar a alguien tan abandonado por la vida como él, Gregory Lestrade estaba en su grupo de residencia, sonreía todo el tiempo pero él adivinaba el dolor que guardaba una sonrisa tan espléndida. Poco a poco fue conociéndolo y a diferencia de aquellos que solo deseaban ligarlo, porque a decir verdad un inglés tan guapo no puede ser ignorado, él estaba más interesado en entablar una conversación. Escuchó en algún lugar que dos personas solitarias pueden ser buena compañía así que se propuso ser su amigo, cosa que funcionó.

Nunca adivinaría que ese chico con un cuerpo perfecto era padre recientemente de un bebé a quién cuidaba con devoción cuando no estaba en el hospital, eso explicaba lo dulce que podía ser con los niños y a Stuart simplemente le encantó. Conoció a Evan cuando este tenía tan solo unos meses y deseó con toda la fuerza de su corazón ser capaz algún día de formar una familia, la sensación de un bebé dormitando en sus brazos era revitalizante, esa vez pidió a Greg la oportunidad de visitarlos. Aunque al chico no le parecía la mejor idea, el rostro pacífico de Evan disfrutando de la comodidad de los brazos de Stuart lo terminó de convencer.

Con el tiempo su amistad había sobrepasado las expectativas de ambos, en cierta forma por Greg decidió quedarse en el Mount Sinai Hospital, no pensaba renunciar a su nueva vida, ahora que tenía un amigo verdadero y lo más cercano a una familia su deber era estar allí. En el fondo de su corazón también lo hizo porque comenzaba a sentir algo por su colega y fantaseaba con la idea que algún día Evan, Greg y él formaran una familia. Conocía el pasado de su amigo y estaba dispuesto a ser el padre que Evan necesitaba, si él podía darle a ese niño el amor que nunca recibió en su infancia lo haría.

Tan dispuesto se hallaba que arreglaba sus horarios en el hospital y la clínica comunitaria para poder pasar tiempo con el niño y llevarlo al parque o a tomar un helado, incluso el año anterior compitieron juntos en el concurso de hombres de nieve ¡Y ganaron! Su vida se acopló a la de su amigo y su hijo sintiéndose feliz.

─¡Vamos papá, le vas a ganar!─ gritaba Evan fuera de sí al ver como Greg le ganaba a Stuart en la carrera de autos de uno de los tantos videojuegos que el niño poseía. ─¡Sí!─ el niño festejó saltando y abrazando a Greg que también sonreía emocionado, era la primera vez que el rubio perdía contra el castaño, todo un hecho histórico.

─¡Cómo es posible!─ dijo un muy frustrado Stuart haciendo un puchero que hizo reír aún más fuerte a su amigo, tras haber almorzado decidieron volver a casa y pasar tiempo con Evan, pronto deberían asistir a un congreso sobre avances médicos y aunque se llevaría a cabo en la ciudad no podrían pasar tanto tiempo con el niño.

─Estuve practicando─ sonrió suficiente.

─¡Papi ganó, él ganó!─ decía Evan festejando mientras señalaba a Stuart. ¿Así se sentía tener a sus dos papás? Seguramente, jamás se sintió más feliz, era maravilloso.

El día señalado para viajar al nuevo continente llegó y Mycroft seguían sin querer ir a ese país, tenía un especial desprecio por los estadunidenses, pero su percepción no debía afectar la orden recibida, el equipaje estaba hecho y el auto esperaba, un simple viaje diplomático y sin embargo ¿por qué tenía una extraña sensación recorriendo su cuerpo? ¿Estaría enfermo? ¡Imposible! Se cuidaba al extremo, tanto que llevaba años sin siquiera coger una simple gripe. Ignoró la sensación como siempre hacía con los sentimientos innecesarios y se dirigió al auto, poco tiempo después estaba en el aeropuerto abordando el avión privado que lo llevaría a Estados Unidos.

Retumbó todo el camino en él la razón sobre su viaje, la reunión con altos mandos de la CIA lo mantenía inquieto, había cierto asunto que podría sembrar roces entre ambos países si no era atacado a tiempo y su deber era poner alto a las intervenciones de la Agencia Central de Inteligencia que realizaba en el norte de Escocia. Reino Unido era territorio de la Corona Británica y no de estúpidos oficiales yankees. Mycroft con su fría presencia era el único indicado para resolver el asunto y eso aumentaba su ego, Inglaterra reconocía lo importante que era, la Corona lo sabía y aun así… ¿Por qué todo era tan vacío? Su vida era como la nieve que solía cubrir Londres, fría. Sin amigos, odiando a su familia… pasaba los días siendo importante para la sociedad británica pero en el fondo, a puerta cerrada, oculto en las sabanas se sentía nada.

El viaje duró tanto como era normal, sin contratiempos, pronto se encontró descendiendo en el hangar privado que se reservaba solo a personalidades importantes, embajadores, presidentes, agentes secretos… “Asqueroso” fue lo primero que pensó al poner un pie fuera del avión, su olfato tan perceptivo podía percibir el aroma a perritos calientes y pizza. Sin querer pensó en su pequeño hermano por ahora recluido en Oxford y en cómo solía molestarlo por su peso, a veces él mismo se sentía gordo, una bola de grasa. La única etapa en que se sintió hermoso fue cuando salía con aquel chico que terminó por abandonarlo. Entró directamente al auto que ya esperaba por él resignado a soportar el fétido olor de aquella ciudad ¿de qué servían todos los árboles de Central Park si no limpiaban todo ese repugnante olor a comida chatarra?

El auto se puso en marcha rumbo al The Excelsior Hotel, el camino fue largo, no importaba la hora que fuese, Nueva York era una ciudad con una cantidad de tráfico apabullante, para Mycroft era desesperante, molesto. Comenzaba a inquietarse al pasar por Madison Avenue sin embargo algo lo distrajo, un niño pequeño corría por la acera siendo perseguido por una mujer de mediana edad, pudo observar que en sus manos llevaba algo, ¿un cachorro?

─¡Espera! No puedes llevar un cachorro a casa─ Oyó decir a la mujer cuando el niño se detuvo frente a una tienda de dulces. Por un momento Mycroft sintió como su corazón se encogía, el niño se parecía tanto a… El semáforo que los retuvo dio paso por fin y el auto avanzó dejando al hombre con la idea que había visto mal. Existen miles de personas en el mundo, imposible, ese niño era uno de tantos que caminaban por el planeta. Sin embargo su rostro lo inquietó, se parecía tanto a él, aunque apenas lo vio un par de segundos, seguramente Nueva York comenzaba a afectar su capacidad de razonamiento.

Para cuando cruzaron Central Park los recuerdos ya se habían esfumado, ese lugar era ciertamente hermoso, una maravilla en medio de una ciudad horrible. Se prometió darse un tiempo para admirar el sitio, aunque eso implicara tener que estar rodeado de personas. No tardó mucho en llegar al hotel, diez minutos después estaba instalado en su habitación. Se recostó en la cama y por primera vez en años el sueño lo venció.

Ese día Greg terminó su turno justo a tiempo para la hora de la cena, Stuart lo llevó a casa, últimamente su amigo pasaba todo el tiempo en su apartamento, tanto que la habitación de visitas era casi suya, por otro lado a Greg no le molestaba, aunque no lo aceptaba, tenerlo en su vida le hizo las cosas más fáciles. Criar a un niño era agotador y su amigo fue el árbol al que se aferró cuando se sentía perdido, lo mejor de todo era saber que él tenía clara la posición que ocupaba en su vida, un amigo, el mejor de todos pero simplemente eso. Jamás recibió insinuación alguna por su parte y esto le hizo bajar todo tipo de defensa dejándolo entrar por la puerta grande.

Con el tiempo él mismo se había habituado a tenerlo todo el tiempo en su vida, cuando no podía asistir a las juntas de padres por lo general era Stuart quién iba, en sus días libres llevaban al cine a Evan. Nunca llegó a sus oídos los comentarios que hacían las personas, no ponía atención a nada fuera de Evan, por ello no se enteró que al parecer todos creían que su amigo era el padre de su hijo y su esposo. Ambos llevaban anillos dónde iría el de matrimonio. Greg lo usaba para recordarse que estaba comprometido con su hijo y Stuart para alejar a cualquiera que pretendiera conquistarlo. Jamás se dieron cuenta de ello hasta que ese día al entrar por la puerta del edificio un nuevo inquilino se presentó amablemente y tras unos minutos comentó “Conocí a su hijo esta tarde, es un niño precioso, los felicito, se parece a los dos. ¿Cuánto llevan casados?”

El rostro de Greg enrojeció y Stuart se adelantó a decir que ellos no estaban casados y menos eran pareja, tras el bochorno en el paladar de Greg quedó un regusto incómodo, como si aquello lo pusiera en un dilema.

─¿Solo somos amigos, cierto Stu?─ soltó Greg cuando entraron al elevador y las puertas se cerraron con solo ellos adentro.

─¡Claro Greggie!─ la respuesta innecesariamente eufórica y los segundos que demoró en darla indicaron a Greg que entre ellos la línea de la sincera y pura amistad se estaba borrando y los tenía en un nuevo lugar, un lugar donde quizás viviera la atracción.

Quiso decir algo, lo que fuese pero nada inteligente pasó por su cabeza y lo mejor que pudo hacer fue callar. La puerta se abrió llegando al cuarto piso, tan solo llegar al apartamento Evan salió a su encuentro con la mirada culpable, algo pasaba, y antes que ambos pudieran siquiera saludarlo un ¡woof! Delató al niño. Debajo de la mesa del comedor rodó sobre su barriga un cachorro negro.

─Papi, por favor─ chilló el niño esperando un regaño por parte de Greg que honestamente solo pudo parpadear ante el animal que lo veía curioso, sabía que ese día llegaría, cuando se mudó allí previno que su hijo podría tener gusto por las mascotas y halló un lugar donde se las admitiera, sin embargo no creyó que siendo tan pequeño comenzara a traer animales a casa.

─Primero dile hola a tu papi y al tío Stuart─ sonrió extendiendo los brazos al niño que se abrazó a él y luego al rubio. ─Antes que nada ¿dónde hallaste al cachorro?─ suspiró paciente dejando su maletín en el recibidor yendo a la sala con Evan de la mano y seguidos por Stuart que fue por el cachorro para presentarlo oficialmente a Greg.

─Estaba en la calle… comía basura… estaba solito… no tiene mami o papi que lo cuide… está solito…─ se explicaba el niño mordiéndose el labio a cada tanto rogando en el interior que su papá aceptara al cachorro. ─Fui con la señora Peters por el postre y…─ Stuart que observaba la escena sentado cómodamente sobre la alfombra con el cachorro en brazos hizo que el animal clavara su mirada en Greg y el hombre suspiró.

─¿Cómo se llama?─ dijo resignado.

─Totto, porque se parece al panadero─ explicó el niño haciendo que Greg riera ante la comparación hecha por su hijo del cachorro con Antonio, el dueño de la pastelería donde solía ir por los postres favoritos de Evan.

─Tenemos qué hacer oficial esto─ intervino Stuart ─Este amigo necesita un baño, así que lo bautizaremos en la tina. ¿Qué dices Evan?

─¡Vamos papá!─ dijo el niño feliz sin embargo no fue Greg a quién empujó al baño sino a Stuart que fingió no haber escuchado como el niño le llamó. Greg hizo lo mismo y aprovechó el tiempo para hacer la cena mientras ellos bañaban al nuevo integrante de la familia. Siendo honesto consigo que su hijo llamara papá a Stuart solo completaba un rompecabezas que no le molestaba terminar. Quizás era tiempo de plantearse abrir su corazón nuevamente, su amigo había visto crecer a Evan, le adoraba como nadie más podría y estaba seguro que su padre biológico nunca reclamaría ese puesto. Stuart Hill era el perfecto padre para su hijo pero, ¿él podría amarlo como pareja? Sabía que implicaba algo más que solo caminar de la mano, y lo más importante ¿Stuart querría mantener una relación con él?

Se perdió tanto en sus pensamientos que cuando volvió a la realidad era tiempo de apagar la estufa y servir la cena, la mano de su amigo descansaba en su cintura y él parecía decir algo, parpadeó confuso causando que el rubio suspirara divertido ─Estaba diciéndote que el cachorro está limpio y aproveché el tiempo para darle un baño a Evan, ahora mismo está jugando en su habitación con Totto. ¿En qué estabas pensando? Espero que no sea en otro porque soy celoso─ solían hacerse esas bromas porque era divertido, sin embargo en ese momento Greg no rió estaba reconociendo por primera vez en su vida que su amigo era realmente un hombre atractivo, tanto que sintió deseo. ¿Hace cuánto no deseaba a alguien? Aquel hombre fue el último por quién sintió eso, tanto pasó desde ello que ahora la sensación lo tomaba desprevenido.

La mano que aún mantenía el rubio en la cintura de Greg con suavidad se deslizó hasta llegar al inicio de sus caderas, un poco más y estaría sobre sus curvas y no es que Stuart no quisiera hacerlo, veía en los ojos contrarios por primera vez algo que le hacía creer que podría tener oportunidad. ─Greg─ su voz sonó extrañamente profunda, el aludido solo se paralizó sin saber qué hacer. El rubio lo atrajo a sí y sin pensarlo mucho depositó un beso en los labios contrarios, suave, casi una caricia.

Con el simple contacto algo se apoderó de ellos, de pronto reconocían la necesidad que tenían por el otro, el beso actuó como un despertador que puso a trabajar los sentimientos que sentían por el contrario.

─¡Papi!─ La voz de Evan llamando a Greg los devolvió a la realidad y aunque aquello era extraño decidieron por un acuerdo silencioso que no era incómodo y debían conversarlo tras la cena. Ambos fueron a la habitación de Evan que había llamado porque descubrió que Totto necesitaba un pijama para dormir.

Los golpes secos en la puerta anunciaron que el servicio a la habitación había llegado, aunque hubiese querido cenar en el restaurante del hotel Mycroft no quería llamar la atención de nadie, así que pidió la cena y tras despachar al camarero se sentó a deleitarse viendo desde su ventana Central Park iluminado por las luces del alumbrado público, su breve siesta le dejó intranquilo, repitió en sueños tantas veces esos segundos en que vio el rostro de aquel niño corriendo por Madison Avenue que comenzaba a inquietarse. Era idéntico a… sin embargo ¿era posible? Nunca supo más de él y no le sorprendería que tuviera una vida diferente en otro lugar del planeta, sin embargo solo era un niño.

Su rostro… es idéntico. ─se decía buscando en su memoria el rostro del que fuese su único amor. Negó sus pensamientos y se concentró en cortar con perfección la carne en el plato, imposible. Y con ello zanjó el asunto poniendo su maravillosa mente a trabajar en una estrategia para la reunión del día siguiente. Debía jugar bien sus cartas, el honor de la Corona estaba en juego.

─Se quedó dormido─ Greg suspiró cansado dejándose caer en el sofá ─Ahora debo ocuparme de otro pequeño, un niño y un cachorro, ¡qué pareja! ─ rió

─Greg, lo que pasó antes de la cena… Quiero que siga pasando─ interrumpió la voz grave de Stuart su risa.

─Yo… también quiero que siga pasando─ soltó Greg después de meditar su respuesta. No había manera de evitar que pasara otra vez, darle largas al asunto era innecesario, ambos eran hombres maduro que podían evitar el drama del me gustas pero…

─Lo haremos a tu ritmo, tu marcarás lo que haremos y lo que no─ sonrió el rubio acercándose para depositar un beso en su frente, Greg se abrazó a él y aquello se sintió tan natural que el sueño los venció al instante.
Capitulo 3 por KittieBatch
Notas del autor:
Si en algún momento desean contactarme pueden buscarme en Twitter como @KittieBatch será un gusto platicar con ustedes.
Mycroft no creyó jamás en el destino o en las casualidades, sin embargo su vida estaba tomando un rumbo desconocido, todo comenzó esa misma tarde. La reunión que sostendría con la CIA fue relativamente rápida, aunque sería una de tantas que sostendrían en esa semana los resultados se empujaban a favor de su causa, resultaba casi tan fácil como quitarle un dulce a un niño… Un niño, justamente uno de esos seres pequeños y pegajosos lo puso a dudar de sus propias creencias.

Esa tarde decidió pasearse por Central Park, en el hotel le dijeron que era el mejor sitio para salir a correr y él lo necesitaba, tras ponerse la ropa deportiva se dirigió al sitio para empezar su rutina de ejercicios, su buena disciplina lo enorgullecía, un buen inglés debía ser disciplinado, eso lo separaba kilómetros de esos estúpidos yankees.

Aunque el aroma a comida chatarra inundaba las calles de esa ciudad, en Central Park todo parecía tomar un tono más relajado, se lograba aspirar el aroma a los árboles. Recordó su país. Ciertamente las personas del hotel tuvieron razón al recomendar el sitio, personas de todo tipo y a toda hora se ejercitaban, la mayoría con los auriculares puestos ignoraba la existencia de los demás inmersos en sus propios asuntos. Él no era diferente, corría vaciando la mente, relajándose. Una hora y tuvo que parar, se sentía a punto de desfallecer, jamás había corrido tanto, como si huyera de algo, más bien de alguien. A medida que corría llegaban los viejos recuerdos de aquella relación fallida junto a él… No, ya no decía su nombre, comprobó que llamarlo con un nombre lo volvía real y lo último que necesitaba eran los viejos fantasmas danzando en su cabeza impidiendo que viera con claridad. “Sentir es una debilidad” se recriminaba mientras corría huyendo de aquel rostro que sonreía y juraba amarlo.

─No me vas a distraer─ murmuró sobándose la cabeza, quizás fue demasiado por ese día. Eran las cuatro y la necesidad de beber té lo devolvió a la realidad, debía volver al hotel. Meditaba sobre ello buscando regular su respiración cuando aquel niño que vio en Madison Avenue apareció junto con el que supuso ahora era su cachorro.

─¿Está bien señor?─ le susurró en un perfecto acento británico que sorprendió al hombre.

─Sí, gracias─ fue lo único que pudo contestar, él no solía tener contacto con niños así que realmente no sabía qué palabras usar con el pequeño que lo observaba curioso.

─Mi papá es doctor─ dijo sentándose en la misma banca que Mycroft con el cachorro correteando su cola, el animal tenía puesto un abrigo un par de botas que él asumió eran para protegerlo del frío y la nieve. ─Y me está enseñando primeros au.. aux.. ¡auxiiilios!─ dijo festejando lograr articular aquella palabra tan complicada para un niño de su edad, tendría ¿cinco, seis? ─Si se siente mal yo lo puedo curar─ dijo inocente sonriendo y aunque Mycroft quiso devolverle la sonrisa aquel gesto en la cara del niño le resultó idéntica a la de aquel hombre. Eran los mismos hoyuelos en sus mejillas, eran los mismos labios estirándose, era él…

Había enloquecido por completo, veía fantasmas donde no los había, o eso quiso creer, aunque aquel niño le resultaba tan familiar, como si lo conociera desde hace tanto… Si él y yo hubiésemos tenido un hijo… y la frase murió siendo interrumpida por la voz de un hombre que parecía llamar al niño.

─¡Evan! ¡No me des esos sustos!─ a ellos se acercó un hombre rubio que parecía realmente preocupado por el niño. Mycroft le dio una mirada y supo que se trataba de un médico, claro, el niño dijo que su padre era médico. Y el alivio cubrió a Mycroft, ese niño tenía un padre y posiblemente una madre u otro padre que nada tenían que ver con aquel hombre.

─¡Papá!─ saludó el chico volviendo a exhibir esa enorme sonrisa ─Este señor tenía cara de morirse y lo quería ayudar… no le digas a papi─ el niño hizo un puchero y sus preciosos ojos verdes se iluminaron chantajeando al que sería su padre, su expresión se reflejó en un par de ojos completamente iguales que lo miraban con desaprobación.

─Hablaremos esto en casa─ suspiró vencido por el chantaje infantil y Mycroft solo pudo asombrarse de la facilidad con que el hombre cedió dejando su idea de castigar al niño. ¿Eso hacían los buenos padres? Él no tenía recuerdos muy gratos de su infancia, cada mala acción ameritaba un castigo ejemplar por parte de su padre… ─Señor ¿Se encuentra bien? Se ve pálido─ el hombre ahora lo observaba preocupado.

─Sí, quizás solo me hallo un poco fuera de forma─ mintió esperando que se marchara, no le gustaba inspirar lástima y menos de un completo yankee, aunque ahora tenía curiosidad del porqué el niño hablaba como inglés si su padre era tan ordinario como todos en ese país.

─Soy Stuart Hill, pediatra del Mount Sinai Hospital, que casualmente está cerca de aquí, si se siente mal puedo llevarlo para que lo evalúe alguno de mis colegas─ dijo extendiendo la mano para presentarse correctamente.

─Un gusto, Mycroft Holmes─ estrechó su mano sintiendo algo extraño, una sensación de alerta lo recorrió por un segundo abandonándolo con el alma confundida.

─Yo soy Evan y ese es Totto─ dijo el niño extendiendo tambien la mano imitando a Stuart tras señalar al cachorro que ahora bostezaba intentando no dormirse sentado.

─Es un placer conocerte Evan─ sus palabras se oyeron tan amables que él mismo se asustó, jamás se creyó capaz de sonar tan dulce, incluso con su hermano el trato era duro.

─Le recomiendo un chequeo general para descartar cualquier enfermedad o malestar, tome─ el rubio entregó su tarjeta al pelirrojo que aún estaba confundido ─si desea ir al hospital diga que fui yo quién le refirió y le atenderán de inmediato. No me lo tome a mal pero se hace tarde y si no llego a casa con el niño temprano su papá enloquecerá, tiene un carácter muy especial, usted entiende cómo pueden ser de sobreprotectores los omegas con sus bebés.

─Comprendo─ dijo aunque realmente él no entendía, no sabía cómo podían ser los papás con sus hijos, él no tenía hijos y tampoco pareja, él no tenía vida amorosa, él no tenía nada. ─Gracias por su ayuda y también a ti Evan, cuídate.

─Gracias, ¡adiós señor!─ el niño se despidió saltando a los brazos de su padre abrazándose a él escondiendo su carita roja por el frío en su hombro, el hombre lo tomó como si de la joya más valiosa se tratara, y junto al cachorro que caminaba jalado por la correa se alejaron. Mycroft se sintió celoso por primera en seis años.

Hace mucho él deseó justo lo que aquel hombre tenía, una familia. Seguramente tendría un maravilloso esposo esperándole en casa, un hijo que lo amaba, todas las noches cenarían en familia y tras haber bañado al niño y contado un cuento se acurrucaba junto a su pareja y bajo las sábanas se reconocían, dormirían abrazados dichosos de esa vida juntos y al abrir los ojos un cuerpo tibio dormitaría junto a él, se besarían animadamente dándose los buenos días y mientras hacía el desayuno su esposo prepararía al niño para el colegio. Tras un desayuno en familia donde hasta el cachorro participaba, partirían a dejar al niño a clases y ellos irían al trabajo. Por la tarde pasarían tiempo como familia y en sus días libres irían a comer o al parque, quizás alguna fiesta infantil o un festival en la escuela dónde el niño sería la estrella. A veces irían a compromisos sociales por la noche y entonces una niñera cuidaría al pequeño mientras él exhibía a su flamante y hermoso esposo ante sociedad. Se sonreirían toda la noche y al llegar a casa dormirían abrazados y al despertar quizás se amarían lentamente, disfrutando el cuerpo del otro, pronto desearían tener otro hijo y cada noche sin falta el hombre acariciaría a su esposo llenándolo de su esencia buscando formar nuevamente otra vida que solo los uniría más…

Un quejido escapó de los labios de Mycroft mientras los pensamientos pasaban por su mente, descubrió que todo aquello fue lo que siempre soñó tener junto a él… cada detalle, cada momento. Quiso tanto casarse con él, tener hijos y amarlo todos los días de su vida, adorarlo hasta que fuese humanamente imposible. Aún con el tiempo sabía que si algún día volvía a encontrarlo su corazón se derretiría al verlo, porque nunca dejó de amarlo, nunca podría olvidar ese amor que se llevó lo mejor de sí. Sin embargo no albergaba muchas esperanzas de volverlo a ver y tampoco que él aún sintiera algo, las razones por las que desapareciera quizás fue que había otra persona, alguien mucho mejor, menos complicado que un buen día se ganó su corazón y lo convenció de dejar todo, porque, al final, eran jóvenes. Él podía disfrutar de su vida sin atarse a un engreído que tenía planeado cada segundo de su futuro.

Ahora eres feliz, seguramente tienes una familia con alguien que no tenía miedo de vivir, ¿tienes hijos? ¿Lo amas? ¿Él te ama? ¿Me extrañas…? ¿Dónde estás?

El congreso se había cancelado a última hora, por problemas logísticos decían algunos, porque los encargados de las ponencias tenían resentimientos decían otros, sin embargo a Greg le pareció una fantástica noticia puesto que en esos momentos necesitaba poner atención al intento de relación sentimental que llevaba con Stuart. Tras aquel primer beso en la cocina habían despertado sentimientos que creyó no volvería a sentir, más allá del deseo que podía sentir por él rubio se halló añorando su presencia todos los días en su vida. Hacía mucho que Stuart se integró a sus días, viéndolo desde fuera ellos eran una especie de pareja sin sexo, su hijo estaba tan acostumbrado a él que supo porque le llamaba “Papá” o sonreía orgulloso cuando hacían algo juntos, los tres como una familia… estuvo ciego incluso a sus propios sentimientos que no se dio cuenta cuando empezó a sentir un cosquilleo en el estómago con tan solo saber que él estaba cerca.

Era tiempo, lo sabía, aquel amor ingrato que lo rechazó y a hijo que llevaba en su interior ya no sería un fantasma en su vida, quizás hace mucho que no lo era. Al concentrarse tanto en ser un buen padre no se dio cuenta que su niño crecía con alguien que gustosamente y en silencio ocupó el lugar que su verdadero padre no quiso. Stuart se desvivía por Evan y por él mismo, ahora lo entendía todo. Quería a Stuart más allá de la simple amistad que habían mantenido los últimos seis años.

Esa mañana habían conversado sobre ello, cuando el niño estuvo en el jardín de infantes y ellos tomaron el día para poner su vida en orden, en la charla el rubio por fin fue sincero con Greg, tan sincero como pudo. Le explicó que aunque al inicio tuvo que ver con algunas personas, a medida que lo conocía no pudo evitar dedicarle cada minuto de su vida. Sin saberlo se involucraba más con él, y un buen día se dio cuenta que tenía sentimientos hacia él.

─No te dije nada porque podrías alejarme, llevo años amándote, lo supe en la fiesta del tercer año de Evan, cuando ambos sosteníamos al niño y soplamos las velas por él, aún llevo en mi cartera esa foto, a veces la miro y pretendo que estoy contigo y me dejas ser el padre de Evan, Greg… déjame entrar a tu vida y no como el amigo que he sido todo este tiempo, dame la oportunidad de conquistarte, de amarte y ganarme tu amor─ dijo Stuart acariciando las manos de Greg que sostenía entre las propias, sus ojos brillaban casi suplicando, deseando recibir un rayo de esperanza. Y para Greg la respuesta no era difícil.

─Viste los primeros pasos de mi hijo, sus primeras palabras, te desvelaste conmigo cuando pasó la noche sufriendo a causa de la fiebre─ dijo y tuvo que parar un segundo porque su voz comenzaba a volverse quebradiza, ahora su corazón estaba listo para volver a amar. Sabía que Evan no se opondría y él no lo hacía solo por darle un padre a su hijo, lo hacía porque quería a Stuart, lo quería como el hombre que era. ─Sin darme cuenta eres el padre de Evan, lo fuiste desde el momento en que lo cargaste y él durmió tranquilo en tus brazos… Stuart, me rompieron hace mucho tiempo, cuando llegué a este país estaba en pedazos, aquel hombre simplemente se dio la vuelta y renegó de mí y del que considero fruto si no de nuestro amor, al menos del amor que yo le tuve. Un buen día dejé de sentirme muerto por dentro, ya no me sentía vacío porque tengo a mi hijo y te tengo a ti, cada día desde que te conocí me has enseñado a sonreír. A ver el lado bueno de la vida… Stu, si no fuese por ti no lo habría logrado, siempre he dicho que soy un padre soltero pero en realidad has estado junto a mi todo este tiempo, no lo he hecho solo… nunca estuve solo…

Y entonces Greg se quebró, veía su vida pasar y allí estaba él, siendo amado por alguien que nunca recibió nada a cambio, ese hombre que ahora lo abrazaba y le susurraba Tranquilo fue capaz de dar todo por él con tal de verlo feliz. No vivía más en aquel pasado, tenía un buen futuro, uno que quería compartir con Stuart Hill, sabía que el calor que abrigaba su corazón era eso que sentía por él.

─Te quiero Stu… no sabes cuánto y apenas me doy cuenta─ sollozó y el hombre sonrió agradecido acunándolo en su pecho, era un milagro del cielo que lo único que tanto deseaba se volviera real. Greg Lestrade le decía que lo quería, era suficiente para él, porque para él saberse importante para el castaño era lo mejor que su vida tuvo.

La puerta se abrió sacando a Greg de los recuerdos, entró Stuart seguido del cachorro, Evan parecía estar plácidamente dormido en los brazos del hombre, sus mejillas estaban heladas por la ventisca que comenzaba a azotar la ciudad. Totto corrió a su improvisada cama cerca de la ventana de la sala y Greg llegó al encuentro de los recién llegados. Con cuidado tomó a Evan de los brazos del rubio y lo llevó a su habitación dejándolo arropado en la cama, calientito, seguro.

Al volver a la sala halló a Stuart quitándose el abrigo y peleando con Totto para que no ladrara a la nieve que caía a través de la ventana, se acercó a él y en un movimiento rápido le robó un beso, fue corto y suave pero lo suficiente para que el otro lo tomara por la cintura dispuesto a no dejarlo ir, ese era el segundo beso que compartían pero no quiso esperar otro día de por medio para volver a probar sus labios. Aprisionó sus labios y esta vez profundizó el beso comunicando con el jugueteo coqueto de su lengua con la contraria que necesitaba y quería hacer eso una y otra vez, no se cansaría de morder esos labios, de acariciarlos con los propios mientras sus manos acariciaban la espalda de Greg bajando eventualmente al inicio de sus caderas.

─Hola Stu─ dijo Greg cuando tuvieron que separarse por la falta de aire y el rumbo pasional que estaba tomando la situación.

─Hola Greggie─ Stuart sonrió sin soltarlo, disfrutaba tener el cuerpo del hombre cerca, su calor, su aroma. No quería ir demasiado rápido, tampoco quería hacerlo de esa manera pero le era imposible controlar el deseo que le provocaba tenerlo tan cerca sabiéndose su casi pareja. Y no es que no hubieran oficializado nada, eran novios apenas esa mañana y aunque era una gran noticia para Stuart faltaba algo y ese algo estaba ligado al hecho que su petición no fue nada romántica, pero aún estaba tiempo de remediarlo.

─¿Qué tal el parque?─ Greg preguntó sin siquiera molestarse en alejarse, le gustaba esa cercanía.

─Comió un perrito caliente y jugó con Totto hasta que los dos no podían ponerse en pie.

─Eres de lo peor, ahora no querrá cenar─ suspiró fingiendo molestia, como única respuesta recibió otro beso.

─Hablando de la cena. ¿Me permite cocinar esta noche para usted?─ dijo esperando que su plan funcionara. Pensaba proponerle a él y a Evan esa noche que lo aceptaran oficialmente en su familia. Debía admitirlo, era un romántico chapado a la antigua.

─No se diga más, pero también debes lavar los platos─ de pronto aquella conversación era el vivo reflejo de su vida cotidiana desde hace tantos años con la diferencia que ahora estaban tan cerca. En realidad hace mucho estaban juntos.

─Hecho, ahora ¿puedo seguir besándote? No hay congreso así que puedo tomarme mi tiempo para explorarte─ no esperó respuesta, lo volvió a atraer a sí y sus labios se unieron, besos, mordiscos y de pronto estaban en uno de los sofás comiéndose a besos, Greg se hallaba atrapado entre el cuerpo de Stuart y los cojines del sofá, pronto las manos de ambos estaban explorando el cuerpo del otro, y los labios del rubio estaban mordiendo la piel acanelada del cuello de Greg, arrancando gemidos que ahogaba con los labios apretados. Las manos traviesas del rubio acariciaron las caderas de Greg haciendo que el castaño jadeara dispuesto a dejarse llevar, ambos estaban por ceder cuando los teléfonos móviles sonaron, solo podía ser del hospital.

Ambos maldijeron por lo bajo obligándose a contestar, aún en esa posición tan íntima y con la respiración entre cortada atendieron. A cada uno se le informó que estaban invitados a la gala de la fundación “Niños del mundo” con la que trabajaron recientemente, sería la próxima semana. Aceptaron inmediatamente y cortaron la comunicación.

─Quizás deba empezar con la cena─ dijo Stuart separándose de Greg buscando toda su cordura para no volver a atraparlo con su cuerpo, esta vez no lo dejaría ir. Pero no era correcto, aunque esos gemidos ahogados fuesen lo más sexy que escuchara nunca.

─Claro─ dijo un muy agitado Greg que aún no salía de su asombro, honestamente se sentía como un maldito virgen, ¡tenía un hijo! Y los niños no nacen de las flores. En tanto tiempo era la primera vez que era tocado así, que era deseado con tanta fuerza, que alguien recorría su piel. El color no se iba de sus mejillas, de no ser por esa llamada ahora mismo… y el color llegó hasta sus orejas, tuvo que tapar su rostro para que Stuart no lo viese.

Su cuerpo aún ardía, esos labios eran todo cuanto pudiera desear, aún sentía las manos acariciando sus caderas, el cuerpo sobre el suyo presionándolo. Necesitaba más de él, pero era cierto que el sofá no era un lugar muy cómodo para estar con alguien. Además Evan despertaría en cualquier momento, definitivamente no era tiempo de tener intimidad.

─¡Papi!─ justo a tiempo la voz de Evan se escuchó, aún estaba adormilado, la siesta no le duró tanto como Greg creyó, así que tras arreglarse la ropa, porque después de cierto encuentro con Stuart no estaba tan presentable, acudió al llamado de su hijo. Evan quería usar las pantuflas del Pato Donald que Stuart le compró la semana pasada y no las veía por ninguna parte. Tras buscar un poco las hallaron en la sala, siendo custodiadas por Totto.

El aroma a comida recién hecha inundaba el apartamento para cuando Greg terminó de bañar a Evan, el niño había preguntado todo el baño si ellos se casarían, apenas iniciaban la relación y lo único que podría fallar sería que el sexo no fuese bueno, de lo contrario todo funcionaba bien. Aunque Greg le dijo que era demasiado pronto para saberlo tenía el presentimiento que sería así. En realidad eso era lo que deseaba, quería una vida normal, una familia…

─La cena está lista─ se oyó la voz de Stuart desde la cocina, también los ladridos de Totto que pedía su ración de filete.

La mesa estaba dispuesta tan elegante como era posible tomando en cuenta que se trataba de una improvisación, el menú relucía. Stuart sabía cocinar demasiado bien y Greg estaba pensando en delegarle la cocina. Evan sonrió al ver como de pronto el comedor de su casa parecía un cuento de hadas, su amiga Natalie le dijo una vez que su papi le hizo una vez una cena especial a su mami y en la mente creativa de Evan supuso que esa cena fue como esa que preparó Stuart.

Amablemente el rubio los acomodó en su sitio y tras servir la cena decidió hablar.

─Greggie, Evan… Yo… yo quiero pedirles algo─ habló nervioso, ambos le veían con curiosidad ─Evan, quiero preguntarte si me dejas ser el novio de tu papi.

El niño casi salta del gusto, era como un sueño, él siempre quiso que Stuart fuera el novio de papá y ahora le estaba pidiendo permiso. Él asintió. ─Si, te dejo pero lo vas a hacer feliz, feliz, feliz y le vas a dar muchos besos, porque aparte de mi nadie le da besos y los besos son buenos, te hacen sentir mejor cuando te duele algo… ─ a diferencia de lo que cualquiera esperaría Stuart no pudo contener las lágrimas. Abrazó al niño que correspondió alegre ante un Greg sonriente. Era la mejor propuesta que pudiese imaginar. No anticipó que Stuart se arrodillaría frente a él y extendería una caja con un anillo a él.

─No es de compromiso, aún es pronto… pero quiero que lo aceptes Como muestra de mi disposición para hacerte feliz cada día de tu vida, lo que quiero decir es que…─ él lo observaba esperando y Stuart no era capaz de pensar con claridad ─Greg Lestrade, ¿quieres ser mi novio?─ dijo por fin.

─Si─ se oyó la voz de Greg, lo atrajo a sí y lo besó, esta vez no fue pasional, el contacto fue tierno, dulce, una caricia. Un beso que atraviesa el alma y deja huella para siempre.

Evan saltó feliz, todos estaban felices. Era el inicio de un nuevo capítulo para la pequeña familia, oficialmente eran tres.

Sin embargo los nuevos capítulos traen designios inesperados y justo en el momento en que ellos se besaban al otro lado de Central Park, en su habitación de hotel Mycroft recibía la llamada de su madre para informarle que debía acudir a un evento junto a ella aprovechando que se hallaba en esa ciudad. La Gala de Los Niños del Mundo, ella era parte de la organización, siempre cuidó de otros niños, menos los suyos. Su padre no iría así que él debía acompañarla. Además era bueno para su imagen. Aunque no lo sería para su corazón.
Capitulo 4 por KittieBatch
Capítulo 4

El frío de Nueva York era diferente al de Londres, en su ciudad se sentía solo pero jamás tan helado y ansioso como lo hacía sentirse esa ciudad, acurrucado en la cama, con la calefacción puesta aún tiritaba de frío. Mycroft no paraba de pensar en aquel hombre del parque y su acompañante, pasaron seis años de completa calma, él no recordaba a su viejo amor, bloqueó su recuerdo y evitó detallar su rostro en la oscuridad. Se lo tragó el olvido. Y aún si logró olvidarlo ¿Por qué ahora lo sentía tan cerca, tan familiar en una ciudad desconocida? Supuso con el tiempo que él estaría en Francia con su familia, podría cruzar la frontera y buscarlo pero su orgullo no se lo permitía. Estaba herido.

Cerca de media noche decidió que le era imposible dormir con aquellos pensamientos, los recuerdos eran demasiado vívidos para su gusto y las fantasías… ¡Maldita sea! ¡Él aún fantaseaba con un final alternativo a su historia! La sociedad lo llamaría “Placer culposo” él diría que seguía siendo un masoquista. Pero ¿qué más podría hacer? Aquel hombre desapareció de su vida sin siquiera explicar nada y él siguió esperando, buscando… Amando.

Su madre le dijo que aquello era lo mejor que le pudo pasar, su amor por él lo volvía débil, estaba distraído de sus sueños. ¿Ya no deseaba servir a Inglaterra? ¿Cambiaría una vida sirviendo a la Reina por un fantasma que se le escurrió de las manos? Él secó las lágrimas que lloraba al exterior y cumplió su destino a perfección. Jamás admitió que de pronto todo se había apagado y la pasión que debería sentir al estar dentro de los servidores de Su Majestad no llegaba a siquiera arrancarle una sonrisa. Sherlock solía burlarse de él por esa falta de emoción, él contestaba que demostrarse animado por ello era de mal gusto en un caballero. Sin embargo en el fondo siempre supo que su hermano menor veía más allá de sus palabras, tenían esa conexión especial que nadie más entendía. Eran ellos contra el viento del este.

Con el tiempo se distanciaron, ambos crecían y evitaban el contacto con el otro, Mycroft se sorprendió al recordar que poco más de un año pasó desde que tuvo contacto alguno con Sherlock. Por sus padres se enteraba de su vida, sabía que la química se le daba de maravilla y la universidad iba bien. Buenas notas, pocas habilidades sociales, no pareja, no amigos. La vida idónea para un Holmes. La soledad eterna.

El reloj marcaba la una de la madrugada y él seguía con la cabeza revuelta, en la oscuridad y el silencio casi podía palpar el cuerpo de su viejo amor junto a él, acurrucado bajo las sábanas. Su aroma, su figura, la calidez exacta, la respiración pausada. Estiró la mano para acariciarlo, sus dedos dieron sobre la suave y cálida piel desnuda, él se removió ante el tacto y giró para ver a Mycroft, no podía creerlo ¡imposible! Sus ojos pardos se perdían en los propios, su rostro adormilado le sonreía.

─¿No puedes dormir?─ esa era su voz, la reconocería en cualquier parte del mundo. Él estaba junto a él, bajo las sábanas podía adivinar con exactitud el cuerpo desnudo, ya no había frío. Nunca lo hubo. La tibieza de él era todo lo que necesitaba.

─No sabes cuánto te amo─ se oyó susurrarle y él volvió a sonreír, esa sonrisa que lo derretía, que ponía a latir su corazón tan rápido que podría sentirse morir. No dudó un momento más y lo atrajo a su cuerpo besando a detalle sus labios, reconociendo su sabor único. Menta. El rozar de su propia piel con la contraria –porque para ese punto supo que también estaba desnudo- lo sorprendió, los pequeños gemidos que escapaban de la garganta del chico lo enloquecían.

Mycroft dejó los labios contrarios para reconocer la piel de su cuello, la repasó con sus labios, mordiendo suave dejando un par de marcas, las manos del castaño lo guiaron a posicionarse sobre él. No dudó en hacerlo. sus besos bajaron hasta dar con sus pezones, a medida que los mordía y besaba los gemidos aumentaban y las caderas contrarias se movían frotándose con su sexo, la fricción le resultó deliciosa, excitante. Llevó uno de sus dedos a la entrada de su amante y apreció su rostro perlado en sudor, con las mejillas ardiendo de deseo y los ojos cristalizados como si de un animal en celo se tratara. No tardó mucho en dilatar aquel espacio que lo contendría segundos después.

Llevó su miembro al cuerpo del chico que gimió tan alto que por un momento creyó que todo el hotel los había escuchado, entró despacio sonriendo ante la sensación de sentirse arropado por el interior de su pareja. Se movió después de unos minutos, un vaivén que aumentaba el ritmo a medida que el castaño exigía más enloquecido de placer llamando el nombre de Mycroft.

Sus cuerpos en sincronía total, hechos para estar juntos y jamás separarse. Mycroft llenándolo por completo, Greg recibiéndole dispuesto a no dejarlo ir. El movimiento cada vez más salvaje y necesitado. Los sonidos de placer que llenaban el recinto.

Mycroft se sintió desfallecer al tocar el punto más alto de placer, llamando el nombre prohibido ─¡Greg!─ su respiración entrecortada, el cuerpo bañado en sudor, el placer recorriendo cada partícula de su ser y ahora, al abrir los ojos. Estaba otra vez solo en aquella enorme cama, en un hotel de una ciudad desconocida. El pantalón del pijama manchado de su semilla y el desconsuelo total. ¡Por un momento él mismo creyó que aquello era real! Pero… resultó que solo fue un sueño.

Mycroft se acurrucó en la cama, no se molestó en revisar el reloj, simplemente enterró la cara en la almohada y lloró.

La tarde siguiente se encontró sentado en la misma banca dónde viera a aquel doctor junto a su hijo. Esperaba que el pequeño apareciera, por extraño que pareciera de pronto sentía simpatía por el niño. Como supuso no tardó mucho en aparecer, esta vez lo acompañaba una mujer de mediana edad, la misma que lo perseguía días antes por Madison Avenue. Lo vio abrigado y con el cachorro jugueteando a su lado mientras le contaba algo a la mujer y ella sonreía complacida.

Los observó un rato fingiendo estar distraído hasta que el cachorro se acercó a olfatearlo y ladró, no supo si lo reconoció o simplemente quiso ladrar, él no entendía mucho de perros.

─Mire señora Peters, yo conozco a ese señor─ dijo el niño entusiasmado yendo a saludar a Mycroft. ─Señor, señor ¿ya no está enfermo?─ el niño sonrió y él sintió como una corriente helada bajaba por su espalda, ese rostro, esa sonrisa. Ahora estaba seguro que ese niño era una copia vívida de su viejo amor.

─Hola pequeño, no, ya no me siento mal─ devolvió la sonrisa ─¿Hoy no vienes con tu padre?

─No, está trabajando, mi papás trabajan mucho. Ellos curan a los niños que se enferman, los curan con iny… inyec… inyeccio-ones, mi papi es muy bueno por eso cura niños─ a medida que el niño se explicaba Mycroft solo se sorprendía. Por lo que entendía, ese niño era hijo de una pareja Alfa/Omega, ambos trabajan en The Sinai Mount Hospital. Al ir todos los días a Central Park vivirían en los alrededores, no, ellos vivían en Madison Avenue. Ambos padres eran pediatras, el niño en cuestión era cuidado por una persona no necesariamente familiar, una vecina. Era hijo único.

“Quiero ser oncólogo o pediatra, tal vez ambas”

La voz de aquel chico lo tomó por sorpresa, se sintió extraño. La fantasía de que el padre de ese niño era aquel chico estudiante de medicina bailó ante sus ojos, sin embargo la desechó inmediatamente. Conocía a uno de los padres, compartía rasgos con el niño, los ojos claros, la piel clara. El sueño de la noche anterior seguramente afectó más su mente de lo que supuso.

─Yo tenía un amigo que también quería curar niños, él estudiaba para volverse el mejor doctor de todos─ sonrió amargo, en años era la primera vez que lo mencionaba en voz alta.

─Su amigo no va a poder porque mis papis son los mejores─ su pequeño pecho se infló de orgullo y Mycroft casi se echa a llorar. Él quería que alguien hablase con tanto orgullo de él como ese niño lo hacía de sus padres.

─Evan vamos a casa, anunciaron una nevada y tu papá va a llegar pronto a casa. Vamos pequeño─ la mujer tomó al niño de la mano y jaló la correa de Totto para indicar que era tiempo de partir.

─¡Adiós señor! ¡Vamos amigo, hoy cocina papi!─ ellos se alejaron y Mycroft solo atinó a despedirse con la mano. Lo vio alejarse y sintió que perdía algo. “Tonterías” se dijo decidió quedarse otros minutos más allí. la ciudad comenzaba a volverse más fría. Apenas eran las cinco.

El turno de Greg había terminado y tras dar un último recorrido para despedirse de sus pacientes y darles las buenas noches fue a donde supo encontraría a Stuart. No se equivocó, lo halló revisando el expediente de un paciente sentado en su cómoda silla. La clínica de su ahora novio era un santuario para niños, juguetes y peluches, láminas de los personajes de películas animadas que estaban de moda. Si él fuese un niño seguramente disfrutaría ir a ese lugar.

─¿Interrumpo?─ dijo al entrar

─Nunca─ una enorme sonrisa se pintó en el rostro del rubio ─¿Terminaste?─ dejó el expediente en el escritorio yendo a su encuentro. El clic del seguro puesto indicó que Greg pensaba en lo mismo que él. Necesitaban un poco de privacidad. La noche anterior estuvieron juntos por primera vez dándose cuenta que no era suficiente, se necesitaban, deseaban.

─¿Tú qué crees?─ Greg sonrió seductor. Sus labios se encontraron en un beso apasionado, lleno de deseo. Las manos desesperadas de ambos despojaron al contrario de cualquier prenda que impidiera que su piel rozara con la propia. Pronto Greg estaba atrapado entre el cuerpo de Stuart y la pequeña cama que usaban en sus noches de turno.

Mordía sus labios para no dejar salir todos los gemidos que subían por su garganta, la noche anterior solo lo dejó más deseoso de recibir a Stuart, necesitaba ser tomado de esa forma tan delicada y salvaje a la vez que el rubio tenía. Los labios en su cuello recorriéndolo lo hicieron gritar, las manos acariciando sus caderas, moviéndolo contra el sexo caliente del rubio, el rozar de ambos cuerpos, Greg no tenía ya memoria de otras caricias, solo esas que necesitaba con demasiada urgencia, tenía hambre de sexo, tenía hambre de amor. Stuart le daba todo eso.

Sus labios volvieron a encontrarse y de pronto cierta intromisión lo hizo tensar cada músculo de su cuerpo relajándose de a poco a medida que sentía el placer aumentar.

─Por favor─ le susurró con los labios hinchados y rojos de besos y mordiscos.

─¿Estás seguro?─ cómo única respuesta Stuart recibió otro beso demandante y exploró el cuerpo de Greg con su miembro, entró lentamente con movimientos suaves que arrancaron jadeos y gemidos en ambos. Greg lo rodeó con sus largas piernas invitándole a moverse, Stuart no dudó.

El ritmo de ambos cuerpos aumentó necesitándose más a cada segundo, los mordiscos y besos cada pedazo de piel presente se harían notar unas horas después en el cuerpo de ambos.

El orgasmo los alcanzó en un grito ahogado, los llenó de placer electrizante, cada parte de su ser se contrajo en deliciosa sincronía dejándolos tocar el cielo tomados de las manos. Lentamente volvió cada alma a su respectivo cuerpo recordándoles que debían ir a casa. Se hacía tarde.

─Deberías mudarte… oficialmente─ dijo Greg abotonando su camisa.

─¿Oficialmente? Creí que ya lo había hecho─ Stuart se echó a reír acomodando su saco, el castaño solo se echó a reír. ─Por otra parte mi apartamento puede ser nuestro nido secreto de amor…

─Creí que dirías eso─ regaló un guiño a su novio terminando de vestirse.

─Espera─ dijo Stuart cuando Greg fue a la puerta para salir ─Tienes algo aquí─ señaló la comisura de sus labios para luego depositar un beso delicado ─Perfecto. Vamos─ y cogiendo sus cosas volvieron a casa dónde Evan los esperaba jugueteando con Totto.

La primera semana de convivencia oficial fue bastante bien tomando en cuenta que tuvieron que explicarle a Evan que Stuart viviría ahora en casa –como si no lo hiciera antes- hacer la mudanza de Stuart, acostumbrarse a las miradas poco discretas de sus vecinos. Y las sonrisas de “lo sabíamos” que les enviaban sus compañeros en el hospital. Para Greg resultó un alivio compartir ciertos quehaceres de la casa con alguien. Hacer las compras en familia, le resultó un concepto agradable y la práctica lo fue aún más. Lo más gracioso de todo fue que… la mayoría de actividades las hacían juntos desde antes.

La gala sería esa noche y desde la tarde Greg estaba nervioso, no quería dejar solo a Evan, la señora Peters lo cuidaría hasta que ellos volvieran y aun así estaba inquieto. Stuart buscó tranquilizarlo diciéndole que volverían tan rápido como fuese posible, el compromiso era meramente social así que podrían volver tras el protocolo. Greg accedió.

La madre de Mycroft llegó ese día por la mañana, hospedándose en el hotel donde harían la gala, él no quiso cambiar de hotel, le gustaba estar cerca de Central Park, había hallado que ser anónimo en esa ciudad resultaba tan fácil que de a poco le comenzaba a agradar. Además solía ir todas las tardes para ver a ese niño, quizás actuara como un enfermo pero observarlo le brindaba un poco de consuelo, no tuvo oportunidad de volver a hablar con él pero sí que lo observó de lejos hace dos días. Esta vez iba de la mano de un hombre castaño a quien no pudo ver el rostro por el gorro y la bufanda, apenas divisó un mechón de su cabello. Asumió que era el otro padre del niño. Le dio un poco de paz saber que ese hombre no se parecía ni de cerca a aquél.

─Conoces el protocolo, muchas personas importantes Mike, sé amable con ellos─ le recordaba su madre desde su habitación mientras él esperaba sentado en la pequeña sala de la Suite en que se hospedaba.

─Madre, te he dicho que no me llames “Mike” mi nombre es Mycroft, respeta el nombre que tú misma me diste─ respondió agrio, tener a su madre tan cerca era un dolor de cabeza. No la soportaba, tampoco a su padre, agradecía que ellos tampoco mostraran interés en visitarlo o en mantener algún tipo de relación medianamente cariñosa con él.

─Cariño, soy tu madre puedo disponer de ti como quiera─ ella respondió con un tono burlesco que logró hervirle la sangre. Recuerda que es tu madre Mycroft se dijo sobando sus sienes.

─Se hace tarde─ escupió con rabia, le urgía salir de allí, pensar tan solo en pasar las siguientes horas en la misma habitación que ella lo asfixiaba.

─¿Y? ¿Cómo luzco?─ la mujer se asomó vestida de pies a cabeza con un elegante vestido azul que revelaba más de lo que una señora de su edad debería. Muy juvenil para ella pero Mycroft no dijo nada, le daba igual. Sabía que llegado el momento la metería a un psiquiátrico junto a su padre. Añoraba ese día.

─Maravillosa─ forzó una sonrisa y ella sonrió superior.

Llegó el momento de bajar al salón, las personas comenzaban a llegar, algunos acompañados otros en solitario, su madre decidió llevarlo directamente con las “Damas” de la asociación, simples viejas con aires de superioridad que coqueteaban descaradamente. El esmoquin que su madre eligió para él lo hacía lucir atractivo, incluso él mismo lo creía. Siempre se juzgó como alguien sin ningún tipo de atractivo, pero ahora estaba allí atrayendo miradas no tan inocentes que le hicieron sentir hermoso.

Greg y Stuart habían quedado atrapados por veinte minutos más de lo previsto en el tráfico, fueron de las últimas personas que arribaron al evento. Al entrar casi todos estaban en sus mesas, un acomodador los guió hasta aquella que les correspondía quedando con el director del hospital y otros colegas. La mayoría personas comprometidas muy en serio con el programa de Niños del Mundo. Una mujer llamada Hilda Rampërski dio la bienvenida a los asistentes, un total de casi doscientas personas. Agradeció su trabajo para con el proyecto, dijo que todos ellos eran importantes para que cada vez los niños tuvieran una mejor calidad de vida, resaltó el trabajo de los médicos que se comprometían con ellos y a los voluntarios que pasaban sus horas ayudando en la recuperación. Habló a las personalidades que hacían donativos al proyecto, exaltando su gran importancia.

Después de quince minutos y muchos “¡ustedes son muy importantes para los niños!” dio inicio la cena. A unas cuantas mesas de donde se hallaban Greg y Stuart, Mycorft peleaba con su salmón. Una cuarentona llevaba toda la noche coqueteando con él y eso comenzaba a molestarlo. Su madre por otra parte parloteaba con sus amigas diciendo que su hijo servía a la corona con honor, de Sherlock no decía nada. Él era el niño problema que apenas entró a Oxford.

Se estaba cansando de ese lugar tan asfixiante, así que para cuando la cena se dio por terminada él respiró aliviado, podría excusarse de un malestar y marcharse a su hotel. Pensaba hacerlo, estaba a punto de abrir la boca cuando alguien discretamente le tocó el hombro.

─¿Señor Holmes?─ al voltear se halló con aquél hombre del parque. Stuart Hill, el pediatra padre del niño idéntico a…

─Señor Hill, un placer volver a verle─ fue honesto en cuanto dijo, se sentía aliviado de encontrar una cara conocida que seguramente nada tenía que ver con su madre.

─El placer es todo mío. Evan me comentó que lo vio mejor en cierta ocasión que volvieron a verse en el parque.

─Oh sí, es un niño encantador. Si no es indiscreción ¿a quién se parece más?

─Definitivamente a su papá, ellos son muy parecidos─ El hombre sonrió orgulloso ante la mención de su pareja, debía amarlo tanto.

─¿Quién es este agradable hombre, hijo?─ su madre decidió interrumpir su conversación repasando curiosa a Stuart.

─Stuart Hill, pediatra del Mount Sinai Hospital, un placer señora Holmes─ él saludó a la mujer que descaradamente sonrió coqueta.

─Nos conocimos en Central Park cuando su hijo se acercó a mi─ explicó tajante el pelirrojo buscando ponerle un alto a su madre.

─¿Cuántos hijos tiene?─ ella no se dio por vencida y volvió a sonreír de esa forma zorruna que asustaba a más de uno.

─Solo Evan, tiene cinco años. Mi pareja y yo estamos muy ocupados en el hospital para pensar en un bebé por el momento. De hecho estoy siendo descortés al no presentar a mi hombre especial.

Mycroft se perdió en cierto punto de la conversación al fijar sus ojos en un hombre joven, cabello castaño, la misma altura, ese trasero… se veía un poco más musculoso. Comenzaba a imaginar cosas, ¿Cómo podría estar Él en esa habitación? Solo con ver a un hombre de espaldas no se podía afirmar que era esta o aquella persona. Se tranquilizó.

─Será un placer conocerlo─ ella sonrió torcido, desilusionada que el hombre estuviera casado y su pareja estuviese en esa misma habitación.

El rubio fue hasta el hombre que Mycroft observaba con detenimiento, pasó lo tomó de la cintura rozando sus caderas por un momento, el otro sonrió y le dio un beso rápido acompañándole hasta donde los Holmes esperaban, Greg iba distraído susurrando palabras que sabía excitarían a Stuart así que no notó quienes lo observaban ni la sombra que se dibujaba en el rostro de Mycroft. La mujer decidió fingir que alguien la llamaba y desapareció.

─Él es mi pareja, Greg Lestrade, mi amor este es el señor Holmes. Creo haberte hablado de él en algún momento─ presentó con cortesía sin soltar la cintura del castaño. Greg elevó la vista y se encontró con el mismo demonio. De todas las personas que jamás deseo volver a ver tenía a ese maldito frente a él.

A Mycroft se le cayó el corazón, estaba pálido, era él. Jamás estuvo equivocado, la única razón porque ese niño era idéntico a Lestrade era porque simple y llanamente era su hijo. Después de seis años, de mucho dolor, de preguntas sin respuestas volvía a verlo. Lucía más maduro, menos inocente. Pero era él.

─Vámonos─ Greg fue quien habló primero, fue casi una súplica a su acompañante que no entendía porque alguien tan amable como su castaño de pronto tenía los ojos chispeantes en odio.

El rubio asintió y lo guió hacia la salida.

Mycroft tardó un par de segundos en procesar aquello, para cuando reaccionó él estaba saliendo del salón, no lo pensó dos veces y fue tras ellos. Se merecía una explicación por parte del hombre que rompió su corazón.

─¡Espera! ¡No vas a huir esta vez!─ Mycroft lo tomó del brazo para evitar que se marchase, Greg luchó por soltarse. Toda la furia guardada por tantos estaba emergiendo.

Stuart había ido por el auto así que Greg tendría que enfrentar solo a Mycroft, en el camino le había susurrado la identidad de ese hombre y el rubio sintió unas ganas terribles de romperle la cara.

─Tu no me das órdenes─ siseó ─No tienes derecho a exigir nada, perdiste cualquier derecho hace seis años.

─¡No digas estupideces! ¡Tú me dejaste sin explicación!─ apretó el agarre con furia

─¡Fuiste tú quién no quiso saber nada de mi cuando te enteraste! ¡No vengas a querer hacerte el bueno ahora! No eres más que basura.

Stuart llegó con el auto en esos momentos, furioso al ver como Greg era agredido por el otro estampó su puño en el rostro del pelirrojo logrando que soltara a Greg. ─Escucha bien, aléjate de Greg y de Evan, no sabes con quién te estás metiendo─ prácticamente rugió al otro que buscaba frenar la hemorragia nasal a causa del golpe ─Ellos ya hicieron su vida sin ti, ahora es mi familia. Lárgate de esta ciudad y no vuelvas.

Tomó a Greg por los hombros y lo guió hasta el auto. Pronto se alejaban del lugar dejando a un Mycroft demasiado confundido y dolorido física y emocionalmente. En un sentido muy masoquista su corazón pareció comenzar a descongelarse y una risa histérica lo atacó. Eso era absurdo. Tan absurdo y aun así… quería volverle a ver.
Capitulo 5 por KittieBatch
Gotas de sangre provenientes de su nariz resbalaban por su rostro y caían por gracia de la gravedad, algunas dejaron su rastro en el elegante traje que portaba y otras salpicaron sus zapatos anteriormente relucientes, pero ¿Importaba? Realmente no, ni el dolor, ni la sangre podrían distraerle de la idea que rondaba su cabeza. Él no solía creer en el destino, tampoco en las almas gemelas, hasta hace dos horas consideraba el amor una distracción innecesaria, una excusa para justificar los instintos de reproducción en las personas. Hubiese jurado que jamás le sucedería, que el haber amado en el pasado fue solo cuestión de su juventud e inexperiencia, pero ahora sentía como todos esos sentimientos resurgían con fuerza devastadora.

Ardían, quemaban… y aun así le gustaban. Estar allí con la nariz rota solo volvía más real la gran distancia que lo separaba de Greg. En seis años no consideró siquiera cómo sería volverle a ver, fantaseaba con los momentos pasados, fantaseaba con un futuro establecido pero el momento exacto en que su reflejo se apreciaba en los ojos de Greg jamás pudo siquiera idealizarlo. Solo existía una explicación para ello. Miedo. Su cuerpo y alma temblaban en miedo, ¿Por qué? No lo sabía. No todavía.

No podría volver dentro sin llamar la atención, tampoco quería enfrentar a su madre así que se limitó a pedir el abrigo y tomar un taxi rumbo al hospital, había uno a dos calles del hotel pero le pareció que su mejor opción sería ir a la emergencia del Mount Sinai Hospital.

Londres
La voz de su padre interrumpía el silencio en que se hallaba la casa, desde su habitación escuchaba como emitía maldiciones y buscaba una solución para aquello que le presentaba la persona del otro lado del teléfono. Sin duda era su madre con quién hablaba, sin duda él sabía que se referían a algo que hicieron en el pasado y afectó a su hermano, Mycroft no era el mismo desde que Lestrade desapareciera, él sabía muy bien que aquella inesperada ruptura lo empujó a complacer el plan de vida que sus padres querían para él. Sherlock no era estúpido, siempre supo que ellos tuvieron qué ver en ello más nunca halló pruebas o algo que los uniera al destino, fuese cual fuera, de Lestrade, nunca lo admitió pero extrañaba a la versión de su hermano que solía sonreír, esa versión que era alimentada por el amor que le brindaba ese joven estudiante de medicina.

“¡¿Cómo es posible?! Ellos no debían volver a encontrarse, fue tu culpa, ¿no tuviste la precaución de revisar la lista de invitados?”

Sherlock detuvo sus pasos silenciosos que hasta el momento lo habían guiado a la habitación de sus padres, apretó los puños y un sentimiento de rabia subió por su cuerpo, justo lo que temía. Ellos estaban más que implicados en que Lestrade dejara a su hermano, su corazón palpitó rápido y tuvo que morder sus labios para no entrar a la habitación y a punta de gritos exigirle a su padre que confesaran a Mycroft la verdad de sus actos.

“¿Dónde está él? ¿Estaba con otro médico? ¿Llevaban anillos idénticos? ¿Estás segura que se casó? ¿El niño estaba con ellos?”

Su padre preguntaba demasiado, palabras atropelladas por la velocidad de la conversación y Sherlock seguía de pie, en silencio escuchando hasta el más mínimo detalle. ¿Cómo es posible que Lestrade esté casado? Decía amar a su hermano, ¿tiene hijos? ¿Cómo es que sus padres lo saben? ¿Por qué lo saben? Decidió escuchar hasta el final y no poner sobre aviso a Mycroft hasta tener el enigma resuelto. Para eso necesitaría a John Watson, el estudiante de medicina que participaba en ese proyecto de asesoramiento internacional.

Media hora de espera en el pasillo le bastaron para saber que algo muy oscuro se avecinaba para su familia, destapar ese secreto les costaría algo más que una pelea. Los pasos de su padre acercándose a la puerta le avisaron que era tiempo de volver a su habitación y establecer un plan, lo primero sería enviar un mensaje a ese rubio de la universidad, inventaría cualquier excusa para hacer que lo ayudara.

SMS

Watson, ¿Qué sabes del programa de asesoramiento internacional?
SH

Era todo lo que necesitaba enviarle al chico, sabía de sobra que estaba implicado en todo el proyecto, él mismo asesoró a un par de estudiantes de Indianápolis, resultó ser una pérdida de tiempo pero le bastó para conocer la forma en que daría con Lestrade. Nunca lo consideró y menos le interesó hasta ese día. Él creía que Mycroft ya no tenía oportunidad de cambiar pero el confirmar que sus padres arruinaron en cierta forma la vida de su hermano le molestaba, muy en el fondo amaba a su hermano, lo amaba como lo hizo cuando era pequeño y jugaban todo el tiempo, lo amaba tanto o más que cuando le consoló ante la pérdida de Readbeard. Hermanos, un lazo tan fuerte que los llevó a cuidarse del mundo, incluso de sus padres.

Sherlock recordaba la primera vez que vio en Mycroft ese brillo especial, algo que jamás creyó ver en él, fue una tarde, tras su regreso de Charing Cross, un leve aroma a una colonia que no le pertenecía le advirtió que estaba ante un acontecimiento magnifico. Alguien causó un efecto poderoso en el pelirrojo, la bufanda en su cuello no le pertenecía, claramente era de otro chico, uno con un gusto peculiar al fijarse en su hermano.

─¿Quién es?─ había interrogado Sherlock en aquel momento y Mycroft simplemente negó con la cabeza y calló, sin embargo en sus labios se dibujó una sonrisa, entonces supo que las personas tenían formas diferentes de sonreír al pensar en momentos especiales, cómo su hermano que se dejaba emocionar por ese alguien a quién pertenecía esa bufanda ─No es tuya─ señaló su cuello donde descansaba esa prenda prestada y otra vez solo recibió un gesto negativo.

Lestrade le pareció una persona fiable desde el momento en que le vio alimentando palomas en uno de los tantos parques de Londres, su carácter difería tanto de Mycroft que llevó a que Sherlock se cuestionara cómo dos personas tan diferentes parecían complementarse tan bien. El joven que conoció era extrovertido, solía sonreír en todo momento y se aventuraba en cada ocasión posible, tenía la capacidad innata de atraer la simpatía de las personas, en todos los sentidos Lestrade era diferente a ellos, especial. No tenía prejuicios, aceptaba la vida tal como llegaba y su única filosofía era ser feliz. Sin pretensiones de nada claramente tenía un gusto por ayudar a las personas, la sensibilidad de sintonizarse con las emociones más puras del ser humano y la habilidad para mejorar todo a su paso.

El sonido de un nuevo mensaje de texto lo devolvió a la realidad, era Watson quién respondía.

SMS

¿Sabes qué hora es? ¿Conoces WhatsApp? ¿Qué quieres saber del programa?

John

Inevitablemente una sonrisa se formó en los labios de Sherlock, el rubio resultaba ser una distracción útil, en silencio asintió y abrió esa aplicación que Watson descargara una par de días atrás en su teléfono. Abrió la conversación y resumió en pocas palabras su objetivo.

Quiero saber todo del programa.

Pronto llegó la explicación del rubio adjuntando una cara con cierta expresión que Sherlock dedujo se trataba de molestia.

>Es simple, es una red de estudiantes y algunos profesionales que se ayudan entre sí, cosas como asesoramientos e incluso recomendaciones son los beneficios de ello, en mi caso recibo ayuda de residentes de otros países, sin embargo la persona con la que hice el primer contacto es una residente de Nueva York. ¿Quieres ayuda con alguna de tus investigaciones?

En Realidad no diría eso, para ser honesto quiero saber si existe una base< de datos o algo parecido de quienes usan esa red, y si puedo hallar a alguien específicamente o todo se trata de asignaciones al azar

>El programa funciona como lo haría Facebook, entras a la plataforma y buscas entre quienes están allí a alguien que pueda cumplir con el perfil que necesitas, es como tener un tutor, cuando eres de grados inferiores como yo casi siempre te asignan al primer contacto y después es cosa tuya. ¿Te vas a unir?

Lo consideraré<

>Esta es la dirección si planeas unirte, eres químico pero también puedes acceder a la plataforma para medicina. www.internationalstudents.org

Me será útil Watson<

>Un gracias no estaría mal… y ¡deja de hacer preguntas a las cuatro de la madrugada! Algunos necesitamos dormir

Sherlock no respondió al último mensaje, decidió ir directamente a la página que Watson le diera, tan pronto abrió el buscador tuvo un vago presentimiento que algo irreparable vendría con la investigación que se proponía hacer. Dedicó un minuto para conocer el sitio y lo que ofrecía, tal como dijo el rubio su método era muy parecido a Facebook al momento de contactar a alguien, él había participado del programa pero en circunstancias poco ortodoxas, nunca conoció la plataforma en sí, recibió todo por su dirección de correo electrónico, leyó el blog de la investigación más nunca se interesó por el sitio.

Pronto halló una lista con estudiantes de todo el mundo, algunos con el agregado de poder asesorar, en una lista parecida estaban los datos de personas en el campo de acción que prestaban su asesoramiento. Por curiosidad revisó aquella lista, inició con Inglaterra y no halló a Lestrade, Escocia, Irlanda y Francia tampoco le ofrecieron datos sobre el hombre. Un instante dudó que aquél fuese el camino correcto para encontrarlo ¿y sí no estaba involucrado en ese tipo de programas? Sin embargo Sherlock tenía la creencia que aún conservaba esa actitud humanitaria. De ser así claramente formaría parte de ello.

Revisó cada lista de Europa y no halló nada, entonces consideró América, inició con Canadá y tampoco pudo encontrar nada, sin embargo al pasar la mirada por Estados Unidos sus ojos hallaron el nombre que buscaba.

Dr. Greg Lestrade, especialista en Pediatría y Neonatología.
Egresado con honores de la Universidad de Columbia, Nueva York
Sitio de trabajo: Mount Sinai Hospital, Nueva York
¿Desea contactarlo?

Los ojos de Sherlock chispearon de gusto ante la información, sin pensarlo mucho movió el cursor y desplazó el formulario para contactarlo, rellenó los espacios requeridos con la información de Watson, sabía que Lestrade no se contactaría con un Holmes así que el rubio era la mejor opción, después se ocuparía del posible enojo de Watson al verse involucrado en ello. Un momento de espera y un mensaje diciendo que su solicitud fue exitosa, Sherlock tenía una inexplicable sonrisa bailando en su rostro que se disolvió lentamente, a medida que pensaba en qué haría después.

Sin darse cuenta se quedó dormido pensando y recordando los buenos tiempos, Mycroft y él eran muy unidos en la infancia, aún más cuando Sherrinford murió, Sherlock jamás olvidaría ese día y el dolor que sintió al ver como su hermano era desconectado a petición de sus padres, una razón de tantas para odiar a esos dos extraños que se hacían llamar padres, ese día solo Mycroft entendió lo que sentía, vio en sus ojos el mismo dolor y juntos se brindaron apoyo en los días caóticos que se desataron, a escondidas solían llorar por la pérdida pues frente a todos no eran bien recibidos los sentimentalismos.

Su teléfono sonando logró sacarlo de las pesadillas y traerlo a la tierra de la horrorosa realidad, quién llamaba no era otro que Watson, seguramente se habría enterado ya de la solicitud a su nombre que enviara para contactarse con Lestrade.

─¡¿Por qué quiero contactar con el Dr. Lestrade de Nueva York otra vez?!─ rugió tan pronto Sherlock contestó.

─Lo puedo explicar… espera ¿otra vez?─ Sherlock parpadeó sintiéndose un estúpido, así que Watson conocía a Lestrade ¿cómo no se le ocurrió?

─Sherlock, ¿qué demonios te pasa?─ se podía escuchar cuan molesto se hallaba el rubio gracias a lo entrecortado de su respirar. Quizás no fue buena idea involucrarlo sin avisar.

─¿Quieres… ir a desayunar?─ ahora tendría que explicar todo el asunto al chico y quizás disculparse… pero Sherlock jamás pedía disculpas, nunca hacía nada inapropiado, aunque si el rubio no lo ayudaba podría perder su vía rápida al Santo Grial.

─Sherlock Holmes eres un…! En Speedy’s en una hora y espero una explicación.

─Gracias─ la llamada se cortó y apenas tuvo tiempo para darse un baño rápido y salir corriendo hacia el restaurante familiar que tanto agradaba al chico, no entendía por qué siempre se empeñaba en ir allí si no quedaba cerca de su casa, resignado dejó el enigma para otra ocasión y pensó en cómo obtener la información que tanto necesitaba, algo de ¿coqueteo? Negó asombrado de aquel pensamiento tan poco común, no es que no usara esa clase de trucos con las personas pero en general eran mujeres, y solo Watson le inspiraba molestarlo con algo de contacto visual insinuante.

Llegó pronto al restaurante y pidió dos cafés y un trozo de pastel de hojaldre, el favorito del rubio, esperó unos minutos hasta que John entró buscándole con la mirada, traía el rostro rojo por el frío de febrero y la respiración agitada por haber corrido, supuso que habría tomado el tren. Saludó con la mano innecesariamente pues Watson ya lo había visto y caminaba hacia él con la molestia pintada en el rostro.

─Te saludaría pero creo que necesito esa explicación para ser cortés nuevamente─ soltó bastante malhumorado y Sherlock no pudo recriminar nada pues la razón respaldaba el malestar de Watson.

─Watson, puedo explicarlo─ se oyó tartamudear y el rubio pareció divertirse con ello pues una pequeña risilla se escapó de los labios que dos segundos antes se fruncían de enojo.

─Te escucho─ el rubio dobló la bufanda que ahora estorbaba y tomó asiento, también el grueso abrigo desapareció y se dedicó a esperar que el moreno inventara una excusa.

─Conozco a Lestrade, salió con Mycroft hace tiempo y necesito encontrarlo por el bien de mi hermano─ John parpadeó confundido, honestamente esperaba cualquier cosa menos una respuesta verdadera.

─¿Estás seguro que es el mismo hombre que buscas?

─Si lo conoces podrás corregirme: Es inglés, tiene menos de treinta años, se transfirió a Estados Unidos para terminar sus estudios. Es pediatra y uno de los mejores.

─Quizás sí sea el que buscas… aun así, a menos que tu hermano sea el padre de su hijo no creo que lo beneficie mucho ponerse en contacto con él.─ Watson se encogió de hombros guardando silencio ante la llegada de los cafés y el trozo de pastel que atacó sin siquiera preguntar, no vio el impacto de sus últimas palabras en el otro hasta pasados unos minutos en que no le oyó decir nada. ─¿Qué pasa? ¿Dije algo malo?

─¿Tiene un hijo? ¿De qué edad?

─Cuatro o cinco años, no recuerdo… ¿Me explicas qué demonios te pasa?

─Watson, Lestrade desapareció hace tiempo, se fue sin despedirse, nunca supimos de él y tu me dices que tiene un hijo… ¡Todo tiene sentido!

─Sigo sin entender…

─Mis padres… ellos… ¿Puedes obtener más información de él? ¿Dónde vive, qué hace, si sale con alguien?

─Puedo hablar con la residente que me asesora, ella hace la residencia en el mismo hospital en donde él trabaja, así lo conocí… ¿Por qué es tan importante ahora? Si se fue tuvo que tener sus razones ¿no?

─Watson, eres tan inocente… ¡él no se fue!

─Pero acabas de decir que…

─Sé lo que dije, contacta a la residente.

─No puedo, la Dra. Black no me atenderá por dos cosas, en Nueva York está amaneciendo y está de turno. Tendrás que esperar, además no sé si quiero involucrarme en esto, tengo el vago presentimiento que no es conveniente, es un asunto de tu hermano Sherlock, no deberías entrometerte.

─John… debo entrometerme, y tú tienes qué ayudarme

─¿Por qué?

─Confío en ti…

─Bien, pero me debes una.

Nueva York, el día anterior

Stuart conocía los detalles de la historia de Greg con el padre de Evan, en esa semana de reciente relación amorosa ambos tuvieron ataques de honestidad y en una noche desmadejaron la historia personal del otro. Ahora que los pequeños espacios de incertidumbre fueron llenados la sangre le hervía aún más pues realmente ese hombre no se merecía siquiera estar en la misma ciudad que Greg.

─Debí golpearlo más fuerte─ decía paseándose furioso por la sala de su apartamento, decidieron ir allí para que Evan no se asustara al ver lo alterados que se hallaban.

─¿Por qué está aquí?─ murmuraba Greg incapaz de sentir nada en ese momento, tan solo llegar se había sentado en uno de los sillones de la sala y no se movió de allí, estaba en shock.

Eran años los que pasaron desde la última vez que se vieron y aunque al inicio fantaseaba con la esperanza de que un día Mycroft llamara a su puerta diciendo cuanto lo amaba y al hijo que tendrían, proponiendo estar juntos para siempre. Ahora ya no lo hacía, al tener por primera vez a su bebé en brazos y verse solo en un hospital entendió que aferrarse a la esperanza de creer en el amor de Mycroft era un error y dejó de gastar fuerzas en esperar un milagro, era claro que el chico que le juraba amor no existía, llegó a convencerse que lo idealizó y la relación no era tan buena como quería recordar.

¿Qué hacer? ¿Huir? ¿Dar la cara? Su vida y la de Evan estaban en Nueva York, además no era seguro que Mycroft quisiera tener contacto con él. No permitiría que viera a su hijo, no tenía ningún derecho sobre Evan, menos ahora que Stuart era en cierto modo el padre oficialmente de su hijo, no confundiría a su niño con esas preocupaciones, Mycroft tendría que regresar por donde llegó si osaba molestar a su familia.

─Greg, ¿vas a estar bien?─ Stuart lo sacó del trance al acariciar su espalda.

─Lo estaré, tengo una buena vida ahora Stu, mi hijo y tú son las únicas dos cosas realmente importantes en mi vida y si él quiere entrometerse se va a dar con una pared─ buscó sonreír al hombre que le veía temeroso.

─No te dejaré solo, protegeremos a Evan. Ese hombre no se va a acercar a nuestro hijo, ustedes son míos─ el rubio tomó en un abrazo posesivo al hombre, la cercanía tuvo el maravilloso efecto de devolverles la tranquilidad.

Poco tardaron en volver a casa, al llegar Evan aún estaba despierto y la señora Peters estaba dormida frente al televisor, en la pantalla un programa de concursos festejaba a los ganadores de esa semana. El niño saltó a los brazos de ambos emocionado, para el pequeño aquella semana fue un sueño, por fin tenía la familia que tanto deseó, su papá salía con Stuart y eso le daba la libertad de presentarlo como su padre, los tomaba a ambos de la mano en la calle y cuando hacían la compra los veía discutir sobre qué cereal debían llevar o quién iría a la reunión de padres y quién haría las galletas para los niños necesitados.

─Hola mi amor, ¿aún despierto?─ Greg depositó en beso en la frente del niño observando de reojo el reloj de la sala, dos minutos para la media noche, era demasiado tarde.

─No puedo dormir, quiero que papá me cuente un cuento─ Evan dibujó un puchero buscando convencer a Stuart que asintió en silencio.

─Pero solo uno ¿Si? Vamos a dormir pequeño… dale las buenas noches a tu papi─ Stuart lo tomó en brazos y el niño aprovechó para darle un beso a Greg y tras murmurar “buenas noches papi” se dejó llevar por el rubio a su habitación donde tras un cuento se quedaría profundamente dormido hasta tarde.

La señora Peters reaccionó tras varios intentos de despertarla por parte de Greg, se disculpó y tras recibir su paga volvió a su casa, el castaño se dejó caer exhausto en el sillón, suspiró buscando alejar cualquier pensamiento que lo llevara hacia su ex y decidió ir a la cama, también estaba agotado.

En la emergencia del hospital Mycroft era atendido, su nariz no tenía mayores daños, para su suerte no estaba rota, un par de analgésicos le ayudarían a pasar el mal trago, mientras esperaba que el médico volviera con las radiografías escuchó el cotilleo que un par de enfermeras comentaban. Al inicio no le dio mayor importancia pero de pronto cierto apellido saltó en la conversación que lo puso alerta.

─¿Hace cuánto están juntos?

─Hace mucho, llevo cuatro años aquí y ellos ya estaban juntos, Evan tiene cinco años así que deben tener casi ese mismo tiempo de relación…

─Me dan envidia, siempre juntos…

─El Dr. Hill no tiene ojos para nadie más, escuché que Tom una vez quiso intentar algo con él y no le dio oportunidad, le dijo que no estaba interesado, claro que Tom es guapo pero no se compara con el Dr. Lestrade

─Yo quiero una familia como la de ellos, los vi en el parque el otro día. Se veían felices.

“Greg es feliz con ese hombre” se dijo, escuchar aquella vana conversación le erizó la piel, estaba seguro que aquello era cierto, los segundos en que lo observó sin saber su identidad supo que ellos tenían una conexión muy fuerte, era tan obvio ahora, un hijo es una gran conexión, Evan era hijo de Greg y ese hombre. Por mucho que deseara recuperarlo era claro que sería poco más que imposible pues su vida estaba hecha, una carrera, una familia… justo como lo imaginó. Sin las ataduras que implicaba ser su pareja Greg pudo lograr todo lo que quería y seguramente hasta más.

Suspiró agotado de tanto pasado y presente revueltos, el médico volvió con sus resultados notificándole que debía descansar y tomar los analgésicos cada ocho horas, la hinchazón bajaría pero poner una bolsa de hielo ayudaría a que el proceso fuese más rápido. Le dejó una cita para el siguiente día y le dio de alta. No había más qué hacer por su nariz, salió del lugar y tras tomar un taxi al hotel sus pensamientos volvieron, seis años de recordarlo y ahora que le veía a ver se sentía un idiota por no reconocerlo aquella vez en el parque.

En esa ocasión el abrigo grueso lo engañó pues en nada dejaba verse la silueta de su cuerpo, tampoco tuvo oportunidad de verle el rostro o escuchar su voz. Pero esa noche lo había observado a la distancia y con detenimiento identificó los cambios, sus caderas eran ligeramente más anchas, unos centímetros más alto, sus movimientos mucho más refinados, su piel más pálida y el anillo en su mano. Y si eso era poco el agregado final, un esposo que lo presumía, tal y como Mycroft supuso cuando conoció a Stuart Hill en Central Park, todo cuanto creyó era verdad.

Se sentía miserable, él quería justo lo que Stuart Hill tenía, a Greg y un hijo con él, la felicidad de saberse amado y amarle, la vida cotidiana en familia y los momentos en pareja… “Merezco un cierre” se dijo proponiéndose buscar a Greg, necesitaba una explicación para poder seguir adelante, no se creía capaz de amar a nadie más pero con una explicación razonable de su abandono y sabiendo que Greg se hallaba en una situación mucho mejor que cualquiera que él pudiera ofrecerle la vida sería más llevadera. “Mañana lo buscaré” bostezó y tras ponerse el pijama se dejó vencer por el sueño teniendo el firme propósito de hablar al día siguiente con su ex para cerrar ese círculo. Lo que no imaginaba era que sus padres en ese preciso momento intentaban por todos los medios lograr que Greg volviera a desaparecer, si ellos lograban tener una conversación normal todo saldría a relucir, el trato, el engaño y lo más importante… la existencia de un hijo entre ambos.
Esta historia está almacenada en http://www.slasheaven.com/viewstory.php?sid=46099