COMIDA PARA EL ALMA por capandres
Resumen: Armin tiene fascinación por la carne humana. Bend desde niño sueña que alguien pruebe su carne. Una relación más que clara y evidente. BASADA EN HECHOS REALES.
Categorías: Originales, Biografica Personajes: Ninguno
Géneros: Drama, Horror, Tragedia
Advertencias: Otras, Parafilias, Sadomasoquismo, Tortura, Violencia
Desafíos: Ninguno
Series: Ninguno
Capítulos: 1 Completo:Palabras: 2254 Lecturas: 347 Publicado: 05/11/13 Actualizado: 05/11/13
Notas de la historia:
El relato nace de la convocatoria que Van Krausser denominó Monstruos entre nosotros. En celebración de Halloween y reminiscencia a la colección Homoérotica y de Alexandria JZMC.

1. 1 por capandres

1 por capandres
Notas del autor:
El relato nace de la convocatoria que Van Krausser denominó Monstruos entre nosotros. En celebración de Halloween y reminiscencia a la colección Homoérotica y de Alexandria JZMC.
I



El bullicio de la estación de trenes no les dio la intimidad que ellos esperaban. Habían hablado en un pequeño local cercano, por horas, aunque a Armin le parecieron segundos. Aquella famosa frase de la relatividad del tiempo de Einstein le vino a la cabeza.

–¿Será así?–. Preguntó él.
–Es posible. De hecho muy probable –. Sonrió el otro hombre.

Ahora, allí de pie en la estación sólo intercambiaban sonrisas cómplices. Una mujer alta y rubia, infundida en un largo vestido negro, no pudo dejar de pensar, “maricones”, al verlos. Y quizás el instinto o las precauciones para alguien que se denominaba a sí mismo bisexual, hizo que Bernd se alejara un poco y tomara asiento en una de las sillas de la estación. Desde aquella perspectiva Armin veía los reflejos del ocaso en las lentes de aquel hombre. Luego, tras un instante de duda, se sentó junto a él. Aunque su mirada se hallaba enfocada en el atardecer.

–¿Sí tengo esperanza?–. Preguntó con cierta inquietud.
–Eres muy simpático, ¿lo sabías?–. Respondió el hombre acomodando la moldura de sus lentes–. Tendrás que darme algo primero, después seré todo tuyo.

Armin, o Ar, como su madre solía llamarlo, tuvo un recuerdo fugaz, de aquel chico que le había gustado cuando iba a la escuela. Y recordó la sensación de rechazo y frustración, cuando tras citarlo después de clase para hablarle, le había golpeado. Aquel ojo morado y su recuerdo le ocasionaron eventualmente erecciones, y la violencia se convirtió en el impulso de sus orgasmos. Y ahora frente a él, había un hombre que por iniciativa propia quería hacerle cumplir su más grande sueño.

–Lo que quieras. Te complaceré de la manera que desees.

El hombre lo observó con el rostro ruborizado, pero Armin no apartó su mirada del atardecer.

–Te llamaré más pronto de lo que crees.

Ésta vez intercambiaron miradas y se sonrieron. Sus azules ojos se encontraron con los oscuros de Bernd. Aquella chispa permaneció suspendida en el aire hasta que el tren con rumbo a Berlín se aproximó a la estación.

Sonrientes se levantaron y se dieron un largo abrazo. Bernd apretaba con mucho más fuerza que Armin, y no se quiso separar de el hasta que los dos silvatazos de aviso del tren lo obligaron a hacerlo.


II



De alguna manera, Armin ahora sentía mucha más soledad en su hogar que de costumbre. El único alivio que tenía desde que había terminado de reformar su vivienda era sentarse desnudo frente a la computadora y navegar por la red. Solía visitar siempre los mismos sitios esperando encontrar nuevas fotografías, charlar en línea con desconocidos y pasearse por los foros de rotten.org y canibal-café.com. Cuando encontraba una imagen interesante se masturbaba. De hecho, por sus particulares gustos había desarrollado ciertas habilidades informáticas, logrando hallar páginas con ip´s falsas, y adentrándose en terrenos no indexados de la red. Allí solía encontrar todo tipo de gente, y algunas extrañas veces, a otros como él.

Aquella noche, después de haber visto la foto de una mujer que había caído sobre los raíles de un tren y haberse complacido con ellas, se dedico a buscar por los foros y revisar su correo en busca de aquel hombre que le había despertado aquellos instintos que había reprimido durante toda su vida, pero no recibió respuesta. Ni la recibiría durante un par de semana.

Mientras esperaba por la respuesta de Bernd, trataba de seguir con su vida diaria, y muchas veces se encontraba con cosas que dirigían sus pensamientos hacía él. Aquella vez era la biografía de Albert Fish, el vampiro de Blooklyn.

A su regreso a Nueva York robó a dos chicos uno de 7 y uno de 11 años de edad. Los llevó a su casa los despojó y desnudó y los ató a un armario. Varias veces cada día y cada noche los azotó y torturó para hacer su carne buena y tierna.

Armin se tocaba mientras paseaba la lengua por sus labios. Aquellas descripciones tan específicas lo excitaban, aunque no le gustaba del todo que aquellos fuesen niños y que se hubiera hecho todo aquello contra su voluntad.

Primero mató al chico de 11 años de edad porque tenía el trasero más gordo y por supuesto una mayor cantidad de carne en él. Fue asado en el horno, hervido, frito y estofado.

Aquella imagen mental lo sacó de su cama y le hizo prender la computadora buscando algo más que ver. Y allí estaba el mensaje de Bernd. Quería verlo. Quería tener una conversación mucho más privada con él. Aquel mensaje le dio una paz que pocas veces había sentido antes. Se acercaba cada vez más su momento de disfrutar de aquellos placeres y poner en práctica ciertas recetas culinarias de Albert Fish.

Hice un estofado con sus orejas y nariz, pedazos de su cara y el vientre. Puse cebollas, zanahorias, nabos, apio, sal y pimienta. Entonces partí su trasero corté pene y testículos y los lavé primero. Puse tiras de tocino en cada nalga y las puse en el horno. Entonces escogí 4 cebollas y cuando la carne había asado cerca de 1/4 de hora, vertí un poco de agua para la salsa de la carne y puse las cebollas. A intervalos frecuentes rocié su trasero con una cuchara de madera. Así la carne sería agradable y jugosa.


III



Un sonido sordo y un gemido retumbaban a un ritmo acompasado en el hogar de Armin. Bernd se hallaba atado a una mesa de una manera muy incómoda, mientras Armin con una erección más que evidente, seguía golpeándolo con una gran tabla de madera, tapizada de cuero y con las orillas llenas de taches de metal. El trasero de Bernd sangraba pero seguía pidiendo por más, haciendo que la violencia y ansia de Armin se viera desatada. Empezó a lamer la sangre y a esparcirla por su rostro mientras gemía. Luego, en un arranque de adrenalina le mordió y arrancó un trozo, haciendo que Bernd gritara de dolor y placer.

Ya totalmente desatado, Armin tomo un látigo y empezó a azotarlo con furia. Cuando la sangre manaba de su espalda finalmente le violó con rabia y violencia. Aquel juego que duró un par de horas, los dejó a ambos exhaustos y cubiertos de sangre y sudor.

Aquel fin de semana se convirtieron en los mejores de sus vidas. Consumieron alcohol y permanecieron desnudos teniendo sexo e infringiéndose dolor cada vez que lo querían. Era su versión de la luna de miel después de una boda.

Hablaron largamente sobre sus deseos.

Armin tenía ganas de probar carne humana y Bernd siempre había tenido la fantasía de que un hombre lo consumiera. Quería ser parte de él, pues quizás de esta manera nunca volvería a sentirse sólo. Era una idea que se había hecho recurrente después de haber visto siendo niño, una escena donde un cerdo había encontrado un hombre muerto y le había devorado medio rostro. Aquella idea de consumir y ser consumido le dio un nuevo rumbo a su vida. El hombre era un animal y podía ser alimento para otros hombres. Era en realidad una idea muy sencilla, pero quizás no muchos la entenderían.

Cuando una vez más se hallaban en la estación de Rotemburg, Armin maldijo la relatividad del tiempo. Nunca podría olvidar aquellos dos días, los cuales quizás serían superados en el momento en que finalmente pudiese probar la carne humana. La carne de aquel hombre de ojos oscuros. Bernd junto a él, lastimado pero sin quejarse, le sonreía abiertamente, y le miraba de la misma manera que se puede ver a un enamorado.

–No quiero que te vayas–. Soltó Armin para su sorpresa.
–No quiero irme, pero debo–. Bernd no le miraba a los ojos se hallaba perdido en sus propias cavilaciones.

Un silencio permaneció en el ambiente.

–Cuando estés listo espero que me llames. Yo estaré aquí para cumplir con tus fantasías.

Bernd lo escuchó en silencio. No pudo decir nada. Su mente estaba muy lejos de allí, recreando la imagen de un rostro a medio comer.


IV



–Ven por mí, haremos este viaje juntos.

Armin quedó sentado en su cama. Una erección se insinuaba bajo su pijama.

Tomo su auto, un chevrolet del 95 y se dirigió a la dirección que le había dado Bernd. No podía creerlo, iban a hacerlo. No habían pasado unas horas desde que lo había visto alejarse en el tren hacía berlín y allí estaba de nuevo. Aquel era definitivamente el mejor fin de semana de toda su existencia.

Poco antes de llegar a la dirección, se detuvo en un autoservicio donde compró varias botellas de Schnapps,1 calmantes y pastillas para dormir. Si bien era un caníbal rumbo a cumplir su ritual, no era un animal. Quería que Bernd sufriera el menor dolor posible.

Durante el trayecto de vuelta, intercambiaron pocas palabras. Bernd sólo se dedicó a beber como si no hubiese un mañana. Y era verdad. Quizás ya no vería otro amanecer.

–Tengo una cámara. Quiero tener algo con lo cual poder recordarte durante el resto de mi vida–. Admitió Armin con total sinceridad.
–Como tu quieras. Sólo quiero que por una última vez me hagas tuyo–. Bernd se sonrojó bajo sus lentes, y le entregó una carta de su puño y letra explicando si fuese necesario, que su muerte e ingesta era totalmente voluntaria. Pero el alcohol pronto opacó aquel pensamiento.

Ni bien entraron en la casa, los hombres se besaron y pronto Armin penetró a Bernd, aunque lo hizo con una delicadeza que le hizo dudar sobre su sexualidad. Quizás sólo debía conocer al indicado, quizás el género no importaba tanto.

Luego bebieron mucho.

–Quiero que me lo cortes, quiero ver como te lo comes–. Bernd sacudía su pene que poco a poco se endurecía. –Quiero que lo compartamos.

Armin sonrió. Aquel gesto le pareció tierno. Sacó un frasco de analgésicos e hizo que se tragara un montó de pastillas rápidamente.

–Cuando estés sedado será más placentero para ambos–. Le sonrió.

Un cuchillo de cocina hizo finalmente aquel trabajo. Armín le cortó de un tajo el miembros a Bernd, mientras éste se reía y lo instaba a que lo olfateara y lo probara con la lengua.

–Tengo que aderezarlo primero–. Le contestó Armin, antes de darle un tierno beso en los labios.

En la cocina puso en práctica los consejo de Albert Fish. Puso el miembro en una cacerola y la llenó de aceite de oliva y luego agregó vino, la dejó asar unos minutos y luego la puso en un pan donde la aderezó con algo de sal, pimienta y ajo.

Cuando volvió junto a Bernd, se hallaba tendido en el suelo, desangrándose poco a poco, y cargándole, lo llevó al cuarto que tiempo atrás había construido y amueblado para la ocasión. La habitación estaba cubierta de plástico, había una mesa en la mitad y cadenas colgando del techo. Con cuidado lo puso sobre la mesa boca arriba. Bernd reía. Le hizo morder un trozo de su mismo pene, pero apenas si pudo tragarlo. Entonces Armin lo probó y no pudo resistir aquel sabor, demasiado amargo y la carne demasiado dura.

–¿Sientes mucho dolor?–. Inquirió Armin.
–Quiero que esto acabe–. Respondió de manera apenas audible Bernd.

Dejándolo allí, Armin trajo más Schnapps y le hizo tragar mas calmantes y esta vez trajo también pastillas para dormir. Se las dio con mucha paciencia y cariño, mientras la cámara empezó a grabar.

Y allí permanecieron un tiempo inestimable.

Solamente se miraban a los ojos y sonreían con complicidad. Estaban ambos cumpliendo con sus mayores sueños en la vida, y aunque después se harían preguntas del porqué de todo aquello, ahora podrían decir que simplemente así lo quisieron.

Cuando Bernd ya caía finalmente en la inconsciencia, le susurró a Armin.

–Gracias, el resto te lo dejo a tí. Puedes consumir de mi lo que desees.

Armin lo observó con ternura y asintió con su cabeza.

–No desperdiciaré nada de tu carne.

Se acercó a él y le plantó un beso en los labios. Luego tomó el cuchillo y le degolló.

Con las cadenas que colgaban del techo, le amarró los pies y le puso de cabeza para que terminara de desangrarse.

Y mientras eso pasaba, se sentó en un mueble de la sala a repasar los apuntes de Albert Fish. Estaba seguro que él podría darle un mejor sabor a la carne humana.



FIN
Capandres
27 de octubre de 2013
Esta historia está almacenada en http://www.slasheaven.com/viewstory.php?sid=43328