Ian Garibaldi por Ichi
Resumen: Con 15 años, Ian comenzará a vivir el despertar de su homosexualidad, evento que no será sencillo, pero creerá encontrar apoyo y guía en un hombre adulto... que por desgracia tiene los amigos equivocados.

"Mi nombre es Ian Lucca Garibaldi y quiero contarte mi historia.

Una historia que no es agradable la mayoría del tiempo y que probablemente no enseñe nada, pero quiero contarla de todas formas. Algunos podrán sacarle provecho, otros podrán sentirse libres de juzgar y quizás alguien aprenda algo; todo lo que sé es que he llegado a ese momento de mi vida en que simplemente quiero sacarme esta angustia del pecho y contarlo sin tapujos."
Categorías: Biografica, Originales Personajes: Ninguno
Géneros: Angustia, Drama, General, Romance, Tragedia
Advertencias: Chan=Adulto/Menor, Muerte de un personaje, Tortura, Trios, Violacion/Non-Con, Violencia
Desafíos: Ninguno
Series: Ninguno
Capítulos: 2 Completo: No Palabras: 17324 Lecturas: 836 Publicado: 11/12/12 Actualizado: 01/05/13
Notas de la historia:
Este es uno de los tantos fics que perdí hace AÑOS. En esa época usaba otro seudónimo. Este fic lo perdí cuando me hackearon la cuenta y me borraron TODAS las historias que tenía. Y para mal de males, mi disco explotó y lo perdí todo.

Hace poco encontré las notas de este fic y me decidí a volver a escribirlo, obviamente hay muchas diferencias con lo que era el original. Dichas diferencias las aclararé en las notas finales.

Espero que te guste y me lo hagas saber :D

1. Capítulo 1 por Ichi

2. Capítulo 2 por Ichi

Capítulo 1 por Ichi
Notas del autor:
Espero que les guste, me tomé mi tiempo para escribirlo y quedó larguito xD
IAN GARIBALDI

Mi nombre es Ian Lucca Garibaldi y quiero contarte mi historia.

Una historia que no es agradable la mayoría del tiempo y que probablemente no enseñe nada, pero quiero contarla de todas formas. Algunos podrán sacarle provecho, otros podrán sentirse libres de juzgar y quizás alguien aprenda algo; todo lo que sé es que he llegado a ese momento de mi vida en que simplemente quiero sacarme esta angustia del pecho y contarlo sin tapujos.

Mi nombre es Ian Lucca Garibaldi, y sí, es un nombre bastante peculiar. Mi papá era italiano y mi mamá estadounidense, se conocieron en Venecia, se enamoraron, cogieron, se juntaron y se casaron. Por cuestiones de trabajo se fueron a vivir a Argentina, donde yo nací y me crié.
Si hay algo que tuve toda la vida fue ser muy particular, muy vistoso, partiendo de la base en que no vine solo al mundo. Tuve una melliza: Mía. Fuimos iguales durante toda nuestra infancia, nos dimos el lujo de intercambiar papeles en varias ocasiones y confundir a la gente, incluso a nuestros propios padres. Pero cuando llegamos a la pubertad sentí que perdí a mi hermana, ella se volvió una señorita y ya no éramos iguales. Seguimos siendo tan unidos como siempre, pero las claras diferencias de sexo y género nos marcaron finalmente como individuos y ya no como un par que tenía su propio mundo.
Mía era hermosa, era una chica que literalmente dejaba bocas abiertas y cuellos con tortícolis a su paso. Tenía la melena negra larga y con ondas hasta la cintura, la piel muy blanca y los ojos de un profundo azul marino. Heredó un cuerpo voluptuoso por la parte italiana de la familia de papá, muy curvilínea, de pechos grandes aún de jovencita y caderas redondeadas. La cara pecosa y afilada llegó por parte de mamá. Mía era bellísima y agradable, todos querían ser sus amigos, todos querían ser su novio, todos querían hablar con ella. Y eso era algo que mantuvimos en común: el magnetismo.
Papá decía que era una cosa de los Garibaldi, que estaba en la sangre tener ese “noséqué” que atraía a la gente. No era el físico, el aspecto o la personalidad, era quizás una vibra que transmitíamos y que llamaba a las personas. Según él así había conquistado a mamá, una mujer totalmente fuera de su alcance pese a ser un hombre atractivo… pero no, ella estaba en otra liga, en otro plano, pero el “noséqué” Garibaldi la había atraído a ese hombre que poco y nada tenía para ofrecerle, tanto emocional, como física y hasta económicamente. Sí, mi padre nunca fue un buen partido, era el típico italiano mujeriego, idiota, machista y libertino. Y sin embargo, mi madre, una mujer emprendedora, trabajadora, monógama y feminista se había sentido atraída por él.
Mía era popular y yo también. Yo era ese chico que es amigo de todos, que se lleva bien con varones y mujeres, que encandilaba a las profesoras y desarrollaba compañerismo en los profesores. Papá decía que era el encanto Garibaldi… con los años yo lo llamé la maldición Garibaldi. Tanto habría deseado no ser vistoso ni transmitir la maldita vibra, al menos por la mayor parte de mi vida estuve bien con ello… hasta que atrajo a las personas equivocadas.
Mi vida era buena, era tranquila y agradable, pero mi vida cambió cuando tenía quince años.
Como les he dicho, Mía era sensacional y todos querían ser parte de su mundo, incluso las personas que no estaban en la misma ciudad y que la conocían a través de internet. Estoy seguro de que los engranajes comenzaron a moverse la tarde que regresé del colegio y fui a echarme en su cama mientras ellas escribía enérgica en el teclado de su computadora.
–Ehhhhh ¡despacio! –me burlé mirándola–. ¿Con quién chateás?
–Con un español –me contestó sonriente–. Me encanta este tipo, vení, vení, miralo.
–¿Estás con la cámara? –pregunté alarmado–. ¡Mía! Puede ser un pajero cualquiera que se está masturbando mientras te mira, apagá eso.
–Ay no seas pelotudo, hace meses que hablo con él. Vení, dale, te quiero presentar..
Suspiré con molestia y me puse de pie para ir a inclinarme a su lado. En la pantalla se mostraba la ventana del msn con ambas cámaras funcionando. Contemplé a la persona que hablaba con mi melliza y fruncí el ceño molesto.
–Es viejo.
–No es viejo, tarado –me reprendió–. Tiene vientiocho.
–¡ES VIEJÍSIMO!
Al ver la pantalla, vi que el sujeto se reía. La calidad no era muy buena, pero pude distinguir el cabello corto y rubio, los ojos pardos y la sonrisa blanca encantadora.
Javo dice:
La verdad que son iguales.
Michu dice:
Vistee??! Aunque yo soy mas encantadora, el es un boludo.
Javo dice:
:D no digas eso, los dos son encantadores.
Rodé los ojos, le mostré el dedo medio y salí del cuarto de Mía para irme a mi propia habitación. Eso de conversar con extraños que estaban en el culo del mundo nunca me había gustado, yo era más bien un aprensivo de la tecnología, quizás porque imitaba mucho a mi papá en ese sentido.
De haber ignorado al sujeto en la pantalla… los siguientes dos años de mi vida no habrían sido un total y completo infierno.
Entré a mi cuarto, me quité las zapatillas y busqué una toalla para luego irme al baño. Regresaba de hacer deporte toda la tarde, por lo que me merecía una buena ducha. Siempre había sido deportista, desde pequeño, jugaba a todo deporte que se me cruzara y lo disfrutaba mucho, especialmente si era en equipo. Por suerte mi colegio tenía muchas actividades para ofrecerme.
Me metí bajo el chorro de agua caliente y jadeé, la sensación fue genial. Mis cabellos negros aplastados me caían hasta los hombros por el peso del agua, y sentía cada músculo de mi cuerpo relajarse lentamente. No era un chico muy alto, apenas pasaba el metro sesenta, pero apenas tenía quince años y me faltaba por crecer; era bastante delgado pero no enclenque, al menos tenía los músculos definidos y tonificados gracias al deporte de toda la vida, pero en muchos aspectos se podía considerar que era un chiquillo.
Me lavé a conciencia y al salir tenía a Mía instalada en mi propia habitación, aunque con su computadora portátil sobre la cama.
–¿Qué hacés?
–Estoy leyendo el borrador de la nueva novela de Javi –me contestó emocionada.
–¿Quién es Javi? –pregunté casi con hastío.
–¡El español! Es escritor de novela histórica, pero publica con un seudónimo relatos eróticos. Bah, relatos homoeróticos.
–¿Relatos de putos? –me mofé mientras me secaba el cabello con una toalla y me sentaba a su lado.
–Ian –protestó mirándome con cansancio–. No hagás eso, no hablés como papá sobre esos temas. Si hay algo que no entiendas, bueno… investigamos y lo hablamos, pero no te vuelvas homofóbico sólo porque sí.
Iba a contestarte con un chiste, pero sorprendentemente me di cuenta de que le importaba mucho el tema. ¿Por qué? ¿Tendría algún amigo gay? Decidí no darle mucha importancia.
Como buen hijo de padre italiano tenía ciertos preceptos muy bien aprendidos sobre lo que era ser un HOMBRE: ser un mujeriego, nunca sentar cabeza, buen apetito, respeto por mi cultura y rechazo hacia los “maricas”. Realmente no tenía nada en contra de lo que cada quien hiciera por su cuenta y en su cama, pero… era inercia, me lo habían enseñado y lo repetía como un loro.
Una vez que me vestí me senté a su lado e me incliné para leer muy por encima el texto.
–¿Por qué escribe esas cosas? ¿No es hetero? –pregunté curioso.
–Es bisexual.
–Eso no existe, es un puto tapado.
Me miró con severidad nuevamente, cerró la computadora y salió hecha una furia de mi habitación. Suspiré rascándome la nuca, me había salido sin pensar.
*-*-*-*
Los eventos desafortunados comenzaron a girar al día siguiente, cuando regresé del colegio y no había nadie en casa. Normalmente sólo coincidíamos a la hora de la cena, mis padres trabajaban mucho y Mía tenía tantas o más actividades que yo durante el día.
Fui directo a la habitación de Mía y le saqué la computadora, yo no tenía una propia porque el año anterior me había ido pésimo en el boletín del colegio, y hasta no levantarlo en ese año no iban a darme mi propia computadora. Dejé la portátil sobre el escritorio y me dejé caer sobre la silla, sólo quería revisar Facebook y la devolvería.
Grande fue mi sorpresa al ver que tenía una solicitud de amistad… del tal Javier. Contemplé las dos opciones un momento y luego acepté, inmediatamente comencé a recorrer su perfil, revisando los datos que había y las fotos. Si ese tipo estaba tan en confianza con mi hermana tenía que saber que no era un violador o un pervertido a la distancia, quién sabe si sería capaz de convencerla de sacarse fotos o algo así.
No era un tipo feo… no realmente, al menos en las fotos se lo veía como alguien pintón y atractivo. Lo cual era peor, porque las chicas tenían tendencia a hacer más estupideces mientras más atractivo fuera quien las propusiera.
Suspiré y seguí investigando. Fui a la parte de notas y descubrí que tenía muchos relatos llenos de comentarios. Por morbosa curiosidad entré a leer uno, contaba la historia de dos compañeros de rugby que se encontraban a conversar en los vestuarios... y luego la cosa se hacía cada vez más íntima, más tensa y caliente. Eventualmente empezaban a meterse mano y demás. Insulté y dejé de leer indignado pero con las mejillas algo sonrojadas. Pasé saliva con trabajo y leí algunos comentarios, todos diciendo lo bueno que era y que estaban de lo más excitados con ello… yo sólo podía pensar que eran unos pervertidos. No obstante, uno de los comentarios adjuntaba un link diciendo: me hizo pensar en esto.
Me puse los auriculares y le di play.
Supongo que eventualmente me habría enfrentado a una revelación así en cualquier momento de mi vida, era inevitable, y mejor que fuera a temprana edad para no ser un tapado el resto de mi vida. El problema no fue el video o descubrir algo como eso, el problema fue lo que vino después. Pero me estoy adelantando… di para que reprodujera el video y lógicamente era una porno gay. Comenzaba tan incómoda, forzada y mal actuada como cualquier porno hétero. Primero fruncí el ceño ante los besos y las interminables mamadas, pero luego adelanté un poco –me dije que era por curiosidad-, y llegué a la parte en que estaban cogiendo.
Un nudo se formó en mi garganta, apreté las mandíbulas y me sudaron las palmas, pasé saliva con trabajo y dejé de pensar, dejé de juzgarme a mí mismo, dejé de pensar en el mundo exterior, en lo que ojos imaginarios verían en mí en esa situación. Simplemente me quedé paralizado contemplando la escena de dos hombres teniendo sexo. Apreté las piernas y no sé en qué momento mi mano bajó para apretarme la ingle dura.
Antes de entender cómo o por qué, o quizás en qué momento, me había abierto los pantalones y me estaba tocando. Sentía el miembro tan duro, tan marcado por las venas y la cabeza caliente y húmeda, mientras subía y bajaba la mano un pensamiento golpeaba en mi cabeza: nunca me había sentido tan excitado. Escuchaba la respiración y los gemidos tan masculinos directamente contra mis tímpanos, los cuerpos que se rozaban y chocaban, las palabras obscenas, y no podía cerrar los ojos, no podía dejar de mover la mano, no podía dejar de tocarme y sentir… y sentir…
Minutos después me encontraba jadeante viendo mi mano manchada de semen. Lejos estaba de ser la primera vez que me tocaba, pero era la primera vez que me tocaba viendo cosas… gays. Horrorizado, poco a poco el peso de lo que había hecho me fue cayendo sobre los hombros. Cerré todas las ventanas de la página, borré el historial y no estuve muy lejos en la paranoia de hasta formatear la computadora. La apagué, casi arrojé los auriculares a un lado y huí al baño. Me di una ducha a conciencia, restregándome todo el cuerpo y limpiándome las manos como si hubiera tocado a un leproso… y entonces me apoyé de espaldas en los cerámicos y me deslicé hasta quedar sentado en el suelo.
Estaba horrorizado, completamente horrorizado. Sentía los ojos calientes por las lágrimas mientras repetía una y otra vez, cual karma: “No soy puto, no soy puto”.
En esos momentos en que no sos capaz de pensar de forma coherente, todo tipo de situaciones límite se presentan, la mente se vuelve morbosa y masoquista y comienza a elaborar toda clase de escenarios que se pueden presentar si acaso alguien sabe de tu secreto. En mi caso, sólo podía imaginarme que mi papá me mataría a golpes si se enteraba, que mi mamá lloraría de la vergüenza y mi hermana ni siquiera sería capaz de mirarme; pensaba que me echarían de la casa… que mi vida terminaría, que todo llegaría a un vertiginoso y horrible final.
–No, no, no… porque no soy puto, no soy puto. Fue… fue…
¿Un accidente? ¿Un mal entendido? No pude convencerme con una excusa lo suficientemente estúpida, porque no había excusa posible y lo sabía. Así que simplemente lo negué, no había sucedido, tal cosa jamás había existido y punto final. Eso era todo, eso solucionaba cualquier tipo de problema.
*-*-*-*-*
Cuando Mía regresó a casa por la noche prácticamente saltaba en una pierna.
–Javi viene a Argentina –me dijo emocionada saltando sobre mi cama–. ¡Y me quiere conocer!
–No me gusta que te veas a solas con un tipo que no conocés de nada, ¿no podés ir con tus amigas? –protesté.
–¡Obvio!
Al menos con eso respiré aliviado… en parte. Ella siguió hablando de por qué Javier venía a Argentina, de qué iba a hacer y cuánto tiempo se iba a quedar, y yo… yo no podía dejar de relacionar ese nombre y esa sonrisa con lo que había leído, y lo que había leído inmediatamente derivaba en lo que había visto, y en lo que NO había hecho ¿verdad?
Los días pasaron y aunque estaba en plena negación… me sentía incómodo, me sentía todo el tiempo fuera de lugar. La incomodidad pasó a ser molestia y de allí me puse idiota, estaba todos los días de mal humor, completamente intratable. Mi papá no me aguantaba las rabietas, me daba un golpe en la cabeza y me mandaba a encerrarme en el cuarto; mi madre trató de hablarme unas cuantas veces pero terminó frustrada, y Mía tampoco me tenía mucha paciencia.
No era siquiera capaz de admitir en qué momento comencé a leer los relatos del facebook de Javier. Seguramente en una de esas tantas ocasiones en que quedaba encerrado en mi cuarto, sacaba el celular, navegaba (cosa que nunca hacía) y leía. Al principio me saltaba todas las partes porno, simplemente leía la historia en sí… y tuve que admitir que el tipo realmente escribía bien, atraía, cautivaba y enganchaba. Creaba personajes muy reales con los cuales me podía identificar, y eso creaba confusión en mi mente. Los homosexuales de los cuales escribía Javier no eran amanerados, femeninos, locas o… bueno, putos. Todos tenían trabajos comunes y corrientes, eran “normales”, algunos muy masculinos y otros tan comunes. En base a eso comencé a leer los relatos completos.
Me metía debajo de las mantas y leía escondido, seguro a mi entender.
Terminaba con las mejillas ardiendo, las mandíbulas firmemente apretadas y tremendos deseos de tocarme… pero nunca lo hacía, sentía que eso validaría lo que acababa de leer. Era mi manera de hacer trampa, sentir la excitación y el calor mientras leía, pero contenía la urgencia de masturbarme, porque eso sí que era gay. Y por la mañana me tocaba en la ducha, porque claro, le adjudicaba todo a la clásica erección matutina.
Hacía trampa, me engañaba a mí mismo constantemente, pero sentía que de esa forma podía sobrevivir sin sufrir un colapso nervioso. Me sentía seguro así, tranquilo… aunque era consciente de que se trataba de una alza seguridad, pero no importaba, quería estar bien o al menos pretenderlo y no darle importancia. Sabía que era una manera amateur de entrar en el juego de la “doble vida”, pero no veía otra manera de lidiar con ello.
Hasta que cierto día apareció un mensaje de Javier en mi casilla privada.
Javier H. Molina
Hey, ¿cómo estás?
Pasé saliva con trabajo y dudé si responderle o no, sin embargo respiré hondo y comencé a escribir.
Ian L. Garibaldi
Hola, bien che, todo bien.
Javier H. Molina
Me alegro :D
Estaré por tus pagos la semana que viene, me gustaría conocerte también.
Ian L. Garibaldi
Si… que se yo, si tengo tiempo estaría bien.
Javier H. Molina
Ian… ¿puedo hacerte una pregunta indiscreta?
¿Has estado leyendo mis escritos? Porque me gustaría una opinión joven al respecto.
Alcé los pulgares y me mordí el labio inferior, me removí en la cama y suspiré dejando el celular a un lado, me sentía arrinconado.
Javier H. Molina
Si tu hermana no sabe, está bien, no voy a decirle nada. Entiendo lo que es estar confundido, todos hemos pasado por eso alguna vez. No voy a juzgarte… y no tienes que decirme nada.
Ian L. Garibaldi
No se que me pasa…
Javier H. Molina
La confusión es normal, eres muy joven.
Ian L. Garibaldi
Ya se… pero igual… yo no soy asi, asi como vos entendes? A mi me gustan las minas en serio. O sea, mi viejo me llevo a debutar el año pasado y si me gusto… asi que no entiendo.
Javier H. Molina
El mundo no es blanco y negro ¿verdad?
Ian L. Garibaldi
No.
Javier H. Molina
Las personas tampoco. A la gente en general le gusta meterse en la vida de los demás, por eso quieren ponerlo todo en un código binario: hombre/mujer, homosexual/heterosexual, blanco/negro, etc. Y la gente no es así. Tranquilamente pueden gustarte las chicas y los chicos, hay muchos géneros y sexualidades.
Ian L. Garibaldi
No se… no me gusta sentirme asi, estoy como re perdido.
Javier H. Molina
Cuéntame si quieres.
Y le conté.
Por algún motivo fue mucho más sencillo hablar con un desconocido antes que con mi familia, con mi propia hermana. Me pasaba todas las noches chateando con él, contándole lo que me estaba pasando y Javier tenía esa forma especial de hacerme sentir mejor, no indagaba en mi persona, sino que me hablaba de lo que le había pasado cuando tenía mi edad… incluso un poco menos. Era mucho más sencillo hablar de lo que me pasaba cuando no estábamos hablando directamente de mí, sino que yo acotaba cuando Javier contaba algo de él mismo. Me relacionaba con él.
Podía hablar con él, con ese hombre del cual había desconfiado siquiera chateara con mi hermana, precisamente con él me sentía cómodo para hablar de mi vida.
Dos días antes de que Javier viajara, me llamó por teléfono. Ambos habíamos instalado el What`s App, por lo que llamar internacionalmente era cosa de nada, no costaba realmente nada. Así que allí en mi trinchera formada por las sábanas de mi cama, hecho un ovillo y con el teléfono pegado a la oreja lo escuchaba hablar.
Al principio nos reíamos porque nos costaba entendernos, él hablaba muy para adentro y yo muy rápido, pero en cuestión de minutos nos entendíamos y podíamos hablar de lo que me inquietaba.
–Le dije a Mía que la vería el Sábado –me dijo la noche anterior a viajar–. Pero me gustaría verte antes, si te parece bien.
–…
–¿Ian?
–¿Para qué me querés ver? –pregunté inseguro mientras me mordía la piel de los bordes de los dedos.
–Ian…
–¿Qué? –protesté indignado mientras sentía que los ojos se me llenaban de lágrimas.
–Creo que nos merecemos una charla cara a cara. Creo que necesitas hablar con alguien de frente.
–No sé… no quiero, es que…
–Sé que estás asustado. Pero no es algo que puedas suprimir y dejar en una caja, no es sano.
Sorbí por la nariz y asentí aunque no pudiera verme, giré en la cama y abracé la almohada. Le dije que lo vería el día en que llegara.
Esa noche me quedé pensando, despierto casi todas las horas de sueño… pensando en lo que me estaba pasando. Pese a todo cuanto siempre hablaba con Javier, no me sentía capaz de aceptarlo o siquiera de pensar en ello. Hablar con Javi era sencillo, pero de allí a reconocerme a mí mismo que era… que era bisexual o gay, no me parecía posible aceptar una cosa así. Era casi doloroso, como… como que no era la misma persona, me descubría diferente, extraño, y no sabía cómo enfrentarme a esa nueva persona.
Estaba aterrado… y lo que más me aterraba era esperar con ansias la llegada de Javi al país. Ser consciente de que se había vuelto una persona importante para mí, que se había convertido en… alguien a quien deseaba ver.
¿Qué iba a hacer?
*-*-*-*-*
Viernes por la mañana, sentado frente a mi banco en el colegio miraba por la ventana constantemente. Estaba ido, ido y nervioso. Javi seguramente estaba aterrizando en esos momentos, quizás al mediodía se instalaría en su hotel y por la siesta me llamaría. Y cuando eso sucediera ¿qué iba a hacer?
–¡Boludo! –exclamó un amigo a mi lado–. ¿Qué te pasa? Estás en una nube de pedos.
–¡Nada, idiota! No dormí bien anoche, me desvelé –contesté devolviéndole el empujón.
–Meh… ¿qué hacés esta tarde? Con los chicos vamos a hacer unos partidos a la cancha del parque, ¿te sumás?
–No… me voy al campo con mi viejo –mentí, y en ese momento me di cuenta de qué era lo iba a hacer–. Otro día será.
Respiré hondo… iba a ser una larga mañana. Y de hecho lo fue, larga, tediosa y exasperante mientras contaba los minutos para poder salir de allí.
Cuando el timbre resonó en los pasillos, al recoger mis cosas y salir del aula me sentí tenso, como si me costara caminar. Y claro, trataba de no salir corriendo y buscaba disimular mi ansiedad, porque era consciente de que hasta que Javi no me llamara no tenía sentido ir apresurado a casa.
Cuando llegué a casa la comida ya estaba servida, sólo me quité la corbata del uniforme y tomé asiento. Mis padres comenzaron a conversar sobre sus peripecias en el trabajo. Mi casa era bastante… ruidosa y confusa para quien llegaba por primera vez, especialmente porque mi papá hablaba en italiano todo el tiempo y mi mamá en inglés, mientras que Mía y yo hablábamos en castellano. Todos nos entendíamos, pero parecía que cada uno era reacio a abandonar su lengua materna.
–¿Se van a alguna parte después? –preguntó mi madre, siempre en inglés.
–Yo tengo piano –dijo Mía.
–Yo me voy al parque a jugar un partido con los chicos –contesté… mentí, mentí descaradamente.
Por supuesto, mis padres asintieron, se levantó la mesa y cada quien se fue a su habitación o actividades. Yo me tendí en la cama, ansioso al punto de tamborilear los dedos y sacudir los pies. Y el saberme tan inquieto me molestaba mucho pero no podía parar, no podía controlar la forma en que me sentía.
Cuando sonó mi celular casi salté de la cama, vi el número de Javier y respiré hondo varias veces antes de atender.
–¿Javi?
–¡Hola! ¿Es muy temprano para molestarte? –me habló del otro lado.
–No… no, comí hace un rato y estoy al pedo… al vicio, perdón –me reí.
–¿Quieres que nos encontremos? Puedo ir a donde me digas.
–No… mejor voy yo, porque tengo que salir de la casa igual y vos no te vas a ubicar. Decime en dónde estás y voy.
Me cambié y arreglé de forma que no pareciera que me había arreglado, sólo me puse unos jeans y una camiseta negra, me peiné el cabello con los dedos y me colgué la mochila al hombro para que mi familia creyera que allí llevaba la ropa deportiva, y salí de la casa. Mi ciudad era pequeña, bastante pequeña, por lo que podía ir caminando tranquilamente hacia el hotel en donde Javi estaba. Pensaba que la caminata me tranquilizaría, pero lejos de sentirme relajado iba cada vez más tenso.
Javi se estaba quedando en un hotel de cinco estrellas, yo estaba seguro de que no me cruzaría con nadie conocido en semejante lugar. Me anuncié en la recepción y me dejaron subir hasta el quinto piso, recorrí el pasillo sintiendo que el corazón iba a atravesarme las costillas, y finalmente llamé a la puerta.
Quien abrió no fue Javier, a menos que realmente fuera él y sus fotos fueran un engaño… en cuyo caso comenzaba imaginarme que tendría que correr muy lejos y pedir a la tierra que me tragara por haberle contado mis intimidades y miedos a un farsante.
–Ahhh… ¡Javo! Tienes visitas. Hola, lindo –me sonrió el sujeto.
–Eh… hola. ¿Está Javier? –contesté bastante aprensivo.
–Pues claro, encanto. Pasa, pasa.
Pasé a su lado haciendo lo posible por hacerme lo más delgado posible y que su cuerpo no me tocara, toda esa vibra de confianza no me gustaba en alguien que no conocía. No quería quedarme solo y conversar con él, pero por suerte Javi apareció saliendo del baño, y no pude evitar sonreír.
–Bueno, los dejo solos –anunció el desconocido, le vi guiñarme un ojo y luego se marchó.
–Perdónalo, siempre ha sido un salido –rió Javier mientras se acercaba y me apoyaba una mano en el hombro–. Hola, Ian.
–Hola…
Sin poder evitarlo le llevé los brazos al cuello y lo abracé. Pocas veces en la vida había abrazado a otro hombre, especialmente de esa forma que a mi ver era totalmente femenina: así, con los brazos alrededor de su cuello y en puntas de pie (porque Javi me sacaba dos cabezas, era altísimo). Olía a perfume importado y era cálido… tan cálido, me hacía sentir nudos en el estómago y el cuerpo lleno de cosquillas.
Me frotó la espalda, la acarició… yo estaba acostumbrado a que entre hombres nos diéramos esas incómodas palmadas que marcaban la distancia, que decían “no suelo abrazar a los tipos, pero bueno, todo bien”. Las palmadas marcaban la heterosexualidad, que los hombres podían ser afectivos entre sí pero hasta ahí nomás. Y Javi me acarició la espalda, y yo lo estreché con más fuerza.
Lo solté lentamente, avergonzado y cohibido. Me acomodé los cabellos negros detrás de las orejas y lo miré tímido pero sonriendo apenas.
–¿Es tu novio? –pregunté de repente–. Porque está todo bien, o sea, yo no te iba a decir nada.
–No, para nada –se rió mientras me invitaba a sentarme en uno de los sillones que decoraban el cuarto–. Es mi agente y un viejo amigo, pero tiene sus mañas, ya ves.
A partir de ese momento la charla fue amena y relajada, tal como conversábamos cuando chateábamos, pero claro… la diferencia estaba en que podía verlo a los ojos, escuchar directamente su voz y contemplarlo. Javi era un hombre muy atractivo, y realmente encantador, además que el acento español era bastante sensual si me detenía a pensarlo. Y cuando lo hice, bajé la cabeza sabiendo que me ardían las mejillas.
–¿Cuánto tiempo te vas a quedar?
–Hasta que cerremos contrato con la editorial –contestó mientras abría una ventana para poder encender un cigarrillo–. Calculo que un mes, y ya es decir mucho. Así que podré verte… mucho –sonrió finalmente.
Le devolví la sonrisa y negué con la cabeza sin saber qué decir.
–Me estás tirando los perros… nada disimulado lo tuyo.
–Eres demasiado bonito como para no intentarlo.
–No soy… los hombres no somos bonitos –repliqué avergonzado–. Mi hermana es bonita.
–Tu hermana es hermosa, pero tú… tú tienes ese no sé qué.
Debí saber que ese era momento para retirarme, por mucho que Javi me gustara, debí asumir que no era una buena señal que él percibiera ese “noséqué”. Pero a esa altura de mi vida esa “cualidad” nunca me había molestado o complicado la existencia, por lo que simplemente me sonreí cual tonto adolescente que era y asentí.
*-*-*-*-*-*-*-*
Javi pasó a ser mi secreto mejor guardado. Mentía todo el tiempo para poder ir a verlo, y él mentía de igual forma para verme… y debí sentirme mal porque le mentía a mi propia hermana. Mía se había hecho toda una idea respecto a él, y claro, llevaba más tiempo que yo hablando, manteniendo largas conversaciones, intercambiando escritos y demás. Pero luego de su primer encuentro, Javier ya no estaba disponible para verla, estaba con mucho trabajo y reuniones con la editorial… yo era esas reuniones, claro, mi seudónimo era “Editorial”. No sabía cómo sentirme al respecto, si acaso debía experimentar culpa o arrepentimiento, sólo sabía que me sentía bien y que actuaba sin pensar, porque pensar era lo que menos me interesaba en esos momentos.
No quería pensar… especialmente ese día, en la tercer semana de Javier en Argentina, cuando terminamos acostados en la cama, tendidos sobre nuestros costados, hablando bajo y mirándonos. Y sucedió ese momento de tensión en que claramente tiene que suceder algo o no sucede jamás, Javi se inclinó hacia mí pero se detuvo, dudoso, así que como era mi sana costumbre no pensar en esos momentos… no pensé y vencí las distancias.
Mis labios se presionaron contra los de él, no sé qué buscaba, sólo… sólo eso.
Javier largó un suspiro y deslizó los dedos por los cabellos de mi nuca, se pegó más a mi cuerpo y metió la lengua entre mis labios. Temblé como una hoja al viento al sentir la lengua caliente y húmeda dentro de mi boca, me sentí como si fuera mi primer beso en la vida, nada anterior a eso contaba, porque nada me había hecho sentir erizado como en ese momento.
–Mmmhh… –suspiré dentro de su boca, y él se tragó mis suspiros y gemidos mientras se colocaba sobre mi cuerpo y seguía el beso.
Sólo era un beso, pero era lo más excitante que había experimentado en mi vida. Lo fuí devolviendo y al final participando. Javi succionaba mis labios, los mordía y su lengua se enredaba implacable a la mía. Estaba tan perdido en las sensaciones que casi gemí alto cuando se hizo lugar entre mis piernas y su pantalón abultado se apretó contra el miedo. Nuevamente, avergonzado y sintiéndome estúpido me encontré temblando… pero con ganas de más. Sin embargo, él se detuvo y se separó.
–¿Qué… qué pasa? –pregunté agitado.
–Perdona… perdona, esto no tendría que suceder –contestó moviéndose y quedando sentado en la otra punta de la cama–. No debí hacerte una cosa así.
Yo estaba anonadado. Había entendido que nada de lo vivido en mi corta existencia podía prepararme para ese tipo de situaciones, pero esto me dejaba en blanco, sin tener idea de qué hacer o cómo reaccionar.
–¿Qué decís? –pregunté confundido mientras me sentaba a su lado–. Yo quería… yo quiero…
–No, no quieres porque no tienes idea. Eres tan jovencito y yo… yo estoy siendo un pervertido con esto –replicó frotándose la frente–. No quiero aprovecharme de tu falta de experiencia ni de que apenas te estás descubriendo a ti mismo.
–¿Qué tiene que ver? –me reí entre los nervios y la indignación–. No tengo diez años, sé lo que hago y sé lo que quiero. Y que no tenga experiencia no significa que no quiera… tenerla con vos.
–No me hagas explicarte esto –suspiró poniéndose de pie, fue a encender un cigarrillo y se puso a fumar cerca de la puerta del balcón–. Es un error y te pido perdón.
–Me estás tratando como si fuera un pendejo.
–¡Eres un niño! –exclamó ya perdiendo la paciencia–. Por dios, te saco trece años ¿te parece poco? Nunca has estado con un hombre, te he besado y prácticamente temblabas en mis brazos ¿cómo esperas que siga?
–Javier…
–Tu padre fue un animal al llevarte a revolcarte con una puta hace un año, una animalada si me preguntas. Así que no vayas a decirme que en ese momento también sabías lo que querías, no tienes idea.
–¡No te pregunté! –exclamé molesto.
Me bajé de la cama y salí de la habitación dando un portazo, colérico e indignado. Regresé corriendo a casa, hecho una furia e insultando por lo bajo. No era sólo que me sentía despreciado, me sentía como un nenito, un chiquillo que claramente no sabía decidir, y para variar… ¡como una puta! Sentía que me había arrojado sobre él, que prácticamente le había rogado que hiciéramos algo, lo que fuera, simplemente estar juntos… y ahora me sentía terrible.
*-*-*-*-*-*-*-*
Por los siguientes cuatro días esquivé sus llamadas e ignoré sus mensajes, estaba furioso, y luego de que la furia pasó… pasé a estar indignado, y luego decepcionado y triste. ¿Quién se creía que era para decirme lo que tenía que querer, hacer o pensar? ¿Quién se creía que era para cuestionar a mi papá?
Mirando hacia atrás me doy cuenta la cantidad de momentos, la cantidad de señales y salidas que aparecieron en el camino, podría haber aprovechado cualquiera… pero no lo hice.
Lo mejor hubiera sido jamás responder esa llamada en la mañana del quinto día en que llevábamos sin hablarnos. Estaba en el patio de colegio durante el recreo cuando mi celular comenzó a vibrar… y esta vez atendí.
–Lo siento, no quise… soy un animal, perdóname –fue lo primero que me dijo.
–¿Para qué me llamás? –contesté con frialdad–. Estoy en el colegio.
–Para disculparme, claro. Y quiero compensarte, no fue mi intención ofenderte, de verdad. Sabes que eres importante para mí.
–No soy una mina, Javier –me quejé–. No me hablés así, me saca los nervios.
–Hablarte bien no es hablarte como a una mujer, Ian.
–No, no es que me estás hablando bien. Me estás tirando un hueso para que me conforme –insistí–. Que me querés… me estás tirando un hueso. ¿Sabés qué? Tenés razón, esto fue un error desde el primer momento. No hay forma de remontar esto, ya está. ¿Qué íbamos a ser de todas formas? Ya fue.
–Ian… no hagas esto.
-¡No! Ya está. Te vas la semana que viene de todas formas, así que mejor la cortamos acá y listo. Suerte con el libro, chau.
Colgué y apagué el teléfono, no quería saber nada más del asunto… y así tendría que haber quedado.
Me pasé el resto de la mañana suspirando y sintiéndome mal, triste y apaleado. Tanto que mis compañeros ni siquiera me molestaban tratando de sacarme qué me pasaba. Para cuando volví a mi casa no quería comer, no quería hablar con nadie y sólo fui a desmoronarme sobre la cama. Me sentía mal, me sentía realmente mal, y esas necesidades prácticamente salidas del alma siempre habían sido instintos a los cuales les hacía caso. Así que me dejé de tontear con el tema, saqué el celular y le escribí a Javi. Le escribí porque no era capaz de enfrentarme a su voz, mucho menos arriesgarme a una conversación larga llena de explicaciones que seguramente terminaría en mi enojándome otra vez.
“Perdón, me re pase. Te quiero ver”
Esperé ansioso su respuesta, temiendo por un momento que se hubiera cansado de mis berrinches y se tomara en serio mi decisión de la mañana. Mi corazón se detuvo cuando entró un nuevo mensaje.
“También yo. Ven al hotel a las seis”
Sonreí aliviado y le confirmé que me pasaría
*-*-*-*-*-*-*
A las seis de la tarde en punto estaba llamando a la puerta de la habitación. Para mi desgracia, fue Marcos quien me abrió. Marcos, el amigo y representante de Javi.
–¿Está Javier? –pregunté con molestia.
–No, no llegó todavía. Pero me escribió diciendo que te deje pasar y te entretenga –me sonrió dejándome paso–. Dale, que no te voy a hacer nada.
Me sorprendió que Javi no estuviera, pero realmente quería verlo, así que entré y me senté en uno de los sillones.
–Sale tarde de la reunión con el editor, son grammar-nazis los editores, retienen a los escritores por todo tipo de gilipolleces –me explicó mientras iba al minibar–. ¿Quieres una cerveza?
–Emh… sí, dale.
Me daba la espalda todo el tiempo, pero no le vi nada extraño porque estaba sacando las cervezas y después destapándolas. Me acercó la botella abierta y le di un sorbo, no era la gran cosa, pero en ese momento necesitaba de algo refrescante y con alcohol para calmar los nervios y ansiedad.
Marcos era diez años mayor que Javi, por tanto estaba cerca de los cuarenta, no se le notaba, de hecho era un sujeto atractivo… pero tenía algo que me molestaba y no sabría decir bien qué era, simplemente no estaba cómodo a su alrededor. Y conforme pasaban los minutos y me veía forzado a conversar con él esperando, me sentía molesto por la demora de Javier. ¿Por qué me hacía esperar? Era realmente importante que nos viéramos y aclaráramos todo ¿por qué tenía que demorar todo? Si sabía que iba a estar en una reunión tendría que haberme dicho otro horario. Pero yo no me iba, estaba determinarlo a verlo de una vez por todas.
Sin embargo, cuando me acabé la cerveza ya estaba lo suficientemente humillado con las dos horas que habían pasado.
–Che… ya fue, me voy –le dije a Marcos mientras me ponía de pie.
Pero ni bien me levanté el mundo se me dio vuelta, me sentí totalmente mareado y trastabillé, habría caído de cabeza al suelo de no ser porque los brazos adultos me sujetaron. Estaba tan mareado, realmente todo daba vueltas a mi alrededor y sentía que carecía de todo control de mi cuerpo. Para cuando todo dejó de moverse estaba tendido en la cama.
–¿Qué me diste? –pregunté molesto, porque sabía que esa cerveza tenía que tener algo para dejarme así.
–Algo para que te relajes, no pensé que iba a pegarte tan fuerte –sonrió mirándome.
Lo miré indignado, y entonces fue inclinándose hacia mí, le lancé un puñetazo a la cara pero mi fuerza equivalía a la de un recién nacido, no tuve ni impulso ni certeza, y él se rió sujetándome la mano.
–¿No quieres?
–¡Claro que no quiero!
–¿Seguro? –insistió y lo miré confundido–. Bueno, no me extraña que Javo no quiere avanzar, realmente eres un crío sin experiencia. Él no lo dice, pero lo que no quiere es tener la responsabilidad de ser tu primera vez. A muchos hombres eso les intimida, lo toman como un peso ¿entiendes?
–Pero yo no le voy a pedir nada… no lo voy a hacer responsable y esas cosas –contesté sorprendido.
–Allá él y allá tú ¿verdad?
Nuevamente se inclinó. No me atraía y realmente no quería nada con él, pero en ese momento pensaba que tenía razón. Entre heterosexuales pasaba lo mismo, algunos tenían el morbo de ser los primeros con una chica, pero otros no querían pasar por el engorro de la inexperiencia o los apegos que podían darse después. Podía entender que a Javi le pasaba eso por la cabeza, eso me había dicho ¿verdad? Que yo no sabía lo que quería y no tenía experiencia… pues iba a tenerla.
Cuando marcos me besó, cerré los ojos y le respondí como mejor podía, era más intenso que Javi y eso me dio a entender que me venía deseando desde el primer día en que me vio en el umbral de esa habitación; me hizo sentir bien… algo, sí, el saberme deseado por un hombre mayor. Estaba bastante ido, pero abrí la boca y lo dejé entrar, sentí su peso sobre la cama cuando se subió sobre mi cuerpo y fue a acariciarme directamente el bulto.
–Mmmhhh… –me quejé apretando los ojos.
–No seas niña, vamos.
–¡No soy una mina! –me quejé horrorizado, el ser comparado con una mujer, el asumir el papel de “puto” me aterraba en todo momento.
–Desmuéstralo. Levanta la cadera.
Respiré hondo y asentí, apoyé los pies en la cama y sentí que me quitaba una zapatilla, me desprendió el pantalón y lo bajó de un solo tirón junto a la ropa interior, sólo sacó una pernera y me sentí absolutamente vulnerable. Respiré hondo otra vez, no era para tanto… me decía, ya estaba en el baile y tenía que bailar. Y si Javi llegaba en ese momento y nos encontraba así… pues que se jodiera, él me había empujado a eso.
Marcos me levantó la camiseta hasta el mentón y comenzó a besarme y morderme el pecho. Yo miré fijamente el techo y apreté las sábanas entre los dedos.
–Nnnggg –me quejé al sentir que me chupaba un pezón–. ¿Qué hacés? ¡Te dije que no soy una mujer!
–Oh, ¿no te gusta? –me sonrió–. Bueno… vamos a donde eres bien varoncito.
–Tampoco soy un nene.
–Oh, pero si eres un nene precioso… tan bonito –susurró meloso mientras se deslizaba hacia abajo–. Tan pero tan bonito.
–¡Mmmhhh!
Cerré los ojos con fuerza cuando empezó a masturbarme, no tardé mucho en quedar erecto y de allí en más fue a felarme. Jadeé, porque se sentía realmente bien. Un par de chicas me la habían chupado antes, pero nunca con tal… técnica, Marcos se la tragaba por completo, succionaba la punta y hacía algo con la garganta que me provocaba escalofríos. Suspiré y alcé una pierna, sentí que sus dedos libres me acariciaban los testículos y luego bajaban… y bajaban…
–Pará… pará, ahí no.
–¿Cómo que no? De esto se trata precisamente el sexo entre hombres.
Se puso de pie y fue hacia la bandeja ubicada junto al minibar, donde aparentemente había estado comiendo antes de que yo llegara. Regresó con la botella de aceite y volvió a ubicarse sobre mí. Pasé saliva con trabajo y cerré las piernas.
–No me la vas a meter, eso… eso es…
–¿Gay? –me sonrió mientras derramaba aceite sobre sus dedos–. Ya verás cómo te gusta. De todas formas te conviene aprender, Javo es activo y de eso no cambia.
Era sorprendente el efecto que tenían sus palabras sobre mí. No era difícil darme cuenta de que me sentía totalmente enamorado del idiota de Javier, que quería estar con él, quería que pasaran cosas entre ambos y obviamente quería que fuera posible. Así que asentí despacio, todavía inseguro… pero asentí.
Me separó las piernas y siguió masturbándome con la boca, mientras sus dedos acariciaron superficialmente mi ano. Estaba nervioso, pero pude sentir los tirones del placer… pero cuando metió uno fue diferente, me tensé y quejé. Se sentía muy incómodo y sólo podía apretar el ano porque creía que en cualquier momento tendría un accidente.
–No vas a cagarte –se rió metiendo otro dedo.
–¡Ah! Duele, duele…
–Ya se pasa. No vas a cagarte, descuida. Aprenderás a conocer nuevas sensaciones por aquí.
Los movió un momento dentro, yo cerré los ojos y respiré agitado tratando de buscar un punto en donde me sintiera cómodo, pero eso no sucedía. Necesitaba más tiempo, más paciencia, lo que fuera… pero entonces Marcos se colocó sobre mí, lo vi bajarse el pantalón y dirigir su pene hacia mí. Frotó el glande contra mi ano y luego empujó, la presión fue dolorosa, apoyé las manos sobre su pecho y resoplé tratando de relajarme como me decía una y otra vez contra el oído… pero dolía, dolía mucho.
–¡Pará! No, pará, pará, pará –supliqué mientras intentaba empujarlo, pero mis fuerzas seguían mermadas por lo que fuera que me había dado–. No, no quiero… no quiero seguir. Después… no me importa, hablo con Javi o algo, pero no quiero seguir. Me duele mucho y no me gusta… pará…
Me sonrió con dulzura, sujetó mis manos con una de las suyas y las besó, las colocó sobre mi pecho… y puso su mano libre sobre mi boca, abrí de par en par los ojos y ahogué un grito cuando empujó penetrándome por completo. Cada fibra de mi cuerpo chilló, tenso y agarrotado, grité contra la mano y traté de librarme de su agarre… pero todo fue en vano.
–No tienes idea… de lo hermoso que eres –jadeaba en mi oído–. Tú te buscaste esto… tú abriste las piernas para mí… no puedes… oh joder, sí, no puedes decir que no cuando estamos en medio, lo sabes. Lo sabes, precioso… quieres esto, te encanta… Joder, qué culo tan apretado.
Trataba de gritar contra su mano, chillaba con todas mis fuerzas y sentía las lágrimas calientes deslizándose por mis sienes, y él casi me ahogaba al tratar de callarme. Me soltó las manos para poder subirse una de mis piernas contra su hombro, se puso aún más encima de mí y embistió con fuerza. Arqueé la espalda con dolor tratando de escapar, pero no podía. Marcos daba embates tan fuertes, su pelvis golpeaba incesante contra mis nalgas, la cama chillaba conmigo, pero yo escuchaba sus asquerosos jadeos sobre mi rostro. Y pese a tener las manos libres, no podía hacerle nada, lo golpeaba o arañaba pero mi fuerza era inexistente y no conseguía hacerle nada.
No supe cuánto tiempo pasó, cuánto tiempo supliqué bajo su agarre que se detuviera, que lo odiaba, que me dolía, cuánto tiempo lloré entre gritos apagados. Sólo sé que eventualmente sentí que el pene en mi interior se hinchaba y Marcos se clavaba con fuerza una última vez, temblé horrorizado al sentir un calor esparciéndose en mi interior. Jadeante, él se quedó quieto y dentro de mí unos minutos más.
–Shhhh, no pasa nada, te gustó, no puedes decir que no –me consoló liberándome la boca y acariciándole las mejillas.
–Te voy a denunciar… t-te… –traté de decir.
–¿Lo harás? ¿Y qué vas a decir? ¿Que viniste por tu propia voluntad al hotel, que accediste a que te tocara y besara, que accediste a que te metiera los dedos y después que te follara?
–N-no… yo te dije que no quería, yo… –lloré desesperado.
–¿No? Me dijiste que no cuando ya estábamos haciéndolo, eso no cuenta, lo sabes. Me pregunto qué te dirán tus padres. Ah sí… no van a creerte –sonrió de oreja a oreja–. Pensarán que te dio vergüenza aceptar que eres maricón, así que me denuncias para rescatar algo de honor. Oh, es el cuento más viejo del mundo.
Negué con la cabeza pero no supe qué decir… porque en ese momento en que estaba adolorido y aterrado, le encontré sentido a lo que decía. Gemí cuando se hizo hacia atrás y salió de mi interior, lo escuché quejarse y que tenía que lavarse, y vi que se iba al baño.
Bajé de la cama dándome un golpe, busqué subirme la ropa como pude y lloré en silencio al ver sangre deslizándose por mis muslos… la ignoré y me vestí. Estaba mareado y débil todavía, pero me había recuperado lo suficiente como para caminar apoyándome en las paredes. Salí de la habitación y eventualmente del hotel hasta tomar un taxi, el cuerpo me dolía tanto…
Cuando atravesé la puerta de mi casa, mi familia estaba cenando, yo pasé rápido… pálido como una sábana directo hacia las escaleras. Llegué a escuchar a mi madre preguntando qué me pasaba, y mi padre respondiendo algo como “seguro estuvo bebiendo con los amigos, dejalo, así son los chicos”. Me di un largo baño, en donde me horroricé por la sangre y el semen que escapó de mi cuerpo, tiré la ropa a la basura y me metí en la cama… no quería salir de allí nunca más, no quería nada con el mundo, quería que las sábanas me asfixiaran, quería morirme.
–¿Ian?
–No estoy de humor –le contesté a mi hermana.
–Ya sé… che, es Javi, quiere hablar con vos.
Suspiré… ¿qué iba a explicarme? Mía me dejó el teléfono cerca de la almohada, lo miré con odio y esperé. Lo odiaba… ¡era su culpa! ¡todo era su culpa! Y pensaba decírselo, sólo por eso atendí la llamada.
–¿Qué querés?
–Ian… ¿estás bien? Perdona, me dejé el celular en el hotel, estuve fuera todo el día. Cuando llegué tenía ese mensaje tuyo de vernos.
Abrí los ojos de par en par y sentí deseos de ponerme a gritar. No era culpa de Javi, era culpa mía… Marcos tenía razón, no podía denunciar eso. Yo había sido el crédulo, el idiota, el niño estúpido que se había dejado endulzar el oído y había accedido.
En ese entonces era incapaz de razonar lo que había pasado, porque era un cúmulo de emociones que chocaban entre sí. Era incapaz de entender que no era mi culpa, que en el momento en que había dicho que NO, Marcos debería haberse detenido. En ese momento veía todo como un incidente… cuando debería haber entendido que era una violación.
–Estoy bien… como no me contestaste me quedé acá todo el día –mentí de inmediato.
–Ah… bueno, ¿ahora estás libre?
–Sí… pero no importa, ya no te quiero ver.
–¿Eh?
–Javi… tenías razón, fue un error. ¿Qué íbamos a hacer de todas formas? Vos te vas la semana que viene. No íbamos a ser novios ni nada por el estilo, así que ya está, no estoy enojado ni nada, sólo estoy diciendo las cosas como son.
–Ah… sí, supongo que tienes razón. Pero me hablas como si no fuéramos a vernos o a hablar nunca más –rió nervioso.
–Prefiero que no nos veamos, pero vamos a seguir hablando –mentí otra vez–. Che, me voy a la cama, me duele la cabeza. Hablamos después.
–Sí… sí, ¿Ian?
–Chau.
Corté y me levanté sólo para devolverle el teléfono a Mía, quien me miró totalmente confundida… y cómo no, Javi no tenía por qué llamarme específicamente, y eso me aseguraba de que no iba a intentar localizarme. Para mí todo terminaba en ese momento, quería dejarlo oficialmente atrás, suprimirlo todo. Lo que Marcos me había hecho no había sucedido y Javier no existía.
Ni bien volví a mi cuarto, cerré mi facebook y cambié mi correo electrónico. Basta, no quería saber nada… porque nada había sucedido ¿verdad?
Notas finales:
Espero que les haya gustado.

Diferencias con el fic original:

*Uso de facebook: xD, lo sé. En la época en que lo escribí yo no tenía conocimiento de facebook pese a que sí existía. Yo era una persona de exclusivamente msn.

*Primera persona: este está redactado en primera persona desde la perspectiva de Ian.

*La violación: en el original es Javi quien viola a Ian, pero ya he crecido y hay ciertas cosas que ya no se me ven lógicas. Javi es un personaje que más adelante regresa y es importante, y si le había violado... no, no tenía sentido xD



Bueno, espero que les haya gustado, es un fic que anhelo terminar de una vez por todas. ¡Nos vemos en la próxima!
Capítulo 2 por Ichi
Notas del autor:
Segundo capítulo, espero que les guste ^^
CAPÍTULO 2

A diez meses de “eso que nunca sucedió” creía que había recuperado mi vida. Cumplí los dieciséis, los cuales festejé con una mega fiesta en el campo, con demasiado alcohol y creo que algunos amigos llevaron drogas. Como mi familia tenía una casa perdida en medio del campo podíamos hacer todo el ruido que se nos diera en gana y mientras limpiáramos al día siguiente no había problemas. A mi madre no le gustaba, pero mi padre me autorizaba porque era según era un rito que todo muchacho tenía que pasar, el emborracharse como una cuba, debutar con una prostituta, romperse la cara a golpes con otro, etc. “Boys will be boys” decía mi madre como para convencerse de las estupideces que su marido sostenía.

Mi madre sabía, sabía que esa educación no estaba bien. Ese modelo sexista que mi padre reproducía en nuestra casa porque a él lo habían educado de esa manera. Los hombres se comportaban y hacían tales cosas, las mujeres otras. Mi madre cubría a Mía cuando tenía un novio esporádico, la cubría cuando salía a bailar y se llevaba un bolso con ropa más sexy de la que mi padre aprobaba y cuando empezó a tener sexo le compraba las pastillas anticonceptivas a espaldas de su marido. Yo sabía que todo eso estaba mal, que yo tenía libertades que mi hermana no, que me veía rodeado de privilegios por el simple hecho de tener órganos reproductivos que colgaban. Y lo sabía porque Javier así me lo había enseñado… Pero como Javier en teoría no existía hace diez meses hacía la vista gorda de todas esas cosas.

Pasé de curso… arañando, mis notas fueron pésimas y mi comportamiento iba en picada con ello. Me creía un adolescente normal como todos los demás, pero era un completo desastre emocional. Pese a que había dado por sepultado todo el asunto “que no había sucedido”, estaba marcado, estaba roto por dentro y la herida nunca había sanado. Creía que no hablar del tema equivalía a dejarlo morir, si no lo recordaba entonces era como si no existiera. Pero la violación existía y me dañaba día a día, y yo lo manifestaba sin darme cuenta pero de forma muy obvia para los demás.

No tuve novias, no quería novias, me sentía incapaz de conectar emocionalmente con otra persona. Lo que sí tenía eran acostones, me buscaba a las chicas más “fáciles” del colegio o a las que nadie quería, en una época me cogía a la más linda de la clase que llevaba años prendida de mí. Sin embargo… me ponía un poco violento durante el sexo, no toleraba que se pusieran encima de mí siquiera para besare, no soportaba que la otra persona pretendiera tener el mínimo control, yo tenía que estar al mando, yo tenía que tener control de toda la situación. En varias ocasiones me encontré sujetando las muñecas de alguna contra su peque con fuerza, sometiéndola de alguna manera y hasta que no se echaban a llorar no me daba cuenta de lo que estaba pasando. Sin darme cuenta revivía lo que me había pasado pero trataba de ser yo quien hacía el daño y no quien lo recibía.

El problema era que las chicas hablaban y eventualmente eso llegó a oídos de mis amigos.

—Tenés que bajar un cambio, boludo —me dijo uno durante el recreo—. Yo sé que uno se deja llevar, pero pará un poco porque las minas se re asustan. No vas a poder coger más si seguís así.
—Exageran. Se dejan llevar hasta ese momento y después dicen que no, eso no cuenta —era mi respuesta, mi terrible respuesta.

Como si eso no alcanzara para darme cuenta de lo mal que estaba, también estaba el hecho de que dormía mal… muy mal. Había noches buenas en que no tenía ningún sueño o al menos no los recordaba, pero la mayoría consistían en no poder dormir, dormir poco y luego despertarme angustiado, entre pesadillas y llantos. Y el único motivo por el cual mi madre no me llevaba al médico era porque mi padre decía que ya se me pasaría, que los chicos no necesitábamos un loquero para que nos enseñara a dormir y mucho menos los Garibaldi íbamos a empastillarnos para ello. Que yo sabría corregirme solo, porque era hombre y era su hijo, y esos dos factores me daban habilidades por encima del humano promedio.

Luego estaba el asunto de que… respondía muy mal a los hombres adultos, ni bien comencé el curso estuve siete veces en dirección y otras más en detención, porque cuando un profesor me levantaba la voz o se acercaba demasiado yo reaccionaba de la peor de las maneras. Contestaba con insultos, me ponía de pie para que el otro no estuviera por encima de mí y le hacía frente. Mis padres tuvieron que ir a varias reuniones con la psicopedagoga, y mi padre siempre tenía una respuesta para cualquier comentario: “Es un adolescente, así son los chicos”.

Cuando ese tipo de respuestas aparecían… me era imposible no recordar a Javi, me hacía una bolita en la cama y recordaba la cantidad de veces que me había dicho que mi padre era producto de una educación que ya estaba en decadencia pero que se negaba a evolucionar. Javi… Javi intentó contactarme un par de veces luego de que cerré toda cuenta donde pudiera ubicarme. Primero a través de Mía y luego por carta, ni siquiera leí lo que me envió, sólo le respondí que me dejara en paz, que no tenía interés en él y que quería seguir mi vida sin que me interrumpiera. Desde entonces seis meses habían pasado y no había vuelto a tener noticias sobre él.

Me negaba a aceptarlo… pero lo extrañaba, lo extrañaba horrores. Muchas veces me dormía llorando pensando en él, y a la mañana siguiente me despertaba con dolor de cabeza y el peor humor del mundo.

*-*-*-*-*

A mitad de año mi colegio organizó una serie de charlas y paneles por diferentes profesionales, la mayoría eran padres de muchos de los propios estudiantes. Era un momento que para la mayoría resultaba aburrido y para pocos interesante. Esos profesionales estaban allí para hablarnos sobre sus carreras y así despertar el interés de algunos. Se trataba de un plan para nuestro futuro, ver si nos interesa algo y empezar a quitarnos las dudas al respecto.

Era el tercer día de esas charlas, me dejé caer sobre la silla con un suspiro que denotaba lo hastiado que estaba, apoyé los pies en la silla de enfrente casi puerteando el trasero de la chica que se sentaba allí –y que no se quejó al respecto- y me dediqué a navegar en internet con el celular. La charla comenzó y no le presté atención, hasta que una voz grave y vibrante se hizo escuchar.
—… soy fisioterapeuta y vamos a hacer esto lo menos doloroso que sea posible.

Alcé la vista y contemplé al hombre que abandonaba su seguro lugar tras la larga mesa del panel y empezaba a pasearse delante de los estudiantes. Era alto, muy alto, tenía el cabello negro y enrulado, un corte de rostro muy masculino, espalda y pecho muy amplios, la barba negra cubría su fuerte mandíbula y sus ojos eran marrones y profundos. Tenía ese aire turco, sí, como sacado de una película árabe… una porno árabe más bien.

No podía dejar de verlo, iba y venía gesticulando, haciendo reír a mis compañeros y sonriendo encantador. ¿Qué tendría? ¿Cuarenta años? Eso me hizo estremecer recordando a aquel que me había hecho “lo que no había sucedido”, pero a diferencia de ese monstruo… este hombre era diferente, era… encantador, pero literalmente encantador. Bajé la vista varias veces cuando sus ojos oscuros se encontraron con los míos. Y cuando miraba hacia mí sonreía y permanecía con la vista fija al menos cinco eternos segundos. Pero me convencí de que no era por mí, era por la chica que estaba delante de mí que luego de esas miradas se reía nerviosa. Sí, tenía que ser a ella.
Cuando terminó la charla nos levantamos para irnos, y nuevamente cruzamos miradas… y esta vez sabía que era para mí. Avergonzado, salió del auditorio sin mirar atrás aliviado de que esa fuera la única vez que vería a ese hombre cuyo nombre ni siquiera conocía. Desgraciadamente me enteré de quién era…

Se llamaba Mario y era el padre de un par de gemelas del otro curso, estaba separado y tratando de solucionar las cosas con su mujer antes de recurrir al divorcio. Las chicas hablaron semanas enteras de él. Y yo… yo traté de ignorarlas pero terminaba escuchando sin quererlo.
Una noche llegué a casa después de deportes, mis padres se estaban gritando. Hace poco habían empezado con eso, con peleas una detrás de la otra, con discusiones que iban subiendo de nivel cada vez más y hasta encontronazos mientras estábamos cenando. Siempre terminaba en mi padre yéndose tras un portazo y mi madre llorando en el cuarto. No sabía por qué peleaban, tampoco estaba seguro de querer descubrirlo.

Subí a la segunda planta y encontré a Mía llorando en su cuarto.

—Hey… ¿estás bien? —pregunté sentándome a su lado.
—No… ¿por qué tienen que pelear tanto? —lloró ella abrazándose a mi pecho.
—No sé… pero no te pongas mal, ya va a pasar.
—Sí, supongo que sí.

Su celular empezó a vibrar y ella contestó, en cuanto empezó a conversar con quien estuviera del otro lado su rostro se iluminó. La dejé sola para ir a cambiarme a mi cuarto, y cuando regresó ya mucho más tranquila y sin lágrimas empañándole los ojos no pude evitar preguntarle quién había sido el de la llamada.

—Era Javi.
—¿Seguís… seguís hablando con él? —pregunté lo más imparcial que pude.
—Obvio, que vos te lleves mal no significa que yo iba a cortar contacto. Me hace mucho bien hablar con él, me tranquiliza mucho.
—Como sea…
—Ian… ¿por qué le cortaste el rostro así?
—Porque es un puto que trató de levantarme.
—¡Ian!
—Quedate con tu amigo gay, a mí no me lo vas a imponer.
Molesta, salió de mi cuarto dando un portazo. Yo me metí en la cama y apagué las luces…

Javi seguía hablando con ella. ¿Tanto la quería? Obviamente estaban en su derecho a ser amigos, por supuesto, pero no podía evitar desear que… que Javi hablaba con ella porque esperaba que eventualmente eso me llegara, o quizás porque al ser gemelos me veía en ella. Eran deseos contradictorios y narcisistas que me obligaba a dejar de lado, porque Javi era parte de todo lo malo que me había sucedido casi un año atrás.

Los hombres, los hombres haciendo cosas juntos eran un mal y yo había tenido una prueba directa de ello. Hombres como Mario… sí, como ese sujeto que se veía muy atractivo y encantador pero seguramente debía ser un violador como todos, como todos los demás. No importaba lo encantadora de su sonrisa o lo atractivo de su rostro… o lo sensual de su cuerpo e imponente de su altura ¡nada de eso importaba! Me giré en la cama hasta quedar boca abajo, molesto, frustrado… y excitado. Sentía mi pene duro presionando contra mi estómago, estaba totalmente azorado y mortificado por eso, y aún así… no podía evitarme moverme y moler la pelvis contra el colchón sintiendo entre el dolor y el placer aquello.

Llevé la mano hacia abajo, todo el tiempo diciéndome que no, que eso estaba mal, que no podía caer en eso… pero no pude evitar separar las piernas y elevar un poco la cadera mientras me tocaba.

Me dije que sólo me tocaría, sí, sólo tocarme… pero la sonrisa de Mario me asaltaba. Tanto había pegado en mí su mirada que pensaba en él mientras me tocaba y mecía la cadera. Pensaba que debía tener un cuerpo grande y recubierto por un vello negro, que debía ser un hombre deportista y firme, que debía tener una verga grande…

—¡Ah!

Tras un gemido me corrí sobre las sábanas, jadeante y tembloroso me eché a llorar. Estaba tan avergonzado, tan avergonzado como aquella vez que me toqué viendo esa estúpida porno gay meses atrás.

*-*-*-*

Pasaron los días y me encontraba en clase de deporte. Como se esperaba de todo argentino jugaba bien al fútbol, era una persona demasiado competitiva así que ponía todo en la cancha para ganar. Luego de un partido entero estaba en el bebedero mojándole la nuca y dejando que el agua resbalara por mi rostro cuando escuché los gritos y las burlas. Alcé la cabeza y vi a chicos de años adelantados molestando a otro, lo empujaban de uno a otro como si se pasaran un bulto.

—¡Dale, puto!
—Es tan maricón, pobre.
—¡Putoooooo!

Era algo que siempre había sucedido, los mayores molestando a alguien por lo que fuera. Entre hombres era más común y sencillo agredirse por la orientación sexual, y en el caso de Diego era muy obvio que era gay. Era un chico lindo, rubio y de ojos marrones que tenía ciertos comportamientos amanerados que lo delataban. Se llevaba muy bien con las chicas y tenía pocos amigos varones, y eso parecía molestar a los grandotes de último año.

Lo empujaron hasta dejarlo en el suelo y le rompieron la mochila dejando que se cayeran las cosas al barro de la cancha. Me sentí incómodo observando todo aquello… y elegí dar media vuelta e irme.

—¡Eh, Garibaldi! —me llamó uno, y me detuve con el corazón en la boca temiendo que también supieran de mí.

Estaba a punto de negarlo todo, que yo no era así, que no me merecía su maltrato y acoso, que no podían culparme por lo que un degenerado “no me había hecho porque eso nunca había pasado”.

—Nos falta uno ¿te sumás?
—Sí, sí, dale.

No iban a golpearme o discriminarme, me sumaban a su grupo y me consideraban lo suficientemente bueno como para jugar al lado de los chicos mayores. Pasé al lado de Diego sin siquiera mirarlo, y sentí que había esquivado una bala cuando él había ido directamente al paredón. Pero sobreviví y eso fue lo importante.

Jugué un medio tiempo con ellos hasta que el profesor nos mandó a las duchas porque ya terminaba el horario. Estaba agotado, había corrido demasiado pero al menos había metido tres goles y los chicos mayores me habían palmeado la espalda de manera masculina, le habían revuelto los cabellos y habían compartido sus códigos de compañerismo conmigo.

En las duchas me relajaba, cerraba los ojos y dejaba que el agua se llevara la mugre y el cansancio. Luego me iría a casa, ignoraría los gritos y peleas de mis padres, me metería en la cama y dormiría en paz dispuesto a enfrentar un nuevo día. Pero no pude… porque ALGO tenía que pasar, algo a lo que ya no pude hacerme la vista gorda y pretender que nada estaba sucediendo.

Escuché las risas de los demás y las quejas de Diego, suplicándoles que le dejaran en paz. Me concentré en enjuagarme el cuerpo para salir rápido de allí, pero entonces… uno tuvo que decir algo que pulsó los peores botones dentro de mí.

—Si sos un putito, es obvio que te encanta mirar pijas en el vestuario ¿no? ¿No querés que alguien te coja? ¡Lo estás deseando, maricón!
—¡No! ¡No, SOLTÁME!

Me giré y vi con horror cómo todos estaban desnudos, uno sostenía a Diego contra el piso y le levantaba las piernas mientras otro se colocaba encima. Todos los demás miraban y se reían, ¡miraban y se reían! No pude contenerme, salí de la ducha y coloqué una patada directo en la cara del que estaba por violar a Diego.

—¡¿Pero qué te pasa, pendejo de mierda?! —me gritó el que lo había sostenido, Diego consiguió zafarse y desnudo como estaba salió corriendo del baño.
—¡¿Qué te pasa a vos?! —contesté colérico—. ¡¿Sos pelotudo o te hacés?! ¡¿Cómo se te ocurre ayudar en una cosa así?! ¡Y todos mirando, putos de mierda! ¡¿Qué tienen en la cabeza?!

Mientras les ladraba lo asquerosos que eran, lo violadores y demás, no me percaté de que quien había recibido la patada se puso de pie y me atacó por detrás, me abrazó y elevó en el aire para arrojarme contra los lockers. Mareado, me puse de pie y embestí como un loco contra él. Los demás vitoreaban alentando la pelea, yo no veía más que rojo, estaba ciego de ira, ni siquiera sentía los golpes o las veces que me caía.

Antes de que la cosa llegara a mayores llegaron dos profesores, entraron a los gritos y nos separaron. Yo tenía un labio partido, un ojo morado, un corte en la cabeza y luego me di cuenta de que me había esguinzado el pie en una caída. El otro estaba mejor, pero al menos su orgullo apaleado e iba enfrentarse a serias consecuencias por lo que casi le había hecho a Diego, y esta vez… yo iba a contar todo lo que había visto.

Llegué a casa gracias a un profesor, en la enfermería del colegio me atendieron bien pero mi pie estaba hinchado como una pelota de tennis. Para una persona tan activa como yo era la muerte no poder hacer deporte, especialmente porque estaba determinado a soltar toda la agresividad que tuviera acumulada a través del ejercicio.

—Vas a tener que ir a un fisioterapeuta —me decía el profesor ayudándome a entrar a la casa—. Podrías ir con Aón, es el mejor que conozco. Es padre de las gemelas Aón, ¿te ubicás?
—Sí… pero veré qué me dicen mis viejos, la obra social y eso. Gracias.

Cuando mi madre me dijo que efectivamente iba a enviarme a la consulta de Mario Aón supe que el destino estaba accionando de nuevo, que eso no podía ser coincidencia. Y ya desde mi experiencia con Javier y Marco había aprendido que apenas apareciera una ventana de escape tenía que tomarla sin dudarlo un instante, porque luego me vería atrapado en una vorágine de sensaciones y sentimientos que no me dejarían huir.

*-*-*-*-*

La tarde siguiente al altercado mi madre me dejó en la puerta del consultorio de Mario, con una cita programada y todo. Respiré hondo y entré, la secretaria me dejó pasar de inmediato, Mario me abrió la puerta… tan alto y encantador me pasó la mano por la cintura y me ayudó a subir a la camilla donde apoyé ambas piernas. Tenía el pie tan hinchado que no podía ponerme una zapatilla.

—Pisaste muy mal —me dijo con preocupación admirando la deformidad que era mi pie.
—Sí… es que me cagué a piñas con un tarado ayer —contesté orgulloso—. Estaban molestando a otro chico.
—Todo un héroe —me sonrió mientras se humedecía las manos con un aceite y empezaba a frotarme el pie, me tensé y casi retiré el pie, pero con paciencia él lo sujetó y siguió con los masajes—. Tenés una hemorragia, así que vamos a hacer lo siguiente: quiero que te pongs mucho hielo hoy y lo mantengas en alto. Nada de moverte mucho, sólo necesario. Y vamos a hacer un cronograma de sesiones para que vengas.
—Ok… ok.

Mientras Mario hablaba mi pecho se estremecía, tenía una voz grave que me hacía temblar. Era conciliadora y agradable, y además estaban esas manos grandes y cálidas que se deslizaban suavemente por mi pie, que acariciaban mi piel herida y sanaban la inflamación. Irme fue tan difícil pero a la vez estaba desesperado por abandonar ese consultorio, estaba tan sofocado.

Llegué a mi casa totalmente azorado, a tiempo para ver salir a mi padre hecho una furia y ver subir a mi madre al cuarto entre lágrimas. Era egoísta y realmente no tenía espacio en la cabeza para preocuparme por la relación de mis padres, eran adultos que se suponía podían resolver todo eso… se suponía. Por mi parte sólo subí a mi cuarto y me metí en la cama, no llegué a seguir el consejo de Mario porque estaba demasiado incómodo con la erección entre mis piernas como para preocuparme por ir por hielo y luego elevar la pierna. En lugar de eso… me toqué, otra vez me toqué pensando en él. ¡Lo odiaba! Lo odiaba tanto, lo odiaba por tener ese algo que quién sabe por qué me atraía y me estaba sacando de ese buen camino que me había trazado.

Cual idiota ignoré mi propia determinación y no escapé de eso. Sabía que tenía que hacerme a un lado y buscarme otro médico… pero me quedé, me quedé y con eso casi firmé mi sentencia de muerte de allí a los siguientes dos años de mi vida.

*-*-*-*-*-*

La fisioterapia duraba una semana, tenía que ir todos los días para que Mario me hiciera unos masajes en el pie, luego le colocaba electrodos o algo así, y finalmente lo colocaba dentro de lo que parecía un minitomógrafo, no estaba seguro, recuerdo que vibraba y me daba un agradable calor en el pie. La inflamación fue bajando poco a poco aunque la hemorragia que se había manifestado en un cardenal espantoso, deforme y muy vistoso seguía allí, por ello necesitaba los masajes.

Cada vez que esos grandes dedos varoniles realizaban su trabajo su me iba al cielo. Me sentía… demasiado bien, especialmente porque Mario conversaba conmigo. Hablábamos de todo, era una de esas personas adultas con las que rara vez alguien adolescente se lleva bien, demasiado bien. Después de mi tercer sesión nos reíamos a carcajadas, nos gastábamos bromas y hablábamos de todo, de casi todo al menos. Él me hablaba de los problemas con su casi ex mujer, y yo le hablaba de los problemas que había en mi casa.

—¿Por qué no te acercás al chico que defendiste? —me pregunto durante nuestra última sesión.
—Porque… no sé, no lo conozco bien. Bah, somos compañeros, nada más.
—Pero se ve que le hace falta un amigo ¿no te parece?
—Tiene amigos. Todas las minas están alrededor de él siempre —me reí mientras contemplaba embelezado cómome vendaba el pie.
—Sí, pero creo que marcaría una diferencia muy grande si vos fueras su amigo. Sos popular con las chicas y los chicos por igual. Le harías un bien.

Me encogí de hombros tratando de que pareciera que era más indiferencia que miedo, porque seguía teniendo miedo a que la gente pensara que yo era como Diego. Si mi papá siquiera sospechara tal cosa me mataría a golpes… y ya toda la idea de imaginarme eso me afligía y empezaba maquinar los peores escenarios como había hecho alguna vez.

Nuestra sesión terminó, elevado en una nube de bienestar por lo relajado que sentía el pie y a la vez por haber hablado con Mario, no importaba de qué conversáramos, escuchar su voz me hacía sentir tan bien… y tan culpable al mismo tiempo. Pero con lo mal que estaban las cosas en casa me decía que me merecía un mimo, un capricho de vez en cuando y que de todas formas ya se terminaba… ya se terminaba en ese momento.

Como estaba mal del pie pese a las sesiones, mi madre me prestó su auto. Tenía un carnet provisorio que se podía sacar a partir de los dieciséis y con autorización de los padres. Manejé de regreso a casa, metí el auto en el estacionamiento que había en la esquina (ya que en casa no teníamos espacio) y caminé despacio hacia mi hogar. Metí la llave y abrí muy despacio, como era la hora de la siesta no quería provocar malestares al despertar a mis padres con lo escandalosa que era la puerta.

Entré y cerré con el mismo sigilo, estaba por dirigirme a mi cuarto cuando escuché ruidos provenientes de la cocina. Con la inocencia de un niño me asomé porque los sonidos me hacían pensar en alguien que se había herido, y al asomarme… encontré a mi padre cogiendo con una mujer en la mesa, en la mesa donde todos los días su familia comía. Y si acaso no vomité en ese mismo instante fue porque estaba en shock, porque esa mujer no era mi madre, esa mujer que presionaba sus enormes senos contra la mesa donde yo desayunaba todos los días no era mi madre, esa mujer que mi padre estaba montando desbocado NO ERA MI MADRE.

—¡¿Qué hacés?! —exclamé cuando por fin pude reaccionar.

Ambos se detuvieron, ella gritó y se movió hacia un lado tratando de cubrirse, él se llevó las manos a la entrepierna y abrió la boca sin decir nada.

Negué repetidas veces con la cabeza y salí de la casa. Estaba afectado, muy afectado por lo que había visto. Era tal mi sorpresa, mi odio y mi indignación que eché a correr. Ni siquiera pensé a sacar las llaves y llevarme el auto otra vez, no, corrí por las calles como si una horda de zombis me estuviera persiguiendo. No pensé en el dolor del pie, ni siquiera sentía las piernas o el suelo debajo de mí, sólo corría espoleado por el enojo.

Y sin darme cuenta me encontré golpeando sin descanso la puerta del consultorio de Mario, él abrió y al verme sudado, jadeante y con los ojos llenos de lágrimas me dejó entrar de inmediato. La consulta ya estaba cerrada, no había ni pacientes ni secretaria.

—Se la estaba cogiendo, se estaba… —jadeé llevándome las manos a la cabeza—. ¡Estaban en la cocina! En la mesa… en la mesa donde nosotros comemos, ahí desayuna mi hermana y mi vieja… mi vieja no sabe nada. Y él…
—Ian, Ian, shhhhh —le sujetó por las mejillas y me hizo mirarlo—. Despacio.
Respiré hondo, me perdí en sus ojos oscuros y me sujeté de sus muñecas.
—Mi papá se estaba cogiendo una mina en la cocina de mi casa —lloré finalmente.
Mario me abrazó, me sumergió en su pecho fuerte y masculino, y yo me perdí en su calor y en su olor. Me dejé embriagar por todo lo que él representaba, no sólo ese hombre atractivo que me culpablemente me gustaba, también ese modelo de hombre que yo había perdido en mi padre. Pese a todo, mi padre había sido mi adoración, ese modelo de persona al que yo aspiraba sin pensarlo dos veces, ese modelo de hombre que yo quería alcanzar, mi padre era mi dios y yo le rendía culto como cualquier creyente ciego a todo lo demás. Pero después de verlo en esa mesa con esa mujer… toda la imagen se desmoronaba, el tótem caía con todo un peso lleno de mentiras y farsas.
Mario… Mario de repente era todo eso que mi padre había dejado de ser.
Me sentó en la camilla y me acercó un vaso con agua. Bebí tembloroso, sentí sus pulgares cálidos en mis mejillas secándome las lágrimas y luego que me quitaba la zapatilla. Mi pie estaba hinchado de nuevo.
—Vine corriendo… no estaba pensando —me disculpé bajando la cabeza.
—Vamos a tener que empezar de nuevo con las sesiones —me sonrió acariciando con tal cuidado el empeine, como si mi pie fuera a romperse en cualquier momento—. Relajate, vas a tener que volver a tu casa.
—Estoy muy enojado y triste ahora… no puedo… No puedo dejar de pensar en lo que vi.

Me revolvía el estómago.

Mario me sonrió y me acarició el pie, y ante mi sorpresa se inclinó y le dejó varios besos. Me estremecí al sentir sus labios secos y la barba contra mi piel. Tenso, contuve la respiración y lo miré intrigado. Cuando él se irguió, abrí la boca pero no me salió nada para decirle, mucho menos cuando se inclinó y me besó en los labios.

Era la primera vez que un hombre me besaba desde… desde él. Y en cuanto reconocí su existencia, en cuanto dejé de pensar en él como esa persona que nunca había existido y que no me había hecho nada… todo vino de golpe, todo vino con una fuerza arrolladora que embistió contra mi pecho y me hizo llorar contra la boca de Mario. Él se retiró, preocupado y asustado por mi reacción, pero yo no pude hacer más que aferrarme a su camisa y echarme a llorar desconsolado… totalmente desesperado, dejando salir todo eso que había suprimido por diez meses. Lloré como un niño aterrado contra el pecho de ese hombre que por alguna razón me hacía sentir seguro y protegido. Mario me estrechó contra su cuerpo, me abrazó con fuerza y me frotó la espalda hasta que ya no me quedaron lágrimas y mi respiración se volvió demasiado afectada.

—U-un…tipo… me violó el año pasado… —tartamudeé finalmente.

Lo sentí abrazarme más fuerte, y entonces empecé a contarle todo. Le hablé de Javier y luego de lo que sucedió en el hotel con Marco. De cómo dije que sí hasta que dije que no pero no importó, de cómo me desgarró por completo y estuve una semana sin poder levantarme de la cama, de cómo no podía dormir hasta la fecha y negaba todo lo sucedido pero me afectaba de mil maneras por mucho que pretendiera que no era real.

—Nunca lo denunciaste…
—No, no, no —contesté sin separarme—. No quise saber más del tema, no quiero saber más del tema. Quiero enterrarlo de una vez y para siempre.
—Ian… esto es difícil de preguntar, pero ¿te hiciste el análisis de HIV?
—Sí… fue lo primero que hice —suspiré con cansancio, ese había sido mi terror más grande después de temer que volviera a suceder—. No tengo nada, pero lo tengo que volver a hacer dentro de poco.
—Bien, me alegro… Me alegro que hayas hablado, no es sano guardarse una cosa así.
—Claramente no lo es —asentí mientras él me apartaba los cabellos negros del rostro y me acariciaba las mejillas—. ¿Por qué me besaste?
—Porque me gustás —rió avergonzado encogiéndose de hombros—. Debés pensar que soy un viejo verde.
—Lo de viejo está de más —sonreí sonrojado—. De nuevo, besame de nuevo.

Me dio una sonrisa que nunca antes le había visto y luego fue a besarme. Su bigote y barba contra mi rostro se sentía bien, sus labios secos contra los míos y luego su lengua cálida y húmeda. Estremecí de pies a cabeza, se me escapó un suspiro y estrujé su camina húmeda por mis lágrimas. Mario enterró los dedos en los cabellos y se pegó aún más a mí, y me besó, me besó suave y por un buen tiempo hasta que casi no recordaba por qué había estado llorando. Sus besos eran pasionales pero delicados, esa debía ser la forma en que cualquier persona merecía ser besada.

Casi terminé ronroneando cuando los besos se hicieron cortos y dulces.

—Me gustás mucho, nene —susurró besándome la frente.
—A mí… a mí también me gustás mucho —contesté cerrando los ojos.

Me sentí querido, me sentí cuidado… y especialmente me sentí cómodo. No tenía miedo estando con él. Quería quedarme así por siempre, cosa que no podía ser, pero al menos me quedé sentado en su regazo mientras me acariciaba la espalda y conversábamos de otras cosas que no tenían que ver con el altercado en mi cocina. De hecho, hablamos sobre la sexualidad.

—Esto de ser bisexual me re confunde —suspiré jugando con los botones de su camisa—. ¿Vos también sos bi o…?
—No, en realidad soy gay hasta la médula —se rió.
—¿Entonces?
—Soy de otra generación. Negué muchos años lo que era y lo que me pasaba. Y al igual que vos era una cosa impensada charlarlo con mi viejo, impensada. Así que lo suprimí, me forcé a armar la vida como se suponía: estudiar, recibirme, conocer una linda chica, casarme y tener hijos. Caí en el estereotipo del tapado que vive en el armario y sale de vez en cuando a meterle los cuernos a su mujer con otro tipo —suspiró finalmente—. No es la imagen que quería darte, pero…
—Vos no me debés nada —lo interrumpí irguiéndome para verlo—. Además… bueno, no es que quiera darte excusas, pero no es lo mismo meterle los cuernos a tu mujer porque sos un pelotudo que porque no te queda otra. Mi viejo… mi viejo es un cagón.
—Yo también lo soy.
—Pero te estás separando ¿no?
—Sí —sonrió acariciándole el mentón.
—¿Qué? —reí sintiéndome incómodo por su mirada fija.
—Tenés unos ojos… muy lindos, nene, muy indos. Ese día que te vi en la charla hacía lo imposible para no mirarte, pero tenés unos faroles que atrapan.

No era la primera vez que me decían que tenía lindos ojos, pero su forma de decirlo me sonó tan tosca y sincera que no pude evitar demandar un beso más. Mario no era perfecto, estaba lejos de serlo. Tenía dos hijas que casi eran mis compañeras, se estaba separando y me sacaba más de veinte años de edad… Pero yo estaba bien en ese momento, nada más me importaba que perderme en su boca y dejar que el mundo se hundiera.

—Mejor te llevo a tu casa, es tarde —suspiró sin dejar de mimarme.
—Mmhh… sí. ¿Mario?
—¿Mmh? —ronroneó frotando su nariz contra la mía, ese sencillo gesto me llenó el pecho de una hermosa calidez.
—No quiero que esto quede acá. Tengo miedo y me dan nervios. No te pido que seas mi novio ni nada, pero… Quiero que seas un viejo verde un rato más —sonreí finalmente.
—Puedo hacer eso, me gustaría hacer eso.

*-*-*-*-*

Cuando regresé a casa mi padre me ignoró, al día siguiente intentó tener una conversación para aclarar lo sucedido pero me negué a saber o entender. No quería saber por qué le metía los cuernos a mi madre, no quería saber los por qué, era un hombre adulto y estaba en él el por qué hacía las cosas… mi indignación estaba en el hecho de haber llevado a su polvo a nuestra casa. Si hubiera sido Mía en lugar de mí quien los descubriera las cosas hubieran sido mucho peores, porque mi hermana era mucho más sensible y pese a todo idolatraba a nuestro padre.

Además, estaba demasiado pendiente de relajarme y empezar a vivir realmente ahora que Mario estaba en mi vida. Esos diez meses había sobrevivido, me las había ingeniado para que nada me comiera la cabeza… ahora que había dejado salir todo el veneno quería empezar a vivir, a relajarme y disfrutar. Me costaba aceptar muchas cosas todavía, pero al lado de Mario todo era perfecto.

Retomamos las sesiones de fisioterapia, las cuales terminaban en eternas charlas y largos besos que nos dejaban los labios entumecidos. A veces hablábamos sobre el asunto de la sexualidad y demás, hablar con él me dejaba hecho una seda, relajado y listo para enfrentar tanto al mundo como a mí mismo.

De hecho… éramos amigos. Amigos que un día salieron a jugar al basket a una cancha cercana al consultorio. Por la hora no había nadie, la mayoría de los chicos estaban en el colegio o quién sabe, pero teníamos la cancha para nosotros solos. Como mi pie estaba mejor nos dedicamos a jugar un poco. Yo no iba a negarme a ver a Mario corriendo y sudando su camiseta. Ahí estaba la explicación de por qué se conservaba tan bien pese a estar en sus cuarenta largos, tener dos hijas y un trabajo a tiempo completo: el hombre era deportista y vaya deportista, capaz de correr de una punta a la otra siguiéndole el ritmo a un mocoso de mi edad.

—¿Apostamos? —me dijo con la pelota en la mano mientras yo me ataba el cabello.
—A ver —sonreí cruzándome de brazos.
—El que la emboca a mitad de cancha tiene derecho a pedirle al otro lo que quiera.
—Es la peor excusa del mundo para conseguir un favor sexual ¿sabías? —me reí quitándole la pelota y caminando hacia la mitad de la cancha.
—¿Arrugás? —me desafió dándome una nalgada.
—¡Pffff! Voy a hacer que me la chupés —acepté el reto.

Piqué la pelota un par de veces, apunté y me alcé en una perfecta postura. La pelota voló a través de la cancha, rebotó en el aro y fue a parar fuera. Mario corrió a buscarla y regresó a mi lado con expresión triunfante, le saqué la lengua y lo dejé ocupar el lugar. Lo vi prepararse, pegar el salto y lanzar… y encestar limpiamente. Para no hacer tan evidente mi derrota jugamos un rato más, hasta que el pie empezó a pasarme factura y regresamos al consultorio.

Yo sabía que él no iba a cobrarme la apuesta, Mario no me presionaba… pero a la vez yo era muy consciente de que él tenía necesidades y de hecho… yo también. Ya llevábamos casi un mes de esa manera, “juntos”, lo que fuera que eso significara. Yo no le temía, no me sentía incómodo nunca a su lado y mucho menos presionado. Por ello, cuando entramos a su oficina le tomé la mano y lo hice girarse, lo besé con hambre adentrando mi lengua y enredándome a la suya.

Mario estaba sudado y tenía ese fuerte olor a hombre que me excitaba. Tuvo la cortesía de no decir nada, sólo de acariciarme sobre la camiseta sudada. Yo no tuve el mismo tacto, le quité la prenda por encima de la cabeza y acaricié su torso marcado y con la línea de vello negro que bajaba por el vientre hacia la entrepierna. Pegué la boca a uno de los pectorales y bajé lamiendo llevándome el salado sudor con mi lengua. Despacio bajé hasta quedar de rodillas y allí me paralicé.

—No tenés que seguir si no querés —susurró acariciándole los cabellos lejos del rostro.
—No, quiero… pero… No tengo mucha idea —sonreí avergonzado.

Mario se mordió el labio inferior, fue la primera vez que vi el deseo loco que sentía por mí. Sus ojos ardían y en todo su rostro podía ver cuánto me deseaba. Deslizó su mano grande hacia la parte trasera de mi cabeza y me empujó gentil hacia su entrepierna. Presioné la nariz y la boca contra su pantalón y se me escapó un jadeo mientras me apoyaba en sus fuertes muslos. El olor a hombre era intenso y excitante.

—Ah…

Cual adicto froté el rostro contra su entrepierna sintiendo la forma de su miembro cubierto, y hasta cierto punto me atreví a pasar la lengua. Lo escuché resoplar y entonces volví a mirar. Mientras sus ojos oscuros estaban fijos en mí se bajó el pantalón y la ropa interior, su pene largo y grueso me saludó casi de un salto. Me sabía sonrojado y agitado, y hasta estaba seguro de que debía tener los ojos nublados de deseo. Algo en Mario, no sólo lo sensual y atractivo que era me enloquecía, quizás su olor, la forma en que me miraba, quién sabe… pero tenía algo que me despertaba y disparaba mis sentidos.

—Abrí la boquita…

Jadeante por su tono y sus palabras, obedecí y dejé que me delineara los labios con el glande brillante y baboso. Me acarició la mejilla y deslizó los dedos para sujetarle las mejillas sólo con una mano, me apretó la mandíbula y me hizo abrir la boca. Se me escapó un gemido necesitado, cerré los ojos y dejé que fuera metiéndome su verga. Ni siquiera tuve que empujarlo, cuando me vio fruncir los ojos detuvo su avance.

—Despacio, chúpalo despacio —me indicó sin soltarme la cabeza—. Así… muy bien, nene.

Comencé a mover la cabeza, adelante y hacia atrás, acostumbrándome el grosor de ese pedazo de carne y a su sabor. Estaba caliente y era tan duro, el glande babeaba presemen contra mi lengua y yo lo tragaba sin problemas. Pronto empecé a chupar y luego a succionar, y cuando Mario me regaló un deseoso jadeo abrí los ojos para contemplarlo mientras se la chupaba. Le acaricié el fuerte abdomen y me aferré a una de sus piernas mientras me movía más rápido.
No estaba tragando gran cosa, pero me sentía tan excitado.

—Pará, nene, pará —gimió gutural.
—¿Te mordí? —pregunté preocupado.

Él se rió, me ayudó a levantarme y me sentó en la mesa del escritorio. Me besó en los labios de la forma más sensual y prohibida que debía existir, me dejó gimiendo y deseando más. Metió sus manos calientes bajo mi camiseta y con los pulgares me amasó los pezones hasta provocarme un tirón en el estómago.

—M-Mario…
—Shhh… estoy ocupado —sonrió mordiéndome el labio inferior—. Tengo que mimar a un nene muy bonito.

No pude quejarme, jadeé contra sus labios y me dejé tocar… y sólo podía pensar que me tocara más, que siguiera y nunca se detuviera. Más tarde pensaría que no tuve miedo y que ningún recuerdo desagradable vino a mi mente. Quizás era porque lo estaba haciendo porque quería y no porque trataba de demostrar algo o me sentía presionado a ello.
Me bajó lo suficiente el pantalón y el calzoncillo, me masturbó y me comió la boca de un beso intenso que me dejaba sin aire. No dudé en sujetar su propia verga y seguir los mismos movimientos. Me sentía un ignorante, Mario movía la mano de una forma en que me hacía temblar y casi retorcerme en la mesa, mientras que yo sólo subía y bajaba el puño todo lo que podía.

Estaba cerca de venirme cuando sentí que sus dedos bajaban hacia mis testículos, alcé un poco las rodillas y eché la cabeza hacia atrás, sus dedos estaban húmedos y resbalosos por mi propio presemen. Su boca se encargó de lamerme la oreja y recorrerla, escuchaba su pesada respiración tan de cerca y la intercalaba con esas intensas lamidas. Ni siquiera me di cuenta cuando sus dedos bajaron un poco más, para cuando entré en razón los tenía frotando sobre mi ano.

—No… no, eso no, ahí no —casi salté empujándolo por el pecho.
—Shhhh no te voy a coger, relájate —ronroneó contra mi oreja.
—¿Por qué me estás tocando ahí si… si no me vas a coger? —me quejé asustado.

Estaba próximo a echarme a llorar, todo el miedo que no había sentido aparecía de repente, desesperado de terror y decepción porque volviera a sucederme aquello. Pero Mario me acarició la nuca y me hizo verlo.

—No te voy a coger, nene —susurró besándome en los labios—. Te quiero hacer sentir bien y que te olvides del miedo de que te toque acá. Shhh… sentí, despacio…
—N-no… es que… ¡ah!

Abrí los ojos de par en par mirándolo. Estaba usando tres dedos, con uno daba toquecitos sobre mi culo y con los otros dos masajeaba alrededor. Y se sentía… extraño pero bien. Se me escapó un jadeo tembloroso y él sonrió dulce, me besó otra vez y yo volví a masturbarlo con ansiedad.

—¡Ahhh! Ah dios… —gemí cuando sentí que me metió el dedo—. Se siente… se siente muy raro.
—Te va a gustar…

Y me gustó, no sé exactamente qué hizo. Pensé que iba a meterlo y sacarlo, pero una vez que lo metió no lo sacó, lo movió dentro de mí de una manera que me hizo temblar. Lo curvó y casi me hizo gritar de no sé por qué enterré el rostro en su pecho mientras tenía le orgasmo más delicioso de mi vida. Retiró el dedo y llevó la mano hacia la mía, me enseñó a tocarlo hasta hacerlo correrse entre nuestros dedos. Tembloroso y casi drogado de placer vi cómo llevaba esos dedos manchados y esparcía el semen contra mi ano, casi no podía respirar de gusto.

—Chupalos —me dijo contra el oído.

Y sin dudarlo, casi hipnotizado, chupé mis dedos salpicados de semen hasta limpiarlos. Ni siquiera puedo recordar el sabor o la consistencia, estaba completamente borracho de goce y casi elevado en una nube de placer.
Mario me besó otra vez y me miró sonriente.

—¿Te gustó?
—Te… te voy a dejar ganar apuestas más seguido —contesté con una sonrisa boba.
—Ah, ¿así que me dejaste ganar?
—Obvio, es imposible que un viejo como vos me gane en deportes, o sea —reí encogiéndome de hombros y mintiendo descaradamente.

Otra vez me sonrió de esa forma en que me desarmaba, me sujetó y me cargó sobre su hombro para llevarme a la camilla. Entre gritos y falsos insultos, pataleé y le dí de golpes en el trasero… Nunca me había sentido tan feliz en mi vida.

CONTINUARÁ...
Notas finales:
Espero que les haya gustado, denme de comer dejándome su review *w*
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