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PRÓLOGO

La mujer que dormía se llamaba Marie Claude, pero todos la llamaban «reina». Hacía trece años había dado a luz a princesa Valerie y su pequeño príncipe de nueve años se llamaba Emmanuel. Los dos habían heredado su pelo rubio y sus ojos azules, pero Princesa era la única que había sido maldecida con su estupidez. Ya le venía la regla y todavía no aprendía a dividir. Príncipe, en cambio, había leído su primer libro de cuentos a los seis años y podía recitar los carteles de las catacumbas de París como si fuesen un poema.

Vous êtes invité à ne rien toucher, età ne pas fumer dans l’ossuaire.

Marie Claude se preguntaba qué diría Emmanuel si algún día se enteraba de que él había sido concebido allí mismo, en las catacumbas. ¿Dejaría de recitar poemas?
Su marido había desaparecido hacía dos años sin siquiera vaciar los armarios. Tampoco les había dejado un mísero centavo. Pero cuando ella acudió a la escuela privada a la que acudía Emmanuel (Valerie no se había adaptado a las exigencias y concurría a una pública) para pedirles que no lo expulsaran por la deuda que se acumulaba, la directora la miró extrañada. Un hombre joven que se había presentado como «sólo Alexieu» había abonado el dinero de las cinco cuotas adeudadas y las treinta y dos que restaban.
Marie Claude se despertó preguntándose por qué Sólo Alexieu había pagado nada más que la escuela primaria. Si era rico, otro par de miles de billetes no habrían sido la gran diferencia.
—Era un joven alto, de ojos verdes y muy guapo —dijo la secretaria de la escuela. Marie Claude no conocía a ningún joven de ojos verdes y cuando oyó la palabra «guapo» se dijo que no quería conocerlo. Por culpa de un hombre así estaba como estaba, por culpa del padre de Princesa y Príncipe…
Marie Claude se irguió y miró la hora. Faltaban quince minutos para la medianoche. Cuando se sentó sobre la cama vio las marcas de sus muñecas. Lo intentaba hacía un año y todavía no lo había logrado. Las cicatrices eran como las líneas de un pentagrama musical, como los renglones del cuaderno de Emmanuel. Doce menos cinco. Debía darse prisa. En un pequeño cine del tercer distrito proyectarían esa noche una película de terror seguida de otra. Marie Claude había dejado el periódico abierto sobre la mesa del desayuno y Emmanuel sucumbió a la tentación. Le dijo que iría a estudiar con un amigo.
Levantó el colchón de su cama y sacó de allí un libro pequeño, antiquísimo. Se lo había entregado uno de ellos, un Arrepentido llamado Kaen Sabik. El libro era un recetario de invocaciones a diferentes demonios de bajo rango y el Arrepentido le había señalado dos de ellos con una cruz hecha a lápiz rojo. Ella había leído los dos pactos demoníacos varias veces, pero no encontraba la diferencia entre ellos. Tal vez, si Emmanuel los hubiese leído…
En silencio, se arrodilló, extendió un brazo bajo la cama y arrastró la caja. Cuando la abrió, una cucaracha del tamaño de una pelota de golf se deslizó hacia afuera y se mezcló con la oscuridad. Marie Claude tembló. Le temía a las cucarachas. Con amargura, pensó cómo era posible. Ella, que había visto los sacrificios que ellos realizaban «en nombre de Dios», le tenía miedo a un simple insecto que cabía en la palma de su mano.
Encendió las velas. Eran cinco. Una por cada punta de la estrella. Durante siete noches había dormido con la puerta de la habitación cerrada, para que sus hijos no viesen las cruces invertidas que había colocado en las paredes.
La habitación estaba en penumbras. La luz de las velas hacía que las sombras de los muebles bailotearan sobre el suelo, en una danza temblorosa. No era que ella tuviese muchos muebles. Un armario de dos puertas, donde se acumulaba tanto la ropa sucia como la limpia, una cama amplia en la que dormía sola y una mesilla que sostenía tanto las pastillas que la ayudaban a dormir como la taza de café de hacía dos días. En el suelo, dormitaba el polvo que ya no se molestaba en barrer y en el techo, columpios de telarañas brillaban cuando las velas las acariciaban con su resplandor mortecino. Por la ventana sólo se veía una oscuridad fría y distante, y edificios recortados contra los aguijonazos brillantes que agonizaban entre nubes de contaminación.
Cuando las dos manecillas del reloj llegaron al doce, se arrodilló frente al altar que había colocado en el piso y sacó de la caja las pequeñas aves que agonizaban, las estampas religiosas mutiladas y su rosario de cristal de roca. Con el rosario ahorcó las aves y con una daga de plata les abrió el estómago. Cuando se puso de pie y se sentó en el centro del pentagrama, se dio cuenta de que tenía el rostro bañado en lágrimas.
—Espíritus negros y atormentados —balbuceó—, espíritus proscritos. Yo los convoco en esta noche, yo los llamo, yo los aclamo, yo los adoro, yo les ruego, yo les suplico…—Tembló de nuevo. La cortina de la ventana se agitó y de repente sintió un tremendo dolor en la parte posterior de la cabeza. Había caído de espaldas al suelo. La habían empujado. Y entonces la oyó. Parecía provenir de su mismo interior, de su cerebro castigado, de sus neuronas apagadas. Era una voz, y dijo:
«Seis días tardó la Creación, diez fueron las plagas de Egipto, cuarenta noches duró el diluvio, ¿cuál es el número que tallaré en tu frente?»
Marie Claude ahogó un jadeo. ¡Había funcionado! Juntando valor, apretó los puños y respondió las palabras que había memorizado:
—Es la cifra de un ser un humano, y su cifra es seis, seis, seis… ¡no puedo abrir los ojos!
«No necesitarás tus ojos. ¿Qué buscas? Respóndeme.»
—¡Quiero salvar a mis hijos!
«Tus hijos están condenados.»
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¡No es cierto! ¡Sálvalos, ayúdame, te lo suplico!
«Seis días tardó la Creación, diez fueron las plagas de Egipto, cuarenta noches duró el diluvio, ¿cuántas almas alberga tu cuerpo?»
—¡Una! ¡Una!
«¿Cuántas almas tienen tus hijos?»
—¡Una! ¡Una él, una ella!
«Una ella. Una él. Ella está en él y él está en ella.»
—¡No te entiendo! ¡Por favor…!
«Ojo por ojo, diente por diente, alma por alma. ¿Aceptas?»
—Está bien.
«¿Aceptas?»
—¡Sí!
«Mi nombre es Zabaroth, ¿cuál es el tuyo?»
Ella suspiró, desesperada.
—Marie Claude Malory.
«Marie Claude Malory, ¿cuál es tu deseo?»
Ella quería salvar a sus hijos y Zabaroth le dijo que debía elegir uno de los dos. Que dijese el nombre del que no fuera el elegido. Ella, luego de pensar y repensar aquella frase, susurró «Valerie». Zabaroth explicó que pondría uno de sus demonios proscritos a cargo y que el alma de Marie Claude le pertenecería cuando ella muriera. Fuera de la forma que fuese.
«Puedes suicidarte en paz.»
Esa noche, cuando Marie Claude se lanzó al Sena, oyó de nuevo la voz de Zabaroth: «mi subordinado ya ha tomado su puesto, debes elegir su nombre».
«Sólo Alexieu», pensó ella antes de morir.
Cuando Emmanuel volvió, a las tres de la madrugada, no encontró en la habitación de su madre nada más que un antiguo medallón de oro con una estrella de cinco puntas grabada en el dorso.
























Capítulo uno: Alexieu








Mary Magdalene Sabik no podía creérselo: por primera vez el cántaro le mentía. Él espíritu que vivía en su interior solía conformarse con sangre de animales, pero para contestar aquellas preguntas había exigido sangre humana. Afortunadamente todavía tenía reservas.
Desde que les había comprado aquel medallón a los niños vestidos de negro que fornicaban en las catacumbas, su casa estaba atestada de criaturas malévolas. Los vasos levitaban, la comida desaparecía de su sitio y un día encontró su zapato derecho flotando en el escusado. Cuando metió la mano para recuperarlo, algo tiró de la cadena y su mano fue succionada hacia el interior, quebrándole la muñeca. Ya estaba harta. Convencida de que necesitaría ayuda para librarse de aquellos poltergeists, abrió el candado de su antiguo laboratorio y sacó de un armario un enorme recipiente de barro cocido. Hacía años que no lo utilizaba y parecía que el tiempo lo había hecho más pesado. O tal vez ella tuviese menos fuerza.
Su laboratorio le traía malos recuerdos. Antes, cuando todavía tenía esperanzas de ser elegida, solía mantenerlo limpio y ordenado. Ahora, con las articulaciones doloridas por la humedad y la vejez, cosas tales como la limpieza y el orden le importaban demasiado poco.
Su laboratorio estaba ubicado en el sótano. Todo estaba tal cual lo había dejado: las estanterías repletas de libros antiquísimos, frascos que contenían semillas u hojas de plantas extintas hacía siglos, muñecos de cera, velas con formas humanas. En el centro del laboratorio, su mesa de trabajo, cubierta por una gruesa capa de polvo, todavía exhibía los restos de su último hechizo de magia roja. Sí, allí estaban los montículos de cera de vela, los pétalos de rosa, el mechón de cabello de aquel hombre que había engañado. Sacudió la cabeza para quitarse todos aquellos recuerdos de la memoria. Todo estaba en orden allí. O casi en orden. Caminó hasta la mesa, para apoyarse, y enseguida gritó. Un clavo salido se le había enterrado en la palma de la mano izquierda. Insultando por lo bajo, dejó sobre la vieja mesa el plato que llevaba en la derecha. La sangre de las gallinas ya estaba fría. Ansiosa, buscó entre su manojo de llaves un trocito de alambre y se inclinó hacia un baúl grande y tosco, que sin duda había conocido tiempos mejores. Bueno, lo importante era que estaba intacto. En el laboratorio no había ventanas, de modo que nadie habría podido escabullirse en su interior. Y en caso contrario, ¿qué se habría encontrado un ladrón al forzar el candado de ese viejo baúl? Sólo un cántaro de barro. Un cántaro que, a pesar de parecer completamente vulgar, era de un valor incalculable.
Cuando la sangre llegó al cántaro, ya se había coagulado. Inquieta, nerviosa al pensar que tal vez el espíritu que moraba en sus profundidaes hubiese desaparecido, aguardó sentada sobre sus rodillas el saludo acostumbrado.
—Mío es el sabor de la sangre, tuyo es el sacrificio que entregas. Míos son los secretos que buscas, mías las respuestas que anhelas.
—Hola, Arlequeen —saludó Magdalene, aliviada—. Tanto tiempo, me alegra ver que no te has oxidado. —La sangre burbujeó sobre la superficie del cántaro, salpicándole la ropa.
—Magdalene, Magdalene, ¿qué has hecho? ¡Esta casa está más maldita que las monjas de Loudon ! —La sangre estalló en una carcajada y un humo perlado comenzó a flotar en espiral sobre la superficie. Magdalene apretó los dientes. El humor de Arlequeen la ponía de los nervios.
—Para eso te he convocado. No sé qué está sucediendo. —Siguió con la mirada las volutas de humo que, haciéndose cada vez más densas, comenzaban a recorrer el laboratorio. Pasearon entre los frascos que estaban en el suelo, rodearon las patas de la mesa, subieron por las telarañas de los muros, por las manchas de humedad… finalmente llegaron hasta el techo y luego volvieron a bajar, deshaciendo su camino.
—Cuéntame más. ¿Hace cuánto que sucede esto? —Magdalene se lo pensó.
—Dos meses, más o menos. —No relacionó los hechos con la compra de aquel medallón. El humo de Arlequeen se enroscó en torno a sus piernas y ella se estremeció. Estaba helado. Cerró los ojos. Arlequeen subía por su vientre y se coló entre sus pechos marchitos. Cuando estaba a punto de llegar al cuello, Magdalene sintió que la superficie del cántaro rugía y que las lenguas del humo que le lamían los pechos le azotaban la piel.
—¡Tienes un demonio colgando del cuello! —gritó Arlequeen. Magdalene sintió la boca en llamas. Bajando la vista, contempló el medallón que brillaba allí, entre los encajes rancios de su sostén.
—¿Qué es? —preguntó. La voz le temblaba.
—No lo sé. Acércalo. —Ella se lo arrancó del cuello y, lentamente, lo sumergió en la sangre. El cántaro se sacudió y la sangre comenzó a salir a chorros. Magdalene sintió que la cadenilla le quemaba la piel. La soltó, gritando de dolor. El humo pareció hacerse sólido y más frío que nunca. La empujó hacia atrás, congelándole los sentidos. Gritó, y la cabeza le dio de lleno contra el suelo. Cuando intentó abrir los ojos se encontró con la mirada furiosa de una criatura que no podía ser más que el demonio del medallón. Era completamente negra, como hecha sólo de vapor de oscuridad. Lo único vivo en ella eran unos ojos rojos y flameantes, sin pupilas, que se abrieron al máximo cuando Magdalene volvió a gritar.
La criatura abrió la boca y rugió. Furiosa, le mostró a Magdalene una mano de uñas afiladísimas.
—¡Sácalo! —chilló Arlequeen. Magdalene vio que la sangre chisporroteaba en todas las direcciones: el espíritu del cántaro estaba tratando de sacar de allí el medallón por sus propios medios, pero no tenía la fuerza suficiente—. ¡SÁCALO! —Magdalene envió una patada. El cántaro se volcó. En un instante, el peso de la terrible criatura desapareció y Magdalene gritó de nuevo al darse cuenta de que en el afán de quedarse allí, le había clavado las uñas en el costado.
Jadeando, se incorporó. Temblaba. La sangre del cántaro se había derramado por el suelo y mezclado con la suciedad. El medallón la contemplaba desde allí, frío, terrible, maléfico.
—¡Arlequeen! ¡Arlequeen! —gritó ella, sacudiendo el cántaro.
—¡Estúpida! —gruñó el espíritu—. ¿De dónde sacaste eso?
—Los satanistas de las catacumbas —balbuceó ella—, me lo dieron a cambio de que echara un maleficio de sangre. —Trató de recomponer su respiración—. ¿Qué es? —Arlequeen hizo silencio.
—Un demonio —dijo al fin—, muy poderoso. Pero su situación es extraña. Está atado a un ser humano, a un joven. Es su guardián. Lo extraño es que tiene miles de años y es la primera vez que lleva a cabo esa tarea.
—¿Cuál es su nombre? —preguntó ella, mirando el medallón con un temor respetuoso.
—Alexieu.
—Alexieu… ¿Por eso ha llenado la casa de poltergeists?
—Sí. Quiere volver con su protegido. Está furioso. Si no le devuelves el medallón a su dueño, acabará matándote. —Ella tragó saliva. Una gota de sudor helado le bajó por la espina dorsal—. ¿Por qué no me cuentas más, Magdalene? ¿Por qué no me dices cómo llegó este demonio a tus manos? —No respondió. Decidida, se levantó, tomó el medallón y sin siquiera guardar el cántaro en su sitio, salió de allí.
—Tráeme sangre de la buena, querida —exclamó el espíritu, antes de que cerrara la puerta.



Emmanuel Sebastian Malory tenía diecisiete años y muy pocas ganas de cumplir los dieciocho. Podría entrar legalmente a los antros, pero esa perspectiva no lo animaba en absoluto. Conocía todos los antros de París y los dormitorios de todos los hombres que se habían acercado a preguntarle su edad.
¿Cómo se llama un chico que se ha acostado con más de cien muchachos? ¿Maricón, calientapollas? Emmanuel prefería llamarse a sí mismo un curioso. Los hombres le causaban esa sensación, pero no la suficiente como para quedarse al lado de ninguno. Todavía no llegaba la persona capaz de llenar ese vacío en el estómago que sentía cada vez que se despertaba; los hombres con los que estaba eran tan vulgares y simples como la cáscara de un maní.
A esas horas de la tarde, Emmanuel se encontraba en el cementerio. Se sentó sobre el suelo de piedra y observó sus manos, entumecidas por el frío. Estaban pálidas, ajadas. Miró a su alrededor; sólo vio cientos de panteones borrosos, cada uno con su grotesco ángel o santo de piedra. Emmanuel conocía algunos panteones abandonados. Varias veces había pasado la noche entre sus muertos tristes, con la única compañía de un ramo de flores de plástico y un ataúd carcomido por el tiempo. Algunos panteones estaban vacíos. Y todos estaban demasiado sucios. A veces, cuando Emmanuel dejaba volar la imaginación, trataba de adivinar quiénes habían sido aquellos hombres y mujeres que ahora no eran más que cenizas.
Se levantó y caminó hacia la salida. Las callejuelas del cementerio eran estrechas y los pasadizos, laberínticos. No había señales para poder ubicarse, sólo las estatuas le mostraban el camino. A Emmanuel le parecía ridículo que la gente gastara tanto dinero en los muertos. Apretó el paso. Tenía frío, ya casi era de noche y lo peor de todo: comenzaría a llover.
Pero, ¿quién se preocuparía por él si llegaba tarde a casa? ¿Valerie?
Se imaginó que estaría tan colgada de ácido como para saltar del quinto piso. Sonrió, imaginándosela ensartada entre las ramas de los árboles como una brocheta de pescado. Valerie era su hermana, otra curiosa. Ella y Emmanuel se parecían en demasiado. El pelo, los ojos, la piel. La belleza. Pero la curiosidad de Valerie era distinta de la de Emmanuel. Y, pensándolo mejor, él ni siquiera se atrevía llamar a eso curiosidad. A Valerie le gustaba follar, punto. Le gustaba follar, las drogas, el alcohol, las fiestas, la ropa negra y escotada y los chicos con muchos piercings y tatuajes. Y a Emmanuel también le gustaba todo aquéllo, pero en cuotas proporcionadas. Si él no se preocupaba de sí mismo, ¿quién lo haría? Su madre estaba allí, bajo tierra, y los amigos de su hermana estaban más interesados en su trasero que en su bienestar.
¿A dónde iría? No tenía dinero. La lluvia se cernía sobre él, amenazante, en un cielo vaporoso, frío y ceniciento. Corrió por entre los árboles y los ángeles ciegos, bajó por escalerillas de piedra, hizo caso omiso a los gatos que correteaban de un lado a otro para resguardarse del próximo diluvio… y llegó hasta la salida, enmarcada por cinco enormes columnas griegas.
Cruzó la calle y llegó hasta el parque. Se tambaleó. Un calor anormal le oprimió la frente y los ojos se le llenaron de lucecitas de colores. Y de pronto, tan rápido como había llegado, la náusea se fue.
Como un suspiro.
Como el aire.
Naturalmente, no había nadie en el parque. Las bancas estaban vacías y, aunque era día de feria, todos los vendedores se habían quedado en sus casas, resguardados por sus techos y sus paredes bienhechoras. Los toboganes se veían tristes sin ningún niño encima y las hamacas se balanceaban solas con el viento, como si los fantasmas de los infantes muertos se hubiesen escapado del cementerio para jugar en los juegos que no habían podido disfrutar en vida.
Emmanuel se rodeó con los brazos. Sentía que se estaba muriendo de frío. Lo azotó la tentación de volver a su casa, pero sacudió la cabeza al imaginarse a los amigos de su hermana apilados sobre el suelo uno encima de otro, esperándole para divertirse un rato entre los vapores del whisky, el humo de la hierba y los orgasmos alcohólicos. Tal vez, si tenía suerte, podría encerrarse a tiempo en su cuarto y acostarse a dormir, tratando de olvidar el hambre. Apenas tenía una moneda para el autobús. Le dirigió una última mirada al parque vacío, paseó con vaguedad sus ojos claros por los árboles… y se detuvo en la figura de una mujer anciana, jorobada, totalmente vestida de negro. Pensó que parecía un viejo murciélago malhumorado.
El murciélago miraba hacia todos lados, con una urgencia nerviosa. Posó sus ojos sobre Emmanuel y esbozó una sonrisa torcida. El chico se alarmó al ver que lo saludaba con una mano y lo invitaba a acercarse. No había nadie más por allí. La seña y la invitación eran para él.
Y se preguntó qué querría el murciélago. Miró para otro lado, haciéndose el desentendido, pero aquella desconocida insistió. Incómodo y casi con miedo, decidió acercarse. Tal vez se preocupaba demasiado, pensó, era posible que sólo deseara preguntarle algo; la hora, por ejemplo.
—Hola, querido —saludó el murciélago.

Al fin, era él, Magdalene estaba segura. La desesperación que lo invadía casi se podía tocar. También advirtió, para incrementar su diversión, aquel brillo de inocencia corrompida que se agitaba en sus pupilas.
«Alexieu tiene gustos muy exquisitos», pensó.
Lo observó mientras se acercaba. Era alto y vestía de negro. Se sonrió al observar la perturbadora belleza de su rostro: los ojos cristalinos, abiertos y atentos, quizás muy grandes. La piel blanquísima, sin siquiera una mancha o imperfección juvenil. El cabello le caía sobre los hombros, sucio, desgreñado y rubísimo.
—¿Sí? —preguntó Emmanuel. El murciélago le hacía pensar en las viejas brujas de los cuentos de hadas. Feas, diminutas y deformes, con los vestidos llenos de lamparones y los pies ocultos por unos zapatos de hebillas oxidadas.
—Tengo algo para ti —dijo la bruja murciélago—. Toma. —Y le extendió una cadena con una medalla.
—Dios santo… —susurró Emmanuel. Los dedos del murciélago se enredaban alrededor del metal frío. Culebras doradas ahorcando la carne brujeril—. ¿Dónde…?
—Tómala —respondió ella. Él la miró, entre sorprendido y enfadado—. Llévatela, te la regalo.
Emmanuel la miró.
—No, gracias —exclamó. La sonrisa desapareció del rostro de la mujer, dejando paso a una expresión casi suplicante y desesperada que se esforzó por ocultar.
—Vamos, no tienes que pagármela.
Emmanuel miró alternativamente a la bruja y a la cadena. La medalla se balanceaba en el aire, rasgando el vacío con su resplandor opaco de oro olvidado.
A lo lejos, el autobús se acercaba. Emmanuel chasqueó la lengua, le arrebató la cadena al murciélago y echó a correr mientras el chaparrón se desataba sobre París.
—Gracias —le dijo al chofer, jadeando. Metió la moneda. Un tintineo sospechoso le dijo que la maquina la había rechazado. Lo intentó tres veces más.
Emmanuel no tenía más dinero. Nervioso, paseó los ojos por el suelo húmedo. Barro. Un papel de caramelo. Más barro… El autobús estaba vacío, exceptuando un anciano que dormía con la cabeza sobre su hombro, sentado en uno de los asientos traseros, y una chica morena que leía un libro con los audífonos de su reproductor de música clavados en los oídos.
—Ah.
Una moneda dormitaba en silencio bajo el primer asiento de la fila de la derecha. Una moneda húmeda, fría y maravillosa.
La recogió, la colocó por la gran boca de plástico y obtuvo el boleto blanco que luego botaría y descansaría junto a la basura y el barro del suelo, junto al papel del caramelo.
Se sentó en uno de los asientos de la derecha. Y suspiró. Acarició la medalla con dedos temblorosos.
—¿No piensas dejarme en paz, eh? —susurró.
Esa medalla había sido suya. La tenía desde la noche en que su madre se había suicidado y no le traía demasiados buenos recuerdos. Pero no eran sólo los recuerdos los que lo inquietaban. Esa medalla era extraña. Emmanuel había comenzado a tener pesadillas desde… desde su primera relación sexual. A los quince. Sabía que, de algún modo u otro que no llegaba a comprender, esa medalla era la culpable de sus malos sueños. Cada vez que la veía sentía una reminiscencia de culpa, un aguijonazo de tristeza y melancolía que sólo podía arrancarse a base de alcohol o pastillas. Y ahora había vuelto. Había intentado deshacerse de ella mediante los métodos más terribles: arrojándola al Sena, de un edificio de trece pisos, dejándola perderse en el váter… Siempre volvía. Ahora lo había hecho de nuevo. Y Emmanuel sabía que algo estaba a punto de comenzar.
La sostuvo entre sus manos y la estudió con atención. Era de oro, aunque no brillaba demasiado. Necesitaba una pulida. La frotó contra la tela de su pantalón. Tenía grabada una estrella de cinco puntas. La dio vuelta: había unas palabras legibles, pequeñísimas, esculpidas en el dorso: Agla Tetragramate Saday Eloy Adnai.
—Soler Emmanuel Sabast Adonay.
Era un artilugio religioso, de eso estaba seguro. Se preguntó cuánto le pagarían por ella los satanistas de Diablerie que practicaban misas negras en las catacumbas. Tal vez lo suficiente como para llenarse el buche de hamburguesas y patatas fritas recalentadas. Un momento. Ya se las había vendido. Hacía tres meses. Joder.
—Soler Emmanuel Sabast Adonay.
—¡Shhh, cállate! —reprendió una voz a sus espaldas. Emmanuel se volteó, sobresaltado. El dueño de aquella voz le había dado un golpe juguetón en la cabeza... y esa misma persona se estaba sentando a su lado. Era un muchacho. Emmanuel pudo notar que sería varios años mayor que él. Tendría entre veinte y veinticinco.
—¿Qué...?
—Niño, no vuelvas a pronunciar esas palabras nunca más —reprendió el hombre, quitándole la medalla.
—¿Eh? –Emmanuel estaba desorientado. Por la ventanilla desfilaban las manchas borroneadas de las tiendas que cerraban sus puertas a las ocho de la noche y el resplandor de los carteles luminosos de los bares y los clubes nocturnos.
El muchacho lo miró a los ojos y le sonrió. Se lamió los labios con una lengua muy rosada y puntiaguda.
—Hola, Emmanuel. Soy el demonio que ha habitado esa medalla durante ocho años. —Dicho eso, abrió la ventanilla del autobús y, con un perfecto tiro oblicuo, lanzó la medalla al vacío—. Al fin te encuentro. No sabes lo mal que la he pasado por tu culpa —reprochó, con una mirada malhumorada—. Esos idiotas a los que me vendiste me regalaron a esa vieja de la feria. Era una bruja. Estuve a punto de matarla cuando me di cuenta de que quería hacer de mí su puto esclavo.
Emmanuel oía, ensimismado. El hombre hablaba con naturalidad, como si estuviesen comentando el tiempo o el resultado de un partido de fútbol. ¿Demonio? ¿Bruja? ¿Esclavo? Emmanuel abrió los ojos como platos cuando el hombre comenzó a acercarse a él hasta acorralarlo contra la ventanilla. El conductor los miraba con curiosidad. No recordaba que aquel joven alto de piel clara y pelo oscuro hubiese subido al autobús. ¿Había pagado su boleto?
—Pero si estás empapado, mon amour —suspiró el hombre, tomándolo de la nuca.
—¿Q...? ¡Suéltame! —chilló Emmanuel, forcejeando, mirando a su alrededor en busca de ayuda. Pero estaba claro que ni el chofer, ni el anciano ni la joven iban a dársela.
—Shhh, no montes un escándalo —advirtió el hombre, sin alarmarse. Sus brillantes ojos verdes brillaban furiosamente entre las sedosas mechas negras que le cubrían la frente—. Si quieres una explicación, ya te la daré, pero ahora… déjame cumplir con mi trabajo.
Emmanuel trató de quitárselo de encima mediante un empujón, pero los brazos no le respondieron. Observó cómo el desconocido juntaba sus labios y soplaba sobre su cabello (¡suéltame, hijo de puta!). Otra vez, nada.
El hombre le soltó un botón de la camisa y dejó caer un sutil suspiro sobre su clavícula. Emmanuel, que tenía los ojos cerrados, se sorprendió de repente al notar que lo había soltado. Lo primero que vio al abrirlos fue una sonrisa divertida.
—¿De qué tienes miedo? —le preguntó el hombre—. Ya estás seco. ¿Qué pensabas que te haría? —Y luego agregó, en un susurro—: cuando vayamos a casa tal vez lo pasemos... interesante. —Emmanuel se sonrojó y se mordió los dientes. Se sobresaltó al darse cuenta de que era cierto: estaba seco. El autobús se detuvo en una esquina. Nadie subió. Nadie bajó, tampoco. Emmanuel contempló a las personas que caminaban por la calle apresuradamente, cubriéndose la cabeza con sus maletines o sus chaquetas.
—¿A casa?
—Sí, a casa. ¿Piensas dejarme abandonado aquí, en medio París…? —respondió el desconocido, ensortijando los dedos en torno a su cabello, ahora de un rubio claro, y tironeando con delicadeza haciéndole echar la cabeza hacia atrás—. Ah, pero si ni siquiera sabes mi nombre, mon amour. Me llamo Alexieu.
Alexieu se inclinó más hacia Emmanuel y apoyó la barbilla en su hombro. Respiró de su cuello, con suavidad, arrastrando los labios. Emmanuel se estremeció. Alexieu dio un respingo. Algo no iba bien. El autobús volvió a ponerse en marcha cuando el semáforo cambió de color. Emmanuel vio por la ventanilla los paraguas de los parisinos más precavidos.
—¡Joder! —gritó Alexieu. El chofer del autobús se sobresaltó, pero ni el anciano ni la joven se dieron por enterados—. Te falto por un tiempo y te me enfermas. Estás anémico. ¿Has dejado de comer?
Emmanuel se mordió el labio.
—Sí —respondió, bajando la mirada. Lo suponía. Los mareos, el cansancio. Anemia, genial.
Alexieu simplemente siguió mirándolo. Él se había encargado de alimentarlo durante todos esos años. Él se había encargado de todo.


Emmanuel rogaba que su hermana no estuviese en casa. Cuando bajó del autobús, Alexieu lo siguió. Emmanuel lo contempló de costado. Era un hombre realmente alto. Y atractivo. Tenía el cabello negro, lacio y brillante, y los ojos verdes más profundos que Emmanuel había visto jamás. Caminó rápido por el callejón, saltando los charcos y las baldosas flojas, tratando de no mirar hacia atrás. El chapoteo le indicaba que el hombre lo seguía. Dobló en una esquina y apretó el paso. La calle estaba desierta. Nadie lo auxiliaría si ese tipo resultaba ser peligroso. Cruzó la calle sin mirar a sus costados. Seguía oyendo el chapoteo. Aliviado, vio el cartel de neón de una tienda de comidas rápidas. Su casa estaba justo frente. Si ese tipo intentaba algo, alguien de la tienda tendría que verlo.
Emmanuel vivía en un viejo edificio de apartamentos. Las cañerías estaban hechas polvo y las persianas se trababan cuando intentaba subirlas, pero al menos no tenía que soportar que nadie lo mirara como a un bicho raro. Sus vecinos eran igual de pobres que él y entre ellos había un estudiante de filosofía amante de la marihuana, una prostituta y una pareja de homosexuales ancianos que se emborrachaban todos los fines de semana.
«Demonio», pensó mientras abría la puerta del edificio. No sabía qué quería decir exactamente con esa palabra, pero tenía la extraña sensación de que no estaba junto a un desconocido. Sentía que ya había visto a ese tal Alexieu. Si tan sólo pudiese recordar cuándo… o tal vez dónde…
—Se siente bien estar de vuelta —exclamó Alexieu. Emmanuel se interpuso entre él y la puerta, impidiéndole el paso. Alexieu alzó las cejas.
—Vamos, ¡déjame entrar! —exigió. Emmanuel lo miró a los ojos, frunciendo el ceño—. No haré nada que tú no quieras. Si quieres jugar a las cartas, pues jugaremos a las cartas. —Y se cruzó de brazos. Una pequeña sonrisa se asomó a los labios de Emmanuel. Se hizo a un lado, permitiéndole pasar—. Merci —susurró Alexieu, acariciándole la cintura a su paso. Emmanuel se estremeció con el contacto. Alexieu tenía una voz grave y melodiosa, suave, sensual. Emmanuel supo que había oído esa voz antes. En sus sueños. En sus pesadillas.
Como el elevador del edificio no funcionaba, el único modo de llegar a casa eran las escaleras. Subieron en silencio, sólo oyendo el ruido de la lluvia y el viento del exterior. Conforme subían, el sonido se iba alejando.
Emmanuel se detuvo en un pasillo y caminó hasta el fondo. Alexieu lo seguía. No había luz; las farolas de los pasillos estaban rotas hacía ¿dos? ¿tres? ¿cuatro años? Sacó la llave del bolsillo y la metió, muy consciente de que estaba a punto de dejar que ese hombre entrara con él al apartamento. Suspirando, empujó la puerta. Si era un chiflado e iba a matarlo, rogó que al menos fuera bueno en la cama.
Cuando entraron en el apartamento, Emmanuel notó algo extraño. Como un extraño picor en la nuca. El viejo sofá apolillado estaba allí. La pequeña mesa de madera también. Sus cuatro sillas, carcomidas por el tiempo, estaban colocadas en cada lado, vacías y ciegas, oyendo el fragor de la tormenta que se había desatado en París hacía media hora.
—¿Hola? —preguntó Emmanuel en voz alta. Alexieu carraspeó. Emmanuel deseaba que dijera algo, cualquier cosa. La bombilla desnuda que colgaba del techo parpadeó un par de veces, para luego volcar sobre la salita una luz triste y humilde, como la de una estrella que agoniza.
Emmanuel barrió la sala con la mirada. Estaba demasiado… ¿cuál era la palabra…? ¿Limpia, tal vez?
Fue a la habitación de su hermana. Su cama, su mesa de luz. Todo estaba allí. Los trozos de tela negra que Valerie usaba a modo de ropa seguían colgados en el armario, como murciélagos muertos.
—¿Valerie? —susurró, sabiendo que hablaba en vano. Ella no estaba allí. ¡No había nadie en la casa, joder! ¿Cómo podía ser posible?
—Ella se fue, Emmanuel —reveló Alexieu, apoyado contra el marco de la puerta.
Emmanuel se volteó, sobresaltado.
—¿Valerie está muerta?
Alexieu rió. Sus hombros enfundados en negro se sacudieron con su risa. En ese momento Emmanuel prestó atención por primera vez al atuendo de su invitado. Vestía una camiseta negra de mangas largas y pantalones también negros. Un brillo sospechoso entre las mechas de su cabello denunciaba la presencia de uno o varios pendientes. Emmanuel se mordió el labio. Aquel hombre era demasiado normal. O demasiado atractivo quizás.
—No. Sólo se fugó con el padre de su hijo.
Emmanuel sintió una sacudida en el estómago.
—¿Hijo?
—Tiene cuatro meses de embarazo, ¿no te lo dijo? —Alexieu alzó las cejas negras, dos arcos perfectos sobre las perversas esmeraldas de sus ojos.
«Ha dicho tiene».
Entonces estaba viva. Las esmeraldas de Alexieu brillaron por un instante.
—Está viva, sí. Pero morirá dando a luz.
—¿Qué? —Emmanuel prefirió pasar por alto el hecho de que el demonio le había leído la mente.
—Sólo te comento lo que ya sé.
Emmanuel decidió que ya era suficiente.
—Pero, ¿qué...? ¿Quién eres? —balbuceó.
—¿Te entristece? —preguntó Alexieu acercándose, sentándose entre las sábanas revueltas de la cama de Valerie. Emmanuel tragó saliva—. Eso es algo de los humanos que jamás podré comprender. Recuerdas cómo te golpeaba, cómo reía cuando sus amigos abusaban de ti, y aun así te entristeces cuando te digo que morirá dentro de tres meses.
—¿Tres…?
Emmanuel cayó sentado sobre la cama.
—Será un parto prematuro. Dime, ¿alguna vez se disculpó por todo lo que te hizo?
Emmanuel bajó la mirada. El suelo estaba lleno de colillas de cigarrillos, antiguas manchas de licor y saliva reseca. Las persianas del dormitorio estaban bajas, y sólo la escasa luz que provenía del salón iluminaba los afilados rasgos de Alexieu. El pendiente de su oreja brillaba casi tanto como sus ojos.
—No.
—Entonces, olvídate de todo —dijo Alexieu, como si eso zanjara la situación. Luego suspiró. Estudió a Emmanuel por un par de segundos. Analizó su mirada, sus ojos, cada variación en la expresión de su rostro, sus manos, que se retorcían, nerviosas—. No podrás olvidarla —se lamentó, con otro suspiro—. Y, ¿sabes una cosa? —susurró irguiéndose. Emmanuel lo miró. Alexieu apartó de su frente el rubio cabello y lo besó allí, con los labios juntos—. Son estas tonterías lo que me irrita de ustedes.
¿Ustedes?
Nosotros, los humanos.
Emmanuel chasqueó la lengua y se echó de espaldas sobre la cama. Alexieu soltó una risita y volvió a sentarse. Apartó las sábanas y encontró un agujero en el colchón. Metió el dedo índice y fue escarbándolo; mientras, contemplaba a su protegido por primera vez en tres años.
Emmanuel casi era un hombre. Un hombre muy distinto de aquel niñito rubio que Alexieu había conocido aquella noche, en el cine.
—Qué bello eres —susurró el demonio—. Por fuera eres perfecto, todo lo malo lo tienes aquí —dijo, tocándole el pecho con un dedo muy largo y blanco.
Emmanuel se quedó inmóvil. Casi podía sentir la respiración de Alexieu contra su piel y le desesperaba encontrarse tan indefenso. Sin poder evitarlo, recordó los abusos que había sufrido de parte de Anton y Matthew, los amigos de su hermana. Ellos decían lo mismo. Me gustas. Te quiero. Y siempre acababan igual: teniendo sexo en cualquier cama y a veces hasta sin condón. Emmanuel pensó que para lograr ser feliz tendría que volver a nacer.
—¿El medallón… tú…? —preguntó con la voz quebrada, sosteniéndose la cabeza. Dios, todas aquellas pesadillas. Esas pesadillas lo habían alejado de aquellos hombres. Esas pesadillas lo habían arrastrado a la soledad que lo estaba aniquilando. Pero, ¿acaso no era más sana la soledad que las malas compañías?
—Sí. Yo he cuidado de ti desde que tu madre murió. Su última voluntad fue que alguien te protegiera. Yo respondí a su llamado, y aquí estoy, mon amour. He estado encerrado en la medalla todos estos años, vigilándote. Te conozco incluso mejor que tú.
Emmanuel cerró los ojos y dejó que Alexieu le quitara la camiseta húmeda. Por algún motivo extraño, sabía que estaba a salvo.
Alexieu acarició el suave pecho con la punta de los dedos.
«Te tengo», pensó. Y así era. Finalmente, luego de años de encierro, podía ver a su protegido con sus propios ojos. Alexieu estaba preocupado, pero feliz. Sabía que había sido liberado por un motivo especial y tenía que averiguarlo pronto. Siempre sucedía. Cada vez que Emmanuel estaba en peligro mortal, él era liberado de su prisión de barrotes de oro. Nunca se había atrevido a acercarse al muchacho, pero ahora los hilos que mandaban sobre sus acciones estaban más tensos.
Alexieu amaba a Emmanuel.
Ni él mismo comprendía la naturaleza de sus sentimientos. Emmanuel era tan humano como toda la contaminación que pululaba en la metrópoli, pero Alexieu había permanecido más tiempo junto a él de lo que jamás había estado con nadie, humano o demonio.
Emmanuel abrió los ojos, extrañado. Alexieu se estaba recostando a su lado, cubriéndolo con su cuerpo. Suspiró, y volvió a cerrar los ojos. Alexieu le rodeaba el cuello con los brazos y tenía el rostro enterrado en su pecho. Su respiración era suave y acompasada. Emmanuel levantó un brazo, pero en seguida lo bajó. Él no lo sabía, pero Alexieu había adoptado la posición en la que había permanecido durante ocho años seguidos. Alrededor de su cuello.


Mientras Emmanuel se bañaba, Alexieu recorría el dormitorio con la mirada. Nada allí había cambiado. La cama seguía en el mismo sitio, junto a la ventana a pesar del frío. Las cortinas que alguna vez habían sido blancas, colgaban, grises y mustias ocultando la luna borrosa que se asomaba entre los árboles. Emmanuel tenía muchos libros. Como jamás había tenido más dinero del necesario para comer, carecía de ordenador y televisión por cable; su entretenimiento predilecto era la lectura y cuando podía, vagaba por las tiendas de libros usados en busca de algún título que satisficiera sus apetitos. Alexieu sabía que Emmanuel tenía apego por el esoterismo y los temas religiosos. En los últimos meses había conseguido varios libros más acerca de brujería y sortilegios. Alexieu sonrió al ver entre las nuevas adquisiciones de su protegido, un viejo volumen de los Libros Apócrifos. Suspiró, preguntándose si Emmanuel ya lo había leído. Haría las cosas más fáciles. Se sentó sobre la cama y acarició la toalla blanca que descansaba junto a la almohada.
Mientras tanto, Emmanuel se enjuagaba el cabello. Salió de la ducha y barrió los azulejos con la mirada. Se había dejado la toalla en la habitación. Ese Alexieu parecía amigable, pero él se daba perfecta cuenta de sus intenciones. Y sospechaba que eso era justo lo que necesitaba: desahogarse un poco entre los brazos de un hombre que supiera cómo tratar a un chico desilusionado de la vida y del amor.
Con respecto a Valerie, si había desaparecido, mejor para él.
Alexieu golpeó la puerta suavemente y Emmanuel se apresuró a cubrirse con la camiseta.
—Olvidaste esto —susurró el demonio cuando abrió la puerta, pasándole la toalla.
—Gracias —dijo Emmanuel, algo confundido.
—De nada.


Cuando Emmanuel entró en la habitación ya vestido, encontró a Alexieu enfrascado en la lectura de un libro. En cuanto lo vio, el demonio lo cerró de un golpe y se levantó de la cama.
—¿Qué leías? —preguntó Emmanuel.
—Uno de tus nuevos viejos libros —respondió, yendo a su encuentro. Emmanuel se había puesto una camiseta blanca y unos pantalones negros; de su cuello colgaba una pequeña cruz de plata.
—¿Te has vuelto cristiano? —le preguntó Alexieu, mientras se acercaba. Tomó la cruz entre sus manos y la recorrió con los dedos.
—No —respondió, atento a cada movimiento—. ¿Tú? ¿Crees en Dios?
—Sí. Pero me cae muy mal —contestó tironeando de la cadena.
—Dios… ¿Existe? —susurró Emmanuel, perplejo. Alexieu dejó caer una de sus risitas y lo miró a los ojos. Parecía entretenido.
—Claro que sí. O al menos existió. —Emmanuel abrió la boca—. Y no me hagas preguntas —interrumpió Alexieu—. No sé nada de Él. Y no me interesa saberlo.
Alexieu resbaló los dedos por el broche y con un pequeño clic se la quitó a Emmanuel del cuello. La cadena cayó al suelo con un agudo lamento metálico. Alexieu le pasó las manos por debajo de la camiseta, acariciándole la espalda.
—¿Estabas leyendo los Libros Apócrifos ? —preguntó Emmanuel, deslizando la mirada por las sábanas de su cama. Por algún motivo, sabía que estaban tibias. Tenía tantas ganas de acurrucarse allí, entre esas sábanas tibias, entre esos brazos tibios… La voz de Alexieu lo sobresaltó.
—Sí —dijo el demonio—. Pero faltan algunas páginas. Es una lástima. —Alexieu lo soltó y volvió a sentarse. Emmanuel sintió que el rostro le ardía y que le temblaban las piernas. Jamás se había sentido así en compañía de ningún hombre. ¿Acaso ese ser estaba usando algún tipo de magia sobre él?
—Son los libros que no están en la Biblia, los que no acepta la Iglesia... —susurró Emmanuel, acomodándose entre la almohada y la pared.
—La Iglesia seleccionó los libros que le convenían, los que justifican su existencia, ¿entiendes? Existe un libro que cuenta que Jesús, cuando era niño, hacía pájaros con barro, soplaba sobre ellos, y salían volando. Dice también que un día un niño molestó a Jesús, y cuando él le dirigió una mirada penetrante, el niño murió.
—Interesante.
Alexieu contempló la trayectoria de una gota de agua que le caía del pelo. La gota bajaba por el cuello de Emmanuel, por su mejilla, dejando un leve rastro brillante. El chico le devolvía la mirada con atención, temblando de inquietud y expectación.
—Esto es muy raro —musitó, mientras Alexieu se le acercaba—, siento que te conozco desde hace muchísimo tiempo...
Alexieu sonrió con humildad y le bordeó los labios con el pulgar.
—Es normal. He estado contigo desde que eras un niño.
Emmanuel soltó un suspiro desesperado cuando Alexieu lo tomó entre sus brazos, acunándolo.
—¿Quién eres? —El chico cerró los ojos y se mordió los labios. El demonio le acarició la piel desnuda por debajo de la camiseta. Sus manos eran suaves y estaban frescas. Le hizo cosquillas con las uñas, y Emmanuel se estremeció.
La noche que Anton y Matthew lo habían violado por última vez se había jurado que jamás volvería a estar en una cama abriendo las piernas para un hombre.
—Déjame... —intentó decir.
—No pareces muy disgustado. Te conozco, Emmanuel. Todos esos antros, esos hombres. Sé lo que piensas —murmuró—. Yo no soy como esos hombres. Mírame —Emmanuel obedeció. Alexieu lo contemplaba, serio—. Yo soy más fuerte y más viejo. Tengo más experiencia en todos los aspectos, pero en este momento estoy solo, sin amigos y un poquito desorientado.
Emmanuel cerró los ojos otra vez. Se aferró a la espalda de Alexieu y apoyó la cabeza en su pecho.
—No te entiendo —susurró. Alexieu le guiñó un ojo. Emmanuel se recostó… y se relajó. Alexieu le dejó sentir su propia respiración sobre sus labios y observó su expresión. Emmanuel parecía estar sufriendo. Tenía las cejas claras contraídas y los ojos cerrados. Cuando Alexieu exhaló sobre su boca, él lo imitó.
—¿Q... quién eres?
Alexieu se apartó, tomó aire y se quitó el cabello de los ojos. Lo miró sonriente. Alzó la mano derecha y con ella rasgó el aire con una parábola incompleta. El volumen de libros apócrifos se elevó por sí solo y se posó sobre la almohada. Se agitó, y sus hojas arcanas se batieron con frenética desesperación. Se detuvo en una página.
Era el libro de Enoch.
Emmanuel lo miró con los ojos muy abiertos, en medio de un aturdimiento hueco, patético y desesperado. Sollozó.
—Lee —exigió Alexieu.
Emmanuel volvió a gemir, consternado. El corazón le latía en el pecho como un caballo desbocado, las manos le sudaban y los ojos comenzaban a llenársele de fuegos artificiales.
Oh, no. Voy a morir.
—Lee…
Se dio la vuelta sobre la cama y apoyó las manos sobre las páginas del libro. El aroma rancio a siglos y a polvo le llegó al olfato y al alma. Las lágrimas no tardaron en asomarse.
—Hubo ángeles que se dejaron caer del cielo… —comenzó, con la garganta transformada en un desierto seco y arenoso. Oyó que Alexieu profería una leve risita y sintió como todo su peso se derrumbaba sobre su espalda. Las caderas hacían presión sobre su trasero y las cálidas manos paseaban por su columna vertebral, haciéndole cosquillas—… para amar a las hijas de la tierra… —Miles de patitas de insecto le acariciaron la piel, y Emmanuel se dio cuenta de que eran las puntas del cabello de Alexieu—. Ahh. —Gimió, y su cabeza se desplomó sobre el libro, girando a toda velocidad.
Oyó de nuevo esa risa divertida y profunda, esa risa victoriosa.
Perversa.
—Hubo ángeles que se dejaron caer del cielo para amar a las hijas de la tierra —leyó Alexieu—, porque en aquellos días, cuando los hijos de los hombres se multiplicaban, les nacieron hijas de belleza deslumbrante. Y cuando los ángeles, hijos del cielo, las vieron, por ellas se apasionaron, y dijeron entre sí: "vamos, escojamos esposas de la raza de los hombres y procreemos hijos". Entonces, su jefe Samyaca les dijo "quizás no tengáis coraje de hacer efectiva esta resolución y yo quedaré responsable de vuestra caída". Y ellos le respondieron: "juramos no arrepentirnos y llevar a cabo nuestra intención". Y doscientos de ellos descendieron sobre la montaña de Armon. Y desde entonces esa montaña fue denominada Armon, que quiere decir "La Montaña del Juramento". Los nombres de los ángeles jefes que descendieron eran: Samyaca, que era el primero de todos, Urakabarameel, Azibeel, Tamiel, Ramuel, Danel, Azkel, Sarakuyal, Asael, Armers, Batrael, Samzabeel, Ertrael, Turel, Gomiael, Azazial. Ellos tomaron esposas con las cuales vivieron y les enseñaron la Magia, los encantamientos, y la división de las raíces y los arboles. Amazarac les enseñó todos los secretos de los encantadores; Barkaial fue el maestro de los que observaron a los astros; Akibeel reveló los signos y Azaradel el movimiento de la Luna —Alexieu finalizó la lectura—. Yo soy hijo de Samyaca, Emmanuel. Samyaca es mi padre Lucifer y mi madre era humana. Su nombre era Leria —Emmanuel alzó apenas el rostro y los verdes ojos ofídicos le devolvieron la mirada—. No te he mentido, Emmanuel. Soy un demonio.
Y Emmanuel, que había oído con alucinada atención, supo que ese hombre jamás lo dejaría en paz.
Notas finales:
Espero que les haya gustado :)
¡Gracias por leer!
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--Administrador en 21/05/10 - 03:24 am